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Disclaimer: Los personajes de esta historia pertenecen a Naoko Takeuchi, utilizados por mi solo porque los amo y me hace feliz escribir de ellos =)

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REVIVE MIS SENTIDOS.

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21º "Epílogo"

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Sintió el calor del sol quemante en una de sus piernas, haciéndole saber que ya era de día, probablemente había amanecido hacía ya unas horas. Pero no tenía alguna intención de despertar, menos aun de quitar el brazo con el que rodeaba cómodamente el cuerpo de su esposa. La acercó aun más hacia su cuerpo, re acomodándose con la intención de permanecer así por bastante tiempo.

Estaba cansado, y necesitaba con urgencia el día de pereza, así que iba a permitirse seguir durmiendo y disfrutar de tener a Mina más tiempo entre sus brazos. Ambos lo tenían totalmente merecido.

—Olvidé cerrar las cortinas anoche —murmuró ella, saliendo apenas del sueño cuando notó a Yaten moverse.

—Da igual, vuelve a dormir —pidió él.

Mina sonrió, abriendo sus ojos, dejando a la luz inundarle. Estaba también cansada, y le parecía un buen plan seguir durmiendo, pero la tibieza del despertar le hizo sentir contenta, animada. Aunque ella siempre estaba animada.

Volteó ligeramente, jugueteando con el cabello desordenado de Yaten, mirándolo sin encontrar alguna cosa en el mundo más fascinante. Nunca podría aburrirse de quedarse mirándolo, sin más deseo que guardar su imagen, para los momentos del día en que no podía verlo.

Besó su frente con cariño, bajando hacia su rostro, gustándole dar más besos por su mandíbula mientras él murmuraba que durmiera. Pero ella tuvo una mejor idea, continuando con besos menos cariñosos y más intensos en su cuello.

—¿Seguro quieres que vuelva a dormir? —preguntó divertida.

Yaten ni siquiera intentó negarse, sonriendo en aprobación a lo que se le ocurriera, se movió un poco, buscando uno de sus besos mientras Mina se acomodaba sobre él, sintiendo que era mejor colchón que su propia cama.

—¿Cuándo me dejarás dormir en paz? —se quejó, paseando sus manos por sus piernas, subiéndole el camisón para mejor acceso. Su piel estaba cálida, más por el contacto que por el clima, y le fascinó la suavidad que tenía para recorrer.

—Si me ayudas con esto, podemos luego volver dormir —contestó, callándolo luego con otro beso.

Atendió a su petición, tomando de una vez el camisón, haciéndola apartarse de él por un instante para quitarlo de su cuerpo, arrojándolo donde no estorbara. Yaten simplemente tocó gustoso sus pechos, sin tanto rodeo, sabiendo que era eso lo que estaba buscando de él, y sonrió victorioso, escuchando su voz tornarse menos juguetona y más complacida, tanto como a él le complacía poder tocarla.

Pero cuando ella se movió sobre él, incitándolo, se sintió perdido. Solo pudiendo tomarla de las caderas y apegarla más a él, creyendo que moriría si no la sentía más cerca.

—Bésame —exigió.

Entonces ella detuvo de a poco su movimiento, acercando nuevamente su rostro a él, tomándolo entre sus manos para atrapar sus labios. Yaten imitó su gesto, dedicando toda su atención al rostro sonriente de su esposa, disfrutando tanto de su beso, pareciendo que era lo único con lo que jamás podrían ir rápido, dedicando cada instante a sus besos.

De pronto un ruido los interrumpió, rompiendo su atmósfera intima.

—¿Escuchaste eso? —murmuró Mina, sin despegarse demasiado.

—¿Dejaste cerrada la salida al jardín? —consultó Yaten. —Dioses, algún día deberás acostumbrarte a que una casa debes cerrarla—reprendió.

Mina le ignoró, preocupándose de inmediato por lo que podía haber dentro de su casa, poniéndose de pie y alcanzando su bata para apurarse a salir de dudas.

—Iré a ver —dijo, antes de salir de la habitación.

Yaten se sintió impotente de no poder ayudar, de todas formas salió de la cama, buscando algo con qué defenderse en caso de ser necesario, y no solo a él.

Él se sentía seguro en su hogar, pero Mina era demasiado despistada, y no era la primera vez que dejaba alguna entrada abierta, casi invitando a que cualquiera llegara a importunarlos.

