APARTADO ACLARATORIO: Lo escrito en cursiva son eventos del pasado.

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Supo quién era. Vestía bien, mucho mejor que cuando lo conoció, llevaba una americana marrón sobre una camisa blanca y unos vaqueros; su pelo castaño, antes alborotado, ahora estaba repeinado hacia atrás, engominado. Su rostro, lampiño en su momento, ahora presentaba una cuidada barba sombreada. Su mirada, que recordaba rebelde y brillante, ahora estaba diferente, calmada pero, como era de esperarse, algo sorprendida.

Ella, aferrándose al carrito de la compra como si le fuese la vida en ello, le sostuvo la mirada por unos segundos interminables. Es él, pensó, y me ha reconocido y va a decir algo.

El hombre dio un paso hacia delante, inseguro, como si estuviese caminando descalzo sobre una superficie de clavos ardiendo. Pero, cuando estaba a punto de pronunciarse, ella no tenía fuerza para escuchar esa voz después de tantos años; a penas podía mantenerle la mirada sin sentirse los ojos humedecidos y, por esto, porque no quería acabar llorando frente a él, salió corriendo del supermercado, recordando lo que pasó hace veinte años.

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Aquel día, se celebraba el cumpleaños de Reiner Braun y, aprovechando que sus padres estaban de viaje de negocios, este había montado una fiesta con todo lo que su madre no le permitía tocar: alcohol y marihuana. Había invitado a todos sus amigos, por supuesto; medio instituto estaba en su casa ese día. Desde los repetidores de primero hasta los mayores de último curso.

Pero los invitados de honor (y con los que estaría hablando en todo momento) eran sus compañeros de clase; su colega Bert; la estoica Annie; los tontos de Connei y Sasha; la bruja de Ymir; la santa Christa —la cual le gustaba—; el chulo de Jean; el tranquilo Armin y, para rematar, al peleante de Eren y su novia, Mikasa.

Reiner tenía una regla muy estricta que procuraba cumplir: no emborracharse ni colocarse en las fiestas organizadas en su casa. En el hipotético caso de que apareciera alguien no deseado, como sus tíos o padres, tendría que tener todas sus facultades sanas si no quería que el castigo se prolongara por años («¡Fumando yerba en esta casa! ¡Debería darte vergüenza, hijo!»). Y también para controlar el cotarro; como anfitrión, intentaba que esa panda de animales salvajes no arramblaran con todo a su paso.

Sí, Reiner tenía un código de comportamiento, pero ese día se lo había saltado cuando Ymir, quien lo había retado a un concurso de bebidas al cual se había negado a participar, pronunció las palabras mágicas:

—¡Pero mira que eres marica, Reina! —La pecosa comenzó a reírse ruidosamente, mientras abrazaba a Christa con un brazo y sostenía un botellín de cerveza en la otra.

Todos los adolescentes están llenos de hormonas y se irritan con facilidad. Reiner no era la excepción y, dispuesto a defender su heterosexualidad («¡Me tiré al equipo de animadoras entero!»), accedió a participar en aquel estúpido juego.

Sentada en el sofá, un poco alegre por las copas, Mikasa vaticinó que Reiner acabaría por los suelos e Ymir, con un hígado de hierro bien acostumbrado, riéndose como una loca. Después de todo, no era la primera vez que pasaba.

Miró al sofá de enfrente y, para su sorpresa, Bertolt y Annie se estaban pegando un magreo en vivo y en directo. De fondo, Pour some sugar on me de Def Leppard le daba a esa escena un toque salvaje. La rubia, que rara vez mostraba alguna expresión, estaba besándose con Bert, rojísima y sin separarse. Cualquiera que los hubiese visto, diría que iban a montárselo ahí mismo, delante de todos, pero finalmente acabaron separándose y siguieron dándose arrumacos durante el resto del guateque. Claro, Bertolt Hoover no era ese tipo de chico; todo lo que tenía de alto, lo tenía de timidez. Y Annie tampoco era de las que se liaba con cualquiera («No necesito ningún hombre; no necesito a nadie, en general.»), era una chica seria que, a pesar de tener pinta de macarra y varios piercings, se hacía de respetar.

