Capítulo 21.

Hay cosas que jamás creíste ver, pero llegan a suceder.

Príncipe Edward.

-Emmett, no digas tonterías. ¿Enamorado? ¿Yo? ¿De Isabella? ¡Por favor! .JA.

Respiré después de haber pasado más de dos minutos privándome del oxígeno.

-No son tonterías. Es la verdad. ¿Qué otra cosa si no? ¿Tienes algo para probar que mis palabras son falsas?

-Sí que las tengo. EL HECHIZO – enfaticé - Si tan enamorado dices que estoy, ¿por qué no estoy de regreso en Voltarie?

-¡Ah! - Emmett se echó a reír - ¿Crees que soy tonto o qué? ¿Recuerdas el conjuro? "podrás regresar a tu hogar justo en el momento en que te le declares, sinceramente, a una hermosa doncella y ella te responda de igual manera y con el mismo sentimiento". Para regresar a Voltarie, ¡Ambos tienen que declarar su amor!

-¿Q... Qué?

-¡Soy tan inteligente! -se alabó mi primo, con el pecho hinchado de orgullo - Previne todo, ¿a qué no? Las estúpidas hadas madrinas sólo dicen "Tienes que encontrar el amor verdadero". Por eso las cosas a veces salen mal. Pero yo, el gran Hado Padrino...

-¡¿Qué has hecho, Emmett?

-Vamos, vamos, no tienes que darme las gracias. Lo único que quiero es que seas feliz.

-Y yo lo único que quiero es matarte.

Lo juro. Estaba tan blanco como un fantasma y el lento de mi primo no se daba cuenta.

-¿Qué va mal? Es fácil. Tú tienes que llegar y decirle "Isabella, mi corazón os pertenece. Aceptadlo." Y ella tiene que responder "¡Oh, príncipe mío! ¡Te he esperado tanto tiempo!..." Un momento – detuvo se teatro mientras yo pedía al cielo enviara un trueno y acabara con él – Isabella jamás diría eso. Primero patearía tu trasero.

-Al fin entiendes.

-¡Un momento, un momento! - exclamó, dilatando los ojos. Al parecer, apenas y comenzaba a asimilar todo - ¡Te has enamorado de Isabella! ¡Tú, El príncipe Edward Anthony Masen de Voltarie amas a Isabella Swan!

-¿Por qué no sales del baño y lo gritas por toda la casa? - ironicé.

Él cosió su boca. Claro, y para desconsuelo mío, metafóricamente hablando.

-He de admitir que estoy sorprendido – susurró.

-¿Y me lo dices a mí? ¿Qué puedo pensar de todo esto?

-Que, de haberte quedado en Voltarie, hubieras terminado enamorado de una Ogra. Eso es peor. Al menos, Bella es humana.

-Mi destino es tan sombrío – gemí – Me quedaré aquí para siempre, enamorado de una anomalía de la naturaleza que jamás me corresponderá.

-¿Por qué hablas así de la mujer que amas?

-No es fácil aceptar lo que me está sucediendo. Vine con la idea de hallar a una mujer dulce con la que casarme, no con una que destroza zombis y suelta salvajadas si está enojada.

-Y además te golpea.

-Además eso – suspiré, mientras me ponía de pie y me preparaba para duchar – Gracias por recordarlo.

..

Y bien, allí estaba, sentada a orilla de la cama cuando yo entré y encendí las luces.

-¿Por qué vienes desnudo?

-Por si no te has dado cuenta, me acabo de bañar – le aventé la toalla a la cara. Obviamente, traía unos shorts debajo – Además, yo debería ser quien pregunte qué haces aquí.

-Te fuiste como un Diablo de la mesa. Realmente eres delicado. Sólo era agua.

-Y carne – apunté, notando cómo se esforzaba para que sus mejillas no se enrojecieran. Sonreí para mis adentros. Era gracioso cuando Isabella hacía eso.

-No creo que te deba una disculpa, las migajas de pan son peor, pero da igual... Dame tu ropa, la lavaré por ti.

Se acercó. Yo retrocedí.

-Vamos, dame tu ropa.

-No es necesario. Vete.

-Ahora resulta – resopló. Me perdí en el mechón de cabello que se alzó en el acto – No lo hago por amabilidad, ¿sabes? Sólo evito que el día de mañana digas que yo te debo una disculpa.

Me siguió. Dimos dos vueltas alrededor de la cama. Lo sé, mi actitud era vergonzosa. Estaba huyendo de ella, pero de pronto el hecho de estar a solas en la misma habitación me resultó demasiado incómodo. Ya saben, un poco tentador.