La casa donde actualmente vivían no era tan lujosa como el departamento de Yaten, pero ambos adoraban tener un jardín donde tomar aire, y no solo un balcón desde el cual presenciar la ciudad, porque actualmente tenían mucho más delante de ellos.

Ambos lograron su objetivo de entrar a estudiar, pero ese cambio significó muchas alteraciones a sus vidas, y aún ahora, un par de años después, seguían sumidos en el alboroto. Pero no era malo, al contrario.

Y aun cuando terminaron sus estudios, se llenaron de tantos planes, que a diario luchaban contra el tiempo, para asegurarse de no dejar nada a un lado. Y fue por ello que aprovecharon al máximo cada instante de descanso, cada momento juntos, cada pequeño instante donde podían simplemente estar en medio de su calma compartida.

Yaten no extrañó su hogar de soltero, su perfecto orden, la soledad en medio de todo lo que acumuló para él. Cuando fue tiempo, vendió el lugar que demoró años en organizar para sí mismo, en busca de un espacio más hogareño, donde no solo se tratara de él, sino que estuviera inundado de la calidez de Mina.

Le agradó el cambio de pasar las tardes escuchando música solo, a cenas en el jardín cuando repentinamente Seiya y Serena aparecían para saludarlos. Le gustó tener una habitación de invitados donde alojó la madre de Mina las veces que fue a visitarles. Su padre prefirió siempre los hoteles, pero también había compartido allí en su hogar.

La rubia avanzó, revisando la casa sin encontrar algún desarreglo, aun así estaba asustada, pero era lo que menos importaba. Cuando al fin llegó a la habitación que más le preocupaba, notó la fuente del ruido: una pecera rota, y las canicas que tenía dentro desparramadas por el piso. Se relajó enseguida, sabiendo entonces que todo estaba bien.

—Lo siento, choqué, algo cayó —escuchó desde el otro rincón, y no pudo sino sonreír.

Caminó con cuidado de no pisar vidrios, en busca del pequeño bandido que interrumpió su momento con Yaten.

No le gustó nada el gesto de sus labios fruncidos, así que lo tomó entre sus brazos, alzándolo con dificultad para sacarle de allí. Luego volvería a resolver el desastre.

Caminó de vuelta hacia su habitación, acariciando el cabello del niño hasta sentarse sobre la cama, aun en silencio.

—¿Y qué ocurrió? —preguntó Yaten urgido, apenas escuchó los pasos en la habitación.

—Tu hijo, rompiendo todo lo que se le cruza —explicó divertida.

—Eso es pura herencia tuya, Mina —devolvió, relajándose al saber que los desastres eran los de siempre.

—No estaría chocando con todo si dejara de jugar tapándose los ojos.

—Estaba jugando a ser como papá —se defendió, interrumpiendo la charla, luego echándose a los brazos de Yaten.

Ambos rieron inevitablemente, costándoles trabajo reprender cualquier cosa que su pequeño hiciese.

Mina se acercó nuevamente a su hijo, besando su frente con cariño. Entonces dejó de importarle la interrupción de sus propios jugueteos matutinos, se la cobraría más tarde a Yaten. Viendo a sus dos hombres, nada más podía importar.

Allí recordaba que amó algo aun más que quedarse observando a Yaten al despertar: Verlos a ambos juntos, sonriendo.

—¿Vas a contarnos qué haces levantado tan temprano? —preguntó.

—A papá no le gusta que me quede dormido para ir a la escuela.

La sonrisa de ambos se apagó, reaccionando de pronto a las palabras de su hijo.

Quizá era el movimiento constante en sus vidas que les tenía revueltas las fechas, pero ni Mina ni Yaten habían caído en que seguía siendo un día de semana donde les esperaban miles de cosas que hacer.

Ella salió rápidamente, ayudando a su pequeño a alistarse, mientras Yaten se apuró en ir a la cocina, no queriendo que por la falta de tiempo salieran sin comer.

Odiaba más que nada la irresponsabilidad, pero no estaba enojado, más que nada quiso que llegara el fin de semana y dormir hasta tarde, ser molestado por Mina y jugar con su hijo.

Su hijo…

Yaten habló con Mina de sus planes de casarse, poco después de que ambos fueran admitidos en sus estudios musicales, no contó con la sorpresa de ella, que pensaba que él no desearía volver al matrimonio. Pero si sabía de la felicidad que la inundó al saber que ambos deseaban permanecer juntos.

