21

Holmes miró a su alrededor. La única vela que solía llevar en el bolsillo de su chaqueta para investigar habitaciones oscuras apenas iluminaba el lóbrego sótano. La estancia era bastante grande, pero sin duda no tanto como el sótano bajo la zona del bar, donde se habían almacenado de forma segura los barriles de bebida. El nivel del agua había ido aumentando a razón de unos cinco centímetros cada media hora. Holmes y Lestrade estaban en el sótano desde hacía tres o cuatro horas, pues habían decidido entrar en el viejo pub al ver que los refuerzos no llegaban. Lestrade le había rogado cautela, pero la impaciencia de Holmes acabó imponiéndose.

Su error había sido separarse. Cuando Holmes oyó a Lestrade lanzar un grito de terror en la cocina, corrió hacia allí sin pensar y fue obligado a entrar en el sótano anegado a punta de pistola.

Holmes recordó con amargura cómo Buckhannon se había burlado de ambos, incapaces de escapar de la progresiva inundación, explicándoles lo lento, frío y doloroso que era morir ahogado mientras el nivel del agua iba subiendo. El antiguo médico les había descrito con abierto regocijo cómo se apoderaría de ellos la hipotermia mientras intentaban mantenerse a flote, entumeciendo sus miembros y nublando sus mentes hasta que la inconsciencia los venciera y se hundieran como piedras en las profundidades.

También recordó el miedo helado que sintió en la boca del estómago al oír que alguien se movía con sigilo en el piso de arriba y reconocer el característico andar ligeramente renqueante antes de escuchar los ahogados resuellos. Holmes había reprimido el impulso de llamarlo; Buckhannon seguía cerca, al acecho, y no quería distraer a Watson. Había oído el alarido de rabia de Buckhannon al arremeter contra él como un salvaje. El sobresalto les hizo lanzar a él y a Lestrade un grito ahogado, y, cuando sonó el disparo y, segundos después, dos cuerpos cayeron en su improvisada prisión, Holmes, en contra de su naturaleza, se había aferrado al brazo de Lestrade.

Holmes había ido inmediatamente hacia ellos a través del agua. Le alivió ver que Buckhannon estaba muerto. Watson, mortalmente pálido, tenía un profundo corte en la sien que sangraba mucho, e incluso en su inconsciencia luchaba por respirar. Holmes lo levantó a toda prisa, agradeciendo que el agua no fuera aún lo bastante profunda en aquel momento para cubrir al comatoso doctor.

Lestrade lo había ayudado a preparar una cama improvisada con dos tablas de madera manchadas por la humedad y un par de viejos barriles podridos (por desgracia, demasiado deteriorados para subirse a ellos y llegar hasta la trampilla, observó Holmes). Estaba claro que el sótano se inundaba a diario, a juzgar por las señales del agua en las paredes y el hedor general a agua estancada.

Holmes, sosteniendo la vela lo más alto que podía, se acercó a la pared, frunciendo el ceño. El sótano era hondo; al menos cinco metros desde el suelo hasta el techo, y Holmes consideró que Watson había sido muy afortunado al no haber sufrido heridas más serias al caer. Probablemente, aterrizar sobre el cuerpo de Buckhannon le había salvado la vida.

—Holmes, por el amor de Dios, hombre, traiga aquí esa luz, ¿quiere? —dijo Lestrade con impaciencia.

—Inspector, intento hallar un modo de salir de aquí —replicó Holmes—. Ahora que ya no corremos el riesgo de que Buckhannon nos vuele la cabeza si intentamos escapar, esa trampilla abierta sigue siendo nuestra mejor, por no decir única, opción para salir de este agujero infernal.

Lestrade respiró hondo, se apretó el puente de la nariz y dejó escapar un largo suspiro.

—Pues dígame, si es tan amable, ¿de qué modo va a ayudarnos esa pared? —preguntó con voz cansada.

—Mire —Holmes levantó la vela—, ¿no lo ve?

—No veo nada.

—Yo veo la marca del nivel del agua—respondió Holmes, y se volvió hacia la pared para examinarla de cerca—. Una marca claramente definida, indicativa de la inundación diaria a la que está sometido este sótano, y una evaluación definitiva de la cantidad de agua que suele entrar en nuestra prisión.

