Nota del autor:

Perdonarán la inconsistencia con respecto a no subir tan repentinamente los capítulos que quieren, pero la "musa" no llegaba a mi mente, o llegaban "musas" de otro tipo. Puede que parezca un poco trivial esta historia pero pronto terminaré 1943, y pasaré a 1944.

El contexto del capítulo es el siguiente:

"el punto de giro que dio la derrota alemana en Stalingrado en febrero de 1943, hizo que varios países del eje empezaran a intentar separarse del mismo. Ni siquiera Japón se salvó del desastroso año de 1943: la muerte del almirante Isoroku Yamamoto, abatido por las fuerzas aéreas norteamericanas en las islas salomón y la derrota de la marina japonesa en Guadalcanal, destrozaron el avance japonés. A partir de ese año, el duro revés de Guadalcanal y la muerte de uno de las más geniales estrategas del "comando general imperial", empeoran la situación del país del sol naciente.

Hungría (el país como tal, no Elissabeta, la loca sartenera) intentó establecer una tregua con las potencias aliadas y declararse neutral, mas eso se lo impide el gobierno nazi con la ocupación de Hungría en ese año. Bulgaria y Rumania también intentaron separarse del control nazi, pero debido a maniobras diplomáticas y políticas, aún siguen en el eje. La peor parte se la había llevado Italia. Miklós Horthy fue puesto bajo una estrictísima vigilancia, pero conservó su puesto de regente, hasta la ocupación soviético-americana.

En junio de 1943, el supremo consejo de gobierno, conformado por Emilio Del Bono, Galeazzo Ciano, el mariscal Pietro Badoglio y el rey Vittore Emannuelle III destituye a Benito Mussolini de sus cargos de presidente del concejo de gobierno, primer ministro y comandante de las fuerzas armadas, comenzando tres años de desgobierno, anarquía y de casi virtual guerra civil en toda Italia. Agregado a esto, Mussolini es confinado en el hotel "Grand Sassó" ubicado en los Apeninos italianos, pero dos meses después es liberado por paracaidistas alemanes, estableciendo a su vez el efímero "gobierno de Saló" en el norte, colaborando abiertamente con los nazis mientras el sur, controlado por los aliados intentaba seguir con el avance general, sin embargo los alemanes los detienen por debajo del frente del rio Volturno hasta agosto de 1944. Los aliados ocupaban el sur, desde Salerno, hasta Sicilia, los nazis controlaban el centro de Italia, la toscana, Terracina y parte de Emilia-Romaña, (incluida la ciudad de Roma), mientras que el gobierno de la "república social italiana" de Saló controlaba virtualmente el norte, en especial el Trentino, toda la región de Lombardía, el valle del Pó y el Véneto (aunque los nazis eran los que ocupaban el norte).

Pero Italia no era el único foco de anarquía. Bulgaria también había sopesado la posibilidad de retirarse de las fuerzas del eje, cosa que había respaldado el rey Boris III. Los nazis ordenan su asesinato, y posteriormente montan un concejo títere de regencia, con el jovencísimo Príncipe Simeón de apenas 2 años al mando. Los nazis sin embargo, ocupan el país. Naturalmente los nazis ejercen una brutal e inmisericorde presión en contra del gobierno Búlgaro, el cual cede toda su autoridad los ocupantes nazis, dejando a la familia real búlgara (de la rama Sajonia-Coburgo-Gotha) a la merced nazi. Y eso si contábamos con que el rey de Bulgaria a duras penas podía mantenerse despierto en las sesiones parlamentarias, porque era prácticamente un niño de brazos.

Y no podemos evitar hablar de nuestro querido "señorito". El descontento de Austria y sus habitantes se acrecienta: Motines en Graz, Linz, Innsbruck, Viena y Salzburgo son reprimidos con dureza. Los principales aristócratas vieneses empiezan a hablar abiertamente de conspiraciones y traiciones, el sentimiento nacionalista austriaco resucita, girando alrededor de las figuras del ex canciller Kurt Von Schnusschnig y el pretendiente al trono imperial austriaco, el archiduque Otto von Habsburg-Lothringen (mencionado ya en capítulos anteriores). Sin embargo, la estrategia infalible del "NatchundNebel"(los decretos de nocheyniebla, estrategia que aprendió argentina durante la dictadura) acalla a los enemigos del Reich y del mismo Hitler.

