Equilibrio
por Karoru Metallium
Disclaimer: Yu-Gi-Oh pertenece a Kazuki Takahashi y Konami, sólo lo uso para divertirme y sin fines de lucro. Las situaciones presentadas en este fic que no pertenezcan a los ya mencionados, son propiedad intelectual de "Karoru Metallium". Si no respetas eso, serás pateado.
Advertencia: Más smut. Mucho. Y fluff. No se pongan bravos conmigo por eso...
Capítulo XXI
Convicción y deseo
"Él no sabe cómo. Yo sí." - la voz del anodino 'doctor Aku', raras veces escuchada, los sorprendió. La mirada dura del viejo casi hizo estremecer a Kaiba con su intensidad; era casi como si estuviera... juzgándole. Pero porqué? Y con qué derecho? - "Pero si quieres saberlo, primero tendrás que convencerme."
¿Eh?
Decir que Seto Kaiba se había quedado estupefacto podía convertirse fácilmente en el eufemismo de la década. Retenía la suficiente sangre fría, sin embargo, como para recuperar al menos en parte la compostura que casi había perdido del todo por momentos. Además, la actitud del viejo se le hacía bastante ofensiva, y con eso ya tenía más que suficiente para espolear su mal humor.
"Explícate." - le espetó abruptamente, sin el menor asomo de respeto por las canas del tipo; pero no obtuvo la reacción que esperaba. Al contrario, por primera vez una pálida sonrisa apareció en el rostro delgado y envejecido.
"En todas tus vidas has sido un bocón altanero, insolente, o cuando menos impertinente. Es un alivio saber que no has cambiado demasiado... hijo mío."
Kaiba no pudo evitar dar un respingo al escuchar esas palabras, y clavó en el hombre mayor una mirada que esperaba fuera la más fría y hostil de su repertorio. Esto era el colmo.
"Mi padre murió cuando yo tenía ocho años. Tú no eres mi padre."
"Lo fui en tus vidas anteriores. En la primera, que es la que cuenta en realidad... mi alma ha seguido a la tuya por siglos, así como la tuya ha seguido a la del faraón." - su tono de pronto era más frío y algo irónico, indicando que esa última idea era algo que le desagradaba, y mucho. El joven tuvo que contenerse y apretar los puños para no reaccionar con violencia ante el velado desdén hacia Yami que sus palabras implicaban.
"Me da lo mismo. Sé que no eres mi padre. Y si tienes algo que decir respecto a cómo derrotar a la bruja, es lo único que quiero escuchar de ti; el resto me importa un comino."
El viejo miró a Shadi, quien a todas éstas no había dicho esta boca es mía; y para sorpresa del joven empresario, el moreno se limitó a asentir y salió del saloncito sin chistar, cerrando la puerta a sus espaldas. De repente todo parecía indicar que existía una conjura cósmica para obligarlo a enfrentarse con una persona que desde el primer momento le había hecho sentirse raro e incómodo.
"Dije que sabía cómo podías derrotar a Merit, y lo sostengo. Pero la verdad es que preferiría intentarlo de cualquier otra manera que no fuera ésta..."
"Deja ya de hablar en acertijos, viejo. ¿Porqué no quieres? Qué pasa?"
Tanto andar por las ramas comenzaba a ponerle nervioso, y cuando Seto Kaiba se ponía nervioso podía ser aún más odioso y desagradable que de costumbre.
"No quiero que termines sacrificando tu vida por él de nuevo." - lo miraba fijamente, y la sensación era muy extraña. Los ojos del viejo se parecían vagamente a los de Mokuba en color y expresión, y por momentos el joven se perdió en ellos, encontrándose incapaz de procesar lo que acababa de decirle. Cuando al fin comprendió el sentido y a quién se refería, sólo pudo indignarse.
"¿Y quién te crees que eres para impedirme hacer lo que me venga en gana?"
"No puedo impedirte que hagas lo que quieras, pero si está en mis manos puedo evitar que desperdicies tu vida. Eres mi hijo, no voy a perderte otra vez por culpa de... del faraón. No lo haré." - la mirada grisácea ahora reflejaba en parte la ira que Kaiba sentía.
"¿A perderme? Qué coño te pasa? Ni siquiera te conozco!"
"Yo a ti, sí." - repuso quedamente el hombre mayor tras unos angustiosos segundos de silencio, con una expresión cansada; su ira parecía haberse esfumado de golpe - "Supe cuando tu alma reencarnó, y esperé porque también sabía que en esta vida volveríamos a encontrarnos. Y supe que eras tú la primera vez que vi las fotografías de Seto Kaiba en los diarios; porque tu rostro, el rostro de mi hijo, está grabado a fuego en mis recuerdos por toda la vida, para todas las vidas. Siempre serás mi hijo, nunca dejaré de quererte, y siempre lamentaré el sufrimiento que te causé por mi ambición; aunque esa ambición sólo tuviera como objeto darte poder, porque eras el centro de todas mis maquinaciones y luchas. Por eso quiero que entiendas que no soportaría perderte de nuevo."
No era la primera vez que Kaiba se quedaba sin palabras en los últimos días; desde que Yami había entrado de una vez y por todas en su vida, iba de sorpresa en sorpresa... la mayoría desagradables, o cuando menos muy perjudiciales para su ego.
No alcanzaba a entender el obvio sentimiento en la voz y en los ojos del hombre mayor, de ese hombre que le resultaba familiar pero que al mismo tiempo le repelía en cierto modo; quizás porque apenas recordaba al que fuera su padre en esta vida, la presente. Pero en cambio, sí recordaba el rostro enloquecido de Akunadin poseído por las fuerzas de la oscuridad, ávido de obtener el poder a través del hijo que hasta ese momento desconocía que él fuera su padre. Como no podía, tampoco, evitar recordar el rostro desfigurado por el fuego, la figura trágica y doliente - y, sin embargo, ferozmente decidida a luchar - de Arthur, el padre de Christian.
Era sin lugar a dudas el mismo hombre, y aunque no pudiera comprender del todo su motivación, entendía que a su manera era probable que tuviera la razón. Pero Kaiba sabía lo que quería, y por ello estaba seguro de que lo mejor era intentar razonar con ese hombre triste y terco... la vida de todos estaba en juego. La vida de Mokuba, la vida de Yami... las vidas de los seres a quienes más amaba en el mundo.
"Puede ser que sientas lo que dices, pero hay una falla grave en tu lógica. Todos estamos arriesgando la vida aquí; derrotar a la bruja no es una opción, sino una necesidad. Y ya que estamos asumiendo que Yami no puede, porque te estás dirigiendo a mí, entonces soy yo quien debe intentarlo."
