Capítulo 21.

13 de noviembre de 1944. Tokio.

No necesitó mucha explicación en cuanto le hicieron entrega de una carta bastante similar a otra que hacía unos años atrás había recibido de parte del cuerpo militar japonés.

El mismo hombre que antes le había informado sobre la tragedia de su difunto marido, ahora le anunciaba sobre una noticia que no se esperó ni quería esperar ser escuchada.

"El Capitán Sougo Okita ha desaparecido en acción"

Esa sola oración hizo que un dolor punzante se posara en su pecho. Sintió su mundo caer, su cabeza dar vueltas, su presión bajar. Su sudor se enfriaba, sus manos tiritaban y sus piernas no podían sostenerse.

Kagura se afirmó rápidamente del marco de la puerta sintiendo como las manos se resbalaban de aquella madera y que el agarre de nada servía, porque al tocar sus rodillas el suelo, se dio cuenta de que ya no tenía cómo sostenerse de tal noticia.

— Lo siento mucho, Señora Sakata… – fue lo último que dijo tal soldado para retirarse y dejar a la joven de cabellos bermellón y ojos azules en cuclillas al umbral de la entrada.

Sus ojos se volvían llorosos, se estaban cristalizando. Su barbilla temblaba y el nudo en la garganta se apoderaba de ella.

Cerró sus párpados con fuerza y comenzó a suspirar pesadamente mientras apretaba aquella carta en su mano y con la otra había dejado de sostener el marco de la puerta para taparse levemente la cara, tratando de evitar que las lágrimas salieran, pero no podía.

— P-Prometiste que regresarías, Sougo… – decía, con la voz entrecortada y el pecho apretado. Estaba triste, no sabía cómo sentirse. No quería sentirse traicionada, no, él aún podía regresar, estaba desaparecido, él podría volver algún día. Sin embargo, la noticia la había tomado por sorpresa y su mente solo podía ser invadida por una nube negra de pesimismo y aflicción.

— Regresaré, estaré aquí cuando menos lo espere, Mi Señora. – Escuchaba aquella voz familiar detrás suyo mientras su llanto no cesaba y se mantenía en el umbral de esa puerta. Sintiendo el frío del crudo invierno tocar sus mojadas mejillas y experimentando un calor inexistente al notar que aquella voz posaba sobre sus hombros un abrigo que se presentaba invisible para los demás, pero palpable para ella. – Entre. Tiene que estar sana para mañana ir a trabajar.

Su voz era lo único que podría reconfortarla por breves instantes en aquellos momentos eternos en los que él no estaba. Ya habían pasado 3 años desde que se había ido y lo único que podía acompañarla era esa imagen de Sougo que solo ella podía ver y escuchar. El trabajo no era lo único que la ayudaba a posar sus pies sobre la tierra. Aunque sonara contradictorio, su alucinación la mantenía cuerda.

Se aferró a esa promesa. Él se lo dijo, en esos instantes en los que le ofreció aquel abrigo: Iba a regresar cuando menos lo esperase.

Se limpió las lágrimas y se levantó de aquel umbral. No podía seguir así por mucho tiempo.

Dio la media vuelta y pudo verlo, con una taza de té en la mano y con un kiseru en la otra.

— Los necesita. – le dijo en su cálida y varonil voz.

Sí, necesitaba esa taza de té, necesitaba una bocanada de ese kiseru. Después de todo, al fin comprendía el por qué su madre fumaba y el por qué le decía que aquello podría relajarla. No podía dejar de lado la necesidad de tabaco cada vez que pensaba en Sougo. Tenía que calmar sus ansias de alguna forma.

Cerró la puerta tras de sí, aun con las manos temblorosas, la presión en el pecho y los ojos hinchados, porque obviamente, seguía preocupada, seguía triste. Sabía que todo aquello que veía, que sentía en esos momentos de alucinación era un simple autoengaño para dejarla más tranquila, para aferrarse a algo que no existía.

— Gracias, Sougo – le respondió tratando de parecer serena mientras tomaba aquella taza de té y aquella pipa que estaban posicionadas en una mesa. No obstante, ella imaginaba que las había recibido de manos del ojicarmín de cabellos castaños.

Tomó asiento en su sillón cerca de la vitrola y se dispuso a fumar. Okita se sentó frente a ella.

— ¿Ya está más tranquila, Mi Señora? – Podía ver como una cálida sonrisa adornaba su rostro… Una sonrisa que no existía.

Las manos de Kagura comenzaron a temblar nuevamente haciendo sonar aquella taza de té que tenía en sus manos arriba de un platillo pequeño. Su pecho volvía a apretarse, volvía a dolerle como si algo estuviera clavándose en lo profundo de su ser.