Fue una ceremonia íntima, apenas un par de amigos y sus padres, en una tarde tranquila, cerca del parque que solían visitar cuando estaban haciendo la investigación. Todo fue tan agradable, tan lleno de emociones, que se sintió abrumado por todo lo que la vida estaba regalándole.

Sabía que no tendrían mucho tiempo, ya que estarían entre sus estudios y los trabajos de ambos, intentando amoldarse, pero todo estaba resultando de maravilla y no podía más que agradecer todo el cambio.

Poco después de que él y Mina se casaran lograron escapar unos días a la playa, teniendo algo de dinero destinado luego de cambiar su gran departamento por la casa en la que actualmente vivían. Encontraron en su pequeña luna de miel el descanso necesario. Coordinar vacaciones del instituto y sus trabajos había sido complicado, pero lograron huir del mundo y olvidar todo lo que no fuera ellos dos.

El problema fue que sí lograron olvidarlo todo, y unas semanas más tarde escuchó de la voz de su esposa lo que más temía en la vida.

Yaten no supo cómo reaccionar, y solo pudo aferrarse al abrazo en el que Mina lo envolvió, apenas le contó que estaba embarazada. Ella debió estar también asustada, pero no lo dijo en ningún momento, sabiendo lo mucho que siempre a él le complicó lo que pudiera pasar si un hijo suyo perdía la vista.

Pero los meses pasaron, permitiéndole calmarse y así disfrutar de cómo iba creciendo el vientre de Mina, lo emocionante que fue sentir los movimientos fuertes cuando ya faltaba poco para el nacimiento.

Nunca fue más feliz en su vida, que cuando le dejaron cargar a su pequeño Gin recién nacido, acercándolo lleno de nervios a Mina, no encontrando las palabras para expresar la emoción en su pecho. No podía quizá verlo, o a ella, pero la sensación lo llenó, costándole imaginar cómo iba alguna vez agradecerle a ella por darle tanto.

Pero luego del nacimiento fue su turno de apoyarla, cuando la notaba nerviosa y torpe sobre lo que debía o no hacer. Él sabía que Mina tenía esa idiota idea de que no sería buena madre, y la regañaba bastante, haciéndola ver que todo marchaba bien. Sabía que era capaz de cuidar a su hijo, tanto como siempre le cuidó a él, y con el tiempo, la confianza de ambos sobre su capacidad de criarlo, fue aumentando. Era complicado, pero de alguna forma estaban a la altura de la situación y su niño crecía feliz, sin problemas.

Y el problema que más le preocupó a Yaten, sobre la probabilidad que desarrollara su degeneración a la vista, hasta ahora no mostraba señales. Él se recordaba constantemente su propia experiencia, queriendo estar alerta a la más mínima señal. Pero a cada riguroso control al que asistían, no encontraban nada había para preocuparse.

Sintió los brazos de Mina rodearle, besando su hombro mientras él terminaba de hacer el desayuno, devolviendo su cabeza a lo que debía hacer en ese instante.

—Gin está listo, es un maniático, como tu —mosqueó.

—¿Tienes algún problema con eso?

—Tengo problema con muchas cosas tuyas, Yaten Kou —comentó malhumorada. —Mi mayor problema es que me dejes a medias cuando intento mimarte —se quejó.

Él rió con ganas, divertido de las tonterías que Mina decía. Nunca cambiaría, no importaba que los años pasaran, que tuviera a su hijo revoloteando cerca, siempre saldría con alguna de sus ideas poco inocentes.

Volteó, abrazándola por un momento, si ya estaban atrasados, un poco más no sería diferencia.

—¿Y qué harás al respecto? —la retó.

—Si te lo digo, perdería la gracia.

Y él esperaría gustoso saber con qué saldría su esposa, pero a pesar del momento entre ellos, no pudo apartar de su cabeza otro asunto, de lo que constantemente su hijo hacía.

—Mina, ¿no crees que es raro que juegue así? No debería intentar ser como yo, es lo que menos deseo —expresó, haciéndole saber lo que le preocupaba.

—Es lo que yo más deseo —contradijo. —Yaten, él solo quiere comprender cómo funcionas, eres su ídolo, todo el tiempo está imitándote. Tú me enseñaste cómo funcionaban las cosas para ti por no poder ver, es justo que él también aprenda.

—Todo está bien, él no presenta problemas en sus ojos. Pero a veces temo que ocurra, no quiero que esté limitado, quiero lo mejor para él. Ustedes dos son todo para mí.

