Beta: Azkaban
20. Tempt the hand of fate
Para cuando cayó la tarde, Remus estaba desesperado por hablar con Romulus sobre lo que le había dicho la profesora McGonagall de la orden de ejecución. No era que pensase que la profesora le estaba mintiendo, simplemente tenía que oírlo de él antes de creerlo. Por desgracia, el fantasma que había estado cerca casi constante desde su regreso, no estaba por ningún lado.
—No puede haber ido muy lejos —señaló Peter razonablemente.
—Ya aparecerá cuando quiera —agregó Sirius—. Algo así como has hecho tú. ¿No habíamos acordado de que no ibas a venir a más clases?
—Las cosas han cambiado desde esta mañana —respondió Remus.
—¿Cómo que cambiado?¿Spion decidió adoptarte en vez de entregarte a sus compañeros del ministerio?
—La profesora McGonagall me dijo que podía ir a su clase —dijo Remus, mirando a los otros chicos, casi desafiándolo a contradecirlo.
—¿Has hablado con McGonagall?
—Almorzamos juntos —añadió Remus—. Ella me dijo que podía ir a su clase, siempre y cuando tenga cuidado.
Sirius pareció no saber qué decir a eso.
—Entonces, ¿por qué estás tan ansioso por hablar con tu hermano tan de repente?
—¿Quiero preguntarle algo?
—¿Preguntarle qué?
—Sólo algo que dijo McGonagall.
—¿Por qué? ¿Qué más te dijo? —preguntó James—. Es algo malo, ¿no?
—¿Qué es? —preguntó Sirius—. Sabes que me puedes decir cualquier cosa, ¿verdad?
Remus vaciló un poco, pero finalmente dejó escapar un suspiro y se sentó en la cama de Sirius.
—Ella me dijo que el Ministerio me matará si me atraparan —susurró finalmente—. Que tienen una orden de ejecución o algo así.
—Probablemente esté mintiendo —dijo James tranquilamente—. Quiere asustarte para que te comportes mejor mientras que estés escondido.
—Está funcionando —respondió Remus resoplando—. Sólo deseo saber a ciencia cierta si es verdad o no. Rom lo sabe, pero ahora que tengo que hablar con él, no puedo encontrarle por ningún lado.
—Es cierto —susurró Sirius—. Hablaron de ello en el juicio de Rom el verano pasado.
—¿En serio? —preguntó Remus, también en voz baja.
Sirius se sentó a su lado y le puso su brazo alrededor de los hombros.
—Siento no habértelo dicho.
—Rom siempre me dijo que había una posibilidad de que pudieran matarme, pero pensé que se refería a que podrían hacerlo por accidente cuando me atraparan. No pensé que me fueran a capturar y que me mataran después. No si no lastimaba a nadie.
Remus empezó a temblar al pensar en lo que le habían dicho. Hasta ese momento su peor pesadilla era ser enviado a un campamento de criaturas peligrosas. Ahora, de repente, le habían dicho que en vez de una vida en prisión, no tendría ninguna vida en absoluto.
—No te preocupes —dijo Sirius—. Dumbledore lo solucionará todo.
—¿Cómo?
—No lo sé —admitió Sirius—. Pero estoy seguro de que tiene un plan. Él sólo tiene que ir al Ministerio y diles que no te pueden matar porque Sirius Black no quiere perder a su mejor amigo, si no provocarán la ira de la familia Black.
Remus se rio un poco y negó con la cabeza.
—Estás loco —dijo.
—¿No lo sabías? —bromeó Sirius— Toda la familia Black está totalmente loca. Viene de todo ese incesto.
—Esa es tu excusa, ¿verdad? —preguntó James.
Sirius cogió una almohada de su cama y se lo tiró a James, quien la esquivó; pero logró dar a Peter, quien, por desgracia, estaba bebiendo un vaso de zumo de calabaza. Éste se derramó por completo sobre la cama de James, haciendo que tomara represalias lanzando la almohada de su cama a la cara de Sirius.
En poco tiempo, los cuatro chicos estaban gritándose a todo pulmón entre almohadas, dos de las cuales habían estallado, haciendo que lloviera plumas por la habitación.
