SIRIUS:

Los amigos son la familia que elegimos.

(Edna Buchanan)

Cuando la lechuza de la escuela volvió con la carta de Remus sin leer, supo que algo estaba mal. O Remus había ignorado completamente a la lechuza, poco probable, dado que le habían dicho que lo picara hasta que sacara la carta y la leyera, o no había sido capaz de llegar a él.

-¿Y ahora qué hacemos? –Preguntó James, mirando a la carta cerrada encima de la mesa.-

-Ir a decirle a McGonagall, -le contestó- Para ver si hay algo que pueda hacer. ¿Alguna respuesta de Anders?

James negó con la cabeza.- Ya pasaron casi dos semanas. ¿Por qué no contesta?

Levantó los hombros, sintiéndose derrotado.- Vamos a ver a McGonagall después del desayuno.

-¿Qué va a poder hacer? –Preguntó Peter- ¿No había dicho que no podía hacer nada?

-¡Tenemos que hacer algo! –Se quejó- ¡Puede estar sufriendo y nosotros acá sentados! Faltan dos días para Navidad. Solamente le quería dar su regalo.

-Cálmate, Sirius, -le dijo James, pasándole un brazo por encima del hombro.- Vamos a ir a verla después del desayuno, no te preocupes.

No había tenido menos hambre en su vida. Se sentó y frunció, retorciéndose en su asiento hasta que James suspiró impacientemente y se paró.- Vamos.

Peter dejó salir un ruido de queja, metiéndose el resto del pastelito en la boca, antes de saltar a seguirlos.- ¡Ntmine bi besuo! –Se quejó con la boca llena.-

-Lo siento, amigo, -le contestó James, alejándose de la lluvia de migas fácilmente.- No hablo ardilla. Aunque Quejicus podría darme clases.

Estaba demasiado preocupado como para reírse por el comentario. Peter lo miró, antes de tragar con dificultad y hablar.- Dije, que no había terminado mi desayuno.

-Bueno, Sirius estaba por explotar, -comentó James- seguramente no hubiera sido bonito.

Abrió la boca para quejarse, pero antes de que pudiera, dobló en un pasillo y chocó con alguien más grande que él, haciendo que rebotara en James y Peter. Los tres terminaron en un doloroso nudo de gente, mientras dos personas los miraban con preocupación.

-Lo siento, muchachos, -les dijo una voz conocida.- No los vi.

Al escuchar su voz, Sirius se sentó rápidamente, ignorando el hecho de que su codo acababa de chocar con la nariz de Peter.- ¿Profesor Anders?

Su ex profesor estaba parado ahí, tan joven como siempre, aunque su cara tenía un cansancio que no había tenido el año anterior. A su lado había una mujer que debía tener la misma edad, poco más de treinta. Tenía pelo rubio, casi blanco, que formaba un montón de rulos en su cabeza, y ojos azul oscuro.

-¿Sirius? –Anders parecía aliviado de verlo.- Recibí su carta. Estaba lejos, así que no la vi hasta que llegué. Vinimos en cuanto la recibimos.

Sirius miró sospechosamente a la mujer. No quería que los secretos de Remus fueran revelados a cualquiera.- ¿Quién es ella?

-¡Sirius! –Exclamó Peter, sorprendido por su mala educación.

Ni Anders ni la mujer parecían ofendidos. Anders sonrió un poco.- Ella es mi esposa, Angela. Sabe lo de Remus.

Los tres se pararon.- ¿Van a ir a buscarlo?

-Haremos lo que podamos. Íbamos a ver a la profesora McGonagall.

-Nosotros también, -dijo James, tomando el mando.- Pueden venir con nosotros, si quieren.

-Eh… ¿No sería mejor que esperaran hasta que lo hayamos hablado? –Les preguntó Anders-

-¿Qué? ¡No! –Los tres lo miraron como si estuviera loco.-

-Es nuestro amigo, -les dijo Peter tercamente.- Ni siquiera hubieran venido si no les hubiéramos escrito esa carta.

Parecía que Anders se iba a volver a quejar, pero Angela le puso una mano en el brazo.- Déjalos venir, amor. Quizás puedan ayudar.

-¡Son niños!

-¡Claro que no! –Le contestó, indignado.- ¡Somos Merodeadores! Vamos a rescatar a Remus y podríamos dejar que ustedes nos ayuden

Anders suspiró, y Sirius pudo verlo llegar a la conclusión de que cualquier plan de escape que inventaran sería mucho más seguro si estaban con adultos.- Muy bien. Vengan.

