-el siguiente capítulo se titula Saldo cuentas pendientes- dijo Silena luego de un suspiro y comenzó a leer-
Es curioso cómo los humanos ajustan la mente a su versión de la realidad.
-eso nadie te lo niega- aceptaron varios
Quirón ya me lo había dicho hacía mucho. Como de costumbre, en su momento no aprecié su sabiduría. Según los noticiarios de Los Ángeles, la explosión en la playa de Santa Mónica había sido provocada por un secuestrador loco al disparar con una escopeta contra un coche de policía. Los disparos habían acertado a una tubería de gas rota durante el terremoto. El secuestrador (alias Ares)
-en ese momento Hermes, Apolo y Artemisa comenzaron a reírse de su hermano
era el mismo hombre que nos había raptado a mí y a otros dos adolescentes en Nueva York y nos había arrastrado por todo el país en una aterradora odisea de diez días. Después de todo, el pobrecito Percy Jackson no era un criminal internacional. Había causado un buen revuelo en el autobús Greyhound de Nueva Jersey al intentar escapar de su captor (a posteriori hubo testigos que aseguraron haber visto al hombre vestido de cuero en el autobús: «¿Por qué no lo recordé antes?»).
-la niebla es genial- acepto Leo
El psicópata había provocado la explosión en el arco de San Luis;
-todavía estoy enojada por eso- dijeron a coro las dos Annabeth. Mientras los dos Percy bufaban
-pero si todavía no pasa- agrego el infante
-pero si ya paso- dijo al mismo tiempo el adolescente provocando las risas de los semi dioses y que Annabeth se enojara un poco mas
ningún chaval habría podido hacer algo así.
-ninguno excepto Percy- dijeron a coro Nico y Thalía, mientras el primero se extrañaba al sentir que alguien lo miraba, cuando se dio vuelta solo vio a los hijos de Apolo escuchando la lectura, por lo que no se dio cuenta del sonrojo de un niño 12 años
Una camarera de Denver había visto al hombre amenazar a sus secuestrados delante de su restaurante, había pedido a un amigo que tomara una foto y lo había notificado a la policía. Al final, el valiente Percy Jackson (empezaba a gustarme aquel chaval)
-a cualquiera- dijeron riendo los hermanos Stoll
se había hecho con un arma de su captor en Los Ángeles y se había enfrentado a él en la playa. La policía había llegado a tiempo. Pero en la espectacular explosión cinco coches de policía habían resultado destruidos y el secuestrador había huido. No había habido bajas. Percy Jackson y sus dos amigos estaban a salvo bajo custodia policial.
-todo un héroe- dijo riendo Cris
-un niño tan valiente- agrego Connor
-enfrentarse a alguien tan malvado- termino Travis
-gracias, gracias- comenzó a decir Percy en una pose de joven sufrido- todo lo hice por mis amigos, tenía que liberarlos de ese secuestrador…..
Y hasta ahí duro el teatro porque Annabeth se aburrió y lo sentó nuevamente
Fueron los periodistas quienes nos proporcionaron la historia. Nosotros nos limitamos a asentir, llorosos y cansados (lo cual no fue difícil), y representamos los papeles de víctimas ante las cámaras.
-ok, si fue una buena actuación- acepto la hija de Athenea tras la cara inquisidora de su novio
—Lo único que quiero —dije tragándome las lagrimas—, es volver con mi querido padrastro.
-eso nadie se la cree- dijo un hija de Deméter
-sigan escuchando- dijo Percy sonriendo
Cada vez que lo veía en la tele llamándome delincuente juvenil, algo me decía que todo terminaría bien. Y sé que querrá recompensar a todas las personas de esta bonita ciudad de Los Ángeles con un electrodoméstico gratis de su tienda. Éste es su número de teléfono.
-yo lo ayudo- gritaron a coro Hermes y sus hijos
La policía y los periodistas, conmovidos, recolectaron dinero para tres billetes en el siguiente vuelo a Nueva York. No tenía otra elección que volar, así que confié en que Zeus aflojara un poco, dadas las circunstancias.
-solo por mi rayo- dijo el dios de los cielos con una mueca
Pero aun así me costó subir al avión. El despegue fue una pesadilla. Las turbulencias daban más miedo que los dioses griegos.
-aun lo recordamos- dijeron los miembros del Argo recordando la primera vez de Percy volando
-¿un aparato le dan más miedo que nosotros?- pregunto Hermes sorprendido, mientras Apolo lloraba falsamente
No solté los reposabrazos hasta que aterrizamos sin problemas en La Guardia. La prensa local nos esperaba fuera, pero conseguimos evitarlos gracias a Annabeth, que los engañó gritándoles con la gorra de los Yankees puesta: «¡Están allí, junto al helado de yogur! ¡Vamos!» Y después volvió con nosotros a recogida de equipajes. Nos separamos en la parada de taxis. Les dije que volvieran al Campamento Mestizo e informaran a Quirón de lo que había pasado.
-¿pero cómo se te ocurre venir solo?- pregunto Annabeth medio enojada
-yo dije lo mismo –agrego la futurista
-serán la misma persona -dijo por lo bajo Leo ganándose feas miradas de las jóvenes rubias
Protestaron, y fue muy duro verlos marchar después de todo lo que habíamos pasado juntos, pero debía afrontar solo aquella última parte de la misión.
-¿y yo no puedo porque?-
-no es lo mismo-
-¿en que no se parecen?-
-porque no iba solo porque mi padre me mando a morir-
-mi madre no me mando a morir- repuso la líder de la cabaña 6
-Iba al Olimpo a devolver el rayo, no a enfrentarme a esa cosa-
-pero yo confié en ti-
-Annabeth he confiado mi vida a ti desde que tengo 12 lo acabas de leer, pero no me pidas que confié tu vida a alguien más incluyéndote, porque si te pasa algo yo me muero
-solamente los miembros del Argo entendieron parte de la discusión pero decidieron no decir nada, y dejar que Silena siguiera leyendo
Si las cosas iban mal, si los dioses no me creían… quería que Annabeth y Grover sobrevivieran para contarle la verdad a Quirón.
-pero aunque Quirón lo supiera eso no serviría de mucho- dijo Annabeth mientras los griegos asentían
Subí a un taxi y me encaminé a Manhattan. Treinta minutos más tarde entraba en el vestíbulo del edificio Empire State. Debía de parecer un niño de la calle, vestido con prendas ajadas y con el rostro arañado. Hacía por lo menos veinticuatro horas que no dormía. Me acerqué al guardia del mostrador y le dije: —Quiero ir al piso seiscientos.
-eso fue muy directo- dijo Leo mientras otros asentían
Leía un grueso libro con un mago en la portada. La fantasía no era lo mío, pero el libro debía de ser bueno, porque le costó lo suyo levantar la mirada.
-el señor de los anillos-
-por supuesto que es el señor de los anillos-
-pero puede ser Harry Potter-
-si fuera Harry Potter hubiera dicho que hay un niño-
-es el señor de los anillos-
-¿pueden dejar de discutir que libro era y poder continuar con la lectura- dijo cabreada Athenea
—Ese piso no existe, chaval.
-es que fuiste muy directo- dijo sonriendo Sophia
—Necesito una audiencia con Zeus. Me dedicó una sonrisa vacía.
—¿Una audiencia con quién?
—Ya me ha oído.
-Percy es un simple mortal- dijo aburrido Leo
Estaba a punto de decidir que aquel tipo no era más que un mortal normal y corriente, y que mejor me largaba antes de que llamara a los loqueros, cuando dijo:
—Sin cita no hay audiencia, chaval. El señor Zeus no ve a nadie que no se haya anunciado. —Bueno, me parece que hará una excepción.
-no era un simple mortal- rio Piper a ver la cara de sorpresa de Leo
—Me quité la mochila y la abrí. El guardia miró dentro el cilindro de metal y, por un instante, no comprendió qué era. Después palideció.
—¿Esa cosa no será…?
—Sí lo es, sí —le dije—. ¿Quiere que lo saque y…?
—¡No! ¡No! —Brincó de su asiento, buscó presuroso un pase detrás del mostrador y me tendió la tarjeta—.
-excelente forma de conseguir una visita sin hora- dijo sonriendo Will,
Insértala en la ranura de seguridad. Asegúrate de que no haya nadie más contigo en el ascensor. Así lo hice.
En cuanto se cerraron las puertas del ascensor, metí la tarjeta en la ranura. En la consola se iluminó un botón rojo que ponía «600». Lo apreté y esperé, y esperé. Se oía música ambiental y al final «ding». Las puertas se abrieron.
Salí y por poco me da un infarto.
-después de todo lo que pasaste estas por morir al ver el Olimpo- dijo Poseidón sin poder creerse como era su hijo
-se asusto con una náyade –recordó Deméter
Estaba de pie sobre una pequeña pasarela de piedra en medio del vacío. Debajo tenía Manhattan, a altura de avión. Delante, unos escalones de mármol serpenteaban alrededor de una nube hasta el cielo. Mis ojos siguieron la escalera hasta el final, y entonces no di crédito a lo que vi. «Volved a mirar», decía mi cerebro.
«Ya estamos mirando —insistían mis ojos—. Está ahí de verdad.»
-¿desde cuándo los ojos le responden al cerebro?- cuestiono una hermana de Annabeth haciendo reír a todos los presentes
-desde que Percy es Percy- respondió sonriendo Annabeth mientras se ganaba un beso en la mejilla cortesía de su hijo Charlie que seguía tranquilamente abrazado a su madre, mientras Percy sonreía
Desde lo alto de las nubes se alzaba el pico truncado de una montaña, con la cumbre cubierta de nieve. Colgados de una ladera de la montaña había docenas de palacios en varios niveles. Una ciudad de mansiones: todas con pórticos de columnas, terrazas doradas y braseros de bronce en los que ardían mil fuegos.
