Sesshoumaru llevaba un buen rato encerrado en el estudio y era obvio el hecho de que no quería hablar con nadie. Su humor se tornó terrible desde el incidente y la confrontación con el responsable —su mirada era retadora, su boca apretada, su comunicación se limitó a gruñidos molestos—. Y lo único que hizo fue empeorar cuando Kagura les avisó que su tarea había concluido y era hora de que se cumpliera lo pactado. «No volverás a saber de mí. Será como si nunca nos hubiéramos conocido», las palabras que se dijeron fácilmente aquella noche no lo parecieron tanto.

La sonrisa extraña no apareció, sin embargo. Los pensamientos verdaderos terminaron por no ser dichos, ocultos por un desagrado y un sentimiento de alivio, ambos falsos… al menos a los ojos de Rin. Ella sólo observó en una esquina, permitiendo que la separación se llevara a cabo de la forma que estos prefirieran. Después de todo, era algo que sólo les concernía a los dos.

—No vuelvas a meterme en tus problemas —Kagura pidió con los ojos rojizos y serenos, pero con un músculo que jalaba extrañamente la comisura de su boca, sin llegar a formar un gesto verdaderamente definido.

Sesshoumaru movió ligeramente la cabeza. Entonces, ese asentimiento fue tomado como el punto de conclusión; por lo que la mujer comenzó a caminar en dirección opuesta. Y aún avanzando, le dirigió unas últimas palabras a Rin.

—Adiós, niña loca. Valora más tu vida.

La chica se sintió atontada por un momento, aunque reaccionó lo suficientemente rápido como para responderle, un tanto en gritos debido a la distancia que aumentaba: —¡Igual tú! ¡Cuídate! ¡Deja de fumar o enfermarás! —cuando ésta mencionó su vicio, Kagura soltó una breve carcajada—. Y gracias.

Esta vez no hubo respuesta. La mujer comenzó a desaparecer entre la calle blanquecina y poco poblada, como si siempre se hubiera tratado de un fantasma y no una persona sólida. Pero no era así, porque había dejado un vacío.

Rin no quería molestar a Sesshoumaru en ese momento complicado. No obstante, ella no tenía opción. Después de todo, ella también contaba con la noción del tiempo. Así que entró y al abrir la puerta se encontró con una habitación oscura y al hombre alto viendo por la ventana, la única fuente de luz.

—Sesshoumaru-sama —la chica interrumpió su contemplación al exterior, trayéndole al mundo real—, ¿puedo hablar con usted?

El hombre volteó a verle lentamente, con su rostro pálido contorneado por sombras muy fuertes, enfatizando pómulos, nariz y rasgos atractivos.

—Sí —contestó, sonando casi como siempre, sólo un tanto falto de seguridad. Estaba como distraído—. ¿Qué pasa?

El estado de Sesshoumaru y sus opacos ojos dorados provocaron que la poca seguridad con la que contaba Rin se esfumara. Asintió nerviosa y su modo de sonreír y moverse lo dejó muy claro.

—Bueno, no es algo que pase. Es decir, no se trata de que algo esté mal —también sus palabras le estaban fallando, grabándose en algunas y con los pensamientos alborotados.

—¿Entonces? —él continúo y ella bajó la vista, viendo hacia la punta de sus pies.

—Ah, pues…

Su pobre intento de decirlo fue interrumpido por Jaken, el cual —casi como si imitara a la Rin de hacía unos minutos— entró sin dar aviso. Su vista se mantenía en unos papeles, por lo que pasó por alto su presencia y se dirigió sólo a su jefe.

—Sesshoumaru-sama, el tipo ha desaparecido. No es nada estúpido, lastimosamente —Sesshoumaru soltó un resoplido que dio a entender cuán fastidiado continuaba. Y sólo después de terminar su desalentador y previsto informe, reparó en Rin—. Oh, no sabía que estabas aquí. Recuerda que mañana a primera hora regresamos a Tokio. No te quedes dormida.

Eso último lo dijo casi en broma, sus ojos brillantes y maliciosos lo revelaron. Ahora estaba tan cómodo con ella que podía ignorar un poco el enojo de Sesshoumaru e incluso bromear.

—No lo haré —soltó casi mecánicamente, sin ser capaz de saber por qué.

—Eso es lo que dices, pero siempre ocurre algo contigo al final.

—Pero… —Rin no contó siquiera con la oportunidad para defenderse porque el hombre comenzó a recitar una lista de descuidos y errores que ella había cometido desde que se unió a ellos. Seguía sin ser serio, pero para ella cada cosa le sonaba a acusación. Un recuerdo de sus errores.

Por más pequeños que parecieran, aunque no lo hubiera hecho a propósito, no quería oírlos. Sólo deseaba recuerdos agradables y, un así…

Rin no dejó que Jaken continuara, pues finalmente dijo lo que planeaba, su razón de entrar y molestar: —Es que, no voy a ir con ustedes.

Jaken abrió los ojos violentamente, incrédulo. Llegó a pensar por un instante que eso debía tratarse de una broma, mas le quedó claro que no lo era al ver su rostro desprovisto de su típica diversión casi infantil.

—¿Pero por qué? —la desilusión bañó su voz, la voz de quien una vez pareció despreciarle.

—Yo siento que he estado mucho tiempo con ustedes, no puedo seguir siendo una molestia —hundió los hombros, lamentándolo de alguna forma. Sus manos, que se encontraban dentro de los bolsillos de su cálida sudadera, entrelazaron sus dedos fuertemente—. Me divertí mucho, gracias. No los olvidaré.

—¡Rin! —el hombre mayor le gritó cuando ella cerró la puerta rápidamente y fue directo hacia su habitación.

Les había dado su sonrisa brillante de siempre como una forma de verdadero agradecimiento y tomaba esa decisión por el mismo motivo. Por más que quisiera sentirse como tal, ya no era una niña que podía hacer lo que quisiera, pedir algo como «quedarse» cuando seguramente su destino sería el convertirse en una carga. Tampoco sabía qué tanto le estimaban como para soportar eso.

En otro tiempo, a otra edad, hubiera actuado de diferente forma. Ahora ya era una mujer, alguien que maduró.

Jamás pensó en ponerle el seguro a la puerta, así que cuando Sesshoumaru entró no le extrañó verle hacerlo. Este era su apartamento. Podía hacer lo que quisiera en él.

