Just deal with your fate
Notas de la Autora: Notas notas... yo debería de estar estudiando¿lo sabéis? v.v... Además de eso no tengo mucho que comentar XD
Hikaruchan: Tenías razón v.v... tenía que espabilar ya a Zell e Ino v.v... Así que ahí va XD
Rinoa Haatarii: Pues quedan aún un par de escenitas de Selphie e Irvine así como pa pasarte un buen rato pensando "oh dios, oh dios, oh dios, oh dios" XD y no lo digo porque estén bien o mal escritas... XDD
AkiraTokugawa: Pues no se me había ocurrido lo de Seifer y Quistis ahora que lo mencionas... lo de que les influya a ambos el haberse visto con Squall y Rinoa... pero ahora que lo dices... hm... ¡Gracias por la idea! XD
Dalmiant: Pues en capítulos no sé exactamente cuántos le debe quedar... pero no creo que pase de los 25 o así v.v... no... espera... que este es ya el 21... pues de los 30 seguro seguro que no pasa XDD (no creo que llegue igualmente... o eso espero XD)
rinoaangelo/// me halagas demasiado XD Y que sepas que en este capítulo se contestan la mayoría de tus preguntas XD
Rinoa / Morphin: Claro que me acuerdo!! XD Lo que con ese "Rinoa /" delante del "Morphin" despistas XDD Me alegro que seas capaz de releerlo sin pensar "Dios que pereza" XDD y claro que lo sigo Ahí va un capítulo nuevo!!
CAPÍTULO XXI: ESPECTATIVAS ERRÓNEAS.
Llevaban ya más de una hora metidos así en la cama, esperando a quedarse dormidos, pero era imposible. Zell no paraba de moverse nervioso e Ino sentía que hacía tanto calor que comenzaba a asfixiarse.
La verdad es que Ino no había planeado aquella especie de confesión sobre sus sentimientos ni nada por el estilo. Comenzó fingiendo que aquello era una verdadera relación delante de los demás... pero la situación se le hizo tan sumamente cómoda y agradable que decidió hacerla de verdad. Aunque ahora veía que había sido una tonta por pensar que el chico iba a responder de manera natural a todo aquello.
Un par de horas después, cuando Zell volvió, se metió en la cama y ninguno de los dos abrió la boca para nada.
Aquello podía ser una mala reacción, desde luego... Cuando por fin había pasado algo entre ellos dos había salido corriendo. ¿Estaba sólo nervioso por aquella especie de declaración o es que había cambiado de opinión?... Fuera lo que fuera en cuanto Zell se metió en la cama ella se acurrucó al otro lado como hacía cada noche e intentó dormirse. Tan lejos de él que habrían cabido dos personas más en la cama.
Zell seguía sin parar de moverse mientras las palabras de la joven se repetían en su cabeza una y otra vez, junto con la sensación de su beso. Cuando Quistis se fue de la lengua de aquella manera en la cafetería sintió terror... pánico... al rechazo y la posterior humillación. Pero se sintió aliviado cuando vio que la chica simplemte se olvidó de aquello. Cuando vio que la joven lo trataba como siempre, se sintió algo mal, era como una deliberada muestra de pasividad ante lo ocurrido. Como si a ella no le importase que él sintiese algo importante hacia ella. Pero su amistad seguía allí y había conseguido estar más cerca de ella que nunca con aquella fachada de relación que habían inventado para engañar a los demás y cubrirse las espaldas.
Sin embargo, ahora mismo, cuando ella le había soltado hacía a penas tres horas que no era indiferencia lo que sentía precisamente hacia él, no sabía cómo debía reaccionar. Sentía que algo dentro de él no paraba de arder, como si toda su alma le pidiese que la abrazase. Sentía que debía decirle algo, tocarla, besarla, hacer todo aquello con lo que había soñado durante tantísimo tiempo. Pero le faltaban fuerzas, aún había algo en él que le aconsejaba cautela y el joven no sabía cómo debía reaccionar ahora. Había demasiada intimidad en aquella cama de matrimonio y eso le hacía sentirse incluso menos decidido. Como si aquella situación le empujase a hacer algo. Como si en ese momento fuese su deber preguntar qué sería lo siguiente, si aquella mentira se convertiría en realidad. Si podía ser completamente sincero de una vez por todas.
Ino seguía intentando tranquilizar su mente mientras oía las sábanas resonar bajo el ligero peso de Zell, su propio cuerpo. Empezaba a sentir remordimientos por haberle dicho aquello y se arrepentía de no haber callado y esperado a que fuese el chico quien diera el primer paso. Estaba casi más nerviosa que su compañero de habitación y las dudas y los remordimientos no la dejaban conciliar el sueño. La verdad es que sólo quería dormir y no pensar en lo que había ocurrido, como si la llegada de un nuevo día pudiera borrar todos aquellos errores y el sabor amargo que sus propias palabras le habían dejado.
Zell seguía moviéndose, no paraba de hacer ruido con los dientes, la estaba poniendo nerviosa y sentía que aquellos músculos que convertían su cuerpo en algo extrañamente pesado se tensaban y se le empezaban a adormecer las piernas. Debía cambiar aquella postura, relajarse, estaba llevando demasiado mal aquella tensión.
