No se ha hecho muy larga la espera, ¿verdad? Bien, porque este capítulo debe saciar las ganas de leer por lo menos durante unos días.
Decidme qué os parece, no ha sido fácil de escribir. ¡Hasta el próximo!
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Capítulo 21:
Nada más salir de la reunión, irrumpió en la sala diáfana donde se había formado un corro de detectives y uniformados que escuchaban las últimas noticias de la boca de Crowe. Jane contó hasta diez mentalmente para tranquilizarse y no saltarle al cuello. Llamó la atención de los allí reunidos con un grito.
- Darren, quizá te interese irte a un programa de cotilleos, aquí tenemos trabajo que hacer.
Crowe masculló algo ininteligible mientras acallaba algunas risas con miradas asesinas.
- Bien, ahora que tengo vuestra efímera atención… Caballeros, toca buscar pistas a golpe de teléfono y contrarreloj. Después de comer Cavanaugh ha convocado una rueda de prensa así que tenemos cinco horas para encontrar alguna prueba que descarte que Paddy Doyle cometió nuestro asesinato. ¡Manos a la obra!
Los detectives se dispersaron cada uno hacia su mesa. Jane hizo lo mismo, notando la falta de Frost.
- Está borrando la orden de búsqueda y captura de Doyle del sistema – informó Korsak señalando con un gesto de cabeza hacia la sala de informática.
La detective asintió y se sentó en su silla mentalizándose de que le esperaba una mañana muy larga.
Tres horas habían pasado y la tensión comenzaba a palparse. El aire era condensado, olía a sudor y desesperación. La gente iba de aquí para allá corriendo, los teléfonos no dejaban de sonar en una banda sonora constante y tediosa, unos se gritaban datos a los otros y la cafetera trabajaba más que nunca. Habían reclutado a un uniformado algo novato que se asegurara de que el café no se agotaba y sus tazas estaban siempre llenas. El frenesí y el caos estaban presentes allá donde miraras. Papeles salían volando de las mesas constantemente cuando un detective pasaba corriendo cerca, la impresora escupía nuevos datos como si se tratara de una máquina lanzapelotas.
- ¡Lo tengo, lo tengo! – gritó alguien desde lejos.
Todos se quedaron quietos en sus sitios y se miraron los unos a los otros en busca de la persona que había hablado. Entonces Fletcher entró corriendo por la puerta, el rostro perlado de sudor y la respiración escasa. Se paró frente a Jane con una hoja arrugada en la mano, apoyado en sus rodillas mientras se recuperaba.
- Lo tengo – jadeó dándole el papel a la morena.
- ¿Qué estoy mirando? – inquirió Jane. Era un impreso de lo que parecían cuentas bancarias.
- Los pagos con, uf, con tarjeta de Doyle – contestó Fletcher cada vez con la voz más estable. – Esta mañana dijiste que él te había contado que se reunía con O'Rourke en secreto hasta que trazaron un plan, ¿no? – Cogió aire profundamente. – Se me ocurrió revisar todas las fotos de vigilancia que nos prestaron los de Narcóticos y buscar por un sitio al que fuera con pocos hombres, un sitio con gente donde pasar desapercibidos. Había un bar que se repetía mucho pero no aparecía el nombre así que me tocó revisar sus cuentas bancarias.
- ¿Cuál?
- Ese – señaló una serie de operaciones subrayadas a lápiz – El Red Hat, en el 9 de Bowdoin Street.
- ¡Genial! Qué Dios te lo pague con una buena novia, Fletcher – le gritó Jane mientras salía corriendo por el pasillo, seguida de cerca por Frost.
- ¡Estoy casado! – Fue la respuesta del aludido.
Con la sirena puesta, el joven detective esquivó el tráfico mañanero de Boston con una precisión que habría sido digna de admirar si no fueran tan rápido. La morena tenía la sensación de que sus tripas se habían quedado sentadas en su silla de la comisaria. La radio iba apagada y no se atrevía a abrir la boca por temor a desconcentrar a su compañero y provocar un accidente.
Agarró con un poco más de fuerza el asidero de la puerta, tanto que los nudillos se le tiñeron de blanco y la mano empezó a hormiguearle por la falta de riego.
- Esto es algo que no entiendo – soltó de golpe Frost, sobresaltándola.
- ¿Estás seguro de que deberías hablar? – preguntó Jane a modo de respuesta.
- Soy capaz de hacer dos cosas a la vez.
- Tú solo no nos mates, ¿vale?
- Vale – rio el joven. – Pero ahora seriamente, ¿por qué no decirnos directamente dónde se reunía con O'Rourke?
- Para que hagamos nuestro trabajo – contestó la detective, que no le quitaba el ojo de encima a todos los espejos que había en el coche por miedo a que alguien les pillara por sorpresa.