Cuando Rin mencionó su plan en el estudio no se molestó en verle, y quería hacer lo mismo en esta ocasión. Sin embargo, él no se lo permitió. En la entrada, Sesshoumaru pareció quejarse.

—¿A qué te refieres con divertirte?

Rin se dio cuenta de que su frase bien podía ser malinterpretada. Ellos habían tenido «algo», un asunto no definido por ambos y de común acuerdo. Aún así, a pesar de lo dicho aquella noche, ella no quería verle sólo como un desahogo sexual. Y, sorprendente, él tampoco lo consideraba así.

Quiso decir tantas cosas que aún ni siquiera ella podía ponerles nombre. Estaban ahí y brotaron tan rápido que casi se sentía irreal. ¿Realmente se podía?

El ritmo de su corazón fue en crescendo y su mente le reprendía en voz alta al recordarle que ella misma se prometió no albergar esperanzas que, al final, terminaran por herirle más.

—¿Te tienes que ir?

No había forma de contenerlo. Lo quería, deseaba con todas sus fuerzas el ir a donde él fuera, pero sólo si él lo deseaba también.

Rin volvió a pedir más de lo que se podía: —No si me lo dices —susurró y Sesshoumaru dio un pequeño salto.

Le estaba obligando a hacer a un lado su personalidad habitual para ir en pos de su anhelo más grande: el saber que después de mucho tiempo volvía a tener un lugar al que pertenecer, puede que hasta una familia. Pero era porque lo necesitaba. Si finalmente no podía, sabría que el irse estaba bien. No quería obligar nadie.

Al final, no recurrió totalmente a las palabras. Él se acercó con paso lento y le tomó de la barbilla, sus largos dedos acariciaron su mejilla, tomándose su tiempo. Rin casi se sintió llorar al percatarse del calor y gentileza que tenía dentro de él ese hombre mayor que ella.

—Haz lo que en verdad quieres —susurró, repitiendo una variante de esa frase que se había convertido en el cimiento de su relación—. No te reprimas ni limites —los ojos dorados nuevamente estaban vivos y puede que de igual forma arrogantes, porque tenían el aspecto de conocer sus sentimientos, todo aquello que ocultaba—. Porque es lo que yo también quiero.


CAPÍTULO XX:
Lo que realmente quieres

"Sólo hay una cosa que puedo ofrecerte
Y esa es esta canción que habla de amor"
Angela Aki, AI NO UTA


El aeropuerto fue, de alguna forma, el que vio iniciar las cosas. Sería muy adecuado el que terminara en ese mismo lugar.

Miroku había ido sin una idea muy clara de lo que diría, sólo de lo que debía hacer. Llegó y esperó, en una esquina donde sería difícil percatarse de que estaba ahí —porque él nunca fue oficialmente invitado—. El vendaje en su mano le picaba, pero no debía quitárselo. Solamente habían pasado dos días desde que se hirió por lo que sería imprudente deshacerse de él, muy a su pesar. Y aún existían puntadas que necesitaban cerrar.

La familia entró junta y su estómago dolió, casi tanto como su mano. El padre y dos hijos charlaban entre ellos, mientras que la hija restante se mantenía callada, siendo la que avanzaba hasta atrás. El padre vio su reloj y fue a donde pudieran darle información sobre el vuelo, el más pequeño le acompañó. Después una hija, desagradándole el estar a solas junto a ella, se alejó con la excusa de ir por algo de beber.

Aprovechando el que le vio sola, Miroku se dejó ver lo suficiente para que ella le notara —su presencia fue recibida con una mirada cansada e inesperada—. Con un gesto le pidió que se acercara, lo cual cumplió después de soltar una especie de suspiro, arrastrando su maleta.

Koyuki usó el sarcasmo, algo no muy característico de ella: —Qué detalle el tuyo de venir a despedirme.

—Tenía que hacerlo —ignoró el desagrado que seguramente sentía por él, incluso el muy probable odio. Miroku no vino para recibir frases bonitas ni tratar de reparar lo roto, sino para hacer lo que debía—. Debo disculparme apropiadamente.

—¿De qué te vas a disculpar, si se puede saber?

Los ojos negros brillaban con enojo, sus labios eran una línea dura. No se dejaría convencer. No se lo pondría para nada fácil. Koyuki mostró que también tenía su lado orgulloso. Pero al menos escuchaba.

—Tengo una enorme lista, ¿verdad? —un tanto patético, curvó los labios momentáneamente. Después se puso lo más serio que pudo, deseando no equivocarse nuevamente, acertar en dar su mensaje de la manera más adecuada—. Primero, me disculpo por haber actuado como lo hice. Me mostré como un patán contigo cuando tú eres quien menos se lo merece.

—Yo diría un completo estúpido.

—No soy tan listo como creen.

La sonrisa que ella dio, aunque fuera amarga, logró animarle un poco. Al menos le hizo sentir que estaba en el camino correcto.

—Quiero preguntarte algo —Koyuki dijo, y el asintió. Cualquier cosa que ella quisiera hablar sería escuchada—. ¿De qué forma me querías? —la sinceridad le impactó por un momento—. Cuando estábamos juntos, cuando nos besábamos o hasta nos acostábamos, ¿por qué lo hacías? ¿Era porque eso se esperaba que hiciera una pareja?

Inseguridad y miedo. Le miraba a los ojos, aun así se notaba que eso era lo que sentía. Haber vivido, después de todo, en un engaño donde él la usaba para ayudar a su familia diminuta, para continuar con los sueños abandonados de su padre.

Miroku se sorprendió, no por la presencia de la debilidad de la que una vez fue su prometida, sino de que ella pudiera llegar a pensar eso. Tal vez las cosas encajaban y fue verdad que aceptó el asunto de la boda cuando se le presentó. Sin embargo, no fue por eso.

Fue porque estaba bien si era ella.

—No digas «querías» porque yo te quiero —trató de corregirle, de hacerle ver que estaba equivocada—. Te amo.

—Para ya con eso —Koyuki tenía la clara intención de irse, así que él le tomó del brazo. Ella se soltó rápidamente, aún así deteniéndose. Le dio la espalda, por lo que Miroku cambió de posición hasta tenerle de nuevo de frente.

