Capítulo 21

Bella no entendía como había podido dormir hasta después del almuerzo. Solo podía atribuirlo a Edward, cuya mera presencia en la casa la relajaba. Era como si su mente automáticamente le cediera sus obligaciones y preocupaciones, permitiéndola dormir como un niño.

No le gustaba eso.

No quería depender de él, pero tampoco podía evitar lo que estaba sucediendo.

Vistiéndose apropiadamente con un vestido color chocolate con adornos de terciopelo rosa, fue a visitar a Jacob, cuya displicencia no aguó la alegría ante su recuperación.

Al dirigirse hacia abajo, el ama de llaves le informó de que un par de caballeros habían llegado de Londres, y el señor Cullen estaba hablando con ellos en la biblioteca.

Bella supuso que uno de ellos sería el constructor al que Edward había mandado buscar.

Curiosa por conocer a los visitantes, fue hasta la biblioteca y se detuvo en la puerta.

Las voces masculinas se detuvieron. Los hombres estaban agrupados alrededor de la mesa de la biblioteca, uno se apoyaba casualmente contra la mesa, y otro... Emmett... acechaba en un rincón. Todos los hombres se levantaron, excepto Emmett que solamente se removió en la silla como si la cortesía fuera un esfuerzo demasiado terrible como para molestarse.

Edward estaba vestido con su habitual elegancia desaliñada: ropa de buena calidad, pero con una llamativa falta de corbata. Al acercarse a Bella, tomó una de sus manos. Se la llevó a los labios y le plantó un prolongado beso en el reverso de los dedos en un gesto territorial, que probablemente no pasó desapercibido para nadie.

—Señorita Swan —El tono de Edward fue cortés, mientras un brillo seductor bailaba en sus ojos—. Su sincronización es perfecta. Estos caballeros han llegado para discutir la restauración de la finca Dwyer. Permítame presentárselos.

Bella intercambió inclinaciones de cabeza con los hombres: un maestro de obras llamado John Dashiell que parecía estar a finales de los treinta y su ayudante, el señor Francis Barksby. Dashiell se había ganado una renombrada reputación como constructor del Hotel Facinelli varios años atrás, y subsiguientemente había llevado a cabo proyectos privados y públicos por toda Inglaterra. Él y su hermano habían establecido una próspera empresa con el relativamente nuevo concepto de emplear a todos sus subcontratantes internamente, en lugar de contratar obreros y artesanos externos.

Manteniendo a todos sus empleados bajo su tejado, Dashiell disfrutaba de un grado inusualmente alto de control sobre sus proyectos.

Era un hombre grande y rudamente atractivo, con una sonrisa presta. Uno podía imaginarlo fácilmente en su juventud como aprendiz de carpintero, martillo en mano.

—Un placer, señorita Swan. Lamento mucho que Dwyer House se haya incendiado, pero me alegro de que todo el mundo haya sobrevivido. Muchas familias no son tan afortunadas.

Bella asintió.

—Gracias, señor. Agradecemos que nos brinde su juicio y sus opiniones, y daremos con la mejor forma de reconstruir nuestra casa.

—Haré mi mejor esfuerzo —prometió él.

—¿Señor Dashiell, tiene empleado a algún arquitecto en su empresa?

—Si se diera la necesidad, mi hermano es bastante hábil para el diseño arquitectónico. Pero ahora está muy ocupado con el trabajo en Londres. Estamos buscando a un segundo arquitecto para que se ocupe de los excedentes. —Lanzó una rápida mirada a Emmett y se volvió nuevamente hacia Bella—. Espero persuadir a Lord Dwyer para que nos acompañe a la propiedad. Sus opiniones serían bienvenidas.

—He dejado de tener opiniones —dijo Emmett—. Difícilmente alguien vaya a estar de acuerdo con ellas, y si alguien lo hiciera, eso sería prueba suficiente de que no tiene ningún juicio en absoluto.

Pero de algún modo, con una maniobra verbal equivalente a sacarse un truco de la manga, Edward logró que Emmett los acompañara a Dwyer House. Por la tarde ese mismo día, Edward describió a Bella en privado como Emmett había mascullado y se había enfurruñado durante la mayor parte de la visita, mientras Dashiell había tomado notas y hecho bocetos. Pero en algunos momentos Emmett había sido incapaz de resistirse a hacer un comentario sobre lo mucho que detestaba los trazos barrocos y los adornos, y como la casa debía diseñarse con simetría y proporción.

—¿Mencionaste al señor Dashiell que el señor Pattinson está actualmente en Hampshire? —le preguntó Bella.

Caminaban despacio por una senda que conducía hacia el bosque, el cielo estaba encendido con el advenimiento de la noche. Una ráfaga de viento hizo saltar las hojas y susurró sobre la tierra. Edward ajustó sus largos pasos para igualar los de Bella.

Quitándole uno de sus guantes, se lo metió en el bolsillo y retuvo la mano desnuda entre las suyas.

—No —le contestó—, no se lo mencioné. ¿Por qué habría de hacerlo?

—Bueno, el señor Pattinson es un arquitecto muy competente y como amigo de la familia nos ha ofrecido el beneficio de su destreza...

—No es un amigo de la familia —dijo brevemente Edward—. Y no necesitamos su destreza. Demonios, no va a tener nada que ver con Dwyer House.

—Desea ayudar. Fue muy amable al ofrecernos sus servicios, si necesitáramos...

—¿Cuándo?

Desconcertada por su tono, y la palabra rápida y afilada como disparada por un rifle, Bella parpadeó.

—¿Cuándo qué?

Edward se detuvo y la giró para que lo enfrentara, su cara estaba rígida.

—¿Cuándo te ofreció sus malditos servicios?

—Vino de visita cuando te marchaste. —Nunca había visto tal despliegue de temperamento en él, Bella empujó desesperadamente sus manos, que le aferraban los hombros con fuerza—. Todo lo que quería —continuó—, era ofrecernos su ayuda.

—Si crees que eso es todo lo que quiere, eres más ingenua de lo que pensaba

—No soy ingenua —dijo indignada—. No hay ninguna razón para estar celoso. Nada impropio fue dicho o hecho.

Los ojos de Edward brillaron con un calor peligroso.

—¿Estabas sola en la habitación con él?

Bella estaba asombrada por su intensidad. Ningún hombre la había mirado nunca con semejante furia posesiva. No estaba segura de si debía sentirse adulada, fastidiada o alarmada. O quizá las tres cosas a la vez.

—Sí, estábamos solos —dijo—, con la puerta abierta. Todo fue muy convencional.

