19º Capítulo: Una pequeña escapada
Hacía tiempo que no veía a Emmett, y me alegré mucho de que apareciera. Al final, no hicimos nada, aunque en un principio nos habíamos propuesto terminar de arreglar el tejado entre los tres. Hacía muchísimo frío. Tanto, que apenas sentía los dedos de los pies, y cuando empezó a anochecer, estuve a punto de caerme desmayada, ¡tendría que haber traído el abrigo de piel! Era lo único que pensaba. Finalmente Edward me prestó su abrigo a regañadientes, solo porque Emmett no le dejaba en paz, diciéndole lo poco caballeroso que era.
Mi madre me fue a buscar a eso de las ocho. No le hizo mucha gracia verme con la chaqueta de Edward encima. Menos mal que no vio a Emmett, si no hubiera montado el espectáculo delante de todos. Le devolví la chaqueta y me fui a casa. Esta noche dormí tranquila.
Así pasaron los días, las hojas del calendario iban deslizándose al suelo con perezosa lentitud, aunque constante. Seguía yendo a clase con Edward. Lo cierto es que, hasta cierto punto, nos llevábamos bien. Bromas no faltaban, y volvimos a derramar algún que otro bote de tinta, pero desde luego esos días fueron bastante más tranquilos que los del mes anterior. Incluso me ayudaba con alguna de mis tareas.
Con Jacob, la cosa no fue mejor, sino todo lo contario. Gracias a Dios, eran pocas veces las que estábamos solos, siempre intentaba coincidir con alguien más en la habitación, aunque había momentos en que estábamos solos, y esos eran, con diferencia, los peores. Quizás tendría que decirle algo a mi madre, o quizás tendría que intentar convencerles de que todo esto era una locura.
-¡Isabella!-la voz estridente de mi madre resonó por toda mi habitación. Yo escondí a Anthony debajo de la colcha y me senté rápidamente frente el tocador. Mi madre apareció y se movió con la fuerza de un tornado, sacándome literalmente a rastras hacia la puerta.
-¡Miriam!-susurré a la joven mexicana.-Cuida de Anthony, ¡y que nadie más lo vea!-casi le supliqué. Mi madre tiró de mi brazo como si quisiera arrancármelo y me tendió la pequeña cartera de piel.
-Isabella, por Dios, que llegamos muy tarde-fuimos casi trotando al coche y mi madre fulminó al cochero, su caminar era tan lento que creí que le adelantaba un caracol que paseaba por el suelo.
-¿Y Phil?-pregunté, dándome cuenta de que en el coche solo estábamos nosotras dos.- ¿No viene con nostras?-no es que me molestara especialmente, pero no verle molestando se me hacía raro.
-No-gruñó. Al parecer, no le parecía bien que faltara.-Estamos a 15 de diciembre, llevan anunciando este compromiso desde hace por lo menos un mes, nos enteramos tarde, vale, pero aún así… ¡somos los invitados de honor, y a Phil se le ocurre cerrar un negocio justo hoy!-alzó la voz, mientras sus manos se apretaban con fuerza, como si quisieran estrangular a alguien.-Isabella, recuérdalo, todos los hombres son unos inútiles, no saben hacer las cosas al tiempo.
Vale, he de reconocer que cuando más me gustaba mi madre era cuando sacaba a relucir su carácter y dejaba sacar a la fiera que llevaba dentro. Ahí era cuando efectivamente, comprobaba que yo era su hija y no un paquete que le calló a Renée el 13 de septiembre.
-Bueno, repasemos. Jacob y Billy estarán allí. También estará tu profesora de piano (una mujer con muchas luces, todo hay que decirlo, aunque un poco delgada para mi gusto) con su familia… también estarán los... bueno-rectificó-estará todo el mundo. Jessica Stanley y Mike Newton se van a casar, seguro que hasta saldrá en los periódicos.
Rodé lo ojos, por suerte, mi madre no vio el gesto. Hacía poco de dos semanas que mi madre se había enterado, para su vergüenza, que las familias Newton y Stanley se iban a juntar. Lo cierto es que era un tanto decepcionante, Mike y Jessica… Ughr, me daban escalofríos solo de pensar en esa pareja. Aunque pobre Jessica, un futuro con Mike Newton se veía tan negro como la brea.
El coche entró en el jardín de los Stanley (habían decidido que lo mejor era hacerlo en casa de ella, ya que estaba mejor preparada para atender a un mayor número de invitados) que estaba hasta arriba de coche, sin contar con los particulares que ya se iban y volverían para recoger a las señoras y señores de la casa.