La chica movió levemente un pie y comenzó a girar para conseguir relajar aquel cuerpo demasiado cargado. Pero en ese mismo momento Zell, que seguía revolviéndose como un ratón encerrado en una botella de cristal, giró sobre su espalda dándole la cara a la chica.
Los dos permanecían dándose la cara, inmersos en aquella oscuridad, con los ojos abiertos, intentando ver, adivinar lo que reflejaban los ojos del otro. Pero en aquella negra noche no podía más que insinuarse la silueta de ambos.
Después de un momento mirando a su propio cuerpo, Zell pudo ver un destello verde cuando las nubes dejaron que un mínimo de luz se colara por la ventana, el destello de sus propios ojos verdes. Ella lo estaba mirando. Se sintió de repente incómodo y volvió a moverse bruscamente haciendo que las sábanas se enredasen en su fina cintura, aprisionando uno de sus brazos bajo su cuerpo. Volvió a moverse intentando liberarlo pero sin conseguir nada. Giró de nuevo hacia la chica, consiguiendo sólo enredarse más aún, y después intentó hacer fuerza para soltar aquel remolino de tela que lo atrapaba. Unos segundos después, cuando fue capaz de sacar el brazo, lo metió bajo las sábanas y rozó sin querer la mano de la joven, grandes y ásperas pero cálidas al mismo tiempo.
Su dedo índice tocaba con uno de sus nudillos el interior de la mano de la joven algo por debajo de la muñeca. La dejó ahí, quieto, helado, cautivado por aquel calor y la gentileza del tacto, haciendo como que no se había dado cuenta de que la estaba rozando. Pero ella podía notar también su propia mano y la suavidad de su propia piel era tierna y tentadora, tanto en su tacto como en el mero hecho de que no era su mano la que la rozaba en aquel preciso momento, sino la de Zell.
La chica movió lentamente la mano hasta que fueron sus dedos los que suave y tímidamente comenzaron a enredarse con los del chico; acarició el interior de su mano con las puntas de sus uñas y el chico sintió un leve escalofrió recorrer su espalda mientras la joven subía acaricaindo su muñeca. Pero él no se movió, no era capaz de hacer nada. ¿Cómo debía contestar a aquellas caricias¿Adonde iba todo aquello a parar¿Era lo correcto en aquel momento?
Ya no eran sólo nervios sino una mezcla de tensión y dudas morales lo que le impedían dar rienda suelta a sus gestos y palabras. Y toda aquella duda a la que el joven se enfrentaba no hacían sino cubrir de dudas la mente de Ino. La chica apartó la mano de la del joven y se giró para darle la espalda dispuesta a rendirse en aquel intento por llamar su atención, estaba claro que el joven no estaba dispuesto a responder ni para bien ni para mal a sus tentativas.
Pero fue entonces cuando notó que su pequeño cuerpo se pegaba al suyo, fue en ese momento cuando Zell sintió que no quería que dejase de acariciar su mano, que no debía dejar escapar aquel maravilloso instante, fue entonces cuando se acercó a ella y rodeó su cuerpo por la cintura hundiendo su cara en el pelo corto y lacio pegado a su nuca.
Olió deseoso la leve fragancia que había en su propio pelo, la fragancia que en ese momento no le pertenecía a él sino a Ino, y la joven se giró poco a poco, sin decir una sola palabra, mientras se acercaba al joven guiada por la calidez de su cuerpo y el tentador calor de su aliento.
Zell subió una de sus manos hasta rozar la mejilla de la chica y acercó su cara hasta notar el aire que salía de su nariz y rozar su barbilla con los labios. Se movió lentamente rozando su piel sin llegar a besarla, paseó sus labios por los de la joven pero sin detenerse en ellos. Su mano subió poco a poco hasta acariciar su flequillo, ahora lacio y sin forma, que caía levemente sobre los ojos de la chica, y lo apartó justo antes de besarla junto a la comisura de sus labios.
La chica movió la cara un poco hacia el lado y sujetando al joven por la nuca lo besó con suavidad en los labios, un gesto rápido y tierno que no duró mucho hasta que se apartó deprisa, como intentando ver con claridad cual debía ser su próximo movimiento.
Zell se quedó un momento quieto, con la mente nublada por aquella sensación, con el sabor de sus propios labios aún en los suyos, en los de la chica a la que ahora pertenecían. En cualquier otra ocasión el hecho de besar los labios de otro chico le habría puesto los pelos de punta pero este no era el caso, y coló una de las finas piernas de la chica entre las suyas, mientras apoyaba su cuerpo para conseguir equilibrar su forma sobre la de la joven.
Se sentó sobre su cintura con ambos brazos a los lados de la que antes era su cabeza y poco a poco se recostó hacia delante, hasta que sus brazos se hubieron pasado tras el cuello de la joven, consiguiendo así acercarla más a él, y la besó de nuevo. Esta vez fue un beso largo, tierno así mismo y casi inocente que se prolongó hasta que la chica intentó entreabrir la boca bajo sus labios y el chico se apartó levemente algo sorprendido. Pero Ino levantó algo más su cabeza y agarrando la del muchacho entre sus manos volvió a acercarlo hacia ella, y tras cubrir sus labios con besos fugaces, casi meras caricias, los rozó levemente con la punta de la lengua recorriéndolos con suavidad.