—Para los gadjos, quizá. Pero no para los Roma. —La levantó hasta que su peso quedó precariamente equilibrado sobre los dedos de los pies—. Nunca vas a volver a estar a solas con él, ni con ningún otro hombre, excepto con tu hermano o Jacob. A menos que yo dé mi permiso.

La boca de Bella se abrió.

—¿Permiso?

—Nunca —repitió él sombríamente.

Su propio temperamento se encendió, pero logró mantener controlado su tono de voz.

—Lo ves, por eso no voy a casarme contigo. No seré gobernada. No seré...

Edward bajó la cabeza y le impuso silencio con su boca, mientras apretaba la mano entre su cabello cuando ella intentó apartar la cara. Le sintió presionar sus labios para abrírselos, adentrándose en su interior, y su voluntad de resistirse se vio minada por el sorprendente placer. Como no tenía ninguna esperanza de liberarse, intentó permanecer fría bajo el apasionado ataque. Percatándose de su falta de respuesta, él levantó la cabeza y la miró.

Bella lo miró a su vez.

—Esta no es tu casa, y yo no soy tú...

La beso de nuevo, mientras le tomaba la cabeza entre las manos, concentrándose en su boca hasta que la tuvo palpitando por todas partes. Ella gimió y se debilitó contra él.

Murmurándole en Romaní, la empujó contra el tronco de haya más grande, su suave corteza gris estaba llena de cicatrices provocadas por el tiempo. Las ramas se hundían por su propio peso hasta tocar la tierra y después se elevaban nuevamente, como si el árbol fuera un gigante perezoso que descansaba sobre sus ancestrales codos.

Desatando las cintas del sombrero de Bella, Edward tiró la prenda al suelo. Le cubrió la boca con la suya, apuñalando dentro de ella con rudas y deliciosas estocadas. La empujó contra el tronco dónde una enorme rama divergía como una viga voluminosa, e internó la rodilla dentro de sus faldas para mantenerla allí. Las cáscaras de bayas crujían bajo sus pies con cada movimiento. Con cada beso, Edward encontraba un nuevo ángulo, un sabor más profundo, haciéndole el amor a su boca con descarada sensualidad.

Las hojas de oro pálido se balanceaban sobre sus cabezas.

—Edward, no —susurró Bella, cuando los labios viajaron hacia abajo por su garganta.

Ignorándola, él le desabrochó el frontal del corpiño y lo desató con una rudeza que la hizo jadear. Se inclinó sobre un frío y firme pezón, calentándolo con su boca, mordiéndole tiernamente la punta.

—Aquí no —se las arregló para decir Bella.

Edward besó un camino hacia arriba hasta la tensa columna de su cuello.

—Aquí —dijo él espesamente—. No somos diferentes a cualquier criatura salvaje del bosque. —Tomando su mano, la posó sobre la apretada dureza de su sexo. Ella entrecerró los ojos al percibir la fuerza y el calor que rezumaba incluso a través de la tela de sus pantalones. Y comprendió que lo deseaba tanto que estaba temblando. Sus dedos trabajaron indefensamente contra el pesado eje mientras él le levantaba las faldas recogiéndolas en sus manos.

Tiró de las cintas de sus calzones, soltándolos hasta que la prenda le cayó hasta las rodillas. Pasó la mano insistentemente entre sus muslos, separándolos. La tocó en su interior, seduciéndola con sus irresistiblemente íntimas caricias. Retirándose, utilizó la yema de uno de sus dedos para trazar suaves círculos alrededor del sensible brote. La besó y susurró contra su boca, apretando un brazo alrededor de su tembloroso cuerpo.

El viento hacía que las ramas del árbol fustigaran y revolotearan sobre sus cabezas, las hojas caían en un oscuro torbellino. La noche se posó sobre el bosque, filtrándose a través de los árboles. Edward le dio la vuelta a Bella, guiándola hasta que la hizo apoyar la parte delantera de su cuerpo contra una gigantesca rama y las manos de Bella, una enguantada y otra desnuda, se asieron sobre la suave corteza grisácea. Le empujó las faldas hacia arriba, se las recogió en la cintura y colocó las manos sobre las caderas.

La cabeza de su eje acarició la húmeda entrada. Ella no pudo evitar impulsar sus caderas hacia arriba, invitando más. Arqueó la espalda contra la satinada presión cuando él agarró su sexo y lo utilizó para probarla, rodeándola, atravesándola, entrando brevemente y retirándose a su vez, hasta que la corteza del árbol se mojó bajo su palma desnuda, y todo lo que pudo hacer fue esperar, temblando, con la cabeza inclinada. No se atrevía a hablar porque temía gritar como una de las criaturas salvajes que antes él había mencionado. Pero se le escapó un gemido cuando finalmente empujó, en una larga y agresiva estocada, llenándola exquisitamente.

La mano de Edward se deslizó hasta su parte delantera y entre sus muslos, jugueteó con ella mientras empujaba firmemente, controlando sus candentes espasmos de deleite.

Bella presintió el hambre salvaje de él, pero se contenía por ella, por su placer, y su cuerpo respondió con violentas y palpitantes convulsiones. Apartándose con un gemido, él se apretó contra la lisa longitud de sus nalgas, y derramó allí su caliente fluído.

Bella lo deseaba dentro de ella. Habría deseado empujarle tan profundamente en su interior como fuera posible en ese momento final. Pero en su lugar, yació pasivamente contra el árbol. Sus piernas estaban tan débiles que dudaba que pudieran llevarla de vuelta a la mansión. Edward le arregló la ropa despacio, sus fuertes manos la apartaron del árbol. Abrazándola, le murmuró algo incomprensible contra el cabello.

Otro hechizo para ligarla, pensó en su estupor, con la mejilla presionada contra su pecho duro y suave.

—Estás hablando en Romaní —balbuceó.

Edward cambió al inglés.

—Bella, yo... —Se detuvo, como si las palabras correctas lo eludieran—. No puedo evitar sentirme celoso más de lo que puedo dejar de ser mitad roma. Pero intentaré no ser dominante. Solo dime que serás mi esposa.

—Por favor —susurró Bella, sus pensamientos aún estaban dispersos—, déjame contestarte después. Cuando pueda pensar con claridad.

—Piensas demasiado. —Le besó coronilla—. No puedo prometerte una vida perfecta. Pero te juro que sin importar lo que suceda, te daré todo lo que tengo. Estaremos juntos. Tú dentro de mí... yo dentro de ti. —La mantuvo abrazada y suspiró brevemente—. Está bien. Dame tu respuesta luego. Pero recuerda, los dragones no tienen mucha paciencia.