No le importaba que la gente se le quedará viendo.

—Es verdad —insistió. No la dejaría ir hasta que le quedara claro—. Desde que lo recuerdo, siempre estuviste ahí, soportándome y hasta llevándome la corriente a pesar de todo, de los problemas que podría causarte. Crecimos juntos y gran parte de lo que soy es debido a ti. Y todas las cosas que hicimos, o si empezamos a salir no fue debido a que me sentía obligado. Era porque quería —la persona con la que corría lado a lado le sonó tan indicada—. Porque eras mi amiga, la persona que me daba tranquilidad y confianza.

Niños pequeños y con heridas. Adolescentes confundidos y que deseaban amor. Jóvenes adultos con demasiadas expectativas encima. Todo ese tiempo, ella era su isla de paz. El lugar a donde acudía cuando necesitaba un punto de vista maduro y sincero, contándole esas cosas que no podía hablar con sus otros amigos.

Estuvo mal pensar que, a pesar de todo, podría pedirle que estuviera con él. Se equivocó al atarla, y lo sentía mucho.

Koyuki mantuvo cerrados los ojos y Miroku reprimió sus ganas de tocarle para buscar que se sintiera mejor. Cuando volvió a verle, su mirada había cambiado: se fue la ira hacia él, como también su fe.

—Entiendo —expresó con un hilo de voz—. No quisiera, pero lo hago.

—Perdón. Siento mucho todo lo que pasó —no sabía cómo enmendar lo hecho, así que sólo podía hablar. Aun cuando las palabras no ayudaran mucho.

—Sentirlo es como decir que te arrepientes —de repente casi pareció bromear, aunque doliera—. ¿Qué diría Sango si te escuchara?

Había tratado de no prestarle atención, de ignorar su figura cuando entró junto a Koyuki. Aun así, la simple mencionó de su nombre le otorgó un fuerte escalofrío.

—No sé —contestó—. No he hablado con ella.

Koyuki sabía leerlo muy bien y la respuesta que él le dio fue suficiente para imaginarse el destino de su relación ilícita. Ella arrugó la nariz.

—Onne-san —Kohaku apareció, llamándole—. Tu vuelo está por partir.

—Enseguida voy.

El muchacho esperó unos segundos, suponiendo seguramente que ella iría con él. Entonces, al notar que no era así, tuvo que adelantarse. Miroku se dio cuenta de que Kohaku le observó, casi analizándolo.

—¿Qué vas a hacer? —Koyuki interrumpió su pensamiento sobre nuestras de desconfianza.

—Ya lo hice: no volveré a ser una molestia.

Eso pareció enojarla de nuevo.

Un anuncio que se escuchó en todo el área hizo que Koyuki se aferrara nuevamente a la maleta. Tenía que regresar y, seguramente, avanzar. Ella sabría hacerlo porque conocía sus capacidades.

—Adiós, Miroku —ella se devolvió para despedirse.

—Adiós, Koyuki —liberó en un suspiro. Después la vio partir entre la gente, haciéndose cada vez más pequeña y desapareciendo de su alcance.

Los niños que en el pasado corrieron juntos, se separaron.

La gente que salía de las aulas e ingresaba al pasillo lo hacía con un suspiro profundo, todos similares aunque la intención les diferenciaba del resto. Alivio, nervios, pena o satisfacción. Por su parte, Sango no le prestó mucha atención al suyo. Tampoco recordaba si hizo lo mismo que el resto de estudiantes que presentaron el examen de admisión.

Recargada en una pared, ella esperaba a su amiga quien seguía sin aparecer. Ambas fueron separadas y llevadas a salones diferentes, mas ellas ya había previsto una situación así. El punto de encuentro sería ese sitio, cerca de un aula donde los profesores daban información a los necesitados sobre la localización de los servicios o las fechas de publicación de resultados, sobre actividades extracurriculares y clubes.

Sola y en silencio, Sango fue incapaz de hacer a un lado el pensamiento, así como lo hizo en todo el examen —mantener su mente ocupada le ayudaba a ello—. Quería huir de él porque era el pasado y vivirlo una vez le resultó suficiente.

Reunidos en la casa Kuwashima, su padre, Mushin y ellos dos. Los hombres seguramente creyeron que su conversación giraría en torno al compromiso que se había prometido y no sería cumplido —al menos no de la forma esperada—. Y se podría decir que estuvieron en lo cierto, sólo que en una pequeña fracción.

—No es necesario recurrir a algún tipo de compromiso —Sango mencionó, negando de esa forma la propuesta implícita—. Ambas familias somos lo suficientemente unidas como para no recurrir a ello.

Los adultos estuvieron de acuerdo y cada uno les dio a entender que no estaban obligados a nada, de la misma forma que apreciaron su honestidad. Entre ellos se pactó que no existiría resentimiento alguno y que seguirían trabajando juntos como ya se había hecho por mucho tiempo.

Fue al término de sus pactos y alianzas que Sango preparó el terreno. Porque era hora de confesarse.

—No lo merecemos después de lo que hicimos.

—¿A qué se refieren? —su padre le observó con confusión, él quien no podría imaginar a su hija haciendo algo inapropiado.

Sango recordó que en ese momento ella había pensado cuán cegado estaba su padre.

—Somos la causa de que Koyuki onne-san no nos hable y mantenga distancia. De que eligiera continuar estudiando en el extranjero.

Porque después de que ella le avisara a su padre por medio de un mensaje que había llegado, nada más se supo de ella, además de su decisión de quedarse ahí cursando el resto de su carrera. Y de eso ya pasaba casi un mes.

—Es debido al tiempo y las responsabilidades, no a peleas que son comunes entre hermanas o amigos.

Sango se sintió al punto de la desesperación. Le estaba costando tanto el decirlo y se tornaba imposible a causa de ese amor infinito que se llevaba en la sangre.

—Padre, escúchame bien, por favor —intentó otra vez, después de respirar profundamente y llenar de oxígeno su cuerpo tembloroso—. Nos sentimos culpables porque realmente lo somos —Miroku se situó lentamente a su lado, manteniendo una distancia prudente. Sango ya no tenía mucho que perder—. Porque mientras ella no estuvo, Miroku y yo salimos en secreto. Fuimos amantes.

El rostro serio de su padre se descompuso.