—Y ustedes dos lo son para mí —aseguró, besando suavemente sus labios. —Cuando sea más grande entenderá mejor, pero para él todo lo que tiene aquí es normal, no hay limitaciones. Tú no las tienes, lo que tienes es una familia que te ama.

—Lo sé —aceptó.

—No sé de donde sacas que estás limitado, porque puede que yo vea, pero nunca en la vida sabré cómo lo haces para cocinar —bromeó, queriendo aligerar la situación.

—Por eso te amo.

—¿Por qué no sé cocinar?

Deseó permanecer en casa así, abrazando a Mina, siendo bombardeado por las preguntas que Gin parecía nunca agotar, pero tendría que esperar.

Una vez estuvo todo listo, se apresuraron en salir, llevando a su hijo al kinder, antes de detenerse ellos en la escuela a la que irían, aunque ya no era sobre aprender.

Mina observó la foto enmarcada sobre el escritorio, donde aparecían ellos tres sonriendo, una tarde que llevaron a Gin a una feria. Y la alegría en aquella imagen le hizo sonreír también.

Apenas empezaba su día allí y estaba colmada de pendientes, deseando poder acabar con ellos pronto y saber cómo iba Yaten con los suyos.

Cuando ambos terminaron sus clases en el instituto, obteniendo al fin su sueño de estudiar música, sabían que ya no era tiempo de lanzarse a la vida y viajar por el mundo haciendo show, y tampoco era lo que querían.

El haberse dedicado a la música cuando ya sus vidas estaban establecidas y eran adultos, cambió los planes que seguramente habrían armado años atrás. Además, con su bebé siendo pequeño, no tenían el lujo de largarse a cualquier sitio.

Ambos decidieron hacer algo por los niños de la escuela de Lita, profundizando la cooperación que nació a partir de la tarde de talleres que alguna vez hicieron. Mina permaneció trabajando allí casi tiempo completo, conversando con gente que pudiera apoyarlos y financiarlos, convirtiendo de a poco el lugar. De a poco fue transformándose hasta dejar de ser solo una escuela donde cuidar niños ciegos, era donde ellos podían aprender a desarrollar sus talentos. Incluso se atrevió a enseñar canto.

Yaten era el que tenía la experiencia enseñando y guiando, por lo que dejó sus asuntos sobre no hacer clases, para dedicarse más con los niños. Además estaba más a cargo de las finanzas de la escuela, y justamente era donde andaba en ese instante, en una reunión importante para el futuro del lugar.

Lita siempre les agradeció su compromiso, apoyándola para hacer crecer lo que ella en algún momento soñó como un pequeño lugar donde refugiar e incentivar a los niños. Ahora era más que eso, y el trabajo duro de los tres rendía sus frutos.

Pero la escuela y los niños no era la única actividad de Mina.

Ella y Yaten eran cada cierto tiempo contratados para conciertos, generalmente íntimos y elegantes. De hecho, en el último tiempo, la demanda era mayor, creándose una buena fama en la ciudad y alrededores. Aunque se sentía más completa cuando en vez de sitios lujosos, su escenario era acogedor y lleno de gente que llegaba allí por el simple amor a escuchar música. Quizá la paga era menos, pero lo disfrutaba enormemente.

Dentro de su normal vida llena de movimiento, hubo algo nuevo, algo de lo que Yaten no tenía idea, aunque pronto se enteraría.

Hacía un par de días un productor le había hablado, y ahora ya tenía confirmada la fecha y hora en que deseaba reunirse con ella y su esposo para conversar sobre el proyecto de un disco, donde él tocaría y ella pondría su voz. La rubia estaba feliz, le pareció hermoso, y no podía esperar a contárselo a Yaten, pero quería que fuese especial.

Le llamó, informándole que tenía una sorpresa para él, solo por el gusto de mantenerlo expectante el resto del día, aunque ella misma no sabía si podría soportar lo lento que pasaban las horas.

Hizo su mejor esfuerzo por enfocarse, y continuar en lo que necesitaba su atención en ese momento, porque aunque el asunto del disco fuese importante, se venían actividades en la escuela que necesitaban de una buena preparación.

Suspiró resignada, levantando el teléfono para seguir jugando su papel encantadora con la gente fuera necesaria.

