Una semana después de aniversario de su madre, Viktor se encontraba en una animada clase de baile con un Yurio no tan amargado—gracias a la presencia de Otabek—, y una Mila entretenida que intentaba ayudarla junto a su nueva amiga, Sala. Phichit se reía de todos mientras tomaba varias fotos del espectáculo.

De alguna manera ese salón se veía más vivo de lo que nunca había estado en muchos años. Aquel tiempo en el cual su espacio se encontraba en silencio, únicamente interrumpido por el sonido de los lápices en el papel y los instrumentos.

Viéndolo desde una perspectiva más renovada y amplia, no era el único que salió beneficiado de la parada de la academia de danza en San Petersburgo. Después de la fiesta de navidad las cosas cambiaron demasiado. Yuuri había presentado a algunas personas y parecía que de alguna manera todo estaba más vivo que nunca.

Yurio no era tan gruñón y encontró un buen amigo con el cual llevarse. Aunque Otabek no era un bailarín de la academia, sino un estudiante universitario que se encontró casualmente con Leo y Yuuri cuando paseaban por la ciudad los primeros días. De todas formas, aquello significo que el tiempo para conocerse tenía los días contados. Un chico maduro que servía como soporte a la personalidad un poco explosiva del rubio.

Mila, por su parte, tenía a su amiga del conservatorio, pero ahora se llevaba muy bien son Sala y las tres podían salir a realizar las actividades que les gustaran. Encontró una nueva amiga con una nueva perspectiva del mundo, alguien parecida a ella con la cual podían hablar de muchas cosas diversas. En adición a esto, Phichit pareció llevarse muy bien con Mila de buenas a primeras y por tanto, eso significaba otra amistad para ella.

Sin embargo, eso le traía algo de melancolía, después de todo, estaban a mediados de enero.

"Me pregunto si es posible hacer esta felicidad eterna."

—No te distraigas, Viktor—habló Phichit—. Es la última lección que tendrás, así que termina esto como se debe.

—Lo siento—dijo de inmediato. Desde la primera lección después de navidad Sala se había unido a ellos y era actualmente la persona que lo ayudaba a guiar. Aunque hubieron un par de ocasiones en las cuales ella no se pudo presentar en el lugar por sus actividades cotidianas. Tener a dos bailarines profesionales ayudándolo a mejorar era mucho más fácil. Las mejoras que había tenido eran muchas, pero en ese tiempo con ambos fueron más que suficientes para que se sintiera listo.

Quería tener un último baile con Yuuri. Uno que valiera la pena cada minuto de esfuerzo que puso para poder seguir su paso. Su chico bohemio estaba cercano a irse.

—Vas muy bien, sigue de esa forma—halagó Sala mientras se movían por el salón. Phichit observaba atentamente la escena y Mila estaba colocando la música. Cada determinado tiempo cambiaba a una canción de un género diferente para que demostrara que tan bien podía cambiar el ritmo y concentrarse en otro diferente.

Las primeras veces que intentó eso fue un desastre. Se confundía tanto con los pasos que en más de una ocasión se detuvo para analizar que estaba bailando. Sin embargo, en ese momento salía muy natural todo, podía manejarlo de la mejor manera, aunque no fuera al nivel de los bailarines que estaban en ese lugar.

—Cambio—dijo Mila, y otra canción sonó.

Se encontró durante varios minutos siguiendo un ritmo hasta que la música dejó de escucharse definitivamente. Se detuvo en su lugar y Sala se separó.

—Felicidades—habló Phichit—. Pasaste el curso intensivo.

—¿Qué?—Preguntó al aire. Vio a la italiana reírse antes de aplaudir. Luego el resto de los presentes imitaron el gesto, aplaudiendo repetidas veces. Incluso vio a Yuri sonriendo levemente mientras aplaudía un par de veces.

El sonido de la puerta llamó su atención, mirando como varios estudiantes se encontraban al otro lado, celebrando. Se volteó para mirar interrogante a Mila.

—¿Qué? ¿No lo sabías?—Soltó alegre—. Hace tiempo que se dieron cuenta que estabas teniendo lecciones, pero todos prefirieron guardar silencio para no incomodarte.

—Como si su taza de aceptación no fuera ya de por si alta, ahora debemos agregar el hecho de que aprendió a bailar—siseó Yurio. Se imaginaba a todas las chicas emocionadas al agregar otro talento a la lista de Viktor.