Los Merodeadores los siguieron por el pasillo, hasta al oficina de McGonagall.

La profesora no parecía muy sorprendida de ver a Anders y su mujer en su puerta. Pero sí frunció cuestionadoramente cuando vio a Sirius, James y Peter.-

-¿No se supone que están desayunando?

-Veníamos a hablarle de Remus, -le contestó, irradiando su mejor confianza de niño de sangre pura.- Dijimos que el profesor Anders y su mujer vinieran.

La profesora McGonagall levantó las cejas hacia Anders, que levantó los hombros.-

-¿Qué querían decirme, señor Black?

Sirius miró a los demás, y James se adelantó, con la carta en la mano.- Volvió. La carta que le mandamos. Ni siquiera llegó a verlo. Nos preocupa que le haya pasado algo.

Ella suspiró y se alejó un poco de la puerta, dejando que entraran y haciendo señas para que Anders y Angela se sentaran en las sillas frente a su escritorio. Movió la varita y transfiguró un pedazo de pergamino en una banca para que se sentaran Sirius, James y Peter.-

-Me temo que no hay nada que pueda hacer, -les dijo, una vez que estaban todos en sus lugares.-

-¡Pero no ha hecho nada! –Se quejó Sirius, sintiéndose enojado y frustrado.-

-Hable bien, señor Black, o no lo incluiré en la discusión.

Sirius se deslizó en la banca y la miró venenosamente.-

-A diferencia de lo que parecen creer, Poppy Pomfrey y yo fuimos a la casa del señor Lupin, con la excusa de que queríamos chequear su salud, porque se veía bastante mal al irse.

Sirius se enderezó y la miró.- ¿Y?

-¿Estaba bien? –Preguntó Peter.

Ella suspiró y puso su mano por un momento en su frente.- No estaba ahí.

-¿QUÉ? –Preguntaron los cinco al mismo tiempo.-

-Hablamos con su padre, quien nos dijo que Remus vino por la red flu, lo desmayó y salió corriendo. No lo ha visto desde entonces.

Hubo un largo silencio mientras trataban de entender la nueva información.-

-Estaba mintiendo, -le dijo, con repentina seguridad.-

-No podemos probarlo, señor Black.

-Si Remus hubiera querido escaparse, podría haberse ido desde la Casa de los Gritos hasta Hogsmade. ¿Por qué se tomaría el esfuerzo de volver a su casa?

La profesora los miraba, sorprendida.- ¿Qué? ¿Cómo saben eso?

Ahora el confundido era él.- ¿Qué?

-La Casa de los Gritos.

Sirius sintió que James se tensaba a su lado, y sintió que su propio corazón caía hasta sus botas. A veces era tan estúpido. Sin embargo, podía ver que no había vuelta atrás.- No lo sabíamos. No hasta que se fue. Corrió a la casa y lo seguimos. No dejaba de hablar de cómo había creído que se transformaba. Nos dimos cuenta de que era un hombre lobo, pero salió corriendo antes de que le pudiéramos decir que no nos importaba.

-¿Vieron adónde va cuando se transforma y no les importó? –Preguntó el profesor Anders, su voz sonaba rara.

-Bueno, sí nos importó, -corrigió James.- Nos importó porque nos sentimos mal por él. Su sangre estaba por todas las paredes. Prometimos que lo cuidaríamos, pero no podemos, ¿verdad? No de eso. Y tampoco de lo que le hace su papá.

Se daba cuenta de que los adultos los miraban con expresiones raras. Eventualmente McGonagall habló en voz baja.- De verdad tiene suerte de tenerlos como amigos. No mucha gente puede ver más allá del prejuicio.

-Eh… -Peter levantó la mano.- No sé cuáles son los prejuicios. Pero si me los dicen estoy seguro de que puedo ignorarlos.

-¡Por eso tenemos que ayudarlo! –Exclamó Sirius, ignorando a su amigo y tratando de volver su atención al asunto.-

-¿Qué más podemos hacer?

Angela aclaró su garganta. No había dicho mucho hasta el momento, en vez de eso se la había pasado observando a los demás.- Puede que tenga una idea.

Parecía bastante asustada al ser acosada por tres Merodeadores, los tres se habían acercado hasta rodearla.