—Es verdad —Miroku tomó la palabra antes que el hombre les preguntara si se trataba de una mala broma. No les creía—. A pesar del compromiso, ignoré todo a causa de mis sentimientos y le propuse a Sango hacerlo.

—Yo no fui obligada a nada. Lo hice porque lo quería —ella expresó, al ver cómo se le comenzaba a retratar como una especie de víctima, lo cual no era—. Te hemos traicionado.

Tantos sentimientos pasaron en el rostro de su padre, dejándole agotado. Molestia, engaño, tristeza.

—¿Por qué lo dicen ahora? —Kuwashima había comenzado a dar vueltas por la sala, casi como si hubiera perdido la razón. Su mano deshizo el nudo de su corbata en acto reflejo, incómodo.

—Porque necesitábamos decirlo. No podríamos vivir con ello —Sango contestó, observando la letanía desde su lugar. Eso fue lo que ambos construyeron con sus propias manos. Apartar la vista sería imperdonable, como una madre que no reconoce a sus hijos.

Debían hacer aceptar lo hecho, junto con sus consecuencias.

—Koyuki… aún así… —él balbuceó. Acto seguido, sin ser previsto, tomó rápidamente a Sango de los hombros, agitándola y gritando—. ¿Por qué no pensaron en ella?

—¡Porque fuimos malas personas! —respondió de la misma forma que su padre. La mirada oscura y acusadora llamó a las lágrimas. Torpe, tonta, débil—. Malas y egoístas. Eso pasa cuando te enamoras.

La ira le nubló la cabeza al hombre y puede que se hubiera atrevido a hacer alguna otra cosa. Nadie lo supo, pues Miroku lo separó de Sango.

Él los vio: a su hija detrás, protegiéndose de él. El chico que vio crecer. La niña que él educó solo.

Mushin intervino, tratando de evitar que las cosas se pusieran peores.

—Kuwashima, cálmate —una mano en el hombro y la voz firme—. No tienes por qué ponerte así —fue una frase normal, pero que escondía otro significado. Mushin pretendía decir que él no podía acusarles, no si se tenía en cuenta sus dos matrimonios. Esas esposas que una vez fueron hermanas.

Aunque las situaciones fueran distintas, no era diferente a Miroku.

Al ver que le era imposible acusar sin ser de varias formas injusto, se rindió. Se notaba qué tan decepcionado se sentía de ellos y de él mismo.

—Déjenme solo, por favor.

Los tres obedecieron su orden y salieron del lugar en silencio, con el sentimiento de una atmósfera aumentada.

Mushin cerró la puerta y, ya en el pasillo, dio su opinión: —Han provocado todo un drama.

—Lo sabemos —como respuesta, Miroku le regaló un rostro molesto—. No necesitamos que nos lo digas.

Mushin se confundió al verlos separados después de agradecer la presencia del otro, haciendo lo que debieron realizar antes.

Podía ser para siempre, o sólo durar un momento. Ese fue el riesgo que se atrevieron a tomar.

Sango sacudió la cabeza, la cual comenzaba a sentirse un tanto adolorida. No era momento de eso —de sus característicos juicios hacia ella misma—. Además, vio a Kagome acercándose a gran velocidad.

—¿Qué tal te fue? —le preguntó cuando la tuvo en frente, después de que una profesora le llamara la atención por correr en los pasillos.

—No lo sé —se veía agotada—. Primero sentí que iba muy bien, hasta que llegué a una pregunta que se me hizo muy complicada. Duré mucho tratando de resolverla que no me di cuenta de cuánto tiempo había pasado. Tuve que apurarme para terminar el resto. No me sorprendería si no lo apruebo.

Sango colocó una mano sobre su hombro como intento de hacerle sentir mejor.

—Recuerda que esta es una universidad de respaldo. Nuestra opción B —le dijo, animándola—. Puede que lo hallamos logrado con la principal.

—Pero no han colocado aún los resultados y me estoy muriendo de ansiedad —Kagome puso una cara cómica y, a pesar de que tal vez no debía hacerlo, ella sonrió—. ¿Qué pasa si no lo logro? ¿Si una pasa en una universidad diferente a la otra?

Sango se sentía bien al tener al menos una respuesta segura después de tanto tiempo.

—Tenemos la opción C, D y podemos incluso encontrar más si es necesario. No te preocupes por ello. Vamos, que Inuyasha nos debe estar esperando.

Vio cómo Kagome se recargó de energía y positivismo, hasta el punto de comenzar a dar saltitos en su trayecto rumbo a la salida. Frente a la puerta principal de la universidad ya les estaba esperando Inuyasha. Con esas capas de tela debido a las bajas temperaturas no era fácil notar los vendajes que aún quedaba, de las heridas que no se quejaba.

—¿Qué tanto hacían? ¡Me estoy congelando! —su primer movimiento fue recurrir a un regalo antes que a un saludo.

—¿Desde hace cuándo estás aquí? —Kagome dejó de saltar y se acercó a él. El sólo verle te transmitía el frío que debía tener.

—Desde hace más de una hora —respondió.

—¿Por qué tan pronto? Te dijimos a las cinco.

—No te quejes con quién viene por ti. Pude no haberlo hecho.

—¿Has escuchado eso, Sango? —Kagome pidió su opinión, a ella quien sólo observaba disfrutando de una escena normal, habitual y segura.

Ella sonrió, tanto por el sentimiento de naturalidad como buscando la pronta reconciliación o los tres se congelaría.

—Inuyasha se merece algo caliente y nosotras también —a ambos les gustó su propuesta, por lo que no tardaron en ponerse en movimiento, dirigiéndose al centro para buscar una cafetería.

—¿Qué vas a pedir? —Kagome dijo, mientras caminaban tomadas del brazo. Su amiga lo había hecho con el propósito de recurrir al calor corporal. Ella también lo necesitaba e Inuyasha no se mostró celoso de ninguna forma, así que aceptó sin pensarlo dos veces.

—Café —respondió fácilmente, siendo que necesitaba urgentemente de la cafeína o más tarde estaría luchando por mantener los ojos abiertos—. No dormí bien.

Taishou asintió: —Tampoco yo. Los nervios.