- Eso nos ayudaría.
- Sí, pero él cree que ya hizo suficiente al hablar con nosotras.
- ¡Os secuestró! ¿De veras piensa…?
- ¡Frost, ojos fijos en la carretera! – le interrumpió la morena con pavor cuando su compañero se giró para mirarla.
- Sí, señora – obedeció él sin poder evitar reírse.
- Doyle me proporcionó los datos mínimos para que yo viera que era inocente, también me ofreció que interrogara a los hombres que le acompañaban a las citas pero si esos mismos hombres matan por él, mentir por él es un paseo para ellos, así que le dije que prefería buscar mis propios testigos y él contestó: – puso la voz más grave de lo normal para imitar a Paddy y fingió un poco de acento irlandés. - "Adelante, no voy a ser yo quien te lo impida, pero tampoco te voy a enseñar por qué camino ir".
- Qué cabrón… - masculló Frost. – Mira, ahí está el Red Hat – señaló hacia el toldo rojo que colgaba sobre una elaborada puerta de madera. Un señor con traje y un monóculo, además de una chistera roja, mostraba una sonrisa plástica en el logo del bar.
El detective aparcó en un vado y lanzó en el salpicadero la tarjeta que identificaba ese coche como un encubierto de la policía y le daba licencia para aparcar donde quisiera. Ambos se bajaron del coche y se encaminaron al bar mientras Jane miraba nerviosamente el reloj. Eran las 10:30 de la mañana, les quedaban dos horas y media.
La detective empujó con fuerza la puerta. Una cabeza calva apareció de detrás de la barra, el ceño fruncido al ver el destello dorado de las placas que colgaban de sus caderas.
- ¿Qué quieren? – preguntó el camarero, quitándose un delantal blanco salpicado de manchas de bebida y colgándolo de un gancho tras él.
- Hablar con el dueño – replicó Jane.
- Le están mirando. – Cogió un trapo y comenzó a secar vasos con parsimonia.
Frost sacó dos fotos del interior de su americana, que llevaba puesta a pesar del asfixiante calor, y las depositó sobre la madera barnizada. El hombre las arrastró más cerca de él, sacando unas gafas de algún lugar bajo la barra.
- ¿Se supone que debo reconocerles?
- Por lo menos a este – dijo la morena señalando la foto de Doyle. – Llevan días echándola en la tele.
- Ah, ahora sí – asintió el camarero. – ¿Aún estáis buscándole?
- No, ya no es de interés para nosotros – replicó Frost.
- ¿Entonces por qué estoy mirando una foto suya? – preguntó el hombre devolviéndola a la barra y reanudando su tarea de secar vasos.
- ¿Desde hace cuándo es usted dueño de este bar, señor…?
- Caputo – dijo él. Infló el pecho con orgullo y extendió los brazos para abarcar el local. – Perteneció a mi padre, yo empecé a trabajar aquí con dieciséis años y pasó a ser mío cuando mi viejo murió.
- ¿Tiene usted buena memoria, señor Caputo? – inquirió Frost.
- Funciona mejor con los pedidos que las caras, pero sí.
- Bien. Mire, este es mi compañero, el detective Frost, y yo soy la detective Rizzoli…
- ¡Una compatriota! La vostra casa è la mia casa – exclamó el camarero con una sonrisa bonachona.
- Grazie – contestó Jane sin poder evitar corresponder su sonrisa. – Estamos investigando un homicidio que ocurrió hace cincuenta años. Nuestra víctima – señaló la foto de O'Rourke. – y nuestro ex sospechoso – pasó a la de Doyle. – solían reunirse aquí al mediodía.
- Mmm… Ahora que lo menciona, sus caras me resultan familiares pero, como he dicho, soy mejor con los pedidos.
Antes de permitirse desanimarse, la morena sacó la hoja arrugada que le había dado Fletcher con los extractos bancarios. Miró las operaciones subrayadas y el importe que se había pagado.
- ¿Qué costaba 15 dólares en aquella época?
- El brunch… - chascó los dedos de repente. - ¡Ya los recuerdo! El de las noticias siempre me pedía los huevos revueltos con un poco de pimienta y su compañero prefería el beicon poco hecho, aunque le dije mil veces que está más rico tostado y crujiente, que tienes que…
- Señor Caputo, solo una cosa más – le interrumpió Jane antes de que se desviara del tema. - ¿Alguna vez les vio discutir o le dio la impresión de que había tensiones entre ellos?
- No, ¡todo lo contrario! Muchas veces cuando les servía estaban riéndose, y eso que este tipo – señaló la foto de Paddy. – siempre llegaba acompañado por hombres con aspecto de matones.
- Esos hombres, ¿entraban con ellos o se quedaban fuera? – preguntó Frost.
