NADA DE ESTO ME PERTENECE, ES DE DISNEY, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO HISTORIAS.
¡Hola a todos!
LO LAMENTOOOOO :c
NO tienen idea de cuánto me costó escribir este capítulo ¡es que no salía! y ahora aquí tienen, 24 hojas de word ¡es el más largo de todos los de ésta serie! pero de verdad quería que el desarrollo fuera bueno, no un Deux ex maquina, sino una historia bien hecha... espero haberlo conseguido, por que no les miento, hice como cinco borradores diferentes de todo. Eso si, es prácticamente todo Adam/Belle y romántico c:
GRACIAS A:
Dama Felina, Jeinesz06, Reny, Lul, Bella Disney, Forever MK NH.
Lamento no responderles personalmente, pero muero de sueño y es tarde acá :c GRACIAS POR SU INCONDICIONAL APOYO y ojalá les guste este final.
El Retrato
Parte 5
La tormenta era peor de lo que esperaba, Georgina miraba a través de la ventana con el corazón acelerándose por la angustia. Atrás de ella, el personal del castillo hacía lo posible por contenerse, pero con cada segundo que pasaba era evidente que todos estaban angustiados.
.—¡Ya estoy harto!—gritó Maurice—No me quedaré aquí esperando ¡tengo que buscar a mi hija!
.—Monsieur Maurice, si la tormenta arrecia ¿cómo podremos buscarlo?—dijo Lumiére para intentar calmarlo.
.—No me importa perderme en esos bosques si con eso encuentro a mi pequeña.
.—Señor, por favor, seamos sensatos. El amo conoce el castillo y sus alrededor mejores que nadie—continuó la señora Potts—¡Lo sé, porque siempre lo castigábamos por escabullirse! Si alguien puede encontrar a Belle es él.
.—¿Y creen que me puedo quedar de brazos cruzados mientras mi hija está allá afuera, sepa Dios dónde, con sólo UNA persona buscando de ella?
.—Señor, soy madre, entiendo su angustia. Pero por favor entienda que…
.—Sir Maurice—Georgina intervino, acercándose al pintor y sujetándole las manos—Estoy muerta de angustia, igual que usted, pero por favor espere a que al menos baje la tormenta. Pronto tendremos que buscar a dos personas, ¿no sería más difícil si debiéramos buscar a tres?
Maurice vio los ojos llorosos de la duquesa y suspiró resignado, Georgina no se hacía ilusiones, no pensaba que su calma le durara mucho tiempo, quizá había ganado una media hora más de tiempo antes de que Maurice quisiera ir al bosque por su cuenta.
¿Y quién podía culparlo, si todos tenían ese mismo pensamiento?
Lumiére y Ding-Dong se miraban entre sí como su estuvieran catando el momento exacto en que la tensión llegara a su punto máximo para salir a buscarlos. La señora Potts, que llevaba días preocupada por la salud del pequeño Chip en el pueblo, tenía los nervios destrozados y murmuraba incoherencias mientras preparaba té para todo el castillo, deteniéndose sólo para consolar a Maurice como si con eso pudiera consolarse a sí misma. El cocinero preparaba pasteles como poseído, las damas de la cocina desaparecieron para llorar en la bodega, las mozas que limpiaban sacudiendo todo el salón con esmero, limpiando los rincones que siempre evadían con tal de tener en qué ocuparse.
Maurice estaba hecho una angustia andante, mirando por la ventana a cada segundo y confundiendo las sombras de los árboles con la silueta de su hija, rezando a todos los santos y a su difunta esposa para que protegiera a Belle. Y ella, Georgina, sentía su corazón pesado y cansado de la angustia, con una sensación de culpa taladrándole la mente. Nadie estaba lo suficientemente tranquilo como para consolarla, así que Georgina se tragaba sus emociones y mantenía una estoica belleza para que nadie perdiera los estribos.
Pero el sonido del aire iracundo, los rayos que alumbraban el bosque como si fuera de día, los truenos estremeciendo sus tímpanos y asustando a los caballos, cuyos relinchidos espantaban a las mozas haciéndolas llorar más… el ambiente era pesado, espantoso y aterrador, al más puro estilo de Poe, y Georgina no encontraba manera de calmarse, aunque fingiera estarlo.
.—I should never told her a Word—susurró, nadie la entendió y sinceramente eso esperaba. Hablaba para calmarse a ella misma, no para que la consolaran.
.—Madame.—dijo Plumette, susurrando cerca de ella—¿Tiene algún plan?
Georgina no dijo nada, pero en sus ojos Plumette pudo ver que la respuesta era negativa. Afuera la lluvia siguió cayendo, mortificando a los habitantes del castillo.
Nadie notó que arriba, en la habitación del príncipe, los pétalos de la rosa encantada estaban cayendo.
.
.
"Es una simple confusión, querida" le dijo Georgina.
Belle podía recordar con perfecta claridad cada una de las palabras que la duquesa le dijo, incluso las expresiones precisas de su lenguaje corporal. Recordó que la señora Potts, sentada cerca de ellas, servía té y añadía un detalle por aquí y otro por allá para que comprendiera todo más rápidamente. Cuando la explicación de la duquesa de Kent terminó, Belle estaba impactada, aliviada por un lado, y por el otro sintiéndose engañada.
.—¿Estás bien, encanto?.—preguntó la señora Potts, dejando una taza humeante frente a ella que no se molestó ni en mirar.
.—Sí, sólo un poco… pensativa—se llevó una mano a la cien—Espero no se molesten conmigo, sólo ocupo pensar.
.—Claro Darling, sé que es mucha información por asimilar—delicadamente, Georgina colocó una mano sobre el hombro de la parisina y le sonrió encantadoramente—Pero también me gustaría agregar que Adam tiene sentimientos por ti.
.—¿Sentimientos, por mí?—sorprendida, Belle se sonrojó violentamente e intentó esconder el rostro. La señora Potts miró a Georgina con el ceño fruncido, pero la duquesa no desistió.
.—Sólo quiero que sepas que todo es mucho más sencillo de lo que parece—dijo, para no hacer enfadar más a la señora.
.—Yo…
Tiene sentimientos por ti
"¿Por mí, Belle, la hija del pintor?"
.—Necesito pensar—dijo en tono apremiante, poniéndose de pie con un salto y saliendo de la cocina.
.—¡Belle!—la llamaron, pero se desentendió.
Caminó primero por el pasillo rumbo a su alcoba, necesitaba tiempo a solas para pensar, pero cuando subió el segundo escalón se percató de que nadie la dejaría tranquila. Bajó los escalones y volteó hacia el corredor en dirección a la biblioteca, pero se detuvo en seco –¿qué rayos estaba haciendo?– volteó a su alrededor, y de repente un profundo sentimiento de claustrofobia se adueñó de ella.
Las gruesas alfombras, las pesadas cortinas, los coloridos tapices, los cuadros preciosamente pintados, los detalles barrocos colocados en los pilares, las mesitas decorativas con jarrones inservibles llenos de flores… eso no era de ella, eso era del príncipe Adam, su anfitrión. Nada a su alrededor decía Belle, estaba rodeada de cosas que gritaban Anjou a los cuatro vientos.
Los Anjou dueños de ese magnífico palacio.
Los Anjou príncipes de Francia y herederos de una inmensa fortuna.
Los Anjou, una familia más vieja que los corredores donde estaba parada.
Adam de Anjou, el príncipe que la hacía sentirse atrapada en esa hermosa jaula de oro.
No, nada de eso estaba bien, su cabeza se sintió como una olla a punto de explotar ¡necesitaba sentirse ella misma! Alejarse de todo aquello que adoraba y que nunca sería suyo.
Vaya, al fin lo admitía para sí misma: amaba al príncipe, y todo lo que su vida representaba: esa biblioteca hermosa llena de conocimientos, los viajes alrededor del mundo, aquella vida relajada sin preocupaciones de cuánto tiempo alcanzará el dinero del último pago para comprar comida y cuánto abría que ahorrar este mes para poder pagar la renta. Adoraba ese palacio en donde podía sentirse como en casa, con Lumiére recordando siempre que ella estaba leyendo en la biblioteca cuando atardecía, llevándole un candelabro; Ding-Dong comentándole los detalles arquitectónicos del castillo y la señora Potts ofreciéndole té de manzanilla en las noches para que durmiera mejor.
Se sentía en casa, pero esa no era su casa, y nunca lo sería. Y el príncipe Adam era eso, un príncipe, y ella la hija de un pintor.
