Este capítulo lleva ese título porque lo escribí escuchando esa canción de Guns n´ Roses*Se va corriendo a esconderse en un rincón*

Capítulo 20

"November Rain (Parte I)"

Cuando Charlie y Sam preguntaron por qué habían pospuesto la boda, Dean les dijo que Cas quería que sus hermanos estuviesen presentes e inventó que Lucifer había llamado a decir que no estaría libre hasta mediados de Noviembre. Esto pareció tranquilizar a Charlie, pero Sam continuó sospechando que algo sucedía.

El menor de los Winchester tenía razón. Pero Dean no quería contárselo. No quería que nadie supiera que tenía dos costillas astilladas, el cuerpo magullado y que aún no podía mover el brazo debido a la herida en el hombro. Y sobre todo no quería hablar de lo que le ocurrió a Castiel, y de lo que todavía le ocurría.

Había estado tan cerca de sacarlo de ese agujero, se recriminaba Dean a si mismo, y a veces golpeaba la pared de la ducha con los puños mientras el agua caliente le caía sobre la cabeza. Esa noche debió hacerle caso a Castiel, escuchar lo que le pedía, y quedarse a ver películas con él en la habitación del motel.

Ganaron una pequeña fortuna en los casinos, pero se perdieron a sí mismos gracias a esos tres tipos del callejón.

Dean sentía rabia todo el tiempo, pero al ver a Castiel dormido, o sentando en silencio en la mesa del motel, se preguntaba porque le ocurrían cosas malas a personas como Cas. O, aun peor, porque su chico había tenido que ser tan estúpidamente valiente creyendo que podía solucionarlo todo con sus propias manos, derribar a los tres sujetos, defender a Dean y salir ileso.

Habían vuelto las botellas, las pesadillas de madrugada, los llantos a la medianoche. Habían vuelto los paquetitos de polvo blanco e incluso habían llegado las jeringas tiradas a mitad de la habitación. Pero a diferencia de otras veces Cas ya ni siquiera intentaba hablar. Cuando Dean quería abrazarlo en la cama él se hacía un lado, como si el tacto del rubio quemase.

-Todo estará bien. Todo va estar bien –repetía Dean abrazando a Cas cuando conseguía acercársele lo suficiente; pero ya ni siquiera él se creía sus propias palabras-.

Se separaban. Dean sentía como ese abismo entre ambos crecía. Trató de llevarlo al médico y Cas se negó; trató de invitarlo a cenar, y Cas volvió a decir que no. Consiguió llevarlo a ver una película de cine antiguo, pero a mitad de la cinta Castiel se marchó.

Una noche que Dean salió a tomar aire fresco, descubrió al regresar, que Cas había pedido otra habitación para ambos. Una de dos camas. Separadas. Sintió que le daban una patada en las pelotas, se sintió inútil, incapaz de sostener a Cas, y esa noche fue la primera que durmió en el Impala tras sumirse en una buena cantidad del maldito ron.

-¿Sam? –Esa noche había ido a un teléfono público ya que su celular llevaba extraviado desde el día anterior-.

-¿Dean? ¿Eres tú? Es bueno que llames –bromeó su hermano, desde el otro lado-. ¿Qué tal están tú y Cas?

"Bien. Sólo nos atracaron en un callejón, me golpearon, lo violaron. Ahora duermo en el Impala. Él se droga para poder conciliar el sueño, bebe día y noche, no ha escrito nada por lo que creo que podría estar pensando en suicidarse. No me dirige la palabra y la verdad es que no quiero entrar a esa maldita habitación porque hay dos camas, Sammy. ¿Entiendes? Dos camas. Creo que se ha acabado, y lo peor es que no quiero que se termine. Lo amo. Lo amo, Sammy, con todas mis fuerzas. Quiero verlo sonreír otra vez... Estaba poniéndose mejor, después lo que ocurrió con Gabriel y Anna, ahora todos sus demonios han regresado y tengo miedo… no sé qué hacer, Sam. No soporto verlo así. Esa noche… debió correr…." Quiso decir Dean, pero en su lugar mintió:

-Bien. Algo nervioso, algo… Castiel. Y un poco molesto de que Michael no quiera aparecer.

Habló con Sam hasta que se le acabaron las monedas. Le preguntó cómo estaba en sus calificaciones, qué tal el segundo año de preparatoria y quiso saber más sobre la novia de menor. Jess. Dean creía conocerla, pero por lo que le habló Sammy, la chica era un ángel caído del cielo. Dean sabía cómo se sentía eso, y tuvo ganas de maldecir y llorar al pensar que Cas era así… solía ser así.

Su ángel.