-¡No estoy jugando!

Se lanzó contra mí sin que yo pudiera hacer algo por evitarlo, aunque vi cómo daba un brinco para cruzar el ancho de la cama que nos separaba casi en cámara lenta.

Después, todo sucedió rápido. De alguna manera, yo terminé tirado sobre el suelo, debajo suyo. Nuestras bocas demasiado cerca. No lo pude soportar y la besé. Ella me correspondió. La urgencia de nuestros besos creció. La alcé entre mis brazos. La acomodé sobre la cama. Sentí sus piernas enredadas a mi cadera, su respiración contra mi cuello mientras susurraba dulcemente mi nombre...

Ahí fue cuando descubrí que ESTABA SOÑANDO DESPIERTO.

De vuelta a la cruda realidad, sí, estábamos cerca, ella encima de mí.

-Isabella…

-¿Qué?

-Me... Me estás matando – solté al mismo tiempo que una gota de su sudor se resbalaba por mi frente. Quise soportarlo, pero de verdad que no pude – Tu rodilla... M-mi costilla... ¡Me estás enterrando tu rodilla en mis costillas!

La aventé hacia atrás. Terminé sobre ella. La respiración se me bloqueó al instante. Esto sí que era la realidad. Mi corazón se convirtió en una bomba de tiempo. Pum, pum, pum... ¡Woof, Woof!

La apestosa bola de pelos.

La apestosa bola de pelos apareciendo de pronto, cayéndome encima, alejándome de Bella, aprisionándome contra el suelo y gruñéndome de forma amenazante. Era una advertencia de muerte claramente explicita: no toques a mi dueña o te arranco la cabeza.

-Jake – llamó Isabella. El perro obedeció al instante, no sin antes lanzarme otro gruñido.

Se acercó a ella, reclamando una caricia. Claro, ella aceptó de buena gana, guiando TODA su atención a la máquina de baba andante. En pocas palabras, yo había transmutado de una bomba de tiempo a un ladrillo. Un ladrillo al que le importaba poco que los demás dijeran que estaba a punto de perder la cordura, pero casi se atrevía a jurar que ese perro era mucho más inteligente de lo que parecía.

..

..

Emmett suspiró y pensó detenidamente el asunto por vigésima vez. Y es que, por más vueltas que le diera, no lograba concebir la idea de que su primo se hubiera enamorado de Bella.

Realmente era gracioso... y complicado. Bella no era precisamente el tipo de mujer que se dejaba enamorar fácilmente.

Soltó una risita y negó con la cabeza, con divertida desaprobación. Luego se obligó a recobrar la seriedad. El asunto carecía de gracia. Si las cosas salían mal, ellos permanecerían lejos de Voltarie para siempre.

Necesitaba encontrar una solución. Rápidamente.

Un chispazo de luz iluminó su cerebro. Se levantó dando un brinco y sonrió extensamente.

-Debería ser un pecado que, además de ser un hombre irresistible, sea la inteligencia mi más grande virtud – se alabó, antes de dirigirse a la cocina.

A diferencia de Alice, él alcanzaba a ver todo lo que había en las alacenas sin esfuerzo alguno con sus aproximadamente uno noventa de estatura.

Acomodó todo sobre la mesa. Manzanilla, Listo. Canela, Listo. Miel de abeja, Listo. Jugo de Manzana, Listo. Azúcar, Listo.

Preparó los ingredientes que creyó necesarios. Necesitaba realizar una esencia realmente dulce que, en conjunto con un par de palabras mágicas, harían de Isabella una dama tierna y femenina. Sobre el conjuro, apenas y lograba recordar una que otra frase, pero no se preocupó demasiado. ¿Cuál era el nombre? Improvisación. Olvidar uno que otro detalle no mataría a nadie.

El té estaba listo y servido, humeando un exquisito vapor. El moreno miró su obra con orgullo cuando Rose irrumpió en la cocina.

-¿Qué es todo este desastre?

-Bueno... Verás... - no podía decirle que había preparado un té que cambiaría por completo la personalidad de su amiga.

-Da igual – gimió la rubia, agarrándose el estómago con ambas manos.

-¿Estás bien?

-¿Pareciera que lo estoy? -refunfuñó la muchacha - Comí grandes cantidades de pollo, demasiado rápido. Muévete – lo empujó a un lado, descubriendo tras él una radiante tacita de té de delicioso aroma - ¿Y esto?

-Eso... Eso es...

-Qué fastidio – entró Bella, sobándose las sienes – Necesito algo para el dolor de cabeza.

Detrás de ella, venía Alice, cubierta con unas orejeras y un par de guantecitos.