Tiene sentimientos por ti
"¡Cállate, cállate!" se dijo a sí misma. No quería tener esperanza de ningún tipo, porque por más pequeña que fuera, si llegaba a tenerla la devastación del rechazo la dejaría peor que destrozada… muerta en vida.
Corrió entonces sin dirección fija, casi chocando contra las puertas de vidrio que daban acceso al jardín, pudo ver la intensidad de la tormenta y de repente le pareció placentera: aquella agua gélida cayendo con fuertes ventiscas del cielo era justo lo que su mente, ardiendo de pensamientos, necesitaba para calmarse.
Agarró la capa del jardinero que estaba en el perchero y se la puso encima, le quedaba grande pero no le importó, respiró hondo y abrió la puerta, sintiendo el viento frío y las gotitas de agua como agujas sobre su piel. Un segundo la hizo dudar, pero al siguiente se armó de nuevo valor y cruzó el umbral, empapándose en el acto.
El viento frío le cortaba la piel y caminar era difícil porque no podía ver bien delante de ella, pero la confusión que le causaba la tormenta no era mayor que los sentimientos encontrados dentro de su cabeza, así que siguió caminando, haciendo lo posible por sostener la capa sobre su pecho en un intento de cubrirse. Encontró el sendero hacia el puente y se deslizó lo más rápido que pudo, pensando que bajo los árboles estaría mejor, pero los vientos eran tan fuertes que las copas se doblaban ofreciéndole poca protección.
"Necesito un árbol más grande" pensó, volteó hacia el palacio, viendo las luces a través de las ventanas. Se imaginó a todos ahí dentro, sentados cerca del fuego comiendo pastelillos y hablando calmadamente esperando a que la tormenta terminara, una plácida vida en la cual no era bienvenida.
Su padre quizá se preocuparía, pero podría regresar antes de que notara su ausencia, así que se internó aún más al pequeño bosquecillo buscando un espacio en el cual refugiarse del viento, pero las hojas eran arrancadas de las ramas y golpeaban su rostro; tras unos metros llegó al muro, y para su sorpresa encontró una pesada puerta de madera con algunas enredaderas.
Pensando que conducía a un jardín privado, Belle giró el oxidado mecanismo del picaporte y golpeó con su cuerpo la puerta para que cediera, abriéndose y revelando un camino medio techado. Se deslizó por aquél sendero unos cuantos metros, llegando a lo que parecía una habitación escarpada en la tierra y donde pudo al fin descansar de la lluvia.
Estaba helado, y sintió sus manos tiritar de frío, pero se abrazó a sí misma y respiro acompasadamente para calmarse. El frío ayudaba también a entorpecer su cerebro, evitando que pensara de más y dedicándose únicamente a mantenerla viva. Los lobos aullaron a la distancia, pero no sintió miedo, sólo dolor.
Y el dolor al fin se hizo presente con todas sus fuerzas, y estalló en sollozos, después de todo en algún momento todos necesitamos desahogarnos.
.
.
Adam podía sentir el viento helado contra su rostro ser modestamente mitigado por la gruesa capa de lluvia que se puso antes de salir, llevaba bajo el brazo una capa de lana de borrego que se esmeraba en cubrir para que no se mojara. Con la destreza de quien conoce de toda la vida aquellos caminos, se movió rápido por el jardín hacia la puerta trasera, descubriéndola abierta.
Se adentró al bajo túnel y dio pasos cortos intentando escuchar atentamente, una vez que saliera al bosque dependería de su propia inteligencia para evitar bestias salvajes que seguro merodeaban el lugar buscando refugio también, fijó su mirada en el suelo inclinándose para ver si encontraba huellas en el lodo, sorprendiéndose de que estuvieran frescas y no condujeran al bosque.
Las huellas lo llevaron a la pequeña bodega anexada al túnel antes del bosque y que se encontraba escarpada en el suelo, era una habitación húmeda y muy pequeña y Adam llevaba muchísimo tiempo sin acondicionarla y menos llenarla de provisiones (después de todo, Francia estaba en paz ¿para qué pensar en medidas que previnieran los tiempos de guerra?).
Vio la pequeña figurilla acurrucada contra la pared que temblaba de frío, estaba bastante oscuro por la noche y no tenía ninguna veladora consigo, difícilmente podía ver sus manos frente a él, pero sabía que se trataba de Belle.
.—¡Belle!—exclamó feliz—¡Estás bien!
Se arrodilló acercándose a ella, la muchacha no dijo nada.
.—Todos estábamos tan preocupados, te vi cuando saliste al jardín ¿en qué pensabas?—su apremiante voz detonaba molestia—¡Algo terrible pudo haberte pasado! De haber cruzado el túnel, estarías en el bosque, a merced de los elementos.
.—Pero no lo hice ¿cierto?—fue su respuesta, en voz suave y muy baja.
.—Belle ¿Qué pasa?—hizo ademán de acercarse, pero sus ojos ya más acostumbrados a la oscuridad la vieron encogerse—¿estás bien?
.—No lo sé.
.—¿Estás herida?
.—No.
La vio estremecerse, y recordó la manta que llevaba bajo el brazo. Con cuidado la sacó y desdobló, descubriendo que estaba seca.
.—Ten—sin esperar respuesta, se inclinó a ella y le puso el cobertor encima de los hombros—Enfermarás con este frío, debemos volver al castillo.
Belle, que todo ese momento estuvo quieta, como sumida en un letargo, reaccionó ante sus últimas palabras.
.—No.—dijo, en tono muy bajo pero perfectamente entendible.
.—¿No?
.—No seas tan amable conmigo—dijo ella, quitándose el cobertor—Y no… no quiero volver al castillo.
Viendo la manta en sus manos, empalidecidas por el frío, Adam sintió una especie de golpe en su pecho. Alzó la mirada, Belle seguía echa un ovillo, empapada y temblando, la bodega tenía el piso y las paredes de tierra humedecida por la lluvia, haciéndolo inconfortable y además demasiado oscuro, el sonido de la lluvia golpeando el suelo, los vientos que mecían salvajemente los árboles y los ocasionales truenos creaban una atmósfera muy tétrica; pero Belle prefería eso a su ayuda ¿cómo era eso posible?
Como respuesta a su propia pregunta, una idea vino a la mente del príncipe, que se armó de valor antes de hablar.
.—¿No quieres volver al castillo?—inquirió—¿o no quieres volver conmigo?
Belle respiró profundamente, como si aclarara sus pensamientos, antes de responder.
.—Las dos cosas.
Un trueno cayó e hizo temblar la tierra, unos trozos grandes de lodo cayeron del improvisado techo esculpido en la bodega asustando a Belle, sin siquiera preguntarle –y sabiendo que podía tomarlo como falta de respeto– Adam se sentó a su lado y pasó un brazo sobre sus hombros, cubriéndola otra vez por la manta. Belle quiso apartarse, pero él la sostuvo firme impidiendo que se alejara.
.—¿Por qué?—dijo, asegurando la manta sobre su menudo cuerpo—¿Acaso hice algo que te ofendiera?.
"¿Además de abrazarme contra mi voluntad?" pensó Belle, que sintió la mano del príncipe puesta sobre su hombro como si fuera un cinturón amarrándolo a él, tan fuerte era su agarre.
.—Por favor, déjame sola.—suplicó.
.—No lo haré.—sin soltarla, Adam ablandó un poco su agarre para no lastimarla, pero acercó su rostro al de ella—Menos ahora.
El corazón de Belle estaba acelerado, pero no por la tormenta, ni por el frío, sino porque la colonia del príncipe olía maravilloso a pesar de estar mojado y su cercanía expedía un calor muy agradable. "No" se reprendió mentalmente "No te ilusiones". Tenerlo ahí la confundía aún más ¿por qué un príncipe salió en esa tormenta a buscar a una simple campesina como ella? "No te confundas, no pienses cosas que no son" se repetía una y otra vez, con poco éxito.
.—Alteza, necesito…
.—Dime Adam.—la interrumpió bruscamente, olvidándose de todas las normas de etiqueta.
.—No.
.—¿Por qué no?
.—¡Usted es un príncipe, yo soy la hija de un simple pintor!—dijo, todos esos sentimientos encontrados emergiendo sin filtro alguno.
.—Eso no responde mi pregunta.—frunció el ceño, molesto de que ella se desvalorizara de esa forma—No es lo que quiero escuchar.
.—¿Y qué quiere escuchar, alteza?—su tono era agrio y burlón, pero Adam no se ofendió, en vez de eso se inclinó más a ella y acercó su mano libre a su rostro.
.—Llámame por mi nombre.