En este capítulo, el argumento girará alrededor de Bulgaria, su participación en la guerra, el perturbador asesinato del rey Boris III, y los hechos que se desarrollaron alrededor del asesinato de Boris y la asunción de Simeón como rey. (A pesar de que Simeón era prácticamente un niño chiquito). Y también alrededor de la confusa situación en Italia, después de la destitución del "Duce".

Abril de 1943.

Había pasado ya un mes desde la ejecución de Franz. Las flores en la tumba del joven ex oficial se habían marchitado, y no tardó en morir también la madre de este, la señora Clara de Von Trapp. Roderich se había encerrado en sí mismo después de la ejecución de Franz, mirando con un infinito desprecio y rabia a Ludwig cada vez que lo veía. Todas las noches tocaba con una infinita rabia piezas de piano de Chopin, Mendelsohn y Debussy que sabía que estaban prohibidas, cosa que destrozaba por completo sus dedos. Una noche, toco el piano con tanta fuerza e ira, que se destrozó por completo las falanges de sus dedos, quedando las teclas del piano manchadas en sangre.

Hungría estaba por esas épocas en casa de Alemania de "visita" aunque en realidad era una suerte de rehén. La noche en la que le encontró sentado, con sus manos ensangrentadas y heridas, las teclas del piano salvajemente manchadas de sangre, mientras lloraba desconsolado a la luz de los cabos de velas que encendía cada noche, le hizo sentir una infinita tristeza. Su sueño era pésimo, y todo el tiempo permanecía con sus manos y muñecas vendadas, esperando que aquellas heridas y fracturas curaran, aunque las heridas del corazón y el alma tardaban en sanar, o en el peor de los casos no sanarían nunca.

Sin embargo, no podía dejarse abandonar a la pena y al remordimiento, pero aquella impotencia por no haber hecho nada, agregado a las repetidas humillaciones a las que era acreedor lo llenaba de rabia. ¿Cómo rayos el que decía ser su "jefe" permitía esas cosas con él?, claro que no era nuevo que él se autoproclamase a viva voz como un "Alemán de pura casta" cuando en realidad era simplemente el hijo de un fracasado funcionario de aduanas de una localidad perdida de la alta Austria. Él era infinitamente peor que todos aquellos a los que se había enfrentado: peor que Metternich, el rey Federico de Prusia, el Visir Mustafá, peor que sus enemigos de siempre, peor que la más vil y rastrera rata que podía haber existido en la tierra. Sus crímenes no tenían nombre.

Cierto día de abril el secretario del canciller Von Ribbentrop lo había citado en la cancillería del Reich. Hacía ya tiempo que o asistía a la cancillería, sin embargo, no pudo evitar encontrarse con cierta visita desagradable.

buongiorno, signore Austria.

Era el estado vaticano, acompañado por los cardenales Michael Von Faulhabber y Friedrich Bertram.

Guten Morgen, Herr Kardinal Vargas…

Saludó fríamente a los tres clérigos, con una fría y discreta venia, mientras miraba con un infinito desprecio al italiano de larga sotana negra, cubierto con una capa rojo escarlata como la sangre misma.

El secretario de Von Ribbentrop llama al estado vaticano, el cual entra al suntuoso y exquisito despacho del diplomático. Después de dos horas de conversaciones, el italiano sale, con un semblante serio y prepotente, dirigiéndose hacia los dos cardenales que lo esperaban sentados en una de las poltronas preciosamente pulidas de la sala de espera.

Signori, tenemos que hablar sobre Innitzer y Von Gallen. —exclamó seriamente el italiano— si ellos siguen en esa tónica de atacar a su gobierno y al führer, sucederán cosas terribles para la iglesia y para Alemania. Hay que evitar a toda costa el mal mayor, hay que acallarlos a cualquier precio para evitar le Maiorem malem a toda costa

—se hará lo que usted diga, alteza eminentísima. —exclamó humildemente Bertram.

—Gabriel —exclama el austriaco— ¿no has recapacitado aun?

