Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


Outtake

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Rosalie/Lily

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Hubo un grito ensordecedor desde la cocina y la pequeña rubia dio un respingo en su lugar. Como era costumbre, guardó las fotografías de su madre fallecida y corrió fuera de la recámara de Mars a toda velocidad. Sus pies sonaron contra la madera y la mujer supo de inmediato dónde se encontraba.

—¡Lilian Swan! —gritó muy fuerte— ¡Vuelve aquí inmediatamente!

Lily tuvo intención de entrar a su propia habitación, pero se detuvo. Sabía que desobedecer le traería problemas. Su padre y la maestra Kim siempre le decían que debía ser una niña juiciosa con los adultos. Entonces no podía solo fingir que no escuchó el grito.

Bajó las escaleras de dos en dos y arrastró los pies hasta la cocina, enredando un mechón de cabello en su dedo índice.

Mars estaba de pie junto al bote de basura, y dentro estaban los restos de vidrio roto del florero.

—¿Cuántas veces te he dicho que tengas cuidado por dónde caminas? —Lily bajó el rostro— ¡Te podrías haber lastimado con un trozo de vidrio!

Pasos pequeños se detuvieron en el umbral.

—Fui yo, Mars. —la voz dulce de Isabella trastabilló.

Mars levantó una ceja en respuesta, mirando a la niña de rizos castaños.

—No seas mentirosa, Bella. —gruñó la mujer— Tú no lo hiciste.

Bella miró a su hermana mayor, mientras se le ruborizaban las mejillas. Llevaba todavía la ropa de la escuela y la coleta estaba floja en su cabeza. Quería decir algo más, pero Lily sabía que Mars no le creería. Aunque claro que había sido ella y no Bella.

—Pensé que podría traerlo a la salita y jugar.

—¿Y por qué ibas a jugar con un jarrón de flores, Bella? —La niña encogió los hombros— Estás mintiendo. —la mujer le echó un vistazo a Lilian, que cruzaba los dedos— ¿Verdad que sí, Lily? No me gusta que me mientan. —soltó un sonoro suspiro, buscando una silla y sentándose— No voy a castigarte esta vez, Lily. Solo quiero que tengas más cuidado. Podrías haberte echo alguna herida con eso.

Lily asintió.

Ambas niñas miraron el rostro demacrado de Mars, su tía abuela, mientras dudaban si salir corriendo era una buena idea. Optaron por darle un momento a solas y Lily cerró la puerta de la cocina con cuidado. Bella estaba saltando de allá para acá cuando sus miradas se encontraron.

La puerta principal dio un portazo.

—¡Papá! —gritó Isabella y corrió a las piernas de su padre, aferrándose a él igual que un mono. Lily no se movió. Desde su lugar podía olisquear el amargor de su ropa. Ella había descubierto que se trataba de cerveza. A veces encontraba latas de cerveza en la nevera y las olía. Ese olor tenía su padre. Así que no se acercó, porque de seguro se enojaría, y estaba a punto de decirle a Bella que no lo hiciese, pero era demasiado tarde.

—Sal de acá, niña. Déjame dormir.

Mars salió de la cocina y fulminó a Charlie con la mirada. Tiró a Bella del brazo y la niña empezó a protestar.

—¡Papá, juguemos! ¡Papá!

—Ni pienses que vas a dormir en el sofá. —le gruñó Mars— Vienes enfermo de borracho.

Charlie acostumbraba a llegar de ese modo. Cuando no estaba así, era un padre cariñoso. Pero Lily rechazaba a este padre apestando a alcohol. Tenía seis años y entendía muy bien la diferencia entre estar sobrio y borracho. Bella no lo entendía. Ella veía en Charlie un héroe, incluso cuando con bebida en el cuerpo él no la quisiera cerca.

La rubia se acercó a su hermana y la tironeó hasta que ambas salieron corriendo al patio trasero.

—Es mejor no hablarle ahora. —le dijo a una enfurruñada Bella.