Zell dejó pasar la suya algo más allás de sus dientes hasta rozar la de la chica y después ambas bocas se aferraron con fuerza en un beso profundo y apasionado. Tanto él como ella estaban perdidos en aquel gesto violento y desesperado, buscando en la cálida humedad del otro saciar aquella sed que no paraba de descontrolarlos.
El chico sentía así sentado sobre las caderas de la joven el deseo de ésta en su propio cuerpo, apretado contra su pijama, y en contra de lo que hubiera imaginado se encontraba con severos problemas intentando repremirse para no responder a toda aquella tensión sexual. Sentía su deseo y la desesperación de cada roce de sus lenguas, sentía su propio deseo y la humedad que le provocaba. Las manos de la chica, sus propias manos, comenzaban a acariciar con firmeza su espalda mientras él se levantaba levemente rozando con sus ahora notablemente más largas uñas el fornido torso de la joven.
Se apoyó entonces sobre las rodillas, a cuatro patas, y sin dejar de besarla paseó sus manos por sus abdominales y su pecho. Ino al principio intentó retener al joven sosteniéndolo por las caderas, intentando que no rompiese el contacto que había entre ambos, intentando no dejar de sentir el calor de sus piernas sobre su miembro. Pero en cuanto las manos del chico comenzaron a bajar, intentando levantar la camisa que quedaba apretada sobre su torso dejó de resistirse y arqueó levemente la espalda para ayudarlo a quitársela, rompiendo su beso sólo para pasar la prenda por debajo de su cabeza.
Y prenda a prenda continuaron desnudándose el uno al otro, buscando cada vez un trozo más de piel con el que entrar en contacto, como buscándose el uno al otro en aquellos cuerpos extraños que no les correspondían.
Ino se incorporó, quedando los dos sentados, besándose, completamente desnudos y por un momento se separaron para poder mirarse, intentando recuperar el aliento, con las frentes juntas. Las nubes iban poco a poco despejando aquella noche de invierno y de manera paulatina podían ir viéndose con más claridad el uno al otro. Simplemente permanecían así, abrazados, mirándose a los ojos, sintiendo el calor el uno del otro, respirando con dificultad.
De alguna manera por muy excitados que estuviesen ninguno de los dos pretendía llegar más allá de aquello. Simplemente querían sentirse, tocarse, probarse.
Zell (Ino)¿Poco a poco?
Zell sonrió y volvió a besarla, la verdad es que no tenían prisas ningunas. Seguramente ni estando en sus respectivos cuerpos hubieran llegado más allá de aquello. Sólo querían sentirse.
Ino (Zell): Poco a poco...
Squall se miró una vez más en el espejo antes de undir ambas manos en el chorro de agua fría que emanaba del grifo y llevárselas después a la cara. El frío resultaba agradable sobre la carne magullada.
La visita de Seifer había terminado con un buen puñetazo justo a la izquierda de su nariz, un poco más al lado y seguramente estaría rota. Podía notar incluso la parte de encía sobre su colmillo izquierdo dolorida, aunque la carne no se hubiera desgarrado podía decir que el chico había golpeado con todas sus ganas.
Levantó de nuevo la mirada hacia su reflejo, aunque no se miraba realmente. Pasaba su lengua meticulosamente sobre los dientes, notaba la carne inflamada y el leve sabor metálico que se queda en la boca cuando nos mordemos o arañamos, aunque no haya sangre de por medio.
Seifer lo había llamado de todo. No paraba de gritar y por muchas explicaciones que le diese no parecía atender a razones. Claro que ahora que lo pensaba los motivos que tenía para haber huído parecían bastante estúpidos al decirlos en voz alta.
Finalmente decidió que era una tontería seguir pensando en aquello. Se quitó la camisa, se acercó pasivamente hacia su cama y se quitó después los pantalones y calcetines. Se metió bajo las mantas y cerró los ojos prestando atención a no dormir de lado como solía hacer, la cara le dolía demasiado.
Miró hacia el techo y de alguna manera comenzó a planear su siguiente movimiento, allí ya no estaba seguro. No veía a Seifer como un chivato ni un delator, pero lo había visto muy enfadado, y cuando Seifer se pone así sólo Dios sabe lo que es capaz de hacer para descargar su ira. Suele golpear donde más duele.
Quistis se incorporó de golpe de la cama, encendió la luz de su mesita de noche y comenzó a rebuscar entre los papelitos fotocopiados que tenía esparcidos sobre el suelo.
Su postura era lo más forzada posible, permanecía con medio cuerpo en la cama, somo si estuviera sentada, mientras todo su torso se mantenía más abajo, colgando por un costado del colchón, peligrosamente apoyado sobre una mano mientras la otra intentaba alcanzar aquellos papeles.
De repente sintió que se le nublaba la vista y se incorporó lentamente sobre la cama, ya con todos aquellos papeles en la mano, sobados y arrugados. Había sido un movimiento demasiado repentino y forzado, debía ir a revisarse la tensión. Ya de por sí solía estar más baja de lo normal, así que suponía que aquel estúpido malestar general que acarreaba desde hacía semanas se veía acentuado ahora al haber dejado de tomar café. Era lo único que más o menos le ponía las pilas.