En ese momento, Mikasa sintió el brazo de su chico rodearle los hombros. Eren, a su lado, se estaba fumando un porro que Connei le había pasado. Nunca lo había visto hacerlo, pero él estaba tan pancho, como si lo hubiese hecho un millón de veces.

—¿Una calada? —le ofreció—. Te va a gustar, de verdad.

Si hay algo que Mikasa le había prometido a sus padres, era que jamás tocaría la droga («¡Nunca aceptes, hija mía! Ni aunque te digan que eres una cobarde. ¡La droga es la perdición.»), pero, ¿quién, en la piel de un adolescente, hace caso a sus padres? Ella era una de las pocas que sí. Además, le daba miedo aquella mierda.

Según sabía, la marihuana la había traído un tal Marcel, un amigote de Reiner que no tenía muy buena reputación. La maría podría estar adulterada o vete tú a saber qué, mas nadie se había puesto a pensar en ello.

—No, yo...

Había empezado a sonar Broken, beat Scarred, de Metallica.

—Ah, vamos, Mikasa —Eren resopló, exhalando el humo—. Hasta Armin se ha fumado uno. Vamos, pruébalo. Por uno no pasa nada.

Armin Arlet ni bebía ni fumaba; sin embargo, esa vez estaba bebiendo como un cosaco junto a Jean, el cual le había ofrecido un porro y lo había aceptado («La marihuana mata neuronas, y yo quiero mucho a las mías.»), seguramente motivado por el alcohol en vena. Jean Kirstein se rió y le dio unos golpecitos en la espalda cuando, a la primera chupada, el joven rubio empezó a toser como si estuviera atragantándose.

Mikasa no lo podía creer. No daba crédito a muchas cosas que veía; todos habían sucumbido a aquello a lo que, según decían, no sucumbirían jamás. La situación los arrastra, pensó, los lleva a puntos que no podrían ni imaginarse. Otro buen ejemplo de esto, era Sasha Braus («Yo nunca bebo; es malo para el cuerpo.»), que había ido al baño, ayudada por Connei Springer («¡Unos chupitos no le hacen mal a nadie!»), a vomitar todo lo que su organismo no podía mantener dentro.Y es que realmente era cierto, el panorama arrastraba a las personas a sus límites. Todos querían adaptarse a la situación para no quedar mal. Mikasa, que a la vez era consciente de todo esto, también se dejó llevar, motivada por la seguridad de su novio y la voz de James Hetfield cantando que lo que no te mata, te hace más fuerte.—Está bien, dámelo —habló el alcohol por ella.

Eren le sonrió y le pasó el cigarrillo. Mikasa, dubitativa, se lo pensó un momento, sólo para acabar posando sus labios en la boquilla y aspiró. Aspiró y mentiría si dijera que no se arrepintió. Debido a su inexperiencia, empezó a toser, sintiéndose asfixiada por el humo. No supo decir a qué le había sabido pero, de alguna manera, dio otra calada, y otra, y lo compartió con Eren.

Si sus padres los vieran... Si los señores Ackerman, o los Jaeger, presenciaran el fumadero de opio en el que se había convertido el domicilio Braun, no podrían creerlo. Pero estaba ocurriendo; tenían alcohol, cannabis (como diría Armin) y música, lo necesario para divertirse a lo grande y acabar por el suelo. Lo necesario para alcanzar la cumbre y estrellarse contra el suelo en a penas un par de horas, y todo por no quedar como el cobarde, como el aguafiestas que no se atreve porque sus papis no lo dejan. ¿Y qué importaba eso a esas alturas?

