NdA: para los que no lo sepáis; el pendrive en el que tenía guardados todos los fics que llevo escritos desde que empecé mis andaduras en Fanfiction pasó a mejor vida, así que tuve que empezar este capítulo desde cero. ¡Siento mucho la tardanza! Novedades: he hecho mi primer viaje en más de dos años, cumplido el tercer aniversario con mi churri, empezado mi último curso en la universidad y escrito un oneshot IwaOi llamado In your head, por si os apetece leerlo. ¿Cómo estáis vosotros? C:

Quiero dedicarle este capítulo a Raissa, Jeannette y ShikaZuka, que hace como tres siglos que cumplieron años pero seguro que me perdonan, porque son muy buenas y no me las merezco. Gracias a Laet-lyre por ayudarme a hacer de esto algo decente, y por convertir a Nora en una persona conocedora de las propiedades de los medicamentos.

Antes de que empecéis a leer, os recomiendo que retrocedáis hasta el capítulo uno de esta historia y que le deis un repaso, porque he conectado uno de los datos que aparecen en él con algo que sucede aquí, más de quinientas cincuenta páginas después, así que os va a venir bien para refrescar la memoria.


XXl.

Días mejores

A lo mejor la gripe lo imbuye de ese pesimismo plomizo que acucia a las personas que no están acostumbradas a enfermar, pero Iwaizumi tiene el presentimiento de que los diez minutos que tardará la cola en avanzar hasta el mostrador de la tienda van a ser bastante incómodos. Le duele la cabeza y el bullicio del centro comercial lo atosiga, así que no está en su mejor momento para socializar con chicas que dejaron a Oikawa debido a que en su época, su amigo decidió dedicarles más tiempo a él y al vóley que a todas ellas juntas. Es una circunstancia por la que Iwaizumi siempre ha entendido el resentimiento amargo que algunas le profesan a Oikawa. Porque que Iwaizumi lo quiera no significa que pueda exculparle por todas las cosas que ha hecho mal, o negar el daño que ha infligido. En chicas que esperaban más de él que una ausencia sempiterna (y en niños que lo consideraban su ídolo). Iwaizumi comprende que no es muy justo pero que, según la chica, ese resentimiento también puede englobarlo a él, por extensión. Porque pocas se lo dijeron a Oikawa en voz alta pero la mayoría lo pensó. Que pasaba más tiempo con su mejor amigo que con ellas.

Así que Iwaizumi reserva un tacto especial para ellas.

Y sin embargo, es mirar a Nora a la cara y recordar la noche en que se la encontraron en el Salomón. Con su vestido negro, su pelo suelto y su sonrisa blanca. Ahora, la chica abre y cierra la boca con estupor, como si estuviese viendo un fantasma, e Iwaizumi vuelve a experimentar la inquietante sensación de que Nora lo sabe. O que por lo menos lo sospecha. Lo que ocurre entre Oikawa y él. Lo que Iwaizumi lleva años escondiendo del mundo.

—¿Cómo estás? —pregunta ella al final, casi en un susurro.

Iwaizumi se encoge de hombros con una brusquedad que no controla. Todas las alertas rojas encendidas.

—No me puedo quejar —admite—. ¿Y tú?

En ese momento; un empleado uniformado de granate pasa junto a ellos con un móvil confeccionado con plumas y cristales de colores, de esos que se cuelgan detrás de las puertas. El reflejo surca las facciones de Nora. Las estrían de naranja, celeste y rosa y esquivan sus labios de cereza. Es tan guapa que Iwaizumi se arrepiente de no haberse duchado antes de salir. Por lo visto ahora le acompleja encontrarse con una ex de Oikawa estando ella en plan catálogo de revista y él para el arrastre, enfundado en el chándal con el que lleva toda la mañana tirado en el sillón viendo Prison Break. El pelo aplastado y unas leves ojeras asomando bajo los ojos cansados y resaltando contra la tez cetrina.

–La verdad es que llevo diez minutos pensando que me he pasado un poco con los regalos.

Lo dice con mucho cuidado. Como si se hubiera percatado de su repentina hostilidad y temiera importunarlo más todavía, e Iwaizumi acaba por sentirse un gilipollas integral. Se supone que es él quien debería ser amable con Nora y en lugar de eso ahí está, emparanoiándose y comparándose con ella.

Se rasca la nuca y baja la cabeza. Disculpándose. Las cejas dejan de fruncirse y la boca de apretarse.

–Sí, bueno. Mis compañeros de piso probablemente le estén leyendo la Declaración Universal de los Derechos Humanos al dependiente de The Quest para que pueda llevarme al monstruo de una peli a casa sin pagar todo lo que debería, así que ya nada me parece excesivo.

–Madre mía –sonríe ella, destensándose. Mirándolo con dulzura–. Oikawa te va a querer un montón por eso.

A Iwaizumi se le seca la garganta.

–¿Cómo sabes que...?

–¿Que es para él? –inquiere Nora–. Porque es la única razón que se me ocurre para que alguien como tú se salte sus códigos morales.

Si no se hace el silencio después de eso es solo porque las conversaciones del resto de clientes y los pitidos de la caja registradora llenan el espacio entre ellos.

–Yo no... –comienza Iwaizumi.

–Lo entiendo –se apresura a decir Nora, súbitamente alarmada–. Es tu mejor amigo. Yo tengo tres mejores amigas, así que no te culpo por tomarte licencias de vez en cuando con tal de verlo feliz. Es lo que haría cualquiera.

–Ya –coincide Iwaizumi, metiéndose las manos en los bolsillos. Deseando que el dependiente atienda ya a Nora.

Al parecer la chica capta su reticencia a seguir hablando, porque traga saliva y le da la espalda, esparciendo todos los artículos que ha comprado en la papelería cuando le llega el turno de pagar. Hurga en su bolso, Iwaizumi supone que en busca de la cartera, así que aprovecha para calcular cuánto le va a costar el papel de regalo, sacar el móvil y comprobar cómo van Yuki y Mobi. Suspira contrariado al ver que no tiene Lines suyos.

Lo que tiene es una pastilla azul. En su mano libre. De sopetón. Sin comerlo ni beberlo. Parpadea en dirección a Nora, que se ajusta a la cadera todas sus bolsas y da una cabezada seca en su dirección, mordiéndose los labios rojo mate.

–Te duele la cabeza –suelta ella atropelladamente–. Tienes los ojos entrecerrados porque te molesta la claridad. Y estás sudando. Trágate eso con un poco de agua. Es un Antalgin. Yo me lo tomo cuando me viene la regla y es muy potente. Te sentirás mejor en cuestión de minutos. –Se palpa los bolsillos del abrigo y extrae de uno de ellos una galletita envasada que le tiende a Iwaizumi–. Cómete esto primero. Así minimizarás el riesgo de úlceras duodenales –cambia el peso de un pie a otro–. ¿He dicho un poco de agua? Que sean doscientos cincuenta mililitros. Cómprate una botella de un litro y tómate la cuarta parte. Eso.

Aspira una bocanada ruidosa que le infla los pulmones y musita azorada "eso. Adiós. Y perdona" antes de cuadrar los hombros y marcharse a toda prisa.

Iwaizumi no se entretiene mucho en la caja. Paga con dos monedas de doscientos yenes y le pide al dependiente que se quede con el cambio. Agarra la bolsa y sale al trote detrás de la chica, alcanzándola junto a un fotomatón.

–Oye –le dice Iwaizumi, tratando de no toser–. Gracias. Y no pidas perdón. Soy yo el que te debe una disculpa.

Eso parece desconcertarla.

–¿Por qué?

–Por ser tan... yo qué sé –y acaba estornudando sonoramente dentro de su propia mano–. He tenido días mejores.

Nora le tiende un pañuelo. Esbozando una sonrisa compasiva. Iwaizumi se pregunta qué estará viendo en él para mirarlo como si fuera un cachorro cojo en lugar de un hombre de más de metro ochenta con pintas de muerto viviente.

–Vamos a comprarte esa botella de agua, anda.


Tinta sobre piel

Si a Iwaizumi le hubieran dicho que su búsqueda frenética de regalos para Oikawa terminaría con una merienda improvisada junto a su ex en un saloncito de té, probablemente se habría quedado en casa. ¿Lo más irónico de todo? Que no se lo está pasando mal. El dolor de tarro ha remitido casi desde que el fármaco le bajó por el gaznate, tal y como le advirtió Nora que sucedería, y ahora están sentados en el mismo banco de madera, ocupando un solo lado de la mesa y comiendo senbeis de espelta.

No han mencionado a Oikawa durante los quince minutos que llevan ahí, lo cual habría sido lo lógico dado que constituye una especie de nexo de unión entre los dos, pero Iwaizumi lo agradece. No deja de ser un poco extraño, ya que cuando se vieron en el Salomón parecía contenta de volver a verlo, pero Iwaizumi imagina que tal vez se deba al desplante que le pegó cuando lo mencionó antes. Lo invade una punzada de culpabilidad. En lugar de charlar sobre él, han visto casi todos los vídeos que Nora tiene en el móvil de Salem, su gato negro, e Iwaizumi ha acabado por enseñarle los que tiene él de Tex Mex; por cuestión de principios. Supone que es lo que hacen los padres cuando otros adultos presumen de sus churumbeles.

–En realidad es de Oikawa –matiza, sacándolo a colación por primera vez–. Se colaba en su apartamento hasta que por fin lo adoptó.

–Es precioso –comenta ella, embelesada con una secuencia en la que Tex Mex persigue un puntero láser manejado por Yuki, que se carcajea en cuanto el animal se encarama al sillón y salta sobre la barriga de un adormilado Mobi–. Se lo ve mucho más saludable que en las primeras fotos.

–Ya, bueno –suspira Iwaizumi. Lo último que se ve en el vídeo es la manaza de Mobi tapando el objetivo y gritando "¡os vais a enterar, capullos!"–. En el fondo creo que Oikawa piensa que no es un gato, sino un pavo al que hay que cebar para poder comérnoslo en Acción de Gracias.

–¿Acción de Gracias? –repite Nora, sorbiendo su té con leche y mojando un senbei dentro. Burlona–. Venga ya. Vaya una americanada.

–Totalmente.

Ambos intercambian una sonrisa resignada que viene a decir "así es él", y media taza de té después, Iwaizumi ya ha visto y dado su cohibida opinión sobre los seis vestidos que Nora le ha comprado a sus amigas. No hace comentarios muy elaborados, pero recurre a todos los sinónimos de "bonito" que conoce porque sabe lo mucho que a su madre le crispa su carencia de adjetivos variados cuando le pregunta qué le parece su falda de pana nueva, y quién sabe si Nora es igual que ella.

–Ha sido una locura –bufa ella, doblando y guardando uno de corte acampanado, con girasoles bordados en las mangas–. Una de ellas siempre ha sido muy fan del negro, pero allá por verano le empezó a dar por los estampados florales y hoy lo he pasado fatal porque tienda tras tienda me ha surgido la misma duda: ¿las flores de este pantalón son de vieja o no? ¿Porcentualmente hablando este kimono lo llevan más las veinteañeras o las octogenarias?

Nora masculla que tiene las mejores amigas del mundo pero que son unas capullas, e Iwaizumi no entiende mucho de moda femenina pero trata de convencerla de que la ropa que ha escogido les va a gustar. Y se piden dos copas de helado de vainilla, a pesar de que a Nora no le hace mucha gracia que Iwaizumi coma cosas tan frías estando enfermo.

–El problema –insiste Nora, metiéndose una cuchara llena de helado en la boca– es que me da miedo no saber adaptarme a sus cambios. Sé que si no es partidaria de los girasoles siempre puedo darle el ticket y que los cambie por otra cosa, pero –traga– quiero acertar. Darle algo que le guste sin tener que preguntar antes para asegurarme de que estoy eligiendo bien.

–Entiendo.

Nora desconoce hasta qué punto Iwaizumi la entiende. Incluso la envidia un poco. Un anillo reluce en el anular izquierdo de la chica, que ahora le muestra las deportivas verde fosforito que le ha comprado a su novio.

–Como hombre deportista, ¿qué opinas? –inquiere, toqueteando la caja de zapatos con inquietud–. Mi churri juega al fútbol. Siempre que puedo voy a sus partidos aunque si te soy sincera, no tengo un equipo favorito ni sigo los campeonatos por la tele, pero desde que estoy con él me sé las normas. Para él es importante, así que quería regalarle algo de equipación.

Iwaizumi coge una de las zapatillas y la pone a contraluz, sonriendo con suficiencia.

–Seguro que es delantero.

Nora deja escapar un gritito de asombro.

–¿Cómo lo sabes?

–Porque son los más horteras –responde Iwaizumi, aguantando un zape de Nora y devolviéndole el calzado–. Les flipa esto y el rosa chicle. Has hecho una apuesta a caballo ganador.

Ella parece agradecer en el alma el cumplido, pero seguidamente comenta con petulancia:

–Supongo que siempre he tenido debilidad por los chicos con un sentido de la moda peculiar.

Iwaizumi capta la pulla. La huele a un kilómetro y sabe que no debe seguirla. Que defender lo que está a punto de defender es hacer de abogado del diablo.

–Oikawa no es tan hortera.

–¿Y cómo llamarías a lo que hizo cuando combinó calcetines largos de rayas con pantalones cortos de cuadros?

–... A su favor diré que por lo menos eran del mismo color.

–¿Y lo de la muñequera?

–Mira, el que tenga un pasado limpio que tire la primera piedra.

Nora se ríe con tanta fuerza que le sale helado de vainilla por la nariz, e Iwaizumi esconde su sonrisa derrotada detrás de una servilleta. Han roto el pacto tácito de no mentarlo y ahora no hay vuelta atrás.

–¿Qué le has comprado? –quiere saber Nora después de concluir su exposición sobre los diferentes rascadores gatunos que se ha adjudicado.

–¿A Oikawa? –pregunta Iwaizumi. Nora asiente.

–Es tu mejor amigo, ¿no?

–Camisetas. De esas con frasecitas. Y el manga de Your name.

¿La verdad? Es mucho más fácil hablar de él si no hay acusaciones emocionales de por medio. Solo compras y regalos navideños. Todo muy inofensivo.

–¿Y? –lo presiona Nora, e Iwaizumi se muerde la lengua.

–... y probablemente una réplica a tamaño real del bicho de Alien.

Nora le propina unas palmaditas en la espalda.

–Cuanto antes aceptes lo que has hecho, mejor.

–Tienes razón.