Cuando entramos en el gran recibidor, había camareros repartidos por todos lados y gente hablando en distintos grupos. Dos empleadas se encargaron de los abrigos y yo fui liberada de esa horrible masa llena de pelos que me producían varios estornudos seguidos.
-Querida, vamos a saludar a los afortunados-me cogió del brazo y me guió a un salón gigantesco, con una mesa larguísima ligeramente desplazada a la izquierda y un enorme espacio en el centro donde varias parejas danzaban al son de la música de una fina orquesta situada en una esquina a la derecha.
Mike Newton y Jessica Stanley estaban con sus padres respectivamente. Nos acercamos a saludarles y Jessica me dirigió una mirada de superioridad absoluta. Le saqué la lengua como una niña y me escapé corriendo, antes de que se le ocurriera preguntar dónde estaba el baboso de Jacob Black.
Divisé a mi profesora de piano, Elizabeth, con el que supuse que era su marido. Ambos levantaban en alto una copa de champagne y su hijo los miraba de malas maneras, enfurruñado, un poco más alejado. Me dirigí allí con rapidez. Era la primera vez que veía a Edward en una fiesta.
-Hola Ed…-no me dio tiempo a terminar cuando me cogió en brazos y me arrastró hasta un rincón.- ¡Buenas noches a ti también!-le gruñí zafando mi brazo de su agarre. Él se acercó a mí peligrosamente y me susurró, casi al oído:
-Dentro de una hora, sal fuera y asegúrate que nadie te vea, tengo que enseñarte algo-y con esto, desapareció, dejándome con una cara anonada, algo estúpida, la verdad.
Antes de que pudiera decir algo, antes de que volviera a poner una cara razonablemente presentable, apareció Billy, para mi desgracia.
-Isabella, querida-me cogió la mano casi a la fuerza y me besó con devoción la mano, como si quisiera absorberla con los labios.
-Si…-le quité la mano del alcance de su boca y las puse detrás de mi espalda-¿Cómo se encuentra, Billy?-intenté mostrarme cortés, aunque el comportamiento de Edward no se iba de mi cabeza…
-Lo cierto es que muy bien, algo mayor, me cuesta cada vez más ir de un lado para otro-empezó a hablar, contándome su vida, diciéndome que ya estaba demasiado viejo para ciertas cosas (y, por la mirada de lujuria que tenía, podía apostar algo a que sabía cuáles eran "ciertas cosas") y que últimamente se sentía demasiado solo en su casa, ya que Jacob estaba fuera muy a menudo, que si le hacía alguna visita… bueno, me pasé casi un cuarto de hora "escuchando" al hombre, hasta que apareció Angela para rescatarme.
-Isabella, querida, cuánto tiempo-era un poco maleducado ignorar a Billy, pero a mí me dio igual, y por lo que se veía, Angela tampoco estaba muy dispuesta. Sin embargo, se dirigió a él:
-Señor, disculpe, ¿podría robarle a Isabella unos instantes?-pidió educadamente-hace tiempo que no nos vemos-no esperó su respuesta y me arrastró (parecía que iba a coger complejo de saco de patatas esa noche) hasta donde estaban los demás chicos de nuestra edad.
Suspiré con pesadez y me dispuse a aguantar el resto de la hora que quedaba. Obviamente, mi curiosidad era demasiado grande como para no acudir al encuentro con Edward.
Después de sacarme de encima a dos amigos de Mike que me seguían con segundas intenciones, me dispuse a salir al jardín. No sabía que quería Edward, pero más le valía darse prisa, porque dentro de diez minutos empezaba la cena.
Me alejé lo máximo posible del resto de los invitados que habían salido fuera a tomar el aire. Me acerqué a una esquina del jardín, muy cerca del aparcamiento improvisado.
-Edward…-llamé bajito. Los grillos empezaban a cantar fuerte, provocándome un ligero dolor de cabeza. El sonido chirriante de sus patas al chocar me ponía nerviosa.-Edward…
Había alguien detrás de mí, pero no me di cuenta hasta que me cogió por detrás y me tapó la boca, silenciando el grito que pugnaba por salir de mis labios.
-Shh… ¡soy yo!-la inconfundible voz de Edward se hizo oír entre los sonidos de los grillos. Me soltó lentamente y, cuando estuve segura de que no se lo esperaba, le pegué un golpe.
-¡Ay!-gimió-¿Por qué has hecho eso?-se frotó el brazo fastidiado.