"Siempre el faraón de por medio." - algo de rencor tiñó la voz cansada del hombre - "¿Porqué, Seto?"
El joven guardó silencio por unos momentos. Expresar sentimientos no era su fuerte, como tampoco lo era hablar de los mismos; y no lo haría, porque sospechaba que el viejo conocía de sobra la respuesta a la pregunta que acababa de formular. Pensó rápidamente y trató de hallar un argumento que fuera convincente, sin tener que decir las palabras que más le costaban.
"Tú sabes por qué, viejo. Y si lo que dices sentir con respecto a mí es cierto, y no estás sólo tratando de fastidiarme, entonces deberías entender porqué quiero, porqué DEBO arriesgarme. Siempre he luchado por lo que quiero, aun en contra de todo y de todos, en contra de la fatalidad y del mundo mismo; si es necesario que mi vida esté en la línea de fuego, pues que así sea."
Aku no disimuló su sorpresa ante las palabras que acababa de escuchar; permaneció pensativo por unos segundos antes de hablar de nuevo, firme pero con cierto dejo de derrota en su voz.
"Lo amas. Siempre lo has hecho, y no hay nada que yo pueda hacer para cambiar eso." - Kaiba enrojeció hasta las orejas. Una cosa era sentirlo, y otra muy diferente que un extraño se lo echara en cara con tanta claridad y contundencia - "Cuando estaba contigo en la corte no podía entender los extremos a los que llegabas por tu lealtad, y no quería pensar que podía haber algo más... yo siempre respeté y quise a mi hermano Akunamunkano, y le fui fiel como un perro; pero en lo profundo de mi corazón siempre resentí que tuviera todo el poder que yo deseaba para mí y para ti. Las fuerzas oscuras aprovecharon mi debilidad, y fui el causante de la desgracia de mi sobrino y de la tuya propia..."
"Qué tonterías dices. Atem murió, y yo me convertí en faraón. Eso era lo que tú querías, o no?" - dijo el joven con amargura, sin darse cuenta de que admitía que era Seth, que era Christian, que el hombre frente a él le había dado la vida y se la había quitado. La línea que separaba el presente de ese doloroso pasado parecía diluirse por momentos.
"Quería resarcirte por no haber estado allí, por haber sido un mal padre. Quería que fueras poderoso y feliz, pero cuando al fin tuviste el poder no lo querías... tu alma estaba atada a él, y sin él no había sosiego ni felicidad posible para ti. Mi castigo en esta no-muerte, en este continuo vagar sin que mi alma reciba al fin el juicio clemente de la pluma de Maat, ha sido saber que tu alma también vagaba buscándolo a él, y que al reencarnar vivías sin vivir. Que nunca has podido ser feliz."
"Lo odias porque de él depende mi vida, porque sabes que él es mi vida;" - dijo de pronto con convicción, apretando los puños de nuevo, haciendo esfuerzos sobrehumanos para no lanzarse sobre el viejo - "lo odias, y a pesar de ello aún hoy le sirves. ¿O es que acaso tratas de permanecer a su lado para hacerle daño?"
"No podría," - repuso simplemente - "con eso sólo conseguiría hacerte más daño del que ya te he hecho. Sólo quiero salvar tu vida."
"Pues su vida es tan importante como la mía; es más importante para mí, aunque eso te moleste. Por eso me dirás lo que necesito saber."
"¿Aunque el precio que pagues por él sea tu propia vida?"
"Puedo ser un cobarde para muchas cosas, pero no lo soy para proteger lo que en verdad valoro; prefiero correr el riesgo. Creo, sé, que es mejor tratar de proteger lo que amo antes que quedarme cruzado de brazos y dejar que se me escape como agua entre los dedos. Y te informo que no pienso morir; quiero vivir para sentir lo que siento ahora cada día, para saber que lo que más me importa está a salvo."
"Eso es más que suficiente para mí." - de pronto pareció años más viejo, como si el peso de centurias hubiera caído sobre él - "Que quieras vivir. Eso garantiza que lucharás por lo que quieres... no más sacrificios inútiles."
"¿Me dirás cómo derrotar a la bruja?"
"Te mostraré lo que puedes hacer para lograrlo. No puedo hacer más."
Yami despertó tarde, irritado porque ya se estaba haciendo costumbre, una mala costumbre. La luz que entraba por las rendijas entre las gruesas cortinas oscuras era ya la de la tarde cuando al fin se levantó y se duchó.
Había pasado mala noche, y era culpa de Kaiba. A pesar de que el joven lo había bloqueado conscientemente, el faraón había podido percibir que estaba despierto e inquieto, preocupado; y en la madrugada, extenuado. A ratos, entre la preocupación, lo sentía irritado; en una ocasión estuvo a punto de levantarse y salir a buscarle, porque el bloqueo entre ellos desapareció de pronto y sintió que su energía disminuía. ¿Qué podía haber estado haciendo Kaiba hasta las primeras horas de la madrugada, que lo había inquietado y agotado a tal extremo?
Fuera lo que fuera, había logrado mantener a Yami despierto durante horas, hasta que se quedó dormido faltando poco para el amanecer, cuando al fin Kaiba descansó. Y ahora, de nuevo despierto, seguía bloqueándolo a tal punto que el faraón no se atrevía a comunicarse con él mentalmente, tratando de evitar que acabaran enzarzándose en alguna discusión estúpida... de la que a buen seguro no iba a extraer ninguna información útil. Conocía bien a Kaiba y no se hacía ilusiones de que dejara atrás en algún momento la necedad que lo caracterizaba.
Se había vestido y se disponía a salir a buscar algo de comer, cuando alguien llamó a la puerta. Era Ishizu, envuelta en una fastuosa túnica amarilla y luciendo demasiado luminosa y animada para el malhumorado talante de su faraón.
"¿Desea almorzar, su Majestad? Puedo hacerle traer la comida, o puede comer con nosotros si lo desea..."
"¿Está Seto en la casa?" - preguntó sin preámbulos, y sin responder a la interrogante de la sacerdotisa.
"Pues... no. Salió a eso de las diez; iba a trabajar, según creo."
Suspiró y le indicó a la mujer que comería con ellos en el comedor; al llegar allí se dio cuenta de que los comensales eran sólo él, Ishizu y Shadi. Mokuba debía de estar en la escuela y Yugi en la universidad. Comió sin apetito - aún seguía molesto - pero lo suficiente como para recuperar sus energías; jugueteaba ya con la cucharita en su plato de postre cuando Ishizu le dirigió de nuevo la palabra.
"Majestad... se encuentra bien?" - sonaba algo preocupada.
"¿Porqué?" - preguntó rápidamente, mirándola con suspicacia.