El ruso sonrió, lleno de energía. Había acabado antes de lo previsto y se sentía feliz por eso, creyó que iba a tardar dos semanas, pero hizo la mitad de ese tiempo con mucho esfuerzo. No le importó eso, Yuuri valía esas horas extra.

—Ya veo que has estado realmente ocupado estos meses que no he estado—habló una voz en la puerta. Viktor reconoció la voz de inmediato, extendiendo su sonrisa.

—Chris—saludó—. Ha pasado un tiempo.

—Ocho meses, para ser exactos—dijo sonriendo para entrar por la puerta.

—Hola, Mila—saludó el suizo—. Hola, Yuri.

Los mencionados lo miraron sorprendidos.

—Pensé que mandarías un mensaje cuando regresaras.

—Preferí caer de sorpresa—respondió—. Igual sabían que iba a llegar por estas fechas. Más importante que eso…

Los ojos verdes dieron un rápido vistazo sobre Viktor, observando a detalle a su amigo. Seguido, miró de reojo a las personas que no conocía en el lugar antes de sonreír.

—¿Ahora te dedicas a bailar?—Cuestionó—. Vaya que ese chico te ha cambiado la vida.

—Y que lo digas, pasa hablando de él como si fuera un disco rayado—mencionó Yuri.

Viktor miró al menor con un gesto serio. Estaba bien que dijera lo que quisiera de su enamoramiento con Yuuri, pero hacerlo frente a los amigos y compañeros del mismo, lo hacía sentir incómodo. Claro que ellos entendieron bien sus sentimientos, ni siquiera tuvo que hablar para que pudieran notarlo.

Después de una breve presentación con las personas del lugar, Viktor se despidió para poder compartir algo de tiempo con su amigo. Aunque el suizo insistió, Sala y Phichit dijeron que tenían un pendiente, y sin saber muy bien porque, Yuri terminó por aceptar en compañía de su nuevo mejor amigo y Mila.

Chris era ejecutivo en una compañía, debido a un negocio y cambio que hicieron pidieron que trabajara un tiempo en otro país hasta que se solucionaran altibajos y se completaran acuerdos.

Lo único que sabía de él era mediante mensajes que llevaban de vez en cuando. Y lo que Chris sabía de él, también era por el mismo medio. Aunque la mayor parte de las cosas que escribía tenían que ver con Yuuri y su presencia en cada aspecto de su vida.

Fueron a parar a una cafetería cercana, sentándose en una mesa pequeña antes de iniciar la conversación.

—Y bien, ¿qué es lo que harás? —Preguntó Chris con seriedad.

—¿Con respecto a qué?—Preguntó sin entender, no obstante, el semblante de su amigo lo hizo entender— Oh… Pues nada, creo.

—Un momento, ¿qué quieres decir con "nada"?—Soltó Yuri—. Bromeas, ¿verdad?

—Calma, Yuri, permite que hable Viktor—cortó Mila.

—No hay nada que decir, ya les he dicho todo lo que pienso—respondió Viktor—. Quiero que las cosas acaben bien, no quisiera que todo lo que hemos pasado en estos meses se fuera al caño.

—Un momento…—habló Otabek, llamando la atención de los presentes—. Yo… creo que no soy parte de este círculo, en realidad; y probablemente no conozco del todo la situación, pero no entiendo lo que estás diciendo. ¿Por qué las cosas entre Yuuri y tú fueran a arruinarse?

La pregunta descolocó a Viktor. Se le ocurrían muchas cosas, pero no respondió, porque notó como éste se disponía a hablar nuevamente.

—No soy el mejor amigo de Yuuri Katsuki—habló—, pero lo he conocido en el tiempo que ha estado aquí. Y pudiera apostar todo lo que tengo a que tus sentimientos son correspondidos.

—El chico es inteligente—aduló Chris—. Por lo que me has dicho, ese japonés y tú son cercanos.

—Viktor, quedan dos semanas para febrero—habló Mila—. Phichit me mostró su boleto de avión. Ellos ya compraron desde hace un mes los pasajes para su siguiente destino. Y déjame decirte que Alemania no es un lugar muy cercano.

—Yuuri no va a ir a Alemania—negó Viktor, llamando la atención de los presentes—. Va a regresar a Japón, con su familia. La noche en la cual cenamos lo vi en sus ojos. Lo he visto muchas veces antes, ha estado seis años fuera de su hogar, lejos de Japón. Extraña sus costumbres, sus amigos y su familia.