—tengo que evitar el mal para mi iglesia, Roderich. —exclama el italiano seriamente, mirándolo por encima de sus lentes.— a cualquier precio, y sin importar las consecuencias tengo que garantizar siempre el bien de la santa madre iglesia.

— ¿respaldando y apoyando salvajes crímenes?

El italiano se acercó sutilmente al austriaco, y suavemente le dijo al oído con una sutileza y una serenidad propios de una astuta y vil serpiente.

—todos en algún momento somos criminales, mi querido Roderich —le susurra el italiano al oído— nadie, ni siquiera tú estás exento de cometer crímenes atroces en pos de una idea que se esfuma con el viento, lo dice la santa escritura, querido hijo mío... quien esté libre de pecado que tire la primera piedra

—El cardenal Vargas tiene razón señor Engelstein, —exclama Faulhabber serio y desafiante— todos tenemos las manos manchadas de sangre, en mayor o menor grado.

—Señor Engelstein, —le anuncia el secretario— el ministro Von Ribbentrop lo solicita en su despacho.

Sin mediar ningún tipo de palabra, el austriaco se retira de allí, sin ni siquiera inmutar o reparar en los debido respetos a los prelados.

Ya en el interior del suntuoso despacho del ministro de asuntos exteriores, este con una sonrisa amable y bonachona le ofrece un asiento del despacho.

—Roderich, ¿apeteces brandy, coñac, o quizás un scotch?

—No, Herr Minister, así estoy bien—le respondió duramente el austriaco tomando su lugar.

Después de haber tomado su correspondiente lugar, el ministro Von Ribbentrop bebe de una copa de coñac. Posteriormente le dice.

—bien, como sabrás la situación del Reich no es la mejor en estos momentos, y lo que más teme el Führer es que nuestros aliados deserten en masa.

—entonces usted cree que yo sería una de las primeras ratas en abandonar el barco, ¿no?

—no lo creo así —exclamó risueño von Ribbentrop.

—entonces, ¿Qué quiere de mí?

—es sencillo, Roderich. —dijo el diplomático— necesito de tus habilidades diplomáticas. Es lo mismo que hiciste en Croacia años atrás: vas, sonríes, asistes a uno o dos actos públicos, unas cuantas cenas de estado aquí y allá, y quizás una que otra advertencia.

—quiere que sea de nuevo su marioneta

El ministro se echó una sonora carcajada.

—comprendes rápido, Roderich.

—no me prestaré más al juego del Reich, señor ministro.

El rostro amable de von Ribbentrop se tornó serio, tal vez demasiado serio.

—si no haces lo que te pido, las consecuencias serán nefastas para todos. —exclama Von Ribbentrop— perderemos más que en Stalingrado, Roderich, en este momento necesitamos de nuestros aliados más que nunca, no podemos permitirnos una deserción en masa.

—es tan fácil que lo diga usted, señor ministro, decidir sobre mi destino y el de mis colegas, tan sencillo decidir sobre millones de vidas—exclamó tristemente el austriaco— así como ustedes deciden de un plumazo matar a más de seis millones.

—¿lo sabe?, —exclamó Von Ribbentrop— lo que decidió el señor Alemania y los demás en Wannasse ¿lo sabe?

—lo sé todo. —exclamó seriamente el austriaco— y no solo por eso no me prestaré a su juego.

La desesperación del diplomático alemán era cada vez más patente y evidente. Se limpió con un pañuelo impregnado en espliego la frente sudorosa.

—¿acaso desea usted la derrota, señor Engelstein? —exclamó aterrorizado el alemán de edad avanzada— ¿quiere la derrota suya y la de Alemania?

—desde que comenzó esta guerra, ya la daba yo por perdida.

—Entonces me temo que la señorita Hungría sufra por sus opiniones derrotistas.

El rostro de Austria se tornó pálido. El terror invadió todo su ser. Intentó disimular sus enormes y aterrorizantes nervios con una máscara de dureza imperturbable.

—hacia donde me tengo que dirigir.

—partes a Sofía hoy por la noche. Un auto de la cancillería te estará esperando, junto con el doctor Von Neurath.

—entonces quieres que convenza a Nikolai para que no abandone el Antikomintern…

—eso y otras cosas más que quiero que hagas.