Esta no dijo nada. Y como no le gustaba cuando Bella no hablaba -porque hablaba mucho, demasiado- se dispuso a trepar el árbol para llamar su atención. Algo que consiguió al instante. Los ojos verdes de la castaña se abrieron de par en par, mostrando una emoción evidente que se le formaba cada vez que Lily se subía.

—¿Puedo yo? —le preguntó tímida.

Lily asintió y Bella pegó un salto de alegría.

Con una sola mano, la rubia se inclinó hacia abajo para alcanzar la mano de su hermana.

—¡Sujétate del tronco, Bella! —la niña se apoyó en los pies y con esfuerzo se sostuvo de su hermana, quien logró atraparla hasta que se doblase en la rama gruesa del árbol por sobre su estómago— ¡Bien!

Ambas se sentaron y miraron la piscina de la casa de al lado.

Ahora que el verano se acercaba, los días se volvían largos y tediosos por el clima, y la altura del árbol transmitía una pequeña brisa que agradecían.

Lily hizo un rápido movimiento y rompió una de las ramas, sorprendiendo a Bella. La rama era gruesa. Y lo cierto es que Lily tenía tal fuerza que siempre rompía todo. Por eso Mars la regañaba a menudo. Pero no era que lo hiciese a propósito. Nunca sabía qué decir para disculparse, ya que nunca medía su fuerza con nada.

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Al otro día el padre estaba sobrio. Lily se acercó y le puso un vaso de jugo de naranja sobre la mesa. El hombre sonrió, pero no bajó la cabeza para agradecérselo, así que Lily corrió de regreso a la cocina dónde Mars preparaba huevos revueltos.

Mars miró el reloj de cocina, suspirando.

—Debemos darnos prisa con el desayuno.

—¿Vamos a salir? —le preguntó ella.

Era sábado. No escuela. No tarea.

Mars negó.

—No —y luego se fijó en su atuendo— ¿Por qué no vas a elegir un vestido más bonito? Los huevos estarán en unos minutos. Y aprovecha de decirle a tu hermana que salga de su habitación.

Lily obedeció, aunque de camino tiró la correspondencia de la mesita, y en vez de quedarse a recogerlas, corrió escaleras arriba.

Se puso un vestido celeste y peinó su cabello largo hasta la cintura. Le gritó a Bella que bajase a desayunar y esta salió con el cabello alborotado. No hubo ni qué rogarle. En cuanto vio a su padre en la mesa corrió tan rápido que tropezó en la alfombra. Bella no lloró. Quería hacerse la valiente.

—¡Hola, papi! —gritó.

—Hola, nena —saludó él, sin una pizca de energía.

Tomaron desayuno en silencio.

Había algo extraño en los semblantes de los adultos que la puso ansiosa. Tal vez su padre había quedado sin trabajo, o Mars había decidido regresar a su pueblo natal y dejar de cuidarlas.

Aquel silencio se extendió incluso después del desayuno.

Jugó con su hermana y otros vecinos en la calle hasta que fue la hora del almuerzo. Se encontró con una maleta y una bolsa con sus juguetes en la entrada principal. Estaba extrañada. Subió corriendo a su habitación y encontró espacios vacíos.

—¿Vamos a viajar? —inquirió.

—Nosotros no —respondió la mujer— Pero tú sí, y vas a portarte juiciosa. —Mars tenía una mirada triste. Su padre estaba en un extremo, mostrándose frío. Lily volvió la mirada a la mujer, que le tendió una fotografía— Para que tengas a tu madre contigo.

Bella empezó a lloriquear queriendo acompañar a Lily en su viaje.

—También viajarás, Bella. Pero no hoy. —aseguró el padre.

El sonido de un claxon interrumpió el berrinche y una mujer morena se acercó saludando a las niñas con cariño. Intercambió algunas palabras con los adultos, las que no pudieron escuchar.

Bella hizo un puchero.

—Quiero ir contigo. —sollozó.

—Papá prometió que vendrías.