-¡Ohh! –Exclamó James, bastante ansioso.- ¿Vamos a ir a su casa y tirar la puerta abajo y atar a su padre y torturarlo hasta que nos diga dónde está Remus?

-¿O matarlo de una desastrosa y dolorosa forma y entonces buscar a Remus? –Sugirió Sirius.-

-¿O torturarlo por información y entonces matarlo de forma desastrosa? –Siguió Peter, luciendo orgulloso cuando Sirius y James aprobaron sus ideas.

Angela se veía bastante perturbada y miraba a su marido desesperadamente.-

-Vamos chicos, dejen de bromear, -les dijo, cansado.-

-¿Bromear? –Preguntó Sirius, dándose vuelta para mirarlo.- ¿Quién está bromeando?

-Mi idea, -habló Angela en voz alta- No tiene nada que ver con muertes.

-¿Y tortura? –Le preguntó esperanzadamente.-

-Señor Black, por favor vuelva a su asiento y escuche en silencio, o realmente lo echaré de esta reunión. –McGonagall los miró con su expresión más aterradora y los tres volvieron a sus lugares.- Por favor continúe, señora Anders. Y ustedes tres no dicen nada más a menos que les demos permiso para hablar.

-¿Por qué no hacemos que el Ministerio allane su casa, por sospecha de abuso infantil?

-No podemos, cariño, -le contestó Anders.- Remus es un hombre lobo sin registrar. Si se enteran nos meteremos en muchos problemas, y si tiene la suficiente suerte como para que no lo ejecuten, tampoco votarán a su favor en el caso de abuso.

-No tienen que enterarse, -le dijo, mirando a McGonagall.- Anders puede venir como uno de los aurores que se requieren para el allanamiento. Y tiene un amigo auror con una hermana que es mujer lobo. Ellos serán discretos cuando lo encontremos. Entonces todo lo que tenemos que hacer es tomar sus testimonios, su testimonio como profesora de la escuela y un reporte médico de la sanadora para probar que hay signos de abuso, entonces podremos sacar a Remus y acusar a su padre al mismo tiempo.

Hubo un silencio mientras todos lo pensaban. Eventualmente habló McGonagall.- El padre de Remus podría informar al Ministerio si tratamos de acusarlo.

-Debe haber una razón para que no lo hiciera antes, -comentó Angela- Ni siquiera ha registrado a Remus. Lo sé, revisé nuestros expedientes en el Departamento de Criaturas Mágicas. Sólo tenemos que asegurarnos de que esa razón siga siendo válida, incluso si se ve amenazado con una sentencia a Azkabán.

-Es una buena idea, -dijo Anders eventualmente.- Tendremos que discutirlo con Dumbledore. Tiene mucha influencia en el Ministerio y podría ayudar. Mientras más pruebas tengamos, mejor. Así no van a exigir que Remus le muestre sus heridas y se arriesgue a revelar sus cicatrices.

Sirius los escuchó asombrado. Por eso era bueno tener adultos de tu lado. Había escuchado historias horribles sobre Azkaban de sus padres, y le parecía que sonaba como el lugar perfecto para poner al padre de Remus. Empezó a caerle mejor y mejor la aparentemente delicada Angela. Tenía una mente bastante genial bajo el pelo rubio y los ojos azules. Podía entender por qué a Anders le gustaba.

Cuando todos se callaron levantó la mano dudosamente.-

-¿Qué pasa, Sirius? –Le preguntó Anders, mirándolo amablemente.-

-Yo… eh… podría decirles lo que vi en la estación, -les dijo- Y de cómo se desmayó por sus heridas en el carruaje.

-Esa puede ser una buena idea, -contestó Anders, mirando a las dos mujeres.- Si Sirius da su testimonio bajo el Veritaserum le daría mucho peso a nuestro caso.

-No puedo permitir que le administren Veritaserum a uno de mis alumnos sin permiso de sus padres, -dijo McGonagall- ¿Me equivoco al asumir que sus padres no lo permitirán, señor Black?

Sirius frunció.- No lo harán.

-No, está bien, -interrumpió Anders.- En un caso de abuso infantil sólo se necesita autorización del niño, bueno, con su consentimiento. Hubieron muchos casos donde los padres no estaban contentos con sus hijos metidos en esas cosas, así que cambiaron la ley.

