Nota: A los que se hayan interesado en "Arggg que Pesadilla" les tengo buenas noticias: la terminé. Son 25 capítulos. Pero como soy maaaaaaalaaaaaa la continuaré subiendo a pedazos para puro hacerlos sufrir. ¡Gracias RBK16 y Leo Slyder!

Capítulo 21 El gran escape

El martes por la mañana Harry recibió una carta de Umbridge, que cayó en su plato de avena. A pesar de lo mojada que había quedado, pudo leer que la bruja estaba enojada porque no le había escrito al final de la primera semana, y porque había recibido una lechuza informándole de su infracción al reglamento. Le prometía además "consecuencias" si se volvía a repetir, y le informaba que si no recibía una carta a la semana se vería en la obligación de ir a verlo al colegio.

Harry dobló la carta, y la guardó en su libro de pociones (era el que estaba trayendo, ya que esa clase tenía en la mañana). El sobre ya no servía para nada, mojado y pegajoso como estaba, así que lo hizo bolita y lo tiró al papelero más cercano. Gruñó y se cruzó de brazos, habiendo perdido el apetito. Tendría que escribirle a Umbridge. Recordó también que no había vuelto a llenar el diario que la bruja le había regalado para su cumpleaños. Eso le traería problemas, si ella se lo pedía. Decidió escribirle esa misma tarde para dejarla tranquila y que no viniera. Y tendría que llenar las páginas del diario con algo, por si a la señora se le ocurría venir de todos modos. Al menos ahora tenía una buena excusa para ir a la pajarera apenas le ofrecieran la posibilidad, y le podría enviar también la carta a Snape.

Estaba pensando en esas cosas cuando la voz de un cuidador que estaba sentado frente a él lo devolvió a la tierra.

-Debes terminar tu desayuno, Potter –le recordó.

Harry lo miró con desagrado. ¡Que horrible que se metieran en su vida de ese modo! ¿Qué le importaba cuánto comiera? En ese momento su vista se cruzó con la de Mason, que estaba sentado en la mesa de profesores. De inmediato recordó que debía entregarle el castigo. Lo sacó de su mochila.

-Debo entregar esto al señor Mason. Permiso –le dijo al cuidador que estaba sentado frente a él, poniéndose de pie. Caminó hacia la mesa de profesores sintiendo muchos ojos en su espalda, pero los ignoró.

-Buenos Días señor Mason –le dijo poniendo el pergamino frente a su taza de café-. Le traje lo que me pidió ayer.

-Está bien, Potter –le respondió el brujo-. Que tengas un buen día y pórtate bien.

Harry asintió y se fue de vuelta a la mesa, donde se tuvo que terminar el desayuno para que el cuidador lo dejara ir en paz.

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La clase de pociones trajo a Harry la oportunidad para pensar en la carta que escribiría a Snape. Hermione le lanzó miradas de advertencia, al ver que no prestaba atención a la clase. Pero Slughorn no se percató de nada, e incluso le sonrió benevolentemente al creer que se encontraba tomando tantos apuntes.

Harry se preguntó durante bastante rato cómo dirigirse a Snape. Finalmente, decidió que no era eso lo más importante y encabezó la carta con un poco informativo "Estimado Señor". Supuso que Snape entendería, y no encontró ninguna alternativa que sonara mejor. Luego intentó redactar el favor que le quería pedir, en su cabeza, y no se pudo poner de acuerdo consigo mismo. Después de muchas vueltas, decidió que lo mejor que podía hacer era pedirle que lo fuera a ver, para explicárselo en persona. Tuvo miedo que, siendo Snape un prófugo de la ley, la carta pudiera ser interceptada, por lo que decidió ser lo menos específico posible. El resultado que obtuvo, cuando ya iba a terminar el primer módulo de la clase, fue el siguiente:

Estimado Señor,

Soy su amigo del verano. Necesito su ayuda. ¿Podría verme lo antes posible?

P.