En cuando hubo recuperado más o menos la capacidad de enfocar su vista sobre aquellas enredadas letras se concentró en ellas.
Eran casi las 4 de la mañana y no conseguía dormir, no paraba de darle vueltas a las cartas de Seifer, y de alguna manera se le había ocurrido que tal vez hablasen en clave de personajes reales. Tal vez allí estuviera aquella hermana que ella le atorgaba con total convencimiento y se le hubiera pasado por alto.
Se colocó las gafas y agarró un trozo de papel de un bloque de post-it que tenía a mano. Comenzó a rebuscar en aquellas fotocopias cualquier alusión que el joven hiciera a personas, cualquier recurso que hubiera usado para hablar de alguien.
El maldito, el dulce recuerdo del pasado, la destructora, la luz, las telas rotas. De alguna manera usaba aquela lenguaje abstracto, parecía que los protagonistas de aquella enrevesada obra de teatro eran sentimientos más que personas. Se refería a ellos según lo que le hacían sentir, no según quienes eran.
Iba apuntándolos a todos en una libretilla, con una leve descripción de lo que pintaban en aquel cuento, y tan sólo distinguía un puñadito de personajes del gran reparto que aparecía.
El León, jugando siempre un papel aislado, independiente, ignorando todos sus intentos de atención. Squall... había también un destello de frescura que él había confundido con luz, que le había dado durante un corto verano mil respuestas a sus dudas y la paz de su apoyo. Rinoa...
De alguna manera contaba su historia, era un diario perfecto, estaban todos sus recuerdos importantes y sin embargo conseguir entender lo que quería contar era casi imposible.
Casi... lo cierto es que no era más que un rompecabeza, sólo tenía que descubrir a cada personaje de todos los adornos que les ponía para conseguir aquel sentimiento que tenía cada uno y después de aquello intentar meterse un poco en lo que les ocurría y en la manera de pensar de Seifer, y ya lo tendría, cada nombre y cada historia.
De nuevo volvía a cernirse sobre el mundo de Squall la oscuridad, una oscuridad pacífica y serena digna del más placentero de los sueños. Una oscuridad que poco a poco lo llevó hasta ese mundo lleno de miedos e incertidumbre que era su propio futuro.
De nuevo volvía a sentir aquella sensación más que conocida. Se encontraba en el interior de otra persona, en realidad se encontraba en el interior de su propio cuerpo, un cuerpo que era exacto al suyo pero que aún así no le pertenecía, era su propio cuerpo unos cinco años en el futuro.
Estaba de pie, frente a una puerta a la que llamó, una puerta que le era muy familiar, era igual que las puertas de cualquier dormitorio del Jardín, la única diferencia era el letrero que había en ella, en el que se podía leer el apellido Kinneas. Al poco rato de haber llamado un hombre alto, con el pelo largo y ondulado recogido en una trenza, abrió la puerta. Estaba vestido con unos pantalones cortos por encima de las rodillas y no llevaba camisa ni zapatos.
Irvine¡Squall! Entra...
Squall entró en la habitación y vio una pequeña figura que le era algo familiar junto a un mueble en la entrada. Sostenía un teléfono y hablaba con alguien al otro lado de la línea.
Alexia¡Papá!
Squall Futuro: Hola, Lex ¿Con quién hablas?
La niña se apoyó sobre la punta de los pies y besó a Squall en la mejilla, mientras éste se agachaba para abrazarla y devolverle el mismo gesto con que la pequeña lo había saludado.
La niña no contestó y siguió balbuceando hacia el teléfono.
Irvine: Es Rinoa, dice que ya ha llegado a la estación de Fisherman's Horizon. Dentro de poco saldrá el barco y en a penas media hora estará en el puerto de Balamb
Squall Futuro: Menos mal... los tíos del Pabellón de la Bruja siguen siendo igual de lentos que antes.
Squall: '¿Rinoa...?'
Irvine entró en una habitación muy espaciosa e iluminada que él no recordaba haber visto en el Jardín de Balamb.
Selphie¡Alexia...! La bañera ya está lista.
Squall conocía aquella voz, en el mismo momento en que se oyeron esas palabras Selphie entró en la habitación por un pasillo que daba a otra parte de aquel apartamento. Sostenía una toalla en la mano y al entrar en el salón se paró para saludar a Squall guiñándole un ojo, después continuó hacia la entrada, dónde agarró a la pequeña por la cintura y
la levantó en el aire sin el más mínimo esfuerzo.
Irvine: Selph... ¿qué te dije de ir por ahí levantando peso?
Selphie: Venga ya, Irvy... no es peso... es Alexia...
Alexia: Zi... Dioz...
La niña entregó el teléfono a Selphie, que lo agarró antes de colgar.
Selphie: Hola Rinny... Sí... tranquila no me molesta hacer de niñera... Hehe... Sí... Calla, no me lo recuerdes... Supuestamente dentro de cuatro días... Vale, nos vemos en un rato ¿Eh? Hasta luego.
Colgó el teléfono y se dirigió hacia el otro lado del pasillo del que había salido llevando en brazos a la niña, que agarró un mechón de pelo de Selphie y lo olió mientras ésta la llevaba hacia el baño.
En ese mismo momento Squall despertó demasiado agitado y nervioso como para darse cuenta de lo que acababa de presenciar.