Estaba curioso sobre lo que Mina quería hablar con él, y aun faltaban algunas horas para poder verla en casa. Su rutina del día era más corta que la de ella, por lo que tuvo la tarde libre para ir a buscar a su hijo y pasear con él. Lo que era suficiente para entusiasmarlo y opacar su impaciencia sobre la sorpresa de Mina.

Gin saltó a sus brazos apenas lo vio, desequilibrándolo levemente, siendo tan enérgico y espontáneo como su madre cuando se trataba de expresarle su cariño. Yaten lo abrazó, intentando que se quedara quieto por un instante, pero parecía ser imposible.

—¿Quieres ir al parque? —preguntó.

—¿Puedo correr allá?

—Siempre que no te alejes mucho de mí —aceptó, poniéndolo de vuelta en el suelo para caminar hacia el auto.

Gin saludó a su chofer con cariño, acostumbrado al hombre mayor que siempre acompañaba a su padre cuando andaban en auto.

Yaten ya no contaba con él todo el tiempo, Mina solía conducir cuando era necesario y así dejaban al buen viejo descansar, habiendo tenido ya tanto tiempo de andar con él hacia todos lados. Sin embargo Yaten lo estimaba, por su paciencia, su calma y por estar siempre ahí cuando no tenía nadie más alrededor.

—¿Y mamá dónde está? —quiso saber.

—Trabajando, más tarde la veremos en casa —explicó.

—¿Cuándo irá tío Seiya? Prometió traerme un videojuego.

—Está algo ocupado con su bebé.

—Es demasiado pequeño, quiero que crezca pronto para jugar con él.

Yaten rió del parloteo de Gin, trayéndole siempre la alegría necesaria cuando estaba cansado.

Pensó en Seiya, preguntándose cómo estaba llevando el asunto de ser padre. Desde que él y Serena tuvieron a su hijo, no se visitaban tan seguido, pero por Mina sabía que de a poco se acomodaban.

Fue extraño, porque siempre pensó que sabría de lejos, y con cierta envidia, cómo su primo formaba una familia mientras él permanecía tras sus muros refugiado. Pero resultó todo tan diferente, que fue sorpresivo ser interrogado por Seiya, queriendo consejos sobre ser padre. Aunque quizá era necesario, porque si Mina era desastrosa, Serena era su firme competencia.

Bajaron del auto, caminando por la ruta conocida del parque, donde Yaten pretendía sentarse en una de sus bancas para escuchar a su hijo revolotear alrededor. Pero sintió su mano tirándole, desviando el camino.

—¿Dónde me llevas? —quiso saber, nunca del todo contento de que rompieran sus caminos memorizados, pero tanto Gin como Mina adoraban irritarlo de esa manera.

—Bajo el árbol. Dijiste que ibas a contarme de la navidad en que te regalaron el piano —le recordó, ansioso por una historia, sin detenerse en jalarlo hacia donde él quería.

—No me sentaré en el suelo, Gin.

—¡Papá! —se quejó.

Yaten suspiró resignado, siguiendo a su hijo hasta que se detuvo y debió sentarse a su lado. Intentando pensar en qué tanto podría contarle sobre un evento que, en hechos, fue simple.

—Seiya y yo siempre estábamos preguntando sobre música, nos gustaba mucho, entonces a él le regalaron una guitarra y a mí un piano. Luego practicábamos juntos —relató.

—¿Cómo cuando tocas en casa y mamá canta?

—Así, solo que nadie cantaba, era solo música.

—Es una historia muy corta —reclamó, —¿Me enseñarás otra canción cuando lleguemos a casa?

—De acuerdo, pero debes prometer que tendrás más cuidado cuando estés jugando, nos asustaste en la mañana.

No fue necesario que respondiera, él sabía que haría caso, siempre solía mantener ordenada su habitación, odiando cuando sus juguetes se encontraban fuera del lugar donde él elegía acomodarlos. Yaten sentía cierto orgullo de ese rasgo en el carácter de su hijo.

Gin le empujó, haciéndolo caer de espaldas al césped, acomodando su cabeza sobre el estómago de su padre. Miró hacia el cielo, notando a las aves que revoloteaban alrededor en medio de sus cantos.

—Son muy coloridas, ¿puedo contarte cómo son?

—Claro —aceptó.

—Entonces soy como tus ojos, son del mismo color, somos un equipo, papá—comentó entusiasmado.

—Eres mis ojos, Gin —murmuró, más para sí mismo.