Harry leyó el críptico resultado, y esperó que Hedwig diera con Snape y que el brujo comprendiera y volara a Hogwarts. La carta no podía ser menos informativa, en caso de que alguien la interceptara, por lo que Harry se consideró satisfecho y puso la carta en un sobre y la cerró bien con cinta adhesiva. La guardó junto a la carta que había recibido de Umbridge, y recordó que todavía le faltaba escribir esa, por lo que se puso manos a la obra de inmediato.

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Pasaron dos semanas más, deprimentes y monótonas. Todos los alumnos parecían haberse adaptado a la nueva rutina, y se les veía apagados y serios. El tercer domingo comenzaron los entrenamientos de quidditch para Gryffindor, y Harry vio con envidia a Ron y Ginny salir con el resto del equipo a entrenar, mientras él tenía que quedarse en la torre estudiando. No avanzaba mucho, la verdad. Desde que le había enviado la carta a Snape se había dedicado a observar cada mosca que había en su campo visual. Pero todas eran vulgares moscas, de vuelo y trayectoria erráticos. Se preguntó si Snape habría recibido su carta. Hedwig había vuelto tres días más tarde, sin una contestación. Y, como el ave no podía hablar, tampoco le pudo preguntar nada.

-¡Ya deja de mirar las moscas, Harry! –le dijo Hermione, sacándolo de sus pensamientos.

-¿Ah?

-¡Concéntrate! –bufó la chica.

-¡Hablen más bajo! –ordenó el cuidador más cercano.

-Si señor –le respondió Hermione, y continuó susurrándole a su amigo:- has estado demasiado distraído Harry. ¿Qué te pasa?

-Estoy deprimido, eso es todo –murmuró Harry-. No te preocupes.

-¿Te sientes enfermo? –preguntó Hermione preocupada-. Tal vez deberías ir a ver a la señora Pomfrey...

-¡No! ¡No estoy...! –Harry iba a decir "enfermo", pero de pronto tuvo una idea. ¿Qué tal si Snape no se la había acercado porque no tenía oportunidad? Mal que mal Harry, al igual que los otros alumnos, siempre estaba rodeado de gente. Tal vez si se enfermaba, podría obtener algún momento a solas en la enfermería. Decidió aprovechar la oportunidad, y en vez de continuar enojado, puso cara de cansado-. Tal vez tienes razón Hermione, y debo ir a ver a la enfermera -continuó-. La verdad, no me he sentido muy bien.

-Entonces habla con un cuidador, para que te den un pase para ir a la enfermería.

Harry se puso de pie. Salton Kendy era de los asignados a quedarse cuidando en la torre, por lo que se dirigió a él.

-¿Pasa algo Potter? –preguntó de inmediato.

-Si señor Kendy. Me siento mal. ¿Puedo ir a ver a la señora Pomfrey?

Kendy lo miró en forma evaluadora, y se metió en la oficina del cuidador en jefe tras pedirle que esperara. Volvió a los pocos segundos.

-Vamos Potter, yo te acompañaré.

Los pasillos estaban muy vacíos. Se cruzaron con Peeves, pero el poltergeist se limitó a sacarles la lengua. En la enfermería no había nadie, salvo la enfermera.

-¡Potter! –le dijo-. ¿Ya te accidentaste? ¡Yo pensaba que ya no estarías en el equipo!

-No estoy en el equipo, señora Pomfrey –contestó Harry-. Vine porque no me siento bien.

-¿Te duele algo querido? –Preguntó la señora, sacando su varita-. Ven, siéntate en esa cama para que te examine. Usted puede esperar afuera, ¿señor...?

-Kendy, señora Pomfrey. Salton Kendy –respondió el cuidador.- Y no me puedo retirar, tengo órdenes de permanecer con el alumno todo el tiempo.

-¿Insinúa que no me puedo hacer cargo yo, señor Kendy, durante el corto tiempo que examino a MI paciente? –preguntó la enfermera en tono cortante.

-Sólo cumplo órdenes, señora Pomfrey.

-¡Pues en la enfermería soy yo quien manda, y usted estorba! ¡Hágame el favor de salir por las buenas! –dijo la señora Pomfrey, varita en mano.