- Les mandaba a dar una vuelta y cuando había terminado les llamaba para que volvieran – contestó el camarero. – Pero el hombre era muy majo, me contó que estaba ayudando a su amigo para que pudiera reunirse con su familia. Supuse que estaban involucrados en un trabajo o un proyecto juntos.
Frost y Jane intercambiaron una mirada.
- ¿Hay alguna otra persona que estuviera con usted en esa época que pueda recordarles?
- Mi querida Flor, era camarera y mi amor secreto – se carcajeó el camarero. – Apunte ahí: Florenza Visutti.
- Muchísimas gracias, señor Caputo – le dijo el joven estrechándole la mano.
- Un placer. Arrivederci, bella – guiñó un ojo a la morena.
- Arrivederci, signor – se despidió Jane.
- R&I –
Cuando volvieron a la comisaria una hora y media después, tenían dos declaraciones que corroboraban la historia que Paddy Doyle les había contado. En cuanto Jane informó a su Teniente, pudo ver como muchas arrugas de preocupación desaparecían de su cara. Cavanaugh la felicitó por su excelente trabajo y la nombró encargada de decirles a los demás que lo dejaran todo por un rato y bajaran a comer.
Tenían una hora por delante antes de la rueda de prensa. Era la parte que la morena odiaba más: tener que ponerse delante de una cámara para informar al pueblo de cómo iba su investigación, a quiénes habían detenido, qué sospechosos tenían o qué pistas estaban siguiendo; y si no tenías nada, te tocaba soportar las preguntas incrédulas de una horda de periodistas que casi se pegaban por llamar tu atención y que les escogieras por encima de los demás. Agradecía enormemente que Cavanaugh fuera el que tomase el relevo esa vez.
Entró con una pequeña sonrisa en la sala diáfana del piso de Homicidios.
- ¡Gran trabajo hoy! He de decir que me han impresionado vuestros olfatos, viejos sabuesos, y Cavanaugh está más que contento. Id a comer, relajaos, que lo peor ya ha pasado.
El murmullo de voces y las risas apagadas llenaron el silencio que se había hecho momentáneamente para escucharla. Agradeciendo otra vez ese ruido de fondo que era su día a día, se digirió a su mesa para dejar la carpeta con las declaraciones que Frost y ella habían recogido. Unos rizos rubios captaron su total atención mientras se acercaba.
- Disculpe, señorita, pero creo que se ha equivocado de sitio – dijo con voz grave y empujando un sombrero imaginario.
- Perdone, detective, necesitaba descansar un rato – replicó Maura inocentemente pero con ojos chisposos.
- Bueno, si se trata de una bella donna como usted, puedo hacer una excepción – sonrió.
La forense sintió que le temblaban las rodillas al oír a Jane hablar italiano, aunque hubieran sido solo dos palabras, y agradeció mentalmente estar sentada porque no se notó. Colocó más pulcramente la carpeta marrón que la morena había dejado caer de cualquier manera sobre su mesa y asintió cuando estuvo todo en orden.
Jane le puso los ojos en blanco aunque estaba sonriendo y le ofreció el brazo. Maura lo aceptó, encantada, y entrelazó el suyo con el de la detective.
- ¿A dónde me llevas a comer hoy? – preguntó.
- Oh, es un sitio maravilloso – contestó la morena.
- ¿En serio? ¿Cómo se llama? Quizá haya oído hablar de él.
- ¡Por supuesto que has oído hablar de él, es súper conocido! Se llama "Division One Café".
- Ja, ja, ja, vale, me has engañado una vez más.
Jane se rio de la inocencia de su amiga al creer que de verdad iban a ir a un sitio nuevo y no a la cafetería de la comisaria.
- Venga, desde que mi madre trabaja ahí la comida está de muerte. Pero no le digas a ella que he dicho esto – susurró la detective.
- Jane, ya sabes que no puedo mentir – dijo Maura con los ojos abiertos como platos, angustiada.
- Tranquila, tampoco es que te vaya a preguntar.
Salieron del ascensor charlando de todo y de nada, Jane fingía que entendía todo lo que Maura le decía aunque la forense sabía que le estaba hablando en otro idioma, pero le enternecía que por lo menos intentara seguirle el ritmo y no pasara de ella como siempre hacían todos.
Estaba relatándole cómo había descubierto un gusano supuestamente extinto en un cadáver que le habían traído esa misma mañana cuando Crowe pasó por su lado chocando intencionadamente contra Jane.
- ¡Hey! – protestó recuperando el equilibrio gracias a Maura.
- Uy, lo siento, no te vi – mintió el detective. – Hola, Doc. ¿Qué tal?
- Muy bien – contestó la aludida con un tono que estaba al límite entre educada y borde.
- Me alegro – contestó él con una sonrisa que hizo a Jane desconfiar.
- ¿Qué quieres, Crowe? – le espetó con los ojos entrecerrados.