Su causa también fue esa, pero en mayor medida la ley del hielo que su padre y ella tenían —que él le había aplicado—, al igual que el sentimiento de ausencia. Gran parte de las horas que debía usar para dormir se la pasó con los ojos llorosos y golpeándose el pecho. «Fue lo correcto», se repetía.

Quizá Kagome vio que se estaba perdiendo de nuevo, así que estrechó aún más su brazo y continuó con la charla, salvándole de hundirse.

—Aun así, quiero probar esa nueva bebida. La que tiene malvaviscos, chocolate y mucho azúcar. Al diablo las calorías, la quiero.

—Yo también —Inuyasha, quien se encontraba delante de ellas, volteó a verles. Las caras y voz emocionada con las que Kagome habló, además de la suculenta descripción, llamaron su atención.

—Supongo que la probaré —Sango se les unió—. Por la forma en la que se habla de ella suena a que es lo mejor.

—Por lo que cuesta, espero que sea así. Este mes no podemos darnos lujos.

—Lo siento —Kagome se disculpó al oír el comentario de su hermano. Se sentía responsable por su falta de dinero, pues los exámenes, clases extra y guías costaban mucho. Además, se negaron a recurrir a sus abuelos, ya que continuaban con su plan de mostrarse responsables.

—Olvídalo —Inuyasha hizo como si no importara. Para él el sacrificio valía completamente la pena.

—Entonces les invito —Sango intervino, tras darle algunas palmadas a la bolsa de su abrigo, donde guardaba su cartera.

Su amigo puso una cara dramática, como si le hubiera propuesto algo que atenta contra sus principios.

—Claro que no.

—Por supuesto que sí —Sango contraatacó rápidamente. Su calma se había ido, siendo reemplazada por su sentimiento moral y el del desafío.

—Eso no estaría bien —él continuó. Trataba de sonar como un caballero, pero el que se reusara a aceptar su buena intención le desagradó.

—¿De qué forma? Las mujeres también podemos hacerlo.

Kagome les observaba sin saber a qué lado apoyar: el lado de Inuyasha, fiel a sus principios y educación —por, quizá, quinta vez en la vida—; o el de Sango, con su deseo de equidad y ayudar a sus amigos en tiempos difíciles.

Ella sólo deseaba la paz y dejar de temblar: —Ya lo decidiremos después, ¿sí?

—Bien —ambos aceptaron a regañadientes.

Ya dentro de la cafetería el conflicto se sintió desvanecido y la tranquilidad reinó con música y conversaciones de fondo. La comida, bebida y aire acondicionado sirvió como su tranquilizante. Ni siquiera se les pasó por la mente el irse pronto de ahí.

—¿Te vas a cortar el cabello? —Sango sonó impactada, aunque era comprensible. El simple comentario en sí ya sonaba tan fuera de lo normal.

—Tal vez —contestó Inuyasha, el chico de extraño cabello largo, quien siempre fue así desde que se conocieron—. Puede que por fin el kaichou sea feliz —soltó una sonrisa y después tomó de su bebida caliente y aumenta kilogramos.

—Entonces yo también me lo cortaré —sumó Kagome, provocando que Sango se sintiera aún más confundida. ¿En que universo alterno había quedado atrapada?

No fue la única, pues Inuyasha también abrió los ojos, aunque de una manera más violenta que la suya: —¿Por qué?

—Un cambio estaría bien —Kagome hundió los hombros—. Comenzaría la universidad siendo una nueva versión de mí misma.

Inuyasha hizo una mueca de desagrado.

—Mejor no.

—¿Qué pasa? —Kagome se acercó a él. Aunque tuvieran una mesa que los dividiera, el chico comenzó a mostrarse nervioso—. ¿Te gusta mi cabello? —enroló un mechón largo de su cabello con los dedos e inclinó la cabeza hacia un lado, como mostrando supuesta inocencia.

—Se ve bien como está —Inuyasha se escudó dando otro trago, como si detrás de ese vaso no se pudiera ver su rostro enrojeciéndose.

Su hermana estaba complacida: —Tomaré eso como un cumplido.

Sango vio cómo el muchacho luchaba por quitar ese rostro avergonzado, supliéndolo con falso enfado. Era un tanto cómico, a decir verdad. Su orgullo era tal que le desagradaba mostrar actitudes débiles.

—Sólo lo digo porque luego animarías a Sango a hacer lo mismo y nos veríamos extraños con cortes similares —sacó una excusa tonta.

Kagome soltó unas risitas juguetonas.

—Seríamos trillizos.

Sango río por esa cosas tan absurdamente simple. Kagome le vio y después se unió a ella; incluso Inuyasha estaba sonriendo ampliamente, mostrando sus dientes y ese colmillo. Sus ojos liberaron pequeñas lágrimas de satisfacción y su pecho subía y bajaba. Acompañada por esos dos, no sintió como si le doliera.

La primavera estaba a la vuelta de la esquina, pero el sol seguía sin calentar lo suficiente. Los brotes de los cerezos estaban preparados para su gran día, para brotar y ser admirados. Pero hoy no. Esa mañana la gente que llegaba —padres, hermanos, maestros— lo hacía por ellos, por el día de la graduación.

—¿Listo? —a su lado, Kagome le preguntó. Como todos los demás, vestía pulcramente su uniforme. Los botones del saco y los zapatos brillaban, su cabello sedoso estaba bien peinado. Y en la solapa llevaba una flor blanca, idéntica a la suya y las del resto. Unas niñas de primero se las colocaron bajo la frase de «gracias por todo, senpai».

—Tú eres quien se ve más nerviosa que yo —contestó, no muy seguro de lo dicho. Sentía el palpitar de su corazón hasta la garganta y, al pisar la entrada del instituto, su respiración se aceleró.

—Es porque lo estoy —Kagome fue sincera, como siempre—. También soñé que tropezaba en frente de todos al momento de recoger los documentos.

Colocó su mano sobre la cabeza pequeña y ella levantó la vista para poder verlo exhalar fuertemente. Los dos estaban juntos, así que no había de qué temer. Y ellos ya tenían su plan.

—Se está haciendo tarde —ambos avanzaron en dirección al auditorio.