Selphie no paraba de ordenar los mismos ficheros dentro del ordenador una y otra vez, pasándolos de una carpeta a otra, intentando concentrarse en su trabajo aunque sin conseguirlo demasiado. Por dentro sentía rabia por la manera en que Irvine se había comportado la pasada noche, después de la cena. No es que no se lo hubiese pasado bien, pero era un ataque que realmente no esperaba, cuando por fin se había calmado y estaba segura de que se había librado de su venganza por aquel día se había encontrado en aquella situación.
Sentía rabia y una especie de euforia contenida que suponía venía por el hecho de que ahora le tocaba mover a ella, y aunque intentase concentrarse en su trabajo en realidad no paraba de pensar en la manera más cruel de devolverle aquella jugarreta al vaquero. Lo cierto es que se le ocurrían varias, pero entre ellas no encontraba ninguna en la que no apareciesen baterías de coche, chinchetas, correas de perro y otros enseres por el estilo.
Sin embargo no iba a calentarse demasiado el coco intentando encontrar la manera que buscaba en el menor tiempo posible, sabía que tenía mucho tiempo para conseguirlo, seguramente hoy no vería a su ayudante en todo el día. Teniendo en cuenta su último movimiento estaba segura de que el chico sabía lo que le esperaba. Así que se dedicaría a planificarlo todo poco a poco. Con tranquilidad.
(Knock! Knock!)
Selphie¡Adelante!
La joven levantó la vista lentamente de la pantalla para ver a su visitante por encima de la misma. Era Irvine.
De alguna manera no pudo evitar sonrojarse al verlo acercarse a ella con total resolución, con una sonrisa de superioridad y satisfacción que tan sólo ella podría entender en ese momento. Sin embargo sabía que no debía temerle, era ella la que dominaba ahora mismo. De hecho aquel juego sólo tenía una norma: respetar los turnos.
Irvine: Comandante, vengo a hacerle entrega de mis deberes.
Y dejó sobre la mesa un CD perfectamente guardado junto con un papelito en su funda, a través de la cual podía leerse lo que había en el papel. Era una clasificación de las últimas demandas de SEED's ordenados por preferencia y urgencia.
Selphie: Em... vale...
Y al oir se propia voz se dio cuenta de lo desorientada que le hacía sentir aquella visita, de alguna manera era como una especie de burla por parte del muchacho, como tirarle a la cara que no la temía, no era más que una forma de desafiarla. Sin embargo no iba a dejar que se diera cuenta de aquel sentimiento de inseguridad y confusión que le infundía aquella osada visita. Ella mandaba ahora.
Selphie: ... Debes de tenerlos como sandías para venir a verme a solas estando en el lugar en el que estás ahora mismo...
Irvine la miró apoyando ambas manos sobre el borde de su escritorio, acentuando más aún la sonrisa arrogante con la que había entrado.
Irvine¿Tú crees?... pues los tengo más grandes aún... porque en realidad vengo a pagarte mis deudas...
Selphie no pudo evitar que aquella sonrisa de superioridad que pretendía mostrar se desvaneciera bajo la expresión confusa que la había reemplazado.
Irvine: Vamos... mueve... le he pedido a Viento que avise si viene alguien antes de darle paso... que teníamos unos asuntos urgentes que tratar y no podían molestarnos...
Selphie¿Me pides... que mueva ficha?
Irvine: Exacto...
La chica entreabrió los labios pensando en algo que decirle pero lo cierto es que estaba completamente en blanco, no tenía ni idea de cual iba a ser su próximo movimiento y debía estar a la altura de la última venganza del chico.
Irvine: A no ser que no se te haya ocurrido ninguno aún... si quieres puedo darte un par de ideas de lo que tengo yo pensado para ti... Te puedo asegurar que no me quedaré sin recursos...
Selphie¿Que no se me ha ocurrido?... por Dios, Irvine... parece mentira que no me conozcas después de tanto tiempo...
Y la verdad es que había dado en el clavo, no tenía ni idea de lo que debía decir, y la verdad es que bajo presión la chica se embotaba por completo y no tenía manera de pensar nada. Se bloqueaba.
Irvine: Bueno... eso es lo bueno de nuestra actual situación... nos estamos... conociendo mejor...
La chica continuaba no obstante muda, sin tener ni idea de lo que debía decir a continuación.
Irvine: ... Estoy esperando...
Selphie: No deberías... ya tienes tu castigo...
Esta vez fue la sonrisa de arrogancia de Irvine la que tembló levemente bajo la incertidumbre.
Irvine¿Cómo...?
Selphie: Te pasaste bastante anoche... y tu castido será no tener castigo alguno... te aguantas.
Irvine desvió la vista hacia el suelo por un instante, pensando qué arreglo debía hacer ahora a sus planes. Lo cierto es que la verdadera venganza que había pensado no había sido la de la pasada noche, sino lo que venía a continuación. Lo del baño no había sido más que un movimiento más de su última venganza.
Así pues había ido al despacho aquella misma mañana dispuesto a acceder a cualquier castigo por simple impaciencia, para poder mover de nuevo lo antes posible.
Volvió a mirarla de nuevo, con una sonrisa distinta sobre su expresión. Una sonrisa que reflejaba perfectamente el júbilo que sentía en su interior. Ya podía mover de nuevo.