Aquellas palabras sonaron bastante sospechosas.

—Y después, ¿aparte de Bulgaria, quién quieres que someta en nombre del Reich?

—Rumania, Croacia, macedonia, Albania y Dinamarca. También Italia está en tu itinerario.

Se mordió la lengua, era obvio que cualquier tipo de oposición acarrearía consecuencias nefastas. De Italia ya se lo esperaba, aunque le extraño de sobremanera que fuera él y no Alemania el que tuviera la "penosa" obligación de "convencer" a los Vargas sobre la conveniencia de no abandonar el Antikomintern.

—se hará lo que usted diga, ministro Ribbentrop.

Horas más tarde…

Austria se encontraba de nuevo haciendo sus maletas. Ya no sería lo mismo, no sería el mismo viaje a Zagreb de años atrás, era algo radicalmente distinto, en medio de un ambiente enrarecido y turbio. Bastante turbio.

No sabía las intenciones reales de Bulgaria después de la monumental derrota de Stalingrado. Le tenía en cierto modo envidia, él podía disponer de su propio destino, virtualmente era un aliado incondicional del eje, a pesar de los desacuerdos entre los partidos de gobierno existentes en Bulgaria. Y aun peor, estaba el rey Boris III, quien estaba sometiendo a presión a su propio gobierno para declarar neutralidad. El avance soviético había empezado a forzar el retroceso del Wehrmatch más allá del rio Volga, y eso amenazaba directamente el suministro petrolero de Ucrania, Bielorrusia y Rumania. Aunque técnicamente Natalya y Ekaterina estaban bajo ocupación de Ludwig, Vladimir se había suscrito abiertamente al pacto, (aunque con cierta reticencia), por lo que Alemania o en su defecto Austria (como parte integral del Reich) debían de ayudarlo.

No le dirigió la palabra a nadie. Elissabeta al ver las maletas de Roderich listas para partir de inmediato sintió un punzón de preocupación.

—ahora a donde te envían

—a Bulgaria —exclamó con hastío el austriaco— no saben qué hacer conmigo, así que me han enviado a "rogarle" a Nikolai para que no salga del pacto.

—aun no te has recuperado del todo —le dice la húngara, mientras miraba las vendas de los dedos y las manos del austriaco, vestido con una elegante casaca purpura, pantalones de tonalidad caoba y botas de equitación.

—qué puedo hacer, las heridas del cuerpo sanan, pero las del alma no —exclamó con tristeza.

—¿Aun te duele la muerte de Franz?

El austriaco evadió la mirada y reprimió unas cuantas lagrimas que empezaban a aflorar. Se pasó un pañuelo ya desgastado de tanto uso, y se pasó la mano por la cabellera, acomodándose a duras penas a Mariazell mechón el cual estaba ya de por sí bastante alicaído.

—regresa a tu casa Eli, —le dijo Austria a Hungría—tu gente te necesitan más que yo.

Y dicho esto se retira de su cuarto con las maletas ya preparadas, dirigiéndose hacia la salida, mientras Alemania, aun bastante malherido, cojeando levemente, con varios vendajes en su cuerpo, vestido con una pijama gris lo mira con tristeza y amargura.

—te vas tan rápido, ¿no?

—si, Ludwig —le dice el austriaco— parto a Bulgaria a sostener lo que queda del Antikomintern.

—entonces, Nikolai nos piensa traicionar….

—la verdad no sé, pero después de Bulgaria parto a Italia en dos semanas después.

El alemán había quedado impactado al oír el itinerario del austriaco. Intentó acercarse, mas no pudo, se tropezó en el proceso y dos suturas se rompieron, derramando sangre con mucho escándalo.

—Por el amor de dios, west que rayos estás haciendo —exclamó Prusia aterrado, mientras se acercaba al germano de cabello rubio intentándolo levantar.

—debo,… ir con…. Austria… Italia… Italia… me nece…sita...

—no West, —le dice Prusia— te quedas en casa, y vas a reposar a tu cuarto.

—llama al doctor Haase[1], Gilbert—le ordena Roderich— necesita con urgencia asistencia médica.

El prusiano obedece en el acto después de poner al alemán en una de las poltronas de la sala, llamando desesperadamente del teléfono al médico personal de Alemania.