-ya nos dimos cuenta- dijeron los hermanos Stoll
-todos nos dimos cuenta- dijo Katie
Los caminos subían enroscándose hasta el pico, donde el palacio más grande de todos refulgía recortado contra la nieve. En los precarios jardines colgantes florecían olivos y rosales. Vislumbré un mercadillo al aire libre lleno de tenderetes de colores, un anfiteatro de piedra en una ladera de la montaña, un hipódromo y un coliseo en la otra. Era una antigua ciudad griega, pero no estaba en ruinas.
-eso es lógico sesos de alga- dijo riendo Annabeth
-ok ya entendí- respondió Percy
Era nueva, limpia y llena de colorido, como debía de haber sido Atenas dos mil quinientos años atrás. «Este lugar no puede estar aquí», me dije. ¿La cumbre de una montaña colgada encima de Nueva York como un asteroide de mil millones de toneladas? ¿Cómo algo así podía estar anclado encima del Empire State, a la vista de millones de personas, y que nadie lo viera?
-buenas preguntas- reconoció Luke
Pero allí estaba. Y allí estaba yo. Mi viaje a través del Olimpo discurrió en una neblina. Pasé al lado de unas ninfas del bosque que se reían y me tiraron olivas desde su jardín.
-cariño desde que descubrí a las mujeres me gustas tú- dijo el semi dios viendo a la rubia que se hacia la desentendida mientras abrazaba a Charlie
Los vendedores del mercado me ofrecieron ambrosía, un nuevo escudo y una réplica genuina del Vellocino de Oro, en lana de purpurina, como anunciaba la Hefesto Televisión.
-¿y para qué queremos un replica si tenemos el original?- pregunto sin entender Leo
-¿tiene el original?- pregunto sorprendido Malcom
-¿pero cómo?- dijo Clarisse
-Valdez – dijo enojada Thalía- acabas de hacer Spoiler
-¿perdón?
Las nueve musas afinaban sus instrumentos para dar un concierto en el parque mientras se congregaba una pequeña multitud: sátiros, náyades y un puñado de adolescentes guapos que debían de ser dioses y diosas menores. Nadie parecía preocupado por una guerra civil inminente.
-porque ellos no saben nada – dijo seria Athenea
De hecho, todo el mundo parecía estar de fiesta. Varios se volvieron para verme pasar y susurraron algo que no pude oír.
-siempre tan cotillas – dijo en un suspiro Artemisa
Subí por la calle principal, hacia el gran palacio de la cumbre. Era una copia inversa del palacio del inframundo. Allí todo era negro y de bronce; aquí, blanco y con destellos argentados. Hades debía de haber construido su palacio a imitación de éste. No era bienvenido en el Olimpo salvo durante el solsticio de invierno, así que se había construido su propio Olimpo bajo tierra. A pesar de mi mala experiencia con él, lo cierto es que el tipo me daba un poco de pena. Que te negaran la entrada a aquel sitio parecía de lo más injusto.
-en eso tiene razón- dijeron varios dándole miradas de pena al dios del inframundo, mientras este rezongaba
Amargaría a cualquiera. Unos escalones conducían a un patio central. Tras él, la sala del trono. «Sala» no es exactamente la palabra adecuada. Aquel lugar hacía que la estación Grand Central de Nueva York pareciera un armario para escobas.
-ya nos dimos cuenta- dijeron varios medio aburridos por las descripciones
Columnas descomunales se alzaban hasta un techo abovedado, en el que se desplazaban las constelaciones de oro. Doce tronos, construidos para seres del tamaño de Hades, estaban dispuestos en forma de U invertida, como las cabañas en el Campamento Mestizo. Una hoguera enorme ardía en el brasero central. Todos los tronos estaban vacíos salvo dos: el trono principal a la derecha, y el contiguo a su izquierda.
No hacía falta que me dijeran quiénes eran los dos dioses que estaban allí sentados, esperando que me acercara. Avancé con piernas temblorosas. Como había hecho Hades, los dioses se mostraban en su forma humana gigante, pero apenas podía mirarlos sin sentir un cosquilleo, como si mi cuerpo fuera a arder en cualquier momento.
-a mi igual me paso- dijo un romano
-y a mi- dijeron otros
-se acostumbran- respondieron los griegos
Zeus, el señor de los dioses, lucía un traje azul marino de raya diplomática. El suyo era un trono sencillo de platino. Llevaba la barba bien recortada, gris, veteada de negro, como una nube de tormenta. Su rostro era orgulloso, hermoso y sombrío al mismo tiempo, y tenía los ojos de un gris lluvia. A medida que me acerqué a él, el aire crepitó y despidió olor a ozono.
-justo lo que vemos- dijo Octavian- que aburrido
-es la primera vez que veía a los dioses- dijo enojado Percy- así que te aguantas antes de que me enoje mas ¿entendido?
-Aun soy el Pretor Octavian y te hecho una pregunta, ¡RESPONDE!- asustando a casi todos los presentes, puesto que nunca lo habían visto enojado, mientras un aura verde muy poderosa lo envolvía
-entendido- dijo el rubio de mala gana
-y por eso nunca hacemos enojar a papa- dijo sonriendo Luke J
Sin duda el dios sentado a su lado era su hermano, pero vestía de manera muy distinta. Me recordó a uno de esos playeros permanentes de Cayo Hueso.
-Percy- recrimino Poseidón mientras Apolo y Hermes se reían de él, al igual que Athenea
-pero si es verdad- respondieron las dos versiones
Llevaba sandalias de cuero, pantalones cortos caqui y una camiseta de las Bahamas con estampado de cocos y loros. Estaba muy bronceado y sus manos se veían surcadas de cicatrices, como un viejo pescador. Tenía el pelo negro, como el mío. Su rostro poseía la misma mirada inquietante que siempre me había señalado como rebelde.
-en ese momento Annabeth beso a su novio, mientras que Charlie estaba en medio ponía cara de asco
Pero sus ojos, del verde del mar, también como los míos, estaban rodeados de arrugas provocadas por el sol, lo que sugería que solía reír.
-y mucho- dijeron los dioses
Su trono era una silla de pescador. Ya sabes, el típico asiento giratorio de cuero negro con una funda acoplada para afirmar la caña. En lugar de una caña, la funda sostenía un tridente de bronce, cuyas puntas despedían una luminiscencia verdosa. Los dioses no se movían ni hablaban, pero había tensión en el aire, como si acabaran de discutir.
-no te preocupes- dijo Afrodita- eso siempre pasa
Me acerqué al trono de pescador y me arrodillé a sus pies. —Padre. —No me atreví a levantar la cabeza. El corazón me iba a cien por hora. Sentía la energía que emanaba de los dos dioses. Si decía lo incorrecto, me fulminarían en el acto.
-por supuesto que no – dijo Poseidón
A mi izquierda, habló Zeus: —¿No deberías dirigirte primero al amo de la casa, chico?
-¿estás celoso Padre?-dijo riendo Apolo
-cállate-
Mantuve la cabeza gacha y esperé.
-es tan raro que Percy haga lo seguro- dijo Rachel
—Paz, hermano —dijo por fin Poseidón. Su voz removió mis recuerdos más lejanos: el brillo cálido que había sentido de bebé, su mano sobre mi frente—. El muchacho respeta a su padre.
-el dios del mar le giño un ojo divertido a su hijo de doce años
Es lo correcto.
—¿Sigues reclamándolo, pues? —preguntó Zeus, amenazador—. ¿Reclamas a este hijo que engendraste contra nuestro sagrado juramento?
-¿Cómo andamos por casa?- pregunto Hera sonrojando a su marido
—He admitido haber obrado mal. Ahora quisiera oírlo hablar.
«Haber obrado mal…» Se me hizo un nudo en la garganta. ¿Eso es todo lo que yo era? ¿Una mala obra? ¿El resultado del error de un dios?
-te aseguro que me refería al hecho de….
-de que estaban hablando con papa- dijo Hermes- y estabas esperando a que Percy se fuera para sacarle en cara todo lo mi primo hizo en la misión, teniendo solo 12 años que son ¿Cuánto? diez años menos que Heracles
-silencio- volvió a decir cada vez más rojo el dios del rayo
—Ya le he perdonado la vida una vez —rezongó Zeus—. Atreverse a volar a través de mi reino… ¡Bueno! Debería haberlo fulminado al instante por su insolencia.
—¿Y arriesgarte a destruir tu propio rayo maestro? —replicó Poseidón con calma
-punto para el tío P- dijo Dionisio dando vuelta una hoja
—. Escuchémoslo, hermano. Zeus refunfuñó un poco más y decidió: —Escucharé. Después me pensaré si lo arrojo del Olimpo o no.
—Perseus —dijo Poseidón—. Mírame.
Lo hice, y su rostro no me indicó nada. No había ninguna señal de amor o aprobación, nada que me animase. Era como mirar el océano: algunos días veías de qué humor estaba, aunque la mayoría resultaba ilegible y misterioso. Tuve la impresión de que Poseidón no sabía realmente qué pensar de mí. No sabía si estaba contento de tenerme como hijo o no.
-yo creo que estaba sorprendido de cuanto creciste desde la última vez que te vi directamente-
Aunque resulte extraño, me alegré de que se mostrara tan distante. Si hubiese intentado disculparse, o decirme que me quería, o sonreír siquiera, habría parecido falso, como un padre humano que buscara alguna excusa para justificar su ausencia. Podía vivir con aquello. Después de todo, tampoco yo estaba muy seguro de él.