- Nada, ¿no puede uno ser educado con una "compañera"? – Dibujó las comillas en el aire.
- Tú no, nunca eres educado a no ser que busques algo.
- Qué mala imagen tienes de mí, Roly Poly Rizzoli – dijo el detective fingiendo decepción.
Jane se tensó al oírle decir el mote que le habían puesto nada más entrar en Homicidios. Maura afianzó su agarre en el brazo de la detective, podía sentir sus músculos temblar por el esfuerzo de controlarse. Tiró de ella hacia la puerta de la comisaria.
- Adiós, bolleras – gritó Crowe a sus espaldas.
Varios uniformados que pasaban por allí se las quedaron mirando. La morena hizo el amago de ir hacia él pero la forense tenía más fuerza de la que aparentaba y la arrastró eficazmente a las escaleras de la entrada.
- Jane, no merece la pena – le masculló por el camino. – Lo hace para provocarte.
- Lo sé, desde el día en el que pisé Homicidios no me ha dejado en paz.
- Algunos hombres cuando ven su territorio, o su virilidad, amenazado reaccionan así. Es una forma de demostrar poder.
- Puaj, no quiero hablar de la virilidad de Crowe – dijo Jane haciendo una mueca y fingiendo que le daban arcadas. Cuando se dio cuenta de que estaban caminando por la acera, se paró en seco. – Maura, ¿a dónde vamos?
- Bueno, detective, ya que tú no me llevas a comer a ningún sitio nuevo, tendré que llevarte yo – contestó la forense con un guiño juguetón.
- R&I –
- Ahora procederé a contestar algunas preguntas – informó Cavanaugh. No pudo evitar dar medio paso atrás cuando cincuenta manos se alzaron a la vez, agitándose en el aire para llamar su atención. – Eh, sí, usted – señaló a una joven periodista al azar.
- Paddy Doyle es un conocido miembro de la mafia irlandesa, ¿eso no es suficiente para arrestarle aunque no tenga relación con vuestro caso?
- Para poder construir un juicio contra el señor Doyle… – empezó a explicar el Teniente sin dejar que el cansancio traspasara a su voz.
- Primero tendrían que encontrarle – le susurró Jane a Maura, recibiendo un codazo a modo de regañina en las costillas.
- …y no tenemos las pruebas necesarias para incriminarle. ¿Más preguntas?
Tras quince minutos de lo mismo, Cavanaugh dio por terminada la rueda de prensa. Poco a poco, los periodistas se fueron dispersando en dirección a sus furgonetas cargados con micrófonos y cámaras, comentando en voz baja las impresiones que les había causado el líder del departamento de Homicidios. Los detectives que habían sido obligados a presenciar la entrevista desde el fondo, volvieron a sus puestos de trabajos en pequeños grupos, gastando bromas y riéndose. Jane sujetó la puerta de entrada abierta para que la forense pasara primero y cruzaron la recepción en un cómodo silencio.
- ¿Tienes alguna autopsia para ahora? – inquirió la morena mientras esperaban a que llegara el ascensor.
- No, voy a estar toda la tarde transcribiendo los informes.
- Qué coñazo, deberías contratar a alguien para que lo hiciera por ti.
- ¿Acaso tienes tú a alguien que haga tus informes por ti? – replicó Maura ladeando la cabeza con una sonrisita.
Jane no contestó, ambas sabían que no hacía falta. Jamás pondría a un extraño a hacer el papeleo, no importaba cuánta experiencia tuviera, era su trabajo y nadie mejor que ella para hacerlo. Y a la forense le pasaba lo mismo. Se separaron para ir a sus respectivos pisos pero con la promesa de que se verían de nuevo a la hora de irse a casa para cenar juntas y, quizá, ver alguna película.
Con eso en la mente, las horas volaron. No tenían nuevas pistas que perseguir así que la detective había acordado que volverían a la mañana siguiente con fuerzas renovadas y buscarían al que debería haber sido el sucesor legítimo de O'Rourke si este no hubiera acordado cederle su puesto a Doyle. Jane estuvo observando fijamente el reloj que aparecía en la esquina inferior derecha de su ordenador, como si no apartar la vista hiciera que el tiempo pasara más rápido.
Cuando marcó las cinco, le faltó poco para saltar de su silla. Como no quería parecer muy ansiosa para no levantar sospechas, esperó unos cinco minutos más y luego se levantó. Escuchó su espalda crujir al estirarse, suspirando de alivio por moverse al fin. Recogió todas sus cosas, comprobó dos veces que llevaba el móvil, la pistola y la placa en el cinturón y se despidió de los detectives que todavía aguantaban en sus mesas. Silbando una suave melodía, se encaminó hacia la morgue jugando con las llaves del coche.
- Toc, toc – llamó antes de irrumpir en el tranquilo despacho de Maura.