Piden la cuenta y, mientras esperan a que la traigan, a Nora la llaman por teléfono y ella se disculpa un momento. Por cómo se le ilumina el rostro, Iwaizumi imagina que se trata de su novio. La escucha proponerle que se vean para cenar y piensa que tal vez, si las circunstancias fueran otras, podrían ser amigos. Iwaizumi nunca ha tenido una amiga, pero quizá sea más sencillo de lo que creía hasta ahora. Nora es divertida, lista y valiente. Tal vez el suyo no es la clase de valor que impulsa a una persona a pelear en desventaja numérica en un callejón oscuro, o a saltar desde un acantilado, pero está ahí. Iwaizumi lo ha visto cuando Nora ha decidido arriesgarse con los regalos de las personas a las que quiere. Y esa es una cualidad que él valora. Salir de la zona de confort. No todo el mundo es capaz de hacerlo.

Él no es capaz de hacerlo. Porque sí. Quizá solo se está engañando y le hace ilusión lo mismo que a un número elevado de tortolitos. Quizá se rehúsa a reconocerlo solo por si a Oikawa no le hace tanta ilusión como a él.

–Tengo que irme –dice Nora, sacándolo de sus pensamientos y quitándose la parka para anudársela a la cintura. Revelando piel tatuada desde las muñecas hasta más allá del borde de la camisa–. He aparcado el coche en el quinto pino para ahorrarme lo de pagar el parking, así que tengo que salir pitando para llegar a casa, esconder todo esto, ducharme y volver a salir –deja un billete de mil yenes y una moneda de quinientos yenes sobre la bandejita con la factura de la comida. Cuando se endereza para hacerse un moño, pilla a Iwaizumi examinando sus brazos–. ¿Te gustan? Casi todos tienen que ver con Salem, aunque tengo unos pocos refranes cerca de los sobacos y un trisquel en el codo.

–¿Ese no es el símbolo de las Embrujadas?

–Seh –admite con orgullo–. Tiene un montón de significados, ¿sabes? Simboliza la triple dimensión de la divinidad femenina, pero también la vida, la muerte y el renacimiento –a continuación duda un poco, como preguntándose si puede confiar en él, pero finalmente se quita la alianza–. Y este es por Yurimi. Nadie sabe que está ahí porque siempre llevo puesto el anillo, pero si ya mis padres me dieron un coñazo impresionante cuando fuimos a la joyería al cumplir medio año no quiero ni pensar en cómo se pondrían si supieran que me lo he tatuado.

–Es... te has tatuado la alianza.

Es...

–Exacto –coincide Nora, volviendo a ponérsela–. Soy muy despistada, y así aunque la pierda tendré otra de tinta hasta que pueda mandar a hacer otra.

una idea cojonuda.

–¿Y si...?

–¿Si lo dejamos algún día? –aventura Nora–. La gente no puede vivir pasando de demostrarle afecto a su familia o a sus amigos solo porque, debido a una serie de factores impredecibles, pueda perderlos algún día. ¿Si lo dejamos? Siempre podré taparlo con otro. O no. Tal vez me apetezca dejarlo ahí, porque no creo que me avergüence de haber querido a un chico maravilloso.

Iwaizumi va a contestarle, pero justo entonces aparecen dos caras conocidas en el umbral del establecimiento.

–¿Yuki? –llama Iwaizumi–. ¿Mobi?

Salta a la vista que no se encuentran muy católicos. Se sostienen el uno al otro por los hombros y caminan tambaleándose, como flanes gigantes.

–Ya está hecho –balbucea Yuki llegando hasta la mesa en la que Nora y él están sentados–. Nos ha costado tres rondas enteras al strip poker y dos al Twister, y una gragea de las de Harry Potter con sabor a vómito por cabeza. Pero lo hemos conseguido. Mañana nos traen al primo agresivo y no vegano de E.T. a casa.

–Venimos de echar la masca en el baño –farfulla Mobi, sudoroso y pálido como la muerte–. No pensaba que fuera a ser tan difícil. Normalmente basta con un poco de presión por parte de Yuki. Nos debes una muy gorda, Iwaizumi.

Iwaizumi podría abrazarlos hasta partirles la columna mientras les recuerda lo muy idiotas y exagerados que son, pero de repente le asalta una duda.

–¿Cómo me habéis encontrado?

–¿Recuerdas cuando me alié con Hanamaki y Matsukawa y te hackeé el móvil? –gruñe con esfuerzo, blandiendo su propio teléfono–. También te instalé una especie de localizador, por si alguna vez te perdía. No intentes buscarlo; solo yo y probablemente un par de fugitivos buscados por la Casa Blanca y el Pentágono podemos acceder a él y desactivarlo.

Nora los contempla a los tres pasmada, como si se estuviera planteando unirse a la conversación o escaparse por la ventana.

–Te alcanzamos hasta tu coche si finges que no has escuchado nada de esto –le sugiere Iwaizumi, lanzándole una advertencia muda a Yuki, que se ha quedado mirando a la chica como si fuera la aurora boreal o algo así.

–Creo que puedo intentarlo –dice ella, ligeramente aturdida.

Al salir de nuevo a la atestada planta baja del centro comercial, Iwaizumi deja que Mobi y Yuki se adelanten para sacarse fotos en un trineo tirado por renos enormes de origami y se acerca a Nora con decisión.

–No quería preguntarte qué harías si tu novio y tú cortaseis. Antes –confiesa, obligándose a seguir hablando–. Solo reunir un poco de información.

–¿Sobre qué?

Iwaizumi lo suelta después de esquivar a un vendedor de cupones de lotería.

–Sobre tatuajes.


¡Sopresa!

Que Nora lo haya desbloqueado del Line con el único propósito de pedirle que no la cague con Iwa-chan deja a Oikawa desarmado. Y ni siquiera entiende si en el buen o mal sentido, porque le crea emociones encontradas que alguien a quien ha hecho daño se siga preocupando por su bienestar sentimental. Se alegra, por una parte (la egoísta), porque todo lo que sea salvaguardar lo que Iwa-chan y él están intentando construir es bienvenido. Por otra siente que no se merece a Nora.

Por lo visto ambos se han encontrado en la tienda de accesorios para regalos del centro comercial esa tarde y luego, por alguna misteriosa razón, han ido a tomar algo. Como si fuera algo recurrente entre el novio y la ex del mismo capullo. Según Nora, no han hablado de nada en especial pero hay una proposición que Iwa-chan planea hacerle y ante la cual él debería reaccionar como si jamás se le hubiera pasado por la cabeza sugerirle lo mismo. Oikawa no es idiota, y se hace una idea bastante aproximada de a qué se refiere Nora, pero cuando trata de darle las gracias por advertirle de la situación actual antes de que Skype termine de cargar, se encuentra con que Nora ha vuelto a bloquearlo para que no le lleguen mensajes suyos. La culpabilidad le muerde los costados y le atenaza el pecho pero el alivio se sobrepone a ella.

Habría supuesto un shock que Iwa-chan le dijera sin vaselina algo así como "mira, que me he encontrado a tu ex y hemos estado de cháchara", porque Oikawa habría tenido que aparentar normalidad y combatido un infarto de miocardio al mismo tiempo; ante la incertidumbre de no saber si Nora le habría revelado que ambos se estuvieron mensajeando hasta hace apenas dos semanas.

Esa noche no hay nadie en el baño de la habitación, pero Oikawa no se clausura dentro. Ahora que su cruzada contra Ushiwaka ha perdido fuelle se niega a apretujarse contra unos azulejos demasiado brillantes pudiendo acurrucarse entre mantas. Tobio y Pulgarcito se han apoltronado en unos puffs marrones junto a la televisión, y charlan adormilados por el móvil, seguramente con sus padres, mientras tratan de seguir el hilo de una peli viejísima de Van Damme que están dando. Hace más frío que en todos los días que llevan ahí, así que Oikawa se pone un par de calcetines extra, se los sube hasta donde puede y remete el pantalón de pijama por dentro.

Se deja caer en la cama contigua a la que ocupa Ushiwaka, que hoy ha preferido dedicarse a leer los emails de Avaaz y las entradas del blog Amantes del Bonsái que tiene pendientes.

–¿Algo interesante? –inquiere, poniéndose los cascos y esperando a que Skype se digne a funcionar.

–Hay un concurso –musita Ushiwaka sin mirarlo–. En el jardín botánico de Jindaiji.

–Eso está cerca de aquí –observa Oikawa–. ¿Cuándo es?

–Dentro de tres días. El martes.

–Podríamos ir.

–No sé... –susurra Ushiwaka, tamborileando con los dedos sobre su teclado–. He estado viendo las fotos. Hay gente que ha decorado los suyos con borlas, estrellas de goma EVA y bastones de caramelo.

–En algún momento de la conversación hemos aparcado los bonsáis y nos hemos puesto a hablar de abetos navideños, aparentemente –dice Oikawa, arrellanándose contra las almohadas con una risita–. Tus hierbajos están más que presentables. Llévalos y así tenemos un pretexto para dar un paseo.

Ushiwaka no le contesta ni sí ni no, pero esboza una sonrisa pequeñita y va en busca de una botella de agua al mueble bar; para darles su regada nocturna a sus bonsáis. Justo entonces, la pantalla se ilumina y al otro lado aparecen cinco caras que se esfuerzan por no salirse de la imagen.

–¡SORPRESA! –exclaman sin mucha sincronía, unos más alto y otros llegando antes al final de la palabra.

–PERO QUÉ –brama Oikawa, dando un salto hacia atrás que sobresalta a Tobio y a Pulgarcito. Se da una hostia de campeonato contra el cabecero que seguramente dejará chichón–. Seguid a lo vuestro –solloza, frotándose y recolocándose uno de los auriculares, que se le ha caído. Les hace un ademán con la otra mano para tranquilizarlos–. Y vosotros no os riáis.

Pero es demasiado tarde para pedirles madurez. Makki, Mattsun e Iwa-chan se están partiendo el pecho, doblándose en dos en la oscuridad de la habitación de Iwa-chan, limpiándose las lágrimas y gimiendo "qué grande es" y "joder" y "no puedo más", y Oikawa se pregunta qué hace siendo amigo de esa chusma.

–... ¿Estás bien, tío? –le pregunta por fin Yuki, que parece estar haciendo un serio esfuerzo por no unirse a las carcajadas de los otros tres–. Ha sonado como si te hubieras roto el cerebro.

–Como si tuviera de eso –jadea Iwa-chan, socarrón y desdeñoso. A Oikawa debería molestarle que fuera tan desconsiderado con él cuando hay más compañía masculina delante, como hacen todos los imbéciles que se niegan a perder su estatus de tipo duro, pero lo cierto es que él es igual o peor y nunca desperdicia la ocasión de insinuar que David el Gnomo es más alto que Iwa-chan cuando están en público, así que lo deja estar porque en el fondo; puede reconocer que ha aprovechado magistralmente la ocasión para llamarlo descerebrado. Buena jugada, Iwa-chan.

–Ya, bueno. Con lo guapo que soy a nadie le importa que sea tonto.

A Iwa-chan le sienta bien esa risa. Esa que no parece ir a cesar nunca y cuyo desencadenante siempre es algún golpe o algún chiste malo, y que a Oikawa le gustaría poder desatar cuando ya no les queden dientes para proferirla.

–No eres tan guapo.

–Tampoco me hace falta. Lo compenso con otras aptitudes –y le guiña el ojo con toda la mala intención del planeta.

Y antes de que Makki, Mobi, Mattsun y Yuki tengan la oportunidad de aullar un "UUUUUUUH" descontrolado Iwa-chan se cruza de brazos con suficiencia y Oikawa tiene el presentimiento de que está jodido, como si acabara de sacar un full e Iwa-chan estuviera a punto de tirarle una escalera de color a la cara.

–No la tienes tan grande.

El desgarrón que sufre su orgullo ante ese golpe de gracia es demasiado monumental para que Oikawa pueda apreciarlo. A Makki y a Mattsun, en cambio, parece encantarles.

–¡BOOM BITCH!

Makki.

–REBOTA Y EN TU CULO EXPLOTA.

Mattsun.

No es que Oikawa no sea capaz de duplicar la humillación. Podría hacerlo. Perfectamente. Le quema la cara y le pica el amor propio, pero podría escupir algo como me jacto de tener una memoria prodigiosa y, que yo recuerde, cuando me quedé contigo en la residencia hace menos de una semana el tamaño de mis proporciones no parecía ser un problema para ti o no deja de ser una paradoja de que precisamente seas TÚ quien tenga algo que objetar sobre la falta de centímetros, ENANO.

O simplemente podría defenderse. Pontificar sobre la suerte que tiene Iwa-chan de que a Oikawa le mida diecinueve centímetros en erección sin haber acabado de desarrollarse, máxime teniendo en cuenta la lamentable media asiática. El trauma que se les quedaría a Pulgarcito y a Tobio (y puede que a Ushiwaka, aunque Oikawa tiene sus dudas porque a Ushiwaka le resbala todo) valdría la pena.

O no. Se le ocurre una opción mejor. Mucho más retorcida y suya.

–No voy a dejar que te olvides de esto, Iwa-chan –es lo único que masculla. La mandíbula tensa y la sonrisa de plástico y azúcar–. Acuérdate de mis palabras porque encontraré la manera de que te arrepientas de lo que has dicho.

A continuación se produce un pequeño caos porque Makki y Mattsun lo desoyen y corean al unísono "TOCADO Y HUNDIDO" y se arrancan a bailar hasta que se les termina el suelo y les da por subirse a la cama de Iwa-chan. Les da tiempo de quince segundos de coreografía a lo Chad y Troy en The boys are back hasta que Iwa-chan los desaloja con sendas patadas.

Después se apresuran a tocar todos los temas que importan, como los últimos éxitos del nuevo equipo de Oikawa, la magnífica mejoría de su vista y la alarmante progresión de su relación con Ushiwaka, la gripe de Iwa-chan, las maravillas del Antalgin y lo escalofriante que es la menstruación, la nulidad para envolver paquetes de Mobi, a quien Yuki ha tenido que prestar su única mano funcional con los regalos de su madre, y lo tremenda que, en opinión de Yuki, está Nora.

–Es como Amy Lee pero en más guapa –suspira, abrazando la almohada de Iwa-chan–. ¿Qué crimen cometiste para que te dejara?

–Hacerle más caso a Iwa-chan –suspira Oikawa, fingiendo tristeza–. A la larga es evidente que he salido perdiendo.

–Eh –le gruñe Iwa-chan, y no es solo "eh" sino "no mientas, idiota", y a Oikawa le asusta un poco no poder estar enfadado con él–. Y tú: olvídate de ella. Hace más de un año que tiene novio –le advierte a Yuki.