Su garganta acumulaba lágrimas que luego saldrían por sus ojos y una mueca de frustración se posó en su cara.

Tomó la taza con decisión e inhaló fuertemente aire por su nariz llenando sus pulmones de oxígeno y manteniéndolo en su lugar para luego exhalarlo en tres simples palabras.

— ¡GUERRA DE MIERDA! – gritó al mismo tiempo que lanzaba aquella taza de té en dirección a la alucinación de Sougo, esfumándola al instante y con ello, quebrando esa fina porcelana manchando de cuajo el sillón frente a ella.

Se tomó la sien con los dedos de su mano, frunció el entrecejo y comenzó a llorar desconsoladamente mientras sentía que su pecho ardía y no podía aguantar sus quejidos y suspiros. Le costaba respirar y saboreaba las saladas lágrimas que recorrían por sus labios cada vez que abría su boca.

— ¿Por qué…? – decía en lamentos en la soledad de aquella sala con una vitrola silenciosa, porque ni ánimos tenía para escuchar la música que tanto a Sougo le recordaba. La furia la invadía, la tristeza se apoderaba de ella, y su corazón era un torbellino de emociones que hacía mucho se estaba aguantando y simplemente no podía dejarlo salir. Se estaba ahogando en sus propias penas y al mismo tiempo, temía de aceptar la realidad, porque sus fantasías eran lo único que podía darle aunque fuera un deje de esperanza en esos momentos. Sin embargo, el destino hacía lo imposible para hacerla sentir cada vez peor, como si estuviera jugando con ella y con su corazón. Como si no le hubiera bastado con quitarle a quien consideraba un padre, ahora trataba de quitarle a quien consideraba un compañero de días y días, de las más banales conversaciones hasta los más cultos temas. Un amigo en el que había comenzado a depositar hace años su confianza y al cual añoraba verlo rondando por la gran mansión en donde vivía.

Apretó su puño con fuerza y junto a este arrugaba la acolchada tela de la codera de su sillón. Fue entonces que su ira ya no se depositaba en la guerra, sino en algo que era latente, que era potente en esos tiempos en Japón. Algo que todo japonés con sentido patriótico amaba, pero que ella, por las circunstancias, no podía hacer nada más que odiarlo: El Imperio.

Sí, el Imperio le estaba quitando todo. Si no fuera por ese sentimiento nacionalista del Primer Ministro (porque el emperador era mera pantalla), la guerra quizás no se hubiera efectuado. No habrían dado nunca el primer ataque. Gintoki no habría muerto, Sougo no habría desaparecido, y ella estaría en esos mismos instantes con los dos hombres más importantes de su vida, a quienes veía como a una familia.

— Maldito Imperio… – decía con llantos de ira, porque pena ya no tenía. Era injusto todo lo que estaba pasando. ¿Qué había hecho ella para merecer tal desgracia? Ya no aguantaba, necesitaba algo para afirmarse, necesitaba a alguien para sostenerse. Requería con ansias a alguien que la comprendiera. Quería que Sougo estuviera con ella, no obstante, él no estaba.

Pensó en su madre. Su madre siempre estaba para ella, para consolarla y para abrazarla.

Se secó las lágrimas de sus mejillas y se levantó decidida de aquel sillón rojo.

Tomó el abrigo escarlata que colgaba del perchero y se lo puso elegantemente sobre su vestido burdeo para luego salir de la mansión y dirigirse a su auto. La única manera en la que se despejaba era yendo a Gunma.

— Por favor, maneje con cuidado. – escuchó decir en cuánto se subió al asiento de piloto y echó a andar el motor.

— Tan solo preocupate de volver – dijo, y movió la palanca de cambios para comenzar a manejar.

18:15 horas. Gunma.

Había llegado a la gran mansión Yato y ya se había instalado en la mesa del comedor para hablar con su madre mientras ella le convidaba una de esas leches que tanto la relajaban. No es que Kouka se la haya ofrecido. Fue la misma Kagura quién le pidió un poco de esa mezcla entre una planta verdosa de dudosa procedencia con aquel líquido blanquecino que tan suave se sentía en su paladar. Necesitaba relajo a como dé lugar.

— Kagura, relájate. Puede que aún esté con vida. Solo ha desaparecido. – decía la dama de ojos turquesa mientras sonaba comprensiva y acariciaba la mejilla de su hija a la vez que trataba de secar las lágrimas que bajaban por su blanquecina piel.

— ¡Cómo voy a relajarme! ¡Este… Este país de mierda! ¡Por culpa de esta bazofia de imperio es que Gin ya no vive, y ahora Sougo está perdido! Madre… ponte en mi lugar… por favor… ¿Nunca haz sentido lo que es perder a alguien importante? – Kagura la miraba con dolor en sus ojos mientras sentía como las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas sonrojadas del llanto.