-auch- dijo el dios del mar
—Dirígete al señor Zeus, chico —me ordenó Poseidón—. Cuéntale tu historia. Así pues, conté todo lo ocurrido, con pelos y señales. Luego saqué el cilindro de metal, que empezó a chispear en presencia del dios del cielo, y lo dejé a sus pies. Se produjo un largo silencio, sólo interrumpido por el crepitar de la hoguera. Zeus abrió la palma de la mano. El rayo maestro voló hasta allí. Cuando cerró el puño, los extremos metálicos zumbaron por la electricidad hasta que sostuvo lo que parecía más un relámpago, una jabalina cargada de energía sonora que me erizó la nuca.
—Presiento que el chico dice la verdad —murmuró Zeus—. Pero que Ares haya hecho algo así… es impropio de él.
—Es orgulloso e impulsivo —comentó Poseidón—. Le viene de familia.
-¿eso era una indirecta?- pregunto seria Hera
-a quien le caiga el sombrero que se lo ponga
—¿Señor? —tercié. Ambos respondieron al unísono:
—¿Sí?
—Ares no actuó solo. La idea se le ocurrió a otro, a otra cosa. Describí mis sueños y aquella sensación experimentada en la playa, aquel fugaz aliento maligno que pareció detener el mundo y evitó que Ares me matara.
—En los sueños —proseguí—, la voz me decía que llevara el rayo al inframundo. Ares sugirió que él también había soñado. Creo que estaba siendo utilizado, como yo, para desatar una guerra.
—¿Acusas a Hades, después de todo? —preguntó Zeus.
—No —contesté—. Quiero decir, señor Zeus, que he estado en presencia de Hades. La sensación de la playa fue diferente. Fue lo mismo que sentí cuando me acerqué al foso. Es la entrada al Tártaro, ¿no? Algo poderoso y malvado se está desperezando allí abajo… algo más antiguo que los dioses. Poseidón y Zeus se miraron. Mantuvieron una discusión rápida e intensa en griego antiguo. Sólo capté una palabra: «Padre.» Poseidón hizo alguna sugerencia, pero Zeus cortó por lo sano. Poseidón intentó discutir. Molesto, Zeus levantó una mano.
—Asunto concluido —dijo—. Tengo que ir a purificar este relámpago en las aguas de Lemnos, para limpiar la mancha humana del metal.
-gallina- se escucho en el silencio reinante de la sala del trono, pero no se pudo saber quien lo había dicho
—Se levantó y me miró. Su expresión se suavizó ligeramente—. Me has hecho un buen servicio, chico. Pocos héroes habrían logrado tanto.
—Tuve ayuda, señor —respondí—. Grover Underwood y Annabeth Chase…
-gracias- dijeron los dos mencionados
—Para mostrarte mi agradecimiento, te perdonaré la vida. No confío en ti, Perseus Jackson. No me gusta lo que tu llegada supone para el futuro del Olimpo, pero, por el bien de la paz en la familia, te dejaré vivir.
—Esto… gracias, señor.
—Ni se te ocurra volver a volar.
-ni loco- dijeron a la vez ambos Percy
Que no te encuentre aquí cuando vuelva. De otro modo, probarás este rayo. Y será tu última sensación. El trueno sacudió el palacio. Con un relámpago cegador, Zeus desapareció. Me quedé solo en la sala del trono con mi padre.
—Tu tío —suspiró Poseidón— siempre ha tenido debilidad por las salidas dramáticas. Le habría ido bien como dios del teatro.
-lo mantengo- dijo el dios del mar mientras Hades asentía
Un silencio incómodo.
—Señor —pregunté—, ¿qué había en el foso?
—¿No te lo has imaginado ya?
—¿Cronos? ¿El rey de los titanes? Incluso en la sala del trono del Olimpo, muy lejos del Tártaro, el nombre «Cronos» oscureció la estancia, haciendo que la hoguera a mi espalda no pareciera tan cálida. Poseidón agarró su tridente.
—En la primera guerra, Percy, Zeus cortó a nuestro padre Cronos en mil pedazos, justo como Cronos había hecho con su propio padre, Urano. Zeus arrojó los restos de Cronos al foso más oscuro del Tártaro. El ejército titán fue desmembrado, su fortaleza en el monte Etna destruida y sus monstruosos aliados desterrados a los lugares más remotos de la tierra. Aun así, los titanes no pueden morir, del mismo modo que tampoco podemos morir los dioses. Lo que queda de Cronos sigue vivo de alguna espantosa forma, sigue consciente de su dolor eterno, aún hambriento de poder.
—Se está curando —dije—. Está volviendo. Poseidón negó con la cabeza. —De vez en cuando, a lo largo de los eones, Cronos se despereza. Se introduce en las pesadillas de los hombres e inspira malos pensamientos. Despierta monstruos incansables de las profundidades. Pero sugerir que puede levantarse del foso es otro asunto.
—Eso es lo que pretende, padre. Es lo que dijo. Poseidón guardó silencio durante un largo momento.
—Zeus ha cerrado la discusión sobre este asunto. No va a permitir que se hable de Cronos. Has completado tu misión, niño. Eso es todo lo que tenías que hacer.
-y por eso perdimos tantas vidas- dijo Annabeth – esta es una de las cosas que debemos cambiar, comenzar a prepararnos desde un comienzo, tenemos estos libros que hablan del futuro, y aunque este será un futuro paralelo debemos tomarlos como guía y no cometer los errores que se cometerán en el transcurso de la historia
Todos se quedaron en silencio pensando, por lo que Silena decidió seguir leyendo
—Pero… —Me interrumpí. Discutir no iba a servir de nada. De hecho, bien podría enfadar a mi padre —. Como… deseéis, padre. Una débil sonrisa se dibujó en sus labios.
—La obediencia no te surge de manera natural, ¿verdad?
—No… señor.
—En parte es culpa mía, supongo. Al mar no le gusta que lo contengan.
-si no lo dice no nos damos cuenta- dijo Nico que no había hablado porque desde la mitad del día sentía que alguien lo veía y no quitaba la vista de el
—Se irguió en toda su estatura y recogió su tridente. Entonces emitió un destello y adoptó el tamaño de un hombre normal—. Debes marcharte, niño. Pero primero tienes que saber que tu madre ha vuelto. Impresionado, lo miré fijamente y pregunté:
—¿Mi madre?
—La encontrarás en casa. Hades la envió de vuelta cuando recuperaste su yelmo. Incluso el Señor de los Muertos paga sus deudas. El corazón me latía desbocado. No podía creérmelo.
—¿Vais a… querríais…? Quería preguntarle a Poseidón si le apetecía venir conmigo a verla, pero entonces reparé en que eso era ridículo. Me imaginé al dios del mar en un taxi camino del Upper East Side. Si hubiese querido ver a mi madre durante todos éstos años, lo habría hecho. Y también había que pensar en Gabe el Apestoso. Los ojos de Poseidón adquirieron un tinte de tristeza.
—Cuando regreses a casa, Percy, deberás tomar una decisión importante. Encontrarás un paquete esperándote en tu habitación.
—¿Un paquete?
—Lo entenderás cuando lo veas. Nadie puede elegir tu camino, Percy. Debes decidirlo tú. Asentí, aunque no sabía a qué se refería.
—Tu madre es una reina entre las mujeres —declaró Poseidón con añoranza—. No he conocido una mortal como ella en mil años. Aun así… lamento que nacieras, niño. Te he deparado un destino de héroe, y el destino de los héroes nunca es feliz. Es trágico en todas las ocasiones. Intenté no sentirme herido. Allí estaba mi propio padre, diciéndome que lamentaba que yo hubiese nacido.
-ya me lo explicaste- dijo Percy mirando a su padre
-un millón de veces- agrego el adolescente
—No me importa, padre.
—Puede que aún no —dijo—. Aún no. Pero aquello fue un error imperdonable por mi parte.
—Os dejo, pues. —Hice una reverencia incómoda—. N-no os molestaré otra vez. Me había alejado cinco pasos cuando me llamó.
—Perseus. —Me volví. Había un fulgor en sus ojos, una especie de orgullo fiero—. Lo has hecho muy bien, Perseus. No me malinterpretes. Hagas lo que hagas, debes saber que eres hijo mío. Eres un auténtico hijo del dios del mar.
-eso nadie lo niega- dijo sonriendo Sophia
Cuando regresé caminando por la ciudad de los dioses, las conversaciones se detuvieron. Las musas interrumpieron su concierto. Todos, personas, sátiros y náyades, se volvieron hacia mí con expresiones de respeto y gratitud, y cuando pasé junto a ellos se inclinaron como si yo fuera un héroe de verdad.
-eres un héroe de verdad hijo- dijo Poseidón
Quince minutos más tarde, aún en trance, ya estaba de vuelta en las calles de Manhattan. Fui en taxi hasta el apartamento de mi madre, llamé al timbre y allí estaba: mi preciosa madre, con aroma a menta y regaliz, cuyo cansancio y preocupación desaparecieron de su rostro al verme.
-cuando Percy escucho que él la vio, respiro por fin tranquilo, su madre estaba bien y estaba a salvo eso era lo más importante
—¡Percy! Oh, gracias al cielo. Oh, mi niño. Me dio un fuerte abrazo y nos quedamos en el pasillo, mientras ella sollozaba y me acariciaba el pelo. Lo admitiré: también yo tenía los ojos llorosos. Temblaba de emoción, tan aliviado me sentía.