En medio de todo esto, apareció Romulus, quien negó con la cabeza ante la que estaban liando, y se sentó en la repisa de una de las ventanas para ver el caos. Remus, por desgracia, estaba demasiado atrapado en la guerra de almohadas como para darse cuenta.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Sirius mientras observaba a Remus irse a la cama libre del dormitorio por la noche.
—Yendo a la cama —respondió Remus—. ¿Qué te parece que estoy haciendo?
—Pero normalmente siempre duermes aquí —señaló, haciendo un gesto hacia el sitio vacío de su propia cama.
—Sólo pensé que ya que la profesora McGonagall sabe que estoy aquí y le dijo a los elfos domésticos que me trajeran comida... Bueno, me parece tonto no utilizar esta cama si saben que estoy aquí.
Sirius no pudo discutir ante esa lógica, y simplemente le recordó a Remus que se asegurara de que las cortinas de la cama estuviesen cerradas, por si acaso tenían una visita inesperada.
Era extraño, pensó Sirius más tarde esa noche. Al principio le había resultado difícil dormir con Remus junto a él. Pero ahora, poco más de un mes después, estaba teniendo el problema opuesto. La torre de Gryffindor, siempre fría y con corrientes de aire en los meses de invierno, lo parecía aún más sin la presencia cálida de Remus acurrucada junto a él.
El frío no parecía molestar a James y Peter. El primero estaba roncando ruidosamente, y el segundo, que era aparentemente insensible al frío, incluso se había quitado las mantas.
No podía decir si Remus estaba despierto o no, y se mostró reacio a molestar a los otros chicos preguntándoselo en voz alta. Finalmente recurrió a contar diablillos hasta que se quedó dormido.
Remus mientras tanto, siguió despierto mucho después de Sirius se hubiera quedado dormido, con los ojos en el vigilante fantasma que estaba encaramado en la ventana.
—¿Rom? —susurró, mirando a través de la brecha de la cortina de su cama.
—¿Qué pasa? —susurró Rom a su vez, mientras iba hacia allí.
—No puedo dormir.
—¿Has probado a contar diablillos?
—Lo he intentado todo —murmuró Remus—. No dejo de pensar en lo que dijeron Sirius y la profesora McGonagall acerca de que el Ministerio quiere matarme.
—Trata de no preocuparte demasiado por ello. Sólo ten cuidado.
—¿Por qué me odia tanto el Ministerio? —susurró Remus—. No les he hecho nada, y ellos no matan a todos los hombres lobo. Entonces, ¿por qué quieren matarme?
Romulus miró hacia otro lado, y Remus dio cuenta de que estaba ocultándole algo.
—¿Rom? No sabías antes acerca de la orden, ¿verdad?
—No exactamente.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Sabía que se había solicitado —susurró Romulus, volviéndose finalmente hacia Remus—, pero no sabía que lo hubieran aprobado.
—¿Quién lo pidió? —preguntó Remus con el ceño fruncido—. ¿He intentado atacar a alguien cuando me mordieron por primera vez? ¿Es por eso que el Ministerio quiere matarme?
—No, Remus. Nunca has hecho daño a nadie.
—Pero alguien creyó que era demasiado peligroso —señaló Remus.
—Trata de dormir un poco. No te preocupes por eso. El profesor Dumbledore está trabajando en un plan para ayudar a mantenerte a salvo.
Remus se recostó y trató de obligarse a conciliar el sueño.
—¿Rom?
—Duérmete, Remus.
—¿Fueron mamá y papá? —susurró Remus—. ¿Fueron ellos quienes pidieron al Ministerio que… me...?
Romulus se quedó callado por un largo tiempo antes de finalmente responder.
—Lo siento, Rem.
—¿Por qué no me quisieron? —preguntó Remus.
—Ellos te querían —respondió Romulus—. Nos querían a los dos. Pero se asustaron.
—Pero dijiste que papá fue un Gryffindor. Se supone que tiene que ser valiente.
—Lo sé.
—¿Crees que alguna vez esté a salvo?