-¡Qué frío está haciendo! ¿No creen?

El suave y dulce aroma del té mágico llegó a las tres muchachas al mismo tiempo. Rose tomó la pequeña tacita entre sus manos.

-¿Lo preparaste tú, Rose? - preguntó Bella

-No, pero huele bien. Lo tomaré.

-¡No! - intentó impedir Emmett, pero Rose le disparó un puñetazo directo a la nariz, noqueándolo por un minuto. Minuto que la rubia aprovechó para engullir un pequeño sorbo.

-¿Sabe bien? - se acercó Alice, dando brinquitos – Parece tan calientito. Quiero probar.

Y también ella bebió un poco.

-¡Delicioso! Bella, puede que te ayude con tu jaqueca.

-Lo que sea es bueno – musitó la morena, antes de acabar con lo que restaba del té.

-Hay que admitir una cosa – dijo Rose, tras soltar un pequeño y descarado eructo – El gorila es bueno preparando este tipo de cosas...

Se desplomó. Alice le siguió al instante. Bella aún tuvo tiempo para cuestionar qué diablos estaba sucediendo, antes de caer sobre ellas.

..

..

Edward y Jasper llegaron corriendo al mismo tiempo tras escuchar tanto escándalo. Al asomarse, encontraron a las chicas tendidas sobre el suelo y a Emmett sobre la mesa, a punto de ahorcarse.

-¿Qué ha pasado? - cuestionó Jasper, mientras se acercaba y tomaba el pulso de cada una y Edward se encargaba de evitar que su primo cometiera una locura

-¡Las he matado! - chilló Emmett, aún con la soga alrededor del cuello.

-Emmett, baja de ahí – ordenaba el príncipe. ¿De dónde había sacado todo el equipo necesario para un suicidio?

-¡Soy un asesino! ¡Un vil asesino! ¡No merezco vivir!

-No has matado a nadie – aclaró Jasper – Sólo están durmiendo.

-¿Lo dices en serio? - sollozó el moreno.

-Si no fuera así, ahora mismo te estuviera ahorcando con mis propias manos – aseguró el rubio con una sonrisa cargada de amabilidad y sangrienta amenaza, en similares cantidades. Una mezcla demasiado escalofriante.

Emmett se bajó, notando al mismo tiempo que Edward no paraba llamar a Bella por su nombre mientras intentaba despertarla. Él también estaba afligido, pero no por la castaña, si no por... por Rose. Descubrió que, aunque el bienestar de las tres le importaban, había cierta preferencia por esa belicosa jovencita que tenía poco le había torcido la nariz.

-Rose, ¡Rose! ¡Despierta, Rose!

¿Será lo mismo que Edward está sintiendo en estos instantes con Bella?, Se preguntó, ¿Pero por qué estoy actuando de la misma forma? ¿Por qué me identifico con él? ¿Será posible que yo también... esté... enamorado?

La rubia comenzó a despertar. Abrió los ojos lentamente y lo miró detenidamente por varios segundos.

-Emmett...

..

..

-A ver si entendí – habló Edward lentamente y con seriedad – Tú querías ayudarme con Isabella, así que preparaste una poción para que se convirtiera en una mujer dulce y romántica y así me resultara más sencillo conquistarla, ¿no es así?

-Síp – asintió Emmett, cabizbajo. El príncipe continuó.

-Pero Rose, Isabella y Alice llegaron a la cocina, prácticamente al mismo tiempo, y la tomaron. Las tres.

-Así es.

-Luego se desmayaron.

-¡Lo siento tanto! - lloriqueó Emmett, de rodillas ante su primo - ¡De verdad que jamás creería sucedería esto! ¡Yo sólo estaba pensando en vuestra felicidad!

-¿Y quién dijo que mi felicidad estaba en transformar a Isabella en una dama? - dejó de hablar y miró a Jasper, quien a su vez lo miraba a él, con expresión curiosa – No mencionarás ni una palabra de esto, ¿verdad?

-¿Sobre qué? ¿Sobre qué estás enamorado de Bella? – bromeó el rubio, soltando una risita – Vamos, seré una tumba.

-¿Qué vamos a hacer ahora? - preguntó Emmett – Quiero decir... ellas están actuando extraño.

-Creo que por ahora no tenemos de otra más que esperar qué tanto han cambiado sus personalidades – propuso Jasper – Quizás no sea tan grav...

La voz se le quedó atorada en la garganta al aparecer Alice delante de él. Era ella, inconfundible por su pequeña y menuda figura, pero todo el resto lucía... ¿cómo decirlo? DIFERENTE!