-el Percy del salón también tenía los ojos llorosos, por lo que Annabeth le apretó mas la mano, mientras el Percy adolescente suspiraba mientras recordaba que hacia prácticamente unos 10 meses que no veía a su madre
Me dijo que sencillamente había aparecido en el apartamento aquella mañana y Gabe casi se había desmayado del susto. No recordaba nada desde el Minotauro, y no podía creerse lo que le había contado Gabe: que yo era un criminal buscado, que había viajado por todo el país y había estropeado monumentos nacionales de incalculable valor. Se había vuelto loca de preocupación todo el día porque no había oído las noticias. Gabe la había obligado a ir a trabajar, puesto que tenía un sueldo que ganar.
-es un maldito mortal- dijo enojada Artemisa- el ejemplo perfecto de lo decante que puede ser el sexo masculino
Me tragué la ira y le conté mi historia. Intenté suavizarla para que pareciera menos horrible de lo que en realidad había sido, pero no era tarea fácil. Estaba a punto de llegar a la pelea con Ares cuando la voz de Gabe me interrumpió desde el salón.
—¡Eh, Sally! ¿Ese pastel de carne está listo o qué? Cerró los ojos.
—No va a alegrarse de verte, Percy. La tienda ha recibido hoy medio millón de llamadas desde Los Angeles… Algo sobre unos electrodomésticos gratis.
—Ah, sí. Sobre eso… Consiguió lanzarme una sonrisita. —No lo enfades más, ¿vale? Venga, pasa. Durante mi ausencia el apartamento se había convertido en Tierra de Gabe. La basura llegaba a los tobillos en la alfombra. El sofá había sido retapizado con latas de cerveza y de las pantallas de las lámparas colgaban calcetines sucios y ropa interior. Gabe y tres de sus amigotes jugaban al póquer en la mesa. Cuando Gabe me vio, se le cayó el puro y la cara se le congestionó.
—¿Cómo… cómo tienes la desfachatez de aparecer aquí, pequeña sabandija? Creía que la policía…
—No es un fugitivo —intervino mi madre sonriendo—. ¿No es maravilloso, Gabe? Nos miró boquiabierto. Estaba claro que mi vuelta a casa no le parecía tan maravillosa.
—Ya es bastante malo que tuviera que devolver el dinero de tu seguro de vida, Sally —gruñó—. Dame el teléfono. Voy a llamar a la policía.
—¡Gabe, no! Él arqueó las cejas.
—¿Dices que no? ¿Crees que voy a aguantar a este monstruo en ciernes en mi casa? Aún puedo presentar cargos contra él por destrozarme el Cámaro.
—Pero… Levantó la mano y mi madre se estremeció.
Entonces comprendí algo: Gabe había pegado a mi madre.
-¿QUE EL QUE?- preguntaron todas las personas que conocían y querían a Sally y más fuerte que todos, Percy y sus hijos-
-ese maldito mortal toco a la abuela- dijo Zoe sin poder creérselo
-lo voy a destruir lenta y dolorosamente- dijo enojado Poseidón
-supongo que una visita de por vida al tártaro no le vendrá mal- dijo Bianca mientras abrazaba a Luke que estaba rojo de la impotencia
Por suerte Hestia logro calmarlos a todos con su poder, Percy fue abrazado por Zoe, Luke por Silena, Sophia por Connor y Charlie se abrazo más a su padre adolescente
No sabía cuándo ni cómo, pero estaba seguro de que lo había hecho. Quizá llevaba años haciéndolo sin que yo me enterase. La ira empezó a expandirse en mi pecho. Me acerqué a Gabe, sacando instintivamente mi bolígrafo del bolsillo. Él se echó a reír. —¿Qué, pringado? ¿Vas a escribirme encima? Si me tocas, irás a la cárcel para siempre, ¿te enteras?
—Vale ya, Gabe —lo interrumpió su colega Eddie—. Sólo es un crío. Gabe lo fulminó con la mirada e imitó con voz de falsete: —Sólo es un crío. Sus otros colegas rieron como idiotas. —Está bien. Seré amable. —Gabe me enseñó unos dientes manchados de tabaco y añadió—: Tienes cinco minutos para recoger tus cosas y largarte. Si no, llamaré a la policía.
—¡Gabe, por favor! —suplicó mi madre.
—Prefirió huir de casa —repuso él—. Muy bien, pues que siga huido. Me moría de ganas por destapar Anaklusmos, pero la hoja no hería a los humanos. Y Gabe, en la definición más pobre del término, era humano. Mi madre me agarró del brazo.
—Por favor, Percy. Vamos. Iremos a tu cuarto. Permití que me apartara. Las manos aún me temblaban de ira. Mi habitación estaba abarrotada de la basura de Gabe: baterías de coche estropeadas, trastos y chismes de toda índole, e incluso un ramo de flores medio podridas que alguien le había enviado tras ver su entrevista con Barbara Walters. —Gabe sólo está un poco disgustado, cariño —me dijo mi madre—. Hablaré con él más tarde. Estoy segura de que funcionará.
—Mamá, nunca funcionará. No mientras él siga aquí. Ella se frotó las manos, nerviosa.
—Mira… te llevaré a mi trabajo el resto del verano. En otoño a lo mejor encontramos otro internado…
—Déjalo ya, mamá. Bajó la mirada.
—Lo intento, Percy. Sólo… que necesito algo de tiempo.
De pronto apareció un paquete en mi cama. Por lo menos, habría jurado que un instante antes no estaba allí. Era una caja de cartón del tamaño de una pelota de baloncesto. La dirección estaba escrita con mi caligrafía: Los Dioses Monte Olimpo Planta 600 Edificio Empire State Nueva York, NY Con mis mejores deseos, PERCY JACKSON Encima, escrita con la letra clara de un hombre, leí la dirección de nuestro apartamento y las palabras: «devolver AL remitente.» De repente comprendí lo que Poseidón me había dicho en el Olimpo: un paquete y una decisión. «Hagas lo que hagas, debes saber que eres hijo mío. Eres un auténtico hijo del dios del mar.» Miré a mi madre.
—Mamá, ¿quieres que desaparezca Gabe?
-amo a mi papa- dijeron a coro los hermanos Jackson
-y yo- dijo Ares sonriendo como niño en navidad, aunque varios lo miraron extrañados, entendieron que no amaba a Percy sino lo que Percy quería hacer
—Percy, no es tan fácil. Yo…
—Mamá, contesta. Ese cretino te ha pegado. ¿Quieres que desaparezca o no? Vaciló, y después asintió levemente.
—Sí, Percy. Quiero, e intento reunir todo mi valor para decírselo. Pero eso no puedes hacerlo tú por mí. No puedes resolver mis problemas.
Miré la caja. Sí podía resolverlos. Si la llevaba a la mesa de póquer y sacaba su contenido, podría empezar mi propio jardín de estatuas justo allí, en el salón. Eso es lo que un héroe griego habría hecho, pensé. Era lo que Gabe se merecía. Pero la historia de un héroe siempre acaba en tragedia, como había dicho Poseidón. Recordé el inframundo. Pensé en el espíritu de Gabe vagando eternamente en los Campos de Asfódelos, o condenado a alguna tortura terrible tras la alambrada de espino de los Campos de Castigo: una partida de póquer eterna, sumergido hasta la cintura en aceite hirviendo y escuchando ópera. ¿Tenía yo derecho a enviar a alguien allí, incluso tratándose de alguien tan despreciable como Gabe?
-todo el derecho- dijo Poseidón secundado por Luke P- todo el derecho
Un mes antes no lo habría dudado. Ahora…
—Puedo hacerlo —le dije a mi madre—. Una miradita dentro de esta caja y no volverá a molestarte. Mi madre miró el paquete y lo comprendió.
—No, Percy —dijo apartándose—. No puedes.
—Poseidón te llamó reina —le dije—. Me contó que no había conocido a una mujer como tú en mil años.
—Percy… —musitó ruborizándose.
—Mereces algo mejor que esto, mamá. Deberías ir a la universidad, obtener tu título. Podrías escribir tu novela, conocer a un buen hombre, vivir en una casa bonita. Ya no tienes que protegerme quedándote con Gabe. Deja que me deshaga de él. Se secó una lágrima de la mejilla.
—Hablas igual que tu padre —dijo—. Una vez me ofreció detener la marea y construirme un palacio en el fondo del mar. Creía que podía resolver mis problemas con un simple ademán.
—¿Y qué hay de malo en eso? Sus ojos multicolores parecieron indagar en mi interior.
—Creo que lo sabes, Percy. Te pareces lo bastante a mí para entenderlo. Si mi vida tiene que significar algo, debo vivirla por mí misma. No puedo dejar que un dios o mi hijo se ocupen de mí… Tengo que encontrar yo sola el sentido de mi existencia. Tu misión me lo ha recordado.
-tu madre es una mujer muy sabia- dijo Athenea mirando a su yerno por partida doble, y ambos solo asintieron, aunque de Percy aun caían algunas lagrimas
Oímos el sonido de las fichas de póquer e improperios, y el canal deportivo ESPN en el televisor del salón.
—Dejaré la caja aquí —dije—. Si él te amenaza… Ella asintió con aire triste.
—¿Adonde piensas ir, Percy?
—A la colina Mestiza.
—¿Para verano… o para siempre? —Supongo que eso depende. Nos miramos y tuve la sensación de que habíamos alcanzado un acuerdo. Ya veríamos cómo estaban las cosas al final del verano. Me besó en la frente.
—Serás un héroe, Percy. El mayor héroe de todos.
-ya lo eres- dijo Annabeth mientras le daba un casto beso
Volví a mirar mi habitación e intuí que ya no volvería a verla. Después fui con mi madre hasta la puerta principal.