El lugar fue decorado con flores y lazos, todo con orden, elegancia y mucho trabajo por parte del consejo estudiantil. Una gran cantidad de sillas cubrían el piso y muchos ya se estaban sentando en el lugar que les correspondía —las primeras filas para los alumnos, las últimas para los padres y los laterales para profesores e invitados especiales—. El director y los maestros asesores se localizaban al frente, desde ese escenario que en poco tiempo se convertiría en el centro de atención.

Después de varios saludos y abrazos por parte de las amigas de Kagome —quienes parecían no querer soltarla hasta que no rememoran todos sus momentos juntas—, los hermanos buscaron su lugar. Como siempre, se situaron lado a lado.

Sango les saludó desde su asiento, alejada de ellos a causa de su apellido. Dio una sonrisa que hablaba sobre respiración acelerada, sobre sentimientos compartidos. Kagome, tratando de aligerar las cosas, levantó un pulgar en su dirección. Inuyasha la imitó, lo cual trajo una carcajada a su amiga que, aunque nerviosa, fue lo que pretendía.

—¡Silencio, por favor! —el director gritó en el micrófono, llamando la atención de todos los presentes—. Vamos a comenzar con la ceremonia de graduación. Tomen todos sus asientos.

Obedeciendo las instrucciones, la gente se preparó para lo que se sintieron como horas de comentarios donde todos los profesores parecían tener algo que decir. Hablaron enfocándose en el futuro, en cumplir sus sueños y, en un aspecto igualmente cliché pero también nacionalista, sobre convertirse en el ejemplo de los ciudadanos que Japón necesita.

Se estaba tornando tan largo que comenzaba a llamar a la ansiedad de su cuerpo. Desde su lugar, Inuyasha pudo ver a uno de los amigos de Kouga dando cabezadas de sueño y recargándose en su compañero de al lado. Al menos eso le hizo sacar un poco de su presión en forma de resoplido.

Por fin llegó la penúltima actividad, previniendo el que Ginta comenzara a roncar.

El kaichou presentóel discurso de la generación, siendo asistido por Yuka. La mujer no estaría feliz hasta molestarle el último día de clases —tal vez si se lo proponía, sería capaz de causarle una úlcera—. Seguro eso planeaba, mas no esperó ser ella la que fue sorprendida al final de cuentas cuando el muchacho mencionó en la última parte a «una chica con la que peleaba constantemente, pero cuya presencia le ayudó de muchas formas. Y no viviría en paz si jamás le hacía conocer sus sentimientos».

Yuka trató de arreglarlo añadiendo una invitación a hacer lo que realmente se quería, a tomar riesgos porque sólo existía una vida. Pero los rostros sonrojados y alguno que otro silbido por parte del público llamó al desastre.

El director cara-de-gato tuvo que calmar a la gente y tras algunos gritos característicos, se pudo comenzar con el reparto de documentos.

Inuyasha se sintió desmayar cuando dijeron su nombre. Se levantó con piernas temblorosas, subió al escenario con el sonido constante de unos pasos detrás de él. En sus manos se posaron el registro de una vida y los esfuerzos dados. Ahí estaba, lo logró. Había superado un peldaño y no se sintió tan mal.

Flores, llanto y nostalgia. Incluso él, cerrado y tímido, sabía que cuando se volviera mayor recordaría esos días.

Sango se acercó, agitando su buen desempeño escolar. Kagome no esperó a que estuviera más cerca pues corrió a abrazarla.

—¡Lo hicimos! —gritó, excitada.

—Así es —su amiga movía la cabeza, a penas creyéndoselo. Luego miró a Inuyasha, el espectador de la escena conmovedora—. Ven aquí, niño rudo —ambas abrieron sus brazos, invitándole a unirse.

Hoy podía hacerlo. No existía razón para contenerse.

—Me van a asfixiar —se quejó, sin hacerlo realmente. Le agradó sentir el apoyo, el calor del cuerpo humano y hasta las miradas recelosas que le dedicaban sus compañeros masculinos. Quién lo diría: existía gente que deseaba ser él.

Al estar los tres reunidos nuevamente, Kagome aprovechó para tomar una foto. Él salió frunciendo la nariz. Las chicas rieron al observar el resultado.

—Salgo bizca —Kuwashima se burlaba de sus propios defectos.

—No digas eso. Mira, yo parezco asustada.

El cuerpo de Inuyasha se sentía reconfortado, y también —en menor grado, casi imperceptible— le decía que hacía falta alguien, una persona más con la quien compartir eso, hacer bromas, tomarse fotografías para conservar el momento. Pero no debía mencionarlo, por más de Sango le hubiera dicho que estaba bien si lo invitaba. Desistió de eso, de todas formas ya había hablado con él la noche anterior. Nuevamente necesitaba su opinión.

—Si eso es lo que quieres —le dijo, con su típica sonrisa en los labios, aunque aún continuaba sin llegarle a los ojos—, ¿para qué me preguntas? Ya eres un chico grande —despeinó su cabello ahora que era más fácil de alborotar—. Estoy seguro de que sabrás cómo arreglártelas. Estás preparado.

—¡Hermana! —Kohaku llamó a Sango.

—Tengo que irme —Kuwashima se apresuró a despedirse—. Nos vemos mañana.

—¡Hasta mañana!

Sango fue a donde su familia le esperaba. Su hermano le dio un ramo de flores y su padre le felicitó. El que él le hablara la dejó muda, sólo logró asentir varias veces. Entonces los tres se fueron.

—Las cosas están mejorando —Kagome susurró, aliviada. Él se sentía igual. Puede que su padre no la perdonara aún, pero no había forma de que le odiara.

—Me alegro por Sango.

Inuyasha tuvo que ir al baño. En el camino estuvo a poco de chocar con su profesor. El hombre pidió a su compañero que espera un poco, entonces se dirigió a él.

—Lo has logrado —expresó con lo que pretendía ser sorpresa, no obstante sonó a broma. Inuyasha estuvo a punto de rodar los ojos.

En su lugar, respondió: —Eso parece.

Unas palmadas afectuosas en su hombro le tomaron por sorpresa, más sabiendo que venían por parte de ese profesor al que muchas veces desesperó, le hizo perder el quicio y había creído que también la fe en él. Pero no fue así.

—Quién lo diría —dijo, sonriéndole con sinceridad—. Nos vemos.

Los dos profesores se alejaron para poder charlar con sus homólogos. Inuyasha sintió otra vez que se quedaba sin aliento.