Kendy gruñó, y salió a regañadientes. Cuando estuvieron solos, la señora Pomfrey lanzó un hechizo hacia la puerta de la enfermería, y con aire satisfecho se volvió hacia Harry.

-Ahora estamos solos querido, y todo lo que me digas quedará entre nosotros. Dime qué te ocurre.

-Me... Me ha estado doliendo el estómago desde el miércoles, señora Pomfrey –inventó Harry-. No vine antes porque pensé que algo me había caído mal. Pero no se me ha quitado, y ahora además me siento muy cansado, y a veces me mareo.

Harry se sorprendió por todas las mentiras que se le ocurrieron. Esperó que el conjunto de síntomas preocupara o confundiera a la enfermera lo suficiente para que lo dejara pasar al menos una noche en el hospital.

-Pobrecito mío... Con esto que los obliguen a todos a comerse todo, no me extrañaría que la mitad comenzara a enfermarse. ¿Cómo no pueden entender que no todos los niños son iguales? Pero a mí nadie me quiere escuchar.

La enfermera comenzó a revisar a Harry, como tantas otras veces en las que Harry había estado en sus manos. Harry cruzó los dedos porque la enfermera encontrara algo mal en él, pero al cabo de unos minutos se guardó la varita, pensativa.

-Es extraño, Harry. No encontré nada malo en ti, salvo que estás bastante más gordo que en los años anteriores.

-Pero es que me ha dolido mucho el estómago -insistió Harry, temiendo que lo mandaran de vuelta a la torre de inmediato-. Y no quiero comenzar la semana mal. ¡Ya llevo varios días y no se me pasa!

-Está bien, querido. No te desesperes –le dijo la enfermera-. Encontraremos lo que te pasa, y mientras tanto es mejor que te quedes aquí, en observación. Lo siento.

-Está bien –respondió Harry con la mejor cara de apenado que pudo poner.

La enfermera se fue hacia la puerta, y tras quitar el hechizo informó a Kendy que Harry no volvería por ahora a la torre. Kendy dijo que se quedaría también con Harry, hasta que otro cuidador pudiera ser asignado, pero la enfermera se negó rotundamente alegando que en la enfermería Harry estaba seguro, bajo su propia supervisión. Discutieron un rato, hasta que Kendy se fue asegurando que hablaría con Mason y que él la haría entrar en razón.

Durante toda la discusión, Harry buscó con la vista alguna mosca. Pero no encontró ninguna. Y hay que decir que la enfermería estaba muy limpia en general.

El resto del día transcurrió aburrida y lentamente para Harry. En los cortos momentos en el que el ir y venir de la enfermera la llevaba a ausentarse de la sala, ninguna mosca aparecía. Harry comprendió que Snape no estaba en la enfermería. Había imaginado que tal vez el brujo se encontraba en Howgwarts, esperando el momento para poder comunicarse con él. Pero Harry se dio cuenta de que no era así. Probablemente Snape no había acudido a su llamado. ¿Para qué lo haría, en realidad? Probablemente Snape sólo lo había ido a acompañar durante su estadía en casa de Umbridge por miedo a que Harry abriera la boca. Pero, en Hogwarts, ese peligro no existía. En realidad, ¿qué le iban a importar a Snape los problemas que Harry tuviera?

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Después de una aburrida y deprimente tarde de domingo en la enfermería, Harry se encontró en una aburrida y deprimente madrugada de lunes mirando el techo de la enfermería. No conseguía quedarse dormido. Se encontraba totalmente desmotivado. No quería volver a clases ese día, ni al siguiente, ni después. Pero la señora Pomfrey tarde o temprano se daría cuenta de que no estaba enfermo, y lo obligaría a retomar sus actividades.

Harry se puso de pie, y se acercó a la ventana. No sonó ninguna clase de alarma. Estaba solo en la enfermería, y aparentemente tenía libertad para desplazarse dentro de ella. Corrió el riesgo, y fue al baño de la enfermería. Nada malo ocurrió, y Harry disfrutó la sensación de no estar vigilado por primera vez en semanas. ¿Podría aprovechar para irse? ¿Correría el riesgo de ser castigado nuevamente por intentar salir de noche? Decidió que sí. Estaba solo, por primera vez desde que comenzaran las clases, y tal vez no se volvería a presentar otra oportunidad como aquella.