—Ahora estás a salvo —respondió Romulus—. O tanto como puedes estarlo.
—Pero ¿alguna vez estaré realmente seguro?
—No lo sé. Me gustaría tener respuestas a todas las preguntas, pero nadie las tiene.
Remus se quedó mirando al techo, escuchando los tranquilos ronquidos no muy silenciosos de los demás. Los tres chicos de la habitación eran Gryffindors, al igual que su papá. ¿Por qué podrían ser sus amigos, pero su padre no quería ni que viviera?
Escuchó que la cama de enfrente rechinaba cuando Sirius, dormido, se movió. Remus salió de debajo de las sábanas y caminó por la habitación en silencio.
—¿Sirius? —susurró. Éste no abrió los ojos ni reaccionó de ninguna forma—. ¿Sirius? —intentó de nuevo, sacudiéndole el brazo.
—¿Remus? —murmuró Sirius adormilado— ¿Qué hora es?
—No lo sé, todavía es de noche.
—¿Qué pasa?
—No puedo dormir —respondió Remus, sintiéndose bastante tonto por despertar a su amigo por una cosa tan trivial.
—¿Has probado a contar diablillos?
—Sí.
—¿Quieres un poco de agua o algo?
—No, yo...
—¿Qué?
—Perdón por lo que dije acerca de tu familia.
—No importa. Es verdad, y Potter y Pettigrew han dicho cosas peores de ellos. Pero la mayoría es cierto.
—No debería haber dicho nada.
—Olvídalo. Tratar de dormir un poco, no querrás dormirte en clase.
—¿Te importa si... —La voz de Remus se fue apagando mientras señalaba al espacio junto a Sirius.
Él sonrió y retiró las sábanas.
—Por supuesto que no.
Remus sonrió y se metió en la cama.
—Estás frío —se quejó.
Sirius se rio en voz baja.
—Duérmete, Remus.
Remus cerró los ojos y se acurrucó bajo las mantas.
—Buenas noches, Sirius —susurró, sintiéndose ahora más seguro de lo que había estado en todo el día.
—Buenas noches —respondió Sirius, por fin cálido.
—¿No estabas anoche en esa cama? —preguntó James a Remus a la mañana siguiente. Señaló a la cama libre, que seguía con la cortina cerrada por los dos lados.
—Sí —respondió Remus, bostezando.
—No pueden dormir el uno sin el otro, ¿eh? —bromeó James, lanzando una mirada hacia Sirius, que todavía estaba dormido.
—Claro —dijo Remus—. Pero haznos un favor y deja de molestar a Sirius acerca de estas cosas.
—Pero es tan fácil de molestar —rio James, comenzando a buscar en su armario una camisa limpia, sólo para descubrir que todas se habían caído al suelo.
—Eso es porque está preocupado porque no le gusta ninguna de las chicas de aquí.
—¿Y qué si no? A Peter tampoco. Incluso dijo que Evans era horrible la semana pasada.
—Sí, pero no te burlas de Peter como te burlas de Sirius, ¿verdad? Y Peter no ha tenido ningún tonto rumor escrito en el diario de la escuela por esa entrometida Slytherin.
—Sirius sabe que sólo estoy bromeando —insistió James, a pesar de que ya no sonaba tan seguro de sí mismo.
—Sólo deja de hacerlo —pidió Remus en voz baja.
—Está bien, no diré una palabra más. Aunque si os veo besándoos por ahí, me reservo el derecho a molestaros tanto como quiera.
—No vamos a empezar a besarnos —respondió Remus con una carcajada—. Sólo somos amigos. Mejores amigos.
—Sí, Peter también es mi mejor amigo; pero si trata de meterse en la cama conmigo, él terminaría fuera de una patada.
—Sin embargo, es diferente para Sirius y para mí.
—Puedo ver eso —sonrió James.
A Remus le encantaba poder ir a las clases sin tener que preocuparse de que lo notasen los profesores. A veces se preguntaba cómo nadie parecía saber que estaba allí, sobre todo cuando la profesora McGonagall eligió demostrar unos hechizos a su clase al lado de la mesa de donde estaba sentado. O cuando la profesora Sprout cuidadosamente estiró su mano para alejarlo de una de las plantas más peligrosas, que se había acercado para atraparlo cuando salían del invernadero tres.