Kouka le dirigió una mirada llena de empatía. Sabía perfectamente lo que sentía su hija, o por lo menos, podía experimentar un aproximado.

— Claro que lo sé… – su voz era cálida y serena – Me costó mucho poder tenerlos… a Kamui y a ti.

Kagura cesó su llanto como por obra de magia y sus azulinos sorprendidos se posaban en los turquesa de su madre. ¿Qué significaba aquello? No entendía lo que trataba de decir Kouka y mucho menos entendía el por qué justamente se lo decía en esos momentos.

— ¿Qué quieres decir con eso…? – estaba confundida y pensó que quizás su madre tenía algo más importante que decir en esos momentos que escuchar las múltiples quejas que tenía su hija con respecto a la guerra y al Imperio, quejas que por supuesto, eran completamente válidas.

— Cuando estaba embarazada de tu hermano – le contestaba mientras acariciaba la cabeza de la menor y le dedicaba una sonrisa dolorosa – tuve muchas complicaciones… Fue difícil tenerlo, y en más de una ocasión, tuve hemorragias… pensé que lo perdería. – tomó una leve pausa para limpiar un resto de lágrimas que había quedado en la mejilla de su "pequeña", porque para ella seguía siendo su niña. – No sabes cuánto lloré… sentía un gran dolor en mi pecho. Lo que más deseaba en esos momentos era tener a mi hijo.

— Si Kamui supiera todo lo que pasaste por tenerlo, no se comportaría así… – dijo Kagura mientras apretaba su puño con ira. No podía creer que su hermano le pagara de esa manera a su madre, si antes estaba enojada con el Imperio, ahora perfectamente su odio podría depositarse en su consanguíneo

— Contigo no fue muy diferente, Kagura… me hubiera gustado darte un hermanito menor o una hermanita, pero después de que te tuve… mi cuerpo ya no podía más. – le sonrió amargamente mientras volvía a repasar las mejillas de su hija con sus dedos.

La chica había quedado impresionada y de cierta manera se comenzó a sentir un poco culpable. ¿Por culpa de ella su madre ya no podía tener más hijos? ¿Por qué ocurrió eso? No lo entendía, ¿acaso su madre no estaba sana? ¿Por qué en aquellos dos embarazos tuvo tantas complicaciones?

— Madre, yo…

— No te sientas culpable – la interrumpió, sabía cómo su hija se sentía. – Mis complicaciones fueron a causa de mi salud. El doctor me dijo que no podía tener muchos hijos y que seguramente sería hereditario… Lo siento mucho, hija… por mi culpa probablemente tu…

Ella la observó. Kouka no pudo terminar de decir lo que quería que su hija supiera, pero la menor entendía perfectamente aquello.

— No te preocupes, madre… Si aquel es el destino que me tocó, lo afrontaré… tampoco es como si quisiera formar una familia. No tengo ningún pretendiente ni tampoco pretendo a nadie.

La mayor la observó, de cierta forma podía ver que en sus ojos había una mentira que ni siquiera su misma hija había notado. ¿Se estaba mintiendo a sí misma?

— Creo que sí hay alguien, hija. – le dijo en una sonrisa sincera.

— ¿Quién? ¿Dai? Dai no me interesa, madre. Deberías saberlo.

— No, alguien por quién guardas tanta preocupación que llega a abrumarte.

Kagura entendió perfectamente la indirecta y el rostro de Sougo pasó inmediatamente por su mente, sin embargo, ella no sentía tales cosas por él, o eso es lo que creía. ¿Enamorarse? No, ella veía al castaño como parte de su familia, como si fuera su amigo o su hermano. Adoraba compartir cosas con él, pero nunca se le hubiera pasado por la mente algo más que una amistad. Además, la joven sentía que el castaño solo la podía ver cómo una hermana o una amiga, tal como lo hacía ella. Se lo había dicho en sus cartas.

— Él es como mi familia.

Fue lo único que pudo responderle, en un semblante tan serio que cualquiera pensaría que estaba diciendo la verdad, cualquiera menos Kouka.

Ella sabía que su pequeña se estaba mintiendo a sí misma, pero ¿por qué lo hacía? Era obvio, con los ejemplos que le daban los hombres que conocía, no podía confiar mucho en ellos. Su hija tenía miedo de salir herida, de salir lastimada. Sabía que el único hombre en el que había confiado había muerto, y sabía también que el único del que podría estar enamorada había desaparecido. Tenía que mentirse para no seguir hundiéndose más y poder seguir adelante con la empresa que su difunto marido le había dejado. Kouka pensaba que solo el tiempo podría ayudarla a darse cuenta de las cosas y que ella no podría hacer nada por apresurar los verdaderos sentimientos de su hija.