Mikasa no supo en que momento Eren, ebrio y colocado, empezó a besarla con fruición. Y ella, que empezaba a ver a través de un filtro de irrealidad, le siguió el juego. Jugó como nunca, apostó como nunca. Compartieron besos cargados de saliva, muy diferentes a los que se daban habitualmente; estos estaban un nivel por encima, eran calientes y buscaban mucho más. No había nada de dulce, nada. Sólo dos lenguas que bailaban en bocas ajenas, que se mezclaban en una danza ardiente y húmeda.

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El hombre, parado en el pasillo del supermercado, echó a correr detrás de aquella mujer de cabello negro. Dios mío, ¿realmente era ella? Creyó, por un estúpido segundo, que había tenido una alucinación.

Corrió, apartando a una madre y a un hijo de su camino, hasta salir del súper y mirar a ambos lados. Gente, gente, gente y más gente; demasiadas caras y ninguna era la que buscaba. ¿Se había evaporado? Localizó una melena negra en la distancia, alejándose cada vez más entre la multitud y volvió a correr y a gritar un nombre que llevaba dos décadas sin pronunciar.

—¡Mikasa!

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—Eren... —murmuró, sus mejillas ardiendo, al sentir la mano de su pareja tocarla por encima de la blusa. Le pareció que la mano de Eren tocaba la piel de su pecho.

El chico acalló sus réplicas con un nuevo ósculo, mordisqueando sus labios y tirando del inferior con levedad. Cuando se vino a dar cuenta, los belfos de Eren se habían posado sobre su cuello, succionando, y Mikasa perdió la noción de todo y jadeó. De pronto, el sofá se le hizo demasiado pequeño e incómodo.

Sintió que todo sonaba más alto que su voluntad; la música, las voces de la gente, los latidos de su corazón... Hasta que la voz de Ymir, que había vapuleado a Reiner, fue lo que lo rompió todo:

—¡Id a una habitación a hacer guarrerías, tortolos!

Guarrerías como las que estaban haciendo Franz y Hanna en el dormitorio de los señores Braun. Oh, pensó. Entonces, Eren la llevó de la mano hacia el cuarto de Reiner, mientras algunos les silbaban descaradamente y les gritaban ciertas inmoralidades. «Déjalo seco», «a por ello, tigre», «¡un brindis por Jaeger, que va a mojar el churro!»

Y mientras, Mikasa sentía que su cuerpo había dejado de pertenecerle.

—¡Follódromo Braun, señores! —escuchó chillar a Ymir antes de entrar al cuarto.

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La mujer sentía sus rodillas temblar; creía que en cualquier momento caería y él la alcanzaría. Debía correr, correr y correr hasta dejarlo atrás.

—¡Mikasa! —oyó su voz en la lejanía, lo que la alentó a acelerar la marcha.

Su voz sonaba más adulta, mucho más que cuando eran dos niñatos. Tuvo la sensación de que no era la misma persona. Lo último que habría imaginado, es que volvería a escuchar su nombre salir de la boca de ese chico... No, ahora era un hombre; un hombre que, cuando aún no lo era, le hizo mucho daño.

Continuó corriendo, bajo la mirada de los peatones, sin poder detener la tormenta de recuerdos que abarrotaba su mente.

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—Confía en mí, Mikasa —murmuró el chico, besándole el mentón. La susodicha sabía que no podía confiar en él, no así, porque su aliento apestaba a alcohol y ninguno de los dos sabía lo que estaba haciendo—. Todas las parejas hacen esto...

Pero ella nunca antes lo había hecho, estaba borracha y drogada. En ese momento no era consciente de sus actos, ninguno lo era. Estaban desnudos, en la cama de un amigo, expuestos a que alguien los viera, los fotografiara o los grabara en aquella comprometida situación.

Eren, torpe, se introdujo en su interior sin cuidado. La chica gimió de dolor, pero él no se detuvo. Ya no había vuelta atrás. Comenzó a mover las caderas en un vaivén lento, tanteando terreno, adaptándose a la estrechez húmeda de su novia. Sintió la paredes internas aprisionar su virilidad. Su confusa mente no procesaba que Mikasa era virgen y, según se decía, la primera vez resultaba dolorosa para una mujer. No obstante, Eren no entendía de delicadeza, y menos en el estado en e que se encontraba, por lo que no tuvo ninguna contemplación al embestirla, besarla como una fiera y dejarle marcas rojizas por el cuello y el pecho.