Holmes se dio la vuelta, vagamente consciente de que el nivel del agua subía ahora aún más rápido y le llegaba a las caderas. Lestrade, varios centímetros más bajo que Holmes, estaba hundido hasta la cintura en aquella agua apestosa, que lamía los bordes de la tosca cama de Watson. Sin duda, a medida que subía el nivel del río, lo hacía también el del agua que entraba en el sótano.

—Holmes, esa marca nos indica que el nivel del agua subirá unos cuatro metros —comprendió Lestrade—. ¡El edificio entero acabará en el río cualquier día!

—Pero no hoy —respondió Holmes con calma—. Además, en este momento ésa es la menor de nuestras preocupaciones. Suponiendo que la media docena de hombres que usted dispuso como apoyo estén incapacitados, debemos asumir que nadie más sabe que estamos aquí. Por lo tanto, tendremos que escapar por nuestra cuenta.

—Usted ya ha intentado subirse a mis hombros —gruñó Lestrade, masajeándose significativamente el hombro izquierdo— y hemos decidido que eso no funciona. Además, no hay garantías de que pudiera regresar a tiempo con ayuda.

Señaló la rápida ascensión del agua, y Holmes asintió.

—El mismo motivo que dio pie a nuestro improvisado y húmedo apaño podría ser también lo que nos saque de esta situación —respondió crípticamente Holmes, acercándose de nuevo a la mesa.

Apoyó con delicadeza una mano en el hombro de Watson y, tal como esperaba, los apagados ojos del doctor, aun nublados por el dolor, la enfermedad y la fatiga, se volvieron hacia él.

—Watson —dijo Holmes con suavidad—, lo lamento, mi querido amigo, pero me temo que debo pedirle que se siente... El agua está subiendo muy deprisa y pronto cubrirá su lugar de descanso…

—Cla… claro —dijo Watson, distante.

Holmes rodeó gentilmente los hombros del doctor y lo ayudó a sentarse con cuidado. El movimiento, pese a su suavidad, fue excesivo; Watson lanzó un jadeo y emitió un leve gemido, y se habría caído de la mesa si Lestrade no lo hubiera cogido rápidamente por un brazo, sujetándolo por el otro lado.

—L… lo siento —tartamudeó Watson, temblando, tosiendo—. L… lo… siento...

—Tranquilo, viejo amigo —le dijo Lestrade con calidez—. Vamos… vamos a sacarlo de aquí enseguida…

El inspector miró a Holmes, esperanzado. El detective asintió.

—Debemos esperar —les dijo a ambos, sujetando firmemente a Watson para mantenerlo derecho—. Cuando el agua haya subido lo suficiente, podremos alcanzar la trampilla. No me cabe duda de que Buckhannon pretendía evitar tal eventualidad cerrándola sobre nosotros. Sin embargo, sigue abierta, así que tenemos una buena oportunidad para escapar si mantenemos la cabeza por encima del agua el tiempo suficiente…

—Tendremos que nadar durante un rato —dijo Lestrade, inseguro.

—N… no puedo…

El doctor comenzó a inclinarse hacia el agua. Holmes lo sujetó con firmeza. Estaba sentado al borde de la mesa, con las piernas ya sumergidas. Holmes se sentó a su lado con cuidado y la madera produjo un crujido de protesta. Como ya imaginaba, no podría resistir el peso de los tres si intentasen ahorrar fuerzas posponiendo un poco más el momento de tener que mantenerse a flote en el agua. Watson se dejó caer sobre él con un gemido, apoyando la cabeza en el hombro de Holmes, incapaz de mantenerla erguida. El detective lo sostuvo con un torpe abrazo.

—¿Watson? ¡Siga con nosotros, doctor! —exclamó Holmes. Tiró de él para enderezarlo un poco más y rodeó sus hombros con un brazo.

—Holmes… No… no puedo… —dijo el doctor con voz ahogada, y empezó a toser.

Holmes frunció el ceño. Watson estaba terriblemente pálido y podía sentirlo temblar bajo su ropa empapada. La lívida marca en su frente resaltaba incluso bajo aquella tenue luz, y a Holmes lo alarmó el modo en que parecía estar luchando por respirar. Holmes sabía que Lestrade y él tenían buenas oportunidades de sobrevivir a una exposición prolongada al agua fría sin más consecuencias que un ligero resfriado, pero Watson parecía estar ya prácticamente acabado…

Watson se obligó a levantar la cabeza para enfrentarse a su preocupada mirada, y Holmes sintió que se le encogía el corazón.

—Holmes —dijo el doctor con voz ronca—, no sé nadar.