Pero al ver el lamentable estado de Ludwig se vio también a si mismo años atrás: después de la primera guerra mundial había quedado débil, herido, lastimado, simplemente era la sombra de lo que había sido antes. Ludwig terminaría precisamente igual, lo presentía.

Por un momento sintió una enorme conmiseración y lastima de Alemania, manipulado por sus superiores, por las oscuras intenciones de Hitler, de Göring, de Goebbels, de Bormann y de tantos más. Sin embargo, esa conmiseración se borró por completo al recordar la farsa de juicio y las humillaciones a las que había sido sometido Franz von Trapp.

El final era inevitable y el con toda su experiencia sabía que el oro de las victorias se desvanecía: no había nación invencible, todos sucumbirían tarde o temprano, el tercer Reich no sería victorioso por siempre. Y había empezado la inexorable caída.

Se retiró rápidamente, saliendo al exterior en donde un auto Mercedes Benz escoltado fuertemente por varios motorizados de la SS le estaba esperando. el conductor y los escoltas le saludan con el brazo en alto al modo nazi, saludo que responde Roderich levantando levemente el brazo derecho y asintiendo.

Entra al auto, en un silencio sepulcral solo roto por las sirenas de alerta de los alrededores. Miraba distraído por la ventanilla del auto como la consigna de la "totallenKrieg" empezaba a afectar la vida diaria de la gente del común.

Los niños de las Hitlerjurgend recogiendo periódicos viejos, leña para la calefacción, repartiendo propaganda. Las baterías antiaéreas puestas estratégicamente en las calles. Los hombres y mujeres arrebujándose en sus abrigos intentando evadir el frio ambiente. La oscura y lúgubre atmósfera que se respiraba. El miedo, el terror, la angustia. Eso era la verdadera guerra total.

Al llegar a la estación, sintió una enorme pena y remordimiento de consciencia, y se vio años atrás con Albretch y Franz, los dos alegres suboficiales que le escoltaban. ¿Qué hubiera pensado Franz de el verlo de nuevo como una marioneta diplomática del Tercer Reich?. Quizás le reprocharía su debilidad frente a las presiones a las que era sometido de parte del tercer Reich. Pero que podía hacer, era un simple lacayo más del tercer Reich. Un esclavo más, con prerrogativas y privilegios pero en fin de cuentas un esclavo y lacayo más a la voluntad de Alemania, o en su defecto, de Hitler.

El tren sale lentamente, mientras Roderich se ubica en uno de los suntuosos vagones de primera clase: para el señor Austria siempre lo mejor, aunque ya no fuese nominalmente un país. Los oficiales y diplomáticos se habían ubicado en los correspondientes vagones de primera y segunda clase, mientras que el resto de soldados estaba en los vagones de carga y los de tercera clase. El vagón en sí era bastante suntuoso, con exquisitos tallados en madera, paneles pintados de color marfil con preciosistas detalles y lámparas engastada en el más puro y claro cristal, Sería un viaje muy largo, tres días cuanto mucho, pues le habían asignado un compartimento privado con una litera y una mesita de noche, aparte de un asiento al lado de la ventanilla del compartimiento, el cual era ni tan amplio ni tan reducido. Se sentó en la silla, mirando triste el exterior desde la ventanilla del tren. Percibía los olores a sangre, a pólvora, a tierra y carne quemada. Olores repugnantes con los que estaba tan familiarizado pero que aun así le causaban nauseas. No tenía necesariamente que salir de Berlín para sentir esa repulsiva y notoria esencia de la guerra, los aliados habían comenzado su ofensiva bombardeando la zona industrial, en especial los suburbios industriales de Spandau y Potsdam.

Ya en la campiña el ambiente era triste, lúgubre y desolador. Las lluvias de otoño habían llegado con premura, había sido un verano muy sangriento. Stalingrado era una cicatriz en el orgullo alemán, Hitler y los suyos clamaban una cosa: Venganza, y lo proclamaban a viva voz en la radio, en la prensa, en los carteles de propaganda. El vaivén del tren lo llevaba a recordar las palabras crueles del arzobispo Stepinac años atrás en el despacho de Pavelic : solo seguimos las directrices que el tercer Reich nos dispone… ellos marcan el horizonte para Europa… pero ¿Qué horizonte les esperaba a los integrantes del eje?, uno muy oscuro. Un oscuro y sucio torbellino de ira y rencor, peor que 1918, peor que la primera guerra mundial.

