Lluvia
Por muchos alegatos de Haymitch, la doctora decide que debe quedarse un par de días más para determinar su progreso. Aunque sospecho que es para torturarlo un poco por haberle hecho pasar vergüenzas.
Peeta y yo vamos a verlo en la tarde, después de nuestro trabajo en la panadería, para hacerle compañía.
Sus ojos se iluminan cada vez que nos ve, tanto los de Haymitch, como los de la doctora, ya que es a los únicos que nos permite inyectarle sus medicamentos (A Peeta en realidad. Yo prefiero evitar esas cosas puntiagudas)
-Quédate quieto – regaña Peeta a nuestro ex mentor por centésima ves. Admiro su paciencia, yo ya lo habría amarrado después de la tercera advertencia.
-¡Bien! – Se sienta en la camilla al lado de Peeta.
Peeta limpia una zona en su brazo con un algodón impregnado de alcohol y luego pincha la piel con la aguja. Me recorre un escalofrío nervioso al verlo y Haymitch hace una mueca mientras Peeta termina de inyectarle el contenido, después saca la aguja y presiona ligeramente en la zona con otro pedacito de algodón. Yo estoy sentada frente a ellos en una silla mirando asqueada la escena.
-Con eso es suficiente – Peeta saca una paleta de dulce que sacó de un mostrador del hospital y se la alcanza a Haymitch – Buen chico… - agrega a mitad de una sonrisa.
Haymitch lanza un bufido exasperado. Quita de un tirón la paleta de la mano de Peeta, la abre y se la mete a la boca.
Nos distraemos en una conversación ligera, hablamos de los chicos de la panadería y de lo bien que nos está yendo. Haymitch pregunta por el trío amoroso Vincent-Arline-Donzel, pero no hay mucho que se pueda agregar ya que no hemos compartido mucho con los chicos en su semana de escuela, sólo que han ido a almorzar todos los días a la panadería. Tampoco ellos sueltan mucha información al respecto.
La mirada de Haymitch se transforma de inmediato cuando entra la doctora.
-¡Déjame ir, mujer! – le grita nuestro ex mentor pero ella lo ignora y se dirige a Peeta y a mí.
-Los resultados de los exámenes estarán mañana en la mañana. – Dice con su compostura intacta - Si los resultados son favorables, para la tarde podrá irse.
-Ya me siento bien ¡Maldición! – vuelve a gruñir Haymitch pero ella no separa la atención de nosotros.
-Tendrán que irse, chicos – nos dice cortésmente. – El horario de visitas terminó hace…
Peeta y yo abrimos los ojos sorprendidos cuando el rostro de la doctora es impactado por una almohada. Ambos miramos a Haymitch quien esboza una sonrisa socarrona.
-¡Haym…! ¡Sr. Albernathy! – grita exasperada cuando la almohada cae al suelo.
-¡Que me dejes salir de aquí!
-¡No puede aún! – no puedo negar que algo de gracia me causa que la compuesta doctora pierda los estribos con nuestro ex mentor. - ¡Mañana en la tarde, si los exámenes están bien, podrá irse!
-Y pensaba que Effie era odiosa… - balbucea Haymitch sin prestarle atención.
Ella vuelve a mirarnos a mí y a Peeta – ¡Chicos! – Aclara su garganta aligerando su tono – Chicos… deben irs…
-See, See… ya te oyeron. – Le interrumpe Haymitch – No son muy listos, pero no son idiotas.
La doctora lo mira asesinamente y después de despedirnos de nuestro ex mentor, nos escolta fuera de la habitación.
Nos da un par de recomendaciones y luego nos encamina al ascensor.
-Hasta mañana, Chicos – Nos dice después de un largo suspiro antes de que las puertas del ascensor se cierren.
Peeta y yo nos miramos y no nos contenemos la risa. Haymitch debe ser el mayor reto para la pobre doctora que siempre pareció seria y compuesta hasta que nuestro ex mentor apareció como paciente.
Tomados de las manos, nos despedimos del personal y en el momento en que las puertas de vidrio se deslizan a cada lado para permitirnos el paso, nos llega de la nada una ráfaga de viento.
Damos un par de pasos fuera y, bajo la techumbre de la entrada, vemos la espesa cortina de aguanieve que se desliza frente a nosotros.