—Japón tampoco está cerca…—murmuró Yuri, ganando una mirada severa por parte de Mila.

—Yuri también tiene razón—respondió Chris—. Viktor, aunque es muy noble dejarlo ir, también debes considerar que los sentimientos no pueden ser embotellados para siempre. Tal vez es lo que desde hace mucho has estado esperando sin siquiera saberlo. Díselo.

—No seas miedoso, Viktor—soltó Yurio—. No te conocía como ese tipo de persona.

—No es miedo…—dijo, sabiendo que había algo de verdad en las palabras del rubio—. Yuuri extraña su hogar, no pudiera arrebatarle eso…

—No es por presionarte a hacer algo que tú no quieras, Viktor—sonrió Mila—. Es únicamente la opinión que tenemos como tus amigos.

—Puede ser aquello que no buscabas, pero estabas esperando, finalmente ha tocado a tu puerta—dijo Chris—. ¿Podrías considerar lo que tenemos que decir?

—Aun si está lejos, eso no evitará que sigas siendo un odioso enamorado—dijo Yuri—. Sí él hasta ahora no te ha dejado… debe ser por algo.

Viktor suspiró. No era que no creyera en sus posibilidades. Sentía que entre ellos había algo, era obvio. En el fondo, pensó que tal vez tenía miedo a que sus sentimientos fueran correspondidos, porque si era de esa manera, no sabría cómo dejar ir a Yuuri.

Era fácil para todos pensar cómo debían ser las cosas que enfocarse en la realidad. Cuando se era una persona con una vida estable o una forma de vida premeditada, era difícil cambiar las cosas. Yuuri era naturalmente un aventurero, y prefería preservar su espíritu de conocimiento que obligarlo a quedarse si ese no era su deseo.

—Estoy bien, chicos—sonrió con sinceridad Viktor—. En verdad, todo está bien.

El grupo lo miró con tristeza. Él siguió sonriendo, porque en ese instante no se sentía triste. Creía que las cosas iban a salir de alguna manera u otra.


Vio las hojas, escribiendo deprisa cada una de las notas que estaban en las diferentes partituras. Esa mañana había recibido un mensaje importante de Yuuri y casi había olvidado el hecho de que se le acababa el tiempo para cumplir con las últimas promesas que les quedaban.

La melodía estaba casi terminada, podía escuchar la música claramente y estaba por terminar aquello que esperó durante mucho tiempo. Aun sin ver el baile de Yuuri terminado, pudo encontrar aquella música que le recordaba tanto al japonés.

—Esto se escucha tan bonito—dijo Mila, mirando las partituras—. ¿Vas a tocarlo en la próxima presentación?

—No, he decidido que no quiero mostrársela a nadie—respondió Viktor, tomando otra partitura para ver el contenido del a misma.

—¿Y entonces?—Preguntó la pelirroja.

—Se la va a dar a su novio—respondió Yurio, afinando las cuerdas de su violín.

—Sólo una presentación—habló Viktor—. Tocaré esa canción una sola vez, para Yuuri y nadie más. Después de eso…

—¿Prefieres que se pierda una pieza que mostrársela a los demás?

—Suena tonto y egoísta—respondió Viktor con una sonrisa—. Pero no la hice para el mundo. Esta melodía, desde el principio, fue hecha para él. Así que prefiero que se pierda si no la puedo tocar para él.

—No pienso que sea tonto—respondió Mila—. Aunque deberías considerar mostrársela a lo demás.

—No lo creo…—murmuró, colocando el lápiz detrás de su oreja para mirar el contenido.

Terminó de colocar un par de notas más, observando que las partituras estuvieran llenas. Todo parecía estar en su lugar, ahí estaban finalmente completado el último regalo que podía ofrecerle a Yuuri. Lo último que podía darle como obsequio a una persona que significaba tanto para él.

"Te dejaré lo mejor de mí, así, cuando escuches música, quiero que recuerdes cuanto te amo."

—Entonces, ¿podré escucharla?

—Por supuesto, Chris—respondió Viktor, acomodando las partituras frente a él. Las que pertenecían al violín se las dio en primera instancia a Yuri para que las pudiera revisar. Él había estado moviendo sus dedos sobre las notas, imitando como sería tocar sin hacer ningún sonido.

—Mila, si me hicieras el favor.