Entonces comenzó la eterna charla sobre las aves coloridas, formas en las que volaban, los árboles florecientes, los amigos que estaba haciendo en el kínder, y cuanto tema vino a su mente prendida. Yaten aceptaba que su hijo era maniático en muchas cosas, tal como Mina le dijo por la mañana, pero era indudable que si algo sacó de su mamá, era que nunca podía callarlo.

Acarició su cabello, encantado de su energía, atesorando cada cosa que él decía.

Si pensó alguna vez que sería bueno no tener hijos, agradecía el descuido que les trajo a Gin, porque estaba perdido en la felicidad que les traía a diario.

Abrió torpemente la puerta, apenas pudiendo sostener las bolsas que cargaba. Planeó una cena romántica con Yaten, pero ya que era su idea y quería organizarlo todo, pero no resultaría cocinar, pasó a una tienda por algo apetitoso que compartir.

Apenas entró a su casa, dejó las bolsas a un lado, siendo distraída por la suave melodía de piano. Sonrió, acercándose hacia la fuente de la música.

Yaten tenía a Gin en sus piernas sentado, y estaba enseñándole a tocar la melodía que años atrás escuchó a su esposo interpretar, cuando supo lo talentoso que era.

No quiso interrumpir, permaneciendo quieta y perdida en la ternura que significó ver a su hijo tocando lo que ella de niña tanto amó. Una vez finalizaron la melodía, Mina aplaudió, acercándose a abrazarlos.

Moonlight sonata —murmuró.

—Supuse que te gustaría escucharla —saludó Yaten, besando su mejilla.

—Papá dijo que debía dejar de romper cosas y me enseñaría más canciones —interrumpió, saltando a los brazos de Mina. —Fuimos al parque, ¿Cuándo irás con nosotros? ¿Qué hay de cena? Ya pasó la hora de la cena y tengo hambre.

—Gin, calma —pidió, divertida de verlo tan animado.

—¿Te das cuenta ahora cuanto desespera cuando no te callas? —bromeó Yaten.

—Me doy cuenta que es lo que más amas de nosotros —le devolvió. —Gin, mientras más le cuentes a papá tus historias, él más feliz estará.

Yaten quiso contradecir, pero para su desgracia, ella tenía razón.

Comieron con su hijo, dejándole jugar un rato antes de irse a la cama. Yaten se ofreció para arreglar algo para la conversación que debían tener, aun no sabiendo de qué trataba, aunque comenzaba a asustarse.

Mientras Mina se llevó a su niño a la habitación, encontrándola libre del desastre de la mañana.

—Prometí que ordenaría, papá dijo que fuera cuidadoso con los vidrios, pero quedó bien —explicó orgulloso de su logro.

Entró a la cama, y ella junto a él, envolviéndolo entre sus brazos, gustándole tanto esa parte del día ya finalizando, para mimarlo y cantarle antes de dormir.

—¿Qué canción tienes hoy? —quiso saber, ya listo para su concierto privado de cada noche.

—Una vez, hace mucho tiempo, tu papá estaba enfermo y necesitaba descansar. Pidió que cantara, así que será esa misma canción para ti esta noche —explicó, viéndolo acomodarse y cerrar sus ojos.

Comenzó a entonarle la melodía que una vez fue dirigida a Yaten, aquella noche donde él no estaba bien de salud, y ella no estaba bien de la cabeza. Pero que había sido el inicio de lo que ahora tenían.

Era extraño a veces, cuando miraba a su hijo, ya creciendo, no siendo el bebé indefenso y frágil al que ella temía romper. Estaba orgullosa de lo que habían logrado, de su familia, de crecer juntos cuando creían que nada era posible para ellos.

Deseó intensamente que Yaten pudiera ver lo hermoso que era su niño, pero sabía que él lo sentía con cada fibra de su ser, y eso le calmaba, porque aun estando siempre preocupado de lo que pudiera ocurrir con la vista de Gin, Yaten no permitió que su propia falta de vista, le hiciera sentirse menos cerca de su hijo.

Detuvo su canto cuando lo notó dormido, besando su frente antes de salir con cuidado de la cama, dirigiéndose a buscar a Yaten.

Paseó por la casa, no encontrándolo en ningún sitio, hasta que notó la puerta del jardín abierta, y él recostado sobre una manta en el césped.

—Creí que odiabas ensuciarte —mosqueó, acomodándose a su lado.