–Eso no me preocupa. Tengo posibilidades con ella –contesta él con convicción, quitándole hierro al asunto–. Si esa mujer pudo dejar a Oikawa puede dejar a quien sea.

–Vale, ahora no sé si le estás tirando los trastos a mi novio o a su ex.

Trata (en vano) de que pase desapercibido. Mi novio. Escuchar "mi novio" de boca de Iwa-chan debería ser... todo lo bonito que puede ser una aurora boreal o la suelta de farolillos de la Fiesta de la Luna tailandesa, pero sus cuatro amigos se encargan de que resulte ridículo. Canturrean "mi noviooooo" con voz de pito y le revuelven el pelo y hasta Oikawa tiene que reírse sin querer. Probablemente no sea una risa que sus compañeros de selección estén habituados a oír, porque Tobio y Pulgarcito bajan el volumen de la tele para mirarlo con fijeza, y hasta Ushiwaka para de vaciar un vaso sobre el último de sus bonsáis y se queda boquiabierto.

–¿Tenéis algún problema? –carraspea Oikawa, recuperando el semblante.

–No –responde Tobio–. Es que no sé, ignoraba que pudieras reírte así.

–Así cómo.

–Como una buena persona.

Ah.

Pulgarcito le propina un codazo no muy discreto a Tobio. En el costado. Ushiwaka mira al chico y a Oikawa alternativamente. Endurece la expresión, ya severa de por sí. Aprieta la boca.

–Kageyama... –empieza. Con una voz de ultratumba que Oikawa nunca le había escuchado emplear, ni siquiera en sus desafíos más arduos.

–¿Qué? –cuestiona Tobio, que no entiende a qué vienen esas caras tan largas–. ¿Es por algo que he dicho?

–Déjalo –se encuentra diciéndole Oikawa a Ushiwaka, aunque no reconoce su voz cuando habla.

–Pero...

No es un calificativo nuevo. Lo ha escuchado antes. Que es retorcido, que tiene un carácter endemoniado, que a veces le provoca escalofríos hasta a sus propios amigos. Aparta la sensación de indigestión que se le empieza a formar en la boca del estómago y le guiña un ojo con complicidad a Ushiwaka. Es como si lo hubieran insultado a él en lugar de a Oikawa.

–Quizá es que no lo soy. Una buena persona.


Teatro

Al otro lado de la pantalla se ha vuelto a reanudar la cháchara. Banalidades, en su mayoría. Una receta para hacer cafés del Starbucks veganos que Mobi ha visto en un canal de Youtube. Mind over munch, dice que se llama. Makki comenta que Mattsun y él van a ir a asistir a una obra de teatro Noh el domingo.

–¿Pero a vosotros desde cuándo os van esas cosas? –inquiere Oikawa con incredulidad, porque no puede imaginarse a esos dos sintiéndose atraídos por dramas de los siglos XlV, XV y XVl fuertemente influenciados por la filosofía budista.

–Desde que salimos juntos –contesta Makki, que acaba de volver de la nevera con un bol de albóndigas de lata para microondas–. Hemos llegado a la conclusión de que ir al teatro y a musicales es todo un pasteleo si no te gustan ese tipo de cosas, pero quién sabe, en el cine a la pareja protagonista siempre le funciona para que el vínculo cuaje, así que a lo mejor a nosotros también.

Podría ser una buena broma, si el ambiente no se fragmentara y cristalizase. Si de repente no hubiera un millón de piezas que encajan y forman un puzzle perfecto. Qué. Hay un momento de parálisis general al que Makki y Mattsun parecen ajenos. Cómo. Comparten el cuenco y Mattsun susurra "tío, te has olvidado los palillos" y Makki sonríe todo lo canalla que puede "qué te tengo dicho, Sunny; la mujer, el pollo y el marrano se comen con las manos" y Oikawa los ve. Por primera vez. Como si llevara con la venda puesta desde mucho antes de la operación y ahora se le cayera. No hay mucho que ver, en realidad. Solo pequeños detalles. El reproche risueño y ruborizado de Mattsun ("no te pega ser un capullo") y esa manera de la que Oikawa siempre los ha visto cómodos estando cerca, pero distinta. Con un cariz más íntimo. Uno que antes no estaba. Como si se alegraran de estar entre amigos pero una parte irracional y egoísta de ellos deseara quedarse a solas.

Cuándo.

Makki y Mattsun estando juntos como Iwa-chan y él es una idea difícil de procesar así, de golpe y porrazo, pero no por ello es un sinsentido. De hecho, Mattsun y Makki juntos y revueltos es la respuesta a muchas preguntas que Oikawa se ha hecho. A casi todas, en realidad.

Se pregunta cómo puede haber estado tan ciego, y si Iwa-chan también se está dando cuenta ahora o ya tenía sus sospechas. Seguramente no. A juzgar por los ojos desorbitados con los que está mirando de la pantalla a Makki y Mattsun y de nuevo a la pantalla, como si estuviera presenciando un partido de tenis. Quizá hace días o semanas que ha notado que sus amigos se estaban comportando de una forma extraña, pero no se había acercado ni de lejos al motivo de su conducta. Recuerda que Iwa-chan y él tocaron ese tema hace no mucho, y que lo pospusieron sin llegar a ninguna conclusión.

Por qué no nos lo habíais dicho antes.

Yuki ha dejado la boca en forma de "o" y Mobi se ha quedado tan quieto que si fuera gris podrían confundirlo con una estatua.

Y entonces a Mattsun se le va una risotada un tanto forzada.

–Si serás abusador, mira qué caritas han puesto –le pellizca la mejilla a Makki, que ha dejado de comer y tiene la vista clavada en las rodillas–. Casi se lo tragan.

–Habéis picado –lo secunda Makki con sequedad, pero Iwa-chan se revira en la silla del ordenador y les asesta un puñetazo en el pecho a cada uno que los deja morados de asfixia.

Le está dando la espalda a Oikawa, así que no sabe cómo de enfadado está hasta que lo escucha hablar.

–Ni se os ocurra. No necesitáis nuestro permiso. Gilipollas. Aplicaos el cuento.

No está cabreado.

Iwa-chan los abraza como si quisiera estrangularlos, pero esa fuerza física y muscular es la única que emplea sobre ellos.


Qué, cómo y cuándo

No parece que Iwa-chan les haya dado instrucciones, pero después de hacerles prometer a Makki y a Mattsun que esperarán a que Oikawa vuelva para contarlo todo, Yuki arguye que ha quedado con unos amigos de su clase para echar unas partidas online al WoW, Mobi se excusa diciendo que tiene que darse la mascarilla de aguacate y mayonesa en el pelo que tan fabulosamente le sienta a esa youtuber que está siguiendo y Makki y Mattsun se prestan voluntarios para ir a buscar la cena a esa tienda de sushi sospechosamente barata que Yuki vio el otro día desde el bus, tres paradas antes de llegar al campus.

–Llámame al móvil –le pide Oikawa, y un minuto después ha apagado el portátil y salido al pasillo para hablar con él, ahora sí, lejos de sus compañeros de cuarto. El frío le muerde los tobillos al dejar la calidez de las mantas.

¿Pasa algo? –inquiere Iwa-chan al otro lado de la línea. Oikawa escucha rechinar el respaldo de su silla. Se lo imagina recostado hacia atrás.

Pasa que a veces me pregunto si eres el único que me considera bueno, Iwa-chan. Supongo que me asusta preguntarme qué pasará si algún día comienzas a ver en mí lo que ven todos los demás.

–Creo que pongo cara de atontado cuando hablo contigo –confiesa, sentándose en el hueco de un ventanal, con la ciudad a su espalda–. Y bueno. Nuestros amigos están cumpliendo su target de Guardianes del Secreto a la perfección. Con lo nuestro. Así que pensaba que les debíamos la misma –explica, bajando la voz y pegando la boca al teléfono todo lo que puede–. Porque no creo que a ellos les importe que lo sepa todo Dios pero tampoco nos lo han dicho expresamente, y no quiero dar nada por hecho.

–Tienes razón –concede Iwa-chan, y Oikawa lo escucha tomar aire–. ¿Tú te lo habías planteado?

–¿Lo de Makki y Mattsun?

–Sí.

–Qué va –admite Oikawa–. ¿Tú sí?

–No –reconoce Iwa-chan–. Y ahora que pienso lo obvio que ha sido todo este tiempo me siento imbécil.

–Ya –Oikawa se muerde el labio.

–¿Crees que por eso nos hicieron aquellas putadas? –aventura Iwa-chan–. ¿Lo del relato guarro en tu Facebook y el reggaeton durante mi examen? Según ellos, fue porque no les contamos todo lo que hicimos cuando... bueno. Eso. Pero ahora creo que lo hicieron porque les molestaba que no nos diéramos cuenta. De lo suyo. Que les dolió porque ellos siempre supieron lo nuestro, antes incluso de que lo supiéramos nosotros.

Oikawa asiente despacio.

–Y lo de Sunny... lo de Takahiro.

–Y lo de las navajas a juego –apunta Iwa-chan.

–Y lo de apagar los móviles por la noche.

Se quedan callados procesando la información implícita de esa última revelación.

–Iwa-chan, ¿crees que ya han... ? –aventura Oikawa, dejando la frase en el aire.

–¿Sinceramente? Prefiero no saberlo.

Oikawa casi puede verlo arrugar la nariz. Casi puede saborear ese pliegue que se le forma justo debajo, y en el que el aftershave se acurruca.

–¿De verdad?

–La ignorancia me hace muy feliz –insiste Iwa-chan–. Vivo escabrosamente a través de la vida sexual de Yuki y es agotador. ¿Sabes que ha conocido a un tío en Tinder? Se lo está paliqueando y esto parece el Mystic Messenger. Cuando duda entre más de dos respuestas posibles a sus piropos horribles, lo cual suele ser siempre, Mobi y yo tenemos que ayudarle a elegir una –gruñe–. Créeme, Oikawa. Hay cosas que es mejor no saber.

–¿Como que puedes venir a visitarme la semana que viene?

¿Está mal que aparquen la relación recién descubierta de sus amigos para centrarse en la suya?

–Qué.

Si no faltara poquísimo para el toque de queda, Oikawa hablaría largo y tendido sobre Makki y Mattsun. Le diría a Iwa-chan que ese abrazo de antes fue bonito y que le habría gustado teletransportarse para meterse en él, prescindiendo de esa parte en la que Chuck Norris poseyó a Iwa-chan y convirtió sus puñetazos en una apisonadora de costillas. Le tomaría un poco el pelo. Le diría que lo del derecho de visita es broma solo para que Iwa-chan sufriera una décima parte de lo que debería sufrir a causa del desplante de hace un rato.

–Puedes venir –claudica–. Mi madre y mi hermana están muy liadas con el curro, y la hora y media que tengo para estar con alguien de fuera no basta para sonsacarles todo lo que necesito saber a Makki y a Mattsun, así que se lo diré a Meyko. Una vez me contó que siempre había querido saber cómo era un hotel de cinco estrellas por dentro. Se conoce todas las líneas de bus de Japón, así que seguro que sabe llegar hasta aquí.

Iwaizumi contiene la respiración.

–No sabía que admitían visitas.

–A nosotros nos han dado permiso para invitar a nuestros allegados, si avisamos a la organización con la antelación suficiente. Solo hay cuatro guardaespaldas, así que si viene gente de fuera a vernos a todos a la vez no podrán vigilarnos como es debido. Tsukishima ya ha invitado a su amiguito de las pecas, y Bokuto ha hecho lo propio con el actual capitán del Fukurodani y con el tío ese que siempre me miraba mal cuando íbamos a Tokio a ver algún partido.

–¿El del Nekoma?

–El mismo –coincide Oikawa–. Creo que todos ellos vienen el miércoles –añade.

–Si se lo comunicas a la seleccionadora mañana a primera hora podría darme un salto por ahí el lunes.

Eso son poco más de dos días. Cualquier otra persona habría propuesto una fecha más holgada. Para planificarse. Para que Oikawa hiciera lo propio. Habría dicho "mañana te confirmo" o "deja a ver...".

Iwa-chan no es cualquiera.

–Debería darte vergüenza montar esos paripés delante de nuestros amigos cuando está claro que no puedes vivir sin mí, Iwa-chan.

–Nunca he dicho que pudiese.

Ve a Green (la guardaespaldas menuda del pelo fosforito de la que Nishinoya se ha quedado prendado) salir del ascensor más próximo y saludarlo con la mano.

Todavía no hemos hablado de eso que me ha dicho Nora. Ni le he contado que hoy Janet nos ha dejado elegir cuatro pizzas familiares en el Pizza Hut que hay a cuatro manzanas y que nos las hemos comido en la habitación de Tormenta y compañía. Ni que Nishinoya nos ha enseñado a jugar a ese juego que se juega con la baraja española. La Ronda. Ni lo del concurso de bonsáis de Ushiwaka o la excursión que pensamos hacer mañana por la planta baja, porque hay un montón de establecimientos en los que Pulgarcito duda que le dejasen entrar si no fuera cliente del hotel, y siempre ha querido tocar un cristal de Swarovski y probarse una chaqueta de Gucci.

Todavía no te he dicho que te quiero.

–Tengo que colgar –se despide Oikawa. Y se engaña y cree por un segundo que verdaderamente es eso lo que va a hacer hasta que se le abre la piel y le brota de la boca un secreto que anhela dejar de serlo. Bajito. Solo para ellos dos. Por primera vez–. Te quiero.

No lo hace al enterarse de un acontecimiento visceral. Iwa-chan no le ha dicho que se va a la guerra o que van a ser padres o que le han diagnosticado cáncer de páncreas. No acaban de hacer el amor ni de terminar una mudanza o de superar una entrevista de trabajo. Y ni siquiera están frente a frente y pueden leerse los labios y besárselos después. O viceversa.

Es un momento tranquilo y rutinario de sus vidas. Dentro de unos minutos se irán a dormir o a cenar y sabrán que ese "te quiero" es real, porque Oikawa no lo ha pronunciado desde la compasión o desde la conmoción o desde la pasión o desde la emoción. Todos ellos son sentimientos agresivos que muchas veces potencian la verdad pero otras tantas la alteran, hacen que la gente escupa mentiras que no diría estando cansada y satisfecha y en calma y con los pies helados.

Hajime se ríe flojito. Asimilándolo. Le da las buenas noches y Oikawa le cuelga porque no sabe si está preparado para oír que "yo también", y se baja de la ventana en el corazón de Tokio, con la luna menguante escondida entre las nubes y el cuerpo hueco, casi flotando.