Se despidió de Sammy, y fue a comprar unas cervezas y algo de comer. Regresó al motel a eso de las ocho de la noche. La luz de su habitación estaba encendida y la puerta sin seguro por lo que entró sin dificultad. Sintió que el estómago se le revolvía al encontrar a Cas tendido en una de las camas con la cabeza colgando y la mirada perdida. Tenía las mangas dobladas por sobre el codo y Dean no quiso ver los pinchazos en esos brazos que antes solía besar.

-Estas aquí –musitó Cas, sonriendo estúpidamente mientras Dean dejaba las bolsas de comida china sobre la mesa, dándole las espaldas-.

-Sí –respondió Dean, cortante-. Traje comida china.

-No tengo hambre –gruñó el moreno-. La luz es muy brillante… -añadió, sin sentido alguno-.

-Cas, tienes que comer –Dean se volteó, molesto-. Estás en los huesos. Y sigues metiéndote esa porquería, y tratas de actuar como si no me diese cuenta.

-Déjame en paz –Castiel se incorporó, mareado. Intentó levantarse de la cama y lo consiguió pero tambaleándose a cada paso que lo separaba del televisor. Encendió el canal de música-.

-¿Dejarte en paz y verte como te vas de vuelta al agujero? –Gritó Dean por encima de la música-.

-Entonces no veas –atajó Castiel subiendo el volumen con el control remoto-.

Dean lo supo. Iban a discutir. Porque ahora lo único que hacían era eso o mantenerse en un muerto silencio.

-¿Lo dices enserio? –Dean le arrebató el aparato y estampó contra la mesita de noche después de haberle bajado al volumen-. ¡Ya deja de ser tan terco! No quiero que te hagas mierda, Cas. ¿Dónde demonios está el chico que escribía? ¿Dónde demonios enterraste a Castiel?

-En un mar de decadencia, supongo. Aunque me faltan las putas. ¡Oh, espera! Puedo llamar al tipo del otro día y ser su puta otra vez –sonrió Cas, porque cuando estaba drogado decía toda clase de cosas desde que las abejas eran amarillas hasta ese tipo de palabras crueles-.

-Te dije que corrieras –le acusó Dean, tomándolo por los hombros-. Te dije que corrieras, maldición. ¿Qué esperabas? ¿Ser un héroe? Eran tres tipos y…

-Y no te iba a dejar ahí solo. Te iban a matar… ¿Es que querías eso?

-¡¿Por qué maldita sea te quedaste?!

-Porque te amo. Porque no podía correr y dejarte atrás. Te hubieran hecho lo que a mí. ¡Y prefiero mil veces que me lo hicieran a mí, a que te sucediera a ti, Dean!

-¡Eres un idiota! ¡¿Lo sabías?!

-Si lo soy porque sigues conmigo.

Dean quiso responder porque lo amaba. Pero se tragó sus palabras. De todas sus discusiones Cas jamás le había dado a entender que quería que se marchase.

-¡Cierra la boca! –Exclamó el rubio. Dando la vuelta con las manos en la cabeza- ¡Ya cierra la maldita boca! No soporto que sigas diciendo esas cosas. ¿Por qué defenderme? Debías correr, sólo debías irte…

-No. No debía, ni quería hacerlo, Dean. –Castiel sentía el corazón en la boca, pero continuó-; y si tan culpable soy por no haberte dejado. Si tanto no soportas verme, lárgate ya.

Enceguecido por el dolor que esas palabras le causaron Dean tomó su chaqueta y las llaves del auto. No volteó a mirar a Cas. Y por un momento olvidó que la carretera jamás sería la misma sin su chico; y también olvidó cómo Castiel, tras el funeral de sus hermanos, le había suplicado que nunca lo dejase.

-Pero si te vas, no regreses jamás –añadió Castiel cuando Dean estaba cerca a la puerta-.

El rubio se detuvo un instante en el que pareció que iba a dejar caer las armas, la rabia, la impotencia, a voltear hacia Cas y besarlo. En su lugar giró la perilla y salió dando un sonoro portazo.

Castiel permaneció inmóvil un momento en medio de la habitación. Una parte de él deseó salir tras Dean, pero se limitó a extender la mano y subir el volumen al televisor, en el canal de música. Estaban dando una de esas canciones de rock clásico que a Dean le gustaban. Se volvió a tumbar en la cama, dejando rodar un par de lágrimas, y cada minuto eterno que pasaba creía escuchar los pasos de Dean volviendo… pero sólo fue su imaginación.

Dean subió al auto, arrojando su chaqueta en el asiento del copiloto. Encendió el motor y aceleró, alejándose del motel, dejando una estela de humo de los neumáticos. Encendió la radio y subió el volumen para quedarse sordo.