Miro a Peeta por unos segundos, ambos con una expresión algo sorprendida ya que ninguno atino a llevar algún paraguas.
Su expresión cambia a una de extrañeza cuando le sonrío con picardía.
-A que llego primero.
Apenas alcanza a balbucear un "¿Qué?" cuando ya me escabullo bajo el manto de agua, dejando que las heladas gotas empapen mi cabello, mi ropa y se cuelen por el hueco que deja mi cuello.
-¡Katniss! – me grita Peeta cuando empieza a correr tras de mí. – ¡Eres una tramposa! – protesta a mitad de una sonrisa cuando volteo mi cabeza para sacarle la lengua.
Corro lo más rápido que me lo permite la resbaladiza nieve a mis pies. Además de que la visibilidad es poca y las gotas que chocan contra mi cara me hacen más complicado el avance. Escucho los pesados pasos acelerados de mi diente de león detrás de mí, su cuerpo más pesado le da estabilidad y cierta ventaja en éstas condiciones. Aun así no me rendiré sin luchar.
Empiezo a dar pasos más pesados que me dan cierta tracción, pero inevitablemente en uno de ellos me resbalo hacia atrás y termino cayendo al suelo de espaldas.
No alcanzo a lastimarme por la nieve aún blanda, pero por precaución me siento y llevo una mano a mi cabeza donde impactó mi cabeza, buscando algo que aún no duela.
Peeta derrapa cuando me alcanza y termina cayendo de costado justo a mi lado. Lo miro divertida mientras se me acerca a gatas hasta quedar a mi lado y toma mi mano en mi cabeza con la suya.
-¿Estas bien? ¿Te lastimaste?
Niego con la cabeza y le sonrío.
A pesar de la espesa cortina de agua que cae sobre nosotros, se toma un par de segundos para revisarme. Me da ese tiempo para ver su hermoso rostro cerca del mío, iluminado únicamente por un precario poste de luz a un par de metros. Me distraigo viendo sus facciones empapándose por las frías gotas acariciando su rostro y cubierto por algunos saturados mechones rubios. Se ve tan endemoniadamente apuesto que por un segundo empiezo a dudar si es que se trata de algo real.
-Te pasa por tramposa. – me sonríe luego de inspeccionar mi cabeza y decretar que estoy bien.
No le alcanzo a responder cuando toma mi mano, se pone de pie y como si mi peso fuese nulo, me levanta a mí también tironeando de mi mano para seguir corriendo. Entre risas me dejo guiar y a ratos trato de sobrepasarlo.
Para cuando entramos por el umbral de nuestra casa nos detenemos jadeantes, tratando de recuperar aire. Me sostengo de mis rodillas inhalando y exhalando acelerada, Peeta se carga en la puerta respirando de la misma forma que yo. Nuestras ropas escurren y entre ambos dejamos un enorme charco en el suelo alrededor de nosotros.
A pesar de estar empapados totalmente por agua helada, la corrida no nos permite sentir del todo el frío.
Nos miramos e inmediatamente nuestros rostros se iluminan por amplias sonrisas y luego una carcajada.
Después de un rato, Peeta se incorpora y se acerca a la chimenea para encenderla, lo sigo con la mirada, aún jadeante en busca de aire, mientras lo veo arrodillarse para encender los leños.
Se demora un poco, el agua de sus ropas le hace un tanto complicada la tarea, pero lo consigue y se empiezan a escuchar los conocidos chasquidos de las llamas.
Se acerca a mí y me quita mi chaqueta completamente chorreante y la cuelga en el perchero.
-Debemos cambiarnos de ropa o nos enfermaremos – dice mientras se quita su abrigo.
No termino de entender sus palabras por la distracción que acaba de significar la visión de su rostro, cabello y ropas empapadas. La camisa celestre, que destaca sus hermosos ojos, se pega a su piel dibujando fielmente las curvaturas de sus músculos. Mis ojos lo siguen, ahora paseando por su espalda plasmada en su camisa, hasta que deja su abrigo en el perchero junto al mío.
Clase básica de supervivencia en caso de estar empapados a bajas temperaturas: Sacarse la ropa húmeda, secarse y encontrar la manera de entrar en calor. Mi cuerpo entero se tensa mientras una idea, alternativa a la convencional, me atraviesa la cabeza.