—Yo escucharé atentamente que todo esté bajo control—dijo ella alegre, tomando asiento junto a Chris. Les dedicó una sonrisa para después ver a Yuri respirar profundo y prepararse.

Mila dio un conteo mientras Vitkor se preparaba. La imagen de Yuri bailando llegó a su mente cuando el conteo terminó y sus dedos se movieron por el piano. Había tocado algunas veces esa melodía, pero en fragmentos muy pequeños que conformaban esa pieza que hizo con esfuerzo.

Todo parecía verse claro cuando pensaba en la suave melodía en su cabeza. Siguió durante varios minutos y si bien él sabía que estaba dándolo todo mientras tocaba, se sorprendía de la pasión que estaba poniendo Yuri para esa canción en específico. Parecía sumamente concentrado, su semblante no era el sereno que tenía para tocar, era más bien uno suave pero decidido.

Eso lo alegraba, significaba que en realidad Yuri lo estaba ayudando con todo su esfuerzo. Se encontraba dando todo de él para que pudieran terminar esa melodía de la mejor manera posible. No imaginó ver tan increíble ejecución. Sin duda alguna, Yuri tenía un talento sin igual y algún día iba a sobresaltar mucho más de lo que lo hacía en ese momento.

Una vez que la melodía terminó, sonrió. Miró a Mila y a Chris, quienes aplaudieron con unas enormes sonrisas llenas de felicidad. La pelirroja parecía conmovida. Yuri por su parte, se veía satisfecho por el trabajo logrado.

— ¿Y cómo has decidido llamar esa pieza? —Preguntó Chris.

—Aun no estoy seguro—respondió—. Es muy especial… creo que también voy a darle a Yuuri esa libertad de elegir…

—Me parece que es lo correcto si es lo que tú piensas—respondió el suizo con una sonrisa.

Viktor volvió su atención a las partituras encima de su piano. Todo parecía demasiado melancólico.


La nieve que se reunía en la entrada del estudio de baile era muy incómoda de sacar. Casi siempre veía como salían a menudo para poder sacar la nieve, en la mañana y en la tarde.

Vio a Yuuri, parado junto a una pared. Sin embargo, el lugar que ocupaban se encontraba totalmente vacío. Las cortinas no cubrían los grandes cristales, permitiendo un vistazo al interior de la habitación que se encontraba vacía. No había luces, tampoco la grabadora esperando por la música ni bailarines dentro.

El único motivo por el cual ambos estaban ahí era porque era el lugar en el cual siempre se encontraron. El lugar en el cual había conocido oficialmente a su inspiración, su musa… su Yuuri.

—Veo que ya han desocupado el lugar—dijo Viktor, manteniendo la sonrisa de su rostro para el japonés.

—Sí… hemos preferido entregar el lugar antes de tiempo. Siempre hacemos eso cuando nos marchamos—respondió Yuuri.

—Ustedes son tan organizados, supongo que es la experiencia.

—Sí... La primera vez que fui a otro país tuve que se guiado para saber qué hacer. Aunque muchas de las personas que conocí ya no se encuentran ahora. Siempre entran bailarines más jóvenes y los mayores se van…

—Oh… entiendo—respondió sin saber que más decir. El japonés se colocó frente a él y ambos se encontraron en un extraño silencio—. ¿Y qué piensas hacer cuando regreses?

—En realidad no estoy seguro—respondió Yuuri—. Yo… viaje toda mi vida desde mi cumpleaños número dieciocho… Creo que han sido muchos años viviendo de esto.

—Ser un experto en varias danzas no lo logra cualquiera—dijo Viktor—. Vas a encontrar algo que hacer…

—Viktor… en realidad quería pedirte algo—habló Yuuri, provocando nervios en el ruso.

—Adelante…

—Me voy en una semana, Viktor—habló Yuuri, y el hombre de ojos azulado sintió una ligera presión en el pecho. Sin embargo, se mantuvo impasible y relajado—. Y aún hay algo que no he podido cumplir para ti.

—¿Qué cosa?—Preguntó confundido, aunque la idea llegó casi de inmediato a su cabeza.

—No tendré más presentaciones, ni en un escenario, ni tampoco a través de una vitrina—comenzó a explicar despacio. Sus ojos estaban mirándolo atentos—. Quiero bailar para ti… Y aunque me gustaría usar el estudio, me temo que he tardado demasiado en encontrar la coreografía de esa noche… por eso…

—¿Quisieras visitarme nuevamente?—Ofreció Viktor cuando notó que al japonés se le dificultaba el habla.