"Parece algo cansado, y molesto..."
"Todo es culpa de Kaiba, te lo aseguro." - dijo, ceñudo, y se sobresaltó al ver que los ojos de la sacerdotisa se abrían como platos, antes de que apartara la mirada y sus mejillas de pronto se sonrojaran. Yami alcanzó a suponer lo que estaba pensando y le dirigió una mirada de pocos amigos - "¡No es nada de eso, Ishizu! Pasé la mitad de la noche en vela porque podía percibir su intranquilidad, aunque me estaba bloqueando. Por casualidad alguno de ustedes sabe dónde estaba y qué andaba haciendo a esas horas?"
"Majestad, con todo respeto, yo sí necesito dormir." - zumbó la mujer, ahora vagamente divertida - "Si Kaiba andaba por ahí de madrugada, puede estar seguro de que no me enteré."
Yami arrugó la nariz pero no dijo nada, a pesar de que notó el levísimo fruncimiento de las cejas del silencioso Shadi antes de que éste se retirara del comedor. A lo mejor sabía algo. En fin, suponía que el mismo Seto le diría lo que había pasado, más temprano que tarde.
"¿Cómo están Odion y Tea?" - preguntó, cambiando el tema.
"Siguen igual." - repuso Ishizu con un suspiro.
"¿Y Marik?"
"Ahora duerme." - la expresión de su rostro se dulcificó al referirse a su hermano - "Ha despertado algunas veces, ha comido y todos sus signos están normales. No tengo palabras para agradecerle lo que ha hecho por él, Majestad... ha corrido un gran riesgo para salvarle."
"No tienes nada que agradecer... después de todo, lo que está sucediendo es en gran parte mi culpa. Esa mujer no los perseguiría si ustedes no me siguieran. Desearía pudiera ayudar a Tea y a Odion de la misma forma en la que ayudé a tu hermano, pero... siento que no será posible." - dijo con tristeza.
Era cierto. De alguna forma sabía que ni aun con todas las energías de las que disponía podría salvar el alma de Tea, que parecía estar irremediablemente perdida en las sombras; ni la de Odion, que se encontraba más allá de su alcance. Ni siquiera sabía cómo había podido devolver a Marik la conciencia y la salud. Aunque sus poderes parecían regresar y ganar en fuerzas con cada día que pasaba, no era suficiente; la única esperanza que tenían era que al derrotar a la bruja, sus almas pudieran ser liberadas.
"No se culpe, Majestad." - la voz suave de la sacerdotisa lo sacó de sus pensamientos - "Nosotros lo seguiríamos fueran cuales fueren las circunstancias, lo hemos hecho durante tres mil años y lo seguiremos haciendo, hasta que deje de necesitarnos. Esto es obra de la fatalidad y de la maldad de esa mujer, que no parece tener fin."
"¡Hola a todos! Me muero de hambre." - Mokuba hizo su aparición en el comedor, luciendo algo cansado, pero también demasiado animado ante los ojos irritados de Yami. Ishizu, consciente de su papel de anfitriona, hizo ademán de levantarse de la mesa con la intención de ir a dar instrucciones a la servidumbre, pero el chico la detuvo - "No te apures por mi causa, eh? Ya he pasado por la cocina y me prometieron traerme algo en unos minutos."
"No tenías que molestarte..."
"No soy el típico ricachón mimado, Ishizu, aunque a veces me haya portado como uno." - dijo con firmeza, dejándose caer en la silla justo frente a Yami - "Nuestro padre adoptivo se encargó de que el vivir en una casa enorme y tener sirvientes no significara nada para nosotros. Así que muchas gracias, pero si puedo hacer las cosas por mí mismo las haré."
La sacerdotisa, que al principio había puesto cara de sorpresa, sonrió; era el típico efecto que provocaba Mokuba Kaiba en la gente, completamente opuesto al que provocaba su hermano. Su diversión se vio interrumpida por la entrada de un sirviente, que se acercó y le susurró discretamente algo al oído; tras escucharle atentamente, se disculpó con su faraón y con el adolescente aduciendo que tenía que resolver un problema doméstico, y abandonó el comedor.
Yami, dándose cuenta de que estaba a solas con el hermano de Seto - una ocurrencia bastante rara - , dejó la cucharita sobre el plato y miró al chico con fijeza.
Mokuba nunca se había pronunciado - al menos no en su presencia - sobre la relación que ahora existía entre él y Seto; y Yami sabía perfectamente lo importante que era lo que el muchacho pensaba al respecto. Estaba seguro de que si Mokuba no hubiera aprobado su relación en primer lugar, Seto no habría consentido en iniciar algo con él, aunque eso le hiciera daño. Su hermano menor era lo más importante en la vida del joven, y eso era algo contra lo que Yami no quería ni podía luchar.
Aprovechando la ocasión, decidió despejar sus dudas de una vez y por todas.
"¿Apruebas mi relación con tu hermano, Mokuba?"
"¿Eh? A santo de qué me preguntas eso?"
"Tu opinión es importante."
"Pues... si le hicieras daño, yo sería capaz de arrancarte la piel a tiras. Pero mientras lo hagas feliz, por mí no hay problema." - dijo el jovencito encogiéndose de hombros. La conversación cesó cuando una de las criadas entró al comedor, y el silencio duró mientras ella estuvo presente, sirviendo la comida de Mokuba.
"¿Crees que yo lo hago feliz?"
"Conozco a mi hermano. Nunca ha tenido muchos motivos para sonreír, y ahora de pronto hasta sonríe sin ninguna razón aparente; eso es por completo obra tuya, y te lo agradezco. Si él es feliz, pues yo también lo soy." - el chico le dirigió una mirada claramente maliciosa - "No te niego que siempre tuve esperanzas de que llegaría una linda chica a su vida, que se querrían y serían felices, etcétera, pero..."
"Lo hubieras preferido?"
"Es lo que me imaginaba cuando era niño... no tiene nada que ver con la realidad. Todo esto me pareció la mar de raro e incómodo al principio, pero ya me hice a la idea de que sólo el estar juntos los hace felices y eso es más que suficiente... ahora todo lo que quiero es que todo este asunto con la bruja acabe de una buena vez, para que nuestras vidas vuelvan a la normalidad." - rió entre dientes - "Cielos, ya me imagino el escándalo que se armará en los medios cuando su relación se haga pública!"
"Eso me preocupa un poco... por la empresa, por la gente, por ti." - frunció el ceño, pensativo.
"Pues ya ves que te preocupas por nada. A mí me parece fantástico, la gente me importa un bledo, y Kaiba Corp es sólida y sus productos ya no están dirigidos solamente al público infantil y juvenil; no pueden ni siquiera alegar que la vida privada de su presidente sea un mal ejemplo. A lo que vas a tener que acostumbrarte es a que la prensa te siga a todas partes..."