Ni siquiera lo pienso cuando, de una zancada, llego justo frente a él apenas voltea. Tomo el cuello de su camisa y tiro de él haciendo que se incline para que sus labios alcancen los míos.
Gime sorprendido por haberlo interrumpido al respirar. Pero no pasa mucho tiempo hasta que sus brazos rodean mi cintura, aferrándome a él, y sus labios se mueven al compás de los míos.
Nuestra respiración aún se encontraba acelerada por la corrida bajo la lluvia, así que rápidamente se le suman jadeos y suspiros que opacamos en nuestras bocas.
El beso se vuelve violento y demandante, tanto mis suspiros como los suyos nos provocan una deliciosa ansiedad por el otro.
No sé en qué momento termino con la espalda pegada a la puerta, con su cuerpo cubriéndome por completo y presionándose contra mí, exigente. Está siendo más brusco que otras veces y descubro que me encanta. Mi cuerpo completo se contrae, se enciende y un palpitar errático ataca mi intimidad cuando le oigo gemir en mis labios.
En algún instante, en que uno de sus codos se carga junto a mi cabeza, la luz se apaga y prende reiteradas veces, parece ni siquiera darse cuenta que termina por dejarnos a oscuras con las llamas de la chimenea como única fuente de luz.
-Peeta – gimo cuando sus besos caen hasta mi cuello y aferro mis dedos en su cabello mojado. Sus manos hacen lo suyo dibujando mi silueta por sobre la pesada tela que se pega a mi piel y me separa de su tacto. Sus labios y manos me buscan con impaciencia (Parece que la abstinencia por mi molestia no sólo me afectó a mí) con esa misma impaciencia me dejo encontrar de inmediato por sus caricias.
Escucho su gruñido impaciente y luego un ligero tintineo en el piso. Me demoro un poco en entender que son algunos botones de mi blusa que acaba de rasgar. Lejos de distraerme, su actitud me hace desearlo aún más.
Bebe de la leve capa de agua de lluvia pegada a mi piel, pasando su boca, besos y lengua por mi clavícula, con mi cabello mojado de obstáculo, pero poco lo detiene. Rápidamente su boca desciende hasta el valle entre mis pechos. Aprovecha el momento en que arqueo mi espalda debido al escalofrío que me recorre y cuela sus manos hasta el broche de mi sujetador y lo suelta con facilidad, con la otra mano levanta la prenda y, sediento, empieza a besar uno de mis senos. Gimo con fuerza, empuñando mis dedos en su cabeza y atrayéndolo contra mí con fiereza, buscando en mis senos el contacto de sus labios. Vuelvo a gemir cuando cede a mi demanda, sumándose sus dientes y ardiente lengua acariciando la cumbre endurecida.
Mi piel está fría a causa de las gotas de aguanieve, por lo que el ardiente toque de su lengua, haciendo dibujos abstractos sobre mí, lanza millones de chispas por cada terminación nerviosa de mi cuerpo. Muerdo mi labio conteniendo mis gemidos pero no es mucho lo que consigo. Solo sus labios, cuando regresan a los míos, consiguen acallar un poco mis jadeos.
Mis manos llegas a su camisa y trato desesperada de quitarla, pero se pega tanto a su piel, succionándola cada vez que tiro de la prenda, que no puedo evitar el gruñido frustrado. Siento su sonrisa en mis labios y nuestras manos chocan cuando ambos empezamos a desabotonarla ya que rasgarla no fue una opción que la tela nos permitió.
En el intertanto, sin despegar nuestros labios, vamos dando pasos hasta que cae sentado sobre el sofá (sin importarnos empaparlo) y yo me siento a horcajadas sobre él. Asegurándome que mi entrepierna choque con su creciente excitación. Pero la tela empapada de nuestros pantalones no nos permite sentir mucho nuestro roce. Empiezo a pensar que esto de estar empapados nos hace un poco más complicadas las cosas, aunque la impaciencia por sentirlo se acrecienta cada vez más.
Me pongo de pie con prisa para deshacerme de mis botas. Él empieza a hacer lo mismo con sus zapatos y uno al otro nos encargamos de retirarnos la molesta tela de nuestros pantalones. A ambos se nos nota la urgencia por acercarnos, tocarnos, devorarnos el uno al otro.