No muy lejos, la mirada de Kouga y la suya se encontraron, intercambiando sonrisas sin detenerse, hasta que esa pelirroja se colgó de su cuello con un salto.

Había tenido más aliados de los que creía.

Antes de salir del baño se miró al espejo. Como Kagome había dicho, ahora era otra versión de él, y no se debía a su cabello negro recortado hasta un largo que fue mejor aceptado para el kaichou, sino a todo lo que había en el interior. En casi un año él cambió, amó y sufrió, aprendió más cosas sobre él y se aceptó.

«Aquí estoy. Esto es lo que soy. Puede que siga teniendo temor, pero no me quedaré atrás.»

El cabello de su madre, el rostro de su padre. Como despedida, le sonrió al reflejo sin sentirse tonto, sólo agradecido y satisfecho.

Pasó haciendo un espacio entre la gente, entre los susurros por parte de quiénes comentaban su nuevo aspecto, hablaban sobre sus lesiones recientes —¿Un criminal? ¿Un héroes?— o notaban ligeramente la delgada cadena que colgaba de su cuello y trataban de dar una explicación cuerda, alejando aquellos rumores absurdos y sin sentido.

«Que te digo que yo lo vi.»

«Pues te equivocaste. Por eso usas lentes.»

Todo eso no le tocó, fue impermeable hacia las opiniones ajenas. Sin dudas, sin arrepentimientos. Su estómago sólo volvió a revolverse cuando encontró a Kagome acompañada por los abuelos. Un traje formal para el viejo, un kimono sobrio para la bruja. Rostros iluminados para ambos.

—Felicidades, Inuyasha. Lo has hecho muy bien —el abuelo fue el primero en dirigirle la palabra—. Sus padres estarían orgullosos.

—Gracias —respondió.

La abuela se secó las lágrimas, dándose pequeños golpecitos con el pañuelo de seda. Fuerte, pero no tanto. El amor debilita y fortalece por partes iguales.

Pero no estaban ahí solamente para felicitar a los nietos que querían como a hijos propios, sino para hablar sobre la promesa realizada tiempo atrás. El día había llegado, así que necesitaban una respuesta.

La intención fue traída por un sutil comentario del líder Higurashi: —Kagome aplicó en varias universidades, pero tú no. ¿Por qué?

Todos estos meses se preparó para dar la respuesta al «¿Qué elegiste?», buscando la forma más apropiada para expresar su deseo. Y si mente estaba dando vueltas, las palabras se le escapaban sin importar cuánto las hubiera planeado.

Había poca gente en el auditorio, puesto que todos estaban saliendo para hablar, hacer confesiones o dar un último recorrido a su escuela. Al poco tiempo se sintió que sólo eran ellos.

Kagome hizo un gesto, animándole a hablar. Si ella pudo aceptarlo, si estaba de acuerdo con ello… «Vamos, tú puedes». Su fuerza le fue transmitida.

—Me voy a Tokio, con Sesshoumaru.

Tan rápido las emociones transmitidas anteriormente fueron intercambiadas por incredulidad. ¿Acaso habían escuchado bien?

El sonido de unos zapatos al chocar contra el piso y una voz suave que les saludaba con su típica efusividad y energía. Rin en un bonito vestido rosado y con el cabello recogido les saludó con las mejillas sonrosadas a causa de su carrera.

—¡Kagome! ¡Inuyasha! —la chica omitió el honorífico. Después de hacerse más cercanos, ya no lo vio necesario—. Felicidades.

—Gracias, Rin-chan —Kagome expresó, no tan animada como ella. Rin comprendió la situación y les hizo una reverencia a los aún impactados abuelos, los cuales respondieron levemente aunque desconocían su identidad.

Si ella estaba ahí, fue natural el que Sesshoumaru apareciera después, acompañado por su fiel socio. Al verle, los adultos se colocaron el aura de hostilidad. No les importó que le conocieran, quién era su padre, pues le veían como el enemigo que le lavó el cerebro.

—Sesshoumaru, ¿qué es lo que ha dicho Inuyasha? —una amenaza oculta en la pregunta del abuelo. Su voz hizo eco. Ya sólo eran siete personas.

—Eso —el hermano mayor dijo, indiferente—. Supongo que no es difícil de entender.

La abuela dio un paso al frente, con el ceño más arrugado y la mirada casi salvaje. Estaba perdiendo el control.

—Impídeselo —le ordenó, ignorando el que él no era de las personas que cumplían lo que los demás decían—. Dile algo.

—Él ya decidió, así que no hay forma de convencerlo de hacer lo contrario. Es un estúpido después de todo.

Inuyasha le debía un favor a Sesshoumaru al ayudar a Rin, y eso fue a lo que se aferró al pedirle algo como eso, el querer participar. Seguramente pelearían y ambos estarían mayormente en conflicto, pero deseaba intentarlo. Y él sólo suspiró como respuesta, sólo eso.

Ya fuera porque hubiera salvado a su amante o por su relación sanguínea, él se lo agradeció profundamente a pesar de que se negara a aceptarlo en palabras. Por eso estaba ahí, poniéndose de su lado.

—Kagome… —la abuela vio a la hermana como su última oportunidad. Sujetó el brazo de su nieta, desesperada.

La chica tocó su mano y bajó las cejas. Seguro dolía, era difícil, pero ese era el futuro que Inuyasha había elegido para él. Aunque fueran caminos que diferían.

—No me gusta estar lejos de él, lo saben. Y estaremos separados por mucho tiempo —comenzó, demostrando su fortaleza. Qué incluso ella podía dejarlo ir si con ello se encontraba a él mismo—. Pero es lo que Inuyasha quiere, así que debemos apoyarlo. Yo lo hago. Creo en él.

El amor en su cuerpo ardió, haciéndose aun más presente. ¿Habría un límite para amar a alguien? Si fuera así, aún no lo encontraba.

—Estará bien con nosotros —Rin la secundó—. No se involucrará en asuntos peligrosos. Y cuidaremos de él como una familia.

—¿Familia? —la mujer se ofendió al escuchar cómo esa niña osaba hablar como si lo supiera todo, y el que se considerara parte de la familia le acercó más al desquicio.