—¿Te marchas tan pronto, pringado? —me gritó Gabe por detrás—. ¡Hasta nunca! Tuve un último momento de duda. ¿Cómo podía desperdiciar la oportunidad de darle su merecido a aquel bruto? Me iba sin salvar a mi madre.
—¡Sally! —gritó él—. ¿Qué pasa con ese pastel de carne? Una mirada de ira refulgió en los ojos de mi madre y pensé que, después de todo, quizá sí estaba dejándola en buenas manos. Las suyas propias.
—El pastel de carne llega en un minuto, cariño —le contestó—. Pastel de carne con sorpresa. Me miró y me guiñó un ojo.
Lo último que vi cuando la puerta se cerraba fue a mi madre observando a Gabe, como si evaluara qué tal quedaría como estatua de jardín.
-bastante buena- dijo Rachel aunque nadie entendió excepto Percy y Annabeth los cuales rieron
-termino- dijo Silena - ¿Quién lee?
-yo- se ofreció Jasón – oh es el ultimo capitulo La profecía se cumple –
-supongo que de aquí en adelante hare mas tonterías- dijo Luke mientras suspiraba
-una sola no te preocupes- respondió el hijo del mar-
Habíamos sido los primeros héroes en regresar vivos a la colina Mestiza desde Luke, así que todo el mundo nos trataba como si hubiéramos ganado algún reality show.
-pero después se hizo costumbre- dijo Rachel mientras se encogía de hombros y Percy le sacaba la lengua
Según la tradición del campamento, nos ceñimos coronas de laurel en el gran festival organizado en nuestro honor, y después dirigimos una procesión hasta la hoguera, donde debíamos quemar los sudarios que nuestras cabañas habían confeccionado en nuestra ausencia. La mortaja de Annabeth era tan bonita —seda gris con lechuzas de plata bordadas—, que le comenté que era una pena no enterrarla con ella.
-auch- dijo Percy mientras se acariciaba en brazo donde Annabeth le había dado un puñetazo
Me dio un puñetazo y me dijo que cerrara el pico.
-misma acción- dijo riendo Thalía
Como era hijo de Poseidón, no había nadie en mi cabaña, así que la de Ares se había ofrecido voluntaria para hacer la mía.
-¿Qué?- preguntaron varios sorprendidos entre ellos los dioses
A una sábana vieja le habían pintado una cenefa con caras sonrientes con los ojos en cruz, y la palabra PRINGADO bien grande en medio. Moló quemarla.
-fue genial-acepto el adolescente
-y mas porque agregaste petardos a escondidas- recrimino la rubia
-por supuesto listilla
Mientras la cabaña de Apolo dirigía el coro y nos pasábamos sándwiches de galleta, malvaviscos y chocolate, me senté rodeado de mis antiguos compañeros de la cabaña de Hermes, los amigos de Annabeth de la cabaña de Atenea y los colegas sátiros de Grover, que estaban admirando la recién expedida licencia de buscador que le había concedido el Consejo de los Sabios Ungulados. El consejo había definido la actuación de Grover en la misión como: «Valiente hasta la indigestión. Nada que hayamos visto hasta ahora le llega a la base de las pezuñas.»
-todos los mestizos se rieron
Los únicos que no tenían ganas de fiesta eran Clarisse y sus colegas de cabaña, cuyas miradas envenenadas me indicaban que jamás me perdonarían por haber avergonzado a su padre. Por mí, bien. Ni siquiera el discurso de bienvenida de Dionisio iba a amargarme el ánimo.
—Sí, sí, vale, así que el mocoso no ha acabado matándose, y ahora se lo tendrá aún más creído. Bien, pues hurra. Más anuncios: este sábado no habrá regatas de canoas…
-¿solo eso dijo? - pregunto Percy sorprendido
-acostúmbrate- respondió su yo futuro
Regresé a la cabaña 3, pero ya no me sentía tan solo. Tenía amigos con los que entrenar por el día. De noche, me quedaba despierto y escuchaba el mar, consciente de que mi padre estaba ahí fuera.
-Poseidón sonrió de oreja a oreja sacándole la lengua a Zeus
A lo mejor aún no estaba muy seguro de mí, o de verdad prefería que no hubiese nacido, pero vigilaba. Y hasta el momento, se sentía orgulloso de lo que había hecho.
-siempre-
Y en cuanto a mi madre, tenía la ocasión de empezar una nueva vida. Recibí la carta una semana después de mi llegada al campamento.
Me contaba que Gabe había desaparecido misteriosamente; de hecho, que había desaparecido de la faz de la tierra. Lo había denunciado a la policía, pero tenía el extraño presentimiento de que jamás lo encontrarían.
-Qué desgracia- dijeron irónicamente los presentes
En otro orden de cosas, mamá acababa de vender su primera escultura de hormigón tamaño natural, titulada El jugador de póquer, a un coleccionista a través de una galería de arte del Soho.
Había obtenido tanto dinero que había pagado la fianza para un piso nuevo y la matrícula del primer semestre en la Universidad de Nueva York.
La galería del Soho le había pedido más esculturas, que definían como «un gran paso hacia el neorrealismo superfeo».
«Pero no te preocupes —añadía mi madre—. La escultura se ha acabado. Me he deshecho de aquella caja de herramientas que me dejaste. Ya es hora de que vuelva a escribir… —Al final incluía una posdata
—: Percy, he encontrado una buena escuela privada en la ciudad. He dejado un depósito, por si quieres matricularte en séptimo curso. Podrías vivir en casa. Pero si prefieres quedarte interno en la colina Mestiza, lo entenderé.»
Doblé la carta con cuidado y la dejé en mi mesita de noche. Todas las noches antes de dormirme, volvía a leerla e intentaba decidir cómo responderle.
-y como siempre lo dejaste hasta el final- dijo Annabeth
-como siempre
El 4 de julio, todo el campamento se reunió junto a la playa para asistir a unos fuegos artificiales organizados por la cabaña 9. Dado que eran los hijos de Hefesto, no se conformarían con unas cutres explosioncitas rojas, blancas y azules.
-eso es muy lógico- dijeron Charlie y Leo a la vez
Habían anclado una barcaza lejos de la orilla y la habían cargado con cohetes tamaño misil. Según Annabeth, que había visto antes el espectáculo, los disparos eran tan seguidos que parecerían fotogramas de una animación. Al final aparecería una pareja de guerreros espartanos de treinta metros de altura que cobrarían vida encima del mar, lucharían y estallarían en mil colores. Mientras Annabeth y yo extendíamos la manta de picnic, apareció Grover para despedirse.
-¿se sentaron juntos?-pregunto Afrodita feliz de la vida
-han estado sentados juntos toda la lectura- dijo Silena
-y los adolescentes se han comido a besos- agrego Piper sonrojando a los cuatro
-buen punto dijo al diosa sonriendo- pero se sentaron juntos
Vestía sus vaqueros habituales, una camiseta y zapatillas, pero en las últimas semanas tenía aspecto de mayor, casi como si fuera al instituto. La perilla de chivo se le había vuelto más espesa. Había ganado peso y los cuernos le habían crecido tres centímetros, así que ahora tenía que llevar la gorra rasta todo el tiempo para pasar por humano.
—Me voy —dijo—. Sólo he venido para decir… Bueno, ya sabéis. Intenté alegrarme por él. Al fin y al cabo, no todos los días un sátiro era autorizado a partir en busca del gran dios Pan. Pero costaba decir adiós. Sólo conocía a Grover desde hacía un año, pero era mi amigo más antiguo.
Annabeth le dio un abrazo y le recordó que no se quitara los pies falsos. Yo le pregunté dónde buscaría primero.
—Es… ya sabes, un secreto —me contestó—. Ojalá pudierais venir conmigo, chicos, pero los humanos y Pan…
—Lo entendemos —le aseguró Annabeth—. ¿Llevas suficientes latas para el camino?
—Sí.
—¿Y te acuerdas de las melodías para la flauta?
—Jo, Annabeth —protestó—. Pareces tan controladora como mamá cabra.
-no se le pasara tío- dijo Charlie se volvía a acomodar entre sus padres
Agarró su cayado y se colgó una mochila del hombro. Tenía el aspecto de cualquier autoestopista de los que se ven por las carreteras: no quedaba nada del pequeño sietemesino al que yo defendía de los matones en la academia Yancy.
-eso fue muy paternal- dijo Grover con una mueca
—Bueno —dijo—, deseadme suerte.
Abrazó otra vez a Annabeth. Me dio una palmada en el hombro y se alejó entre las dunas.
Los fuegos artificiales surgieron entre explosiones en el cielo: Hércules matando al león de Nemea, Artemisa tras el jabalí, George Washington (que, por cierto, era hijo de Atenea) cruzando el río Delaware.
—¡Eh, Grover! —le grité. Se volvió en la linde del bosque—. Dondequiera que vayas, espero que hagan buenas enchiladas. El sonrió y al punto desapareció entre los árboles.
—Volveremos a verlo —dijo Annabeth. Intenté creerlo.
El hecho de que ningún buscador hubiera regresado antes tras dos mil años… En fin, decidí que prefería no pensar en aquello.
-¿desde cuándo yo me he equivocado?- pregunto Annabeth mirando a su novio
-Listilla te conocía desde menos de un mes, comprende que aun dudaba –respondió el pelinegro, y por suerte para él a su novia le gusto la respuesta
Grover sería el primero. Sí, tenía que serlo. Transcurrió julio. Pasé los días concibiendo nuevas estrategias para capturar la bandera y haciendo alianzas con las otras cabañas para mantener las zarpas de la cabaña de Ares lejos del estandarte.