Ya sólo con nuestra ropa interior, vuelvo a cargarme en mis rodillas a cada lado de su cadera y enredando mis dedos en su cabello, tiro de él colisionando su boca contra la mía.
Me siento tan extasiada, impaciente por sentirlo, que no me detengo a pensar en mis reacciones y simplemente me dejo llevar por mi necesidad de él, por mi adicción queriendo ser saciada.
Rodea sus brazos por mi torso y me estremezco al sentir el toque frio de su camisa contra mi cuerpo, en contraste con sus ardientes manos que dibujan mi espalda abajo mi blusa.
Me transmite toda su necesidad, su deseo, a través de sus labios y los desesperados toques de sus manos. Me doy cuenta que está experimentando la misma situación que yo.
En el segundo en que separo mis labios de los suyos me doy un momento para ver su rostro iluminado juguetonamente por la luz erráticas de las llamas, distingo claramente su sonrojo, sus labios, levemente hinchados, entreabiertos entre ligeros quejidos y un brillo exquisito por toda su piel que ya no sé si sigue siendo a causa de la lluvia o por nuestro propio sudor.
Mis ojos se anclan en los suyos y veo el grito silencioso de su deseo, su devoción, amor y pasión que lo atan invisiblemente a mí. Sin dejar de ver su intensa y brillante mirada, empiezo a despojarme lentamente de lo que queda de mi blusa y mi sujetador, él desvía sus ojos siguiendo el movimiento de mis manos a lo largo de mi piel y muerde su labio, me parece tan tentativo el gesto que no me resisto al impulso de volver a besarlo con desesperación.
Me sorprende mi propia impaciencia por querer unirme a él de nuevo. No es como la primera vez, no tengo el temor que experimenté esa vez. Sólo se me asoma un leve nerviosismo que se expresa con el ligero temblor que fácilmente puede confundirse con las vibraciones de mi cuerpo ante sus caricias.
-¿Katniss? – llama a mitad de un gemido.
Me alejo un poco para ver sus ojos. Veo su temor, mezclado con todas las otras emociones contradiciéndose entre sí.
Sé que sugerirá detenernos, o al menos disminuir el paso, por lo que me apresuro a acallar sus palabras con mi boca. Tratando de decirle, sin hablar, que esa no es una opción que estoy dispuesta a considerar.
Parece entender porque vuelve a aferrarme contra él y a dejar mi piel ardiente por donde se pasean sus manos.
Sus dedos llegan a moverse dubitativos por el elástico de mis pantaletas, pero mis manos guían las suyas para que las retire de una vez. Turnando mi peso en mis rodillas las termino de quitar del camino y eleva sus caderas para permitirme retirar su bóxer. Su hombría se irgue inmediatamente entre nosotros.
Volviéndome a acomodar a horcajadas sobre sus muslos, empujo los extremos de su camisa por sus brazos sin dejar de ver sus ojos.
-¿Estas segura? – le tiembla ligeramente su voz.
Cómo respuesta simplemente reclamo sus labios y susurro un "si" mezclando su aliento con el mío.
-¿Ya no….? - Se interrumpe él mismo volteando su rostro por sobre su hombro y viendo algo atrás de él. Veo que remueve sus brazos con un gesto levemente fruncido.
Por un segundo pienso que ha escuchado algo, pero me responde sin necesidad de formular la pregunta.
-No puedo… - Me mira confundido – Se atoró – agrega volviendo a remover sus brazos atrás de él.
Llevo mis manos a sus brazos, las deslizo buscando a qué se refiere y descubro que su camisa empapada se ha enrollado a la altura de sus muñecas dejándolas atadas en su espalda. Con una sonrisa torcida me vuelvo a incorporar sentándome en sus muslos. Esto acaba de darme una excelente idea.
-Ayudam….
-Quédate así… - le interrumpo.
Sus ojos abiertos llegan a los míos. Demonios, como me encanta sorprenderlo.
Antes de que alcanzara a alegarme, guío una de mis manos a su miembro y rodeo mis dedos en él. Su rostro se tuerce y suspira entrecortadamente cuando empiezo a acariciar su longitud lentamente. Lo veo embelesada mientras cierra los ojos, gime y se remueve por mi causa.
Sin dejar de acariciarlo, mis labios regresan a los suyos y los guio en una suave danza en un principio que paulatinamente va aumentando. Me siento poderosa, soy yo quien domina la situación ahora, y me fascina disponer de él de esta forma.