El señor Dashiell y su ayudante permanecieron en Hampshire un día más, visitando Dwyer House para hacer otros bocetos de la estructura y el terreno circundante. El ayudante, el señor Barksby, tomó las medidas iniciales y reunió la información. Invitada por Dashiell, Bella los acompañó, complacida por la oportunidad de observarlo trabajar.

Edward, mientras tanto, se vio obligado a permanecer en la mansión para reunirse con el administrador de la propiedad, el señor Gerald Pym. El administrador trabajaba para una empresa en Portsmouth que mantenía un antiguo contrato para dirigir la propiedad Dwyer. Pym había sido enviado apresuradamente, después de que las noticias del incendio estuvieron compiladas en un informe inicial de los daños y las acciones que debían tomarse para solucionar la situación. Se discutirían las rentas, las reparaciones, y el desarrollo de la tierra de la propiedad, así como los contratos con John Dashiell.

Mucho tendría que ser decidido, en definitiva, para evitar que los pocos arrendatarios de Dwyer salieran huyendo. Con suerte en el futuro, con una buena dirección, se podrían atraer más arrendatarios a la propiedad, mejorando así los precarios ingresos de los Swan.

Todo dependía, por supuesto, de cuánto tiempo permaneciera Emmett con vida.

Y como reunirse con el señor Pym era responsabilidad del actual Lord Dwyer, Edward insistió en que Emmett asistiera a la reunión con él. No porque Emmett tuviera algo sensato con lo que contribuir, sino simplemente como gesto simbólico.

—Además —le había dicho Edward torvamente a Bella—, si tengo que aburrirme hablando de asuntos de gadjos, no hay razón por la que Emmett deba ahorrárselo. — Deslizando una mirada de propiedad sobre ella, tomó nota de la lana verde del vestido y la capa negra de piel—. Tendré que dejarte ir con Dashiell y Barksby —dijo—. Serás la única mujer allí. Eso no me gusta.

—Todo será muy circunspecto. Ambos son caballeros y yo...

—Estás comprometida —dijo él lacónicamente—, conmigo.

Su corazón latió un poco más rápido.

—Sí, lo sé —admitió sin mirarlo.

Su pequeña concesión pareció agradarle. Edward cerró la puerta con el pie, y buscó bajo su capa con manos indecorosas. La besó como si pudiera aspirarla. Besos feroces, duros, unos juguetones, otros suavemente incitadores, besos capaces de prender hogueras y llenar el cielo y mantener las estrellas en el firmamento.

Cuando Edward finalmente la soltó y la llevó hasta la puerta, al abrirla, le dijo dos palabras en su oído escarlata antes de que se marchara. Esas palabras se internaron hasta la médula de sus huesos.

—Esta noche.

Paseando alrededor del destruido exterior de Dwyer House, Bella charlaba animadamente con John Dashiell, preguntándole por sus anteriores proyectos, sus ambiciones y si tenía dificultades para trabajar con su único hermano.

—Me temo que tenemos diferencias muy a menudo —le contestó Dashiell, mientras entornaba los ojos contra el sol de la tarde. Una rápida mueca brilló en su rostro—. Ambos odiamos los compromisos. Yo le acuso de ser inflexible y él me acusa de ser arrogante. Lo peor de todo, es que ambos tenemos razón.

Bella rió.

—Pero el trabajo se hace.

—Sí, nos sentimos inspirados a cumplir nuestros compromisos porque debemos pagar las facturas. Aquí, tome mi brazo. El terreno es accidentado.

El brazo era firme y estable bajo su mano enguantada. Sintió una ráfaga de simpatía hacia él.

—Me alegro mucho de que haya venido a Hampshire, señor Dashiell. Sé que Lord Dwyer aprecia sus esfuerzos en nuestro beneficio.

—¿De verdad?

—Oh, sí. Estoy segura de que se lo habría dicho así, pero últimamente está muy preocupado.

—Le conocí una vez, en realidad —dijo Dashiell—. Hace dos años, cuando aún trabajaba para Rowland Temple. Aunque su hermano no parece recordar la reunión. Me impresionó mucho esa vez, era un hombre agradable y tranquilo, lleno de planes.

Bella bajó la mirada.

—Estoy segura de que ha cambiado mucho desde que lo vio usted por última vez.

—Parece un hombre totalmente diferente.

—Aún no se ha recuperado de la muerte de su prometida. —La voz de Bella se apagó hasta convertirse en un murmullo, mientras le decía—: A veces creo que nunca lo hará.

Dashiell se detuvo y la giró hacia él. La compasión titilaba en sus ojos.

—Ah. Ese es el precio del amor, me temo... el dolor que uno padece ante su pérdida. No estoy convencido de que valga la pena. Quizá si uno ama, debiera hacerlo con moderación.

Sonaba sensato. Pero cuando Bella abrió la boca para dar su aprobación, las palabras se atascaron en garganta. Y lo que finalmente salió fue una risa insegura.

—Moderación en el amor —meditó en voz alta—. No es algo que inspiraría a un poeta, ¿verdad?

—La visión del mundo de un poeta daría pie a una vida muy incómoda, ¿no cree?

Todo el mundo a merced de sus pasiones, arrancándonos los cabellos por culpa del amor...

—O cabalgando por el bosque a medianoche —dijo Bella—. Haciendo realidad nuestros sueños y fantasías...

—Exactamente. Eso contiene todos los ingredientes para un desastre.

—O para un romance —dijo, esperando que él no notara el ligero apremio de su voz.

—Habla como una mujer.

Bella sonrió.

—Sí, señor Dashiell, le confieso que no soy inmune a la idea del romance. Espero que eso no menoscabe su opinión de mí.

—En lo más mínimo. De hecho... —su voz se suavizó—. Espero poder visitarla mientras se hacen las remodelaciones en Dwyer House. Disfrutaría enormemente de la compañía de una mujer tan encantadora y adorable, con una evidentemente sensata disposición.

—Gracias —dijo Bella, mientras el color de sus mejillas iba en aumento. Pero cuando miró fijamente al caballero bien vestido que estaba de pie ante ella, su mente evocó la imagen de un hermoso rostro con perversos ojos dorados y la boca de un ángel caído, esa cabeza estaba recortada contra un cielo inundado de estrellas de medianoche. Exótico, imprevisible, un hombre que nunca estaría del todo domado.

Tú dentro de mí, yo dentro de ti...

—También yo disfrutaría de su compañía, señor —se oyó decir. Se ruborizó cuando agregó—: Pero debe saber que tengo un compromiso con el señor Cullen.

Afortunadamente, su compañero fue rápido en captar lo que quería decir. No pareció sorprendido.