.—¡Que no lo haré!—gritó ella, molesta por el atrevimiento del príncipe y confundida porque en el fondo deseaba esa cercanía.
Quería sus abrazos, adoraba su colonia, ella quería… más… "¡No!"
.—Belle, ¿por qué no puedes decirme Adam?—la voz del príncipe aumentó más su confusión, impidiéndole desarrollar mentira o distracción alguna.
Y por ende, terminó confesando la verdad que llevaba días callándose en sí misma:
.—¡Porque le quiero! ¿contento?—dijo en tono agrio, después en tono condescendiente—Lo quiero…
Adam no se esperaba una confesión así, pero tampoco le molestaba en lo más mínimo. Una tímida sonrisa imperceptible por la oscuridad apareció en sus labios, mientras la abrazaba con más fuerza. Belle, rendida ante la confesión de sus emociones y desgastada de tanta confusión, era como una muñeca de trapo sin resistencia que se dejó abrazar, pensando que quizá sería la única ocasión que estaría en sus brazos.
.—¿cómo?—preguntó Adam, deseoso de oírla.
Sin nada que perder, la parisina suspiró.
.—estoy enamorada de usted.—sus palabras, lejos de sonar alegres, parecían pronunciar una condena a muerte—Ya, ahora puede burlarse libremente de mí, lo merezco.
Escuchó su voz quebrarse por el llanto, un trueno volvió a caer estremeciendo todo el lugar y Belle se asustó, la conmoción hizo que se deshiciera en un llanto tal que Adam la abrazó con bastante fuerza, apretándola contra su pecho y meciéndola como si fuera una niña.
.—¿cómo burlarme si con esas palabras me hace usted tan feliz?—dijo, emocionado completamente y extasiado de felicidad.
Belle podía sentir la emoción del príncipe, pero creyendo que se trataba de una broma, no pudo creerle.
.—¿de qué habla?
Se separó de ella sólo para verla a los ojos, a pesar de la oscuridad los ojos del príncipe brillaban cual zafiros, proyectando la luz de su gran alegría.
.—Belle, yo también me he enamorado de usted.—su voz, tierna y melodiosa, acarició esas palabras, aturdiendo a la pobrecilla.
.—está mintiendo.—cerró los ojos, no queriendo verlo hacer ese espectáculo más largo "la hija de un pintor no puede tener tanta suerte" pensó.
.—yo no tengo razones para mentirte.—sintió sus manos, apretándole los hombros con cariño—lo sabe.
.—se burla de mí.
.—desde luego que no.
.—Tal y como lo hizo con la situación de Georgina.
Ah, casi se había olvidado de eso "Georgina, si esto me cuesta la felicidad no podré perdonártelo" pensó.
.—¿a qué te refieres?
Belle abrió los ojos y le miró con expresión dolida.
.—Usted… me coqueteó, y después descubrí que estaba comprometido. Luego Georgina me dice que es una simple pantalla ¿cómo quiere entonces que no me sienta engañada?
Adam le dio completa razón en eso, sabía que debió decirle desde el primer momento en que su amiga inglesa llegó al castillo la complicada situación que llevaban años viviendo, pero nunca parecía ser el momento y no quería que Belle desarrollara sentimientos e impresionas equivocadas hacia él. Había sido un tonto, debió escuchar a la señora Potts –ella siempre tenía razón– y sincerase desde el principio.
.—Lamento ese malentendido—dijo, completamente honesto—Déjeme explicarle todo desde el principio.
.—Yo no quiero…
.—Belle—pronunció su nombre con tal delicadeza, mirándola con muchísima intensidad—Por favor.
Suspirando, Belle se dejó llevar por sus emociones más optimistas, aquellas que estaban felices de haber podido abrazarlo, y de estar ahí en ese momento, a solas con él. Total ¿qué más podía perder?
.
.
Todo comenzó cuando Adam tenía catorce años.
Su padre ya había muerto, pero tenía una vida muy amena con su madre. Todos en el palacio parecían respirar armonía, ese invierno los rosales florecieron antes y creaban un espectáculo precioso al ser decorados por los copos de nieve que caían del cielo, su madre embelesada salía con gruesos abrigos para no enfermar y cortaba flores por aquí y por allá para decorar sus jarrones favoritos, en esa ocasión Adam salió con ella para ayudarla, pero se aburrió y se puso a merodear por el lago.
.—No te alejas mucho hijo—dijo su madre—se avecina una tormenta.
.—Claro madre.—respondió, cruzando el puente hacia el pequeño bosque.
Adam buscó ardillas entre las ramas, su madre le había enseñado cómo alimentarlas cuando era más pequeño, y siempre le gustaba hacerlo en invierno, cuando sabía que necesitaban más comida. Se internó en el bosquecillo más de lo esperado, y tropezó con unas raíces, cayendo frente a la puerta que conectaba el palacio con el bosque externo.
La puerta estaba oxidada, cubierta de maleza, y era muy pesada, Adam caminó de regreso al palacio para preguntarle a su madre qué rayos hacía una puerta en el muro cuando algo le hizo detenerse.
.—Ayuda… —habló una voz, trémula y desgastada.
El joven príncipe se asustó, viendo hacia la puerta con asombro.
.—¿Hay alguien ahí?—preguntó.
.—Ayuda…
Sí, no había lugar a dudas: alguien estaba atrapado ahí. Muchas preguntaron vinieron a la mente del muchacho, pero todas cedieron a una necesidad más importante: debía ayudar a esa persona.
.—Yo… no puedo abrir la puerta—dijo—Iré por ayuda.
.—No—dijo la voz—Por favor, ayúdeme… no me deje sola.
Adam no podía decirle que no a esa persona que estaba atrapada quién sabe desde cuando en ese lugar, aún estaba un poco asustado, pero con sus manos arrancó las malezas –cortándose en los dedos por las espinas– y después empujó su cuerpo entero contra la puerta, una vez, dos veces, tres veces… hasta que cedió.
Del impulso cayó sobre un suelo ligeramente enlodado y con muchísimas flores y pétalos caídos, ya marchitos, ahí recostada sobre una pared de tierra estaba una anciana fea y sucia, con expresión de dolor.
.—Señora—muchas veces la princesa de Anjou llevó a su hijo a los centros de ayuda del pueblo, donde había muchos ancianos y niños mendigando—Déjeme ayudarle, por favor.
El muchachito se inclinó hacia ella intentando ayudarla para ponerse de pie, la anciana la pasó el brazo por el hombro y se apoyó en él para pararse.
.—La llevaré a mi castillo, debe estar cansada ¿cómo llegó aquí?
.—El bosque… —le dijo con tono cansado—Unos lobos me siguieron… caí a un pozo, y me condujo aquí.
Salieron por la puerta, pero en eso se desató la tormenta. Era un viento frío y las gotas de agua parecían hielo golpeándole el cuerpo entero, la anciana intentó cubrirlo poniéndole parte de su capa sobre el niño, pero Adam la rechazó y le dijo que se apoyara bien en él.
.—Vamos señora, vamos, sólo debemos cruzar ese puente…
Las copas de los árboles se doblaban violentamente, la anciana se cayó sobre sus rodillas, jadeando de dolor.
.—Vete niño, déjame aquí.
.—No, señora, no puedo dejarla aquí.
.—La tormenta crece, busca refugio.
.—No.
La determinación en la voz del niño era impresionante, la anciana sintió cómo el muchacho colocaba firmemente una mano sobre su cintura y la empujaba para ponerla de pie, inclinando los hombros para que se apoyara en ellos. La mujer caminó a pasos lentos, pues la lluvia apenas les dejaba ver al caminar y se estaba formando una pesada niebla.
.—¿No piensas que soy una anciana fea y desagradable?—le preguntó, con una voz que sonaba potente y diferente, pero Adam estaba tan concentrado en su tarea de ayudarla que no lo notó.
.—¿Y qué?—respondió con un grito, jadeando por el cansancio y el frío—Yo no soy quien para juzgar… usted necesita ayuda.
.—¿A costa de tu vida?
.—No me pasará nada—dijo, pero el muchacho estaba mal, nunca había estado bajo una tormenta, ni siquiera bajo una corriente de aire frío, después de todo fue cuidado como un príncipe—Vamos señora…
La anciana miró al muchacho, estaba cansado y evidentemente se enfermaría, y aunque pensaba que sí era una anciana de muy mal aspecto, no la prejuzgaba por eso. Se enderezó y caminó más rápido, cruzaron el puente, y vieron a dos figuras con gruesas capas que lo llamaban a gritos.