Toda de negro, sus piernas iban cubiertas por un par de mallas rasgadas. Su blusa tenía un estampado rojo de Cradle of Filth. Su cabello estaba desarreglado y suelto. Las uñas, pintadas de negro. Su cinturón era un tira gruesa de metal, pero lo peor... lo que iba más allá del diminuto short de cuero (que seguramente había sacado del armario de Rosalie), fueron las palabras de la princesita:

-¿Qué mierda me ven?

-¡Alice! - entró Rose y en el rostro de Emmett se dibujó exactamente la misma expresión que tenía Jasper - ¡Esas expresiones no son propias de una señorita!

La rubia había dejado a un lado las chaquetas de cuero, las minifaldas rockeras y las botas de estoperoles por un par de jeans normales, unos zapatitos de tela y suéteres de abuelita. Quizá el cambio no resultaba tan drástico, pero lo escalofriante era su actitud, pues resultaba ser ahora todo un encanto, cuando, minutos antes, era toda una bestia andando.

-No la regañes tan fuertemente, Rose – apareció Bella... o lo poco que quedaba de ella.

Los pantalones desgarrados, los converses negros, las playeras de bandas de rock, las sudaderas desgastadas y obscuras, el cabello liado, el aspecto descuidado y rebelde. No quedaba nada de ello.

Su actual vestuario consistía en una falda color rosa palo, con lindos holanes que le caían por debajo de las rodillas, una blusita blanca con un estampado de corazoncitos de varios colores y un mensaje que decía "Love&Peace", un par de tenis floreados y un suéter a juego con la falda. Su cabello estaba bien peinado, alzado en una coleta, sin mechones sueltos. Además, en lugar del tan habitual delineador corrido, llevaba polvo translúcido y brillo labial. Sí; brillo labial.

Edward se fue de espaldas.

Cuando recobró la conciencia, estaba en la habitación, junto a Jasper y Emmett.

-¿Qué hacen aquí? - susurró, adormilado - ¿Y las chicas?

-Afuera – informó Emmett – No quiero salir. Tengo miedo. Tengo miedo de tenerle miedo a Alice.

-Entonces no fue un sueño – suspiró.

-Me temo que no – confirmó Jasper. Edward advirtió que había algo raro en él.

-¿Y ese moretón?

-Alice me golpeó. No preguntes porqué, realmente no lo sé. Lo único que hice fue preguntarle por qué se habías vestido así.

-¿Qué vamos a hacer? -pidió saber Emmett.

-¿Qué más? - dijo Edward, poniéndose de pie – Regresarlas a la normalidad.

-¿Pero cómo?

-El primer paso es acercarnos y después hacerles ver que, en realidad, poseen una personalidad diferente.

-Lo dices tan fácil.

-Hay que intentarlo. Yo me haré cargo Isabella.

-Yo de Rose – anunció Emmett – Nadie mejor que yo sabe de su acometedor temperamento.

-Yo cuidaré de Alice – terció Jasper.

Los tres chicos se desearon suerte, luego salieron al campo de batalla.

..

..

Príncipe Emmett.

Aquel silencio era tan, tan, pero TAN molesto.

La miré detenidamente mientras ella bordaba una manta. ¿Quién lo diría? De querer reventar una batería a esto.

-¿Qué te parece? - preguntó, extendiéndola, rompiendo mi atónito calvario.

-He visto mejores – contesté, con el mayor desdén posible. Esperé por su reacción. Un gruñido, algún golpe, pero lo único que recibí fue una abatida sonrisa.

-No soy buena.

-Definitivamente, no lo eres.

Un pequeño sollozo. Me giré. Estaba llorando.

Me sentí una mierda. Era la primera vez que la veía en ese estado. Estuve a punto de consolarla, pero me resistí. El punto era provocarla, sacar a la verdadera Rose, no alimentar a la sentimental chiquilla en la que se había transformado.

-Estoy tan aburrido – me quejé en voz alta.

Se puso de pie, dejando la mantita cuidadosamente acomodada sobre la mesita de centro. Se acercó. Por un momento creí que lo había logrado, pero en lugar de recibir un golpe, su mano asió la mía.

-Hagamos algo juntos – propuso, con una sonrisa.

Estoy seguro se abrieron como platos. Me aparté de un brinco.

-¿Por qué debería de hacer algo contigo?

-No solemos llevarnos muy bien, ¿verdad? ¿No crees que sería una buena idea intentarlo? Yo pienso que sí. Podríamos intentar ser buenos amigos a partir de hoy.

Y así fue como terminé en un parque de diversiones.