—Me temía que ese podría ser el caso. No pude evitar notar lo mucho que la aprecia el señor Cullen. Da la impresión de que la desea solo para él. —Dashiell sonrió tristemente—. Uno difícilmente puede culparlo.

Adulada, sin saber que contestarle, Bella volvió su atención a la casa. No estaba acostumbrada a que los hombres hicieran ese tipo de comentarios sobre ella. Su mirada vagó a lo largo del techo desigual. La casa parecía haber naufragado, se la veía cansada, como si las ventanas fueran las heridas en el costado de una bestia caída. Las ventanas... vio movimiento en una de ellas, una luz trémula, algo que parecía una confusión de rayos de luna y sombras. Un rostro.

Debió haber emitido algún sonido, porque el señor Dashiell la observó atentamente, y su mirada siguió a la suya hasta la casa.

—¿Qué pasa? —preguntó de inmediato.

—Creí... —se encontró apretando un pliegue de la manga del hombre, como una niña asustada. Sus pensamientos eran un caos—. Creí haber visto a alguien en la ventana.

—Quizá fuera Barksby.

Pero el señor Barksby venía hacia ellos rodeando la esquina de la casa, y ella había visto la cara de la ventana del segundo piso.

—¿Quiere que entre para echar un vistazo? —preguntó Dashiell tranquilamente, con los ojos entrecerrados con preocupación.

—No —dijo Bella enseguida, sonriendo huecamente. Le soltó la manga—. Debe haber sido el movimiento de una cortina. Estoy segura de que no hay nadie allí.

Después de que Dashiell y el señor Barksby partieran hacia Londres, Edward regresó al estudio con el señor Pym para discutir los últimos asuntos de negocios. Habiendo tenido suficiente sobre la dirección de la propiedad, Emmett abandonó todo su pretendido interés por las preocupaciones de Pym y desapareció en su habitación. Aunque Edward había asegurado sardónicamente a Bella que sería bienvenida a participar en la reunión con el señor Pym, ella lo rechazó apresuradamente, sospechando que no podría soportar la tediosa discusión más de lo que lo había hecho su hermano.

En vez de eso, fue en busca de Nessie.

Su hermana estaba arriba, en una sala familiar privada, encogida en la esquina de un canapé con un libro en su regazo. Nessie pasó una página sin leer, levantando la mirada con evidente alivio cuando Bella se le acercó.

—He estado deseando hablar contigo todo el día. —Nessie movió los pies para que Bella se sentara a su lado—. Parecías distraída tras tu visita a Dwyer House. ¿Fue por el aspecto de la casa...? ¿Te hizo sentir melancolía? ¿O fue ese señor Dashiell? ¿Intentó coquetear contigo?

—Cielos —dijo Bella con una sonrisa de desconcierto—. ¿Qué te hace pensar que desearía coquetear conmigo?

Nessie sonrió y se encogió de hombros.

—Parecía embobado contigo.

—Bah.

La sonrisa de Nessie se ensanchó hasta parecerse a su antiguo y travieso yo, como había sido antes de la escarlatina.

—Solo dices "bah", porque le has echado el lazo al señor Cullen.

Los ojos de Bella se ensancharon y miró a todos lados como si temiera que alguien pudiera haberla oído por casualidad.

—¡Calla, Nessie! No le he echado el lazo a nadie. Esa expresión es una expresión horrible. No puedo creer...

—Afronta la verdad —dijo Nessie, disfrutando de la incomodidad de su hermana—. Te has convertido en una femme fatale.

Bella puso los ojos en blanco.

—Tú sigue burlándote de mí y no te contaré lo que sucedió en mi visita a Dwyer

House.

—¿Qué? Oh, debes decírmelo, Bella. Estoy casi marchita de aburrimiento.

A Bella se le hizo difícil hablar casualmente del hecho. Tragó con dificultad.

—Me siento como una desquiciada al decirte esto. Pero... mientras paseaba con el señor Dashiell miré hacia la casa, vi una cara en una de las ventanas superiores.

—¿Había alguien dentro? —preguntó Nessie en un imperceptible susurro. Extendió la mano y tomó los fríos dedos de Bella entre los suyos.

—No era una persona... era Nikki.

—Oh. —La palabra fue un mero murmullo.

—Sé que es difícil de creer...

—No lo es. Recuerda que vi su rostro en el reflejo de la linterna mágica, la noche del incendio. Y... —Nessie dudó, moviendo sus blancos y delgados dedos sobre el reverso de la mano de Bella—. Habiendo estado tan cerca de la muerte una vez, encuentro fácil creer que tales apariciones puedan ser reales.

El silencio era frío y tenso. Bella se esforzó por ser racional, por dar sentido a cosas imposibles. Habló con dificultad:

—Entonces, ¿crees que Nikki está rondando a Emmett?

—Si lo hace —le susurró Nessie—, pienso que es por exceso de amor.

—Creo que eso lo está volviendo loco. —Ante el silencio de Nessie y su falta de discrepancia, Bella dijo desesperadamente—: ¿Cómo vamos a evitar que siga sucediendo?

—No podemos hacerlo. Emmett es el único que puede.

Molesta, Bella apartó las manos.

—Perdóname si no puedo ser fatalista con respecto a esto. Algo debemos hacer.

—Entonces hazlo —dijo Nessie fríamente—, si tan deseosa estás de arriesgarte a empujarlo más allá del borde.

Bella se levantó de un salto del canapé y la miró con furia. En nombre de Dios, ¿qué esperaba Nessie de ella?... ¿Qué se hiciera a un lado y esperara pasivamente mientras Emmett se autodestruía?

El cansancio cortó a través de su vibrante enojo. Estaba cansada de esto, de todo, cansada de pensar, de preocuparse, de temer, y no conseguir nada más que la ingratitud de sus hermanos.

—Condenada familia —dijo groseramente y salió antes de que pudieran intercambiarse palabras aún más ásperas.

Después de la cena, Bella se fue a su cuarto y se acostó en la cama completamente vestida. Miró fijamente al techo hasta que el cuarto estuvo lo suficientemente oscuro, el sol se extinguió, y el aire se tornó calmado y fresco. Cerró los ojos, y cuando los abrió de nuevo, el cuarto estaba invadido por una oscuridad impenetrable. Había movimiento a su alrededor, a su lado, se sobresaltó y extendió la mano. Se encontró con cálida carne humana, un brazo cubierto ligeramente de vello y una fuerte muñeca.

—Edward —susurró. Relajándose al sentir la suave banda de oro en la base de su dedo pulgar.

Edward no dijo nada. La desnudó despacio, una prenda a la vez, y ella aceptó sus atenciones en medio de ese silencio de ensueño. La tensión en su pecho se alivió y las emociones crecieron y florecieron.