- ¿Sabes que si golpeas la puerta la onomatopeya va implícita? – inquirió la rubia sin desviar la vista de la pantalla del ordenador.
- Sí, pero mola más de esta forma – se encogió de hombros mientras observaba fijamente a la forense.
Al cabo de unos minutos consiguió lo que quería: Incomodarla, ponerla nerviosa. Maura alzó la mirada, recogiéndose con incomodidad un mechón rubio tras la oreja y frunció el ceño cuando tropezó con los ojos marrones de la detective clavados en ella. Ni se molestó en apartarlos, era innecesario. Y contraproducente.
- En serio, tienes que aprender algo de modales – bufó la forense cerrando el portátil con un golpe seco.
- ¿Por qué? – inquirió Jane con una sonrisita burlona. - ¿Te molesta?
- No me dejas concentrarme cuando me miras – se le escapó a Maura en el calor del momento.
Aquello solo sirvió para hacer más amplia la sonrisa de la detective. La forense, sonrojada, trató de evitar a toda costa mirar a la morena a la cara así que se puso a recoger su mesa y meter lo que necesitaba en el bolso. Sabiendo que Jane la seguiría, salió de su despacho y apagó la luz tras ella, encaminándose sin más dilación hasta el ascensor y sin girarse ni una sola vez para comprobar que, efectivamente, la morena iba tras ella todavía con esa sonrisa burlona en el rostro.
La detective tuvo que contener una carcajada al ver cómo Maura pulsaba el botón del ascensor con más fuerza de la necesaria. Aquello lo había aprendido de ella. Sabía que no era un motivo por el que sentirse orgullosa pero lo hizo de todos modos. Cuando las puertas metálicas se abrieron con un ding y la rubia entró aun rehuyendo su mirada, no pudo morderse más la lengua.
- Va, Maur, ¿vas a estar toda la noche sin mirarme? – se quejó. Cuando los ojos verde avellana se centraron en su cara, hizo un puchero. – Prometo comportarme – alzó una mano y se llevó la derecha al corazón.
- Lo que dije antes… - comenzó a explicar la forense.
- Lo sé, lo sé – la paró Jane apaciguadora. – No lo expresaste del modo correcto.
- No – Maura frunció el ceño. La detective, por un momento, pensó que le estaba dando la razón pero luego se dio cuenta de que no era así. Sintió que todo su cuerpo se tensaba en espera de la continuación. – Sí me expresé correctamente pero no quiero… - un suspiro seguido de una pausa mientras la rubia buscaba las palabras adecuadas. – En California, trabajaba en un Hospital Forense donde las normas eran seguidas a rajatabla – hizo una mueca. – El caso es que había un compañero que estaba detrás de mí y cuando por fin consiguió acostarse conmigo bajo la promesa de que lo mantendríamos en secreto, le faltó tiempo para salir corriendo y contárselo al hospital entero. Como era de esperar, el rumor no tardó en llegar a los jefes. Nos interrogaron y quedamos en que ambos lo negaríamos, pero en cuanto amenazaron con echarnos, él se vino abajo y tergiversó la historia. – Jane se sorprendió ante la rabia que desprendía Maura, siempre tan racional y con sus emociones controladas. – Todos se volvieron contra mí y trabajar allí se convirtió en un infierno. Fuera a donde fuera dejaba un mar de susurros a mis espaldas, no importaba qué cosa fuera mal, yo tenía automáticamente la culpa. Quizá no me despidieron de una manera directa pero la invitación a marcharme estaba clara.
La morena no sabía qué decir. Pocas veces conseguían dejarle sin palabras y esa era una de esos escasos momentos. Jugueteó con sus manos, reprimiendo el impulso de abrazar a Maura fuerte contra su pecho y susurrarle al oído que ella jamás haría eso. De golpe, su comentario de esa mañana al decir que los rumores volaban cobró todo su sentido.
El ascensor se detuvo bruscamente, sobresaltándolas. La forense salió con paso rápido y Jane dejó que se adelantara un poco para darle algo de espacio. Si algo había aprendido de su propia experiencia con Hoyt, es que algunos recuerdos traen consigo emociones muy fuertes que te descolocaban. Que la gente te atosigara solo empeoraba las cosas.
Para cuando llegó a su coche, Maura estaba apoyada en la puerta del conductor con los brazos cruzados en el pecho en una postura que gritaba a los cuatro vientos que siguiera respetando su espacio y ella dejaría de estar a la defensiva. La detective se paró a unas tres zancadas de distancia.
- No quiero volver a estropearlo – dijo la rubia con determinación. – Por eso no quiero que malinterpretes mis palabras y te lo tomes como una invitación a dar un paso más. Valoro mucho nuestra amistad y adoro mi trabajo.