Mikasa se aferró a su espalda y se dejó hacer. La cabeza le daba vueltas y el placer sexual, que debería haber sido una prioridad, quedó relegado a un segundo plano. Días después, haría el vano esfuerzo de recordar qué ocurrió, pero sólo encontraría un espacio en blanco.

Minutos después, los movimientos rítmicos de Eren Jaeger cesaron y sintió algo húmedo inundando su interior, algo que él debió haber echado fuera.

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Mikasa creía haberle dado esquinazo. Entre lágrimas, llegó a su calle, al portal del edificio en el que adquiriera un apartamento hace unos años. Saliendo por la puerta, vio a un muchacho joven, de alborotado pelo negro e intensa mirada verde azulada, que la escrutó con sorpresa.

Entonces terminó de romperse. Se prometió que, si algún día llegaba ese día, se mantendría fuerte, pero no era capaz de frenar las lágrimas acumuladas durante veinte años. El chico, que respondía al nombre de Mark y en ese momento estaba a punto de salir a correr un rato, se dejó abrazar por ella, sorprendido y correspondiendo el gesto, sin saber qué estaba pasando en ese momento.

Mark alzó la mirada y vio a un hombre, con su mismo color de ojos, parado a unos cinco metros de distancia. Parecía atónito.

Sin separarse de la mujer, le preguntó:

—Mamá, ¿qué sucede?

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La fiesta de Reiner Braun marcó un antes y un después.

Unas semanas más tarde, Mikasa empezó a notar ciertos cambios en su cuerpo. Se cansaba con facilidad, con cualquier cosa, con a penas un paseo. No es nada, pensó. Un día, mientras estaba con sus amigos, una arcada la hizo correr hacia el servicio y vomitar. He debido de comer algo en mal estado, pensó. Luego, la menstruación no la visitó y se quedó fría, tiesa al pensar en una posibilidad.

No —se dijo a sí misma—, no es posible, no puede ser. No me puede estar pasando a mí.

Tenía que salir de dudas. Aquella tarde, temblando, compró un test de embarazo en la farmacia y, media hora después, sollozaba sentada en la tapa del váter, con el aparatito entre sus dedos, mostrando dos rayas en la pequeña pantalla.

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—Eres... su madre —susurró Eren entre dientes. No supo en qué momento las lágrimas habían comenzado a deslizarse por sus mejillas.

Mikasa, agarrándose a la camiseta de su hijo, no lo miró.

—¿Quién es este hombre? —inquirió Mark.

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Por más que pasaran los años, Mikasa jamás olvidaría la cara de sus padres cuando se enteraron de eso. Su madre sostuvo el test de embarazo entre sus dedos, temblorosa, después miró a su marido, que estaba mudo, y finamente oteó en su hija. Y Mikasa sabía lo que iba a decir; sabía que sus progenitores estaban a punto de llamarla irresponsable.

Nada que no se hubiese dicho a sí misma un cuarto de hora antes, encerrada en el baño. Había llorado como nunca. Lo que sucedía en las películas o en las telenovelas, eso que parecía tan imposible, le había sucedido a ella: estaba embarazada a los dieciséis. Todavía le costaba pronunciarlo pero, con el paso de los días, se dio cuenta de que las cosas deben ser llamadas por su nombre y no pueden cambiarse. Si no hubiera bebido, si no hubiese aceptado ese maldito cigarrillo... Si hubiese tenido la cabeza despejada, otro destino hubiese corrido.

Pero Mikasa no se había olvidado del otro responsable. Eren era tan responsable como ella y tenía que decírselo.

Debía decírselo.

Y tenía miedo.

Tenía mucho miedo.

«Aborta», había dicho su madre.

«Por el amor de Dios, ¡Mikasa! No puedes tener a ese niño», secundó su padre.