Capitán, oh, mi capitán

Sábado. Noche temática. Fiebre del sábado noche. No se han roto la cabeza con el nombre, aunque no por ello la perspectiva resulta menos divertida. Van a habilitar la sala de actos del primer piso, que normalmente alquilan los políticos de turno para dar una conferencia o las familias pudientes para celebrar bodas. Pondrán una bola de discoteca de las viejas, montarán una pista de patinaje y habrá música de los setenta. ABBA, los Bee Gees, Aerosmith y puede que Blondie y Dire Straits. Hay que llevar el carnet de identidad obligatoriamente para que los camareros distingan a los mayores de edad de los que no lo son, y nadie del Karasuno ha mostrado indicios de querer falsificar el suyo, porque a todos les interesan más las copas de cristal repletas de bolas de helado con nata y una cereza a modo de corona (que Janet les ha prometido que servirán) y los batidos de galletas y fruta que el alcohol.

–¿Tú crees que habrá de yogur? –escuchan preguntar a Tobio en el salón–. ¿Y de leche?

–Fijo que sí –le contesta Pulgarcito.

–Tú qué dices, Ushiwaka. ¿Eres más de leche o de yogur?

–De leche.

–¿Tu disfraz de Halloween habla por ti?

Ushiwaka no parece comprender qué tiene de malo, exactamente, que decidiera vestirse de vaca para acudir a la misma fiesta de Halloween a la que Oikawa, Iwa-chan, Makki y Mattsun asistieron en su día, pero Oikawa se lo ha restregado tantas veces desde que comparten habitación que ha aprendido a ponerse a la defensiva.

–Ya te he dicho que fue idea de Tendou, no mía.

Uno de los mejores aspectos de Ushiwaka, en opinión de Oikawa, es que ninguna de las preguntas que se le ocurre hacerle le parece lo bastante absurda como para no ser contestada. Ni siquiera el bueno de Tobio, que le ha aguantado carretas y carretones, es capaz de no poner los ojos en blancos por lo menos una vez cuando Oikawa comienza con sus interrogatorios. Le ayudan a conocer mejor a sus compañeros.

Tal vez sea eso lo que necesita de Ushiwaka. Conocerlo mejor para poder jugar con él.

–¿Peli Disney favorita? Porque doy por hecho que tienes una. Todo el mundo tiene una, hasta el más insospechado. Hasta los que juran por activa y por pasiva que no les gusta Disney, aunque a mí personalmente no me parecen dignos de confianza.

–Eh... –Ushiwaka titubea un momento, abrochándose el único botón de su americana púrpura frente al espejo del baño–... ¿Lilo & Stitch?

A su lado, Oikawa deja de enrollarse el flequillo en el cepillo circular que usa para hacerse los tupés.

–¿En serio?

–En serio –repone Ushiwaka sin inmutarse–. ¿Cuál es la tuya? –el tono es igual de neutro que siempre pero destila cierto escepticismo, como si Ushiwaka estuviera convencido de que nada que Oikawa vaya a responderle puede ser mejor que Lilo & Stitch.

–A ver, no hace falta que te pongas a la defensiva. Stitch mola bastante porque es un alienígena y encima es azul, y los alienígenas azules son todo lo que está bien en la vida. Pero El Jorobado de Notre Dame es El Jorobado de Notre Dame.

–... Ya.

–¿Cómo que ya? ¿Tienes algo que decir, experimento 626? –resopla Oikawa, apuntándolo con el cepillo–. ¿Sabes qué? No me lo digas. Ahora mismo te considero un ser humano aceptable y cualquier crítica negativa hacia una de las películas Disney más infravaloradas de todos los tiempos podría suponer un daño irreparable sobre el concepto que tengo de ti –vuelve la vista hacia delante, arrugando la nariz con disconformidad–. Sé decente y pásame la laca.

–Iba a decir que me gusta su banda sonora –dice Ushiwaka, retrocediendo hasta la repisa marmoleada que tiene detrás y pescando un bote alargado, de un amarillo que podría usarse para fabricar chalecos reflectantes–. Sobre todo la parte de las campanas. Al principio y al final.

Oikawa le guiña el ojo mientras prácticamente se gasea la cabeza hasta dejarlo todo estático de cejas para arriba.

–Que sepas que acabas de superar una prueba de fuego vital para nuestro amago de amistad.

Ushiwaka asiente y Pulgarcito aporrea la puerta desde fuera.

–¿Os falta mucho? –gimotea–. ¡Necesito hacer pis!

–Los adultos se están terminando de afeitar, Pulgarcito –miente Oikawa, haciéndose oír–. Ya sabes, eso que se hace cuando uno tiene pelo. ¿No puedes ir al servicio de la habitación de al lado?

–¡Está Tsukishima! –maúlla Pulgarcito, agobiado–. Me ha dicho que la saque por la ventana del pasillo o que me cosa la punta y me reviente por dentro.

Por Dios bendito –farfulla Oikawa, intercambiando un gesto de dolor con Ushiwaka y retirando el pestillo para que Pulgarcito pueda entrar.

Y él quejándose de lo escasamente empático que puede ser Iwa-chan con su vejiga.

Tardan como diez minutos más en estar listos, porque Tobio no tiene ni idea de cómo hacerse el nudo de la corbata sin parecer un pordiosero y Oikawa tiene que ayudarle solo por los escalofríos que le dan de pensar en lo que podrían decir de él si lo viesen junto a alguien que lleva la corbata como si fuera una soga con la que quisiese ahorcarse.

–No sé ni para qué te molestas. Deberías llevarla en la cabeza y desabotonarte la camisa.

–Todavía no –se niega Tobio. Nunca se ha puesto una camisa tan almidonada como esa y quiere llevarla con decencia, a pesar de las reiteradas protestas de Oikawa, que ayer le compró unas gafas redondas con los vidrios naranjas y una blusa floreada de manga ancha porque "da igual que los hippies sean de los sesenta, Tobio, ponte esto mañana por la noche y te doy todo mi dinero".

–¿Prefieres esperar al colocón de batido helado para desinhibirte?

–¡Oikawa!

–¿Chocolate blanco o chocolate negro? –inquiere Oikawa. Ushiwaka está de espaldas a él regando los bónsais con un vaso, pero no hay duda de hacia quién va dirigida la pregunta.

–Con leche.

–¿Otra vez tu disfraz de Halloween?

–Oikawa...

A sus compañeros les flipa su apellido. Si hicieran una de esas encuestas de Facebook tipo "averigua cuál es la palabra que más utilizas" seguramente a Tobio y a Ushiwaka les saldría "Oikawa".

–ValevaleVALE. ¿Qué opinas de la gente que corre no como parte de un calentamiento, sino como deporte en sí?

–Que una de las asignaturas de mi carrera debería centrarse en estudiarlos.

Oikawa acaba levantando los pulgares en señal de aprobación y Pulgarcito anuncia que no encuentra sus calcetines favoritos. Los de las calabazas grabadas.

–Los llevaste a la colada esta mañana, burro –se acuerda Tobio, atusándose la corbata pulcramente atada después de que los cuatro hayan puesto patas arriba el cuarto tres veces consecutivas.

Salvo Oikawa, ninguno de ellos parece encontrar apasionante el protocolo de vestimenta de la cena. No se puede decir que Bokuto no le eche ganas, pero llevan ahí casi una semana y sigue combinando chaquetas de vestir una talla mayor que la suya con esa clase de calzado tobillero que llevaría un jugador de baloncesto excéntrico. Esa noche, a diferencia de todas las demás, los porteros que custodian el comedor no solo lo dejan pasar a él y a sus vaqueros llenos de rotos a regañadientes, sino que hasta le sonríen y le dan la bienvenida, posiblemente porque han visto tantos leggins de cuero y boas en lo que va de noche que Bokuto les debe de parecer todo un caballero.

Hay hambre y ellos no se ponen de acuerdo para decidir quiénes guardan sitio mientras el resto se sirve, así que terminan abandonando todo atisbo de democracia y civismo y se abalanzan sobre los expositores de sopa de verduras y pollo adobado.

–Hay algo de lo que tenemos que hablar –sentencia con tono solemne después de que todos hayan tomado asiento en la mesa de la que se han apropiado, la más cercana al buffet–. Necesitamos escoger un capitán.

–¡Es verdad! Janet nos dijo que lo hiciéramos cuanto antes –asiente Pulgarcito, colocándose una servilleta de tela alrededor del cuello a modo de babero–. Hemos estado tan a tope con los entrenamientos que me había olvidado por completo de lo de la capitanía.

–Y os volvéis a pasar por el forro lo de no debatir temas importantes durante las horas de la comida –les gruñe Tsukishima, que ya ha empezado a cortar su bambú con setas. Lleva una camisa azul con un patrón de anclas más oscuras y un pantalón de pinzas del mismo color. De ninguna manera casa con el ambiente setentero que se pretende prodigar, lo cual parece importarle un rábano–. Pero bueno, me da igual. Lo lógico es que os pongáis de acuerdo los que habéis capitaneado algún equipo con anterioridad y decidáis quién de los tres es el más apto para dirigir este –comenta, deteniéndose para mirar a Oikawa, Bokuto y Ushiwaka–. Nishinoya ya dejó claro en su momento que estas cosas no le interesan, y los que quedamos seguimos intentando superar muros elementales para el vóley que vosotros escalasteis hace eones. Este –y señala a Tobio con el tenedor– sigue teniendo reminiscencias de monarquía absolutista en situaciones de crisis. Y este otro –apunta a Pulgarcito– se porta cuando se trata de animar y mantener la estabilidad de gente que considera peor que él, pero ahora que está rodeado de personas a las que admira no va a ser capaz. Y a mí no se me da bien darle palmaditas al compañero en el hombro e improvisar discursos optimistas.

–Menos mal –masculla Tobio, bebiéndose un vaso entero de agua. Rojo hasta la raíz del pelo–. Ya pensaba que no ibas a hacer autocrítica.

Tsukishima arquea las cejas rubias por encima de la montura de las gafas. Sumado a su vestimenta, el gesto le recuerda a Oikawa a un bibliotecario intransigente.

–Te sorprendería lo crítico que puedo ser conmigo mismo –dice, dando por zanjado el asunto y metiéndose un tenedor con bambú en salsa en la boca.

Tobio tampoco añade nada más. Es como si, en algún punto desde que se conocen, se hubieran acostumbrado a no mirarse, pero no parecen enfadados.

Oikawa los evalúa a ambos. Apoya el mentón en la mano, entretenido.

–Pero si sois capaces de dialogar y todo.

Por toda respuesta, Tsukishima y Tobio emiten un "tch" desganado. Sin dejar de comer.

–Desde que Asahi, Daichi y Suga volaron del nido, Hinata y estos dos han tenido que bajar un poco los humitos, ¿a que sí? –inquiere Nishinoya, y Oikawa tiene la impresión de que el líbero ha disfrutado de lo lindo viendo a esos tres masacrarse–. Ya no pueden tirarse a la yugular del otro y esperar que Daichi o Sugawara vengan a poner orden. Es entenderse en las cuestiones más básicas o hundir el equipo.

–Os ha salido una parvada complicada.

–Ya te digo –concuerda Nishinoya, revolviéndoles el pelo a Tsukishima ("quita") y a Tobio ("Nishinoya, ahora no")–. Yamaguchi es el único con dos deditos de frente.

Para más inri, sus tres compañeros del Karasuno responden con un asentimiento casi imperceptible que en Tsukishima es un poco más pronunciado que en los otros dos.

Bueno –carraspea Nishinoya, enfundado en un conjunto amarillo canario de dos piezas. La blusa negra apaga un poco su indumentaria, pero de ninguna manera le da un aire mínimamente formal. Parece un Pikachu un poco más grande de lo normal–, pues hala. Poned sobre la mesa las razones por las que cada uno cree que debería ser el jefe.

–Soy fuerte –interviene Bokuto de inmediato–. Puedo adaptarme rápido a cualquier pase y tengo mucha resistencia. Se me dan de lujo los remates poco convencionales y me aprovecho bien del bloqueo del contrario.

Al finalizar, todas las miradas se posan en Oikawa y en Ushiwaka, que se limita a aclarar:

–Yo creo que triplico todo lo que acaba de decir Bokuto, salvo lo del bloqueo. Se me da mejor destruirlo que sacarle partido.

Hay tanta honestidad en esa afirmación que ni siquiera Bokuto puede cabrearse con él o tildarlo de gallito.

–Pero a ver –les llama la atención Oikawa–, todo eso es maravilloso, claro que sí. Siempre y cuando estemos hablando de habilidades individuales. Un capitán debe poder ofrecer algo más que su propio talento. Por esa regla de tres, Nishinoya y Tobio estarían sobradamente cualificados para el puesto.

–Pues tienes razón –concede Bokuto–. ¿Qué nos dices de ti, Cíclope? ¿Qué puedes aportarnos ?

Oikawa no necesita meditarlo.

–Coordinación –responde con firmeza–. Quizá todavía no le haya pillado el tranquillo a Ushiwaka pero lo haré, y cuando eso suceda tendré la última pieza del rompecabezas que es este equipo. Puedo dar con lo mejor de todos y cada uno de vosotros y hacer que salga a flote. Y de la misma forma que puedo ver vuestras fortalezas, puedo vislumbrar vuestras debilidades y las del oponente, y usarlas contra este último. Se me da bien descifrar las estrategias del contrario y desbaratarlas.

Podrían sonar prepotentes. Ahí, exponiendo las que consideran sus mejores cualidades, en lugar de esperar que otros lo hagan por ellos solo para tratar de convencerles de que exageran, de que no son tan brillantes ni tan fuertes ni tan inteligentes, porque eso es lo que se supone que hace la gente humilde.

–No quiero sonar borde –interviene Bokuto, el dorado de los ojos suave y conciliador–. Pero Ushiwaka y yo hemos llevado al Fukurodani y al Shiratorizawa a la final del Torneo de Primavera.

Puede leer entre línas. Nosotros pudimos hacerlo y tú no. Es cierto. Oikawa no tiene nada que objetar al respecto. Tal vez otros lo harían. Echarle la culpa al equipo. Probablemente Ushiwaka lo esté pensando. Que si el Aoba Johsai no llegó hasta la final no fue porque Oikawa fuese un capitán inepto o un colocador ineficiente, sino porque el equipo se llamaba Aoba Johsai y no Shiratorizawa (y se equivoca, de la misma manera que se equivocó con el Karasuno, solo que Oikawa nunca pudo demostrarle lo que le demostraron Tobio y Pulgarcito).