- Wow, y yo que pensé que esto siempre se decía después de tener una relación de verdad – bromeó Jane en un intento de suavizar la tensión. Se acercó un poco más a la forense ahora que estaba receptiva. – Oye, yo tampoco soy un Einstein en cuanto a parejas se refiere, por no decir que siempre termino fastidiándola, así que no te preocupes por mí. Esto… – señaló al espacio que había entre ellas como si hubiera algo material ahí. –…es más que suficiente.
No mentía, pero tampoco estaba siendo totalmente sincera. Incluso después de que Maura asintiera, satisfecha, y entraran en el tráfico nocturno para ir a su casa, siguió dándole vueltas al tema. No había tenido una mejor amiga en mucho tiempo, desde secundaria más concretamente, y era algo que, debía admitirlo, había echado de menos. Eso de tener alguien dispuesto a escucharte después de un tedioso día de trabajo, alguien dispuesto a quedar a tomar unas cervezas o a comer una pizza en el sillón, alguien a quien poder confesarle cosas y saber que guardará el secreto y, mejor aún, la ayudará a lidiar con ello. Alguien fiel, paciente, comprensivo, inteligente. En ese aspecto, le había tocado la lotería con Maura, y precisamente por eso no quería perder esa amistad. Era lo mejor que le había pasado en… Bueno, en toda su vida.
Pero ese creciente vínculo que habían creado entre las dos tenía otra faceta. Atrás había quedado la primitiva atracción sexual que había sentido apoderarse de ella la primera vez que había visto a la forense en su moto en la escena del crimen. En un principio, solo había pensado en conseguir meterse en sus ajustados pantalones de cuero. Oh, sí, había fantaseado innumerables noches con esa imagen. Sin embargo, a medida que iba descubriendo cosas sobre Maura, su pasado, su personalidad tan extraña aunque encantadora, su aparente frialdad que ocultaba una fragilidad y miedo a la confianza por demasiados desengaños… Con cada aspecto nuevo que la rubia revelaba de sí misma, más se iba dando cuenta de que no solo quería acostarse con ella. La quería a ella y a su amistad, quería poder ser libre para besarla cuando su cuerpo se lo pidiera pero también abrazarla cuando tuviera un mal día y necesitara alguien que estuviera ahí para ella. Quería el paquete entero.
Observando el apacible rostro dormido de la forense horas más tarde, mitad de él oculto por las sombras de su habitación, la otra mitad recibiendo la anaranjada luz que se filtraba a través de las cortinas bajadas, supo que no se iba a dar por vencida tan fácilmente. Le iba a demostrar a Maura que estaba allí en lo bueno y en lo malo, que podía conformarse con su amistad si no podía darle más, pero que estaba preparada para avanzar si ella quería.
- R&I –
Entró en la sala diáfana radiante. Se había despertado una vez más con Maura a su lado y era la segunda noche sin pesadillas. Quizá se estaba precipitando al sacar conclusiones pero la deducción tenía lógica: era la forense. Tiró la taza de cartón ya vacía de café a la basura, haciendo un pequeño gesto de victoria cuando encestó a pesar de la distancia a la que se encontraba.
Solo entonces fue consciente de que ni Frost ni Korsak estaban en sus sitios. Frunció el ceño, su entusiasmo olvidado. Ellos nunca llegaban tarde y era demasiado pronto como para que ya hubieran salido a interrogar a alguien o comprobar algo. De hecho, ahora que se fijaba, ningún detective de Homicidios estaba en su mesa. Segura al cien por cien de que algo malo estaba pasando para semejante abandono de sus puestos, salió al pasillo y miró en ambas direcciones en busca de algo que delatase qué demonios estaba ocurriendo.
No le costó mucho encontrarlo, había una multitud de personas apretujadas frente a la puerta de la sala de descanso. Jane trató de pensar qué tenía esa habitación de especial y entonces lo recordó: era la única con televisión. Casi corrió hacia allí y los detectives, al ver que era ella, inmediatamente se hicieron a un lado sin que fuera necesario que comenzara a dar codazos para abrirse paso. Algo en sus expresiones hizo que se le pusiera la piel de gallina y sintiera frío a pesar del asfixiante calor que habían provocado veinte hombres apretujados en un espacio reducido.
- Se le va a caer el pelo… - oyó susurrar a alguien tras ella.
- …lo va a cargar.
- La que se va a liar…
Fue dejando atrás los murmullos hasta llegar al frente del todo. Ahí encontró a Frost y Korsak, sendas caras de enfado y sin despegar la vista de la televisión.
- ¿Qué está pasando aquí? – preguntó Jane a pesar no estar segura de querer saber la respuesta.
Su desconfianza solo aumentó cuando vio las caras de miedo de sus compañeros. El más joven de ambos dio un bote y palideció notablemente mientras Vince sacudía la cabeza al saber que ya no había vuelta atrás ni escapatoria posible a esa situación.