Pero Charlie no había prometido nada. Él solo había asegurado el viaje de ambas.

—Despídete de tu hermana, Bella. —dijo Mars.

Bella corrió a los brazos de Lilian. Lágrimas gruesas empaparon el vestido celeste de la niña, la cual también quería llorar, pero se contuvo solo porque serían unos días. Luego se reencontrarían de nuevo.

—Tenemos que irnos. —se escuchó decir a la mujer alta y morena— Lilian, tenemos que irnos. Los chicos te están esperando para jugar.

¿Cuáles chicos? Se preguntó.

Alguien la subió al auto gris y flexionó las rodillas para mirar por la ventanilla de atrás. La mujer llamada Senna soltó un bufido apenas se hubo sentado en el asiento piloto. Lily dijo adiós con la mano y vio a Bella correr por el sendero mientras el auto se alejaba.

Mars no se despidió.

Su padre tampoco.

Senna escupió por la ventana deteniéndose en un semáforo.

—Ponte el cinturón. —dijo a secas.

Esa sería el tono de voz de Senna desde entonces.

El lugar al que llegó le recordaba a una película de terror. No es que haya visto muchas películas de terror, pero ese lugar no le gustaba. Se sentía incómoda y quería largarse a casa de nuevo. ¿Dónde estaba Mars y su padre? ¿Por qué la han traído aquí?

Senna la condujo por un pasillo lleno de polvo. El cuarto era aún peor. Había un montón de chicos y chicas tendidos en la cama y cuando Senna entró, todos se pusieron de pie formando filas tiesas de mayor a menor. A Lily se le apretujó el estómago.

—Date prisa con tus cosas. —le dio un empujón— James, Victoria… asegúrense de que sepa lo que debe hacer después de desempacar. Los quiero a todos en sus labores en media hora o no tendrán cena.

Todos se empezaron a mover rápidamente.

Lily siempre creyó que era su culpa; que Mars y su padre dejaron de quererla porque era muy inquieta. Y asumió que su destino era limpiar baños y quitar excrementos secos de las paredes. Aplastar bichos asquerosos en los desagües. Cada día tuvo la esperanza de que fueran a recogerla. Cada día tuvo la esperanza de ver aparecer a Bella. Aunque se tuviese que quedar allí, al menos estaría con alguien conocido.

James y Victoria se convirtieron en sus amigos.

La primera vez que Lily sintió verdadera envidia, tenía doce años. Imaginó su vida en su antigua casa, con ese gran jardín trasero y comiendo tartas de arándano todos los fines de semana. Pero no era ella quién disfrutaba de esas tartas ni de las tardes de primavera bajo la sombrilla. Era Bella. Y se la imaginó vestida con su ropa favorita. Se la imaginó siendo la consentida de su madre muerta.

Ella nunca identificó su envidia hasta dentro de unos años, cuando una familia de aspecto amable decidió adoptarla. Estaba grande para decirle papá y mamá, incluso hermanos a otras personas. Tenía catorce años. Su cuerpo estaba voluptuoso y tenía pechos. Le gustaba maquillarse, pero a Senna le disgustaba. Si la pillaba maquillada, la golpeaba, o debía limpiar todas las ventanas del castillo a modo de castigo.

Los Hale se portaron amables delante de Senna. Y durante un tiempo fueron muy cariñosos. Pero con el tiempo Lily se fue dando cuenta que no era un cariño inocente.

Ellos le cambiaron el nombre y dejó de ser Lilian Swan para siempre. Un nombre del que no podía adaptarse. Su madre adoptiva le llamaba Rose y no respondía porque no estaba acostumbrada. Entonces la hicieron aclimatarse a la realidad. La obligaron. Su hermano mayor la obligó.

¿No piensas entender que eres Rose? Rose, Rose, Rose. —repetía entre estocadas. Ella se resistía al principio, pero después dejó de hacerlo porque no tenía ningún sentido. Al final, solo se quedaba quieta y esperaba que todo terminase. Luego su hermano se iba y la dejaba sobre la cama. Al día siguiente, el padre le manoseaba las piernas.