Si es que logramos vivir lo suficiente como para que eso suceda, pensó Yami, sintiéndose inusualmente lúgubre.
En ese momento Yugi entró y los saludó alegremente, sentándose junto a Mokuba, y la conversación se hizo general. Yami se distrajo un poco hasta que escuchó mencionar a Seto; sólo entonces volvió a concentrarse en lo que hablaban.
"... como Kaiba-kun, que siempre se burlaba del corazón de las cartas, pero era uno de los duelistas más en sintonía con su baraja... con sus dragones. Una vez dijo que el Ojos Azules era su corazón y su alma. Puede que nunca lo haya admitido, pero lo sabía; siempre lo supo. Y yo también."
"Pues yo lo supe desde que estábamos en el orfanato," - dijo Mokuba, animado, aparentemente sin darse cuenta de que estaba hablando de una parte de sus vidas que los presentes desconocían y de la que su hermano no hablaba jamás - "siempre tuvo afinidad con el Ojos Azules. No teníamos una baraja, pero yo sabía que era su carta favorita. Una vez se la dibujé, y él dijo que la atesoraría y que un día tendría una de verdad."
"¿La pasaron muy mal allí?" - preguntó Yugi de pronto, sus enormes ojos amatista preocupados y curiosos; sus palabras reflejaban lo que Yami quería y no se atrevía a preguntar. El chico no pareció ofenderse ni molestarse ante la intempestiva pregunta.
"Pues... yo era muy pequeño y sólo recuerdo que los demás chicos se metían conmigo por mi cabello. Pero mi hermano me defendía, y por eso siempre se peleaba con casi todos. Estuvimos allí hasta que Gozaburo nos llevó, y Seto me protegió para que no sintiera miedo; sé que lo pagó muy cara mi tranquilidad, aunque nunca habla de eso y quizás nunca lo haga en mi presencia." - los ojos azulgrises se ensombrecieron.
Yami había visto las marcas que el látigo había dejado en el cuerpo de Seto, y entendía su silencio respecto a lo que había sufrido a manos de Gozaburo Kaiba. Si Mokuba llegaba a conocer la extensión del sacrificio que su hermano había hecho por él y por su ambición de ser independientes, se horrorizaría.
Cuando al fin volvió a retirarse a su habitación, Yami pensó que Seto debía de estar muy satisfecho y orgulloso, porque todos los sacrificios que un día había hecho, rendían magníficos frutos en su hermano.
A pesar de la noche agotadora que había pasado, el día de trabajo no se le estaba haciendo demasiado pesado a Kaiba. Las pruebas a las que lo había sometido el doctor Aku habían sido extenuantes y en algún momento más que irritantes - de todos era sabido que no se le daba bien eso de seguir instrucciones -, pero al fin y al cabo también habían resultado satisfactorias. Quizás en este preciso momento carecía de la energía suficiente para emprender la búsqueda y enfrentamiento definitivo con la bruja, pero no dudaba de que pronto estaría en las condiciones óptimas para lograrlo.
No la busques. Ella te llamará, o simplemente vendrá a ti.
Las palabras de Aku no le habían sentado demasiado bien; hubiera preferido lanzarse a cazar a Merit como si se tratara de un animal salvaje, antes que esperar como manso corderito a que ella viniera a atacarles. Podía causar algún daño a Yami o a Mokuba, y posiblemente él no llegaría a tiempo para intentar impedirlo...
Pero el viejo le había dicho con toda claridad que intentar localizarla sería un desperdicio de tiempo y energías. Merit era un espíritu que podía materializarse a voluntad y por ello su poder era inmenso, como también lo era la habilidad para desvanecerse sin dejar más huellas que los cadáveres de sus esclavos mentales.
En algún momento se había sentido lo suficientemente cómodo en presencia del viejo como para comentarle la interpretación que el profesor Hawkins había hecho de parte de los signos grabados en el medallón de arcilla. Aku había fruncido el ceño y comentado, simplemente, que eso podía ser un problema en el caso de que la inscripción se refiriera a la forma de derrotar a la bruja y no a la forma en que ésta controlaba a sus esclavos. Kaiba podría, en un supuesto, tener que sacrificar la vida de alguien más o la suya propia.
Él no quería morir. Y tampoco tomar la vida de nadie.
Se quedó mirando sin ver el monitor frente a él durante algunos minutos, pensando en la magnitud de lo que se le venía encima. Tenía que calcular todas las posibilidades, prever todos los posibles escenarios, incluso aquél en el que menos quería pensar. Tan absorto estaba, que apenas se dio cuenta de la pequeña ventanita que se había abierto en una esquina del monitor, indicando otra petición de videoconferencia... qué casualidad, justamente acababa de pensar en los descubrimientos que el viejo Hawkins había hecho, y seguramente su nieta iba a comunicarle algo más que quizás podría serles de utilidad.
Tan pronto como el rostro de la chica apareció en pantalla, Kaiba se dio cuenta de que algo estaba muy mal. Y era que apenas quedaba rastro de la atrevida y confiada adolescente con la que había hablado la primera vez... Rebecca Hawkins estaba tan pálida que las pecas resaltaban aún más en su rostro, los ojos verde-azules tras las excéntricas gafas se veían enrojecidos, atestiguando que había llorado, y parecía tan asustada como un animalito acorralado en una trampa.
Tardó tanto en hablar que Kaiba, un poco irritado y bastante alarmado, tuvo que tomar la iniciativa.
"¿Qué ha pasado, niña? Habla de una vez!"
"Mi... mi abuelo ha muerto." - la voz de la muchacha se quebró en la última palabra. El joven la miró de hito en hito, sorprendido.
"¿Cuándo?"
"Hará una media hora..." - se estremeció y pareció encogerse por momentos.
"¿Cómo pasó...?"
"Ha sido un paro respiratorio por un problema cerebral, eso ha dicho el doctor. Yo... yo no sabía qué hacer."
"Y decidiste llamarme."
"Kaiba, estoy sola y tengo miedo. No sabía a quién acudir."
"¿...y tus padres?"
"Mi abuelo era la única..." - tragó con fuerza - "la única familia que me quedaba. Su testamento no especifica nada sobre mi tutela, no tengo suficiente dinero, sólo tengo quince años y no puedo solicitar la emancipación. Si no consigo pronto una salida, el Estado se encargará de enviarme a un orfanato o con una familia de acogida. Tengo mucho miedo." - la voz se le quebró de nuevo y bajó la mirada, estaba demasiado afectada.
