Kuro caminaba de vuelta a casa, con Allen y Zao a su lado, empujándose el uno al otro.
El japonés simplemente los ignoraba, escuchando música y apartándose elegantemente cada vez que alguno de los imbéciles caía a su lado.
-Aquí está mi casa, adiós.- Sacó un casco de su oreja y les despidió con un movimiento de cabeza suave.
-Que frío... Me dueles, Kuro.- Zao hizo como que se desmayaba, y Allen lo recogía.
Kuro simplemente puso sus ojos en blanco y se apartó de ellos, sacando su llave y entrando a su portal.
Tocó el botón para el ascensor, y con un suspiro exasperado se dio cuenta de que estaba estropeado... De nuevo.
Tuvo que subir los cinco pisos andando, y no es como si le molestara pues estaba en buena forma, pero hacía un calor horrible y quería llegar lo antes posible.
Cuando por fin llegó a la puerta de su casa, abrió rápida y silenciosamente, y, tras dejar sus llaves y su móvil en el mueble de la entrada, se estiró.
-¿Luciano?- Llamó, escuchando música. ¿Estaría duchándose?
Dejó su chaqueta y sus zapatos, sin coger sus zapatillas.
La música sonaba desde la cocina.
Cuando entró a la cocina, se apoyó en el marco con una media sonrisa. Se puso una mano en la boca para tratar de no reír.
Luciano estaba cubierto de harina y masa, bailando de un lado a otro, cantando a medias y tarareando la letra de las canciones de la radio, dándole vueltas a una mezcla que parecía de chocolate por toda la cocina.
La encimera no estaba mejor, llena de harina y cacao.
-Me gusta ese color de pelo.- Finalmente explotó, entre risas.
Luciano solo dio la vuelta, en principio avergonzado, luego irritado y finalmente con una sonrisa.
-Ah, un pervertido ha estado espiándole mientras hago la deliciosa cena, ¿quién es el loco aquí?
Kuro tampoco se esperaba que una nube de harina llegase a su cara, manchando su camiseta y su pelo.
-¡Serás!- Esa acción tendría su venganza, ya que el pelinegro (o ex pelinegro, contando la cantidad de harina que había ahora ahí arriba) tomó un puñado del montón de harina y manchó la cara de su novio.
Y así empezó una lucha de cacao, harina y masa, quedando los dos completamente manchados, riéndose y besándose.
-Y... ¿Qué estabas haciendo?
-Bizcocho de chocolate... ¿Me ayudas?
-Sólo si luego te tomas una ducha conmigo...
-Hecho.- Una promesa sellada con un beso.