-Excelente, -anunció McGonagall, satisfecha.- Ahora me temo que los tres tienen que irse. Necesitamos hablar con el Profesor Dumbledore.

De mala gana, Sirius, James y Peter se pararon y fueron hasta la puerta. Estaban a punto de salir cuando James se dio vuelta y volvió a hablar.- Podremos ir a buscarlo con ustedes, ¿no?

Se quedó quieto, no había considerado la posibilidad de no poder ir a rescatar a Remus.-

-Realmente no creo que sea apropiado… -Comenzó McGonagall, pero Angela la interrumpió.-

-Si Remus fue abusado seriamente y está traumado, quizás sea mejor que sus amigos estén cuando lo vayamos a buscar.

Anders y McGonagall no parecían muy seguros.-

-Pueden haber cosas muy perturbadoras, -habló Anders- Cosas que ningún niño debería ver.

Sirius abrió la boca para quejarse, porque si Remus las estaba experimentando, los otros podían soportar verlas. Pero le ganó Angela, que volvió a hablar.-

-Ya vieron dónde se transforma, y no les pasó nada, -les dijo- Creo que podemos confiar en ellos para no hacer nada tonto.

Anders y McGonagall suspiraron y asintieron. Los Merodeadores se sonrieron entre sí y después a Angela, que les dio un guiño cuando los otros dos no los veían.

-Me cae bien, -anunció Sirius, mientras volvían a la sala común.-

-Claro que sí, -le contestó Peter, girando los ojos.- Es una versión femenina y adulta de ustedes. Muy inteligente y astuta.

-Y maravillosamente atractiva sin cabello aburrido, -agregó James sabiamente.

-Sí, si fuera un chico, treinta años más joven y no se hubiera casado con un profesor, sería un Merodeador.

Pasó otra semana, y con ella la Navidad. A pesar de las decoraciones y celebraciones, tan increíbles como las del año anterior, ninguno podía ponerse de buen humor cuando pensaban en que Remus tendría que haber estado con ellos. Ninguno podía entender por qué algo tan simple como recibir un pedazo de papel del Ministerio diciendo que podían entrar a la casa de alguien, arrestarlo, y buscar a un niño abusado tomaba tanto tiempo.

Eventualmente, casi un mes después de que Remus se escapara, los chicos se ubicaban alrededor de un traslador junto con Anders, Angela, McGonagall, Madame Pomfrey y un joven auror negro llamado Kingsley Shackelbolt quien, les dijeron, había prometido ser discreto sobre la licantropía de Remus.

Shacklebolt había protestado al enterarse de que habían tres chicos de segundo año en una misión regulada por el Ministerio, pero una mirada de la profesora lo había callado instantáneamente. Sirius se preguntó si él había sido uno de sus alumnos y no había terminado de hacer su tarea de transfiguración. También se peguntó si McGonagall le enseñaría cómo dar "la mirada".

Sintió un tirón en el estómago y el lugar cambió. Cuando todo se aclaró, Sirius se encontró en el patio de una propiedad al lado de un bosque. Las paredes alrededor del jardín eran altas, demasiado altas como para que alguien pasara por arriba, y la casa parecía un poco rota y usada, como todo lo que Remus tenía. La pintura de color crema se estaba cayendo de las paredes, donde la maleza había llegado a las grietas, y parecía que el patio no había sido cuidado en mucho tiempo.

Los chicos siguieron a los adultos mientras se acercaban a la puerta. Shacklebolt tocó la puerta, y hubo un silencio tenso mientras esperaban la respuesta. Después de un rato se escucharon unos pasos y la puerta se abrió un poco, revelando la cara sospechosa del enorme hombre que Sirius había visto en la estación. Tenía los ojos de Remus, notó Sirius. Marrón muy claro, casi ámbar. Sirius había asumido que los ojos eran parte de su maldición de hombre lobo, pero obviamente había estado equivocado.

-Señor Lupin, -le dijo Anders- Tenemos razones para asumir que en esta casa ocurre abuso infantil. Tenemos una orden de allanamiento del Ministerio de Magia, además de una orden de arresto para usted. –Mostró las órdenes y los ojos del señor Lupin se agrandaron. Trató de volver a cerrar la puerta, pero Kingsley y Anders ya estaban entrando.

-¡Petrificus Totalus! –Exclamó Anders, pasando por el hombre que no dejaba de quejarse y viendo con más que un poco de placer cómo John Lupin se arrodillaba y caía con un ruido seco al piso de piedra de su pasillo.