Mis labios se dejan caer hasta su cuello y oigo sus exquisitos gemidos en mi oído que me dan a entender que a pesar de su posición de desventaja, lo está disfrutando. Cada sonido que se escapa de su boca, hace que mi intimidad se contraiga, pidiéndome por más. Es sorprendente lo que sólo su voz y reacciones provocan en mi propio cuerpo sin la necesidad de tocarme.
Entre sus espasmos aún intenta deshacerse de su camisa pero para mi suerte no lo consigue.
El oír que ruge mi nombre hace reaccionar mi cuerpo lanzando un escalofrío por toda mi espalda. No puedo contenerlo más. Dejo de acariciarlo y llevo mis manos para enredarlas en el cabello de su nuca. Tiro de él y devoro sus labios con impaciencia mientras encamino mi intimidad a la suya.
En lentos movimientos de cadera hago un roce puntual entre nosotros. Sus gemidos que absorbo en mi boca hacen eco en mi intimidad que se desborda de placer y regocijo de sólo oírlo.
Me alejo sólo un par de centímetros de sus labios, dejando que mi nariz choque con la suya al compás de mis movimientos. Mi cabello mojado hace una pequeña cortina entre nuestros rostros qué sólo me permite verlo a él. Su aliento cálido choca con el mío y veo en sus brillantes ojos una súplica que estoy completamente dispuesta a ceder.
Aprieta sus ojos entre quejidos – Demonios, Katniss… - dice tan ronco que podría jurar que es un ronroneo.
Su voz llega a mis oídos tan tentativa, que no me detengo a pensar cuando llevo una mano a su miembro y lo mantengo en posición mientras acerco mi entrada, ya lista para recibirlo, a su punta.
Sus ojos regresan a los míos, entre excitados y confundidos. Casi puedo leer en ellos la pregunta de adonde terminó la chica "pura" de hace algún tiempo. La verdad tampoco lo sé, ni sé en qué momento se alejó, ni me interesa descubrirlo. Tampoco parece importarle después de todo.
Vuelvo a sellar sus labios hambrienta por su sabor. Muy sorprendidos estará, pero sus labios responden casi inmediatamente a los míos con la misma desesperación.
Mientras lo beso con suavidad empiezo a descender mi cadera sobre la suya. Siento que retiene la respiración y su cuerpo se tensa por completo mientras hago que se deslice dentro de mí. Me estremezco con fuerza mientras lo siento cada vez más profundo. Mentalmente me preparo para una puntada de dolor similar a la de nuestra primera unión, pero no llega. Muy por el contrario la fricción en mi interior me desborda en sensaciones que ya conocía, pero ahora las siento limpias y directas sin el adormecimiento que acompañó el dolor la última vez.
Cuando lo siento completo dentro de mí, le oigo gruñir un gemido y su piel tiembla contra la mía. Sostengo mis manos en sus hombros, escondo mi rostro en su cuello y muerdo su piel lanzando un corto grito jadeante de placer.
-¿Estas bien? – su voz es ronca pero sinceramente preocupada - ¿Katniss, aún te duele? ¿Kat…? – le interrumpe un quejido cuando elevo mis caderas y vuelvo a bajarlas.
-¿Katniss…? - trata de buscar mi rostro pero me entretengo mordisqueando su cuello y se tensa completo cuando hago el mismo movimiento de caderas.
Deja de gastar mi nombre cuando empiezo con un movimiento más constante. Mis propios gemidos se unen a los suyos sintiendo mis sentidos adormecerse y darle lugar al flujo de sensaciones que recorren cada terminación nerviosa, son tantas que me cuesta entender cómo puedo sentirlas sin estallar. Mi respiración vuelve a aumentar y desparramo mis jadeos cerca de su oído.
Rodeo su cuello con mis brazos sin dejar de moverme, paseo mis labios por su cuello, su mandíbula y encuentro su boca que me recibe desesperada e impaciente a la vez.
-Quiero tocarte – Su voz ronca y suplicante chocando en mis labios me hace tensarme más alrededor de él.
Sin dejar de mover mis caderas de arriba a abajo, me alejo del alcance de sus labios y veo su rostro y sus labios entreabiertos liberando su aliento contra mi boca. Eleva su barbilla para alcanzar mi boca nuevamente y me escabullo alejándome unos centímetros de él.