Pero, ¿cómo podría salir del castillo sin ser descubierto? Probablemente habría algún sistema de seguridad en los pasillos y accesos, como la alarma que sonó cuando tocó la puerta del dormitorio, la vez que intentó visitar a Hagrid.

¿Estaría la puerta de le enfermería con alarma? Tomó uno de sus zapatos, y lo lanzó contra la puerta. Nada ocurrió. Se acercó y tocó la puerta con su mano, y nuevamente nada ocurrió. Sonrió. ¿Sería que de verdad estaba sin ninguna vigilancia?

Podría simplemente salir por el pasillo, y huir por la vía normal. Pero eso le pareció demasiado osado. Miró la ventana, y de pronto encontró la inspiración al ver a Hagrid alimentando a un hipogrifo, a la luz de un fogón, junto a su huerto de calabazas. ¿No había Sirius escapado con Buckbeak cuando estaba en tercero? A lo mejor, si conseguía llegar hasta la cabaña de Hagrid, podría pedirle su ayuda y hasta a lo mejor podría conseguirle una varita. La idea lo entusiasmó. Luego recordó los anillos y se le vino el ánimo al piso. Las únicas veces que les quitaban los anillos era en las clases de Encantamientos y Transformaciones. Además, aunque Hagrid por algún milagro le consiguiera una varita, de todos modos no le podría quitar los anillos. La magia de Hagrid con su paraguas rosado no era confiable, y Harry no quería encontrarse sin cuello. Y aunque todo saliera bien, era seguro que apenas detectaran que Harry había desparecido lo interrogarían, y Hagrid no era muy ducho guardando secretos... ¿Cómo hacerlo?

Harry se quedó un buen rato pensando en planes, pero eran sólo malas ideas. Tal vez podría robarle una varita a algún cuidador... Pero sería difícil. ¿Habría una varita en la sala de menesteres? Ahí había de todo, sería cosa de buscar. Aunque si encontraba una probablemente sería una varita con algún problema, porque la gente solía dejar cosas de las que se querían deshacer. ¿A lo mejor Dobby podría buscar por él? ¿O robar una varita para él? Como ya estaba amaneciendo, decidió esperar a la noche para llamar al elfo. Y una vez fuera de Hogwarts, ya se las arreglaría de alguna manera para sacarse los malditos anillos.

Y, pensando en diferentes planes, finalmente se quedó dormido.

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Harry no tuvo oportunidades de hacer nada el lunes, ya que la enfermera sólo se ausentaba por cortos periodos y nunca sabía si la bruja estaba por volver. Decidió esperar a la noche, sin dormirse esta vez.

Llegada la tarde, le costó mucho trabajo convencer a la señora Pomfrey de que todavía le dolía el estómago. La enfermera estaba siendo presionada para que mandara a Potter de vuelta a la torre, luego de que faltara a clases todo el lunes. Finalmente tuvo que ceder, y en una reunión con McGonagall y Mason decidieron que si Harry seguía con malestares el martes lo mandarían a San Mungo.

Harry consideró por un momento la posibilidad de aprovechar la ida a San Mungo para escapar, pero luego descartó la idea. Seguro que lo llevarían muy vigilado, y aparecería Umbridge, y cuando descubrieran que no tenía nada estaría en problemas y conseguiría ponerlos a todos a la defensiva. No... Si quería escapar era mejor actuar por su cuenta, y pedirle ayuda a Dobby.

Cuando la enfermera hubo apagado la luz, Harry esperó un rato haciéndose el dormido. Y, cuando estuvo seguro de que no volvería, llamó en voz muy baja al elfo.

-Dobby...

No pasaron ni dos segundos y el elfo apareció junto a su cama.

-¡Harry Potter se acordó de Dobby! –saludó el elfo con un chillido emocionado.

-Hola Dobby, habla más bajo por favor –lo urgió Harry.