Se arrepintió de haber firmado el Anschluss, de no haber hecho nada por ayudar a Dolfuss, se arrepintió por desentenderse de forma negligente de los asuntos de gobierno mientras Von Schnussnig suplicaba a los gritos ayuda mientras Seyss Inquart lo entregaba en bandeja de plata ante Ludwig y Hitler.

No era la primer decisión errada que tomaba, pero era la que peores consecuencias le estaba trayendo.

Deseaba el consejo confiable de alguien: deseaba que un consejero de su entera confianza lo oyera, ¿qué hubiese dicho el príncipe Metternich, el doctor Von Schnussnig, o el emperador Franz Josef al verlo como un vulgar títere? ¿lo apoyarían por preocuparse por el bienestar de su gente o se lo reprocharían por haber cedido ante los chantajes y amenazas de un petimetre lameculos como Von Ribbentrop?

—Soy un maldito idiota —se espetó mentalmente el austriaco —soy un grandísimo idiota que se deja manipular como una marioneta.

Habían transcurrido ya 4 horas desde que habían salido de Berlín, dirigiéndose hacia el sur. Era cerca de las cinco de la tarde y el tren no había parado ni para repostar durante su trayecto. No se había detenido ni siquiera en las localidades fronterizas de la alta Austria, excepción hecha en la estación subsidiaria de Celiçe, en Eslovenia. No se había inmutado ni siquiera en reparar por qué habían parado y había pasado apenas una noche en la ya de por sí dura litera del compartimiento. Pronto cruzarían la frontera Búlgara, mientras uno de los valets del tren ingresaba al compartimiento, en esa fría noche.

—necesita algo el señor, tal vez algo de comer del vagón comedor o quizás una frazada…

—no necesito nada, muchas gracias.

Sin embargo un violento estruendo hace vibrar el tren, lo cual hace que este mismo frene con una desmesurada violencia, lo cual hace que Roderich caiga violentamente golpeándose la frente contra el borde de la litera. El valet no corrió con tanta suerte. La repentina parada del tren lo había lanzado al otro extremo del pasillo del vagón dejándolo inconsciente y con su cabeza sangrante.

Pero lo peor estaba por venir.

Al levantarse el valet y dirigirse rápidamente hacia el compartimiento del austriaco, entró por una de las ventanas una ráfaga de disparos que lo dejó muerto al instante, y que manchó el pulcro traje de etiquetaque llevaba puesto el austriaco con la sangre del vale, cuyo cuerpo había quedado al pié de la puerta del compartimiento.

Roderich no sabía lo que había sucedido, por lo que salió a rastras de su compartimento, mientras veía como soldados de la SS y la Wehrmatch disparaban a la oscuridad de la noche.

Había conseguido entrar a uno de los compartimentos vecinos en donde habían dos altos funcionarios de la Cancillería acompañados de una secretaria.

—¿alguno de ustedes dos me puede explicar lo que sucede?

—no tenemos idea, señor —respondió la joven secretaria—pero creo que ha hecho estallar la locomotora…

Repentinamente la muchacha es acallada por una bala en la cabeza, desparramando sus sesos en los almohadones de la litera, mientras uno de los funcionarios prorrumpía gritos ensordecedores de espanto y terror. Si, sería una noche sangrienta. Bastante sangrienta.

Había conseguido salir al exterior. El ambiente no era el mejor, estaban cercados en un valle estrecho, fue un milagro que no se descarrilara el tren, dado que la locomotora y el vagón de carga del carbón había recibido el mayor impacto. Entre tanto, los soldados de la SS se encargaban de disparar hacia la oscuridad, mientras eran atacados con saña por unos desconocidos: ¿partisanos?, ¿milicias chetniks?, ¿eran soviéticos o americanos? No lo sabía.