Higurashi no permitiría algo así, que le robaran a uno: —Si este es un intento tuyo para controlarnos, no lo vas a lograr. Inuyasha, olvídate de esas cosas y prepárate para venir con Kagome a Kioto. ¡Inuyasha! —el anciano se desesperó cuando no vio las reacciones que quería, sino que se vio en desventaja. Dos contra cinco.

Todos ya habían hablado, era nuevamente su turno.

—No se están quedando sólo con un nieto —inició, y todos voltearon a verle. Las miradas le presionaban. Respiró profundamente para poder seguir—. Nadie me está obligando. Sólo resultó que no soy bueno en las formas en que ustedes querían. No soy como Kagome. No se me da el hablar con la gente ni el confiar en ellos. Suele faltarme iniciativa. Sólo tengo mi fuerza, y otras habilidades prácticas. Sólo puedo hacer esto. Y sin con ello puedo prevenir que les ocurra algo malo, lo haré.

Habló desde el corazón, fue sincero en cada uno de los puntos, y se notó.

—De esta forma… —el abuelo insistía por última vez.

—Mi padre siempre lo dijo, ¿no? Lo importante que es la familia, el proteger a los que amas.

En el fondo de sus sueños y recuerdos de la niñez estaba su silueta, superponiéndose con la suya, causando la comparación. Quería ser como él, a su forma.

Inuyasha vio cómo el poder de las palabras podía ser más efectiva que la fuerza, y quiso aprender más sobre ello, crecer y seguir mejorando.

Ser los consentidos tenía sus ventajas, como el siempre salirse con la suya.

Kagome tocó la cadena plateada y la jaló, descubriendo el collar que rodeaba su cuello, el que hacía juego con el de Inuyasha. Era una gota pequeña, un detalle sorpresa dado en un momento inesperado, cuando daban un paseo en el centro, viendo las iluminaciones y la decoración de los escaparates. Al principio él tomó como excusa el cumpleaños donde no hubo regalo, pero la razón verdadera estaba oculta en cada movimiento.

—Me esforzaré —expresó con el rostro teñido de vergüenza. Cuando le ayudó a ponérselo, sus manos temblaban. Aún así, se veía tan seguro de hacer lo correcto—. Entonces, no habrá forma de que no podamos estar juntos.

Luego, sin importarle las personas que pasaban, la abrazó. Fueron una pareja como las demás, festejando a su forma la Navidad.

Kagome acarició el colgante y continuó viendo las fotografías de los álbumes familiares. Bebés, niños, adolescentes... Y en el fondo de pantalla de su celular se encontraba un muchacho atractivo vestido con una yukata, durmiendo. Cada una era tan preciada por el momento en sí en las que se tomaron, también porque ayudaban a comparar las diferencias. Y ahora sabía que no era tan malo el crecer.

Cuando fuera una adulta, seguramente tendría una idea más clara de lo que haría y casi apostaba que se sentiría más fácil. Habrían problemas, muchos, pero ya sabía cómo era luchar contra ellos. No estaban mal.

Eligió algunas fotos al hacer una complicada selección, y las metió en un sobre. Después tomó las tijeras y usó sólo una imagen como referencia. Los mechones cayeron sobre el piso de la habitación de sus padres junto con las ataduras molestas. La ligereza y falta de remordimientos equivalieron a un cabello hasta los hombros.

Para haberlo hecho ella sola y sin ninguna experiencia previa, le quedó bien. Solamente el flequillo le pareció un poco disparejo, pero con unos arreglos posteriores el problema se fue.

Kagome dejó de admirarse y recogió todo, cerrando la puerta con seguro —al igual que había hecho con el resto—. Justo cuando giraba la llave, su celular sonó. Hizo una especie de equilibrio con sus cosas —su mochila y una maleta— en una sola mano para poder contestar.

—Ah, Sango —la chica bajó las escaleras—. Perdón. Me entretuve un poco, pero ya estoy lista. Estaré ahí en un minuto —Kagome esperó la respuesta y se sacudió unos cabellos que le picaban la nuca—. ¿No lo encontraste? Bueno, supongo que tendremos que buscarlo cuando lleguemos. Debe haber mucho de donde elegir. ¡Ah! También estaba pensando en algo. ¡Buyo! Ven aquí.

El gato llegó a paso perezoso y Kagome le metió en el que sería su medio de transporte. Buyo se quejó por medio de gruñidos molestos que comenzaban a irritable. Era una criatura consentida, pero debía dejar de serlo. Pronto tendría que aprender a compartir.

—Perdón, ¿qué te decía? —la chica se disculpó, con el celular entre el hombro y la oreja—. Lo vi en televisión y pensé que se vería bien, ya que compartiremos habitación. ¿No se vería muy tonto el tener sábanas que combinen? —su energía aumentó ante una respuesta agradable—. ¿En serio? Me alegra escucharlo. Nunca tuve una hermana.

Kagome le Dio un último vistazo a su apartamento, al lugar en el que había vivido desde que nació. Los habitantes habían disminuido de cantidad hasta que sólo había quedado ella y su mascota, y ahora los dos se marchaban.

—¿Hola? —la voz de Sango salió desde la bocina. Ella movió la cabeza, despertando.

No era para siempre. Ese era su hogar, y regresaría a él. Sería aceptada de nuevo por cada centímetro de las paredes y el suelo, por los muebles y los dibujos hechos con amor.

—Ya estoy bajando —mencionó, aferrándose más fuerte a sus pertenencias, dando los pasos que debía dar—. Te sorprenderé tanto que puede que no me reconozcas. No. Tienes que verlo tú misma. Esta es una nueva etapa en nuestras vidas.

Cerró la puerta.

"Estoy llamando tu nombre…"


No hay que ponerse tristes y mejor recordemos cosas buenas como… mmmm… ¡Sesshoumaru! Qué hombre tan mono. ¡E Inuyasha! Puede sorprendernos con detalles inesperadamente dulces. ¿Hice bien en darles un cambio de look? —creo que eso es lo menos que debería preguntar—. Como ya lo había dicho previamente, esto era lo que deseaba, hacia donde nos dirigíamos desde que esta historia comenzó hace más de dos años. Pero a pesar de ser el capítulo final, aún queda el epílogo. Muchas cosas pueden pasar en el cierre.

Agradecimientos inmensos a Yumipon, la causante de mis ganas de avanzar.

Loops Magpe.