— Kagura. – la miró directamente a los ojos, tratando de conectarse con ella como solo una madre podía hacerlo. – Más adelante lo entenderás… por ahora, cuídate ¿sí?. No estés triste, me costó mucho traerte a este mundo como para que sufras tanto. Tu padre, Kamui y tú son lo más importante que tengo. – terminó por decirle en una cálida sonrisa y la abrazó con fuerza demostrándole todo el apoyo que en esos momentos podría darle.

Kagura le correspondió afirmando sus blanquecinas manos a la espalda de su madre. No supo en qué momento las lágrimas comenzaron a caer nuevamente. Si bien aquella muestra de afecto la tranquilizaba, al mismo tiempo las ganas de llorar volvían a manifestarse en ella, sin embargo, esta vez aquellas lágrimas existían para disminuir un poco más su tristeza.

— Te amo, mamá… Muchas gracias…

— También te amo, hija.

Kagura se quedó toda esa tarde junto a su madre, realmente la necesitaba.

12 de agosto de 1945. "Flying Fish"

Había pasado ya casi un año desde que lo tomaron como prisionero de guerra y lo habían sometido a incontables trabajos forzosos, lo habían tratado como esclavo y a veces no le daban nada para comer, sin embargo, nunca quisieron matarlo y eso era algo que Sougo Okita agradecía enormemente.

Él volvió a tener la apariencia de cuando ingresó recién al cuerpo militar japonés, había vuelto a usar el cabello corto, mas su rostro seguía delgado. Y es que, ¿cuál era aquella diferencia que había en él, descontando el leve cambio físico? Sus ojos. Sus ojos carecían de brillo y podían demostrar un deje de pesimismo que hacía bastante tiempo que comenzó a sentirlo desde que había dejado de recibir información de Kagura.

¿Ella estaría bien? ¿Estará comiendo sano? ¿Pasará frío por las noches? … ¿Se habrá casado de nuevo?

Sí, esta última pregunta era la que más acongojaba al castaño de ojos carmín. ¿Casarse? Él creía que ella perfectamente podría hacerlo. Quizás se habría enamorado de Dai durante el tiempo en el que no pudieron escribirse e incluso, se la imaginaba hasta con niños jugando a su alrededor, hermosos niños de ojos tan azules como los de ella. Esos pensamientos eran los que lo acongojaba y cada tarea que le mandaban a hacer en ese horrible submarino, la hacía como si estuviera muerto en vida.

A veces sentía que quería morir, pero muy dentro de sí, algo le decía que no podía hacerlo, que no importaban las circunstancias, él debía seguir respetando esas malditas reglas que los norteamericanos le daban para, quizás, poder salir de allí con vida. Esa promesa que había hecho con Su Señora lo ayudaba a seguir manteniéndose en pie.

¿Y qué si ella estaba casada y tenía hijos? Sougo le había prometido volver, y no quería faltar a su palabra por ninguno motivo. Haría cualquier cosa por ella, hasta velar por esos hijos que no eran suyos, ver en cada momento cómo otro hombre dormía en la cama de su amada, y cómo la tomaba de la mano a la hora del desayuno, el almuerzo y la cena.

De solo pensarlo le dolía el pecho, se llenaba de angustia y esperaba no perder los estribos si es que su teoría fuera cierta. Porque prefería ver a Kagura feliz y con otro hombre antes que asesinar al hijo de puta que estuviera con ella y verla triste por siempre.

Y con esos ojos carentes de brillo, limpiaba lo que sería la cubierta de aquel submarino mientras los soldados norteamericanos discutían sobre ciertas bombas que hace algunos días habían lanzado a Japón. Sougo escuchó todo perfectamente y el pecho comenzó a apretarle a la vez que sus manos se volvían puños y trataba de aguantar esas ganas de golpear algo o alguien.

"¿Crees que Japón ya va a rendirse con lo que pasó?". En esos momentos, Sougo consideraba que saber inglés y poder entender todo lo que decían aquellos soldados era un arma de doble filo. Si bien estaba agradecido de saber al menos lo que ocurría a su alrededor, también sufría por darse cuenta de que esos ataques aéreos pudieron haber afectado de cierto modo a la joven de cabellos bermellón, o peor, la pudieron haber matado.

— Guerra de mierda… – decía para sí mismo y en voz baja, ya que el nudo en su garganta no dejaba que su voz se alzara, y en silencio, sentía como unas pequeñas lágrimas comenzaban a recorrer sus mejillas.

Quería dejar de trabajar para esos hijos de puta, quería salir de ahí, quería volver a casa, quería ver a Kagura…

3 de septiembre de 1945.

La guerra había terminado.