Él encontró su boca, la lamió para que la abriera y la besó concienzudamente. Ella levantó los brazos hacia la oscura y hermosa criatura que se erguía sobre su cuerpo, hacia la fluida fuerza que la cubría. Con cada respiración que tomaba, él deslizaba el pecho contra las puntas erectas de sus pezones, esa ligera fricción la hacía lanzar mudos gemidos desde la garganta.

La boca de él se separó de la suya, explorando los hombros y pechos con besos abiertos y calientes, como si estuviera intentando saborear cada parte de ella. Le acarició el estómago con los nudillos, la atormentó con su dedo pulgar alrededor del ombligo... sus manos eran diestras y sublimemente gentiles. No había entrado en ella todavía, pero ya sentía en su centro el pulso, el placer. Tú dentro de mí... intentó alcanzarlo ciegamente, plegando sus miembros a su alrededor.

Él se resistió con una suave sonrisa, jugando, apartando sus piernas y abriéndola debajo de él. Arrastró la boca sobre ella, chupándola y provocándola, también en medio de sus muslos, donde estaba completamente mojada. La tocó con la lengua, penetrándola con la punta hasta que encontró ese sensible lugar que latía tan exquisitamente. Los músculos de los brazos de Edward se tensaron cuando los deslizó debajo de sus piernas, formando una cuna con sus caderas. Ella se removió un poco, no en protesta sino como súplica, estremeciéndose con cada giro y deslizamiento de la lengua.

Confundida y dolorida, se sentía flotar en la oscuridad, con las manos de él anclándola, cerrándose sobre sus piernas. La hizo arrodillarse sobre él, bajar las caderas, empujándolas de un lado a otro con un ritmo suave. Su boca estaba sobre ella de nuevo, y la hizo gemir desvalidamente mientras se frotaba repetidamente contra el calor, la humedad y la tierna lengua que la acariciaba. Sus provocadores dedos se deslizaron dentro de ella, haciéndola jadear de éxtasis, esa sensación que giraba sobre sí misma...

Un golpe en la puerta acabó abruptamente con el voluptuoso silencio.

—Oh, Dios —susurró Bella, congelándose en el acto.

El golpe se repitió, pero esta vez era más urgente, junto con la voz amortiguada de

Esme.

Edward apartó la boca de ella, retirando muy despacio los dedos de su apretada carne.

—Esme —gimió Bella débilmente—, ¿no puede esperar?

—No.

Bella saltó sobre Edward, con los nervios exaltados ante la abrupta interrupción. Edward rodó sobre su estómago y profirió una maldición suave, mientras sus dedos se hundían en las sábanas.

Tambaleándose por la habitación como si estuviera en la cubierta de un barco, Bella logró encontrar su camisón. Se lo puso y abrochó unos pocos botones al azar en el frontal.

Fue hacia la puerta y la abrió apenas unos centímetros.

—¿Qué pasa, Esme? Ya es medianoche.

—Lo sé —dijo Esme ansiosamente, evadiendo su mirada—. Sé que no debería, es solo, que no sabía que hacer. Tuve una pesadilla. Una horrible pesadilla sobre Emmett y parecía tan real. No podía volver a dormirme hasta estar segura de que estaba bien. Así que fui a su habitación... y... se ha ido.

Bella sacudió la cabeza exasperada.

—Maldito Emmett. Lo buscaremos por la mañana. Creo que ninguno de nosotros debe ir detrás de él de noche, en medio de la oscuridad y del frío. Probablemente fue a la taberna del pueblo, en ese caso...

—Encontré esto en su cuarto. —Esme le ofreció un pedazo de papel.

Frunciendo el ceño, Bella leyó la nota.

Lo siento.

No espero que lo entendáis. Será mejor para vosotras que acabe así.

Había unas pocas palabras más, garabateadas a la prisa.

Espero que algún día...

y al final una vez más:

Lo siento.

No estaba firmada. No había necesidad.

Bella se sorprendió de lo tranquila que sonó su propia voz.

—Vete a la cama, Esme.

—Pero su nota... creo que significa...

—Sé lo que significa. Vete a la cama, querida. Todo irá bien.

—¿Vas a encontrarlo?

—Si, lo encontraré.

La aparente calma de Bella desapareció en el momento en que la puerta se cerró.

Edward ya se estaba poniendo la ropa, enfundándose las botas, mientras Bella encendía la lámpara que había junto a la cama. Le entregó la nota con dedos temblorosos.

—No es un gesto vano. —Encontraba difícil respirar—. Pretende hacerlo. Tal vez ya...

—¿Dónde es más probable que haya ido? —la interrumpió Edward—. ¿A algún lugar de la propiedad?

Bella pensó en la cara espectral de Nikki que había visto en la ventana.

—Está en Dwyer House —dijo apretando los diente—. Llévame allí, por favor.

—Claro. Pero primero debes ponerte algo de ropa. —Edward le brindó una sonrisa tranquilizadora, mientras le acariciaba la mejilla con la mano—. Te ayudaré.

—Cualquier hombre —murmuró—, que desee casarse con un miembro de la familia Swan después de esto, debería ser recluido en una institución mental.

—El matrimonio es una institución —señaló él razonablemente, mientras recogía su vestido del suelo.

Montaron hacia Dwyer House en el caballo de Edward, cuyas largas zancadas cubrían el terreno con una velocidad casi aterradora. Todo parecía ser parte de otra pesadilla, la profunda oscuridad, el frío penetrante, la sensación de ser empujada hacia delante más allá de su control. Pero allí estaba el cuerpo firme de Edward tras su espalda, y un brazo fuerte que la mantenía en su lugar. Temía lo que pudieran encontrar en Dwyer House.

Si lo peor ya había pasado, tendría que aceptarlo. Pero no estaba sola. Estaba con el hombre que parecía entender cada trama y cada hebra de su alma.

Cuando se aproximaron a la casa, vieron un caballo pastando desconsolado sobre parches de césped y arbustos. Fue una señal bienvenida. Emmett estaba aquí, y no tendrían que recorrer todo Hampshire en su busca.

Ayudando a Bella a desmontar, Edward le tomó la mano entre las suyas. Sin embargo, ella se detuvo cuando intentó llevarla hacia la puerta delantera.

—Quizás —dijo tentativamente— debas esperar aquí mientras yo...

—De ninguna maldita manera.

—Podría mostrarse más receptivo si voy sola, solo al principio...

—No está en sus cabales. No vas a enfrentarte a él sin mí.

—Es mi hermano.

—Y tú eres mi romni.

—¿Qué significa eso?