-Claro, todo lo que Harry Potter quiera –respondió el elfo en un susurro-. ¿Qué puede Dobby hacer por Harry Potter?

-Dobby, te necesito para algo muy importante. Necesito que me ayudes a escapar...

-¡Dobby no puede hacer eso! –Chilló Dobby en voz muy baja negando vigorosamente con la cabeza-. Los elfos no podemos ayudar a los alumnos a escapar. Pero si Harry Potter tiene hambre, Dobby le puede traer...

-¡No quiero comida! –Gruñó Harry-. Esto es importante Dobby. Tengo que seguir haciendo algo que el profesor Dumbledore me encargó antes de morir.

Al escuchar esto el elfo abrió grandes sus ojos y miró al chico con adoración. Satisfecho, Harry continuó.

-¿Sabes si alguien nos está escuchando o viendo en este momento? –preguntó de pronto preocupado.

-No señor Harry Potter –respondió el elfo de inmediato-. Los elfos estamos enterados de todas las medidas de seguridad, debido a que tenemos la obligación de movernos sin ser detectados.

-Excelente –respondió Harry, felicitándose por haber pensado en llamar a Dobby-. Verás, es imperativo que salga a cumplir con la misión que Dumbledore me encomendó. Pero para eso necesito una varita, y que me ayudes a salir de aquí...

-¡Dobby ya le dijo que ningún elfo puede ayudar a un alumno a Salir! –insistió el elfo, e hizo ademán de ir a azotar su cabeza contra el muro.

Harry saltó de su cama y atrapó a Dobby antes de que pudiera hacerse daño. El elfo se calmó, luego de algunos segundos.

-Está bien, Dobby –lo tranquilizó Harry. Luego, recordando que en su cuarto año le había conseguido las branquialgas agregó-: ¿Pero es posible que consigas algunas cosas para mí esta noche?

El elfo lo miró asustado, pero Harry consideró que era un buen signo que no hubiera comenzado a golpearse la cabeza ni a chillar, por lo que siguió explicándole.

-Necesito una varita para empezar –continuó Harry-. ¿Sabes si Slughorn tiene poción multijugo entre sus cosas?

-Sí –respondió el elfo-. Nosotros los elfos sacudimos el polvo de todos los frascos de su despacho, tres veces por semana.

-Entonces también necesitaré que me traigas un frasco de poción multijugo –explicó Harry, luego se quedó pensando a quién podría personificar, y decidió que lo mejor era no involucrar a nadie de sus amigos por lo que continuó-: Y también necesitaré que me traigas un pelo del señor Mason, y un cambio de ropa de él también.

-E... E... Está bien –aceptó el elfo visiblemente nervioso.

Harry pensó que a lo mejor Hedwig podría descubrir sola que su dueño había dejado el castillo, y atinaría a seguirlo. Pero prefería no correr riesgos. Por lo que al ver que Dobby estaba cooperando se animó a agregar:

-También sería muy útil que me trajeras a Hedwig.

-Dobby traerá a Harry Potter lo que le pide –le aseguró el elfo, resignado.

Harry pensó finalmente en sus cosas, que estaban en la torre, pero no quería correr el riesgo de que atraparan a Dobby, por lo que decidió resignarse a dejarlas ahí. Lamentó estar en pijama, por lo que se decidió a pedirle una última cosa.

-Está bien Dobby, quiero que me traigas lo que te pedí. Además, ¿me puedes traer mi ropa que está en la lavandería? Con un cambió basta.

-Si, Dobby también puede traerle a Harry Potter su ropa de la lavandería.

-Entonces ve. Y Dobby... –agregó con algo de emoción-: Gracias. No tienes idea cuánto me estás ayudando con esto.

Al elfo se le llenaron los ojos de lágrimas, y saltó sobre Harry y le dio un abrazo antes de desaparecer.

Harry se quedó esperando, nervioso. Esperaba que personificando a Mason y con una varita en la mano pudiera salir sin problema del castillo. Y esperaba que el hipogrifo lo dejara acercarse.

Al cabo de un rato, el elfo volvió a aparecer. Traía todo, menos la lechuza.