Los Merodeadores nerviosamente siguieron a los adultos por la casa. Tenían órdenes estrictas de molestar lo menos posible, pero Sirius no pudo resistir darle al congelado John Lupin una sutil patada en la frente mientras pasaba por al lado.- Ups, -murmuró cuando Anders lo notó y lo miró venenosamente, no sonaba muy arrepentido.

Angela estaba parada en el centro de la sala, y sacó un extraño objeto de metal de su bolsillo. Tenía dos pequeños cascabeles el final de un palo plateado que estaba, a su vez, pegado a un pequeño cuadro del mismo metal. Angela movió ligeramente los cascabeles y el palo comenzó a moverse. Cada vez que uno de los cascabeles tocaba el cuadrado se escuchaba un sonido.-

-¿Qué es eso? –Se atrevió a preguntar James.-

-Un detector de hombres lobo, -les contestó distraídamente, inclinando la cabeza, escuchando el sonido.- Mientras más cerca esté el hombre lobo más rápido se mueve el palo de plata. Es lo que usa nuestro Departamento para encontrar hombres lobo sin registrar. –Debió haber notado las caras que pusieron, porque se apuró a continuar.- No voy a reportarlo. Sólo creí que sería la forma más fácil de encontrarlo si está escondido en la casa. –Parpadeó y se dirigió a la cocina.- Ahí, -agregó.

El resto la siguió. La cocina estaba muy limpia, pero como el resto de la casa, los muebles se veían viejos y usados. Angela caminó hacia un armario grande contra la pared. Entonces se quedó quieta, frunciendo.-

-Dice que está por aquí.

-¿En el armario? –Preguntó Peter dudosamente.- Creo que ni siquiera Remus es tan pequeño como para entrar ahí.

Por un horrible momento, le vino a la mente la imagen de Remus muerto, cortado en pedazos y escondido en el armario. Entonces Angela volvió a hablar.- Parece que está debajo nuestro.

-Debe haber un sótano, -dijo Shacklebolt, acercándose. Movió su varita y con un fuerte sonido el armario se movió. Había una puerta, justo debajo.

-Su habitación, -murmuró Madame Pomfrey.- ¡Espero que ese hombre se pudra en Azkaban!

Shacklebolt se arrodilló y abrió la puerta. Los otros se acercaron mientras él bajaba por la escalera que llegaba hasta el suelo.-

-¡Por Merlín! –Lo escucharon exclamar, horrorizado.

Inmediatamente Anders y Madame Pomfrey lo siguieron.- Ustedes quédense aquí, -ordenó seriamente McGonagall. Los tres la miraron como si estuviera loca.-

-¡Claro que no!

Antes de que se pudiera quejar, se acercó a la escalera y bajó. Lo primero que notó fue el olor. Era el mismo olor que cubría la habitación en la casa de los gritos, sangre y animal salvaje. El aire era denso y pesado, al acostumbrarse sus ojos a la oscuridad, se dio cuenta de que estaban en una "habitación" más destruida que la de la Casa.

La habitación tenía un armario, una cama, una mesita de luz y el, ahora muy golpeado y rasguñado, baúl de Remus. Como la otra habitación, las paredes de piedra estaban cubiertas de sangre, algunas viejas manchas y otras más nuevas y pegajosas. Sirius sintió que le subía bilis hasta la garganta, y tragó rápidamente.

-¿Quién le haría esto a un niño? –Susurró Angela. Ninguno de los demás le contestó, demasiado ocupados mirando a la habitación, asqueados y sin poder creerlo.-

-¿Dónde está? –Preguntó Madame Pomfrey, con voz temblorosa.-

-¿Remus? –Lo llamó suavemente. Después de eso se escuchó un pequeño gemido desde abajo de la cama.

-¿Remus? –Habló Anders, acercándose a la cama. Esta vez no hubo respuesta. Anders levantó la vista e hizo señas para que los tres se acercaran.

Sirius se arrodilló al lado de la cama y miró debajo. El olor a sangre, sudor y lobo era más fuerte, y apenas podía notar la pequeña figura, acurrucada por la pared.-

-¿Rem? –Estiró la mano hacia él.- Soy Sirius. Vinimos a rescatarte. James y Peter y yo hicimos que los adultos nos ayudaran para poder venir a buscarte.