Japón finalmente se había rendido de manera oficial y los prisioneros habían sido liberados, sin embargo, el territorio Nipón seguía siendo un territorio enemigo para los estadounidenses, así que no podrían dejar a los cautivos en su respectivo país, y tampoco es con si quisieran hacerlo.

A Sougo lo habían abandonado en Midway, una isla casi desierta. ¿Salir de ahí sería un problema? Maldecía a los norteamericanos por dejarlo la deriva en un lugar como ese, pero a la vez les estaba agradecido por no arrebatarle la vida, y es que tampoco podían hacerlo si el chico nunca opuso resistencia. Okita no era idiota y sabía que si cumplía con todas las órdenes, su vida sería perdonada.

Caminó por la playa del lugar buscando alguna alternativa para salir de ahí, necesitaba llegar a Tokio cuanto antes.

Sentía cómo la brisa marina acariciaba su rostro y cómo su estómago rugía de hambre. Llevaba su antiguo uniforme puesto, un poco desgastado y roto por culpa de las batallas y el tiempo.

Divisó a lo lejos algo parecido a un bote, no podía distinguirlo, estaba tan cansado que hasta sus ojos le fallaban, sin embargo, al acercarse lo suficiente pudo corroborar que efectivamente era un navío pesquero. Por suerte el capitán de tal nave se encontraba enrollando sus redes de pesca, al parecer se disponía a salir a mar.

— Excuse me… – dijo, rogándole a los dioses que por favor ese hombre hablara inglés para poder comunicarse de alguna manera con él.

— ¿Yes? ¿You need something? – "¡Hurra!" Pensó en cuanto lo escuchó.

Le mencionó que la guerra había terminado y que era un prisionero japonés, por lo que debía dirigirse a Tokio inmediatamente para poder avisar a su familia que se encontraba bien.

El pesquero se veía como un hombre de buena fe, entendió inmediatamente la situación del castaño y le dijo que lo llevaría hasta Japón. Sin embargo, esto tenía un costo, y es que, aunque Okita no tuviera dinero para pagarle, el marinero le dijo que lo ayudara a pescar como una buena forma de pago. Después de todo, mientras más peces, más dinero.

Obviamente accedió, no podía perder una oportunidad como aquella. Al fin llegaría a Japón y al fin podría ver a su amada después de tantos largos y tortuosos años.

Antes de partir, el hombre le había ofrecido una ducha y un poco de comida, después de todo no había recibido una correcta higiene ni alimentación en su facultad de prisionero.

El viaje demoraría 5 días para llegar a Tokio.

8 de septiembre de 1945. Tokio.

Kagura se había enterado de que la guerra había terminado y ese mismo día en el que tal información había llegado hasta sus oídos, le había dado dos semanas libres a sus empleados para que pudieran ver a sus familiares quienes llegarían de la batalla cruenta.

La dama de cabellos bermellón se encontraba sola en casa, y además de eso, estaba ansiosa.

"¿Va a llegar? Todo esto se acabó, se supone que ahora es cuando debería volver, ¿cierto?". Pensaba a la vez que caminaba de allá para acá en la sala de estar. Aun mantenía las esperanzas de que Okita estuviera vivo y las bellas melodías de Mozart podían escucharse con claridad desde la vitrola. Si iba a llegar, tenía que esperarlo con su compositor favorito. Aquellos vinilos eran lo único que escuchaba desde que Japón había alzado la blanca bandera de rendición.

Se notaba que había crecido, ya tenía 21 años. Su cabello lo llevaba largo y suelto, cayendo con gracia sobre sus hombros y espalda. Vestía un vestido tan blanco como la pureza misma y unos zapatos de bajo tacón de color marfil.

Sujetaba un costado de su pelo en un adorno con forma de casquillo, blanco al igual que su vestido, y con adornos dorados que se presentaban como sutiles ondas alrededor de la pequeña circunferencia del centro de donde sobresalían algunos hilos también dorados.

Se veía tan preciosa como una Cala en pleno funeral.

Fue a la cocina a prepararse un poco de té para calmar sus nervios y fue entonces que sintió como tocaban la aldaba.

Su corazón se aceleró y sintió como si se le fuera a salir del pecho. Sus manos comenzaron a temblar de puras ansias y en su rostro comenzaba a formarse una sonrisa llena de esperanza.

A paso apresurado se fue acercando a la entrada. Los tacones sonaban preciosos y precisos en cada pisada que daba y en cuanto agarró el pómulo de la puerta, la abrió esperanzada creyendo saber de antemano quién estaría esperando afuera y esa cálida sonrisa se presentó en sus pensamientos junto con una bella frase que desde hace años quería escuchar: "He vuelto, Mi Señora".

— ¡Bienvenido, Sou…! – se detuvo en seco al darse cuenta de que se había equivocado y su sonrisa se había desvanecido por completo. – … ¿Dai…?