Alzo una ceja y tuerzo una sonrisa. Me devuelve el mismo gesto y cierra los ojos por un instante mientras su cuerpo se contrae.
-Tramposa – me reprocha entre quejidos.
No puedo evitar reírme un poco y vuelvo a chocar mis labios en los suyos.
Rápidamente siento que me derrito, buscando con cada segundo más fricción de él en mi interior. Nuestros cuerpos colisionan por mis movimientos y nuestros ardientes besos mientras él a ratos sigue moviendo sus brazos en su espalda para liberarse de su camisa.
Es tan diferente sentirlo sin el dolor recorriéndome, sólo una molestia tan ligera que llega a ser despreciable. Es tan estúpidamente embriagador que llego a cuestionarme cómo demonios no lo hicimos antes. Mis pensamientos son solo un conjunto de él, registrando su piel humedecida acariciándose con la mía, su respiración acelerada, sus quejidos, el hermoso brillo de sus ojos oscurecidos ante el placer que yo misma le proporciono. Arqueo mi espalda cuando una ráfaga atraviesa mi espalda y cierro los ojos para permitirme disfrutarla al máximo.
Abro los ojos sorprendida, busco la mirada de Peeta y me recibe su sonrisa torcida cuando sus manos llegan a mi espalda y me adhieren contra él. Sus ojos me miran traviesos. No sé en qué momento consiguió deshacerse de su atadura, pero recibo agradecida el toque de sus manos contra mi piel.
Me acaricia con necesidad, haciendo mi piel arder entre sus dedos, como si quisiera retomar el tiempo que se lo impedí.
Poniendo su mano atrás de mi cuello me empuja contra sus labios y los recibo, gustosa, aceptando de inmediato la invitación de su lengua a entablar una lucha contra la mía.
Sus caricias recorren mi silueta mientras me deshago en su beso sin dejar de mover mis caderas sobre él de manera lenta pero constante. Su miembro casi sale de mí y luego lo dejo volver a entrar por completo. Casi involuntariamente mi cuerpo se mueve más rápido exigiendo y disfrutando de la fricción.
Nuestros desesperados jadeos hacen imposible continuar con el beso y separo mis labios y de inmediato anclo mis ojos a los suyos. Parece no controlarse más y lleva ambas manos a sujetar mi cadera y hace que se entierre dentro de mí con más fuerza. Grito y escondo mi rostro en su cuello, y aprisiono su cabeza con fuerza con mis brazos.
Se detiene completamente tenso. ¿Por qué? No quiero que se detenga.
-¿Estás b…?
-Sigue… - le corto desesperada. Se toma algo de tiempo analizando mi suplica impaciente. – Por favor, Peeta, sigue. – repito ya fuera de mí.
Finalmente me hace caso. Llevo mis manos a sus hombros para sostenerme, enterrando mis uñas en su piel a la par de las embestidas que él mismo guía.
Sus gemidos en mi oído son cada vez más constantes a medida que guía mis movimientos contra su cadera. La fricción en mi interior me enloquece a medidas inimaginables mientras se va volviendo más caótica y rápida.
Dejo se mordisquear su cuello para mirarlo, lo descubro con sus ojos cerrados y presionados con fuerza. Me apresuro a tomar su rostro y besarlo pero un gruñido de su parte me lo impide y sus ojos llegan a los míos, brillantes. Su asombroso sonrojo, su sudor cubriéndolo, su cabello mojado, su boca entreabierta mientras jadea, gruñe y gime, son una vista increíble.
Me hipnotiza su mirada y no soy capaz de despegar mis ojos de los suyos mientras los escalofríos me recorren de punta a punta. No quiero ver a nadie más así, sólo a él con su cuerpo colisionando contra el mío, nuestro sudor mezclándose. Soy una completa adicta a él y no me permito dudar al respecto. Sólo necesito de él para sentirme completa.
-Te amo… - jadeo contra sus labios – Te amo, Peeta – digo ya casi en la cima de esa cumbre de emociones y sensaciones mezcladas.
Sus manos regresan a mi nuca pasando sus brazos debajo de los míos y hace que me incline para besarlo.