.—¡Amo Adam!—era Lumiére—¡Amo! ¿qué le ha pasado?
.—Esta mujer estaba perdida, necesita resguardo de la tormenta.
.—¡Vamos, vamos!
Los llevaron a un salón pequeño que tenía la chimenea prendida, el fuego ya había calentado el lugar. Una mujer ricamente vestida se apresuró a socorrer al príncipe, colocándole una toalla sobre los hombros y guiándolo hacia el taburete cercano al fuego. Cuando la miró, agarró otra toalla y la atendió también.
.—¡Esa condenada puerta! Le dijo a mi difunto marido que ese túnel algún día nos causaría problemas—decía la princesa, mientras le daba una capa seca y limpia a la anciana—Pobre mujer ¿cuánto tiempo habrá estado ahí atrapada? ¡cuánto lo siento!
.—Su hijo ha sido muy bondadoso conmigo—repuso la anciana—Me encontró en un túnel extraño al fondo de su jardín, le juro mi señora que no sé cómo llegué ahí, estaba perdida en el bosque donde unos lobos me perseguían… lamento las molestias que les he ocasionado.
.—No tiene nada por lo cual disculparse—dijo la princesa, con un tono de voz amable y ojos cálidos—Antes soy yo la que debe hacerlo. Tenga, tome una taza de té, calentará su cuerpo.
Unas sirvientas le dieron toallas, la anciana tomó del té y se sintió mucho mejor. Miró al príncipe, que comenzaba a toser, sus mejillas estaban muy rojizas… sí, se enfermaría.
La princesa tocó la frente de su hijo e, intuyendo con el instinto maternal, le pidió a Lumiére que apenas aminorara la tormenta buscara al doctor del pueblo. Adam tomó té, pero empezó a temblar, comenzaba a sentirse mal.
.—Mi señora—dijo la anciana, poniéndose de pie—Le he causado molestias, por favor, tenga—sacó de su viejo bolso una hermosa rosa roja—Es lo único que tengo, acéptelo como muestra de agradecimiento.
La princesa de Anjou miró a la rosa, luego a la anciana, sus cálidos ojos parecieron llenarse de lágrimas.
.—¿cómo puedo aceptarle esto, señora, si es su única posesión? Consérvela, por favor.
La anciana asintió, luego se dirigió al príncipe.
.—Me has salvado de una muerte segura bajo la tormenta, muchacho ¿aceptarías tú ésta flor?
.—Opino como mi madre—dijo, con voz un poco ronca—La amabilidad nunca se paga, señora.
Entonces la anciana comenzó a brillar, y su viejo cuerpo se transformó en uno joven y hermoso. Todos jadearon de sorpresa, la princesa abrazó a su hijo con miedo, pero la hechicera tenía una expresión de felicidad.
.—No se preocupe, princesa, he venido a felicitarlos—dijo, su voz sonaba melodiosa y firme al mismo tiempo—Me han ayudado, demostrando un corazón puro, y ahora quiero regresarles el favor.
Dicho esto, la hechicera les mostró la rosa roja en sus manos, que brilló fuertemente.
.—He puesto un encantamiento en esta flor, joven príncipe usted será rico y poderoso más allá de su imaginación, pero la felicidad sólo se consigue a través de una buena familia que le dé un buen amor. Es mi más grande deseo garantizarle eso, así pues, ésta flor se mantendrá intacta a través de los años, y comenzará a marchitarse sólo cuando usted conozca a la mujer que lo hará feliz.
Se inclinó tendiéndole la flor a Adam, la rosa flotaba sobre sus palmas.
.—Cuando conozcas a la mujer que puede hacerte feliz, la rosa brillará y sus pétalos caerán lentamente, en un lapso de siete días. Es importante que no olvide esto: la rosa le indicará qué mujer puede hacerlo feliz, pero conquistarla dependerá completamente de usted. Si la mujer corresponde sus sentimientos antes de que caiga el último pétalo –es decir, en el séptimo día– mi magia los protegerá por siempre. Si no, usted continuará con su vida, y deberá encontrar a cualquier otra mujer para amar.
Dicho esto, la hechicera colocó una mano sobre la frente de Adam, curándolo en ese instante, y con un chasquido de dedos desapareció, dejando sólo la rosa en manos del príncipe.
Día y noche el príncipe miraba hacia la rosa, que aunque flotaba, parecía ser una simple flor. Cuando su amiga Georgina hizo su visita anual al castillo por primera vez desde aquél evento, pensó que quizá la rosa brillaría con ella, pero no lo hizo, y fue el momento exacto en que la princesa de Anjou habló con ambos jóvenes sobre su futuro.
.—No olviden nunca, mis amores, que este compromiso es ficticio—les dijo—Ustedes no están obligados ni deberán casarse, para que sean felices.
Georgina miró la rosa impresionada y, como buena niña inglesa amante de los cuentos de hadas, creyó cada palabra de su amigo. Eventualmente ella conocería al amor de su vida: un noble menor londinense, el cual la esperaría hasta que llegara el momento de poder desposarla. Mientras, Adam fue olvidándose de la rosa, hasta que llegó a su mayoría de edad.
A pesar de su compromiso, muchas familias hicieron desfilar a sus hijas casaderas frente al príncipe con el fin de conseguir engancharlo, fue entonces cuando Adam recordó la rosa y al percatarse de que no brillaba, iba rechazando amablemente a cada una de ellas, descubriendo que todas eran exactamente iguales: mimadas e ignorantes hija de nobles que sólo querían casarse con su apellido y su fortuna.
La princesa de Anjou estaba agradecida por eso, como madre sólo quería que su hijo fuera feliz, y gracias al encantamiento de la rosa Adam estaba siendo muy cuidadoso de cómo elegir a su pareja. Fue por eso que, años después, murió en paz, sabiendo que su hijo podría tomar la decisión correcta.
Pero la muerte de su madre deprimió de tal manera a Adam que se aisló de la corte, y se encerró en su palacio, sin querer saber de nada ni de nadie. Sólo Georgina lo visitaba de vez en cuando, pero no era suficiente. Preocupados por su salud, sus sirvientes le recordaron que por motivo de protocolos debía empezar a hacer bailes: era el único portador de la corona de Anjou, y ocupaba recibir a la corte en su casa como correspondía la tradición.
Y para hacer ese baile, se ocupaba un nuevo retrato oficial.
.—No esperaba en absoluto que el pintor trajera a su hermosa hija consigo, y menos aún que cuando conociera a la bella dama quedaría prendado de su belleza—le sonrió a Belle de manera encantadora—Pero lo hice, por eso no me sorprendió que cuando regresara a mis aposentos la rosa estuviera brillando, yo ya sabía que tú eres la indicada.
Belle se debatía internamente entre creerle y desconfiar, después de todo, no todos los días una persona te habla de hechiceras, encantamientos y rosas mágicas para explicar sus sentimientos. Intentaba concentrarse en dos únicas cosas: Adam había dicho estar enamorado de ella, pero al mismo tiempo le decía que su compromiso con Georgina era ficticio.
Su parte más racional no quedaba convencida con aquella explicación tan mágica, lo cual sólo hizo que se sintiera más engañada. Con el ceño fruncido, Belle preguntó.
.—Si todo lo que me dice es verdad—comenzó, en tono hosco—Eso no explica por qué usted y Georgina estaban comprometidos ¿enserio terminaron su relación sólo porque una rosa mágica no brilló?—había cinismo en su tono de voz, por lo que Adam adoptó un porte sereno y firme.
.—Sabes que soy un príncipe, pero quizá no sepas que mi familia es más rica aún que la del rey. Desde que nací fui el heredero de mi padre, y todas las familias de Francia y de Europa quisieron relacionarse conmigo. Ya te conté que mi padre era como los demás nobles, interesado y frívolo, pero mi madre era lo opuesto: amable y de corazón bondadoso, ella quería que yo fuera feliz, no que tuviera un matrimonio por conveniencia, así que habló con su hermana para arreglar un compromiso ficticio entre mi prima y yo.
.—¿¡Georgina es tu prima!?—esos matrimonios entre primos eran comunes en la realeza, pero para Belle, acostumbrada a la vida citadina, resultaban escandalosas.
.—Sí, ella es hija de la hermana de mi madre. Mi tía, que en paz descanse, se desposó con un poderoso duque inglés, como bien sabes, pero sólo tuvieron una hija. En Inglaterra las mujeres no heredan directamente los títulos, sino que lo hacen a través de sus esposos, por eso todos también estaban detrás de Georgina. Al comprometernos conseguimos mantener las apariencias y principalmente alejar a los buitres oportunistas que buscaban casarse o conmigo o con ella.