- ¿Qué ocurre? – repitió con más autoridad en la voz, endureciendo su mirada y alternándola entre sus dos amigos.
Barry se limitó a suspirar y señaló la televisión. Un silencio sepulcral se hizo en la sala mientras todos contenían la respiración a la espera de la reacción de Jane. Esta clavó la mirada en la pantalla, conteniendo a duras penas su impaciencia. Los anuncios terminaron y apareció una joven periodista, si merecía ese título, en un confortable sillón color crema que hacía juego con el resto de la decoración del plató.
- Buenos días, por si acaban de sintonizarnos, están viendo "El Show de Tara Nolan". Como estábamos contando antes de la pausa para publicidad, ayer conseguimos contactar con un detective de la comisaria 1854. En caso de que no la ubiquen, ahora mismo están llevando a cabo una investigación sobre el asesinato en los años 60 de un famoso líder de la mafia irlandesa. Tras una rueda de prensa algo apurada en la que desmintieron la colaboración de Paddy Doyle, el actual cabecilla, en el asesinato de su rival, uno de los involucrados en la investigación aceptó hablar con nosotros a cambio de mantener su identidad en el anonimato y nos ha proporcionado algunos datos muy jugosos, juzguen ustedes mismos…
La imagen de la joven sentada dio lugar a otras tomadas por el cámara de la entrevista que dio Cavanaugh el día anterior a la entrada de la comisaria. El sonido estaba quitado, pero se podía escuchar a la periodista de fondo.
- ¿Es usted parte de este caso?
- Sí, fui uno de los primeros en responder a la llamada sobre la aparición del cadáver.
- ¿Qué demonios…? – exclamó la morena al reconocer la voz algo distorsionada de Crowe.
Se oyó una nueva oleada de murmullos a su espalda y Korsak le hizo un gesto para que se callara y siguiera escuchando. Jane se cruzó de brazos, su ceño acentuándose, su interior bullendo de rabia.
- ¿Qué puede contarnos sobre él?
- No puedo dar ningún detalle concreto al tratarse de una investigación en curso, solo decir que estamos trabajando con todos nuestros recursos para pillar al asesino.
- ¿Tienen alguna pista de quién pudo ser ahora que su Teniente ha declarado que Doyle es inocente?
- Existen varios candidatos de interés. Estamos siguiendo pistas, rastreando a conocidos de la víctima y comprobando cuartadas; es un proceso lento y difícil porque han pasado muchos años.
- ¿Confían en atrapar al culpable pronto o esta investigación va a seguir llevándose en segundo plano en los meses que vienen?
- Recientemente hemos descubierto que alguien, no puedo dar su nombre por cuestiones de privacidad, que trabaja de cerca con nosotros y pertenece a la 1854 tiene parentesco con Paddy Doyle, así que tenemos esperanzas en poder explotar esta relación y conseguir respuestas más rápidamente.
- ¿Está diciendo que su principal sospechoso, o ex sospechoso, está colaborando con la policía?
- No, pero se preocupa por esta persona y es un elemento a nuestro favor.
- ¿De veras un parentesco lejano es algo con lo que pueden negociar?
- ¿Quién ha dicho algo de lejano? – sonrió Crowe. – Estamos hablando de un vínculo padre-hija.
La visión de Jane se tiñó de rojo. Sintiéndose temblar violentamente, giró sobre sus talones con tanta brusquedad que derribó una silla que tenía a su lado. Los que habían estado observando su reacción a la entrevista ya habían previsto este ataque así que el pasillo que la llevaría directamente a la salida estaba libre de obstáculos. La detective salió corriendo de la sala de descanso mientras bullía en rabia e indignación.
- ¡Jane! ¡Jane! – gritaron Frost y Korsak tras ella.
Se había pasado, no tres, sino diez pueblos. Una cosa era dar respuestas evasivas que en realidad no les proporcionara información alguna a los periodistas y otra era decirles directamente que tenían a la hija de Paddy Doyle trabajando con ellos. Había pintado una diana en la espalda de Maura en plena temporada alta de caza.
Entró como un huracán en la sala diáfana solo para ver que todavía no había llegado a su mesa. Con una sonrisa turbia, no pudo evitar agradecerle mentalmente a Crowe su vaguería mientras bajaba prácticamente a saltos los tramos de ocho escalones hasta la recepción. Sabía que el detective estaría en la cafetería tomándose su habitual café rodeado de otros compañeros con los sesos tan secos como los de Crowe. Eso le daba más tiempo para romperle la cara: primero, porque ningún otro detective se metería de verdad entre ella y él, intentarían separarles pero sin poner mucho empeño; y dos, porque de ese modo cuando fueran a avisar a Cavanaugh y este bajara los tres pisos, Darren ya estaría llorando y suplicando que le dejara en paz.