-¡Me has dado un susto de muerte, Edward!-miré a ambos lados, cerciorándome de que estábamos solos y nadie nos podía oír.-Bueno, dime, ¿Qué querías enseñarme?
Una perversa sonrisa se pintó en su cara, y yo temí lo peor. Me hizo un gesto con el dedo para que lo siguiera. Yo lo hice a pocos pasos de él, sin mucha confianza.
Se paró justo al lado de un coche que me sonaba una barbaridad, y me abrió la puerta caballerosamente. Yo le miré desconfiada.
-Insisto-dijo, sin perder la sonrisa. Yo me crucé de brazos y lentamente su cara se volvió seria, para aparecer la expresión endemoniada que no prometía nada bueno.-En fin, Isabella…-se puso detrás de mí y yo evité volverme. No es que me estuviera asustando…-Si no quieres ir por las buenas…-antes de que me diera cuenta, me levantó de golpe y cargó conmigo y me metió a la fuerza en el coche. Yo pataleé e intenté chillar, pero su mano estaba encima de mi boca.
Rápidamente se subió él al coche y se empezó a reír estrepitosamente mientras encendía el motor.-Bueno, si no es por las buenas será por las malas.-Dio marcha atrás y salió rápidamente del jardín de los Stanley. Yo hiperventilaba por la rabia.
-¡Eres un idiota, imbécil, necesitado, gamberro, te odio, estúpido!-decía una por una las palabras que se me ocurrían cuando pensaba en él-¡llévame de vuelta!-protesté. El empezó a tararear una canción, sin hacerme el menor caso y yo dejé de moverme, agotada. Intentar razonar con él era igual que hacerlo con una piedra. Totalmente inútil.
-Vale, ahora que te has calmado, te diré dos cosas.-Vi que nos metimos por un camino familiar, pero como estaba tan oscuro, no supe exactamente por donde.-La primera, es que te he hecho un favor sacándote de esa "fiesta". La segunda, es que pensaba celebrar contigo el haber acabado las clases de piano, al menos, por el momento.-Me miró de reojo y yo suspiré.
-A mí me gustan las clases, así que no tengo que celebrar que estoy de vacaciones.-Edward rodó los ojos y se volvió a reír de mí.-Bah, da igual. Total, hubiera ido con cualquiera, incluso contigo, con tal de irme de aquel hervidero de ratas…
-¡Oye…!-protestó, ofendido.- ¿Me quieres decir que te hubiera pedido un vagabundo que fueras, hubieras ido con él igual que conmigo?
-No, por Dios…-me paré un momento-con el vagabundo no opondría resistencia, iría feliz.
Se llevó la mano al pecho con dramatismo. Me asusté por un momento, ya que la última vez que fuimos en coche con él al volante, casi nos matamos.
-Eso me ha dolido, que lo sepas.-Aceleró bruscamente para coger una curva y meterse en un sendero de tierra que yo me conocía muy bien.
-No me digas que vamos a la casa…-le miré enfurecida-¿no te llega con ir por la tarde? ¿Es que tienes que ir también ahora? Para eso…-no me dejó terminar. Aparcó en el jardín y cogió dos grandes bolsas de papel. Cargó con ambas hasta el interior.
Comparada con la primera vez que vimos la casa, ésta estaba mucho mejor. Habíamos arreglado el tejado, el suelo y habíamos limpiado considerablemente casi toda la casa. Cuando volviéramos, después de las pequeñas vacaciones, tendríamos que empezar a pintarla.
Cruzamos el pasillo para llegar a mi segunda habitación favorita (la primera era la biblioteca). Era el dormitorio principal, y habíamos dejado la enorme cama cubierta por la sábana. Edward la quitó y se tumbó con holgazanería.
-¿Y bien? ¿Qué hacemos?-se irguió un poco y apoyó su cuerpo con el codo. Rebuscó en las bolsas de papel y sacó varias botellas de ginebra y vodka. De muy buena calidad y bastante fuertes.
-¡Estás loco!-me sujetó por el brazo y me tendió una botella de ginebra con extracto de arándanos y me animó a beber con él. Por su parte, cogió una botella de vino para postres, de un fuerte sabor.
-¡Chin, chin!-chocó las botellas con fuerza y bebió un trago, bastante largo. Me miró sonriente, esperando a que lo hiciera, yo me negué, por supuesto.
-Ni hablar, nunca he bebido, y no voy a empezar a hacerlo ahora…-me miró con ojitos tiernos, y yo giré la cabeza-¡No me mires así!