Kaiba ya se había acostumbrado en los últimos días a pensar más rápido y a dejarse llevar instintivamente por los impulsos. Si podía ayudarle en algo, lo haría.
"Mírame." - la chica levantó los ojos húmedos hacia él - "Voy a ayudarte. ¿Estás dispuesta a hacer lo que yo te diga?"
"Sí." - repuso sin vacilar.
"¿Quién sabe que el profesor ha muerto?"
"Sólo el doctor que lo estuvo atendiendo. No tiene muchos amigos, sólo un par de colegas de la universidad con los que se ha mantenido en contacto, y..."
"Solomon Moto," - finalizó Kaiba, pensativo - "no hagas nada más, ni llames a nadie. En media hora mi abogado en América te llamará y te dirá qué debes hacer."
"Te lo agradezco." - dijo la rubia con sinceridad.
"No lo hagas. Aún no sabes lo que voy a hacer."
"No, pero sé que me vas a ayudar. Hay mucha nobleza bajo toda esa necedad." - a pesar de su palidez y de las lágrimas contenidas, la chica logró sonreír un poco.
"No hagas que me arrepienta, mocosa insolente. Haz lo que te he dicho."
Sin más, finalizó la videoconferencia y se comunicó de inmediato con el abogado que manejaba sus asuntos privados y de negocios en América, con quien sostuvo una larga conversación. Para cuando terminó de hablar, ya estaban decididos y en marcha los trámites legales - y otros no tanto, incluyendo forja de documentos - para traer a Rebecca Hawkins al Japón y ponerla bajo la custodia de Solomon Moto. No dudaba que el viejo, cuya blandura de corazón era casi legendaria, y Yugi - que era más bueno que el pan - estarían más que encantados de ayudar a la jovencita.
Él, por su parte, no estaba muy seguro del porqué había decidido ayudarla. Quizás porque le recordaba mucho a sí mismo... era una jovencita sin lugar a dudas brillante, un genio informático en ciernes, y se había quedado sola en el mundo; tan vulnerable como se había quedado él a los ocho años. No se imaginaba lo que podía llegar a pasarle si ingresaba a un orfanato, o si la enviaban a una casa de acogida y se tropezaba con gente inescrupulosa; el riesgo que podía correr era enorme, y no lo merecía.
Cuando llegó a la casona ya era de noche, y le sorprendió no tropezarse con nadie en el camino a su habitación; no había ningún curioso a la vista, salvo los guardias que estaban por todas partes y que aparentemente habían doblado en número. Se metió de inmediato al cuarto de baño para darse una larga y bien merecida ducha que le sacudiera un poco el cansancio.
Le extrañaba un poco que Yami no hubiera intentado comunicarse con él a pesar del bloqueo consciente que había mantenido toda la noche y parte del día; pero se figuraba que el faraón probablemente trataba de evitar una pelea, cosa muy prudente de su parte. De todos modos, si lo conocía bien, y dado que eran más parecidos que diferentes en cuanto al carácter, sabía que Yami debía de estar ansioso, irritado y preocupado. Pero, sobre todo, muy irritado...
Una oleada de afecto, mezclado con puro deseo, lo invadió. Trató de resistirse a la tentación, pero no lo había visto en todo el día y necesitaba de su presencia; no había dejado de pensar en él, e incluso se había detenido en el camino de regreso para buscar ciertas... cosas que ambos podían necesitar en algún momento. Había sido algo un tanto embarazoso entrar a la tienda y seleccionar lo que necesitaba, porque para alguien como él no había modo ni manera de pasar desapercibido y la gente ciertamente lo reconocía y murmuraba a sus espaldas; la peor parte fue pagar sus compras ante la mirada entre admirativa y curiosa de la cajera, luchando por no sonrojarse y no reaccionar con ira ante el predicamento en que se hallaba.
Sin pensarlo más se echó encima lo primero que sacó del armario y salió al pasillo, deteniéndose frente a la puerta de la habitación de Yami. Llamó una vez y no obtuvo respuesta, así que al llamar una segunda vez con el mismo resultado, simplemente abrió la puerta y entró.
El faraón estaba en el sillón junto a la ventana, con un libro olvidado en su regazo y una expresión de absoluto fastidio e irritación en su rostro; la habitación estaba iluminada sólo por la luz de la lámpara junto al sillón y otra que se hallaba encendida junto a la cama. Cuando Kaiba entró ni siquiera lo miró, prefiriendo ignorarlo ostensiblemente en favor de mirar a través de la ventana... al paisaje que en ese momento no se distinguía en la oscuridad. Seto Kaiba sabía que no podría, en todos los días de su vida, llegar a comprender cómo y porqué Yami se las arreglaba para hacerlo sentir a la vez divertido y excitado por el simple expediente de actuar como un infante berrinchudo...
Se sentó en el sillón frente a él, muy cerca, sintiendo cómo una sonrisa totalmente involuntaria asomaba a sus labios.
"Nunca entenderé porqué me divierte y me excita tanto verte en pleno berrinche." - dijo de pronto, dando voz a sus pensamientos.
"Porque eres un necio," - repuso el faraón sin mirarle - "y puede que ya no sea faraón, Kaiba, pero sigo teniendo dignidad y definitivamente no hago berrinches."
"Claro que sí. Estás furioso porque te bloqueé anoche, y porque no vine a verte en todo el día..." - le dirigió una mirada oblicua, entre divertida y amoscada - "además, de pronto soy 'Kaiba' para ti otra vez. Y todavía tienes los santos riñones de decir que no estás haciendo un berrinche..."
"¿Dónde estabas anoche, y qué estabas haciendo?" - le interrumpió, mirándole al fin, con una expresión cuidadosamente neutra.
"Estaba aquí mismo, en esta casa... descubriendo algunas cosas acerca de mí mismo."
"¿Con quién?"
"¿Estás celoso otra vez?"
"No tengo porqué estarlo, creo yo. Sólo responde a mi pregunta."
"Con alguien que quiere lo mejor de mí y para mí." - repuso, deliberadamente vago, tratando de ocultar su diversión. Yami estaba llegando al límite de su paciencia: sus orejas enrojecieron, sus ojos centellearon y su ceño se frunció profundamente.
"Kaiba," - dijo luego de unos segundos, en un tono peligrosamente controlado - "deja ya de jugar conmigo y responde!"
"Estaba con el fulano doctor Aku, pequeño idiota. ¿Sabes que dice que es mi padre?" - se puso de pie, avanzó hacia él y atrapó una de las manos morenas, tirando de Yami con fuerza hasta que cayó en sus brazos. Entonces simplemente lo cargó hasta la cama y lo lanzó sobre ella como si fuera un fardo, echándosele encima de inmediato, separándole las rodillas y aposentándose entre sus piernas como si ése fuera su justo lugar.