«No debimos haber permitido que salieras con ese chico...»

Pero Mikasa necesitaba contar con la opinión del padre de su hijo.

Cuando se dispuso a decírselo, Eren fumaba un cigarrillo y le sonrió, pero ella no le devolvió el gesto. La cara de Jaeger se desfiguró en una mueca de horror, el cigarro se le cayó y su veredicto la quebró en mil pedazos.

—Estoy embarazada —había dicho.

—¿No estarás pensando en tenerlo? —contestó Eren—. Oh, no... No me lo puedo creer. Mikasa, tienes que deshacerte de ese paquete.

—Eren, ¡es nuestro hijo!

—¿Y cómo sé que es mío? —respondió él, a la defensiva, con crueldad.

—No me puedo creer lo que estás diciendo —susurró Mikasa— ¡Tú has sido el único con el que estado!

—¡Entiéndelo, Mikasa! —gritó finalmente Eren, enfurecido— ¿De verdad piensas que me voy a alegrar por esto? No, la respuesta es no. No quiero saber nada al respecto.

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Una tonelada de remordimiento cayó sobre los hombros del hombre. Iba a caer de rodillas en cualquier momento, iba a desfallecer porque la escena que tenía ante sí era la prohibida, porque "ella se fue y seguramente abortó". Pero la otra opción se había cumplido, la que jamás se hubiese imaginado, pues, de imaginarla, acabaría llorando y recordándose a sí mismo lo hijo de puta que había sido.

Armin, la única persona a quien se lo había contado, se lo dijo muy claro: eres un cabrón y lo que has hecho no tiene nombre. Agradeció la sinceridad de su amigo, la cual fue más que suficiente para no decírselo a nadie más. El sólo hecho de pensar en la respuesta de su madre, ya le aterraba. Carla lo mataría, literal y metafóricamente.

Había guardado el secreto durante veinte años y, hoy, no sabía cómo afrontarlo.

Bueno, solamente se le venía una palabra a la mente:

Perdonadme.

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Mikasa Ackerman quiso alejarse de todo y se marchó hacia el oriente, a las playas bañadas por aquel Océano del Este. El patriarca de la familia tenía negocios allí, y eso fue una excusa perfecta para largarse de Erdia. Nueve meses después, sobre las una de la madrugada y ya con diecisiete años, Mikasa tendría en brazos a un pequeño niño al que daría el nombre de Mark Ackerman.

Por un momento pensó que no saldría viva de la cesárea, producto del miedo; sin embargo, cuando tuvo al bebé en brazos, agradeció seguir viva, le agradeció a Dios y a todos los santos porque, después de todo lo malo, Mark fue un resquicio de luz en la oscuridad. Fue lo que le dio el valor de continuar.

Su maternidad no fue un impedimento para progresar. Dejaba al crío con unos abuelos que lo consentían demasiado e iba a estudiar. La vida no se acaba después de dar a luz, sino que comienza. Consiguió graduarse de la universidad con todos los honores, habiendo estudiado arquitectura. Con una cicatriz en el vientre y un hijo de cuatro años, había logrado más que otras mujeres sin tantas responsabilidades.

Tiempo después, se mudaría a Mitras, la capital erdiana, siendo una prestigiosa arquitecta, y allí criaría felizmente a su hijo, sin ningún hombre. Mark había preguntado varias veces por su padre, y Mikasa, sin alterarse, postergaba el asunto. Solamente pudo postergarlo hasta que el muchacho cumplió los diecisiete y le reveló el nombre de Eren Jaeger, explicándolo, con tacto y paciencia, lo que había ocurrido, omitiendo algunos detalles.

Y Mark se prometió darle un buen puñetazo al imbécil de su padre.

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El hijo de Eren y Mikasa tenía diecinueve cuando vio por primera vez a su padre, en plena calle.

Su madre lo miró fijamente, con los ojos nublados, y se lo dijo:

—Ese hombre es tu padre.

*

VOLVÍ.