-Está bien, está bien… de todas formas, ya sabía yo que eras una… mujer cobarde-dejó resbalar su codo desinteresadamente hasta quedar prácticamente tumbado. Tuche, había dado en mi talón de Aquiles, no toleraba que me llamaran cobarde.
Con un gesto de insultante arrogancia me acerqué la botella a los labios y bebí un traguito. El líquido me quemó al principio, pero, para mi sorpresa, me gustó. Le di un sorbo más largo.
-¡Esa es Julietita de pelo enmarañado!-le fulminé con la mirada, y seguí bebiendo. No tardé en sentir un ligero mareo, y la sensación que se repartía por mi cuerpo de estar tumbada en una nube.
Media hora y una botella después, estaba despatarrada y abierta de piernas, tomando mi segunda botella. Me había quitado el forro del vestido y estaba en, prácticamente, ropa interior. Tenía la camisola que se ponía debajo del vestido, pero era muy fino. Aunque en esos momentos, me importó bien poco que Edward me acompañara.
Él no estaba en mejores condiciones. Sabía beber bastante mejor que yo, pero su estado de embriaguez no se quedaba atrás.
-¡Quiero bailar!-chillé con voz bastante tonta. Me tambaleé con la botella en la mano y me puse a danzar sola por la habitación.- ¡Soy una pirata, dame mi tesoro, rufián!-cogí una espada imaginaria (que en realidad era un candelabro) y le apunté con eso.
-¡Oh, mi lady!-él también cogió una espada-candelabro y empezamos a chocar los objetos como si estuviésemos en una lucha a muerte.
Nos enredamos varias veces y al final caímos al suelo, rendidos. De repente, a Edward se le iluminó la cara, mirando a la ventana. Me arrastró fuera de la habitación, de la casa. Yo estaba helada, y más estando medio desnuda. Él me puso la chaqueta y, con toda la elegancia del mundo, empezamos a bailar. Bueno, más o menos, ya que lo que hacíamos eran eses mal hechas, en un vano intento por mantener el equilibro.
-Siempre me has parecido muy guapa-dijo de pronto, yo estaba totalmente ida, así que mi boca dijo más de lo que debería decir:
-Oh, que sepas, que aunque me parezcas un despreciable gamberro, he de decir que tienes tu encanto… Romeíto-me reí entre dientes, sin darme cuenta de que la que debería avergonzarse por ese nombre era yo, ya que fui yo la que se lo puso.
-¡Bailemos un tango! ¿Sabes bailarlo?-dijo emocionado, cambiando inmediatamente de tema.-Me lo enseñó un amigo del sur, ¡es impresionante!-Yo negué con la cabeza, y él se puso todavía más ansioso.-Yo te enseño, mira, pégate a mí-me cogió por la cintura y me apretó contra él. Por unos momentos me quedé sin habla, mis pechos se apretaban contra él, y notaba su… oh, Dios mío. Me sonrojé profundamente. Él cogió mi mano derecha y la alzó con su contraria, me levantó del suelo y empezamos a bailar… el tango.
Bueno, fue un intento de, porque apenas se podía mantener en pie el pobre hombre. Tarareaba el ritmo de la música. En una ocasión, casi me deja caer, aunque luego supe que era parte del número. Pasó su mano por mi pierna y la arrastró hacia el muslo. Debía escandalizarme, pero lo cierto es que estaba muy a gusto. El baile empezaba a gustarme.
-¿Sabes que viene después del baile?-preguntó. Nos paramos de pronto, con las mejillas sonrosadas, el pelo revuelto y las ropas arrugadas.
-No, Romeíto, ¿qué?-me reí como una tonta, y él se acercó a mi peligrosamente.
-Un beso.-No me dio tiempo a responder. Sus labios quedaron soldados a los míos. Nunca había besado a nadie, así que hubo un momento, un segundo de pánico, que no supe que hacer, mis ojos abiertos como platos y mi corazón latiendo a mil por hora. Rápidamente, sus labios empezaron a acariciar los míos, y ya no pensé en nada más, cerré los ojos y me dejé llevar.
Su sabor era raro, era una mezcla de alcohol y su propio sabor, que no dejaba de ser agradable. No sé cuánto tiempo nos quedamos pegados, ni cuando su lengua entró en mi boca, ni cuando sus manos se desplazaron de arriba abajo por mi cuerpo. Cuando nos separamos, vi como nuestras cabezas estaban cubiertas de pequeñas bolitas blancas. Había empezado a nevar.