.—Entonces era una forma de protegerse…
.—Sí, de los oportunistas y de nuestras propias familias. Mi padre estaba complacido con esa unión, así que dejó la situación por la paz y aunque suene mal, bendito sea Dios que murió, porque se hubiera asegurado de que el matrimonio se llevara a cabo de seguir vivo. El padre de Georgina era ya muy viejo y falleció también, así que el compromiso evitó que un tío lejano de ella pudiera acceder a su herencia y la protegió hasta que él falleció. Ahora somos libres y podremos disponer de nuestras vidas.
Mientras hablaba, Belle no dejaba de pensar en lo tormentosa que esa situación debía ser, al menos Adam y Georgina tuvieron madres que buscaron su felicidad, pero ¿qué era de los demás jóvenes nobles cuyos padres se preocupaban primero por la fortuna y después por sus hijos? Quizá, sólo quizá, tenían razón de actuar tan déspotas: eran muy desdichados.
Pero ni Adam ni Georgina eran así; ahora entendía por qué la duquesa inglesa estaba emocionada planeando su boda con el noble inglés del que estaba enamorada… y por qué Adam quería cortejarla. Estaban buscando su propia felicidad, lejos de los protocolos y los estatutos sociales.
Pero….
.—No juegue conmigo más de lo que ha hecho, por favor.
Adam se sintió genuinamente herido ante el rechazo abierto de Belle, después de todo lo que acababa de explicarle seguía desconfiando de él.
.—Yo nunca he jugado contigo, he sido siempre sincero—le dijo—Y si te digo todo esto, es porque confío en ti.
Belle rezongó, cerrando los ojos para no ver su expresión herida.
.—¿Y por qué ahora confía en mí?
.—¿Y por qué no?
Un trueno hizo sacudir otra vez la tierra, recordándoles que debían regresar pronto al palacio. Belle se odiaba a sí misma, pero la opresión en su pecho no la dejaba en paz, por más que intentaba no podía confiar por completo en sus palabras, necesitaba irse de ahí, pronto, antes de que todo se saliera de control.
.—Espero que comprenda que es mucho por digerir—dijo Belle, poniéndose de pie, haciendo uso de la excusa que le pareció más creíble.
.—Y yo espero que comprenda, que me he enamorado de usted—le sujetó la mano suavemente—Y quiero hacer mi lucha por conquistarla.
Belle le miró como si estuviera loco, pero Adam se mantuvo firme en su empeño.
.—He hablado con su padre y…
.—¿¡Así que mi padre sabía de esto!?
.—Solo le pedí su autorización para cortejarla, y me la dio.
.—¡Ash, papá!
.—Con la condición de que usted también me lo permita.
Sus ojos azules sinceros y penetrantes, su tono de voz tan solemne, Adam parecía estarle entregando abiertamente su corazón.
Pero…
.—Alteza, esto ha ido demasiado lejos, yo soy la hija de un pintor parisino y….
.—¿por qué siempre dice eso? ¿por qué se menosprecia?
.—¡Porque esto no puede ser!—gritó, de repente—Usted es un príncipe, yo una campesina. Estos cuentos de hadas no existen, ni tampoco estos finales felices.
.—¿Quién lo dijo?—gritó Adam, desilusionado y muy dolido.
.—Yo…
De repente, Belle se quedó sin habla, sin saber cómo responderle. Consciente de que había dado en el clavo, el príncipe se puso también de pie y suspiró.
.—Regresemos al palacio, por hoy hemos hablado ya demasiado—dijo Adam, abrazándola por el hombro para cubrirla mejor y guiándola fuera del túnel, hacia el jardín.
Belle se dejó guiar, exhausta emocional y físicamente. Ninguno de los dos dijo palabra alguna mientras cruzaban dificultosamente el jardín bajo la tormenta, tan implacable como la que se estaba desatando en sus propios corazones.
.
.
Cuando dos sombras se vislumbraron a través de la ventana, Lumiére, Ding-Dong, Maurice, Georgina y la señora Potts se abalanzaron hacia la puerta y los recibieron con ropa seca, mantas de lana, té caliente y sopa recién hecha, llevándolos al fuego del fogón para que no enfermaran. Notaron cierta tensión entre los dos, pero no comentaron nada al respecto, sólo preguntaron cómo estaban y corroboraron que no se estuvieran enfermando.
Para darles más espacio y cuidarlos mejor, la señora Potts los mandó a sus cuartos, diciendo que ocupaban reposo inmediato. Encomendó a Ding-Dong el cuidado del amo, y ella misma con Georgina atendieron a Belle: encendieron la chimenea de su cuarto, colocaron ladrillos calientes bajo el colchón, la taparon hasta el cuello con frazadas gruesas y le dieron un medicamento preventivo.
.—Estoy bien—decía Belle, pero no le hicieron mucho caso.
.—Ya, corderito, déjame atenderte.
.—Nadie quiere que te enfermes hija—dijo Maurice, sujetando su mano con cariño.
Belle se recostó sintiéndose un poco incómoda con toda la atención, en determinado momento Georgina y la señora Potts salieron para ir por el servicio de té, dejándola a solas con su padre. El pobre de Maurice se veía muy desgastado, había pasado uno de los peores y más estresantes momentos de su vida, y miraba embelesado a su hija.
Pero para Belle sólo había una cosa en su mente: la terriblemente confusa situación con el príncipe Adam.
.—Papá, necesito preguntarte algo.—dijo Belle, aprovechando que estaban solos.
.—Dime hija.—Maurice se recargó en la silla, respirando con calma al fin.
.—El príncipe Adam me dijo… que tú le permitiste cortejarme.
Y la calma se fue, Maurice se tensó y miró el rostro herido de su hija, de todas las situaciones en que pudieron hablar de eso ¿tenía que ser justo en ese momento? Respiró hondo, la miró con la ceja alzada, y habló:
.—Siempre y cuando tu estuvieras de acuerdo.
Pero Belle no parecía estar conforme con eso.
.—¿Así que es cierto?—dijo en tono ofendido.
¡Las mujeres y sus enojos!
.—Sí, cariño, pero no veo la importancia de eso ahora—dijo Maurice, acomodando sus almohadas—¿Te molesta que el príncipe te quiera cortejar?
.—¡Claro que sí!
.—¿Por qué?—ignorando el berrinche de su hija, Maurice se forzó a hablar como padre— Hija, es un príncipe, y además una muy buena persona. Ha sido la amabilidad personificada en todo este tiempo que fuimos sus huéspedes. Además, que te corteje no significa que debas aceptarlo, si no te agrada sólo recházalo amablemente… pero, recuerda tesoro, no todas las doncellas tienen esta oportunidad.
.—Precisamente por eso es que no me gusta esta idea, papá es un príncipe ¿qué tengo yo que le haya llamado la atención? Siento que sólo… que sólo quiere jugar conmigo.
Maurice vio el semblante tenso de su hija, ella se mordía el labio, indecisa ¿qué le causaba tanta ansiedad a su pequeña? ¿es que no se daba cuenta que pertenecía a ese mundo? Belle era más hija de su madre que hija de él, y la alta sociedad embonaba perfectamente con su forma de ser. Adam lo había notado, Georgina, Ding-Dong ¡todos lo vieron! Aparentemente todos se daban cuenta de eso, menos Belle.
.—Si sólo quisiera jugar contigo, no te hubiera consentido permitiéndote ver su biblioteca y los jardines, no recordaría que las fresas son tus favoritas sirviéndolas en todas las cenas, no me hubiera pedido permiso para acercarse a ti y tampoco hubiera salido en una espantosa tormenta a buscarte.
Escuchó todo lo que su padre le dijo, y añadió aquellas cosas que Maurice no sabía: las largas pláticas sobre libros clásicos, los poemas y cartas que le dejó en la puerta de su alcoba, las amables palabras de consuelo y de ánimo, esas miradas tan tiernas y penetrantes. Adam la miraba como si ella fuera la cosa más hermosa del mundo… por primera vez, Belle se dio cuenta de que esa expresión no se podía fingir. Él estaba siendo sincero.
.—Él ha sido hasta ahora una persona preocupada por tu bienestar. Eso no significa que debas aceptarlo, pero dime hija ¿por qué no te agrada el príncipe?
.—No confío en él.—respondió, sorprendiéndose de cómo esas palabras podían ser más crueles de lo que parecían en su mente.
.—¿y por qué?