Irvine: Gracias...
Secretario: Señor Loire... tiene una visita.
Laguna levantó la vista de la pantalla de televisión en la que no paraban de aparecer seres de ultratumbra intentando morder el cristal.
Laguna: Ahora no puedo...
Volvió la vista de nuevo al aparato y volvió a levantar aquel mando de consola con forma de pistola, apuntando a las cabezas de aquellos seres nauseabundos.
Rinoa¡Díganle que se deje de tonterías!
Laguna volvió a levantar la vista y tiró el mando a un lado, mientras de fondo se oían mordiscos y los gritos de aquel personaje que él debía controlar en aquel videojuego.
Laguna: Dios santo...
Se dirigió apresurado hacia la puerta, que su secretario mantenía medio cerrada, asomando tan sólo la cabeza, y lo empujó a un lado por tal de abrirla por completo.
En el salón en el que esperaban sus visitas se encontraba una chica a la que no había visto desde hacía meses. Rinoa permanecía apoyada sobre aquella desgastada muleta, con un bolso de viaje tirado a su lado, y una cara de cansancio y enfado que acentuaba bastante los tonos oscuros de sus ojos sobre el tono claro de su piel.
Rinoa: Y éste que se quede hoy sin propina que no me ha dejado subir a Angelo...
Señalaba al joven trajeado que permanecía aún tras la puerta, sujetándola con inseguridad mientras dirigía una mirada herida hacia la muchacha.
Laguna: Dios mío... ¿qué haces aquí? Tu padre... llamó para preguntar por Squall no hará ni dos semanas y me dijo que ibas a permanecer con él hasta que el impresentable de mi hijo dira señales de vida... cito textualmente...
Rinoa avanzó hacia él con un gesto de fastidio que agravaba las marcas de cansancio de su cara.
Rinoa: Mi padre no ha hecho más que hablar últimamente...
El presidente de Esthar se acercó a la joven por tal de ahorrarle un par de pasos y respondió a los brazos que ésta le tendió en un gesto que mostraba más necesidad que saludo.
Laguna: Ven, pasa... Didier prepara algo para desayunar y nos lo traes lo antes posible.
El joven secretario saludó con una leve reverencia como respuesta y se alejó pasillo abajo.
Rinoa: He desayunado en el tren, de camino...
Laguna: Da igual... yo también... pero no sabes como son los desayunos de Didier.
Rinoa esbozó una leve sonrisa y volvió a apoyar su frente en el pecho de aquel hombre que siempre conseguía tranquilizarla, tal vez más como padre que como suegro.
Quistis se levantó aquella mañana mucho más tarde de lo que hubiera debido. Dirigió la mirada a su despertador y consiguió distinguir con dificultad que las manillas marcaban las 9 de la mañana. Hacía una hora que habían comenzado sus clases.
Hechó mano del móvil que mantenía bajo su almohada durante las noches, y buscó un número en su agenda más de memoria que por la vista, ya que a duras pensa podía mantener los ojos abiertos, le molestaba la luz y le dolía la cabeza.
Al otro lado de la línea se oyeron un par de tonos y después una voz animada y juvenil, siempre estaba animada.
Shu¡La primera llamada de la mañana!
Quistis se sintió de alguna manera aliviada con aquel saludo, un saludo que de ninguna manera transmitía una bienvenida. Aquello era algo que le encantaba de Shu, nunca se despedía ni te saludaba, era como si siempre hubieras estado ahí.
Quistis: Buenos días... escucha... tengo un favor que pedirte...
Shu: Te has quedado dormida y no llegas a tu clase.
Quistis se consiguió incorporar con algo de dificultad.
Quistis¿Cómo lo sabes?...
Shu: No lo sabía... ha sido por probar¿he acertado?
Quistis: He pasado una noche de perros... ¿podrías pasarte por mí? Yo iré en cuanto pueda...
Shu: Vale... Pero prométeme que te pasarás por la enfermería... suenas a nariz atascada de resfriado gordo...
Quistis esbozó una leve sonrisa ante la comparación, la verdad es que se había pasado la noche anterior llorando, era casi normal que su voz sonara a resfriado, pero si se pasaba por la enfermería sería para pedirle algo para aquel dolor de cabeza a la doctora Kadowaki.
Quistis: Vale... gracias, Shu.
Shu: De nada enfermita... y no corras.
Y como siempre la joven colgó sin un adiós del todo claro, sin despedirse nunca del todo.
Quistis se encontraba en ese momento sentada sobre su cama, mirando de reojo las fotocopias que había hecho el día anterior del diario de Seifer antes de devolverlo a su sitio. Vendría hoy. Y de alguna manera un pinchazo volvió a acometer en algún rincón de su recuerdo. La vista volvía a nublarse peligrosamente.
La joven instructora apretó la frente sobre sus rodillas, intentando contener las lágrimas. No iba a seguir llorando, Seifer seguía ahí aunque hubiera estado a punto de irse tantas veces.
Se levantó perezosamente de la cama, intentando no pensar en todo lo que le rondaba en aquellos momentos por la cabeza, mientras se dirigía hacia el baño. Había descubierto demasiado de Seifer en una sola noche. Tenía que despejarse un poco.