—¿Podría?

—Tú siempre serás bienvenido en mi hogar—contestó con una sonrisa.


Esa noche regresó más tarde de lo normal a pesar de no haber pasado todo ese tiempo con Yuuri. Con algo de impaciencia había decidido dar una vuelta en los alrededores que eran tan conocidos para él. Especialmente, dando un paseo nocturno por aquel lugar en el cual comenzó todo ese asunto para empezar. Y esos días no podía evitar mirar las mismas luces y sentir el mismo viento.

Todo era igual y al mismo tiempo, demasiado diferente.

Dejó las luces apagadas, como cada vez que tenía un conflicto y parecía un niño escondiéndose para no pensar en las cosas. Se sentó en el mueble en medio de la sala y reflexionó un poco.

Recordaba las arduas clases de piano, los días aburridos de secundaria y preparatoria que pasó mucho tiempo con diferentes personas de las cuales no recordaba ni los nombres. La única excepción de eso era Chris, a quien conoció en la preparatoria y desde entonces eran amigos.

Cuando Mila llegó como una estudiante con apenas sus diez años, con un instrumento que era más grande que ella. Yakov la instruía con mucho cuidado. Y luego a Yuri, un niño que ya tenía experiencia previa con el piano y fue guiado de la misma manera por el talento de Yakov. Él estuvo a su lado, observando su progreso con cada día.

Cuando ellos mostraron tener habilidades extraordinarias, él mismo los observó junto con Yakov y después de mandar mucha presión e influenciar, ellos lograron ser los músicos más jóvenes de toda la orquesta.

No se dio cuenta en que momento Mila dejó sus coletas y era una mujer, tampoco cuando Yuri dejó sus gorritos de lana y sus gruesos abrigos y los cambio por sus prendas con estampados de felinos. Ellos ya no eran los niños a los cuales ayudó alguna vez.

De alguna manera, tenía el sentimiento de melancolía de un hermano mayor, orgulloso. Aunque ayudara y enseñara a muchos, debía admitir que tenía un especial cariño por ese par de adolescentes que no dejaban de pelear entre ellos.

—¿Por qué recuerdo todo esto de repente?—Preguntó para sí mismo—. ¿Me estaré volviendo viejo?

Makkachin se acostó en sus piernas, buscando el afecto de su amo. El ruso acarició el pelaje de Makkachin, aun enfrascado en sus pensamientos a profundidad.

Después de estar todos juntos en la orquesta su madre enfermó y poco después, un seis de enero con un frío terrible, murió. Cubrió su antiguo piano con una gran tela, para evitar verlo, los recuerdos le dolían. Tuvo en un par de ocasiones sueños con su pare cantando mientras su madre le susurraba que todo iba a estar bien.

Luego, la pérdida de su inspiración hasta el día en el cual, después de un mal día en el conservatorio y varios intentos fallidos se encontró con una sombra hermosamente encantadora.

El resto era historia.

Sí, era verdad. El tiempo pasaba tan rápido que en un abrir y cerrar de ojos las cosas que apenas comenzaban se estaban terminando. El tiempo era como un papel siendo consumido por fuego. Debía aprovecharse a toda costa.

Vivir con arrepentimientos y dudas era algo que nadie debía permitirse.

La verdad más amarga era mejor que incógnita más dulce.

Tal vez sus amigos tenían razón.

Sonrió, mirando por la ventana el paisaje de las luces de la ciudad.

—Lo voy a hacer—murmuró para sí mismo, recibiendo una mirada curiosa de su caniche.

Sonrió, pensando detenidamente en su decisión.

Era hora de decirle a Yuuri lo que sentía por él.


Hola…

He estado escuchando Serenade for two… Es tan hermosa que me da un dolor en el pecho.

Estén atentas, por favor. En unas horas subiré el siguiente capítulo. Uno que será muy importante y no tan lento como este. Pienso que aquel será uno en los cuales les ponga más cariño y amor. En este me sentí más bien melancólica, tal vez por la música que escuchaba…

Voy a seguir dando todo mi esfuerzo, amor y dedicación para que este fanfic siga siendo de su agrado. Gracias a todas por seguirme, quiero seguir dando lo mejor para ustedes.

Gracias por leer.