Empujó a todo con quien se topó en su camino.
- ¡CROWE! – bramó en medio de la recepción.
Todo el que pasaba por allí se paró, observándola con una mezcla de expectación y terror. La televisión de la cafetería estaba encendida y en el canal del Show de Tara Nolan, un pequeño grupo de detectives observaban la pantalla con incredulidad, otros le daban palmaditas en la espalda al detective, felicitándolo. Pero en cuanto oyeron su grito, Darren se quedó solo.
El aludido se levantó del taburete y sonrió para ocultar su nerviosismo.
- ¿Te ha gustado mi entrevista? ¿A que la televisión me hace la voz más grave?
- No podías resistirte a ser el centro de atención, ¿verdad?
- Oh, venga, tampoco es que les dijera que Maura es su hija – abrió los ojos con fingido arrepentimiento. – Oups, quizá se me escapó…
Agarró a Crowe por las solapas de la americana y le estampó contra la pared.
- ¡Janie! – gritó su madre con horror desde detrás de la barra de la cafetería.
- No, Ma, mantente fuera de esto – gruñó la aludida.
- Eso, ya irás a ver a tu hija a la cárcel. Quizá comparta celda con su hermano y todo – se burló Crowe.
- Deja a mi familia en paz – masculló entre dientes.
- Deja a mi familia, deja a Maura… ¿Te decides?
- ¿¡Crees que esto es un puto juego?! – Jane acentuó sus palabras empujándole por los hombros contra la pared. - ¿¡Te parece divertido poner en peligro la vida de una compañera de ese modo?!
- Es la forense, ¡por el amor de Dios!
- ¡Es una compañera igualmente!
- ¡No! – gritó Crowe desasiéndose de sus manos y apartándola con un brusco empujón. - ¡Solo es tu puta novia bollera! ¡Me la suda que te la estés tirando, eso no la convierte en uno de nosotros!
Jane arremetió contra él sin pensárselo dos veces. Chocó contra el detective y ambos cayeron al suelo por el placaje, rodando por el mármol de la vacía recepción. La morena no tardó en colocarse sobre él, su autocontrol olvidado. Su visión se volvió roja hasta el punto de que estaba cegada por la rabia literalmente. Su puño se movía a su antojo, estrellándose contra el rostro de Crowe una y otra vez, sin descanso, sin dejarle coger aire. Notó el calor de la sangre contra su mano, los gritos amortiguados de la gente a su alrededor, varias manos que tiraron de ella en un intento de separarla del hombre. Pero como Jane había previsto, en cuanto opuso un poco de resistencia la dejaron en paz y fueron a llamar a Cavanaugh.
Darren se retorcía bajo ella, tirando de las mangas de su americana hasta hacer estallar las costuras, lanzando golpes débiles en un intento de defenderse. Uno de ellos alcanzó a la morena en el labio y sintió el sabor salado y metálico de la sangre inundar su boca. Le siguió una sensación de quemazón en la mejilla y otra más arriba, en la ceja.
Pero Crowe cada vez luchaba menos contra ella hasta que sus manos cayeron flácidas, a sus lados, y quedó reducido a una masa sangrante y llorosa. Fue entonces cuando dos pares de manos la agarraron y tiraron de ella con firmeza hacia atrás. Jane se dejó llevar, ya había hecho suficiente. La dejaron caer al suelo sin miramiento alguno.
Parpadeó cuando una punzada de dolor recorrió su brazo desde el codo hasta las puntas de sus dedos. Vio la muchedumbre congregada en la recepción, la cara pálida y aterrorizada de su madre destacando entre todos los uniformados. Angela trató de llegar hasta a ella con un paño con hielo pero la pararon. Varios policías se acercaron a Crowe para comprobar que estaba bien y le ayudaron a sentarse para que no se atragantase con la cantidad de sangre que le caía de la cara. Alguien con una bata blanca se acercó a él corriendo, maletín negro en la mano, y el corazón de Jane se encogió dolorosamente ante la posibilidad de que fuera Maura. Pero el gesto nervioso de subirse las gafas delató a Susie mientras se inclinaba sobre el malherido detective.
Alguien la cogió de un lateral de la americana y tiró violentamente de ella hasta ponerla en pie.
- ¡Rizzoli! – bramó Cavanaugh justo en ese mismo momento. Se paró frente a ella sin compasión alguna en su mirada. – Lávate y ven a mi despacho ahora mismo – Se marchó de allí sin espera de réplica alguna.
- ¿Qué coño pasa contigo, Jane? – espetó Vince, su cara roja de enfado.
La morena buscó el apoyo en Frost pero este negó con la cabeza y le dio la espalda, llevándose a Korsak con él.
No, esta vez había sobrepasado el límite y estaba sola.