"No lo sé" pensó, claro que su padre no aceptaría eso como respuesta, así que empujó todo su ser contra la inseguridad, obligándose a responder.
.—porque él… porque… porque es un príncipe.
Maurice acomodó unos rebeldes cabellos tras la oreja de su hija, esbozando una ligera sonrisa de comprensión. De repente, Belle se parecía muchísimo a él… a él, cuando le costaba confiar en su difunta esposa.
.—Hija ¿alguna vez te dije que por mucho tiempo no confíe en tu madre?—dijo, considerando que era el momento oportuno de contar esa historia.
.—¿Qué?—Belle le miró impresionada, porque ella creció viendo a sus padres como la pareja ideal—¿es enserio?
.—Claro que sí. Ella era hija de un hombre mucho más rico de lo que yo seré algún día, y creció con sábanas de seda y comidas gourmet. Al principio no creí que ella dejaría todo eso para irse conmigo, y cuando lo hizo… muchas noches temí despertar y descubrir que ella me había dejado, regresando con sus padres, porque no soportaba la pobreza.
.—Tú no eres pobre papá.
.—Para sus estándares sí, Belle. El punto es que esa desconfianza hizo mella en nuestra relación, y cuando naciste estábamos pasando por un mal momento. Pero ella te adoraba, y cuando te cuidaba, me di cuenta que nada de eso existía: tu madre no iba a dejarme por algo tan trivial como el dinero, todo eso estaba en mi mente. Ella era feliz, conmigo y contigo. Dejé las desconfianzas de lado, y fuimos muy felices.
Belle escuchó cada palabra como si se adecuara a su situación, de hecho, así era. Maurice acarició la cabeza de su hija, parecía que dentro de ella estaban las dudas heredadas de ambos padres, y confiaba en guiarla para que fuera feliz.
.—¿qué te he dicho de juzgar a las personas?—preguntó.
.—Que lo haga por sus actos, no por sus palabras.—dijo Belle a modo de recitación, pues era lo que sus padres le decían desde que era pequeña.
.—Entonces ¿hacia qué lado se inclina la balanza de Adam?
Maurice no dijo nada más, notando la mirada concentrada de su hija. Ya le había transmitido su saber, era ahora cuestión de que ella eligiera qué hacer. Cuando las damas regresaron, besó la frente de Belle y la dejó a solas, cansado tras un día pesado y sabiendo que ella ocupaba compañía femenina. Tras servir el té, la señora Potts se fue, pero Georgina se quedó un poco más, pidiéndole perdón por haberla confundido tanto.
.—No te preocupes.—le dijo Belle—En algún momento debía enterarme de todo.—intentó sonar graciosa, pero era evidente que las dos estaban demasiado cansadas hasta para bromear.
.—Yo no era quién para hablar contigo de esta forma, lo siento Belle.—con ambas manos sobre su falda, la duquesa bajó los ojos en genuino arrepentimiento.
Belle recordó todo lo que Adam le comentó, y haciendo memoria, se dio cuenta que la duquesa había sido siempre amable con ella. Era momento de tratar a las personas tal y como se merecían, y no como los prejuicios indicaban. Así que Belle le sonrió espléndidamente.
.—Dejemos el incidente en el pasado ¿te parece?
Notando la mirada sincera de Belle, Georgina le sonrió.
.—Gracias.
.—Pero, Georgina, quisiera que me respondieras una cosa.
.—Lo que quieras Belle.—era lo menos que podía hacer después del barullo provocado.
La morena respiró hondo, armándose de valor "es la mejor amiga de Adam, ella debe saber ¿no?" pensó.
.—sinceramente… ¿crees que Adam me quiera?
Su lenguaje corporal no engañaba: las manos crispadas, los labios apretados, ojos medio cerrados y expresión severa. Belle estaba insegura y nerviosa. Georgina no sabía de qué hablaron cuando se encontraron Adam y Belle en el bosque, pero tenía una sospecha, considerando la reacción de la parisina. Sonrió en un gesto casi maternal, sujetando la mano de Belle.
.—No tengo la menor duda de eso—le dio un ligero apretón y la soltó—Pero eso es algo que deberías hablar con él, no conmigo.
Le deseó las buenas noches, y salió de la habitación.
.
.
Si la señora Potts se enteraba de que estaba fuera de cama seguramente se enfadaría, pero a esas horas de noche nadie se daría cuenta. Adam recordaba cuando era niño y entre su madre y la señora Potts se turnaban para cuidarlo, en realidad, todos en el palacio siempre lo cuidaron… eran como su familia.
Aunque quisiera no hubiera podido dormir, tenía muchos pensamientos aturdiéndolo. Ya que sus habitaciones eran muy grandes, fue al estudio que tenía anexado a su recámara, y se sentó en el escritorio. Ahí sólo escribía y leía por gusto, nunca por trabajo, así que sacó una hoja de papel y entintó la pluma, dejando que sus pensamientos fluyeran.
Al otro lado del palacio en el Ala Este una hermosa parisina salió de sus aposentos, cuidando de no ser vigilada, con dos cartas en mano y caminando hacia la recámara de su anfitrión. Belle tampoco podía dormir, y sentía más que nunca la necesidad de hablar con el príncipe. Había sido grosera, recelosa, desconfiada, con una persona que llevaba días mostrándose amable y hasta cariñoso con ella. Necesitaba disculparse, y pensar un poco más en todas esas cosas dichas en el bosque.
No se encontró a nadie en los corredores, pero sentía el palacio con ambiente tétrico, por el ruido del aire que aullaba y el sonido de la lluvia golpeando las tejas. Contuvo el susto subiendo escalones hasta el Ala Oeste, donde respiró profundo y tocó suavemente la puerta que conducía al cuarto del príncipe. No hubo respuesta.
Adam, sentado en su escritorio, escuchó un golpeteo, pero lo consideró parte de los ruidos de la tormenta, dos rayos cayeron en ese instante y el sonido de los truenos evitó que escuchara cuando Belle tocó más fuerte. No permitió que nada lo desconcentrara mientras continuaba escribiendo, bajo la cálida luz de una simple vela, con los dedos de la mano enfriándose pero mil ideas aún en su mente.
Animada por un valor aventurero, Belle abrió la puerta y entró a la habitación, sabía por su padre que los cuartos de los nobles son siempre muchos y variados, y pensó que si tocaba la puerta exacta de la recámara Adam la escucharía. Además, no era tan tarde, ni siquiera eran las once de la noche, probablemente el príncipe seguía despierto.
Pasó una especie de vestíbulo que conducía a una pared con puertas cerradas, volvió a tocar sin respuesta, y las abrió temerosa de que la sorprendieran, pero continuaba otro amplio pasillo, al recorrerlo Belle se dio cuenta que llevaba hasta el dormitorio, al ver la cama vacía de Adam su primera reacción fue de espanto ¡no se suponía que ella debía estar ahí! ¿pero en qué estaba pensando? Si alguien la veía… no, pensaría malas cosas ¡tenía que irse pronto!
El dormitorio era muy amplio y tenía al fondo un balcón, por el cual la tormenta se podía divisar perfectamente. Pero nadie supo que entre las cortinas de aquél balcón una mujer apareció de repente, cubriéndose con magia para no ser vista. La mujer analizó la situación: en el pasillo Belle giraba sus talones para irse, y del lado izquierdo al fondo de la recámara estaba el pequeño estudio donde Adam escribía sin notar a la intrusa.
La mujer atravesó la gran recámara con un salto y se puso al lado de Belle, sin que nadie pudiera verla y oírla, con cuidado elevó una mano y un hechizo emergió de sus dedos, Belle se sintió envalentonada y curiosa, regresando a la recámara y bajando los escalones que conectaban el dormitorio con el pasillo. Apenas dio dos pasos cuando un resplandor rosado, que provenía del lado derecho del cuarto, llamó su atención.
Ahí, en una mesita de noche alta, estaba un biombo de cristal cubriendo una preciosísima rosa roja, la cual flotaba sobre la madera y resplandecía, había varios pétalos caídos haciendo un bonito cuadro sobre la mesa. Belle miró la rosa encantada y jadeó de la sorpresa, de repente todas las palabras que Adam le había dicho esa tarde regresaron a sus pensamientos: él le había dicho la absoluta verdad.
Belle se sintió terriblemente mal consigo misma, Adam le había confesado un capítulo muy importante de su vida, y más que eso ¡se le había declarado! Pero ella lo rechazó de la forma más fría posible, desconfiando de él, aún cuando no tenía evidencia alguna para hacerlo. La punta de sus dedos acarició el cristal del biombo, apretando las dos cartas que llevaba en su mano, mientras una expresión de amargura endurecía sus facciones ¿pero qué clase de mujer sin sentimientos había sido?