El joven se dejó hacer sin oponer resistencia alguna, limitándose a enroscar sus piernas alrededor de las caderas de Kaiba, atrapándolo efectivamente, sus párpados entornados y su actitud francamente seductora.
"Tu padre, eh? El espíritu encarnado del sacerdote Akunadin... veo que querías ponerme de mal humor. Te excita provocarme y te diviertes haciéndome rabiar..." - murmuró roncamente.
"¿Y qué? Estoy seguro de que te pasa exactamente lo mismo conmigo."
Un instante después sus alientos se mezclaron y sus bocas se encontraron en un beso ardiente, mojado y profundo, sus lenguas trabándose desesperadamente en una lucha por la dominación, por el placer. Sus cuerpos ya se movían el uno contra el otro en una exquisita y errática danza, el uno sintiendo la obvia excitación del otro y disfrutando de la cercanía que habían anhelado todo el día.
Kaiba quería hundirse en el cuerpo de Yami, perderse en su alma, arder en sus llamas; su hambre de él crecía cada día más y más, y sabía que nunca tendría suficiente. Se separó de él por unos momentos para tirar frenéticamente de la ropa del faraón y de la suya propia, y ni el sonido de telas rasgándose y de los botones cayendo al suelo lo distrajo de la tarea que acometía casi con desesperación. Los ajustados pantalones que Yami llevaba siguieron el camino de la destrozada camisa con algo de dificultad, y Kaiba pudo ver la mirada entre divertida e irritada que el otro le dirigía, aunque ya jadeaba.
"Desde la primera vez," - mordisqueó la piel de su pecho, bajando por su abdomen mientras sus manos deslizaban la pequeña prenda negra que se interponía entre él y la desnudez de Yami - "he querido saber... quién diablos... quién te compró ropa interior. Porque no creo que esto..." - mordisco, beso - "lo hayas escogido tú..."
"M-Mai. Fue Mai." - respondió el joven moreno en un gemido. Kaiba mordió con fuerza la delicada piel en la cara interna de uno de sus muslos, en clara retaliación, provocando un pequeño espasmo que agitó el cuerpo debajo del suyo.
"¿La modelaste para ella?" - preguntó, sus labios rozando ya la carne turgente entre las piernas del otro, su lengua danzando alrededor de la sensible punta.
"N-no... ella sólo la... la escogió y me la dio... ah!" - otro gemido ahogado, y sin pensarlo más Kaiba simplemente lo tomó en su boca. Si Yami había podido hacerle sentir aquel intenso placer sin ninguna experiencia previa, basándose sólo en lo que en algún momento le habían hecho a él, Kaiba estaba seguro de que podía hacer lo mismo. Y mucho mejor.
El espíritu de competencia entre ellos jamás desaparecería, por lo visto. Y en este caso, era una circunstancia afortunada...
Yami gritó, sus caderas elevándose de la cama por la intensa succión a pesar de la presión de una de las manos de Kaiba. Los gemidos, quejidos y jadeos que brotaban de su boca eran la más hermosa melodía en sus oídos, y el joven quería probar mil cosas, mil caricias que lo llevaran a conocer todos los sonidos diferentes que podía arrancar de la garganta del faraón. Dominó el reflejo para no ahogarse, sintiendo la erección trémula y caliente contra su lengua, profunda en su boca; sus dedos acariciaron y sopesaron los testículos suaves y tensos, sin que su boca detuviera su lento movimiento arriba y abajo en la carne de Yami.
Apenas podía creer que lo que estaba viviendo fuera real, que tenía entre sus brazos al hombre más erótico e indomable que jamás hubiera conocido; el hombre al que siempre había amado aún sin saberlo, el hombre al que amaba con una pasión tan intensa que era casi dolor. Y quería más, mucho más. Quería poseerlo, hacerle el amor, que ese acto fuera una afirmación de vida entre ellos, un compromiso.
Por eso se detuvo, intuyendo que si continuaba Yami no iba a durar mucho más y quería, necesitaba que alcanzaran el máximo placer juntos. Trató de ignorar el gruñido de protesta de su pareja cuando se incorporó y comenzó a quitarse la ropa sin pretensión y sin pausa, rápida y eficientemente, hasta que estuvo tan completamente desnudo como el hombre que le esperaba en el lecho con los ojos entornados y relucientes de deseo. Por costumbre, en lugar de lanzar la ropa donde cayera como había hecho con la del otro, dobló la suya sumariamente y la dejó sobre una silla; no sin antes extraer del bolsillo de los pantalones parte de sus compras.
Yami enarcó las cejas al ver el preservativo en su llamativo empaque, y Kaiba supuso vagamente que había visto uno antes y sabía para qué servía. Pero trató de concentrarse en el momento y no en esa clase de pensamientos, porque la idea de que Yugi hubiera podido iniciar su vida sexual con el espíritu del faraón como observador... era demasiado para su cabeza.
"No irás a usar eso conmigo." - la voz imperiosa del joven moreno lo sobresaltó; parecía que la idea no le gustaba, a juzgar por la profundidad de su ceño fruncido.
"Asumo que sabes lo que es. También sabrás que existe lo que llaman sexo seguro." - repuso con algo de irritación, sin poder evitar que la superioridad se colara en su tono.
"Ajá. Y no me importa. Sólo sé que no te vas a poner eso para estar conmigo."
"Yami..."
"Seto Kaiba, vas a ser el primer y último hombre en mi vida. Y yo voy a ser al menos el último en la tuya. Así que tú escoges: o dejas eso o me dejas a mí." - declaró con firmeza, cruzándose de brazos y luciendo increíblemente deseable y poderoso en su excitada desnudez.
"Jodido manipulador," - dejó escapar Kaiba entre dientes, la irritación y la diversión luchando a brazo partido con el deseo en su cuerpo.
"Y cómo te gusta que te manipule. Eres un jodido masoquista. ¡Muévete antes de que me arrepienta y te saque de aquí a patadas!"
Oh. Oh. Era muy posible que tuviera toda la razón; y entre sus palabras, su voz y el estímulo visual, Kaiba sintió que iba a enloquecer si no lo poseía pronto. Ahora. Por eso le dio la espalda mientras buscaba el tubo de lubricante; debía mantener la mente despejada si quería terminar lo que había empezado con éxito, porque Yami no era un cuerpo al que utilizaría para satisfacer una curiosidad, sino un ser cuyo bienestar estaba antes que el suyo propio en su lista de prioridades. No quería lastimarlo, aunque sabía que no habría manera de evitarle algo de dolor siendo la primera vez.