—Rosie, cariño, cada día estás más preciosa.

La madre nunca hizo nada. No le creyó cuando ella se lo dijo. La envió a su habitación como castigo por sus mentiras. Rosalie lloró de rabia sobre el edredón hasta que se quedó dormida. Una tarde antes de la noche de Navidad la madre encontró al hijo y Rose sin ropa interior, mientras este se presionaba sobre ella. A pesar de eso, no dijo una sola palabra. Sabía que estaba mal, pero Rose nunca esperó nada de ella. Él era su hijo biológico. Si denunciaba, su hijo iría a la cárcel. Así que se pasaba los días tratando de hacer actividades con ella llevándola a todas partes para que no la encontrasen sola. La señora Hale no entendía que eso no era suficiente. Las noches se convirtieron en su temido insomnio. Apenas escuchaba la cerradura de la puerta de su habitación, su cuerpo se tensaba.

El padre hizo lo suyo también y la señora Hale solo se puso a llorar. Era una mujer muy cobarde, que luego empezó a tratarla mal porque creía que era su culpa, ya que era una niña muy coqueta.

Rose decidió denunciar aquel hecho a escondidas. Cuando el hermano mayor se enteró se enojó tanto que Rose tuvo que retirar la demanda. Ella prefería al hermano cuando no estaba enojado. Enojado era mucho peor.

En la escuela hizo amigos. Nunca les mencionó lo sucedido. Se comportaba como una vil perra con todos por temor a ser pasada a llevar. Era muy seria e inteligente. Sacaba las mejores calificaciones en cálculo. Nunca prestó atención al grupo de Edward, Alice y Emmett hasta que un día vio a Edward con una chica.

Era una chica a la que ella había visto y espiado antes. Una chica a la que le tenía un rencor inexplicable. Una chica que le hacía recordar todos los abusos sufridos a lo largo de su vida, solo porque ella se había quedado en el lugar donde tenía que estar. En cambio, Rose, tuvo que marcharse.

Cuando fue adoptada tuvo esa gran necesidad de visitar aquella casa. Y había encontrado el rostro de esa chica tan conocido y familiar. Su corazón saltó de su pecho por el reconocimiento. Isabella había crecido un montón, pero pequeños gestos del rostro hicieron que Rose lo confirmara.

La vio pasear con Edward. La vio como cajera de Burger King. La vio comprando regalos de Navidad en el centro comercial.

La vio feliz.

Ella no quería verla feliz.

Tú eres mala. —le había dicho Senna, la directora del orfanato, incontables veces—Eso es imposible de arreglar. La maldad no tiene remedio.

Y Rose le creyó.

—Yo soy mala. —se repitió mientras trazaba la hoja filosa de la máquina de afeitar por sus muslos— Mala, mala, mala.

Un año antes de cometer el peor error de su vida, se reencontró con James y Victoria. Estaban tan diferentes a la última vez que los había visto que tuvo que mirarlos dos veces para reconocerlos. Se volvieron inseparables. Tanto así que mantuvo una relación con James. Pero su cabeza tenía tantos pensamientos confusos que no prestaba atención a su relación. Ella estaba segura de querer vengarse por su desdicha. No podía hacerlo con Mars porque era una anciana. No podía hacerlo con Charlie porque, al parecer, él ya no existía en sus vidas. Y solo quedaba Isabella.

Escucharla reír solo aumentaba sus ganas de ejercer un plan malvado. No sabía lo que quería hacer, pero estaba segura que haría algo.

¿Qué podía hacer para que ella entendiera todo el dolor que sintió durante toda su vida?

La respuesta fue inmediata.

—Devolverlo del mismo modo. —susurró.

Rose sabía lo mucho que James comía de su mano, así que no fue difícil convencerlo. A él le pareció una atrocidad, pero lo aceptó sin miramientos. Nunca iba a defraudarla. No hizo falta que él pensase nada. De alguna manera Rose lo tenía todo fríamente calculado. Su rostro se ensombrecía con cada detalle.