–Lo sé –mira intencionadamente a Ushiwaka y a Tobio. A Pulgarcito y a Tsukishima y a Nishinoya–. Tuve unos rivales muy pesados. –En la mesa contigua, un reducido grupo de señoras de mediana edad hacen un brindis con champán y Oikawa posa su vista en ellas–.Y también muy buenos.

Bokuto y Ushiwaka intercambian una mirada indescifrable.


Stayin´ alive

Incluso los más rezagados acaban encontrando el rumbo hacia la fiesta después de la cena. Se dejan guiar por la estela que suelta la psicodelia de los setenta, como el fuel de un barco sobre alta mar. Stayin´ alive atrae sobre todo a los más nostálgicos pero también a aquellos que nacieron décadas después de una época que ahora veneran.

Hay un camino de lentejuelas rosas y plateadas que sale del comedor y repta por todas las escaleras recubiertas de alfombras rojas que suben hacia el primer piso. Los chicos no lo vieron cuando bajaron de las habitaciones hace poco más de media hora, pero ahora lo siguen tratando de no pisarlo, para que no se les pegue a las suelas de los zapatos.

–Los empleados de este sitio son la pera limonera –silba Nishinoya, saltando los escalones de dos en dos–. ¿Cuánto pueden haber tardado en hacer todo esto mientras comíamos? ¿Veinte minutos?

–¿Tú crees que han sido ellos? –cuestiona Pulgarcito, recogiendo para el recuerdo un puñado de lentejuelas y metiéndoselo en el bolsillo del pantalón de campana que su madre le ha prestado.

–Nah, han sido los duendes mágicos de la brillantina y la purpurina. Y el elenco de Grease –dice Tobio con un mohín–. Pues claro que han sido los empleados del hotel, burro.

Cada vez se desenvuelven mejor por el edificio. Hay esquinas que son casi idénticas, pero salvo Tobio y Pulgarcito, cuya orientación es cuatro veces peor que la de Zoro Roronoa, el resto ya es capaz de distinguirlas unas de otras.

Su escolta de cuatro guardaespaldas los sigue a distancia, con discreción. Lo bastante cerca para no perderlos de vista pero lo suficientemente lejos para dejarles a su aire. Salvo Green, ninguno de ellos habla mucho, aunque a ninguno le importa demasiado porque siempre están ahí cuando tienen alguna duda o necesitan algo.

Cuando dan con la sala de actos, Bokuto y Nishinoya se empeñan en enseñarlos a patinar y los arrastran hacia un mostrador que alguien parece haber forrado en papel de platina.

–Ya veréis –insiste Nishinoya, echando chiribitas por los ojos–. Os va a encantar. Mi padre me enseñó cuando tenía seis años. Cerca de mi casa hay unas pistas y aunque ya no vamos tanto como antes, de vez en cuando nos pasamos toda la tarde ahí, si a él no lo llaman para que cubra el turno de alguien en la fábrica, así que no he perdido la práctica. ¿Sabéis que antes de saber hacer el Rolling Thunder en la cancha aprendí a hacerlo en patines?

–Y a ti te enseñó Akaashi –adivina Tsukishima, girándose hacia Bokuto.

–¿No es genial? –exclama Bokuto, como si Tsukishima le hubiera hecho un cumplido–. Akaashi es la bomba. Sabe hacer de todo. Es como una Thermomix. O como el tío ese del Código.

–¿Leonardo Da Vinci? –apunta Tsukishima, enarcando las cejas.

–¡Ese! –celebra Bokuto, colgándose de él–. Cómo me conoces, Tsukki. Te estás familiarizando con mi forma de pensar.

–Qué regalo me ha dado la vida.

–La peña que está entrando a la pista lleva Powerslides –se hace oír Nishinoya por encima de You´re the one that I want–. Son alemanes, pero están muy inspirados en el boom estadounidense.

–¿Y eso qué significa? –quiere saber Tsukishima, taponándose los oídos con los dedos.

–Que tallan más grande de lo que es habitual para nosotros –explica Nishinoya–. Los estadounidenses no tienen pinreles, tienen barcas.

–¡Vamos a medirnos! –berrea Bokuto, agarrando a Oikawa de la muñeca y corriendo hacia unos bancos. En ellos, chicos y chicas ataviados con las camisetas de una marca deportiva que Oikawa no identifica, toman las medidas pertinentes a todos aquellos que desean patinar.

Les lleva un rato, porque tienen que colocar los talones contra la pared y apoyarlos sobre un folio en blanco, y luego una chica altísima con dientes de conejo y una gorra de Von Zipper les traza una marca vertical de lápiz en la parte más larga del pie. Por último, va a buscar un metro y les pide que mantengan la espalda erguida mientras mide la longitud desde la pared hasta las líneas marcadas.

–Os he escrito la medida de cada uno de vuestros pies en los folios. –Les indica–. Casi nunca miden exactamente lo mismo, así que tomad de referencia el que tengáis más grande y consultad las tablas que hay colgadas con las equivalencias en Reino Unido, Europa, Estados Unidos y Canadá, México, Australia, Corea y Japón.

Los despacha rápido pero, a pesar de que siguen sus instrucciones, les cuesta dar con su talla a la primera. Van y vienen del mostrador con pares y pares de patines freeskate para principiantes.

–Tienen unos de Star Wars –gimotea Oikawa con los hombros hundidos– pero me quedan enormes. Estoy hecho para los mejores patines del mundo, pero ellos no están hechos para mí.

–Yo he conseguido unos de Barbie –se pavonea Bokuto, feliz de la vida con sus patines blancos y rosas–. Casi no tenía esperanzas, porque estos y los de My Little Pony siempre vienen muy pequeños, por alguna razón.

–Me pregunto cuál será.

–Tsukki, no empieces.

–¿Por qué no vienes con nosotros? –pregunta Nishinoya haciendo un pucherito.

–Porque prefiero documentar todas vuestras caídas –responde con simpleza, ajustando el objetivo de la Nikkon que lleva colgada del cuello, y que Aka le ha prestado–. Tengo que ir practicando para Periodismo.

–¿Puedes ponerles efecto belleza a las mías? –le pide Bokuto–. No sé yo si me caeré pero por si acaso quiero estar guapo.

Para sorpresa de Oikawa, Tsukishima presiona una tecla y levanta el pulgar afirmativamente.

–Hecho.

Nishinoya les explica que no pueden irles muy justos y que deben poder mover los dedos dentro del calzado. Bokuto les aconseja que traten de mantener los pies en paralelo, y que para frenar se ayuden del taco que todos los patines para el pie derecho tienen incorporado en el talón. Practican cerca de las taquillas antes de entrar y luego se encaminan como pueden hacia la pista circular de parqué. Dejan toda la destreza del vóley atrás y la cambian por andares torpes de pingüino.

Al principio ninguno se atreve a soltarse de la barandilla salvo Nishinoya y Bokuto, que se les adelantan. Nishinoya tiene incluso la valentía de ejecutar ese afamado paso de baile que la pequeña y la gran pantalla han inmortalizado, llevándose la mano derecha a la cadera izquierda y describiendo un arco al levantarla hacia la derecha.

Sentado sobre una de las mesas que rodean el circuito, Tsukishima les saca fotos. A todos ellos. Hay un flash cuando Pulgarcito se envalentona, suelta la barra metálica de la que lleva asiéndose diez minutos que le han sabido a eternidad, y se resbala hacia atrás. Otro fogonazo de luz en cuanto Tobio decide hacer lo propio, pero con prudencia, y en cuanto parece que va a conseguir patinar con normalidad se le abren los pies y manotea en el aire unos segundos, granjeándose la atención del resto de los patinadores, que se detienen para curiosear.

–¡Con ustedes, el declive de la monarquía! –le grita Tsukishima, malicioso y muerto de risa detrás del objetivo, aguardando con paciencia a que a Tobio la coordinación le falle por entero.

La rabia que despierta ese comentario en Tobio es poderosa y le congestiona la cara. Le hace recuperar el dominio sobre sus extremidades y en menos de un segundo, clava los pies en el suelo y da una palmada que lo estabiliza completamente.

–Chúpate esa –le gruñe. Victorioso.

Y le hace un corte de mangas.

El aplauso del público no se hace esperar.

Tsukishima chasquea la lengua, desilusionado, pero le saca una foto de todas formas, por no quedarse con las ganas.

Dentro de un mes, cuando las revelen, se desternillarán todos a costa de todos. Se reirán del estilo de patinaje de Ushiwaka, impulsándose casi sin mover los brazos, tieso como un palo, como si en vez de patinar se hubiera subido a un aparato de esos que usan los viejos ("un segway", recordarán que apuntó Oikawa) y se propulsara solo. En varias, Bokuto aparecerá levantando a Nishinoya por la cintura en coreografías improvisadas y en otras, Tobio y Pulgarcito tendrán ese rostro de concentración que emplean para los ataques rápidos, y saldrán cogidos de los hombros, ayudándose a mantener el equilibrio porque en fin, esa es la base más primordial de su relación. Las fotos de Oikawa sufrirán una transición acelerada, la vista maniática y perfeccionista clavada en sus empeines y rodillas en las primeras y la pose distendida y elegante en las últimas, la sonrisa comedida pero ufana como si llevara años ganándose la vida patinando. El tupé ligeramente despeinado y el primer botón de la camisa desabrochado por el bochorno del ejercicio, sudando AC/DC y vibrando.

Tsukishima les sacará una haciendo la conga, con Bokuto a la cabeza y Pulgarcito sacándole la lengua a la cámara, y cuando pasen a las que se tomaron junto a sus copas de helado Tobio ya tendrá la corbata anudada en la cabeza y su hombro se tocará levemente con el de Tsukishima, contento con su batido de yogur de frutas del bosque, en una de esas treguas que nunca son duraderas.


Sunday

Ese domingo Iwaizumi tiene varias fotos nuevas en su galería, todas selfies de Oikawa. "Siento no haberme conectado anoche", reza el pie de foto de una en la que Oikawa le guiña el ojo tan a lo John Travolta que John Travolta debería llamarse Oikawa. "¿Recuerdas que el Hotel Imperial iba a montar alguna que otra fiesta temática?", dice otra, levemente desenfocada. "Pues fue ayer y es LA MEJOR IDEA QUE HA TENIDO NADIE DESDE EL PARQUE DE ATRACCIONES DE HARRY POTTER DE FLORIDA", afirma en otra en la que aparece solo la mitad de su rostro, para dejar espacio al monstruoso helado del que sorbe con una pajita. "Green nos dejó coger los móviles cinco minutos con la condición de que subiéramos a nuestras habitaciones y nos metiéramos en la cama nada más devolvérselos. Tsukishima nos sacó un porrón de fotos con la cámara de Aka, pero pensé que no querrías morirte del asco esperando a que se revelaran ;)".

Makki y Mattsun se fueron ayer por la tarde. Mobi y Yuki todavía duermen.

Se lo ve completo. Realizado. A Oikawa. Tan feliz como alguien puede aspirar a ser. Iwaizumi repasa las fotos una y otra vez mientras navega entre diseños de tatuajes en Pinterest desde el portátil y desayuna galletas de avena y un batido de mango. Siempre ha estado bastante seguro de que a la hora de la verdad, cuando la persona apropiada se diera cuenta de que Oikawa era demasiado bueno para no reclutarlo y ponerle un balón en la mano y una bandera sobre el pecho, él sería quien más se alegraría. Y se alegra. De verdad que Iwaizumi se alegra. Y entiende que no tiene ningún sentido pensar que el vóley hace más feliz a Oikawa de lo que él va a poder hacerlo nunca, ni tampoco ese arañazo agridulce que le escarba bajo la piel cada vez que se le ocurre.

Al terminar de lavar la loza, se cepilla los dientes y se pone una sudadera encima de otra antes de salir al balcón con el estuche que siempre lleva a clase y un montoncito de folios bajo el brazo. El sol color plata se filtra entre las nubes hasta desintegrarlas y limar el cielo hasta dejarlo de un azul pálido y un poco menos frío.

Tex Mex lo sigue al exterior y se encarama a una silla vacía, haciéndose un ovillo, e Iwaizumi le rasca el cuello hasta que empieza a retorcerse y a intentar atraparle la mano con las zarpas para mordérsela.

–¿Qué eres, una mandrágora? Dios, ni siquiera debería saber usar referencias de Harry Potter –bufa Iwaizumi, tirándole de los bigotes al gato con suavidad–. Tengo que empezar a hacer amigos normales. Y tú pórtate bien, anda. Tu dueño me ha dado la brasa para que haga una pastelada que podría ganar el primer premio en un concurso de tartas de boda. Cuanto antes empiece, antes terminaré.

Tiene más o menos estructurado el comienzo de la carta, pero lo primero que escribe es el final.

"Me habría gustado descojonarme de tu tupé y restregarte lo feo de narices que te queda y me has jodido el plan. Ya te vale".

Recuerda trocitos de él mientras escribe. Antiguos y nuevos. Su forma de sentarse, doblándose como un muelle y ocupando la mitad del sitio disponible. Su estúpida manta de cola de sirena y ese don para distinguir una fajita de un taco que es casi un superpoder. Sus sermones sobre la manera correcta de colocar una tirita cuando eran pequeños. Ese "te quiero" que Iwaizumi ha tenido que repasar mentalmente hasta gastarlo, porque es tan extraordinario que no se lo termina de creer, como esos paisajes pintorescos que se abren ante uno en rincones secretos del mundo y hacen que la gente piense que está soñando, porque no hay paraísos como esos en la Tierra.


Cuánta mala idea junta

Los domingos, las tiendas del Hotel Imperial abren por la tarde, así que aprovecha la siesta que sus compañeros no han tenido más remedio que echar para recuperarse, por haber tenido que madrugar para entrenar después de la fiesta de anoche, y se arrastra hacia la sección comercial del hotel. No es como si pudiera posponerlo. Green y los demás han acudido a una reunión con Janet después de asegurarse de que todos se quedarían descansando en sus aposentos, así que tiene que ser ahora o nunca.

A esas alturas, los vendedores los tienen más que fichados a los siete. Imagina que los han catalogado como el "grupito de críos pesados que nunca compran nada pero lo miran y lo revuelven todo", así que cuando Oikawa entra en el establecimiento de EMOBILE nadie se molesta en mostrarse servicial con él.

–Disculpe –dice con amabilidad, punteando el brazo de un empleado unos años mayor de él que se sorprende al levantar la vista y reconocerlo–. Me gustaría comprar un móvil desechable.