Se distrajo tanto pensando mientras destapaba el pequeño tubo de plástico y un aroma ligeramente dulce invadía la habitación, que casi experimenta un ataque al corazón cuando volvió a mirar hacia la cama y encontró que Yami se había dado la vuelta y ahora le ofrecía una magnífica vista de su parte trasera, posando a gatas sobre las sábanas, apoyando su cabeza en sus antebrazos. Perdió el aliento, se estremeció y le faltó poco para dejar caer lo que sostenía en las manos... y para no sucumbir en ese mismo instante ante semejante exhibición de perfecta forma física con un toque de desafiante sumisión. Resistirse al impulso de echársele encima y tomarlo sin más, fue un esfuerzo casi imposible que sólo tuvo éxito gracias al apretón doloroso que ejerció de inmediato sobre su propia erección.
Se arrodilló en la cama entre las piernas separadas de Yami, y sus dedos resbaladizos y temblorosos se deslizaron entre las nalgas morenas y tersas, localizando rápidamente la estrecha abertura y masajeándola delicadamente. Luchó por conservar el control a pesar de los desesperados gemidos del otro, dividido entre el dolor y el placer mientras ensanchaba lenta y dedicadamente el estrecho pasaje, sintiendo los músculos contraerse y expandirse alrededor de sus dedos. Los muslos morenos estaban muy separados y las esbeltas caderas se estremecían con cada espasmo, mientras que el esfuerzo era evidente en los músculos temblorosos de sus brazos y en sus manos hechas garras, aferradas a las sábanas.
La orgullosa cabeza tricolor se irguió, y aunque no podía ver su cara, Kaiba sabía que estaba transfigurada por la tremenda carga de emociones y sensaciones.
"Ya basta... ahora, Seto. ¡Ahora!" - la última palabra fue prácticamente un rugido... no era una súplica, sino una orden que Seto Kaiba estaba más que dispuesto a obedecer. Pero a pesar del deseo que nublaba su mente, sintió miedo. Temía lastimarlo.
"Estás seguro... de que quieres esto?" - preguntó con voz ahogada, decidido a retirarse a pesar de que su cuerpo estaba casi por completo fuera de control.
Aparentemente más allá de las palabras, Yami se limitó a mover sus caderas en un gesto abiertamente provocativo, en un ofrecimiento que nadie hubiera sido capaz de rechazar. Desesperado, Kaiba buscó de nuevo el tubo de plástico que había dejado caer entre las sábanas y derramó el resto del líquido en la palma de su mano, gruñendo ante la indescriptible sensación de placer al aplicar la lubricación en su miembro. Su mano resbaladiza acarició la parte baja de la espalda de Yami, sus nalgas y sus muslos, mientras se amoldaba lentamente contra el cuerpo pequeño y compacto, apoyando su mano libre contra la cama para no aplastarlo.
Posicionó su miembro entre las nalgas tensas y presionó hacia delante lenta, muy lentamente. Yami gimió de dolor sin poderlo evitar, su cuerpo rebelándose de pronto ante la intrusión y apretándose tanto que impedía a Seto avanzar.
"Estoy haciéndote daño. Mejor será que..." - murmuró entre dientes.
"N-no. ¡No! Sólo... sólo espera un momento," - Yami se quedó muy quieto durante unos instantes, aspirando con fuerza y forzando su cuerpo a relajarse. Fue apenas cosa de un minuto o algo así, pero para Kaiba transcurrió una eternidad de frustración y preocupación antes de que la voz ronca se escuchara de nuevo - "Ahora..."
Kaiba presionó de nuevo hacia delante, gimiendo ahora por el más puro placer; creyendo que moría al sentir cómo su miembro lubricado se deslizaba dentro de Yami, que ahora relajado lo acogía en su cálida estrechez. El estar dentro de él era sentir cada una de las sensaciones que recorrían el cuerpo moreno como si fueran las suyas propias: su excitación había disminuido por el dolor de la penetración y transpiraba profusamente, y mientras Kaiba se estremecía por el intenso deleite, él luchaba por no tensarse y soportaba estoicamente la invasión.
Eso no era aceptable, ni justo. Por eso la mano que sujetaba su cadera resbaló hasta sus muslos, buscando entre ellos el miembro ahora sólo a medias erecto y apretando la carne trémula, estimulándola, esforzándose por devolver el placer que estaba recibiendo sólo con sentirse dentro de él. Percibió la súbita tensión de Yami antes de que su cuerpo cediera por completo y le permitiera hundirse totalmente en él, haciéndolo gemir. Permanecieron así por un tiempo indefinido, ajustándose y adaptándose el uno al otro, sintiéndose profundamente en cuerpo y mente.
Yami dejó escapar un leve sollozo antes de mover sus caderas de nuevo, apretándose contra él; él respondió empujando con fuerza antes de retirarse sólo un poco y volver a embestir, hasta establecer un ritmo lento y suave. Su mano resbaladiza llevaba el mismo compás, devolviendo al joven moreno la excitación perdida; y con cada embestida cambiaba levemente de posición, buscando una y otra vez el punto exacto del placer. Cuando al fin lo encontró - el grito de Yami y los espasmos en su cuerpo fueron una indicación más que clara - sus movimientos se hicieron más rápidos y forzados, golpeando repetidamente y arrancando nuevos sonidos de la garganta de su amante. En respuesta a su repentino despliegue de fuerza, aquellos poderosos músculos lo apretaron rítmicamente, llevándolo a perder al fin cualquier semblanza de control.
"¡Más!" - ahora sí que era una petición aunque el cuerpo de Yami, más que pedir, exigía con la autoridad de un tirano, ondulando debajo del suyo.
Su voz era ronca, desigual y casi dolorosa en los oídos del joven, pero el toque de aquella mente volátil en la suya era una caricia, derribando barreras mientras sus cuerpos y sus mentes se entrelazaban y se fundían. El placer físico y espiritual crecía y crecía hasta el punto de lo insoportable y era uno solo para los dos, el poseedor y el poseído experimentando las sensaciones del otro con la misma intensidad de las propias, como fuego ardiente en sus nervios, como lava recorriendo sus venas.
Kaiba podía sentir el placer creciendo dentro de él, su abdomen tensándose más y más con cada embestida; pero entonces vio las manos de Yami tirar de las sábanas hasta casi romperlas, y sus caderas moverse con desesperación entre la dureza de su miembro y los hábiles movimientos de su mano. Cuando el cuerpo moreno se arqueó violentamente contra el suyo y su nombre escapó en un grito de la garganta del faraón, al tiempo que un líquido caliente se derramaba sobre la mano de Kaiba... ese momento fue demasiado.