Parecía que las plantas y los animales podían ver o sentir su presencia, y estaba convencido de que la profesora McGonagall mantenía sus habilidades gatunas cuando estaba en su forma humana. Pero, de alguna manera, los otros estudiantes permanecían ajenos a su presencia, demasiados concentrados en los problemas de sus propias vidas como para notar la presencia del chico invisible en cada clase.
Cada dos semanas, Remus era llamado por los elfos domésticos para que fuera al despacho de McGonagall, donde comprobaba que estuviera recuperando su salud y peso adecuado. También estaba presente una vez al mes la señora Pomfrey, que lo revisaba como mamá gallina y se asegurara de que supiera que ella estaría siempre allí para ayudarlo si resultase malherido después de la luna llena.
En su cumpleaños, incluso se encontró con la profesora Sprout, y por un momento había creído que lo iban a echar de la escuela. Pero, en vez de eso, se sorprendió gratamente al descubrir que la jefa de Hufflepuff era una talentosa cocinera, y se había tomado la molestia de hacerle un pastel de cumpleaños con glaseado y velas.
Había llevado trozos de tarta de vuelta al dormitorio para los otros chicos, y se habían burlado tanto que les había amenazado de que la próxima vez los dejaría morir de hambre.
Sirius le trajo una caja gigante de plumas de azúcar, aunque era un misterio como se las había ingeniado para comprarlo sin que Remus lo viera, y James y Peter habían comprado conjuntamente varios artículos de bromas de Zonko. Por supuesto, habían tenido una razón para regalarle eso, y explicaron a Remus que era el mejor candidato para usarlos ya que era invisible la mayor parte del tiempo.
Con todo, Remus estaba casi convencido de que era el mejor cumpleaños de su vida, y sin duda una gran mejora con respecto al último que había tenido.
—Estás pensando en el año pasado, ¿no es así? —preguntó Sirius en voz baja.
—Trato de no hacerlo —murmuró Remus. Miró hacia donde estaba Romulus.
—Lo siento, este año no puedo regalarte nada —se disculpó Romulus —. Es un poco difícil, sin dinero ni nada.
—Está bien —respondió Remus—. Es bueno tenerte aquí, incluso si prefiriera que estuvieras en Azkaban. ¿Cuán tonto es eso? Prefiero que mi hermano estuviera en la cárcel, rodeado de dementores, que conmigo en mi cumpleaños.
—¿Qué te dijimos esta mañana? —le regañó James—. Nada de pensamientos tristes en tu cumpleaños. No se te permite.
Remus forzó una sonrisa y cogió una pluma de azúcar para comérsela.
—También tenemos algo más para ti —dijo James, metiendo la mano en el interior de su túnica—. Aún no está terminado...
—Porque nos quedamos bloqueados —interrumpió Peter.
—Pero cuando lo esté, será genial.
—¿Qué es? —preguntó Remus.
—Es un mapa de la escuela —explicó James—. Fue idea de Sirius. Ya sabes lo mucho que se preocupa por ti.
Remus miró como James desplegaba el mapa y lo extendió sobre la colcha.
—¿Qué son todos esos puntitos? —preguntó.
—La gente moviéndose —explicó Sirius. Señaló el dormitorio de los chicos de tercer año—. Estos cinco puntos somos nosotros.
—¿Los fantasmas también aparecen? —sonrió Remus—. Parece que ahora ya no serás capaz de desaparecer de mi vista —dijo a Romulus.
—¿Cómo puedes saber quién es quién? —preguntó Romulus con curiosidad.
James suspiró mientras miraba el pergamino.
—Bueno, esa es una de las cosas que no hemos resuelto todavía. Necesitamos una forma de etiquetarlos a todos.
—Y una forma de que desaparezca en caso de que un profesor lo vea —agregó Peter.
—Por supuesto —rio Romulus—. Aunque esto es un trabajo bastante bueno.