Cedo gustosa pero justo en ese momento mi cuerpo se contrae por completo y grito su nombre, enterrando mis uñas en sus brazos que me rodean. Casi al mismo tiempo, hace que mi cuerpo colisione una última vez contra el suyo. Su cuerpo se tensa por completo, sus ojos se cierran con fuerza y libera un ronco y fuerte gemido que opaca contra mi cuello. Su propio orgasmo se desparrama en mi interior y siento su miembro palpitante.
Las emociones se desparraman por cada uno de nuestros poros y terminamos jadeantes, sujetándonos el uno al otro en un abrazo, como si nos fuésemos a desplomar si no nos aferramos entre nosotros.
Mis jadeos se cortan por el tiempo en que hace que mis labios lleguen a los suyos.
-Te amo – dice rápidamente – Katniss, te amo tanto. – recalca antes de volver a besarme con más suavidad esta vez.
No se por cuánto tiempo nos quedamos así. Besándonos, acariciándonos, permitiendo que nuestros cuerpos se relajen paulatinamente y dejen de temblar. Me cuesta un poco procesar el cómo fue que terminamos así después que entramos a casa. Pero se está tan agradable en sus brazos que no me llama la atención detenerme mucho a pensar en eso.
Cuando por fin reunimos la fuerza de voluntad necesaria para separarnos, nos damos cuenta del desastre a nuestro alrededor. Hay un charco considerable en la entrada de la casa, cada prenda de nuestra vestimenta está en un lugar diferente dejando un charco a su alrededor que se llega a unir con el de la entrada.
Nuestras miradas de encuentran y ambos exponemos una sonrisa que pudiese partir nuestra cara en dos.
El sonido de su estómago quejándose, me recuerda que no hemos comido nada desde el almuerzo. Lanzamos una carcajada y volvemos a besarnos antes de subir a la habitación para terminar de secarnos y cubrir nuestros cuerpos desnudos. Peeta se pone su pijama y yo me decanto por una de sus cómodas camisas.
Bajamos a la primera planta y mientras yo empiezo a preparar mi conocido guiso de conejo, Peeta se encarga de recoger nuestras ropas y fregar el charco de la entrada. Lo llamo para cenar cuando está terminando de batallar con éste último.
-Creo que no es buena idea correr en la lluvia… - dice con algo de cansancio mientras se sienta a mi lado.
Le levanto una ceja y sonrío con picardía – No pareció importante…
Me mira e inmediatamente su rostro se adorna de un adorable sonrojo mientras termina de entender mis palabras.
Me tuerce una sonrisa que casi me derrite ahí mismo y se inclina hacia un costado para alcanzar mis labios – No, la verdad no me importa.
Me rio en su boca y después de besarnos unos segundos, continuamos con nuestra cena.
A la mañana siguiente, como los días anteriores, nos desviamos a casa de Haymitch para alimentar a sus gansos y después vamos a la panadería. Esta vez nos encontramos con Arline y Donzel ya que es el día de descanso de Renzo y Clarisse.
Donzel deja en evidencia que está con su ánimo de siempre y apenas me encuentro en su rango de visión empieza a molestarme como es su costumbre. Me sorprende a mí misma como es que se lo permito sin amenazar su existencia, pero he de admitir que viniendo de él no me es desagradable.
Arline está más animada de lo que la vi durante la semana y nos recibe a Peeta y a mí con un abrazo y una contagiosa sonrisa.
Empezamos con nuestro trabajo, dejando casi todo listo para el día, y llegada la hora, nos disculpamos para ir a ver a nuestro ex mentor al Hospital.
Arline y Donzel se las pueden arreglar ellos mismos con la panadería así que no nos preocupamos.
Hacemos la rutina de siempre para llegar a su habitación y cuando llegamos, Haymitch nos recibe como si no nos hubiese visto en décadas.
Me siento en la silla al lado de Haymitch y Peeta se sienta a los pies de la camilla, mientras nuestro ex mentor toma desayuno y nos entretenemos hablando de cualquier cosa sin mucha importancia.
Los tres nos distraemos cuando la puerta de la habitación se abre sin previo aviso y nos quedamos mirando en su dirección por unos segundos.
Me quedo analizando a la mujer de la entrada. No puedo encontrarla dentro de mi registro mental de gente conocida. La miro de pies a cabeza y de vuelta, meditando si debo decirle que se ha equivocado de habitación o no.