Dejó que los prejuicios la nublaran, dejándose llevar por rencores de antaño, comparando a Adam con un montón de nobles presuntuosos que ella conoció tantos años atrás y desquitándose con él como hubiera querido hacerlo con aquellos. Había sido grosera, malagradecida y rencorosa, si su padre supiera, si su madre la viera… mejor no pensar en eso. Si Adam decidía no perdonarla, ella debería vivir sabiendo que rechazó a un hombre bondadoso y amable por el estúpido prejuicio de que era un noble.
A final de cuentas, desconfiar de un príncipe sólo por ser rico era tan nefasto como los nobles que trataban mal a los campesinos por ser pobres…. ¿en qué momento cayó tan bajo?
Contuvo unas cuantas lágrimas, la rosa estaba tan hermosa, se preguntó si olería tan bien como se veía.
.—¿Belle?—la muchacha gritó del susto cuando volteó, encontrándose a Adam parado frente a ella—¿qué haces aquí?
Al verlo, Belle no pudo más y rompió en llanto, las lágrimas cayeron por sus mejillas mientras Adam asustado se acercaba a ella.
.—¿estás bien? ¿te lastimaste? ¿qué sucede?—limpió una de sus lágrimas, pero Belle reaccionó alejándose violentamente de él.
.—¡Disculpa, disculpa!—repitió un par de veces con expresión de tristeza—No… no quise molestarle… ¡toqué y no respondiste! Y yo…
.—¿por qué estás llorando? ¿has enfermado? Belle…
.—No, no—colocó ambas manos frente a ella para impedirle acercarse por completo—Estoy bien, sólo…—respiró hondo—Me siento muy mal por la forma que me he comportado con usted, y quería pedirle perdón… quiero pedirle perdón.
Adam iba a decir algo más, pero Belle le miró fijamente suplicándole con la mirada que la dejara hablar. El príncipe se mantuvo callado, con una mueca de angustia en los labios, mientras Belle hablaba.
.—Tuve una infancia y adolescencia muy felices, pero vi desde pequeña cómo los ricos menospreciaban el trabajo de mi padre… mi propia madre, de ascendencia más holgada, dejó a su familia y a su fortuna para ser feliz. Yo creía que eran personas en las que no se podía confiar, y mis pocas experiencias con ellos sólo aumentaron mi recelo—respiro aún más hondo—Pero usted no ha sido así, desde que llegamos se mostró caballeroso y amable conmigo. No podía confiar en usted por las experiencias de mi pasado, y eso impidió que me mostrara agradecida por todas las atenciones que nos brindó a mí y a mi padre. Más que amable, usted ha sido hasta cariñoso conmigo… he pensado en lo que me dijo, sobre la rosa y sus sentimientos, y para seguir siendo sincera no confíe en nada de eso, hasta que vi ésta rosa. Le pido una inmensa disculpa, usted se merece… merece a una mujer mejor que yo.
Adam había escuchado cada una de sus palabras, pero en el fondo tenía aún la misma decisión.
.—Yo no creo que exista una mujer mejor que tú, Belle.
.—He sido desconfiada y le he tratado mal ¿no se da cuenta? yo no soy mejor que ese montón de nobles que desprecié en París.
.—Tenía sus razones para ser así.
.—¡No hay nada que justifique mi comportamiento tan despreciable!
.—Belle, por favor—se acercó a ella y le sujetó las manos—Cálmese y déjeme hablar ¿si?
No podía negarle nada cuando le hablaba de esa forma –eso seguro era un problema– así que resignada terminó asintiendo.
.—Está bien.
Con la punta de los dedos, Adam le acarició la mejilla, su piel era más suave de lo que se veía. Pudo haberle guardado rencor por ser tan desconfiada, pudo decidir simplemente que ella no era la indicada y que la flor se había equivocado… pero no, era inútil negar lo que su corazón gritaba, Belle despertaba más emociones en su cuerpo de las que recordaba haber sentido alguna vez en su vida.
.—Eres una mujer inteligente, de sentimientos nobles y muy talentosa, pero has vivido cosas que te volvieron desconfiada… eso no es ser mala persona. Tú misma admitiste tu error y viniste a pedirme disculpas ¿qué persona malvada haría eso?—besó sus manos—Cada minuto que paso contigo me impresiona la bondad que veo en ti, y las mil maravillas que escondes. Por favor, déjame conocerte, y permítete conocerme.
Desarmada completamente por su cariño, Belle se relajó al fin, y le devolvió la mirada.
.—A pesar de todo lo que ha pasado… ¿quiere aún cortejarme?—preguntó impresionada.
.—Solamente si me das tu permiso.—besó el dorso de su mano con galantería.
Adiós desconfianza, adiós pensamientos. Belle se concentró únicamente en lo que sentía, y su corazón era claro. Estaba enamorada, ¿para qué negarlo?
.—Sí…
Ya que lo dijo en un susurro, Adam se preocupó, y buscó reafirmar lo que en el fondo ya sabía.
.—Belle… mírame a los ojos—le pidió amablemente, empujando con ternura su barbilla hacia arriba— ¿realmente te gusto?
¿es que no se había mirado nunca en el espejo? Su cabello, sus ojos hermosos, sus facciones exquisitas, su altura y hombros anchos. Pero más que eso: su forma de ser. Era más culto, amable y generoso de lo que había conocido en ninguna otra persona, desarmándola no una sino muchas veces, haciendo que se enfrentara a sus prejuicios y fantasmas.
.—Sí.—declaró con convicción, sus ojos avellanas se veían cálidos y sonrientes.
Adam besó otra vez su mano, y sujetó las cartas que ella llevaba. Descubrió que eran las dos cartas que le dejó, con los fragmentos del poema, sonriendo de lado sacó de su bolso una hoja de papel, la que recién había escrito en el estudio minutos atrás, y se la dio. Belle la leyó sintiendo que cada letra le llagaba al corazón, luego rio con alegría y se puso de puntillas para besarle la mejilla (en un arranque de atrevimiento que dejó a los dos sorprendidos pero muy felices).
Sin que ninguno de los dos se diera cuenta, la sombra de una mujer se posó al lado de la rosa encantada, y colocó una mano sobre ésta, haciendo que brillara una última vez, como un latido, antes de desprender una poderosa magia que se movió a sus manos y avanzo hasta la parejita. Ni Belle ni Adam vieron aquellos pétalos encantados –invisibles para ojos mortales– caer sobre sus cabezas creando una energía mágica que los unía y protegía.
La hechicera sonrío, ahora esos dos estaban bajo su protección. Y se encargaría de que fueran felices, pues cumpliría su promesa. Era hora de volver a empezar.
Epílogo.
.—Sal de ahí, pequeña tramposa—dijo Belle con una sonrisa divertida, estaba jugando a las escondidas con su hija y aunque sabía que estaba oculta tras una de las cortinas, a propósito se alejó para extender el juego.
Fiore, la pequeña y bella princesita de Anjou, contuvo una risa al ver a su madre buscándola muy lejos de donde se encontraba. Belle escuchó su risa, pero fingió no hacerlo.
.—¡Oh no! ¿dónde estará mi hija? su padre me matará si no la encuentro…
Dicho esto, se dio la vuelta y caminó hacia las cortinas, Fiore se quedó completamente quieta, pero poco le valió porque su madre de la nada la cargó y le hizo cosquillas.
.—¡Mama, para!—reía la pequeña, de cuatro años.
.—¡Aquí está mi princesa! ¿dónde estabas?—apretó más sus costillas, haciéndola reír estruendosamente—¡estaba preocupada por ti!—decía entre risas.
Finalmente dejó a su hija respirar, y la cargó con cuidado, recordándole que pronto sería la hora de cenar.
.—Mamá ¿es papá?—preguntó la pequeña, señalando un enorme recuadro.
Al verlo, Belle se quedó quieta. Ahí estaba su esposo, luciendo las insignias reales y una mirada amable, era el retrato que hizo su padre, aquél encargo que les permitió conocerse. Sonriendo, la ahora princesa de Anjou besó a su hija, agradeciendo a la vida por todo lo que ahora tenía.
.—Sí, es papá encanto.
.—¡Guapo!
.—Papá es guapo—le dijo, rodando los ojos.
.—¡Papi guapo!
Pero Belle no escuchó eso último, perdida en sus recuerdos, en aquél año en que conoció a su esposo, en aquella noche que decidió darle una oportunidad al amor y a él.