El tipo lo mira de arriba abajo con suspicacia.

–¿Cuántos años tienes?

Oikawa extrae su carnet del bolsillo interior de su gabardina gris y se lo enseña tratando de no parecer un pedante.

–Los suficientes.

Tras poner el documento de identidad a contraluz y garabatearlo con un rotulador para verificar su autenticidad, el chico le explica con cierta reticencia que va a tener que hacer dos contratos distintos; uno para comprar una tarjeta y otro para comprar un móvil.

–A menos que ya tengas un móvil liberado –le comenta, devolviéndole el carnet–, o sea: uno que puedas usar en cualquier compañía, que acepte cualquier tarjeta SIM.

El único móvil que tiene Oikawa no está liberado, así que se pega diez minutos firmando papeles para conseguir uno.

–Antes no había que hacer tantos trámites. Ni siquiera registrábamos el nombre del comprador –se medio disculpa el joven distraídamente, tecleando en el ordenador de mesa, frente a él–, pero la normativa se ha endurecido bastante con motivo de evitar que se utilicen móviles como estos para perpetrar ataques terroristas, así que ahora es obligatorio que el cliente nos proporcione una serie de datos, para que las autoridades puedan dar con él.

Oikawa ha leído sobre el tema y no podría estar más de acuerdo con la reforma legal, pero ahora mismo se muere de sueño y le está empezando a doler la cabeza, y le preocupa que alguno de sus compañeros se despierte y salga en su busca, o que sus guardaespaldas vuelvan de la reunión antes de lo previsto y lo averigüen por sí mismos. Ahora entiende por qué a Iwa-chan le parece una tontería supina e innecesaria lo que Oikawa está haciendo. Porque lo es.

–Bueno, la cosa va así –inquiere el chico una vez que Oikawa termina con el papeleo y echa la última firma–. El móvil te va a permitir hacer llamadas hasta el límite del saldo que le pongas, así que lo vas a tener que ir recargando en cualquier locutorio o konbini, si quieres seguir utilizando el teléfono. La compañía entenderá que quieres darte de baja cuando pases tres meses sin renovar el saldo, a menos que contactes con nosotros antes de ese plazo para comunicarnos que no es así.

–Entendido –asiente Oikawa, desesperado por volver al cuarto.

Le paga y a cambio recibe el original de los dos contratos que ha efectuado, un chip y un Nokia viejísimo pero con pinta de resistir tres bombas nucleares seguidas. Oikawa da las gracias con toda la educación que le queda, se lo mete todo en el bolsillo y sale escopeteado hacia el ascensor más cercano.


Malas hierbas

Es una pena que encuentren el huerto del Hotel Imperial esa misma noche, porque el hallazgo debería ser disfrutable pero Oikawa está demasiado preocupado por que alguien descubra su nuevo y no muy reglamentario móvil. Lo ha escondido en el cajón que se adjudicó para sus calzoncillos cuando distribuyeron los huecos de la suite que le corresponderían a cada uno durante la concentración, así que quiere pensar que a ninguno de sus compañeros le va a dar por hurgar justo ahí. La convivencia con Pulgarcito, Tobio y Ushiwaka ha resultado ser sorprendentemente soportable, pero desde que tiene algo que ocultarles; Oikawa la agradece más que nunca. Si se hubiera quedado con Bokuto y con Nishinoya, tal vez otro gallo habría cantado. A Tsukishima ya le han hecho alguna que otra trastada, como esperar a que se duerma para ponerle pasta de dientes en la palma de la mano y hacerle cosquillas en la nariz, echarle polvos pica-pica en el gel de ducha o rociar su despertador con pegamento extrafuerte para que se le pegue a los dedos al apagarlo por las mañanas. Una noche, Tsukishima hizo alarde de toda su premeditación y les cosió el borde de las mangas del pijama al colchón, para que no pudieran escapar del cubo de agua helada con el que los bañó de madrugada. Desde entonces, los tres parecen haber firmado una tregua, pero a Oikawa le siguen pareciendo peligrosos.

Salta a la vista que no tienen ningún tipo de consideración hacia los efectos personales de los demás.

En comparación con ellos, sus tres compañeros son unos benditos. Tobio y Pulgarcito curiosearon la habitación hasta el último confín nada más llegar, así que ahora que creen que no hay nada más por descubrir han perdido el interés. Y tendrían que respetarlo menos aún que KyouKen-chan para indagar entre su ropa interior. Ushiwaka, por otra parte, no parece la clase de persona que va por ahí revolviendo las pertenencias de los demás. El personal de limpieza tampoco le supone un problema, porque se dedica únicamente a mover los bonsáis de Ushiwaka para poder barrer, fregar los pisos, hacerles la cama, reponer las chocolatinas, barritas de cereales y latas del mueble bar, cambiarles las toallas, el papel higiénico y la papelera del cuarto de baño y abrir las ventanas y esparcir unos toques de ambientador para que el cuarto se ventile un poco.

Lo que le mantiene en tensión son los guardaespaldas, porque a pesar de que Green siempre toca por las noches para que le abran y le devuelvan los aparatos electrónicos, Oikawa no está tan seguro de que realmente no tenga en su poder una copia de las llaves. Ni de en qué consiste la sanción en caso de que lo trinquen.

Entre la incertidumbre y lo agotado que está por no haber descansado adecuadamente, cuando dan con el invernadero que se erige en el ala este de la azotea, apenas puede fingir entusiasmo.

–Gran Rey, ¿te pasa algo? –le pregunta Pulgarcito–. Parece que te vas a desmayar de un momento a otro.

–Sí, tío –secunda Nishinoya–. Si te va a dar un chungo dínoslo para ir tirando hacia la enfermería.

–Estoy bien –miente Oikawa–. Solo tengo un poco de sueño.

–¿No pudiste dormir antes? –inquiere Tobio.

–¿Has vuelto a tener pesadillas con los bonsáis? –aventura Ushiwaka.

Sus preguntas le alivian significativamente, porque que las hagan significa que no se percataron de la ausencia de Oikawa a la planta baja del hotel.

–Exacto.

No es del todo mentira. A veces, Oikawa tiene la sensación de que los bonsáis lo miran mientras duerme. Sueña que sus raíces crecen y se retuercen de una manera monstruosa y que lo estrangulan porque se niega a ir al Shiratorizawa con ellos.

–Bueno, de todas maneras faltan menos de diez minutos para el toque de queda, así que deberíamos irnos ya –señala Tsukishima, y todos se muestran de acuerdo, aunque ninguno haga más que rumiar un "hum" de aceptación.

No han podido entrar. Al huerto. Está cerrado con llave y Oikawa ya se ha saltado a la torera una norma de las gordas, así que lo observan desde fuera. Hay un par de redes para secar el orégano, la albahaca y el perejil, varias ristras de tomates todavía verdes, parterres del que asoman hojas de boniatos y puerros y varios racimos de lichis redondos y rojos como fresas. De noche la visión de Oikawa empeora, pero la molestia cada vez es menor. Las fuentes luminosas se ensanchan y ganan potencia y a su alrededor se forman halos, y a veces todo eso hace que le duela la cabeza, así que procura rehuir los paneles LED que proporcionan calor y luz a las hortalizas.

–He pensado en algo –suelta Bokuto, ya de vuelta a las habitaciones.

Oikawa ha sido el primero en entrar en la suya, desesperado por echarse el colirio en los ojos, tomarse un ibuprofeno y dormir cuarenta y ocho horas seguidas.

–No nos amenaces, por favor.

–Tsukki, que va en serio –se queja el primero desde el umbral de la puerta, lastimero como un cachorrito de Yorkshire–. Es sobre la capitanía. Como a Cíclope, a Ushiwaka y a mí se comprende que nos da un poco de palo pelearnos por ella se me ha ocurrido que podríamos turnarnos para dirigir al equipo para ver quién lo hace mejor. Ya sabéis, hablarlo en la pista. Y eso.

Hasta Nishinoya se queda callado, lo cual no suele suceder muy a menudo.

–¿Dos días cada uno a partir de mañana? –carraspea Oikawa, rompiendo la densidad de la atmósfera–. Y lo decidimos el domingo. Tendremos todo el día para debatirlo antes de volver a casa.

–Por ejemplo –aprueba Bokuto, cruzándose de brazos y volviéndose hacia el pasillo, Oikawa supone que para sonreírle a Tsukishima con falsa modestia.

–No es una mala idea –musita Tsukishima, aterrado.

–Pues claro –se regodea Bokuto, punteándose el pecho con el pulgar–. La he tenido yo.

Día de visita

Si Oikawa hubiera sabido que Tendou iba a venir a visitar a Ushiwaka el mismo día que Iwa-chan vendría a verlo a él, habría propuesto cualquier otra fecha.

–¿Por dónde vais a estar? –indaga, cambiándose de camisa por tercera vez, porque por alguna razón ese día ninguna acaba de gustarle.

–¿Por qué quieres saberlo? –pregunta a su vez Ushiwaka sin mucha curiosidad, leyendo el artículo de una revista sobre posibles fichajes para el mundial de fútbol de 2018, sentado al pie de la cama. Listo desde hace rato para marcharse.

–Para no cruzarme con vosotros.

Finalmente, Ushiwaka levanta la vista.

–¿Y eso?

–No vas a apreciar mi sinceridad si te contesto.

Ayer quedó con Iwa-chan en que se verían a la una de la tarde, en la entrada del hotel. El descanso del mediodía es el más largo del que disponen, ya que dura desde las doce hasta las dos y media, así que Ushiwaka y él han terminado de ducharse antes que los demás y han subido al comedor con el pelo goteando y la espalda de la camisa plagada de lamparones húmedos.

Y ahora debería estar en el ascensor y ni siquiera sabe qué ponerse. Se vuelve hacia Tobio y Pulgarcito con una camisa celeste de botones, un chaleco caoba y una americana blanca, esperando un veredicto, pero en lugar de eso obtiene una mueca interrogativa por parte de Tobio.

–¿Iwaizumi tiene algún problema con Tendou?

Oikawa resopla con hastío.

–Todos tenemos un problema con Tendou.

–¿Incluso tú?

–Elemental.

–Pensé que tu problema era conmigo.

–Eso era antes –aclara, suplicándole con la mirada que se calle y que no le tire más de la lengua–. Ahora necesito nuevos enemigos. Y a Iwa-chan siempre le ha caído como una patada en el culo. Su club de terapia contra la ira le dio el alta hace muy poco, así que no quiero poner a prueba su modo zen tan pronto.

Es una verdad a medias. Mientras que a Oikawa siempre se le había atravesado Ushiwaka, Tendou lleva siendo el blanco del aborrecimiento de Makki, Mattsun e Iwa-chan desde el primer partido que jugaron contra el Shiratorizawa. A Oikawa sus canciones siempre le han parecido graciosas, pero ahora mismo hay algo poco ético en dejar a Iwa-chan solo en su aversión hacia Tendou.

–Entiendo.

–Espera, espera –interviene Tobio–. ¿Has quedado con Iwaizumi? ¿Ahora?

Oikawa tarda un poco en contestar, tratando de discernir a qué viene tanta estupefacción.

–¿Sí?

Pulgarcito y Tobio intercambian una mirada de pasmo.

–Entonces ¿para qué te estás arreglando tanto, Gran Rey? –inquiere Pulgarcito, sin entender–. Pensábamos que te habrías echado una novia nueva o algo así.

Oikawa no les hace mucho caso. Acaba de encontrar demasiadas similitudes entre lo que lleva puesto y su uniforme del Seijoh, así que se desnuda de caderas para arriba en un solo movimiento. Se le llena el cabello de electricidad estática y no tiene un espejo cerca pero se imagina que podría pasar por el hermano gemelo y rejuvenecido de Einstein.

–El siglo XX posee ciertos encantos a pesar de todas las atrocidades cometidas, pero os vendría bien trasladar vuestra mentalidad hasta el año 2016. –Les comenta, metiéndose dentro de un suéter grueso color burdeos y enrollándose una bufanda mostaza al cuello–. Yo no me visto para nadie. Me visto para mí. Es lo que hacen los caballeros –se cala un gorro de lana para ocultar su desastre capilar y se inclina para subirse un poco el dobladillo del pantalón marrón.

–Los caballeros con novia –farfulla Pulgarcito, no muy conforme.

–Si preferís pensar eso antes que admitir que sois unos zarrapastrosos, allá vosotros –y antes de que le rechisten, añade–. ¿Cómo estoy?

–Yo te veo bien –confiesa Ushiwaka sin mirarlo más de medio segundo, cerrando la revista y dejándola sobre la colcha–. Me voy ya. Nos vemos después –se vuelve hacia ellos antes de cerrar la puerta y salir al corredor–. Le prometí a Tendou que le enseñaría el huerto y la cancha, así que estaremos entre la azotea y el polideportivo subterráneo –y tras eso, se despide con un asentimiento.

–¿Vosotros os quedáis aquí? –inquiere Oikawa, revisándose el reloj de pulsera después de amarrarse los cordones de los botines.

–No –niega Pulgarcito, todavía enfurruñado por el juicio de Oikawa sobre sus hábitos indumentarios–. Nishinoya nos dijo que Bokuto y él iban a ir a los karaokes de la tercera planta, y que si nos apuntábamos a un dos contra dos, así que ahora salimos.

–Pasadlo genial. Y no rompáis muchos tímpanos. –Les guiña el ojo Oikawa, ganándose un almohadón que va a estrellarse contra el cuadro de Chiharu Shiota que hay colgado junto a la puerta.


A nightmare dressed like a daydream

Cuando Oikawa bajó las escaleras hacia recepción el día en que llegó al Hotel Imperial no le pareció que fueran tantas, y eso que iba medio ciego. Ahora, sin embargo, se le hacen cuesta arriba, y se pregunta si Iwa-chan estará de espaldas a él y si se dará la vuelta con una sonrisa encantadora y reluciente en cuanto llegue al último peldaño, en plan Jack Dawson en la escena final de Titanic.

–Me da que no sabes lo que cobran los parquímetros en Tokio, porque de lo contrario no me habrías hecho desperdiciar diez minutos. Tontikawa.

Y ese es su recibimiento.

No lo recordaba tan guapo. Es decir. No tanto como para preguntarse si esto es lo que se ha estado perdiendo toda la vida por tener falta de vista.

–No tengo la culpa de que tus desproporcionadas ganas de verme te hagan llegar antes de lo previsto, Iwa-chan.

–Tienes la culpa de aparecer con más retraso que la menopausia de mi madre.