Aceleró, aceleró cada vez más hasta que parecía una bala en la carretera que salía de Las Vegas. Cantó con todas su fuerzas, gritó sin voz, golpeó el volante maldiciendo como no lo había hecho en días, y finalmente se detuvo. Entró en un bar de strippers a mitad de la carretera, y pidió un vaso de cerveza. Trago tras trago, inclinado sobre la barra, fue viendo como esas voluptuosas muchachas bailaban. Pero no podía dejar de pensar en Cas. En Castiel encerrado en esa habitación sucia.

Tras el cuarto o quinto trago apoyó su frente en la palma de su mano, sabiéndose un estúpido. Respiró profundo y pidió otro trago. Esa noche no quería pensar. No dejaría a Castiel en ese motel, pero de momento necesitaba perder un poco la cabeza; al día siguiente ya regresaría.

Cuando una pelirroja de buenos pechos metidos en una blusa demasiada estrecha le sirvió un vaso de ron y Dean lo apuró de un solo trago ya eran las doce de la noche. Estaba muy bebido, pero pudo reconocer que las strippers se habían marchado y ya sólo quedaba la música y unos cuantos sujetos bebidos a su alrededor.

Entonces reconoció la canción. Era November Rain, de Guns n´Roses, y aunque era el desierto de Las Vegas y llovía muy poco, por las ventanas del establecimiento vio la cúpula del cielo ser atravesada por dos furiosos latigazos azules. Los estruendos precedieron al repiqueteo de la lluvia.

-¿Me das tu número guapo? –Le preguntó la camarera al verlo ponerse de pie-.

-No. Tengo que volver… tengo que volver con mi novio –respondió Dean, apretando su frente con una mano-.

-Estás muy ebrio. Te llamaré un taxi –respondió la muchacha, algo decepcionada, pero cortés-.

Dean tuvo que aceptar que era verdad, y esperó a que el auto amarillo apareciera en el bar. Revisó que su bebé quedase seguro, y subió en el asiento trasero. Dio la dirección del motel, sintiendo una opresión en el pecho.

Faltaban veinte minutos para la medianoche. Dean se había marchado hace horas, notó Cas cuando se le hubo atenuado el efecto de lo que se había metido. No volvería. Dean no regresaría. Sintió una punzada tan horrible con ese pensamiento. Se dijo que sólo estaba exagerando, que estaba paranoico debido a lo que se inyectó.

Así que Castiel se incorporó y fue hasta el televisor para bajarle el volumen la música. Rebuscó su celular entre sus cosas y marcó el teléfono de Dean. Había perdido el orgullo, necesitaba decirle que regrese. Había sido un estúpido; lo amaba demasiado como para soportar estar sin él.

Marcó una y otra vez. Siete en total, pero el celular de Dean no respondió.

Con el nudo en su garganta creciendo apagó las luces de la habitación. La luz brillaba demasiado. Se sirvió un par de tragos del vodka que compró el día anterior y que ya estaba terminándose, y arrastró sus pies hasta el baño. Abrió la ducha dejando que el agua corriera para llenar la tina. Era agua helada pero la necesitaba.

Mientras la tina se llenaba Cas fue hasta su cama. Introdujo la mano bajo la almohada y sacó un paquetito blanco. Tanteó dentro del cajón de la mesita de noche dando con el encendedor y la cuchara quemada. Estuvo un rato preparándose su veneno y otro tanto tratando de atinarle a la vena. La aguja de la jeringa finalmente propagó el escozor de la droga en su sangre y Cas tardó segundos en sentirse fuera del planeta.

Todo era intenso, brillante, vibrante y dolía. Entonces comenzó a llorar. Fue, tambaleándose por toda la habitación, a subir el volumen de esa canción que le gustaba. Como si fuese alguna clase de confabulación afuera empezaron a restallar los truenos y la lluvia cayó.

Castiel sintió cada nota de November Rain clavándosele en la piel. Sintió que se ahogaba y supo que la droga no era suficiente. Entró en el baño y puso lo que quedaba de la cocaína en el borde del lavamanos. Lo separó con la bolsita doblada, y enrolló la misma para inhalarlo todo.

Apenas tuvo tiempo de sentirse horrible, de deslizar sus piernas dentro del agua helada. Intentó extender su mano para cerrar la llave de agua, pero no lo consiguió. Sintió las venas convirtiéndosele en fuego, y el corazón estallándole en el pecho. Convulsionando, se hundió en el agua, hasta la barbilla. Mientras un espumarajo le salía de los labios y sus ojos, azules como el océano, se cerraban sólo consiguió articular una palabra:

-Dean…

Continuará….