-¡Mira eso! - señalé la gigantesca montaña rusa - ¡Vamos!

-¡Noo! - pegó un gritito.

-¿Por qué no?

-Me da miedo.

Montaña rusa, descartada.

-¡La casa del terror!

-Me... me aterra la obscuridad. ¿Por qué no vamos por un helado de fresa?

-¡La casa de los espejos!

-¿Y si nos perdemos? ¡Mejor vamos a ver esos peluches!

-¡Pégale a los topos!

-No. Pobrecillos.

-Son de mentira.

-Fomenta el maltrato a los animales. ¡Vamos al carrusel!

Me quería morir. En serio. Estaba hasta el tope de ver cositas adorables, subir a juegos infantiles y comer dulces. ¡Quería acción! ¡Adrenalina! ¡Comer algo grasoso, con mucho picante!

Quería a la extrovertida, salvaje y mal humorada Rose de regreso.

Yo... tuve la ligera sospecha que la extrañaba.

-¡Qué mono! ¡Emmett! ¿Has visto eso? ¡Es un cachorrito!

La jalé. Estaba fastidiado. Había llegado el momento de poner en orden las cosas.

-¿Qué pasa?

-Es lo mismo que yo me pregunto. ¿Qué pasó con la chica que prefirió tocar una batería en lugar de jugar al té? ¿A dónde se fue?

-No sé de qué hablas.

-¡Tú detestas este tipo de cosas, Rose! ¡Lo que estás haciendo es una completa farsa!

-Emmett, estás siendo muy duro...

-¿No te gusta? ¿Te molesta? Sólo digo la verdad...

-Basta.

-¿Vas a llorar otra vez? ¿Sabes lo patéticas que me resultan las mujeres que lloran por todo? Me hacen reír.

-No te burles... Por favor.

-Me burlaré. Me burlaré de ti hasta que no te defiendas como siempre lo has hecho. Me burlaré mientras seas débil, mientras la Rose explosiva que conozco no regrese.

Realmente odiaba a esa falsa e insegura mujer y sus lágrimas.

-Qué vergüenza me das – di media vuelta y comencé a alejarme. No soportaba estar más tiempo junto a esa usurpadora...

Llevaba apenas tres pasos, cuando PAMP! Algo se estrelló contra mi cabeza.

Me volví, apenas creyéndolo, pues estaba seguro que solamente una persona era capaz de despachar semejante golpe con tal gracia.

-Atrévete a repetir lo que dijiste, gorila. ¿Quién te da vergüenza?

Estoy seguro que mis ojos se iluminaron. Tuve que controlar mi expresión para no sonreír y mis pies para no correr y abrazarla.

-¡Oh, mierda! – exclamó - ¿Qué hago aquí contigo y con estas ropas? Me siento... un poco confundida.

-Estamos en una cita.

-¿Qué?

-Tú me invitaste a salir – dije - ¿No lo recuerdas?

Frunció el ceño y lo meditó por un minuto. Después una chispa de lucidez destelló en sus pupilas.

-No te confundas – resopló - No tengo una mascota con la cual pasear, así que por eso te pedí que me acompañaras.

Le di la espalda y solté una carcajada, sin poder evitarlo.

-¿De qué te ríes? - demandó saber.

-De ti.

Me dio un empujón. Comenzamos a caminar juntos.

-Por cierto, estás muerto – advirtió – ¿Qué es lo que querías, eh? ¿Envenenarnos? Para mí hubiera sido mejor que hacerme pasar por saber cuántas vergüenzas.

-Así que no recuerdas todo.

-No. Y te conviene. Aun así, llegando a la casa, te torturaré.

-Creo que esta vez sí lo merezco.

-Morirás.

Volví a reír.

"¿Y quién dijo que mi felicidad estaba en transformar a Isabella en una dama?"

Comprendí mejor a Edward. Entendí mejor a mi corazón. Al igual que mi primo, yo había dado muchas vueltas a algo que era demasiado simple. Al igual que mi primo, mi situación era tan lamentable que daba risa.

Yo... estaba enamorado de Rose.

..

..

Jasper Hale.

Alice me miró de soslayo y cruzó las piernas con una soltura que jamás creí ver en ella.

Llevábamos en silencio por varios minutos. No era esa clase de silencio que se alzaba entre nosotros comúnmente. Este silencio era asfixiante, casi enfermizo.