-bien hecho- dijeron los hermanos Stoll sonriendo
Conseguí subir por primera vez el rocódromo sin que me quemara la lava. De vez en cuando pasaba junto a la Casa Grande, miraba las ventanas del desván y pensaba en el Oráculo. Intentaba convencerme de que su profecía se había cumplido. «Irás al oeste, donde te enfrentarás al dios que se ha rebelado.» Había estado allí, y lo había hecho: aunque el dios traidor había resultado Ares en vez de Hades. «Encontrarás lo robado y lo devolverás.» Hecho. Marchando una de rayo maestro. Marchando otra de yelmo de oscuridad para la cabeza grasienta de Hades.
-lo siento
«Serás traicionado por quien se dice tu amigo.» Este vaticinio seguía preocupándome. Ares había fingido ser mi amigo y después me había traicionado. Eso debía de ser lo que quería decir el Oráculo…
-supongo que por esos días te traiciono- dijo Luke mientras Percy asentía y los campistas lo miraban feo
«Al final, no conseguirás salvar lo más importante.» Había fracasado en salvar a mi madre, pero sólo porque había dejado que se salvara ella misma, y sabía que eso era lo correcto.
Así pues, ¿por qué seguía intranquilo? La última noche del curso estival llegó demasiado rápido. Los campistas cenamos juntos por última vez. Quemamos parte de nuestra cena para los dioses. Junto a la hoguera, los consejeros mayores concedían las cuentas de «fin de verano». Yo obtuve mi propio collar de cuero, y cuando vi la cuenta de mi primer verano, me alegré de que el resplandor del fuego enmascarara mi sonrojo. Era completamente negra, con un tridente verde mar brillando en el centro.
—La elección fue unánime —anunció Luke—. Esta cuenta conmemora al primer hijo del dios del mar en este campamento, ¡y la misión que llevó a cabo hasta la parte más oscura del inframundo para evitar una guerra! El campamento entero se puso en pie y me vitoreó.
-al igual que ocurrió en la sala, tanto griegos como romanos vitorearon a su líder
Incluso la cabaña de Ares se vio obligada a levantarse. La cabaña de Atenea empujó a Annabeth hacia delante para que compartiese el aplauso.
No estoy seguro de que vuelva a sentirme tan contento o triste como en aquel momento. Por fin había encontrado una familia, gente que se preocupaba por mí y que pensaba que había hecho algo bien. Pero, por la mañana, la mayoría se marcharía a pasar el año fuera. A la mañana siguiente encontré una carta formal en mi mesilla de noche. Sabía que la había escrito Dionisio, porque se empeñaba en escribir mi nombre mal:
Apreciado Peter Johnson: Si tienes intención de quedarte en el Campamento Mestizo todo el año, debes notificarlo a la Casa Grande antes de mediodía de hoy. Si no anuncias tus intenciones, asumiremos que has dejado libre la cabaña o has muerto víctima de un final horrible. Las arpías de la limpieza empezarán a trabajar al atardecer. Tienen permiso para comerse a cualquier campista no autorizado. Todos los artículos personales que olvidéis serán incinerados en el foso de lava. ¡Que tengas un buen día! Sr. D (Dionisio) Director del Campamento n.° 12 del Consejo Olímpico
Ese es otro de los problemas del THDA. Las fechas límite no son reales para mí hasta que las tengo encima. El verano había terminado y yo seguía sin informar a mi madre, o al campamento, sobre si me quedaría o no. Y ahora sólo tenía unas horas para decidirlo. La decisión debería haber sido fácil. Quiero decir que se trataba de escoger entre nueve meses entrenando para ser un héroe o nueve meses sentados en una clase… En fin.
Supongo que debía tener en cuenta a mi madre. Por primera vez tenía la oportunidad de vivir con ella un año sin la molesta presencia de Gabe. Podría sentirme cómodo en casa y pasear por la ciudad en mi tiempo libre. Recordaba las palabras de Annabeth durante nuestra misión: «Los monstruos están en el mundo real. Ahí es donde descubres si sirves para algo o no.» Pensé en el destino de Thalia, hija de Zeus.
-y dale con hija de Zeus- dijo la mencionada enojada
Me preguntaba cuántos monstruos me atacarían si abandonaba la colina Mestiza. Si me quedaba en casa todo el año académico, sin Quirón o mis otros amigos para ayudarme, ¿llegaríamos mi madre y yo vivos al siguiente verano?
-es bueno tener hermano- dijo por lo Bajo Percy mientras Annabeth reía
Eso suponiendo que los exámenes de deletrear y las redacciones de cinco párrafos no acabaran conmigo.
-es tan terrible la escuela- dijeron varios
Decidí bajar al estadio y practicar un poco con la espada. Quizá eso me aclararía las ideas. Las instalaciones del campamento, casi desiertas, refulgían al calor de agosto. Los campistas estaban en sus cabañas recogiendo, o de aquí para allá con escobas y mopas, preparándose para la inspección final.
Argos ayudaba a algunas chicas de Afrodita con sus maletas de Gucci y juegos de maquillaje colina arriba, donde el miniautobús del campamento esperaba para llevarlas al aeropuerto. «Aún no pienses en marcharte —me dije—. Sólo entrena.» Me acerqué al estadio de los luchadores de espada y descubrí que Luke había tenido la misma idea. Su bolsa de deporte estaba al borde de la tarima. Trabajaba solo, entrenando contra maniquíes con una espada que nunca le había visto.
Debía de ser de acero normal, porque estaba rebanándoles las cabezas a los maniquíes, abriéndoles las tripas de paja. Tenía la camiseta naranja de consejero empapada de sudor. Su expresión era tan intensa que su vida bien habría podido estar en peligro. Lo observé mientras destripaba la fila entera de maniquíes, les cercenaba las extremidades y los reducía a una pila de paja y armazón. Sólo eran maniquíes, pero aun así no pude evitar quedar fascinado con la habilidad de Luke. El tío era un guerrero increíble. Una vez más me pregunté cómo podía haber fallado en su misión. Al final me vio y se detuvo a medio lance.
—Percy.
—Oh… perdona. Yo sólo…
—No pasa nada —dijo bajando la espada—. Sólo estoy haciendo unas prácticas de última hora. —Esos maniquíes ya no molestarán a nadie más. Luke se encogió de hombros.
—Los reponemos cada verano. Entonces vi en su espada algo que me resultó extraño. La hoja estaba confeccionada con dos tipos de metal: bronce y acero. Luke se dio cuenta de que estaba mirándola.
—¿Ah, esto? Un nuevo juguete. Esta es Backbiter.
—Vaya. Luke giró la hoja a la luz de modo que brillara.
—Bronce celestial y acero templado —explicó—. Funciona tanto en mortales como en inmortales.
-aun no la hago- dijo de inmediato el chico rubio mirando a los dioses que lo veian con ganas de matarlo
Pensé en lo que Quirón me había dicho al empezar mi misión: que un héroe jamás debía dañar a los mortales a menos que fuera absolutamente necesario.
—No sabía que se podían hacer armas como ésa.
—Probablemente no se puede —coincidió Luke—. Es única.
—Me dedicó una sonrisita y envainó la espada—. Oye, iba a buscarte. ¿Qué dices de una última incursión en el bosque, a ver si encontramos algo para luchar? No sé por qué vacilé.
-instinto de defensa- dijo Nico
Debería haberme alegrado que Luke se mostrara tan amable. Desde mi regreso se había comportado de forma algo distante. Temía que me guardara rencor por la atención que estaba recibiendo.
-creo que sería más porque sobreviviste- dijo Luke haciendo reír a los futuristas, puesto que los de ese tiempo no eran capaces de decir ni hacer nada, solo escuchar
—¿Crees que es buena idea? —repuse—. Quiero decir…
—Oh, vamos. —Rebuscó en su bolsa de deporte y sacó un pack de seis latas de Coca-Cola—. Las bebidas corren de mi cuenta. Miré las Coca-Colas, preguntándome de dónde demonios las habría sacado. No había refrescos mortales normales en la tienda del campamento, y tampoco era posible meterlos de contrabando, salvo quizá con la ayuda de un sátiro. Por supuesto, las copas mágicas de la cena se llenaban de lo que querías, pero no sabía exactamente igual que la Coca-Cola. Azúcar y cafeína. Mi fuerza de voluntad se desplomó.
—Claro —decidí—. ¿Por qué no?
-hombre- resoplaron a coro las cazadoras
Bajamos hasta el bosque y dimos una buena caminata buscando algún monstruo, pero hacía demasiado calor. Todos los monstruos con algo de seso estarían haciendo la siesta en sus fresquitas cuevas. Encontramos un lugar en sombra junto al arroyo donde le había roto la lanza a Clarisse durante mi primera partida de capturar la bandera. Nos sentamos en una roca grande, bebimos las Coca-Colas y observamos el paisaje. Al cabo de un rato, Luke preguntó: —¿Echas de menos ir de misión?
—¿Con monstruos atacándome a cada paso? ¿Estás de broma?—Luke arqueó una ceja—. Vale, lo echo de menos —admití
-estás loco- dijeron varios a coro
—. ¿Y tú? Su rostro se ensombreció.
Estaba acostumbrado a oír decir a las chicas lo guapo que era Luke, pero en aquel instante parecía cansado, enfadado y nada atractivo.
-pues a ti no debería parecerte atractivo- dijo Annabeth divertida
-cállate- dijo Percy sonrojándose
Su pelo rubio se veía gris a la luz del sol. La cicatriz de su rostro parecía más profunda de lo normal. Fui capaz de imaginarlo de viejo.