Squall continuaba metiendo cosas en una maleta como poseído por el demonio, sin hacer caso a lo que su jefa le decía.
Nairen¿Quieres estarte quiero?
Squall metió una nueva camisa en aquella bolsa vieja que había usado cuando se fue del Jardín y se giró hacia aquella mujer.
Nairen: Nunca me has dicho nada de tu pasado... de por qué viniste aquí... si el chico que vino a visitarte el otro día pone en peligro el que te sigas escondiendo aquí... puedo ayudarte a que no te encuentren...
Squall¿Sabías... que venía a esconderme?
La dueña del bar le dedicó una mirada cómplice
Nairen: A nadie se le ha perdido nada en este pueblucho porque sí... nunca hablas de ti... te pasas el día aquí encerrado... y reconócelo, has cambiado tu aspecto muchísimo desde que llegaste aquí aquel día...
Squall bajó la mirada consciente por primera vez de lo chapuzas que había sido en aquella huída... había actuado como un crío desde el principio.
Nairen: Si te preocupa que aquel chico vuelva, que te ecuentren... puedo ayudarte, esconderte durante un tiempo y negar que aquí ha habido nadie trabajando conmigo...
Squall levantó la mirada y deshizo el trozo de tela que mantenía su pelo recogido.
Squall: No hará falta... vine huyendo por una tontería... que ni siquiera era cierta.
Y continuó metiendo las pocas cosas que le quedaban en aquel bolso de viaje. Ya había hecho el imbécil bastante tiempo.
Segundo piso. Aula 112. Quistis estaba frente a la pizarra escribiendo los ejercicios que el día siguiente sus alumnos deberían entregarle completados a la perfección. Eran las 12.55, hacía ahora mismo casi 3 horas que se había podido incorporar a sus clases y faltaban cinco minutos para el descanso del mediodía.
Quistis: 'Cinco minutos más...'
Quistis no podía apartar a Seifer de su mente ni un minuto, no después de haber conseguido descifrar aquel enmarañado diario.
Por lo visto todo lo que le había contado en aquellas semanas de instrucción particular no parecía haber sido nada en comparación con todo lo que tenía que contar. Se había limitado a contarle lo que le interesaba, lo que les incumbía a ellos dos, era como si solo le hubiera dicho lo necesario para conseguir de ella lo que quería.
En aquel diario estaba toda la historia de Thomas y Eleonor, lo que Seifer recordaba de sus padres (que no era poco) y todo lo que había sentido hasta que llegó al orfanato de Centra. En ese tiempo sólo había arrepentimiento, odio, miedo, confusión... sobretodo arrepentimiento, sentía que él era el culpable de lo que les ocurría a sus padres (y en cierto modo lo era, aunque indirectamente).
Una vez llegó al orfanato no paraba de hablar de perdón, de aceptación, de miedo al mismo tiempo pero también de liberación. Intentaba no aproximarse demasiado a los demás, no involucrarse, no quería estropear más vidas por su culpa. Especialmente hablaba del reencuentro con la luz del mirar de un ángel caído. El ángel caído... su madre ya muerta. Y el reencuentro con su mirar suponía que debía ser ella misma. De hecho el chico ya le había dicho en una ocasión que cuando la vió en el orfanato le recordó a su madre.
Después de aquello había lagunas, parecía que las cosas que ocurrían a su alrdedor no importaban realmente desde el momento en que todos fueron abandonando el orfanato. Una vela se apagó y se quedó solo de nuevo, intentando ver a oscuras.
Quistis: 'A oscuras... sin luz... sin mí...'
Desde que Quistis dejó el orfanato el chico no daba especial relevancia a nada de lo que le ocurrió, de hecho la historia no volvió a remontar hasta unos años después, cuando volvió a ver aquella luz como una luciérnada fugaz, tímidamente encendida entre cientos de ojos extraños y ocupados en sus quehaceres. Cuando se volvieron a ver en la graduación.
Y de aquella noche no había escrito absolutamente nada. "Ni a ti, padre, podría contarte lo que pasó. Ni siquiera yo me atrevo a ponerlo en palabras. Lo siento, pero esta parte deberá permanecer en sentimientos puros, dentro de mí. Sin mancharlos con palabras huecas como felicidad o euforia, que jamás abarcarían una milésima parte de la emoción a la que dan nombre."
Y después de aquella parte todo había sido impotencia y rabia, se había reencontrado con todo lo que comenzó a ser felicidad en su pasado, con los chicos de aquel orfanato a los que temía herir. E intentando llamar su atención no había hecho más que dar vueltas estúpidamente, sin conseguir jamás lo que pretendía. Dando manotazos torpes y ciegos intentando llegar a lo que aspiraba.
Sin embargo todo cambió cuando el dulce recuerdo del pasado... Edea... se convirtió en la máxima destructora. Y el iluso... el maldito, como él mismo se llamaba, se entregó en medio de la confusión y la rabia de no conseguir llamar nuestra atención a colaborar con ella. Y en como más adelante se vio atrapado a manos de otro ser, completamente ajeno a aquella obra de teatro, la viajera, así había bautizado a Artemisa.
El maldito no había hecho más que intentar colaborar por tal de mitigar la ira de la viajera... Un personaje que por otra parte no tenía importancia ninguna en su alma, no le hacía sentir nada, era casi un personaje secundario en su historia. Nosotros éramos los protagonistas y él el antagonista, Artemisa no tenía peso alguno.