Me resultaba difícil continuar allí. Si algo tenía Alice es que su sola presencia hacía que sintiera cierto tipo de calma. Realmente, nunca supe exactamente por qué. Quizá, mucho dependía de la inocencia, alegría y bondad de su alma. O lo graciosa que resultaba cuando, según ella, era terriblemente malvada. Simplemente no podía con ello. Aun estando molesta, no alzaba la voz, aunque creía que lo hacía. Realmente no gritaba, sólo hablaba de manera más atropellada, enredando las palabras en la punta de su lengua. Además, rara vez era capaz de fulminarte con la mirada. Lo que lograba con más frecuencia era juntar sus cejas en un gesto demasiado curioso que, difícilmente, podía tomarse como agravio. Algo así como una clase de tick nervioso en los párpados.

Yo la conocía. La conocía desde entonces y estaba sorprendido, a esas escasas alturas, de sentirme ofendido con lo que veía.

La ropa, el maquillaje, la forma de sentarse, de hablar, me daba la sensación de no tener a Alice cerca. La agria sensación de que ella ya no estaba a mi lado.

Era terrible.

-Alice... - llamé, pero al instante ella alcanzó el control remoto del estéreo, encendiéndolo a todo volumen.

Creí que mis tímpanos reventarían al son de las canciones de Rammstein. Aun así, esperé varios minutos con la ingenua esperanza de que se cansara y terminara por apagarlo y liberarnos de semejante resonancia.

No fue así.

Decidí hacerlo por mi propia cuenta. Alcancé el control y apagué directamente la caja de sonido.

-¡Ey! - gritó al instante - ¿Pero qué coño crees que haces, eh?

-Evitando que los cristales se rompan – contesté - ¿Desde cuándo te gusta la música tan pesada y a todo volumen?

-No es algo que te importe.

Intentó coger el control de regreso, pero se lo impedí. Sus grandes ojos se esforzaron por mirarme con ira, pero no lo lograron del todo. Aquello me consoló.

-¿No estás aburrida? ¿Por qué no hacemos algo? - propuse.

-No tengo nada que hacer contigo – respondió, evadiendo mi mirada – Quiero estar sola. Vete.

-¿No lo recuerdas? Dijiste que jamás volverías a pedirme que me alejara de ti.

Guardó silencio un par de minutos. Luego dijo:

-Ya que insistes, hay algo que quiero hacer.

-Dime – alenté, esperanzado. ¿Qué querría? ¿Ir al cine? ¿Ir a caminar? Quizás ir a escuchar algo de trova...

-Un tatuaje.

-¡¿Qué?

-También una perforación. En el ombligo. Tampoco estaría mal una en la lengua.

Me caí del asiento. Literalmente.

Le miré con detenimiento. Parecía que hablaba en serio.

-Alice... – intenté razonar, pero en el momento ella se puso de pie y caminó a la salida.

-¿Vienes o te quedas?

Le seguí de inmediato, a medio de tropezones. No sabía cómo, pero debía de evitar que cometiera una locura.

Llegamos a una clínica de tatuajes y pearcings cercana. Hasta entonces, había permanecido callado, pero antes de que lograra deslizar la puerta para entrar, la sujeté del brazo. Justo en el momento, un jovencito con ropas punk salió junto con su novia. Le sangraba el labio y la nariz en donde se había puesto un par de argollas. Su chica llevaba los ojos llorosos y una pieza de ombligo recién puesta.

Sentí cómo Alice se estremecía.

-No lo hagas – pedí

-¿Y por qué no? - desafió.

-Te vas a arrepentir después.

-Te escuchas demasiado seguro.

-Lo estoy. Te conozco. Así que lo estoy.

Permaneció callada un escaso segundo mientras yo miraba con detenimiento aquellos grandes ojos que no podían ocultar su miedo.

-Alice...

-No me conoces -Dio un paso atrás cuando intenté acercarme - No me conoces en lo absoluto. ¿Por qué no te largas?

-Alice...

-Si me conocieras, sabrías lo que tengo que decirte sin necesidad de que yo le esté dando tantas vueltas al asunto.

-Lo que tienes que decirme – Así que, aún con el cambio de personalidad, lo recordaba – Fuiste tú quien dijo que esperara otro poco más.

-Y a ti no te molesta, ¿verdad? Al final de cuentas, soy yo la que tiene que ir calculando cuándo es el momento apropiado mientras tú esperas cómodamente sentado, sin escuchar ni ver absolutamente nada. Idiota.

¿Cuántas veces me había ofendido ya?

-¿Quieres decirme algo ahora?

-Sí. Muérete.

-Aparte de eso – frené cuando ella intentaba dar la media vuelta e irse.

Me golpeó. Su pequeño puño se incrustó justo en mi estómago.

-Dilo – gemí, sin soltarla – ahora es el momento.