—Te lo explicaré después. —Edward le robó un rápido beso y deslizó el brazo a su alrededor, guiándola hacia la casa. Esta estaba tan callada como un mausoleo, el frío aire olía a humo y a polvo. Tras explorar silenciosamente el primer piso, no encontraron ninguna señal de Emmett. Era difícil ver en la oscuridad, pero Edward se abría paso camino de habitación en habitación con la seguridad de un gato.

Un sonido les llegó desde arriba, el crujido de pasos sobre el suelo de madera. Bella sintió un temblor de nerviosismo y al mismo tiempo de alivio. Se apresuró hacia las escaleras. Edward la detuvo, tensando la mano sobre su brazo. Comprendiendo que él quería que fuera despacio, se obligó a relajarse.

Subieron la escalera, Edward abriendo el camino, probando cada escalón antes de permitir que Bella lo siguiera. La gravilla acumulada crujía bajo sus silenciosos pies. A medida que ascendían, el aire se volvía aún más frío, penetrando como agujas en sus huesos. Era un frío impío, demasiado amargo y horrible como para provenir de una fuente temporal. Una frialdad que le secó los labios e hizo que le dolieran los dientes. Su mano se tensó dentro de la de Edward, y se mantuvo tan cerca como pudo de él sin tropezar.

Una débil luz escarchada emanaba de la habitación que estaba cerca del final del pasillo de arriba. Bella dejó escapar una exclamación de ansiedad cuando comprendió de donde provenía la luz de la lámpara.

—La habitación de las abejas.

—Las abejas no vuelan de noche —murmuró Edward , extendiendo la mano hacia la parte trasera del cuello de Bella, deslizándola por su nuca—. Pero si prefieres esperar aquí...

—No. —Reuniendo su valor, Bella cuadró sus hombros y avanzó con él por el pasillo. Como podía Emmett ser tan retorcido y perverso como para esconderse en un lugar que la asustaba tanto.

Hicieron una pausa frente a la puerta abierta, Edward bloqueaba parcialmente la visión de Bella.

Asomándose por encima de su hombro, jadeó.

No era Emmett, sino Robert Pattinson, su cuerpo delgado resplandecía a la luz de la lámpara, mientras se erguía frente a un panel abierto en la pared que contenía a la colonia de abejas. Las abejas estaban bajo control, pero lejos de estar tranquilas, millones de alas se batían con un zumbido denso y siniestro. El hedor a madera podrida y miel fermentada invadía el aire. Las sombras se encharcaban sobre el suelo como tinta derramada, mientras la luz de la lámpara se retorcía y contorsionaba a los pies de Robert.

Ante la rápida inhalación deBella, se giró y sacó algo de su bolsillo. Una pistola.

Los tres se quedaron congelados en medio de una oscura escena, mientras una sacudida recorría la piel de Bella.

—Robert—dijo desconcertada—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Retrocede —dijo Edward duramente, mientras intentaba empujarla detrás de él. Pero como no estaba más ansiosa de tener a Edward ante una pistola que de estarlo ella misma, se agachó bajo su brazo y se colocó a su lado.

—Ya veo, también tú has venido a por él. —Robert parecía increíblemente tranquilo, su mirada voló primero a la cara de Edward y luego hacia la de Bella. La pistola aún seguía firme en su mano. No la bajó.

—¿A por qué? —Desconcertada, Bella miró fijamente el agujero en la pared, era un espacio rectangular de por lo menos un metro y medio de alto—. ¿Por qué has abierto ese hueco en la pared?

—Es un panel corredizo —dijo Edward secamente, sin apartar la mirada de Robert —. Un escondite.

Preguntándose por qué ambos parecían saber algo de Dwyer House que ella desconocía, Bella inquirió inexpresivamente:

—¿Un escondite para qué?

—Fue diseñado hace mucho tiempo —contestó Robert—, para que los sacerdotes católicos que eran perseguidos lo utilizaran para ocultarse.

Su mente desconcertada intentó dar sentido a las cosas. Había leído acerca de lugares como este. Hacía mucho tiempo los católicos romanos habían sido perseguidos y ejecutados por la ley en Inglaterra. Algunos de ellos habían escapado escondiéndose en las casas de simpatizantes católicos. Nunca había sospechado, sin embargo, que hubiera un lugar como ese en Dwyer House.

—Cómo supiste de... —Encontrando difícil hablar, gesticuló rígidamente hacia el hueco en la pared.

—Una referencia de los diarios privados del arquitecto, William Bissel. Las notas están en posesión de Rowland Temple.

Y ahora, pensó Bella, tras dos siglos, este escondite se había revelado... con una colonia de abejas como inquilinas.

—¿Por qué te habló el señor Temple de él? ¿Qué esperas encontrar ahí?

Robert la miró fijamente, con un divertido desprecio.

—¿Finges hacerte la ignorante, o realmente no tienes ni idea?

—Yo puedo suponerlo —dijo Edward—. Probablemente tiene algo que ver con la creencia local de que hay un tesoro oculto en Dwyer House. —Se encogió de hombros ante sus curiosas miradas—. Uley lo mencionó una vez de pasada.

—¿Un tesoro? ¿Aquí? —Bella frunció el ceño disgustada—. ¿Por qué nadie me lo mencionó antes?

—No es más que un rumor infundado. Y los orígenes del supuesto tesoro no acostumbran a ser mencionados entre la gente educada. —Edward miró fríamente a Robert—. Guarde el arma. No tenemos ninguna intención de interferir.

—¡Sí la tenemos! —dijo Bella irritada—. Si hay alguna clase de tesoro en Dwyer House, pertenece a Emmett. ¿Y por qué los orígenes del tesoro son tan inmencionables?

Robert respondió, manteniendo aún el arma apuntada hacia Edward.

—Porque consiste en cartas y joyas regaladas por el rey James a su amante en el siglo dieciséis. Alguien que perteneció a la familia Dwyer.

—¿El Rey tuvo un amorío con Lady Dwyer?

—En realidad fue con Lord Dwyer.

La mandíbula de Bella cayó.

—Oh. —Frunció el ceño y se frotó los brazos helados a través de las mangas en un inútil esfuerzo por calentarlos—. Entonces crees que ese tesoro está aquí, en uno de los escondites de Bissel. Y todo este tiempo has estado intentando encontrarlo. Tú oferta de amistad... tu arrepentimiento por haberme abandonado... ¡Fue todo una farsa! Todo para poder merodear por aquí.

—No todo fue en absoluto una farsa. —Robert le dedicó una mirada desdeñosa, vagamente pesarosa—. Mi interés en renovar nuestra relación era genuino, hasta quecomprendí que te habías liado con un gitano. No acepto sobras de nadie.