— Al parecer no era yo. – escuchó decir detrás de sí. Nuevamente se había imaginado la voz del castaño, aunque impresionada no estaba, ya se había acostumbrado.

— Buenas tardes, Kagura. – dijo nervioso ante la presencia de la chica. Dai sujetaba con fuerza y entre sus manos un sombrero negro de alas cortas.

— ¿Qué se te ofrece? – respondió seca, no estaba de humor en esos momentos, inclusive, se sentía un poco decepcionada. Ella se esperaba al castaño de hermosos ojos carmín, no al peliazul de toscos ojos negros.

— Yo… es importante… ¿Puedo pasar? No me gustaría decírtelo aquí afuera, hace un poco de frío. – su rostro mantenía una sonrisa nerviosa y un poco incómoda, no se esperaba un recibimiento tan hostil de parte de la chica de cabellos bermellón.

Kagura hizo caso a las súplicas de su amigo de infancia y lo invitó a pasar a la sala. Le ofreció un poco de té, sin embargo, el chico desistió y prefirió ir directamente al grano.

— Kagura, este… vaya, estoy muy nervioso por lo que diré… – seguía manteniendo esa sonrisa que tenía hace unos momentos y cada vez más sujetaba su sombrero.

— ¿Qué pasa? – Ella estaba cruzada de brazos. Realmente no le interesaba mucho lo que podría provenir de los labios de Dai. Hace tiempo que ya no sentía esa amistad que tenía antes con él, de hecho, había algo a su alrededor que le incomodaba, sin embargo, no sabía lo que era.

— Para empezar, bueno… te ves muy linda hoy…

— Ve al grano, Dai.

— Kagura… – tomó aire y luego de una pausa continuó. – ¿Te casarías conmigo?

16:00 horas.

Finalmente había pisado tierra. Luego de 5 días de viaje era inevitable no sentirse un poco mareado.

Caminó por Tokio y se dio cuenta de las consecuencias que había dejado la guerra.

Calles sucias, algunas con cuerpos inertes y sin vida en el suelo. Hombres echando esos mismos cuerpos al vertedero como si animales fueran. Principalmente eran vagabundos y niños que habían perdido a sus padres… Sí, niños.

Recordó entonces a los dos pequeños que Kagura había defendido en la calle hace años atrás, cuando él aún no iba a la guerra. Odiaba que sus recuerdos concordaran con todo lo que veía.

Delante sus ojos, yacían esos infantes, en estado deplorable, delgados, y sin vida botados a la ladera la berma.

Sintió como el corazón se le apretaba de lástima. ¿Qué culpa tenían ellos? La guerra había sido una mierda, él bien lo sabía. Aunque ciertamente se había divertido asesinando a estadounidenses hijos de puta, no podía evitar sentir lástima por quienes habían salido desfavorecidos de tal situación bélica.

Apuró el paso y buscó la manera de poder llegar a la mansión Sakata. No tenía dinero y era un camino largo. Buscaría a alguien que pudiera llevarlo. Si tuvo suerte de ir desde Midway a Japón, seguramente también tendría suerte de poder ir a las afueras de Tokio.

Efectivamente un auto había atendido a su señal. Sougo se sintió feliz e ilusionado con esa suerte de maravilla que estaba teniendo en esos momentos. Y en cuanto vio de quién se trataba, sentía que los cielos estaban a su favor.

— ¿Shimaru? – preguntó en cuanto vio al chico de frondosa cabellera al volante.

— ¡Señor Okita! Que gusto que esté bien. Por favor, súbase. ¿Va a la mansión Sakata, cierto? – se notaba alegre. Él había vuelto de la guerra hace unos dos días y ya se encontraba en condiciones de poder conducir su automóvil.

— ¿Vas para allá también?

— No, no. Cuando volví, fui a la mansión y la Señora Sakata me dijo que me tomara unos días libres. Voy a otro lugar un poco más lejos de las afueras de Tokio, pero tomo el mismo camino para llegar hasta allá, así que puedo encaminarlo.

— Por lo visto estás muy hablador. – le decía a la vez que se subía al asiento del copiloto. – Generalmente no dices gran cosa.

— Es que me siento muy contento de poder ver a mi familia después de tanto tiempo, no puedo evitarlo. – Había dado marcha nuevamente al motor y se disponía a comenzar su recorrido. – La Señora Sakata estará muy feliz de verlo. Antes de que me fuera a la guerra, noté que se sentía sola. Nunca lo decía y trataba de dar su mejor esfuerzo en el trabajo, pero nosotros, sus empleados, sabíamos que algo le faltaba. Seguramente ese algo era usted, Señor Okita. – le decía mientras sonreía al volante y miraba hacia al frente.