Hubo otro quejido, pero esta vez sonaba raro, como si Remus se estuviera esforzando por formar palabras.-

-¿Qué dijiste?

-Chaelata.

Sirius se quedó quieto, recordando lo que Angela les había dicho unos días antes sobre la ejecución de hombres lobo.-

-No hay hacha de plata, -le contestó James, arrodillándose al lado de Sirius.- No le dijimos al Ministerio lo que eres, Rem. No nos importa. Sigues siendo nuestro amigo.

-Eres Remus, -le dijo Peter.- Después de que Anders me explicara los prejuicios del mundo mágico, no me importaron. No me importa.

-¿Tigs? –Volvió a preguntar la pequeña voz.-

-Tampoco látigos, amigo, -dijo James suavemente.- Te lo prometemos. Sólo nosotros y Anders y McGonagall, que ha estado dándonos "la mirada" todo el día, así que aléjate de ella. Y la mujer de Anders que casi es un Merodeador porque nos dejó venir. Y madame Pomfrey con sus pociones malignas, así que también me alejaría de ella. Oh, y este tipo que se llama Shakkyalgo, que tiene una hermana mujer lobo y la quiere.

Entonces se escuchó un ruido raro, como una dolorosa tos. Su corazón dio un salto de miedo, hasta que se dio cuenta de que era una risita.- Hblas msho , James…

-Veo que el Merodeador Interno sigue contigo, -comentó Sirius secamente, casi sonriendo por la cara que había puesto James.- Extrañábamos sus ideas para las bromas.

Hubo un largo silencio durante el cual nadie se atrevió a respirar. Los adultos se habían alejado para darles espacio. Sirius casi pegó un salto al sentir una pequeña y cálida mano agarrar la suya, que tenía estirada debajo de la cama. Suavemente la apretó.

-¿Nme dian? –La esperanza en su pequeña voz era la cosa más triste que había escuchado.-

-No, Rem. De verdad que no. Que seas un hombre lobo no es razón suficiente como para romper un deseo hecho con sangre y sombras de luna.

La mano en la suya saltó por la sorpresa.- ¿Viste?

-Vi, -le contestó, hablando en voz baja, tratando de ver su expresión. Sus ojos se estaban acostumbrando a la oscuridad y apenas podía ver los enormes ojos mirándolo.- Te seguí esa noche. Pero en realidad no tenías que hacerlo. Queríamos ser tus amigos desde antes. Es que nos asustamos un poco cuando te vimos con los Slytherins en las mazmorras. Hablando de eso, fue asombroso. Se lo merecían por tratar de molestarte.

Se escuchó otro ruido, seguido de otro más. Sintió que la mano temblaba y se dio cuenta de que, esta vez, el chico estaba llorando.-

-¡C-creí q-que mediab-ban!

Les dio una mirada a James y Peter, entonces se arrodilló, extendiendo sus brazos debajo de la cama.- Sal, Remus. Necesitamos ayudarte.

Se escucharon unos ruidos y entonces el cuerpo se empezó a mover. Cuando Remus salió de debajo de la cama, Sirius tuvo que contenerse para no exclamar su sorpresa. Era un desastre. Estaba rasguñado y cubierto de quemaduras, y la sangre se había secado en su ropa, dejándola casi enteramente roja. Era imposible decir de qué color tenía el pelo. Estaba sosteniendo un par de cajas muy golpeadas contra su pecho con una mano, mientras se arrastraba con la otra.-

-Ah, Rem, -le dijo, sin poder pensar en nada más.

Lo acercó a sus brazos y sintió que se apoyaba contra él, sin dejar de sollozar. Remus olía pésimo, una mezcla de sangre, enfermedad y heridas infectadas, pero no podía importarle menos. Lo abrazó, sintiéndose que se le humedecían los ojos.-

-¿Remus? –Susurró James, acercándose y agarrando una de sus manos.- Lo sentimos, perdón.

Peter también se les unió, y estiró la mano para tocar las cajas que Remus tenía contra su pecho. Sirius las reconoció inmediatamente. Una caja de Bertie Botts de todos los sabores, una caja de Fizzing Wizzbees, y una de ranas de chocolate. Una de ellas seguía teniendo un pedazo de papel de regalo pegada. Le dolía el pecho.

-Este año te traje un mejor regalo, -le murmuró al oído.