Cruzado de brazos. Vaqueros oscuros, cabellera azabache y revuelta, llaves del coche pendiendo del dedo y cazadora negra de cuero. Todos los ingredientes para suscitar la desconfianza de los porteros y mantener en guardia a Green, que es la encargada de vigilarlo durante la visita de Iwa-chan. Oikawa no puede verla, pero pone la mano en el fuego a que está cerca.

Si se fijaran en sus ojos, en cambio, olvidarían todos sus prejuicios.

Verdes. Grises. Mutan con el clima y dicen todo lo que Iwa-chan silencia. Cosas como "hola, idiota" y "hago esto para que saludarnos después de una semana con sabor a eternidad sea un poco menos intenso". Son brillantes como pocas cosas mortales deberían serlo y le otorgan tanta solidez, tanta entereza que más que estar apoyado en una de las columnas exteriores, es como si fuera esta la que se sostuviese contra Iwa-chan.

–Te voy a dar un abrazo que va a durar un buen rato, Iwa-chan, y me da igual que te opongas porque creo que he doblado la fuerza de mis bíceps.

Es el día más frío del año. Oikawa lo nota en la nariz. Los pocos coches que no se han movido de la acera en toda la mañana tienen los cristales empañados y aunque no corre la brisa, los nubarrones blancuzcos que tapan la ciudad en una suerte de mantón descomunal bañan las calles con su aliento glacial.

–Déjate de bravatas, pesadilla.

La cazadora de Iwa-chan cruje en cuanto Oikawa le pasa los brazos por la cintura. Con mucho menos ímpetu que cuando le dijo adiós. Mucho mejor, porque no va a tener que despedirse de él nada más soltarlo. No podría.

–Lo que te dije la otra noche. Antes de colgar –susurra Oikawa en voz queda. Aspirando su champú y su colonia y la gasolina que ha gastado en todos los kilómetros que ha recorrido para llegar hasta él.

No es la operación la que hace que pueda verlo con más claridad. Que pueda interpretar mejor sus gestos.

–Sí.

Es otro tipo de clarividencia. Una que escapa a los ojos y que está reservada para esa bomba de relojería que palpita entre las costillas.

–Lo estoy pensando. Ahora mismo.

El primer copo de nieve de la estación desciende en espirales. Esquiva un semáforo, revolotea y se cuela entre ellos. Se le posa a Iwa-chan en los labios como una mariposa fantasmagórica y helada. Oikawa no lo va a saber todavía, pero en la boca besada por el espíritu del invierno a Iwa-chan se le queda atrapado un "yo lo llevo pensando desde siempre".


Welcome to my (new) life

Iwaizumi batalla un poco con él. Sin muchas esperanzas. Sabe que es una guerra perdida de antemano cuando le suenan las tripas por tercera vez consecutivas y ya están demasiado lejos del bullicio del tráfico como para poder enmascarar que se muere de hambre. No ha probado bocado desde el desayuno, y eso fue antes de pasarse por la oficina de correos para enviarle la carta de las narices a Oikawa (podría habérsela entregado en mano, pero Iwaizumi intuye que a Oikawa le va todo ese rollo de la correspondencia a distancia, y que podría montarle un pollo muy duro si no le llegara junto a un sello y una llamada desde la recepción del hotel), aprovisionarse de combustible y chicles de limón en una estación de servicio y conducir hasta Tokio.

–Tú ya has almorzado –intenta mientras Oikawa lo arrastra a la cafetería de la sexta planta que hay junto a la biblioteca, porque el comedor es solo para los huéspedes. Las lámparas de mimbre que alumbran las mesas blancas llegan tan abajo que Oikawa tiene que sortearlas para no rozarlas con la coronilla. No deja de ser un talento que pueda hacerlo mientras forcejea con él–. Tenemos una hora para hacer turismo. Una puñetera hora. Tú enséñame todo lo que puedas y ya pararé a comer en algún sitio cuando salga de aquí.

–Te van a llevar preso si te largas sin probar el mousse de chocolate que hacen aquí, hazme caso. –Le asegura Oikawa, enganchándolo del codo y llevándolo hasta una de las mesas que descansan contra los ventanales–. Nosotros solo nos hemos pedido eso y los dango mitarashi y bocchan con té verde, de merienda, pero he visto que tienen unos menús que van cambiando todos los días, para los rezagados que no llegan a tiempo a las horas a las que abre el comedor. Son gratis para los que nos hospedamos aquí, así que elige uno y ya voy yo a buscarlo –y señala con el mentón hacia la pizarra que yace sobre la barra que separa la cocina de todo lo demás, y en la que resaltan cuatro menús alternativos escritos con una caligrafía prolija.

Claudica y elige el que lleva ensalada de salmón y salsa de soja de primero y arroz con sofrito de zanahorias, cebolla, patata, curry y ternera de segundo, pero con la condición de que Oikawa se pida por lo menos una Coca Cola.

–No me odias lo bastante como para obligarme a comer solo.

Oikawa termina pidiendo una cuchara de plástico solo para que parezca que están compartiendo la bandeja de Iwaizumi, aunque apenas para de hablar. Le pregunta por Tex Mex ("Yuki se ha propuesto bañarlo mañana, ya verás qué jaleo se va a montar, va a limpiar el baño su padre"), por el brazo de Yuki ("casi completamente recuperado. Quiere darle un baño a un gato, a ti cómo te parece que está"), por sus libros para el segundo semestre ("ya los he comprado casi todos, solo me falta el de Habilidades Sociales y de Comunicación"), por cómo ha ido con Makki y Mattsun el viernes y el sábado.

–Como siempre –responde Iwaizumi rascándose la mejilla, pensativo–. O sea. Ahora que sé lo que hay, los miro y veo un montón de cosas que antes no estaban ahí. Es como si de repente me percatase de que llevan tiempo metidos en una burbuja muy fina; de que seguimos siendo amigos pero solo Mattsun sabe qué marca y qué tonalidad usa Makki para teñirse el pelo, y solo Makki sabe qué neumáticos utiliza Mattsun para su coche.

–Lo de los neumáticos lo desconozco, pero es de dominio público que Makki siempre ha comprado el Peachy Coral de Crazy Color.

–Te lo estás inventando.

–Que no.

–¿Peachy Coral, Oikawa? ¿En serio?

Ya, es todo tan gay que tiene delito que no nos hayamos dado cuenta antes –a Iwaizumi se le escapa un bufido de risa que trata de camuflar con una tos–. Tengo ganas de abrazarlos y de darles las gracias por ser los mejores amigos que vamos a tener nunca, tanto como para acompañarnos en nuestra homosexualidad.

–Seguro que lo han hecho por nosotros.

Oikawa les manda un audio desde el móvil de Iwaizumi, jurando y perjurando lo mucho que los echa de menos.

–Quiero jugar al karaoke con vosotros cuando vuelva –declara Oikawa, pescando una patata con la cuchara–. Mattsun y tú no podéis decirme que no, Iwa-chan.

–Nuestras cuerdas vocales pueden decirte que no.

El tablón de la mesa no es lo bastante alto como para que le quepan las rodillas, así que Oikawa se estira y mete los botines entre las deportivas de Iwaizumi, ganándose un "a ver si paras de crecer ya, Fido Dido de los cojones". Nota sus tobillos contra el hueso de la pierna.

–Tampoco es que tengáis nada pensado para la fiesta que vamos a montar antes de volver a casa por Navidad, así que deberías considerarlo, por lo menos.

–La última vez que os dejamos un micrófono a ti y a Makki la vecina de tu madre acabó llamando a la policía.

–Cómo iba yo a saber que era tan hater de Taylor Swift.

Al otro lado del cristal, la nieve se amontona en los laterales de la carretera, comenzando perder la blancura y a absorber la fetidez del combustible y el aceite de motor. Iwa-chan ya le ha prometido que se andará con cuidado cuando coja el coche, así que Oikawa no le insiste más. Le sacan tres fotos al paisaje, todas desmerecidas por la aureola amarillenta y mortecina de las farolas, que algún operario se ha olvidado de apagar, aunque Iwa-chan se pone de perfil en el Line el selfie que se sacaron antes en la calle, ambos exhalando sendas bocanadas de vaho. El gorro de Oikawa ligeramente torcido y un Porsche en marcha reducido a un borrón en la esquina izquierda.

–Bokuto lo está haciendo muy bien como capitán. –Le explica mientras Iwaizumi come–, aunque antes le dio una bajona impresionante porque Tsukishima le bloqueó dos remates seguidos y Nishinoya le paró otro más, y nos costó lo que no está escrito que volviera a rendir. Se apoya mucho en el resto del equipo –suspira, jugueteando con la anilla de la lata.

–Mejor para ti, ¿no?

Oikawa finge no saber de lo que está hablando y trata de desviar el tema hacia especulaciones acerca de cómo lo hará Ushiwaka cuando le toque liderar el miércoles y el jueves.

–Entre ayer y hoy hemos logrado coordinar varios pases. Varios fueron por los pelos, pero vaya, es un progreso –celebra, contento–. Cada vez estamos más cerca de compenetrarnos como es debido. Lo presiento.

–Y me alegro. Pero no te hagas el tonto conmigo. –Lo corta Iwaizumi, limpiándose la boca con una servilleta–. No tiene nada de malo que quieras ser capitán. Se te da.

–Lo que yo quiera no importa. –Lo contradice Oikawa–. Lo importante es dar con lo que sea mejor para el equipo.

–Tú eres lo mejor para el equipo, so memo.

Discuten hasta que Iwaizumi se acaba el arroz y se cansa de que se las dé de humilde, porque "estoy cansado de que no reconozcas que eres el mejor en algo cuando es evidente que lo eres" y "que tú creas que soy el mejor en algo ni significa que lo sea realmente, Iwa-chan".

–Lo cual me recuerda: me sigues debiendo una disculpa por aquella vez, durante el torneo del año pasado. Cuando me cosiste a balonazo limpio por decir que Tobio era mejor colocador que yo.

–Atrévete a decirme que me equivoco y es que te parto el soporte de las servilletas en la cabeza.

A Iwaizumi parece que le gusta el mousse. Se le refleja en el rostro, contento como un crío que acaba de descubrir su nuevo postre favorito, así que es difícil tomarse su amenaza en serio.

–Creo que está bañado en oro. ¿Seguro que puedes pagarlo?

–Me quedaré aquí fregando platos hasta que me muera y valdrá la pena.

Oikawa no da su brazo a torcer, pero Iwaizumi no pone ninguna objeción cuando comienzan el recorrido por el hotel, no sin antes llevarse una bolsita de papel llena de mousses de chocolate envasados de la cafetería.

–Hace un frío que pela, así que no se pondrán malos por el camino –comenta Oikawa, pasándole la bolsa una vez fuera del recinto.

–No deberías hacerme esto –replica Iwaizumi– porque yo quiero estar mosqueado contigo y tú me das chocolate, y eso me coloca en una situación comprometida.

–Se llama chantaje emocional, Iwa-chan. Llevo años perfeccionándolo.

Le enseña la biblioteca, que Oikawa no ha tenido ocasión de usar pero que es la mitad de grande que las de sus facultades, lo cual ya es decir para tratarse de un hotel. Le enseña la inquietante galería que recorrieron antes de conocer a Janet, y el amplio vestíbulo, y una sala de karaoke vacía e insonorizada y la sala de actos en la que organizaron la fiesta temática, y que ahora vuelve a estar poblada de butacas, y el portón de entrada al comedor. Iwaizumi le busca la mano en aquellos recovecos que están desiertos y a Oikawa le pican los dedos. Ninguno dice nada. La mayor parte de esos lapsus ni siquiera se miran, ocupados en vigilar los alrededores, pero Oikawa le intuye la sonrisa en la voz.

Le roba el móvil para sacarle fotos a todo.

–A la azotea y el polideportivo creo que es mejor no ir porque Ushiwaka me dijo que quería enseñárselos a Tendou. –Le comenta, una vez termina de resumirle la mercancía que vende la última tienda de la pequeña avenida comercial interior en la que compró su móvil desechable.

Oikawa le saca una foto junto al abeto navideño que han colocado en el centro del vestíbulo, rodeado de cajas de regalos envueltos en papel colorido y hojas gigantes de acebo. Se hacen el séptimo selfie en lo que va de hora, sentados en un banco, con el abeto tras ellos. Sus rodillas se rozan y es increíble lo fácil que parece pasarle un brazo por los hombros y besarle en la sien, donde el pelo es más suave y el pulso es más fuerte.

–Que le den a Tendou –sentencia Iwaizumi sin muchas ceremonias–. Si nos los encontramos lo saludamos y seguimos de largo, y aquí no ha pasado nada.

–Ya. Claro. Como si pudieras hablar con él durante más de cinco segundos sin arrugarte como una pasa.

Iwa-chan frunce la nariz con disgusto, como si la mera imagen mental de Tendou respirando le resultara desagradable.

–Es que me saca de quicio.

–A lo mejor prefieres subir a mi habitación. –Le tiembla un poco la pose cuando lo propone. Iwaizumi arquea las cejas y Oikawa se apresura a aclarar–. Solo para que veas cómo es. Ahora no hay nadie. Pulgarcito y Tobio me dijeron que se irían con Bokuto al...

–Me tengo que marchar en diez minutos –le recuerda Iwaizumi, mirando de reojo en todas direcciones, para comprobar que no los está escuchando nadie.

–Iwa-chan, que es una habitación, no el Taj Mahal.

A lo mejor quiero besarte antes de que te vayas, QUÉ PASA.

Iwaizumi baja la voz antes de seguir hablando.

–Oikawa, no. No. No, porque nos conocemos y solo van a ser diez minutos y vamos a acabar cabreados porque no pueden ser más, y tú te vas a desfogar entrenando hasta desfallecer pero yo voy a tener que meterme en el coche y aguantarme hasta llegar a la residencia. Y paso.

Y ni se te ocurra decirme que a ver cómo le ocultas al resto de tu equipo que estás empalmado durante los cinco primeros minutos del entrenamiento porque yo llevo años ocultándote exactamente eso a ti y al resto del Kitagawa Daichi y del Seijoh y nadie se ha dado cuenta, así que no me das pena.

–A lo mejor no acabamos cabreados. No sé. Diez minutos dan para mucho.

No se puede creer que le esté diciendo eso. Y a juzgar por el careto que está poniendo Iwa-chan, él tampoco.

–Venga ya.

–No, venga ya tú, Iwa-chan. –Se echa hacia atrás en el banco, resignándose–. No me puedo creer que estés a punto de irte y que no vaya a pasar nada.