—Llevo viviendo en la colina Mestiza desde que tenía catorce años —dijo—. Desde que Thalia… Bueno, ya sabes… He entrenado y entrenado y entrenado. Jamás conseguí ser un adolescente normal en el mundo real. Después me asignaron una misión, pero cuando volví fue como si me dijeran: «Hala, ya se ha terminado la diversión. Que tengas una buena vida.» Arrugó su lata y la arrojó al arroyo, lo cual me dejó alucinado de verdad.
Una de las primeras cosas que aprendes en el Campamento Mestizo es a no ensuciar. De lo contrario, las ninfas y las náyades te lo hacen pagar: cualquier día te metes en tu cama y te la encuentras llena de ciempiés y de barro.
—A la porra con las coronas de laurel —dijo Luke—. No voy a terminar como esos trofeos polvorientos en el desván de la Casa Grande.
—¿Piensas marcharte? Luke me sonrió maliciosamente. —Pues claro que sí, Percy. Te he traído aquí abajo para despedirme de ti. Chasqueó los dedos y al punto un pequeño fuego abrió un agujero en el suelo a mis pies. Del interior salió reptando algo negro y brillante, del tamaño de mi mano. Un escorpión. Hice ademán de agarrar mi boli.
—Yo no lo haría —me advirtió Luke—. Los escorpiones del abismo saltan hasta cinco metros. El aguijón perfora la ropa. Estarás muerto en sesenta segundos.
—Pero ¿qué…? Entonces lo comprendí. «Serás traicionado por quien se dice tu amigo.» —Tú… —musité.
Se puso en pie tranquilamente y se sacudió los vaqueros. El escorpión no le prestó atención. Tenía sus ojos negros fijos en mí, mientras reptaba hacia mi zapato con el aguijón enhiesto.
—He visto mucho en el mundo de ahí fuera, Percy —dijo Luke—. ¿Tú no? La oscuridad se congrega, los monstruos son cada vez más fuertes. ¿No te das cuenta de lo inútil que es todo esto? Los héroes son peones de los dioses. Tendrían que haber sido derrocados hace miles de años, pero han aguantado gracias a nosotros, los mestizos. No podía creer que aquello estuviera pasando.
—Luke… estás hablando de nuestros padres —dije. Soltó una carcajada y luego agregó:
—¿Y sólo por eso tengo que quererlos? Su preciosa civilización occidental es una enfermedad, Percy. Está matando el mundo. La única manera de detenerla es quemarla de arriba abajo y empezar de cero con algo más honesto.
-esas no son cosas que diría Luke- dijo Thalía mirando a la nada
—Estás tan loco como Ares. Se le encendieron los ojos.
—Ares es un insensato. Jamás se dio cuenta de quién era su auténtico amo. Si tuviese tiempo, Percy, te lo explicaría, pero me temo que no vivirás tanto. El escorpión empezó a trepar por la pernera de mi pantalón. Tenía que haber una salida a aquella situación. Necesitaba tiempo.
—Cronos —dije—. Ese es tu amo. El aire se volvió repentinamente frío.
—Deberías tener cuidado con los nombres que pronuncias —me advirtió Luke.
—Cronos hizo que robaras el rayo maestro y el yelmo. Te hablaba en sueños. Percibí un leve tic en uno de sus ojos.
—También te habló a ti, Percy. Tendrías que haberlo escuchado.
—Te está lavando el cerebro, Luke.
—Te equivocas. Me mostró que mi talento está desperdiciado. ¿Sabes qué misión me encomendaron hace dos años, Percy? Mi padre, Hermes, quería que robara una manzana dorada del Jardín de las Hespérides y la devolviera al Olimpo. Después de todo el entrenamiento al que me he sometido, eso fue lo mejor que se le ocurrió.
—No es una misión fácil —dije—. Lo hizo Hércules.
—Exacto. Pero ¿dónde está la gloria en repetir lo que otros ya han hecho? Lo único que saben hacer los dioses es repetir su pasado. No puse mi corazón en ello. El dragón del jardín me regaló esto. — Contrariado, señaló la cicatriz—. Y cuando regresé sólo obtuve lástima. Ya entonces quise derrumbar el Olimpo piedra a piedra, pero aguardé el momento oportuno. Empecé a soñar con Cronos, que me convenció de que robara algo valioso, algo que ningún héroe había tenido el valor de llevarse. Cuando nos fuimos de excursión durante el solsticio de invierno, mientras los demás campistas dormían, entré en la sala del trono y me llevé el rayo maestro de debajo de su silla. También el yelmo de oscuridad de Hades. No imaginas lo fácil que fue. Qué arrogantes son los Olímpicos; ni siquiera concebían que alguien pudiese robarles.
-en eso el tiene razón- acepto para sorpresas de todos Dionisio- Laila tiene razón, los robo desde aquí, desde la sala del trono
-jamás imagine que el Señor D me defendiera- dijo Luke sorprendido
-ni yo- corearon algunos
Tienen un sistema de seguridad lamentable. Ya estaba en mitad de Nueva Jersey cuando oí los truenos y supe que habían descubierto mi robo. El escorpión estaba ahora en mi rodilla, mirándome con ojos brillantes. Intenté mantener firme mi voz.
—¿Y por qué no le llevaste esos objetos a Cronos? La sonrisa de Luke desapareció.
—Me… me confié en exceso. Zeus envió a sus hijos e hijas a buscar el rayo robado: Artemisa, Apolo, mi padre, Hermes. Pero fue Ares quien me pilló. Habría podido derrotarlo, pero no me atreví. Me desarmó, se hizo con el rayo y el yelmo y me amenazó con volver al Olimpo y quemarme vivo.
Entonces la voz de Cronos vino a mí y me indicó qué decir. Persuadí a Ares de la conveniencia de una gran guerra entre los dioses. Le dije que sólo tenía que esconder los objetos robados durante un tiempo y luego regocijarse viendo cómo los demás peleaban entre sí. A Ares le brillaron los ojos con maldad. Supe que lo había engañado. Me dejó ir, y yo regresé al Olimpo antes de que notaran mi ausencia.
— Luke desenvainó su nueva espada y pasó el pulgar por el canto, como hipnotizado por su belleza—. Después, el señor de los titanes… m-me castigó con pesadillas. Juré no volver a fracasar. De vuelta en el Campamento Mestizo, en mis sueños me dijo que llegaría un segundo héroe, alguien a quien podría engañarse para llevar el rayo y el yelmo al Tártaro.
—Tú invocaste al perro del infierno aquella noche en el bosque.
-¿Qué?- pregunto Poseidón medio enojado- no te quitado la vida solo porque veo a mi hijo sano, pero espero no se vuelva a repetir
-no se lo puedo prometer- dijo Luke haciendo que varios lo miraran mal
-es el futuro para el- explico Annabeth- no sabemos que pasara
—Teníamos que hacer creer a Quirón que el campamento no era seguro para ti, así te iniciaría en tu misión. Teníamos que confirmar sus miedos de que Hades iba tras de ti. Y funcionó.
—Las zapatillas voladoras estaban malditas —dije—. Se suponía que tenían que arrastrarme a mí y a la mochila al Tártaro.
—Y lo habrían hecho si las hubieses llevado puestas. Pero se las diste al sátiro, cosa que no formaba parte del plan. Grover estropea todo lo que toca.
Hasta confundió la maldición. —Luke miró al escorpión, que ya estaba en mi muslo—. Deberías haber muerto en el Tártaro, Percy. Pero no te preocupes, te dejo con mi amigo para que arregle ese error.
—Thalia dio su vida para salvarte —dije, y me rechinaban los dientes—. ¿Así es como le pagas?
—¡No hables de Thalia! —gritó—. ¡Los dioses la dejaron morir! Esa es una de las muchas cosas por las que pagarán.
-pues yo estoy bastante viva- respondió la mencionada
-aun no me lo creo-
Pues hazlo porque no pienso morir ni ahora ni en mucho tiempo
—Te están utilizando, Luke. Tanto a ti como a Ares. No escuches a Cronos.
—¿Que me están utilizando? —Su voz se tornó aguda—. Mírate a ti mismo. ¿Qué ha hecho tu padre por ti? Cronos se alzará. Sólo has retrasado sus planes. Arrojará a los Olímpicos al Tártaro y devolverá a la humanidad a sus cuevas. A todos salvo a los más fuertes: los que le sirven.
—Aparta este bicho —dije—. Si tan fuerte eres, pelea conmigo. Luke sonrió.
—Buen intento, Percy, pero yo no soy Ares. A mí no vas a engatusarme. Mi señor me espera, y tiene misiones de sobra que darme.
—Luke…
—Adiós, Percy. Se avecina una nueva Edad de Oro, pero tú no formarás parte de ella. Trazó un arco con la espada y desapareció en una onda de oscuridad. El escorpión atacó. Lo aparté de un manotazo y destapé mi espada. El bichejo me saltó encima y lo corté en dos en el aire. Iba a felicitarme por mi rápida reacción cuando me miré la mano: tenía un verdugón rojo que supuraba una sustancia amarilla y despedía humo. Después de todo, el bichejo me había picado.
-mierda-
Me latían los oídos y se me nubló la visión. Agua, pensé. Me había curado antes. Llegué al arroyo a trompicones y sumergí la mano, pero no ocurrió nada. El veneno era demasiado fuerte. Perdía la visión y apenas me mantenía en pie… «Sesenta segundos», me había dicho Luke. Tenía que regresar al campamento. Si me derrumbaba allí, mi cuerpo serviría de cena para algún monstruo. Nadie sabría jamás qué había ocurrido. Sentí las piernas como plomo. Me ardía la frente. Avancé a tropezones hacia el campamento, y las ninfas se revolvieron en los árboles.
—Socorro… —gemí—. Por favor… Dos de ellas me agarraron de los brazos y me arrastraron.