Enfurecida, Bella se lanzó hacia él con los dedos retorcidos como garras.

—¡No eres digno ni siquiera de lamer sus botas! —clamó, luchando mientras Edward la sujetaba.

—No —murmuró Edward, cerrando las manos sobre su cuerpo como bandas de hierro —. No vale la pena. Cálmate.

Bella se contuvo, mirando a Robert, mientras aumentaba el frío penetrante que ondeaba a través del aire.

—Aún cuando el tesoro esté aquí, no podrás llevártelo —estalló—. La pared está invadida por una colmena de al menos doscientas mil abejas.

—Por eso vuestra llegada resulta tan oportuna. —La pistola apuntaba directamente a su pecho. Le habló a Edward—. Irá a buscarlo por mí... o le dispararé a ella.

—No te atrevas —dijo Bella a Edward, mientras le agarraba el brazo—. Solo está alardeando.

—¿Va a arriesgar su vida ante la posibilidad, Cullen? —inquirió Robert casi vacilante.

Bella luchó por sujetar a Edward cuando él apartó el brazo de su agarre.

—¡No lo hagas!

—Tranquila, monisha. —Edward le aferró los hombros y la sacudió—. Calla. No me estás ayudando. —Miró a Robert—. Déjela salir. Haré lo que me pida.

Robert sacudió la cabeza.

—La presencia de ella es un excelente incentivo para su cooperación. —Gesticuló con la pistola—. Vaya hacia allá y comience a buscar.

—Te has vuelto loco —dijo Bella—. Tesoros ocultos, pistolas y rondar furtivamente a media... —Se detuvo cuando vio un destello de movimiento, de blancura plateada en el aire. Una brisa de punzante frío barrió la habitación, mientras las sombras se congelaban alrededor de ellos.

Robert pareció no notar el brusco descenso de la temperatura, o la pálida danza translúcida entre ellos.

—Ahora, Cullen.

—Edward...

—Silencio. —Tocó la mejilla de Bella y le lanzó una mirada insondable.

—Pero las abejas...

—Todo irá bien. —Edward recogió la lámpara del suelo. Llevándola hacia el panel abierto, la sostuvo dentro del espacio vacío y se inclinó dentro. Las abejas comenzaron a posarse y a arrastrarse sobre su brazo, hombros y cabeza. Mirándolo fijamente, Bella vio como su brazo se estremecía, y comprendió que le habían picado. El pánico se apretó alrededor de sus pulmones, haciendo que respirara rápida y superficialmente.

La voz de Edward llegaba amortiguada.

—No hay nada aquí, solo abejas y un panal.

—Tiene que estar ahí —estalló Robert—. Entre y encuéntrelo.

—No puede hacerlo —clamó Bella ante el ultraje—. Le picarán hasta morir.

La apuntó directamente con la pistola.

—Vaya —ordenó Robert a Edward.

Las abejas se derramaron sobre Edward, arrastrándose sobre su brillante cabello cobrizo, su cara y su nuca. Mirándolo, Bella se sentía como si estuviera atrapada en una pesadilla de la cual no podía despertar.

—Aquí no hay nada —dijo Edward, sonando increíblemente calmado.

Ahora Robert parecía sentir una viciosa satisfacción ante la situación.

—Apenas si ha mirado. Siga adentrándose y no salga sin él.

Las lágrimas saltaron de los ojos de Bella.

—Eres un monstruo —dijo furiosamente—. No hay nada ahí y lo sabes.

—Mírate —dijo él, sonriendo con desprecio—, llorando por tu amante gitano. Qué bajo has caído.

Antes de que pudiera responderle, un estallido de luz llenó el cuarto con una estocada silenciosa. La llama de la lámpara se extinguió con una explosión helada.

Bella pestañeó, se frotó la humedad de los ojos y se giró dando vueltas en confusos círculos mientras intentaba encontrar la fuente de la luz. Algo brillaba débilmente a su alrededor, era frialdad, brillo y energía cruda. Se tambaleó hacia Edward con los brazos extendidos. Las abejas se alzaron en masa y volaron de vuelta hacia la colmena, mientras la luz azul hacía que sus alas brillaran como una lluvia de chispas.

Bella alcanzó a Edward y él la aferró en un fuerte y cálido abrazo.

—¿Estás herido? —le preguntó, mientras sus manos lo inspeccionaban frenéticamente.

—No, solo recibí una picadura o dos. Yo... —Se detuvo con una brusca inhalación. Volviéndose entre sus brazos, Bella siguió su mirada. Dos siluetas vagas, distorsionadas en medio de la luz, luchaban por la posesión del arma. ¿Quién era?

¿Quién más había entrado en la habitación? No pasó ni un segundo antes de que Edward la empujara al suelo.

—Quédate en el suelo. —Sin pausa, se lanzó hacia los combatientes.

Pero ellos ya se habían separado, un hombre se derrumbaba sobre el suelo asiendo la pistola, mientras el otro corría hacia la puerta. Edward fue hacia el hombre caído, mientras el aire crujía como si la habitación estuviera invadida por fuegos artificiales. El otro hombre huyó. Y la puerta se cerró de golpe detrás de él... aunque nadie la había tocado.

Desconcertada, Bella se incorporó, mientras la fragmentada luz se disolvía en un débil fulgor azul que dibujaba las siluetas de los hombres.

—¿Edward? —preguntó sin saber que decir.

Su voz sonó baja y agitada.

—Todo va bien, colibrí. Ven aquí.

Los localizó y jadeó cuando vio la cara del intruso.

—Emmett, que estás... como hiciste... —Su voz vaciló ante la visión de la pistola en su mano. Él la sostenía flojamente contra su muslo. Su cara parecía tranquila, su boca se curvaba en una débil sonrisa.

—Yo iba a preguntarte lo mismo —dijo suavemente—. ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

Bella se sentó en el suelo junto a Edward, con la mirada fija sobre su hermano.

—Esme encontró tu nota —jadeo—. Vinimos porque pensamos que ibas a... acabar contigo mismo.

—Esa era la idea general —dijo Emmett—. Pero fui a la taberna a por un trago para el camino. Cuando al fin logré llegar, estaba demasiado atestado para mi gusto. El suicidio es algo que requiere privacidad.

Bella su puso nerviosa ante su tranquilidad. Su mirada bajó a la pistola en la mano de su hermano y después volvió a su cara. Arrastró la mano hacia el muslo al mismo tiempo que la mano de Edward. El fantasma estaba con ellos, pensó. El aire le había entumecido el rostro, haciendo que le fuera difícil mover los labios.

—El señor Pattinson estaba buscando un tesoro —dijo a su hermano.