"Yami... Yami... Yami..." - gimió una y otra vez, embistiéndolo frenéticamente hasta alcanzar su propio clímax, mordisqueando su cuello mientras temblaba y jadeaba en dulces espasmos.
Recuperó pronto la suficiente presencia de ánimo para dejarse caer junto a Yami en lugar de aplastarlo simplemente con su peso, mientras su respiración y los latidos de su corazón volvían lentamente a la normalidad. Acarició la espalda morena y mojada y los ojos de color granate se abrieron lentamente y lo miraron, una mirada lánguida y satisfecha que provocó un estremecimiento en su cuerpo a pesar de lo que acababa de suceder y el delicioso cansancio que lo invadía.
"No te duermas..." - le dijo, tratando de que su voz no sonara como un graznido.
"¿Porqué no?"
"Porque tenemos que asearnos y cambiar las sábanas. No podrás dormir en este desastre..."
"Sí que puedo," - dijo Yami con terquedad, sus ojos cerrándose de nuevo.
"Ahora me vas a salir con que te gusta estar sucio."
"No estoy sucio; es que tú eres un maniático. Me siento bien así."
"No te va a gustar cuando empieces a sentirte pegajoso y adolorido. Vamos." - haciendo un esfuerzo, se incorporó de la cama y levantó a Yami en sus brazos como si no pesara nada.
La ducha tibia fue una oportunidad más para adorar el cuerpo firme y complaciente que se dejaba hacer, pero también fue un nuevo reto para su capacidad de controlarse. No podían hacerlo otra vez; no tan pronto.
Su manía de limpieza sólo estuvo satisfecha cuando, estando ambos ya limpios y secos, depositó a un soñoliento Yami de nuevo en la cama ya hecha con sábanas frescas que había sacado del armario y se acostó a su lado, cubriéndolo a medias con la manta. Era hermoso verlo así, con un brazo doblado bajo su mejilla como una almohada extra, los labios entreabiertos y curvados en una leve sonrisa, su pecho desnudo moviéndose lentamente con el ritmo calmado de su respiración. La manta dejaba al descubierto parte de su espalda y la curva de una cadera, un paisaje bronceado, bello y casi surreal a la luz suave de la lámpara junto a la cama.
La urgencia de tocarlo era desesperante, y sin contenerse más Kaiba lo rodeó con un brazo, dispuesto a descansar a su lado como lo había hecho en aquella posada en Egipto... pero ahora eran amantes de verdad, todo era como debía ser y ahora ya no existían más obstáculos entre ellos.
Excepto Merit.
Pero no pensaría en ella esta noche. Lo haría cuando llegara la mañana, porque esta noche era sagrada.
Una sensación extraña y desagradable sacudió su cuerpo, despertándolo del sueño reparador en el que había estado sumido. Al mirar hacia la ventana abierta, vio que aún no amanecía; el reloj de pulsera que había dejado sobre la mesita en la que reposaba la lámpara indicaba que eran las cinco de la madrugada. Había dormido varias horas y se sentía descansado, pero la extraña sensación que acababa de experimentar le inquietaba.
En sus brazos, Yami dormía profundamente; de cuando en cuando emitía un ligero ronquido, y Kaiba no pudo evitar sonreír al escucharle.
La sensación desagradable se repitió, y entonces sucedió lo que en el fondo esperaba y temía: la voz de Merit resonó en su cabeza como un heraldo de malas nuevas.
- Eres feliz en este momento, verdad, Seth? - como siempre, el tono estaba cargado de malicia y de odio.
- ¿Qué quieres? - preguntó directamente, sin contestarle y sin caer en la abierta provocación.
- Pronto morirás, Seth. Morirás y ya no podrás sentir esa felicidad...
- Habla claro, bruja. - repuso con irritación - ¿Qué es lo que quieres?
- Lo sabrás cuando te vea, al amanecer.
- ¿Dónde?
Sabrás dónde encontrarme cuando estés listo para morir...
N.A.: Sowwy, chicos... entre el trabajo y la nueva rutina a la que he tenido que adaptarme ando como unos zorros y francamente no me quedan ganas ni energías para sentarme frente a la computadora y tipear lo que ya escrito; me está haciendo falta una portátil xD. Habrá quien piense que la intensidad de Aku es exagerada, pero entonces no percibieron la obsesión de Akunadin hacia su hijo y la forma como esa obsesión se tradujo en la búsqueda del poder por cualquier medio para entregárselo. Kaiba ha acudido al rescate de una tierna damisela en apuros, qué tal. No sé qué les haya parecido el smut, pero yo disfruté mucho escribiéndolo, sobre todo las partes más embarazosas y la manera casi clínica y seca en la que Kaiba lo aborda todo, al menos hasta que pierde la cabeza; y del bossy!Yami en la cama, ni hablar xDDD. Por favor, no hagan caso de las loqueras de estos dos y practiquen sexo seguro...
Gracias a mis reviewers: Doi Hachan - Lena (ellos lo merecen xD. Gracias!), Rya Reil Miyu (se están conociendo íntimamente, son personas que no tienen mucha experiencia, y la resistencia prolongada en esa situación y con sus condiciones sería un mito xD. Gracias a todos tus yo!), Fairy Luna (jaja, pero es que tengo que advertirlo para que no caigan los sensibles. Cof, cof... encima del otro, niña, fue obvio. Bueno, ni creo que los tenga porque el centro es SxY y ya le falta poco a esto), Yuu Kleiyu (te creo xD. Gracias mil!), Dark Ayume (A Mokuba le gusta fregar, pero conoce sus límites. Ya pasó lo peor, gracias), Mikael Mudou (encantada de saber que lo que escribo tiene el efecto deseado. Gracias a ti!), Undomiel24 (generalmente tardo entre tanta cosa y el esfuerzo de escribir y modificar hasta que quedo satisfecha... ésa es la parte que más cuesta xD), Shiroi Tsuki (en eso andamos igual. Jaja, por eso me he molestado en desarrollarles un poco la personalidad), Black Tsuki (quizás te guste alguno de los otros, son más ligeros. Pues cambié mi dieta, he bajado de peso y el chocolate casi ni lo miro xDD), Yami Rosenkreuz (nada mejor que babear por buenas razones. Y Yugi tiene su lado juguetón, sin dudas), Kida Luna (no me digan que ustedes también aman las galletas; yo soy fan sobre todo de las de mantequilla estilo danés, y de las de chocolate oscuro tipo americano xD. Yo creo que soy el monstruo de las galletas... pobre Aku, ya ven que no es un mercenario xD. Siempre se los extraña!), Nadeshiko (esperemos que todo termine lo mejor posible), Angel Dreico, Aya K (lo sé, te estaba embromando xD. Ya ves las razones de Aku).