—¿Por qué estás haciendo esto? —le preguntó aquella noche. Estaban en el auto, listos y dispuestos, esperándola fuera del cumpleaños infantil— Es tu hermana.

—Por lo mismo. —respondió— La cosa debe ser equitativa. Si yo sufro, ella sufre. Así de simple.

—Es tu hermana —repitió— Tu única hermana.

—Deja que me concentre, James, maldita sea.

—No creo que ella se merezca…

—¿Y qué me merezco yo? ¿Eh? ¿Abusos? ¿Abandono? Nacimos del mismo útero.

James no insistió. Para cuando Isabella salió del cumpleaños, Rose pegó un grito de enojo al verla junto a Edward. Así que se marcharon. Aparcaron junto a una arboleda cerca de la casa de Mars. Cenaron y bebieron cerveza.

Rose tenía un arma de fuego en sus manos, admirándola como un trofeo.

—Si quieres mi opinión…

—No, no quiero tu opinión. —jadeó ella— La cogeremos y la llevaremos a tu casa. La esconderás y pobre de tu culo si le dices una sola palabra a Victoria. —amenazó— La dejaremos allí por unos días. Déjame ver qué hacemos para trasladarla al bosque.

Había un viejo escondite donde James y Victoria habían permanecido escondidos cuando escaparon del orfanato. Era lo adecuadamente espacioso para mantener a dos personas, de modo que esconder a Isabella allí era más que suficiente.

A James le sorprendía lo bien ejecutado de su plan. A simple vista parecía tan perfecto. Incluso estaba seguro que lo hubiese logrado igual sin su ayuda. Rose tenía capacidades que nadie más tenía. Cuando ella se metía algo en la cabeza, nadie en el mundo podía hacerle cambiar de opinión.

Cerca de la media noche vieron caminar a Bella por la acera, y Rose se preparó; sus ojos brillaron de excitación. La sonrisa de maldad adornó de una forma escalofriante su rostro.

—Cuando me baje, ya sabes que hacer.

Él debía cambiar de lugar rápidamente. Así que mientras Rose salía del auto, él se metió en el asiento piloto. Esperó hasta verla subirse la cremallera de la sudadera y asegurarse que la calle estaba vacía.

Isabella caminó en silencio mirándose los pies. Ante esa distracción Rose aprovechó la oportunidad de atacar, manteniendo el ritmo de la caminata detrás de ella hasta que estuvo lo bastante cerca para golpear la punta del arma en su cadera. Bella se quedó tiesa como un palo.

—Ni pienses en gritar. —murmuró.

El rostro de Isabella palideció y mientras Rose golpeteaba el arma, ella empezó a llorar.

—Cállate y sígueme.

Cruzó un brazo por su abdomen y la empujó con ella.

Su mente divagó y recordó a la niña de rizos castaños reír y correr por el patio trasero. A la niña que debía socorrer en sus caídas. A la niña a la que le enseñó trepar los árboles.

La misma niña que se culpaba de cosas que la misma Lily había hecho.

Pero nada de eso sirvió para que Rosalie no ejecutase su plan.

Isabella estaba llorando y temblando de miedo. Empujó su cuerpo hacia el auto y se subió con ella.

Su oscuro corazón no distinguió a su pequeña hermana.

Su oscuro corazón no distinguió lazos ni conexiones.

¿En algún momento se preguntó por lo que estaba haciendo?

¿Alguna vez se lamentó de lo sucedido?

¿Alguna vez sintió compasión?

La tuvo. Pero fueron pocas las veces que sintió tantas emociones juntas. Era como si un demonio estuviese luchando dentro de ella, y Lily quisiese interferir a gritos por sus estúpidas decisiones, pero Rose se interpusiera cubriéndole la boca.

Rose ganó la batalla en cada oportunidad que se le presentó, y Lily terminó muriendo.

Lily solo era su recuerdo.


Gracias infinitas por leer! :)