Sougo no pudo evitar sonreír sutilmente al escuchar aquello. Ella realmente lo extrañaba, aunque le acongojaba el pensar que haya sufrido tanto por su ausencia.

— Estoy feliz de poder volver. – fue lo único que respondió haciendo que Saito lo viera de reojo y su sonrisa mostrara calidez.

16:15 horas.

— ¿Qué dices?

— Que si quisieras casarte conmigo… – Dai necesitaba que ella le diera el "sí". El dinero en sus bolsillos había desaparecido y apenas le alcanzaba para alimentarse en el día. Estaba prácticamente en la ruina y la fortuna de Kagura le vendría muy bien a su billetera.

La ojiazul se quedó en silencio un rato, sin embargo su rostro no manifestaba expresión alguna. Seguía cruzada de brazos y piernas en aquel sillón rojo al lado de la vitrola.

— Lo siento, no estoy interesada. – su respuesta única y su tono de voz neutro.

A Dai esa afirmación le llegó como un balde de agua fría. ¿Que no estaba interesada? ¿Qué iba a hacer ahora? Ni en sus más banales pensamiento se le cruzaba por la mente quedarse en la mierda y ciertamente no quería trabajar en nada que no fuera prestigiado. ¿El problema? No sabía ningún oficio, prácticamente era un "hijo de papá" y si la empresa se había ido al carajo era simplemente por su culpa.

— ¿No…? – sintió cómo su pecho emanaba furia y trató de hallar alguna respuesta lógica. – Es por tu empleado, ¿cierto? – Kagura abrió los ojos impresionada y comenzó a mostrar un poco de atención, sin embargo, se quedó callada. – Entonces sí es por ese hijo de puta.

— ¡No lo llames hijo de puta!

— ¡Me importa una mierda el cómo lo llame! – se levantó furioso del sillón y se acercó rápidamente a la bermellón. – ¡¿Por qué no quieres casarte conmigo?! ¡Ese bastardo ya está muerto!

Kagura sintió como su mano se movía por puro impulso y marcó su palma en la mejilla de Dai. Le había dado una cachetada que resonó en toda la sala opacando la hermosa música de Mozart.

El pelizul le lanzó una mirada fulminante y tomó sus muñecas con fuerza, presionandolas contra el sillón y evitando que ella hiciera movimiento alguno.

— ¡Suéltame, hijo de ramera! – le gritó mientras forcejeaba con el malnacido.

— ¡No te soltaré! ¡Ya verás que tu cuerpo y tu dinero serán míos y no de ese bastardo que tienes por empleado!

¿Qué acababa de decir? ¿Su dinero? ¿Su cuerpo? Así que era eso. Solo por eso la quería, solo por eso la buscaba. El hijo de puta simplemente buscaba un lugar en donde resguardarse él y en dónde guardar su supuesta "hombría".

Se sintió decepcionada. Si bien ya no se llevaba tan bien con Dai como antes, ella aún tenía esa esperanza de que su amabilidad no había cambiado desde que eran niños, sin embargo, todo era una falsa imagen y una mentira.

En su mente se posaron tantos hombres de mierda que había conocido. Ella solamente podía pensar que eran escoria, que eran de lo peor.

Su hermano con su machismo.

Su padre con su materialismo.

Los hombres de la empresa con su incesante deseo de lujuria, ella lo notaba en cada mirada que lanzaban. ¿Era respetada? Sí, por muchos, pero por otros, solo era vista como objeto sexual.

Recordó a ese hijo de puta que tenía cautivo a esos pobres niños, con moretones y desnutridos.

Sus sentidos comenzaron a irse de sí y no pudo responder nada ante lo dicho por Dai.

— Si te dejo embarazada seguramente te verás obligada a casarte conmigo. ¿Cierto? – le había lanzado una mirada lasciva a la vez que se relamía con asco sus labios, haciendo que la bermellón recobrara un poco sus sentidos y tratara de soltarse de su agarre.

Comenzó a acercarse a su cuello y lo lamió de manera depravada. Kagura no aguantaba, quería escapar, no quería que nada le pasara. Su mente comenzó a nublarse y pensó nuevamente que los hombres eran asquerosos, que eran escoria. Sentía que perdía la consciencia de sí misma y de su alrededor, y en sus tantas divagaciones, se dio cuenta de que no todos eran iguales. Que Gin no era igual, y Sougo tampoco lo era… su imágen se apareció ante ella, su mente estaba débil y necesitaba a alguien que la sostuviera por ella.

— Mi Señora… solo debe hacerlo. – le dijo indicándole un adorno de piedra que se encontraba a su lado. Nunca pensó que su único sostén la motivara a hacer tal cosa, sin embargo, no se sentía del todo mal.