Me encaró. Yo seguía medio encorvado, aguantando el dolor, renuente a dejarla ir. Aprecié un ápice de preocupación en su expresión.

-¿Duele? - preguntó, mordiéndose el labio en un gesto muy suyo.

-Claro que duele.

-Qué bien – caminó y se sentó sobre una pequeña banqueta, abrazando sus piernas.

A como pude, me acomodé a su lado.

-¿Por qué estás tan molesta conmigo?

-Te quiero – soltó. Yo casi me resbalo de la banqueta al escucharlo.

Sus ojos buscaron los míos. Éstos ya no pudieron escapar de ellos.

-Te quiero – repitió, acercándose, capturando mi rostro entre sus suaves y temblorosas manitas. - ¿Acaso no es obvio? ¿O es que no quieres verlo porque soy una princesa que jamás tendrá un lugar en tu mundo realista?

-Alice...

-Es tan molesto saberlo. ¿Por qué tuviste que abrir tu bocota justo cuando estaba tan decidida a exigirte que te hicieras responsable por haber perturbado mis sentimientos? ¿Cómo puedo pedirte que me quieras y cuides cuando no crees en mí? Yo...

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

-Yo...

Su voz comenzó a quebrarse. Su expresión cambió, me resultó mucho más familiar.

-Yo... no sé lo que estoy haciendo.

Bajó la mirada. La forma de sentarse se compuso. Sus mejillas se encendieron.

Yo seguía aturdido con todo lo que había escuchado, con lo que veía. Aquella que estaba a mi lado era Alice. La pequeña y noble Alice...

..

..

Príncipe Edward.

Aquella habitación me resultaba siniestra. Algo demasiado absurdo, puesto que las luces estaban prendidas, no había ninguna película de terror en la televisión ni voces de ultratumba gritando "muerte, odio, rencor", ni Isabella murmurando maldiciones mientras masacraba a zombis virtuales.

No había nada de eso.

Quizá todo hubiera sido normal si Isabella no estuviera cerca, pero ella estaba allí, sentada a escasos metros de mí, en la orilla de la cama, leyendo... leyendo una novela rosa que acababa de bajar de internet.

Como si ver su postura tan refinada no me fuera suficiente.

Nada de pies encima de algo, de piernas abiertas, de hombros caídos o cabeza ladeada. Pensé que jamás llegaría el día en que la vería actuar de forma correcta. Pensé que siempre vería en ella aquella desfachatez.

Pues bien, al parecer el día había llegado. Y lo odiaba.

-Ey – llamé.

-¿Dime? - contestó, sin despegar la mirada de la lectura.

Genial. Lo me que faltaba. Aun siendo toda una "dama" no se dignaba a mirarme cuando le hablaba.

-¿Por qué hay tanto silencio?

-¿Quieres que ponga música?

¿Desde cuándo le importaba lo que quería o dejaba de querer?

-Sólo haz algo de ruido.

En silencio y sin protestar, conectó el DVD al televisor. Poco después, se dejó escuchar una canción pegajosa, demasiado empalagosa que me dio la sensación de tener miel en los oídos. La interprete tenía una voz chillante y aguda y un corito "la,la,la, I love you boy, la, la, la, you are my love" se repetía a menudo.

Entonces entendí por qué la división en los géneros musicales.

-Pon otra – pedí – No me gusta.

Cambio de pista, de nuevo sin reparo alguno. La verdadera Isabella ya me hubiera dicho "¿No te gusta? Pues lárgate". La que tenía cerca parecía una marioneta.

La canción era incluso peor que la otra.

Resoplé.

Habían transcurrido únicamente un par de horas, pero me estaba resultando eterno el tiempo dentro de aquella habitación. Qué curioso, pensé, ¿cuántas veces no deseé que ella fuera una dama, que hiciera lo que toda mujer normal hacía? ¿Cuántas veces no me quejé de su mala educación al sentarse, al hablar, al comer, al acostarse? ¿Cuántas veces no protesté de sus gustos bizarros?

Sus gustos bizarros.

¿En qué momento me habían comenzado a gustar? ¿En qué momento... había empezado a amarlos?

Quité aquella tonta música.

-Hablemos – propuse.

-¿Sobre qué? - preguntó, sin despegar la vista del libro.

No sabía decir si notar que el instinto de ignorarme aun estando en aquel estado me alegraba o entristecía.

-¿No te sientes extraña? ¿Algo incómoda?

-Lo estoy.

-¿En serio?

-Síp.

-¿Es por la falda? - dije, esperanzado - Apuesto que es eso.