La ingente cantidad de soldados había salido de los vagones de tercera clase y de carga apostándose a lado y lado de los vagones protegiendo a los dos de primera clase en donde estaban los funcionarios y diplomáticos de la cancillería. No eran vagones blindados, valga aclarar, y ya había muerto aparte de la secretaria dos asistentes del doctor von Neurath. Roderich salió desesperado al exterior, mientras aún se oían los disparos y los gritos de ambas partes.

—CON UN MALDITO DEMONIO, QUE RAYOS SUCEDE AQUÍ

—ENTRE AL VAGÓN ESTUPIDO —espetó el comandante de la guarnición que defendía en ese momento el tren.

—IMBECIL, NO SABE CON QUIEN HABLA.

—SE CON QUIEN HABLO —le respondió iracundo el oficial—NO NECESITO A SEÑORITOS EN MEDIO DE UNA EMBOSCADA.

El austriaco sin inmutarse arrebató uno de los fusiles que tenía uno de los soldados y con una fría y aterradora temeridad disparó acertando los tiros del fusil, liquidando con frialdad certera a 8 milicianos que los atacaban. Con impasible frialdad sacó de las fundas de dos oficiales del Wehrmatch dos hermosas pistolas luger bañadas en plata, disparando con saña fría hacia donde estaban disparando los nidos de ametralladora, acabándolos a todos. Una segunda explosión destrozó uno de los vagones de carga, mientras volaban con violencia astillas de madera, trozos de cadáveres y parte de los suministros. Después de la fiera resistencia, unos pocos soldados enemigos escapaban corriendo como liebres asustadas.

—SE ESCAPA

—no por mucho.

Y con una serenidad impasible, que asustó a todos, levantó la pistola luger, y disparó, acertando en la cabeza del desgraciado miliciano. Posteriormente tiró las pistolas con desdén, mientras fríamente se acercaba hacia el oficial que lo había increpado e irrespetado, diciéndole.

—¿conoce usted la opera Der Freischsutchz?

—no soy muy amante de la música clásica.

—con el perdón del señor Führer, Carl Marie Von Weber era mejor compositor que el alcohólico de mierda de Richard Wagner. Es el único compositor alemán que realmente considero respetable. La próxima vez que se atreva a levantarme la voz, no dudaré en dispararle con una bala de plata, aunque el desperdicio sería lamentable. Ni siquiera el gran Rip van Winkle de von Weber osaría desperdiciar sus preciosas balas malditas en tamaña escoria como lo es usted. Doy gracias a dios que Beethoven nunca haya sido alemán.

—Beethoven si era alemán —le dijo un soldado

—No lo era. —le respondió roderich— sentía asco y repugnancia por su sangre alemana. Renegó de su sangre y de su tierra y solía decirme que se sentía más a gusto entre sus amigos de Viena que entre los fríos salones de algún petrimete y estúpido elector Alemán.

Eso puso iracundo a más de un soldado alemán, Austria ni se percató de esa ira, aunque los soldados se contuvieron. No querían terminar como los partisanos que los habían atacado, acribillados de forma fría por un señorito petulante.

—espero que usted perdone mi osadía señor, no fue mi intención….

—una persona común olvidaría, pero no soy una persona común. —le dijo el austriaco— una nación nunca olvida…. Y difícilmente perdona.

Dicho esto se retira, dejando a los soldados masticando una ira sorda, no sin antes ordenar a la oficialidad obediencia.

—Ludwig no se encuentra en condiciones de seguir con su labor, así que lo sustituiré de facto. De ahora en adelante debe de considerárseme como un igual a Ludwig, y no como una simple provincia. No soy Ostmark, no me llamarán por mi nombre provincial. Soy el señor Austria para todos, si encuentra alguien objeciones pueden consultarlas con alguno de los partisanos del bosque.

Dicho esto, se apea de nuevo al vagón de pasajeros acribillado por las balas mientras el tenso y lúgubre silencio se cernía sobre todo el valle.


[1] El doctor Werner Haase fue uno de los médicos que Atendió a Hitler en sus horas finales. Era uno de los principales oficiales del ala medica de la SS, agregado a su vital apoyo médico en los hospitales de campaña. Cuando los soviéticos ocuparon Berlín, Haase estaba atendiendo a los heridos en un bunker-hospital. Murió tres meses después debido a una esquirla que se había infectado en su pulmón.