—Y una vez que los solucionemos, podemos averiguar dónde están el profesor Spion, Rita Skeeter, Filch o cualquier otra persona que queramos evitar en cualquier momento del día —explicó Sirius.
—Es genial —dijo Remus—. En serio.
—Lo llamamos el Mapa de Lunático —dijo James con orgullo.
—¿Lunático? —susurró Remus.
—Bueno, no se nos ocurrió que fuera muy sensato llamarlo Mapa de Remus por si nos atraparan con él —señaló Peter —. Sin embargo, Lunático sigues siendo tú.
—Lunático es el lobo —murmuró Remus—. Es…
—Lo sabemos —interrumpió James—. Podemos cambiarlo si no te gusta.
Remus lo consideró por un momento, antes de negar con la cabeza.
—No, está bien —contestó—. El mapa de Lunático suena bien.
—Entonces, ¿tienes alguna idea sobre como ocultarlo y etiquetar a todo el mundo? —preguntó Peter—. No se nos ocurre nada, y nos dimos cuenta de que eres el verdadero cerebro de la habitación.
—Puede que tenga una idea o dos —respondió Remus pensativo, tocándose el labio inferior con la pluma de azúcar.
El Mapa de Lunático, como había sido llamado, no fue tan fácil de terminar como Remus había esperado al principio. Parecía que, apenas arreglaban un problema, aparecía otro.
Dos días después de comenzar a trabajar en él, se resolvió como conseguir que el mapa desapareciera. Por desgracia, un efecto secundario que producía, era que las escaleras ya no se moviesen. Entonces, una vez solucionado el problema de las escaleras, los puntos (aún sin nombre) desaparecieron del mapa.
También hubo un problema con una mancha persistente de tinta que insistía en aparecer en el pergamino cuando el mapa se ocultaba. En pocas palabras, era verdaderamente frustrante, y Remus estaba a punto de arrancarse los pelos de la cabeza.
—¿Por qué no te tomas un descanso? —sugirió Sirius—. Podrías volver a mirarlo en una semana o dos.
—Pero estoy tan cerca —gimió Remus—. Sólo sé que la respuesta está ahí, pero no la veo.
—Probablemente te estés esforzando demasiado.
—Tal vez.
—Mira, ¿qué tal si bajamos un rato al campo de quidditch? Spion no estará aquí esta semana, salió por un asunto importante del Ministerio o algo así. Podrás tener tu primera clase de vuelo sin tener que preocuparte de que te vean.
—¿En serio? —preguntó Remus. Era demasiado tentador para resistirse a ir.
—Remus —le advirtió Romulus.
—Sólo un rato —respondió Remus, yendo hacia la puerta.
—¿Qué pasa si Spion vuelve antes?
—Sólo por una hora —se quejó Remus, con la mano en el pomo de la puerta.
—Es una mala idea.
—Lo vigilaré —prometió Sirius—. Volverá aquí de una sola pieza. Ni siquiera voy a utilizar bludgers.
—Una hora —accedió Romulus—. Si no, voy a buscarte.
—Gracias, Rom —dijo Remus, desapareciendo bajo la capa de invisibilidad a través de la puerta con Sirius pisándole los talones.
James estaba en el campo de quidditch, entrenando bajo la supervisión de Charlene, que parecía no tener problema en mandarle una docena de bludgers.
—Hola, Sirius —lo saludó James desde el aire lanzando la quaffle a los aros, pero fallando por un par de metros.
—Inútil —chilló Charlene.
—Sí, sí —respondió James, aterrizando y haciéndole señas—. Uno pensaría que ella es la capitana por lo mucho que le molesta, ¿no crees?
Sirius se rio y sacudió la cabeza divertido. James se sacó los guantes y se acercó.
—Pensé que estarías en el dormitorio con ya-sabes-quién —comentó con guiño.
—Creí que podría traerle y darle su primera clase de vuelo —respondió Sirius—. Pero no sabía que estabas aquí.
—Acabamos de terminar —dijo James—. Es todo tuyo.
—Gracias.
Sirius se sentó en un banco y esperó unos minutos hasta que James y Charlene hubieron desaparecido de vuelta a la escuela.