-No te ofendas, pero... – vaciló un poco. Seguía sin mirarme - ¿No es un poco inapropiado que estemos los dos solos aquí, en la habitación?

Jadeé. Me estaba corriendo. Es decir, ese no era el problema. Estaba acostumbrado a que me corriera. El punto es que me estaba corriendo sutilmente (sin gritos, ni maldiciones ni patadas de por medio), con el absurdo discurso de que estar juntos era "inapropiado".

-Ahora resulta – murmuré, acomodándome mejor en mi lugar. Estaba mal si creía que iba a salir, ofreciendo una disculpa por ofender su "integridad de mujer".

-La casa está sola...

-¿Y eso qué? -tajé, mirándola de arriba a abajo- No es como si me resultaras atractiva. No te haré nada.

No al menos en esos instantes. El brillo labial no iba con ella, mucho menos el cabello bien peinado y aquella falda rosa palo.

El pulgoso entró en ese momento. Me sorprendió que no me atacara como era costumbre. Por el contrario, fue directo a ella y comenzó a restregarse contra sus piernas.

-¡Jake! - exclamó. El perro la miró con algo que, pude interpretar, era preocupación y desconcierto - ¡Me estás llenado de pelos! ¡Sal!

Sentí lastima por el animal cuando lo vi alejarse con las orejas y la cola caídas.

Me puse en pie y cerré la puerta de una patada en cuanto él salió. Ella se sobresaltó.

-¿Desde cuándo te importa si el pulgoso te llena de pelos o no? - pregunté, a punto de perder la paciencia. - ¿Acaso no siempre has dicho que esa cosa es lo más importante para ti?

-Lo es – acordó – Pero tiene poco me bañé y...

-¡Le has dado a lamer hasta la misma cuchara que tú usas! ¡No hay noche en la que no duermas sobre él! ¡Cuando hace frío le has puesto tus orejeras, gorros y bufandas! ¡Lo besas en el hocico! ¿Y ahora sales con esto?

-Baja la voz – pidió, un poco asustada – Estás gritando.

-¡Sé que estoy gritando! - exploté - ¿De qué te asombras si siempre lo hago cuando estoy contigo?

-Príncipe...

-¡Príncipe! - jadeé - ¿Ahora soy un "príncipe" para ti? ¿Y tú qué? ¿Ya te consideras toda una dama?

-Esto no es bueno –musitó, buscando la salida – Estás muy alterado. Lo mejor es que salgamos...

La agarré del brazo y la regresé de un movimiento. Error de cálculo. Sus pies se enredaron y se fue de espaldas. Yo intenté evitar la caída, pero su peso y la mala posición de mis piernas hicieron una mala jugada y terminamos cayendo al suelo.

Ella desvió su mirada hacia otro lado al notar nuestra cercanía.

-Príncipe...

-¿Crees que te voy a besar? Definitivamente, no lo haré - sonreí mientras me alejaba y ayudaba a que hiciera lo mismo. - Al menos he encontrado una ventaja de todo esto. Siempre me ha resultado difícil dejarte ir. Esta vez ha sido realmente sencillo. Tanto que ha resultado un tanto aburrido -suspiré, mientras ella me escuchaba en silencio y mirando sus pies- Ahora mismo, mi corazón está demasiado tranquilo. No hay adrenalina, no hay nada. Sinceramente, prefiero debatirme a muerte contra mis deseos a estar así. Quizá por eso es que no pude evitar enamorarme de ti. Porque es como pelear contra un dragón de tres cabezas... el decidir si amarte u odiarte. Aunque al final he terminado por convencerme de que te amo. Definitivamente… te amo.

..

..

De regreso ^^. Hice mi mayor esfuerzo por actualizar antes de entrar a clases (La tortura empieza el lunes T_T). Sé que quizás esto suene repetitivo, pero realmente no tengo otra forma de agradecerles todo su apoyo, paciencia y tiempo que me regalan al leer esta historia. Gracias. Muchas gracias.

Pasando a otra cosa, he recibido algunos comentarios en los cuales me preguntan sobre la duración de esta historia. No sé si para alegría o tristeza suya, esta historia aún le faltan algunos capítulos para terminar. No podría dar un número exacto de capítulos, pero calculo que serán alrededor de unos diez.

Como he dicho antes, las clases están a la vuelta de la esquina, así que, ya saben, si demoro en actualizar, es por la escuela. La historia no quedará botada en ningún momento, así que no entren en modo pánico si me ausento dos o tres meses.

Volveré ¬¬. (xD)

Um... creo que no se me olvida nada. Un saludo y nuevamente muchas gracias por todo.

Atte

Anju