Emmett le lanzó una mirada escéptica.

—¿Un tesoro, en medio de este montón de basura?

—Bueno, verás, el señor Pattinson pensó...

—No, no te molestes. Me temo que no tengo ningún interés en oír lo que pensaba Pattinson. El muy idiota. —Miró la pistola, rozando suavemente con su dedo pulgar el cañón del arma.

Bella no habría esperado que un hombre que contemplaba la idea de suicidarse pareciera estar tan relajado. Un hombre arruinado en una casa arruinada. Cada línea de su cuerpo expresaba cansada resignación. Emmett miró a Edward:

—Tienes que sacarla de aquí —dijo quedamente.

—Emmett... —Bella empezó a temblar, sabiendo que si lo dejaban allí, se mataría. No se le ocurría qué decir, al menos nada que no pareciera teatral, o poco convincente, o absurdo.

La boca de su hermano se curvó como si estuviera demasiado cansado como para sonreír.

—Lo sé —dijo suavemente—. Sé lo que quieres, y lo que no quieres. Sé que desearías que pudiera ser mejor que esto. Pero no lo soy.

Se desdibujó ante ella. Bella sintió como las lágrimas resbalaban por sus mejillas, la humedad las helaba cuando alcanzaban su barbilla.

—No quiero perderte.

Emmett dobló las rodillas y envolvió un brazo alrededor de ellas, sus dedos permanecieron posados alrededor de la culata del arma.

—Yo no soy tu hermano, Bella. Ya no. Cambié cuando Nikki murió.

—Pero aún así te quiero.

—Nadie consigue lo que quiere —murmuró Emmett—. Ya no.

Edward observaba al hermano intensamente. Un largo silencio desplegado en capas de dolor, mientras una ardiente brisa helada se arrastraba sobre ellos tres.

—Podría intentar persuadirte para que pongas el arma a un lado, y vengas a casa con nosotros —dijo Edward finalmente—. Refrenarte un día más. Pero aún cuando te detuviera esta vez... creo que no se puede mantener a un hombre con vida si él no desea estarlo.

—Cierto —dijo Emmett.

Bella abrió la boca para protestar, pero Edward la detuvo, apretando los dedos suavemente sobre sus labios. Edward continuó mirando fijamente a Emmett, no con preocupación sino con una especie de despegada contemplación, como si estuviera resolviendo una ecuación matemática.

—Nadie puede ser rondado —dijo quedamente—, si no lo desea. Lo sabes, ¿verdad?

La habitación se enfrió incluso más, si eso era posible, las ventanas se sacudieron, la luz de la lámpara fluctuó. Alarmada por las tensas vibraciones del aire y de la inadvertida presencia que los rodeaba, Bella se apretó contra la espalda de Edward.

—Claro que lo sé —dijo Emmett—. Debí haber muerto cuando ella lo hizo. Nunca quise quedarme atrás. No sabes lo que se siente. La idea de acabar finalmente con esto es un maldito alivio.

—Pero eso no es lo que ella quiere.

La hostilidad brilló en los ojos luminosos.

—¿Cómo demonios lo sabes?

—Si la situación fuera a la inversa, ¿escogerías esto para ella? —Edward señaló al arma que el otro sostenía en la mano—. Yo no podría pedir semejante sacrificio a alguien a quien amara.

—No tienes ninguna maldita idea de lo que estás hablando.

—La tengo —dijo Edward—. Lo entiendo. Y lo que te estoy diciendo es que dejes de ser tan egoísta. Te afliges demasiado, phral. La estás forzando a tener que venir a reconfortarte. Debes dejarla ir. No por ti, sino por ella.

—No puedo. —Pero la emoción había comenzado a extenderse por la cara de Emmett como una grieta en una cáscara de huevo. La luz azul bailó a través del cuarto, mientras un viento helado levantaba mechones del pelo de Emmett como si fueran dedos invisibles.

—Déjala descansar en paz —dijo Edward, más silenciosamente—. Si tomas tu propia vida, terminarás condenándola, al igual que a ti mismo, a vagar eternamente. No es justo para ella.

Emmett sacudió la cabeza sin palabras, acunando sus rodillas en una postura que a Bella le recordó al muchacho que había sido una vez. Y entendió su pesar con una exactitud que hubiera sido imposible para ella antes.

¿Y si Edward le fuera arrebatado sin previo aviso? Nunca volvería a sentir su cabello entre manos o la caricia de esos labios contra los suyos. Ni la consumación de todo lo que había empezado a sentir, las promesas, las sonrisas, las lágrimas, las esperanzas, todo arrancado de sus manos. Para siempre. Cuánto lo extrañaría. Nunca podría ser reemplazado por ningún otro.

Entristecida con la compasión, observó como Edward se acercaba a su hermano. Emmett escondió la cara y extendió una mano, con los dedos abiertos, con la palma estirada en un gesto roto y desvalido.

—No puedo dejarla marchar —se ahogó.

La lámpara se apagó y un panel de cristal se rompió en pedazos, a la vez que una explosión de aire congelado los golpeaba. La energía crujió a través de la habitación, mientras diminutos chasquidos de luz aparecían a su alrededor.

—Puedes hacerlo por ella —dijo Edward, mientras envolvía los brazos alrededor del hermano como si estuviera consolando a un niño perdido—. Puedes.

Emmett empezó a llorar más fuerte, cada respiración era un estallido de enfadada desesperación.

—Oh, Dios —gimió—. Nikki, no me dejes.

Pero mientras lloraba, la atmósfera pareció aquietarse, glacial, fría y calmada, y la luz azul, como el resplandor de una distante estrella agonizante, empezó a marchitarse. Se oía el zumbido callado de algunas abejas que se habían aventurado a salir de la colmena, después volaron de regreso a descansar para la noche.

Edward estaba murmurando algo ahora, sosteniendo a Emmett en un firme y protector abrazo. Hablaba en romany, las palabras flotaban en el aire tenue. Una promesa, una ofrenda, ofrecida a un espíritu informe que se desvanecía.

Hasta que todo lo que quedó fueron tres personas en la oscuridad, sentadas entre cristal roto, y un arma descartada en el suelo.

—Se ha ido —dijo Edward suavemente—. Es libre.

Emmett asintió, con la cara oculta. Estaba herido pero aún vivo. Roto, pero no más allá de toda esperanza de reparación.

Y reconciliado con la vida, al fin.

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Muchas gracias por leer, se acerco el final, y me gustaría saber cuáles son sus opiniones al respecto de la historia ¡! Gracias :D saludos a Ale74 por su apoyo y sus mensajes que tanto me animan a seguir subiendo la historia…