—¿Remus? —dijo entre dientes, a pesar de que no había nadie lo suficientemente cerca como para escucharlos.
—Aquí estoy —dijo Remus, quitándose la capa.
—Entonces, ¿estás listo para tu primera clase de vuelo?
—Tan listo como puedo estarlo.
—Entonces, vamos a empezar —anunció Sirius poniendo la voz un poco más seria mientras lo llevaba hacia la despensa para coger las escobas de la escuela.
Resultó que Remus tenía talento estando en el aire. Tenía algo que rivalizaba con James, volando a una velocidad que podía marear a Sirius.
—¡Guau! —exclamó Remus—. Desde aquí puedo ver mi casa.
Sirius se subió a la escoba y se unió a Remus. Pronto se dio cuenta de que en verdad se podía ver la pequeña casa de las afueras de Hogsmeade. Aunque estando un poco lejos, Sirius notó que el jardín se veía un poco más descuidado de lo que normalmente estaba cuando vivían los Lupin. Por un lado era triste ver la casa tan descuidada, por el otro, al menos, eso significaba que no había nadie viviendo allí, y que algún día podría volver a ser la casa de Remus.
—Echo de menos estar en casa —admitió Remus en voz baja—. Solía odiar estar allí, y quería más que nada estar en Hogwarts, pero no así.
—Lo sé.
—No es que no me guste estar en la escuela. Es que odio ocultarme. Suena estúpido, pero de verdad quiero levantar la mano en clase cuando sé la respuesta a una pregunta.
Sirius, que rara vez se molestaba en levantar la mano, aunque supiera la respuesta, se rio de eso.
—Sabes que eres raro, ¿verdad? —Remus casi se cayó de su escoba, confundido por su comentario—. Quiero decir, al querer levantar la mano en clase —aclaró Sirius cuando se dio cuenta de cómo podría haber interpretado Remus su comentario—. Nunca te llamaría así por eso.
—Pero soy raro —susurró Remus, apartando la mirada de Sirius y dirigiéndola de nuevo hacia Hogsmeade—. Si no fuera así, estaría en la escuela como alguien normal, ¿verdad?
—Lo estarás, algún día...
—¿Cuando esté a punto de jubilarme? —resopló Remus, y volvió su mirada hacia el castillo—. Sólo quiero ser normal. ¿Es mucho pedir?
—No —susurró Sirius.
—Supongo que deberíamos de volver —comentó Remus mientras seguía mirando la escuela—. No queremos que Rom tenga un ataque de pánico, ¿o sí?
Sirius asintió y bajó la punta de su escoba para descender al suelo. Remus, en un último momento de riesgo, eligió descender más rápido con la nariz casi pegada a la escoba, y deteniéndola en el suelo cuando parecía a punto de chocar.
—¡Tenemos que hacerlo de nuevo!—exclamó Remus dejando la escoba.
—Si Spion se vuelve a ir —prometió Sirius, y caminaron de regreso a la escuela, una vez más Remus estando oculto por la capa de invisibilidad.
—En serio, Remus —suspiró la profesora McGonagall, negando con la cabeza con exasperación—. ¿Qué hubiera pasado si alguien además de mí te hubiera visto en el campo de quidditch? ¿Y si te hubieran reconocido?
—Sólo fue un rato —dijo Remus—. Apenas una hora.
—Tomaría solo un momento que alguien reconozca que no eres uno de los alumnos, incluso si estuvieras usando la ropa de tu amigo —Lo miró de arriba abajo, moviendo la cabeza negativamente de nuevo cuando vio que sus mangas eran un poco largas y que tenía los pantalones arremangados. Sacó su varita, y apuntó a la camisa y después a los pantalones, ajustándolo a su medida por arte de magia—. Veré si te puedo buscar algunas de tus cosas en Hogsmeade.
—Creo que he crecido demasiado y no me quedaría bien, de todas formas —admitió Remus.
—En ese caso, creo que tendremos que ir a la oficina de objetos perdidos. Te sorprenderías de la cantidad de ropa que los alumnos olvidan en la escuela durante el año. Debe de haber cientos de cosas que han estado aquí por años. Apuesto a que podríamos encontrar alguna de las cosas viejas de tu hermano. Según la profesora Sprout, siempre perdía de todo.