–Joder, Oikawa. Hemos comido juntos, me has enseñado casi todo el hotel y has inflado la tarjeta de memoria de mi móvil como si fuera un puto globo aerostático. Si a todo eso le llamas "nada" apaga y vámonos.

–Bueno. Vale. Me rechazas. Por segunda vez. Guay. Llama a los de los Récord Guinness porque esto no lo había hecho nadie nunca, y tú has repetido la faena en menos de una semana.

Oikawa. No te estoy rechazando, joder –Iwaizumi se pasa las manos por el pelo, rojo hasta las cejas–. Estoy intentando que no hagamos nada irracional. Cosa que parece que se nos da de perlas.

–Algún día me las voy a cobrar por todo esto. –Le advierte Oikawa, quitándose el gorro y retorciéndolo con las manos–. Tú espera y verás. Te bajaré los calzoncillos hasta los tobillos y te ataré a la cama con un cinturón y cuando estés a punto de llorar me pondré la licra de Superman que habré escondido previamente bajo el somier, diré "lo siento Iwa-chan, mi planeta me necesita" con voz afectada, me iré ondeando la capa y no volveré hasta el día siguiente.

Si Iwa-chan le cree capaz de hacer algo como eso, no lo aparenta.

–No tienes lo que hay que tener para hacerme una putada como esa.

–¿Qué te apuestas?

El desafío rebota entre ellos como un boomerang.

–No me apuesto una mierda –espeta Iwa-chan–. Tú atrévete y despídete de mi rabo hasta Pascua.

Ojos desorbitados. Escandalizado. Fascinado.

Va a necesitar unos minutos de reflexión antes de acostarse para averiguar si le gusta o no este nuevo Iwa-chan, que habla como un camionero y escupe "mi rabo" como un buscapleitos que se ha hecho con el control del módulo de los comunes en la cárcel más sanguinaria de Shibuya.

–¡Iwa-chan!

–¡Oikawa! –lo imita él, aflautando la voz y haciendo una mueca.

–Eres lo peor –farfulla él, dándole pequeños cabezazos en el pómulo que más que daño le hacen cosquillas.

–Ya. Vale. Pues como soy lo peor no voy a preguntarte qué te parece que nos hagamos un tatuaje.

Oikawa procura sonar alucinado y abrir más todavía los ojos. No le cuesta nada. Básicamente porque aunque había pensado que tatuarse juntos era la idea que Nora decía que se le había ocurrido a Iwa-chan, escuchársela a él directamente le provoca el mismo shock que ver confirmada la teoría más loca y enrevesada de Stranger Things.

–Qué.

–Qué.

–¿Has pensado que era la forma menos violenta de decírmelo, verdad?

Iwaizumi le coge el rostro con las manos, y Oikawa cree por un momento que va a besarlo y el aire le falta, pero Iwa-chan se limita a obligarle a que lo mire, lo cual es mucho peor porque refrenar el impulso de comerse la distancia es infinitamente más cruel que pedirle a un tiburón que no siga un rastro de sangre y muerda la carne herida.

–Necesito que me digas que la idea no te acojona –un hilo tenso de voz–. Como a la de ya. Porque llevo días temiendo que esa sea tu reacción y ahora me estoy muriendo por dentro y no sé cómo puedo seguir hablando.

Y Oikawa no necesita darle muchas vueltas, porque la principal y única incógnita de hacerse un tatuaje juntos era si Hajime querría, y ahora está despejada.

–No me acojona –barbota con tosquedad, sintiendo la lengua acartonada–. O sea –rectifica, antes de que la sonrisa de Iwa-chan siga creciendo–, no me da miedo. Lo del tatuaje. Me preocupa un poco más lo de empezar a hablar como Snoop Dogg gracias a ti.

–No hablo como Snoop Dogg.

–Pues como el Príncipe de Bel-Air.

–¿Te das cuenta de lo prejuicioso y racista que es que solo te vengan negros a la mente cuando piensas en gente que abusa de las palabrotas? Y además, el Príncipe de Bel-Air ni siquiera decía tantas. Confundes la jerga noventera con el lenguaje soez.

–No son prejuicios; es ley de vida. Tú eres medio negro y mira lo malhablado que eres.

–Volviendo al tema... Dios, es que no sé cómo te aguanto –repone Iwaizumi, sacando uno de los mousses de chocolate de la bolsa y haciendo el amago de tirárselo a la cara–. Volviendo al tema: Yuki y yo hemos estado haciendo algunos diseños en su tablet durante el fin de semana. Bueno. Más bien yo le he ido explicando lo que quería y él ha hecho los bocetos. Qué quieres, ya sabes que dibujar se me da como el culo –se defiende ante la mirada burlona y escéptica de Oikawa.

–No he dicho nada –levanta las manos–. ¿Los has traído? Los bocetos.

–Todavía no hemos terminado de pintarlos.

Oikawa asiente. Podría presionarlo. Pedirle que se los envíe hoy por Skype, pero Iwa-chan tiene esa laxitud de aquel que se quita un peso de encima y no quiere pedirle más de lo que ya le ha dado. Imagina lo que le ha costado proponérselo. Él nunca llegó a hacerlo, y eso que a diferencia de Iwa-chan, tuvo más de tres días para hallar una manera de abordarlo.

–Me gusta mucho la idea –admite–. Hace tiempo leí un artículo que incluía unos mapas corporales en los que se indicaban las zonas que suelen doler más o menos.

–Podríamos buscarlo –sugiere Iwaizumi–. A mí a priori me gustan la espalda, el torso y los brazos.

–¿Y la frente?

Iwaizumi echa la cabeza hacia atrás al reírse.

–Que te den.

–En el fondo no lo estás descartando.

Recobrar la seriedad les lleva casi un minuto. Hay mucho que Oikawa quiere agradecerle. Gracias por haber tomado la iniciativa. Gracias por esos dibujos, porque sé que te has preguntado si deberías hacerme partícipe de ellos, pero has acertado convirtiéndolos en una sorpresa.

Me encantan las sorpresas.

–Gracias por venir, Iwa-chan –musita, apoyando la barbilla en su hombro, todavía muerto de risa.

Una risa tonta, que ya no tiene nada que ver con las bromas sobre llenarse la cara de tinta. Esa noche le preguntará por Nora a Iwa-chan. Se dará cuenta una vez más de lo lista que es por no ofrecerle a Iwa-chan el estudio de su tío para tatuarlos a ambos, como hizo con él en su día, para reducir a la mínima expresión todo riesgo existente de que alguno de los dos actúe de manera extraña y acabe delatado, o simplemente se sienta incómodo.

Lamentará de nuevo haber perdido a quien podría haber sido una buena amiga.

Ahora, sin embargo, Hajime está ahí, y por los altavoces resuena un villancico prematuro y empalagoso mientras fuera, la nevada cesa sin hacer ruido.


Cartas

Oikawa se encamina hacia el polideportivo a paso ligero, y ni siquiera voluntariamente. Es como si flotara. Como si funcionara a pilas y alguien lo hubiese recargado a tope de electrones. Según sus cálculos, podrá cambiarse y estirar un poco en solitario antes de que lleguen los demás, porque todavía falta para que empiece la práctica de la tarde, pero la puntualidad de Iwa-chan es legendaria (y todo un fastidio), así que Oikawa no ha intentado convencerlo de que se quedara unos minutos más.

No escucha las voces hasta que entra al vestuario.

–¿... Entonces esta es su taquilla, Wakatoshi? –cuestiona alguien que Oikawa reconoce de inmediato.

Maldice por lo bajini. Diablos. No pensaba que Tendou y Ushiwaka estuvieran deambulando por ahí todavía.

Va a reanudar el movimiento, porque Oikawa Tooru no se corta ni con un cristal y tiene todo el derecho a sacar la ropa de vóley de su taquilla para cambiarse y poder hacer algo productivo, a pesar de que para ello tenga que pasar por delante de Tendou.

–Sí, es la de Oikawa –responde Ushiwaka, y Oikawa no puede verlo desde donde está pero es como si sonara abochornado. El mismísimo Ushiwaka. Ushiwaka, que podría presenciar el impacto de un meteorito contra el Skytree sentado en una hamaca con un coco cortado y unas gafas de sol, para que el centelleo de las llamaradas no le molestase tanto–. Pero ya te lo he dicho. Creo que no debería volver a hacerlo.

Se escabulle dentro de un cubículo vacío para escucharlos. Es legítimo, ¿no? Están cuchicheando Dios sabe qué sobre él y Ushiwaka habla raro, así que a lo mejor planean hacerle una trastada. Mejor curarse en salud.

–Pero Wakatoshi –insiste Tendou, como intentando hacerle recapacitar–, que ese no se va a enterar de que eres tú. Ya le escribimos una carta y se la dejamos de incógnito en la taquilla de su facultad poco después de que empezaran las clases y ni se huele que haya sido cosa tuya. Si lo que tienes es miedo de que le parezca demasiada casualidad que le haya vuelto a escribir un chico, podemos hacernos pasar por una chica.

Oikawa se queda boquiabierto. A qué se refiere. Desconcertado. ¿Esos dos han estado en la Facultad de Medicina de la Miyagi? Puede que antes de la concentración no tuviera mucho trato con Ushiwaka, pero habría reconocido una carta suya sin ningún...

–Porque me hice pasar por otra persona –suspira Ushiwaka–. Ni siquiera le dije que yo también jugaba al vóley, sino que era más de fútbol, y que había visto sus partidos por Internet. Y todas esas groserías... –su voz se amortigua, como si se hubiera llevado una mano a la boca–... yo no soy así, Tendou.

QUÉ.

Oikawa recuerda esa carta. Como si la hubiera leído ayer. La número trescientos cinco. La primera y única que le escribió un chico. La que le leyó a Iwa-chan por Skype.

Entra en parálisis.

Literalmente.

Todo lo que conoce de repente le parece una mentira.

No mueve ni un músculo.

Tal vez hasta se le haya cortocircuitado el cerebro.

Porque no puede procesar lo que Tendou y Ushiwaka están diciendo.

–A ver, a lo mejor es verdad que me pasé un poco con los piropos –se excusa Tendou con una risita culpable–, pero tienes que reconocer que nos camaleonizamos estupendamente, que era nuestro objetivo.

–Ya –admite Ushiwaka–. Y te agradezco la ayuda. Pero ahora...

–... Ahora que estáis intentando ser amigos, la sensación es demasiado maravillosa como para estropearla solo porque él te gusta.

"Porque él te gusta". Cómo que le gusta. Cómo que le gusto YO.

Podría gritar y romper más copas de vino que una soprano.

No digas que sí.

No digas que te gusto.

No digas que sí.

No. Digas. Que sí.

USHIWAKA, POR TU MADRE.

–Sí.

Y ya está.

Sí, dice.

Oikawa se queda lívido contra los azulejos. Asimilando. Tratando de encajar bloques de construcción que se tambalean y se precipitan del andamio, porque nada tiene sentido.

–Como quieras, Wakatoshi. Decidas lo que decidas sabes que estoy aquí, ¿no?

Ruido amortiguado de unas palmaditas en el brazo.

Si alguien le dijera en ese preciso instante que por el mar corren las liebres y por el monte las sardinas y que los cerdos vuelan y que las ranas crían pelo y que arriba es abajo y abajo es arriba, Oikawa se lo creería a pies juntillas.

–Sí.

Total, es el mundo al revés.


*ESPACIO RESERVADO PARA LO MUCHO QUE ME ESTOY RIENDO AHORA MISMO* Llevo TANTO pero TANTO tiempo queriendo hacer eso último que no os lo imagináis.


Para indagar sobre patines me he metido en la página de Powerslides y en los blogs de Skatefeelings y Cincinato. Cuando tenía doce años hubo una temporada en la que le pillé el gusto a los patines en línea, y todos los fines de semana me iba a algún parque o a la avenida marítima con ellos, pero ya ha pasado una década y se me han olvidado un montón de cosas :´D Los datos sobre el móvil desechable los he sacado de , de Yahoo Respuestas y de mi churri. Cada cual más fiable (?). Las secuelas durante la recuperación de la operación de ojos de Oikawa están inspiradas en la que se ha hecho la señora Jeannette.

El dango es un dulce tradicional japonés elaborado con mochiko (harina de arroz) y derivado del mochi (pastel de arroz glutinoso). El bocchan dango tiene tres colores. Uno se tiñe con judías rojas, otro con huevo y el tercero con té verde. El mitarashi, por otra parte, está cubierto con un sirope hecho con salsa de soja, azúcar y almidón. Y todo esto lo he sacado casi textual de Wikipedia.


REVIEWS:

KillShiro: JAJAJA por qué me dices eso D: Espero que por lo menos sea la acepción buena de matar (?); ¡muchas gracias por leer!

NeKoT: muchas gracias por pasarte por aquí de nuevo, así como por los otros ficuchos ;w; ¡Siempre puedo contar contigo! -la estruja muy fuerte- Me alegro un montón de que te haya gustado el formato del capítulo, el cual he vuelto a adoptar por las mismas razones ´u` y de que te haya molado la conversación de cama entre Oikawa y Ushiwaka (JAJAJA me he meado muy fuerte con eso). Aquí tienes lo que ha pasado con Nora, por lo menos de momento.

JAJAJA lo de la Mary Sue me ha matado xD Lo que yo he hecho en la historia se llama self-insert; son términos muy diferentes porque las Mary Sues a menudo se identifican con esas chicas preciosas creadas por el autor del fic que aparecen y se ligan al resto de personajes, motivo por el cual suelen recibir numerosas críticas. Las Mary Sues, además, suelen poseer ciertos talentos o habilidades a menudo muy superiores a los del resto de personajes, y tienden a volverse el centro de la trama; ya sea porque todos las ayudan con sus problemas o porque ella es la única que puede resolver los de los demás. Como has comprobado yo en este capítulo apenas he aparecido, y ni siquiera de forma directa, y aunque describo con minuciosidad mi aspecto, Oikawa y compañía no se sienten atraídos por mí en plan sersual (?). Otro elemento que diferencia a las dos figuras es que las Mary Sues encarnan una personalidad que su creador no tiene, pero que le gustaría, y el self-insert es básicamente un calco de la personalidad del autor. Yo soy muy parecida a cómo me he retratado en el fic: puntillosa, amante de los gatos y de los pintalabios de colorines, jurista, observadora y risueña hasta la médula. Y con mis cosas de señora mayor (?).

Y perdona por darte la chapa pero es que a un ficker puedes matarlo del disgusto si le dices que has visto a una Mary Sue en su historia JAJAJA nos leemos pronto, reina; ¡un besote enorme!


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