Como bien dijo Maurice, una cosa era aceptar el cortejo y otra cosa muy diferente era casarse. De esa noche en adelante, con el permiso correspondiente, empezaría la relación entre Adam y Belle, claro que deberían realizarse algunos pendientes.
Tres días más duraría la tormenta, tres días que la recién pareja aprovecharía para platicar, convivir, conocerse aún más y desarrollar su nueva relación. Cuando el sol se asomó por fin de entre las nubes, la señora Potts se subió a una carroza rumbo al pueblo para ver a su hijo, y las maletas de Maurice y Belle fueron colocadas tras el carrito de Phillip, era hora de volver a casa.
Todos se despidieron con tristeza, porque todos querían a Maurice y a Belle. Ella misma se descubrió triste por abandonar el palacio, era sorprendente que hubiera llegado como simple empleada y terminara sintiéndolo su casa. Fue por eso que cuando llegó a París, abriendo la puerta de su cuarto, se sintió de repente ajena. Pero no quiso pensar mucho en eso, y tampoco tuvo el tiempo, porque las cartas de Adam llegaron tan rápido que apenas pudo entristecerse por estar lejos de él.
Adam y Georgina declararon el fin de su compromiso por mutuo acuerdo, y tras firmar los papeles correspondientes –para deshacer los acuerdos prenupciales firmados por sus padres– Georgina se fue a Londres, a terminar de planear su boda y prometiendo invitarlos. Llegó de inmediato una carta especial para Belle, donde Adam le comunicaba esas buenas noticias y le decía que esperaba verla pronto, anexando su poema favorito. Y Belle se descubrió a sí misma tarareando durante el día canciones de amor, lo que nunca hizo ni de niña.
Poco después Adam hizo un baile en su palacio, invitando a toda la corte y desde luego a Maurice y Belle. Originalmente la presentaría como su novia en esa ocasión, pero por los protocolos le resultó imposible, su frustración hizo que Belle conociera el lado caprichoso que todo príncipe consentido tiene, sin importar su bondad, lo cual les causó la primera de muchas peleas que tendrían de ahora en adelante.
Pero el enojo se iba casi tan pronto como llegaba, porque a pesar de que los dos tuvieran un carácter fuerte, estaban locos uno por el otro. Lo que fue antes amor a primera vista, creció hasta convertirse en un amor puro, incondicional, que nacía de lo más profundo del corazón. Los dos podían entenderse con una mirada, y aunque al principio eso los asustaba, al final sólo los unió.
El cortejo duró un año, del cual Belle siempre tendría muchísimas y bellas anécdotas, que recordaría con añoranza hasta el día de su muerte. La vez que Adam le mandó chocolates, haciendo que todos en la calle se dieran cuenta que al fin la hermosa hija del pintor tenía novio (las vecinas murmurarían que ya se había tardado la muchacha, a su edad debería tener al menos un bebé ¿no?) después surgió la envidia cuando le envidó un agua de colonia muy fina.
Fue por eso que cuando Adam quiso ir a visitarla por primera vez, Maurice y Belle le insistieron que fuera a "escondidas". El príncipe llegó luciendo ropas sencillas, aún así su porte lo delataba, y todos al verlo pasar creían que era un abogado o un doctor (profesiones de muchísimo prestigio en esa época, y muy caras) Claro, era de esperarse que la hija del pintor, al ser tan bonita, se buscara un partido mejor que un simple panadero o carpintero –las profesiones típicas de la calle donde vivían– las mujeres no hicieron nada por ocular sus celos, declarando que desde la infancia Belle siempre había sido extrañada,
Esto hizo que cada vez menos personas saludaran a Belle, por considerarla una especie de oportunista. Ella no les hizo caso, porque no le importaba ¿y cómo iba a hacerlo, si estaba muy ocupada riendo porque Adam no tenía idea de cómo comprar pastelitos en una panadería? El pobre chico, acostumbrado a firmar pagarés y cheques, no estaba familiarizado con el uso de las monedas, y fue Belle quien debió recordarlo cómo contar el cambio y de llevar el monedero por los dos.
También estaba aquella ocasión que pasearon por los campos elíseos, los guardias lo reconocieron y pensaron que estaba siendo secuestrado. Causaron tal jaleo que el príncipe debió presentarse ante los reyes y explicarles, de la manera más delicada posible, que vestirse de plebeyo tenía a veces ventajas (tardó dos horas en explicárselas, por de una cosa estaba seguro, esa no sería la forma en que conocerían ellos a Belle).
Claro que no todo fueron recuerdos graciosos, las discusiones crecieron, de ser por pequeños desacuerdos terminaron siendo por verdaderas peleas campales. Las más intensas tenían relación con su familia ¿qué tenía de malo el abolengo en la sangre? Lo peor fue cuando resultó que Adam era amigo de la familia de la madre de Belle… la tensión que surgió de esa situación casi les cuesta su relación.
Pero terminado el año de cortejo, Adam pidió su mano en matrimonio. La amaba, mucho más de lo que le importaban esas diferencias, y quería hacerla feliz. Belle aceptó, desde luego, porque no podía verse a sí misma con alguien más. Amaba y respetaba a Adam por igual, y eso le parecía lo más importante. Maurice consintió, sabiendo desde mucho tiempo atrás que eso pasaría, y la boda comenzó a gestionarse.
Ya comprometidos, se hizo una fiesta en el palacio de Adam donde Belle fue formalmente presentada a la corte. Fue una velada linda y sin contratiempos. Era innegable, por la belleza de Belle, que parte de su ascendencia provenía del abolengo, y sólo por eso la aceptaron. Claro que muchas damas llevaron sus celos al colmo de la molestia, porque Adam de Anjou era demasiado buen partido para que se lo quedara la descarriada nieta de un noble… pero cuando el rey les dio su bendición, no había nada más que hacer.
Pudieron viajar juntos –con Maurice como chaperón– a Londres, donde vieron a la hermosa Georgina aún más bella, ataviada con el vestido de raso blanco y un ramo de flores rojas en las manos, desposando al amor de su vida. Georgina lanzó el ramo a Belle, para desearle felicidad a los futuros esposos, y los abrazó fuertemente antes de partir a su viaje de bodas. Belle pudo conocer a su ahora esposo, Sir Jonathan, un hombre apuesto y carismático que a leguas se notaba haría muy feliz a la duquesa.
De regreso a Francia se hicieron los preparativos. La señora Potts, Lumiére y Ding-Dong se desplazaban de un lado al otro del palacio, maravillados y felices hasta el tuétano de que Belle fuera la nueva señora del lugar. Media corte acudió a la boda, pero ni Adam ni Belle recordarían eso, lo único que evocarían de sus memorias sería la gran felicidad que sintieron cuando, sujetados de las manos, se dieron su primer beso bajo aquel altar.
Y los días se hicieron semanas, las semanas meses, los meses años, y a pesar de las discusiones que toda vida en pareja tiene, la felicidad fue innegable. Belle se sonrojó ante ese pensamiento, con su hijita en brazos, tarareando aquél poema que Adam le dedicó tanto tiempo atrás y que seguía siendo su favorito:
Cuando la noche ha sido muy solitaria y el camino ha sido demasiado largo
Y creas que el amor es algo sólo para los fuertes y afortunados
Sólo recuerda que, en el invierno, muy debajo de la nieve amarga
Yace la semilla, que con el amor del sol, en la primavera se transforma en rosa
(Curiosamente, ni Adam ni Belle verían la rosa encantada después de aquella noche en que Adam le recitó el poema completo ¿y saben qué? No la extrañaron).
Fin.
1.-Quería esas escenas entre Adam y Belle, y Adam y la hechicera, en una tormenta, en homenaje a la película original.
2.-La escena cuando Belle entra al cuarto de Adam está inspirada en la película original, pero obviamente sin la bestia jeje, de hecho quise demostrar esa enorme diferencia para acentuar qué tan bueno es Adam en ésta versión.
3.-Espero les gustara la historia y situación de Georgina.
4.-¿qué tal el encantamiento de la rosa en ésta versión? a mí se me hizo lindo, espero lo disfrutaran.
5.-Sí, es un mini epílogo que espero disfrutaran c:
El fragmento al final corresponde a la última estrofa de la misma canción de Bette Middler, The Rose.
MIL GRACIAS oficialmente esta mini-serie llega a su final, y eso significa que continuarán ahora historias independientes de nuevo ¡todas sus ideas son bienvenidas! =D
PD.-¿Ya vieron Coco? :')