—¿Profesora? —preguntó en voz baja.
—¿Sí?
—Me preguntaba...
—¿Sí?
—¿Podré... ¿Cree que alguna vez podré...
—¿Venir a Hogwarts normalmente? —adivinó McGonagall.
Remus asintió y se frotó la nariz con vergüenza.
—Me temo que no puedo decir con seguridad si serás capaz de unirte a tus amigos —explicó McGonagall—. Es un poco complicado.
—¡Todo el mundo me dice eso! —dijo Remus con impaciencia—. Es complicado, no lo entenderías, te lo explicaré cuando seas mayor... Si no quieren que vaya con los otros niños, ¿por qué no me lo dicen?
—Oh, no es eso en absoluto, querido —le aseguró apresuradamente McGonagall, dándole una palmada en el hombro para que se calmara—. Nada me gustaría más que fueras seleccionado a Gryffindor, aunque creo que la profesora Sprout pelearía conmigo para que fueras a Hufflepuff.
—¿De verdad? —preguntó Remus esperanzado.
—De verdad —asintió con firmeza—. Pero hasta que todo este lío con el Ministerio no se resuelva, es simplemente imposible.
—¿Quizás sea mejor que me entregue? —sugirió— Acabaríamos con todo esto, y entonces podría venir aquí.
—Me temo que eso no es posible.
—¿Por qué no?
—Porque en este momento tus padres siguen siendo tus tutores legales, y al menos que otro miembro de tu familia —un adulto— esté preparado para hacerse responsable de ti, su decisión es la que importa.
—Y ellos me quieren muerto —susurró Remus—. ¿Por qué no puedo ir vivir con alguno de mis otros parientes? Rom me dijo que mamá tenía una hermana, la tía Rosina, Rosina White o Wilson o algo empezando por W. Trabaja en San Mungo, creo.
—El profesor Dumbledore lo está estudiando.
—¿Lo está?
—Después de que tu hermano fuera enviado a Azkaban, el profesor Dumbledore habló con tus padres para tratar de convencerlos de que... Bueno, ellos no escucharon, así que el director ha estado buscando a todos tus parientes para ver si alguno podría hacerse responsable de tu crianza y mantenimiento.
—¿Son difíciles de encontrar? —preguntó Remus con el ceño fruncido.
—Algunos, pero el problema principal es que… —La profesora McGonagall dejó de hablar como si se hubiera dado cuenta de que había dicho demasiado. Pero Remus sabía exactamente cuáles eran las palabras que no había dicho.
—Que alguien me acepte —terminó en silencio.
—No debería haber dicho tanto —se regañó McGonagall—. Remus, hay muchas familias a las que les encantaría que vivieras con ellos. Es sólo que...
—¿Es complicado? —supuso Remus con una débil sonrisa— ¿Qué pasaría si el profesor Dumbledore se lo preguntara a todos mis parientes y ninguno de ellos me quisiera?
—Entonces encontrará otra forma de ayudarte —prometió—. Hay una ley que se está discutiendo en el Wizengamot que puede ayudar.
—¿Una ley?
—Sí. Pero está tomando mucho tiempo para que la aprueben. Estoy segura de que el profesor Dumbledore se asegurará de que eres uno de los primeros en beneficiarse de ella. Al menos, si no encuentra a ningún pariente para que tenga tu custodia.
Remus miró a la profesora McGonagall y se movió nerviosamente en su asiento.
—¿Profesora?
—¿Sí?
—¿Cree que pudiera ser seleccionado a Gryffindor? —preguntó Remus, mordiéndose el labio mientras esperaba una respuesta.
—Estoy segura de que serías un gran miembro para la casa —respondió McGonagall—. Ahora, más te vale que vayas a buscar a tus amigos o se preocuparán.
Remus asintió y se puso de nuevo la capa de invisibilidad.
—Gracias, profesora —dijo mientras abría la puerta y se deslizaba a través de los pasillos hacia la torre de Gryffindor.