Con todas las fuerzas que tenía, logró soltarse del agarre de Dai a la vez que sentía un nudo en el pecho; seguramente era la adrenalina, el temor, la ira…

Tomó el adorno con una de sus manos y golpeó al hijo de puta en la cabeza haciéndolo sangrar de inmediato y botandolo al suelo.

— ¡¿Qué crees que estás haciendo?!

Kagura ya no respondía, sus ojos mostraban un sadismo único, capaz de asustar a cualquiera que la viese. Se acercó a Dai y de un movimiento, pisoteó su entrepierna con el tacón bajo de su zapato color marfil.

— ¡AAAAAAAAAAHHHHHHHHH! – gritaba de dolor en el suelo mientras ella pisaba cada vez más fuerte, moliendo su miembro hasta casi hacerlo reventar. El dolor era inexplicable y no podían evitar salir lágrimas de los ojos del peliazul, los cuales demostraban temor y una retrospectiva de su vida la cual demoraría cerca de un segundo.

La dama seguía con aquella figurilla de piedra en su mano, y con un movimiento rápido, comenzó a golpear la cara de ese hijo de puta de manera brutal, rompiéndole los dientes en el acto, quebrándole la mandíbula y hundiendo su nariz hasta que el hueso del tabique llegará a su cerebro, perforándolo inmediatamente, llevándolo a una muerte instantánea. Mas ella seguía golpeando su rostro con fuerza, como si su vida dependiera de ello, manchando de rojo escarlata su hermoso vestido blanco.

Sougo había encontrado la puerta entreabierta de la mansión Sakata en cuanto llegó a esta. Le parecía extraño. ¿Acaso Su Señora había adoptado alguna especie de mala costumbre mientras él estaba fuera?

No le dio muchas vueltas al asunto y se adentró a la mansión hasta llegar a la sala. Escuchaba algunos golpes tortuosos y acuosos dentro de la casa, además del sonido de algunas cosas quebrándose, podía jurar que eran huesos. Después de tantos años en la guerra y matando malnacidos, sus oídos se habían agudizado.

En cuanto llegó, vio una escena que simplemente no se esperaba.

Ahí estaba ella, con su blanco vestido manchado de sangre, machacando la cara de un hombre que se encontraba irreconocible. Golpeándolo una y otra vez con esa figurilla de piedra, esparciendo la sangre por las paredes, los sillones y la vitrola.

El rostro de su amada mostraba una expresión simplemente inexplicable. No sabía si era terror, sadismo o adrenalina, pero en cuanto la vio quedó en shock y cayó en cuenta de que si bien la guerra no le había causado daños físicos ni materiales… su mente no estaba bien. Mas eso no era motivo de decepción, sino de preocupación. Veía como seguía machacando a ese mal nacido. Por su mente pasó la loca idea de que era Dai, y con solo pensarlo, se llenó de satisfacción. Había conocido una nueva faceta de Kagura que le había encantado, no obstante, debía detenerla. No quería que sus bellas manos fueran mancilladas con sangre.

Kagura no sabía cómo, ni tampoco se había dado cuenta, cuando sintió que algo detenía sus golpes con una fuerza superior a la suya.

Observó el suelo cubierto de rojo y unos bototos militares posados sobre aquel charco. Siguió subiendo su mirada hasta toparse con unos hilarantes ojos carmín que la miraban con atención y a la vez preocupación.

¿Una de sus alucinaciones? Sí, debía ser eso. Era imposible que fuera el castaño, no lo había sentido llegar…

— Mi Señora… – le dijo en tono preocupado a la vez que la ayudaba a levantarse.

— ¿S-Sougo…? – no podía creerlo, ¿realmente era él? Palpó su rostro corroborando su sospecha y en en esos momentos manchó sus mejillas de escarlata.

— Estoy en casa… – le sonrió cálidamente haciendo que Kagura comenzara a soltar lágrimas de emoción. Sí, era él, había vuelto. Al fin había cumplido su promesa.

Lo abrazó mientras sollozaba y finalmente, después de tantos años, pudo sentir su cercanía.

— Todo… estará bien… – Sougo no sabía que había pasado, y solo lo descubriría si Kagura decidía decírselo. Sin embargo y sin importar qué, él estaría a su lado apoyándola, cueste lo que cueste, y si aquel costo era convertirse en su cómplice y en su fiel confidente, lo haría, porque por ella todo hacía, por ella vivía y para ella vivía.

Fue entonces que Okita beso la frente de la chica de cabellos bermellón, indicándole que él sería el único que podría protegerla de todo.

— Bienvenido, Sougo...

Al fin Kagura se pudo sentir acompañada en esa cruenta sala con la hermosa música del compositor favorito de su empleado fiel.