—Ustedes son mala influencia para mi, solía ser ordenado y pulcro.

—Solías ser un ogro insoportable —agregó.

—¿Eso crees? Tú parecías soportarme muy bien.

Mina se enredó entre sus brazos, gustándole la comodidad de tenerlo cerca, aun el clima estaba amigable y podrían quedarse allí la noche entera, mientras miraba el cielo sabiendo que nada allí podría ser mejor que lo que tenía en tierra firme.

—¿Qué es lo que ibas a decirme? —preguntó Yaten, recordándole el motivo de su charla nocturna.

—Tenemos una reunión de negocios la próxima semana, quieren que grabemos un disco juntos —anunció, no dándole más vueltas al asunto.

Él permaneció en silencio, sorprendiéndose del ofrecimiento, pero también alegrándose, era excelente noticia.

—No lo esperaba, no somos precisamente la mejor inversión para el negocio —comentó. —Supongo que terminaremos en un rincón de la tienda, donde los viejos irán a comprar algo para quedarse dormidos.

—Quizá, pero será divertido hacerlo, ¿quieres?

—Claro que sí, tendremos algo hecho por ambos, será importante, da igual si le sirve o no al negocio —aceptó, no pudiendo esperar para hacerlo realidad.

—Ya tenemos algo hecho por ambos, Yaten. Bastante ruidoso como para que lo olvides.

Él sonrió, no olvidando a Gin, ni nada de lo que juntos habían hecho en todo el tiempo desde que se conocían.

No era que no le entusiasmara lo del disco, pero tampoco era el motor de su vida llegar a un cierto punto profesional. Tenía lo que quería, estaba siempre tocando en distintos sitios, sin sentir la presión y el estrés de estar inmerso en el comercio musical, porque tenían también otras responsabilidades que realizaban con gusto.

¿Cómo podía emocionarle algo más que lo que estaba bajo su techo?

Se alegraba y tenía muchas ganas de hacerlo, sabía que Mina compartía esa sensación, pero existía mucho más en su vida, en la intimidad de su hogar, donde encontraba cada pequeño rincón de sí mismo, cuando jugaba con Gin, cuando tenía a Mina así como en ese instante.

—¿Qué haces? —preguntó, saliendo de sus pensamientos, cuando la notó moverse demasiado.

Pero la pregunta estuvo demás, cuando Mina comenzó a colar sus manos bajo su camisa, desparramando besos por su rostro, supo que no iba a salir de ahí sin terminar lo que habían comenzando en la mañana. Y con gusto iba a terminar así el día, enseñándole a Mina que no era la única capaz de engatusar a su antojo, que tenía muchas ideas de cómo iban a compensar su mañana perdida.

Yaten siempre necesitó probarse a sí mismo que era capaz de hacerlo todo sin problemas, aun faltándole la vista. Pero tenía una familia ahora, y eso lo cambiaba todo. Era su firmeza, el cariño de Mina, la tenacidad de ambos y la luz que trajo a sus vidas el nacimiento de Gin, dejando atrás los tiempos donde cada quien estuvo solo sin estar completos jamás. Ahora sabía que era capaz de todo, que eran capaces de todo mientras estuvieran los tres juntos.

Fin


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Es extraño terminar una historia larga, creo que he hecho pocas.

Con esta me pasa que duró mientras pasé una época de muchos cambios en la vida, y creo que fui aprendiendo cosas que sin querer terminaba plasmando en esta historia, no sobre el amor necesariamente, en general de la vida. Por eso siempre la consideré más calma, sin tanto momento de alto impacto o de tragedias tremendas, porque me gustó pensar que podía parecerse más a la vida, a los errores, fracasos, esperanzas y esfuerzos.

Aunque en la vida no todo es con final feliz, al menos ellos lo tienen, porque estoy segura que si hacía un final con ellos separados, todo mundo me mata, de hecho me prometí a mi misma desde el inicio que esta historia tendría un final feliz.

Así que muchas gracias por acompañarme en todo lo que demoré en terminarla, sé que demoré a veces, pero no quería ponerme a escribir con los ánimos que traía, además que no tenía ganas. De hecho no sé si vuelva a aventurarme en otra historia por aquí, pero me agrada mirar esta y verla con cariño especial, más que otras largas. Tengo demasiados proyectos en la vida, que requieren de mi atención, ánimo e inspiración. Pero quién sabe, quizá de vez en cuando salga algo.

Abrazos!