-Gracias Dobby –agradeció Harry-. ¿Y Hedwig?

-Dobby pensó que Harry Potter necesitaría sus dos manos libres si quería escapar –explicó el elfo-. Dobby le dijo a la lechuza de Harry Potter que su amo dejaría el castillo y que debía seguirlo, a pesar de que no se vería como Harry Potter.

-Gracias Dobby. Bien pensado –lo felicitó Harry. El elfo sonrió de oreja a oreja, radiante.

-¿Puede Dobby ayudar a Harry Potter más?

Harry pensó unos instantes. Pensó en Hermione, Ron y Ginny. ¿Debería dejarles información sobre lo que pensaba hacer? Decidió que mejor era que no supieran nada, ya que probablemente serían interrogados. Y si usaban veritaserum o legeremancia no tendrían cómo defenderse. Iba a responderle al elfo que no, cuando tuvo una idea.

-Sí... ¿Puedes ver si hay personas en el camino a la puerta, y avisarme si no hay nadie, ni Peeves, ni fantasmas?

-Dobby irá de inmediato –respondió el elfo, y desapareció.

Harry aprovechó para ponerse la ropa de Mason. Hizo un bulto con la de él y se la guardó debajo de la túnica. Decidió esperar a que Dobby regresara antes de tomarse la poción. Tomó la varita, y se preguntó de quién sería. Al cabo de unos minutos, el elfo estaba de vuelta.

-No hay nadie, y Peeves está en la sala de los trofeos discutiendo con el señor Filch –informó Dobby.

-Está bien, gracias Dobby –respondió Harry y tomando la varita que el elfo le había traído preguntó-: ¿De quién es esta varita?

-Dobby no lo sabe –respondió el elfo negando con la cabeza-. Dobby tomó una de las varitas que el señor Mason guarda en su despacho. ¿Quiere Harry Potter que Dobby vuelva al despacho del señor Mason a averiguar de quién es la varita?

-No, Dobby, no es necesario. Lo has hecho muy bien. Muchas, muchísimas gracias...

-¡Que tenga mucha suerte, Harry Potter! –Respondió el elfo, y desapareció.

Harry puso el pelo de Mason en la poción (asumió con asco que probablemente era un bigote), y esta se volvió de un color plomo oscuro. Intentando no vomitar se la tomó de un trago, y sintió como empezaba a transformarse. Los anillos de contención le apretaban un poco, dado que Mason era más gordo que él. Fue rápido al baño de la enfermería para revisar si la transformación estaba bien y satisfecho, varita en mano, salió de la enfermería.

No encontró a nadie camino a la puerta principal, pero esta se encontraba cerrada. Tragó saliva, e intentó el hechizo Alohomora a pesar de tener los anillos de contención. No funcionó. Temiendo que alguien llegara en cualquier momento decidió jugársela, y apuntando a uno de los anillos de sus tobillos susurró Envanezco. Sintió que todos sus anillos se calentaban mucho, pero para su alivio funcionó. Tuvo que contener el grito de júbilo al ver que el anillo del tobillo había desaparecido, y pronto acabó con los otros cuatro. Una vez libre, la puerta sí se abrió con un simple Alohomora.

Salió al aire libre, y se sintió bien a pesar de lo nervioso que estaba. Se fue rápidamente hacia la cabaña de Hagrid, y esperó que ni Fang ni el hipogrifo hicieran escándalo. Por si acaso, al acercarse, apuntó la cabaña de Hagrid y susurró Mufliato. Así ni Hagrid ni Fango escucharían cuando se acercara.

Harry encontró al hipogrifo durmiendo junto al huerto de las calabazas. Al oírlo, el animal lo miró fijo y algo amenazante se puso de pie.

Harry se inclinó con respeto, y esperó por lo que le parecieron muchos minutos. Esperaba que el animal no le tuviera algún odio particular a Mason. Finalmente, el hipogrifo también se inclinó, y Harry se acercó aliviado.

El hipogrifo permitió que lo montara. Harry le echó una última mirada al castillo. No veía a Hedwig. Finalmente, esperando que su lechuza lo siguiera, emprendió el vuelo.