Y aquella parte... aquella parte le había puesto los pelos de punta...
"Entrégame al maldito, le dije. Y frente a mí vi el esmeralda de mi mirada. Asustado, como entonces... como ahora."
Seifer no había vuelto al tiempo de su presente tras la derrota de Artemisa, había vuelto al pasado expresamente. Al orfanato.
Andaba buscando al pequeño Seifer, por tal de evitar todo el daño que continuaba haciendo a todo el que tenía cerca, para evitar el daño que les había hecho a todos ellos durante aquella batalla. Para evitar aquel intento de apagar la luz que continuaba viendo vagar de un lado para otro a su alrededor sin que pudiera alcanzarla del todo.
Y ella misma recordaba un hombre alto y de aspecto demacrado blandiendo una hoja afilada sobre la cabeza del pequeño Seifer mientras Edea intentaba evitarlo.
Después de aquello no había escrito más de una página, en la que todo era como una inmensa borrachera. Iba de un recuerdo a otro, a su intento de volver a ser una persona anónima entre los demás, al rechazo de la gente, al olvido en una aldea enterrada en los confines del planeta, al contínuo sentimiento de fracaso. Una borrachera interminable que sólo se disipó el día en que vio claro que si seguía vivo era por que sabía que aquella maldita luz que lo torturaba en sus sueños de gloria continuaba brillando en alguna parte.
Luz que encontró acentuada por los años en cuanto volvió al Jardín. Luz que se acentuó con la luz del recuerdo y aceptación de los demás. Pero que permanecía lejana aún así.
Sobre aquel día en que Selphie los encerró en los vestuarios... encontró de nuevo aquella especie de borrachera, de embotamiento, una especie de diarrea verbal que hablaba casi sin sentido de emociones, de manera completamente abstracta, como embriagado por el efecto de algún tipo de droga.
Después escribía un Seifer completamente distinto, de letra clara y calmada. Un Seifer que se había encontrado redimido a manos de un trapo hecho jirones. De un trapo que él mismo había desgarrado tiempo atrás, despojándolo de familia, de amigos, de pasado. Igual que su padre lo despojara a él mismo.
Y hablaba siempre desde el arrepentimiento y la derrota. Derrota que él mismo había decidido beber, sin que nadie lo obligase, de aquel trozode tela desollado.
Y entonces Quistis recordó aquel muchacho con el que lo había visto hablar hacía unas semanas en el pórtco. Mike.
El chico estaba en uno de sus grupos y le bastó recordar por encima su expediente para entender que era aquel trapo hecho jirones a manos del cual Seifer había decidido aceptar la derrota y el arrepentimiento del maldito.
Aquel muchacho era de Trabia. Había sido trasladado a este Jardín tras perder a sus padres, ambos trabajadores del otro Jardín, durante el bombardeo que Seifer lideró en la batalla de Artemisa. Aquel chiquillo lo había perdido todo, había quedado hecho jirones como Seifer decía, y había sido él quien había bombardeado su hogar, acabando con todo su pasado. Desollándolo...
Quistis volvió a mirar el libro del que estaba copiando e intentó tragar aquel nudo que tenía en la garganta. Desde que llegó lo había visto como un farsante, como un comediante que buscaba seguir haciendo daño como lo había hecho en sus años de estudiante. Ni siquiera creyó aquello que Edea le había contado sobre cómo Seifer se sacrificó a manos de Artemisa, entregando todo atisbo de entendimiento por tal de que la furia que ésta desatase contra ellos se mitigara.
Y sin embargo quedaba aquella duda. ¿Por qué no le había contado nada?... ¿Por qué le había dicho sólo lo que ella necesitaba oir para acabar cediendo a sus deseos?
De repente unos susurros y risas nerviosas la sacaron de sus pensamientos. Se giró y vio a toda la clase mirándola atónitos, hablando muy bajo y algunos riendo.
Quistis: '¿Qué les pasa?'
Quistis volvió a girarse, miró su libro una vez más y prosiguió a copiar lo que acababa de leer en la pizarra.
Quistis: '¡¡Pero qué dem--!!'
No podía creer lo que había escrito en la pizarra tan sólo unos minutos atrás. Página 123.
Ejercicios 1, 2 y 4. Página 128 Leer párrafo primero. Página Seifer...
¡Seifer! Acababa de escribir su nombre en la pizarra a la vista de decenas de alumnos que no podían creer lo que estaban observando. Quistis pudo notar su cara cada vez más caliente, no se atrevía a girarse, si alguien la hubiese visto roja como un tomate la cosa hubiese empeorado bastante.
Quistis: '¿Qué... me pasa...?'
De repente todo estaba nublado, no veía absolutamente nada y tenía frío a pesar de que no paraba de sudar. En cuestión de segundos había caído al suelo. Todos sus alumnos se apresuraron a socorrer a su Instructora, que había caído completamente inconsciente.
Me da la sensació de que tal vez esté enredando esto demasiado con el asunto del diario de Seifer... pero no he podido evitarlo v.v tenía que escribir la forma en que el chico lo había SENTIDO todo desde el principio... que también es humano . (Aunque cueste de creer con ese físico XD)