Recuerdo haber llegado al claro, un consejero pidiendo ayuda, un centauro haciendo sonar una caracola. Después todo se volvió negro.
Me desperté con una pajita en la boca. Sorbía algo que sabía a cookies de chocolate. Néctar. Abrí los ojos. Estaba en una cama de la enfermería de la Casa Grande, con la mano derecha vendada como si fuera un mazo. Argos montaba guardia en una esquina. Annabeth, sentada a mi lado, sostenía mi vaso de néctar y me pasaba un paño húmedo por la frente.
-y volvemos al, principio- dijo riendo Frank y haciendo reír a todos
—Aquí estamos otra vez —dije.
—Cretino —dijo Annabeth, lo que me indicó lo contenta que estaba de verme consciente
-aunque ahora no me insultas- dijo el adolescente- ahora me besas-
-pues si quieres no te beso mas- dijo la rubia mientras se encogía de hombros
-ni se te ocurra- dijo el pelinegro asustado
—. Estabas verde y volviéndote gris cuando te encontramos. De no ser por los cuidados de Quirón…
—Bueno, bueno —intervino la voz de Quirón—. La constitución de Percy tiene parte del mérito.
Estaba sentado junto a los pies de la cama en forma humana, motivo por el que aún no había reparado en él.
-no seas mentiroso- dio Nico
-estabas centrado en tu noviecita- dijo riendo Thalía, y sonrojando a los niños
Su parte inferior estaba comprimida mágicamente en la silla de ruedas; la superior, vestida con chaqueta y corbata. Sonrió, pero se le veía pálido y cansado, como cuando pasaba despierto toda la noche corrigiendo los exámenes de latín.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó.
—Como si me hubieran congelado las entrañas y después las hubieran calentado en el microondas.
—Bien, teniendo en cuenta que eso era veneno de escorpión del abismo. Ahora tienes que contarme, si puedes, qué ocurrió exactamente. Entre sorbos de néctar, les conté la historia. Cuando finalicé, hubo un largo silencio.
—No puedo creer que Luke… —A Annabeth le falló la voz.
-ni yo- dijo la Annabeth de doce años presente en la sala, mientras Percy era quien le apretaba la mano en ese momento
Su expresión se tornó de tristeza y enfado —. Sí, sí puedo creerlo. Que los dioses lo maldigan… Nunca fue el mismo tras su misión.
-Annabeth…
-estaba enojada, y con mi orgullo herido- dijo la adolescente- agradece que no hiciera nada más
—Hay que avisar al Olimpo —murmuró Quirón—. Iré inmediatamente.
—Luke aún está ahí fuera —dije—. Tengo que ir tras él. Quirón meneó la cabeza.
—No, Percy. Los dioses…
—No harán nada —espeté—. ¡Zeus ha dicho que el asunto estaba cerrado!
—Percy, sé que esto es duro, pero ahora no puedes correr en busca de venganza. Primero tienes que reponerte, y después someterte a un duro entrenamiento. No me gustaba, pero Quirón tenía razón. Eché un vistazo a mi mano y supe que tardaría en volver a usar la espada. —Quirón, tu profecía del Oráculo era sobre Cronos, ¿no? ¿Aparecía yo en ella? ¿Y Annabeth?
Quirón se revolvió con inquietud. —Percy, no me corresponde…
—Te han ordenado que no me lo cuentes, ¿verdad? Sus ojos eran comprensivos pero tristes.
—Serás un gran héroe, niño. Haré todo lo que pueda para prepararte. Pero si tengo razón sobre el camino que se abre ante ti… —Un súbito trueno retumbó haciendo vibrar las ventanas—. ¡Bien! — exclamó Quirón—. ¡Vale! —Exhaló un suspiro de frustración y añadió—
: Los dioses tienen sus motivos, Percy. Saber demasiado del futuro de uno mismo nunca es bueno.
-¿y que estamos haciendo ahora?- pregunto inocentemente Leo
—Pero no podemos quedarnos aquí sentados sin hacer nada —insistí.
—No vamos a quedarnos sentados —prometió Quirón—. Pero debes tener cuidado. Cronos quiere que te deshilaches, que tu vida se trunque, que tus pensamientos se nublen de miedo e ira. No lo complazcas, no le des lo que desea. Entrena con paciencia. Llegará tu momento.
—Suponiendo que viva tanto tiempo. Quirón me puso una mano en el tobillo.
—Debes confiar en mí, Percy. Pero primero tienes que decidir tu camino para el próximo año. Yo no puedo indicarte la elección correcta… —Me dio la impresión de que tenía una opinión bastante formada, pero que prefería no aconsejarme—. Tienes que decidir si te quedas en el Campamento Mestizo todo el año, o regresas al mundo mortal para hacer séptimo curso y luego volver como campista de verano. Piensa en ello. Cuando regrese del Olimpo, debes comunicarme tu decisión. Quería hacerle más preguntas, pero su expresión me indicó que la discusión estaba zanjada; ya había dicho todo cuanto podía.
—Regresaré en cuanto pueda —prometió—. Argos te vigilará. —Miró a Annabeth
—. Oh, y querida… cuando estés lista, ya están aquí.
—¿Quiénes están aquí? Nadie respondió.
-¿preocupado por mama?- pregunto riendo Sophia
-siempre-
Quirón salió de la habitación. Oí su silla de ruedas alejarse por el pasillo y después bajar cuidadosamente los escalones. Annabeth estudió el hielo en mi bebida.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—Nada. —Dejó el vaso encima de la mesa—. He seguido tu consejo sobre algo. Tú… ¿necesitas algo?
—Sí, ayúdame a incorporarme. Quiero salir fuera.
—Percy, no es buena idea. Saqué las piernas de la cama. Annabeth me sujetó antes de que me derrumbara al suelo. Tuve náuseas.
—Te lo he dicho —refunfuñó Annabeth.
—Estoy bien —insistí. No quería quedarme tumbado en la cama como un inválido mientras Luke rondaba por ahí planeando destruir el mundo occidental. Conseguí dar un paso. Después otro, aún apoyando casi todo mi peso en Annabeth. Argos nos siguió a prudente distancia. Cuando llegamos al porche, tenía el rostro perlado de sudor y el estómago hecho un manojo de nervios. Pero había conseguido llegar a la balaustrada. Estaba oscureciendo. El campamento parecía abandonado. La cabañas estaban a oscuras y la cancha de voleibol en silencio. Ninguna canoa surcaba el lago. Más allá de los bosques y los campos de fresas, el canal de Long Island Sound reflejaba la última luz del sol.
—¿Qué vas a hacer? —me preguntó Annabeth.
—No lo sé. Le dije que tenía la impresión de que Quirón quería que me quedara todo el año para seguir con mi entrenamiento personalizado, pero no estaba seguro. En cualquier caso, admití que me sentía mal por dejarla sola, con la única compañía de Clarisse… Annabeth apretó los labios y luego susurró:
—Me marcho a casa a pasar el año, Percy.
-Annabeth simplemente bajo la cabeza, ella también había estado pensando en eso durante el día, pero de pensarlo a hacerlo
—¿Quieres decir con tu padre? —pregunté, mirándola a los ojos. Señaló la cima de la colina Mestiza. Junto al pino de Thalia, justo al borde de los límites mágicos del campamento, se recortaba la silueta de una familia: dos niños pequeños, una mujer y un hombre alto de pelo rubio. Parecían estar esperando. El hombre sostenía una mochila que se parecía a la que Annabeth había sacado del Waterland de Denver.
—Le escribí una carta cuando volvimos —me contó Annabeth—, como tú habías dicho. Le dije que lo sentía. Que volvería a casa durante el año si aún me quería. Me contestó enseguida. Así que hemos decidido darnos otra oportunidad. —Eso habrá requerido valor. Apretó los labios.
—¿Verdad que no vas a intentar ninguna tontería durante el año académico? O al menos no sin antes enviarme un mensaje iris. Sonreí.
—No voy a buscarme problemas. Normalmente no hace falta.
-pero ese año me porte bien-
-gracias a Tyson-
-pero lo hice-
—Cuando vuelva el próximo verano —me dijo—, iremos tras Luke. Pediremos una misión, pero, si no nos la conceden, nos escaparemos y lo haremos igualmente. ¿De acuerdo?
—Parece un plan digno de Atenea. Chocamos las manos.
-no me acordaba de eso- dijo Annabeth
-yo tampoco- acepto Percy-
—Cuídate, sesos de alga —me dijo—. Mantén los ojos abiertos.
—Tú también, listilla. La vi marcharse colina arriba y unirse a su familia. Abrazó a su padre y miró el valle por última vez. Tocó el pino de Thalia y dejó que la condujeran más allá de la colina, hacia el mundo mortal.
Por primera vez me sentí realmente solo en el campamento.
-acababa de irse y ya extrañabas- dijo Silena sonriendo- que tierno
Miré el Long Island Sound y recordé las palabras de mi padre: «Al mar no le gusta que lo contengan.» Tomé una decisión. Me pregunté si Poseidón la aprobaría.
—Volveré el verano que viene —le prometí contemplando el cielo—. Sobreviviré hasta entonces. Después de todo, soy tu hijo. —Le pedí a Argos que me acompañara hasta la cabaña 3 para preparar mis bolsas y marcharme a casa.
Termino- dijo Jasón- el fin del primer libro
Entonces a cenas y a dormir- dijo Hestia poniéndose de pie- mañana comenzaremos con el siguiente libro-
Ok se que merezco ir al tártaro una cien veces y aun asi me odiaran pero aquí esta el ultimo capitulo del primer libro terminado por fin…. Siendo las 1:07 minutos del martes 26 de mayo en Chile
Besos muchos besos…
Ran