Peeta y Haymitch parecen tener la misma discusión mental que yo por que guardan silencio mirando absortos a la mujer que recorre con la vista la habitación deteniéndose en cada uno de nosotros.
Tiene una cabellera rubia, lisa, que le llega hasta sus hombros. Su maquillaje es más de lo que se acostumbra a ver en el Distrito, pero no llega a ser exagerado; sólo una línea negra enmarca y destacas unos ojos color ámbar. Sus vestimentas son un abrigo de cuero color marrón que le llega a los muslos y debajo de éste se ven unos pantalones de tela color negro. Me quedo detenida en los botines del mismo color del pantalón. Ese detalle me hace considerar que ésta mujer no se ha equivocado de habitación y es que sólo conozco a una persona que puede caminar con normalidad con esas trampas mortales de casi veinte centímetros.
-Tienes que estar bromeado – ladra Haymitch tan sorprendido como yo.
-¡Mis queridos vencedores! – Sí. Definitivamente es ella.
Entra dando saltitos y se apresura a lanzarse a los brazos de Peeta que es el más cercano a la entrada. Toma el rostro de mi chico del pan y besa exageradamente ambas mejillas. Rápidamente voltea hacia mí y se inclina para hacer lo mismo.
-Haymitch – saluda inclinando levemente su cabeza cuando se dirige a nuestro ex mentor, al parecer los abrazos y besos se anulan cuando se trata de él.
-¿Qué demonios haces aquí? – le saluda.
Ella eleva su mano y le acaricia su mentón por un segundo despreciable, luego se sienta al lado de Peeta a los pies de la cama.
-Liliana me dijo lo qué te había pasado. Me puse en camino de inmediato.
-¿Liliana? ¿Quién mierda es Liliana? – sigue Haymitch sin salir de su sorpresa.
Effie eleva una ceja en su dirección y lo mira con extrañeza. La miro expectante ya que no tengo remota idea de quién demonios es la dueña de ese nombre.
-¿Llevas casi una semana aquí y ni siquiera sabes el nombre de tu doctora de cabecera? – canturrea.
Los tres le parpadeamos. Creo que aparte de ver la pequeña insignia metálica mencionando el apellido "Connor", ninguno de los tres tenía idea de su nombre.
-¿Te llamó ella? – casi grita nuestro ex mentor.
-Por supuesto.
Haymitch lleva su mano a acariciar sus sienes – Esa mujer… - gruñe.
Como si el gruñido de Haymitch invocara. La joven doctora se materializa en la entrada con una sonrisa radiante.
-¡Eres una maldita! ¡De todas las torturas conocidas, tenías que traer a…!
-¡Haymitch! – Peeta y yo vemos divertidos cuando Effie le da un pequeño manotazo en la boca, haciéndolo callar de inmediato. – ¡Ella es quien te ha cuidado y la jefa de todo el personal! ¿Dónde están tus modales?
Veo una vena protuberante en el cuello de mi ex mentor cuando mira a Effie quien ni siquiera se inmuta por su mirada asesina. Miro a Peeta quien está resistiendo una carcajada al igual que yo.
-¡Que diga de una vez si los exámenes salieron bien para largarme de aquí!
La aludida entra un par de pasos con unos informes sobre su regazo. Se aclara la garganta y revisa los papeles antes de mirarnos.
-En efecto, Sr. Albernathy. Sus exámenes han salido dentro de los rangos normales.
-¿Entonces saldré de aquí? – pregunta tan entusiasmado como un niño.
La doctora asiente, pero antes de que Haymitch saltara de la cama para empezar a salir, ella continúa.
-Sin embargo, aún debe mantener ciertos cuidados. Sé que los jóvenes trabajan en la panadería – nos apunta a Peeta y a mí - por lo que no podrán mantenerlo custodiado todo el tiempo. Es por eso que he llamado a la Srita. Trinket.
Volteo a ver el momento exacto en que Haymitch se queda mirando a Effie estupefacto.
-No esperaras que ella…
-Oh. Haymitch… - Effie sonríe – es obvio que me haré cargo de ti.
La expresión en su rostro es tan imposible que Peeta y yo no podemos más y lanzamos a coro una sonora carcajada.
-¡Cállense ustedes dos! - Nos regaña Haymitch - ¡No le veo la puta gracia!
La doctora acaba de ganar puntos. Definitivamente, si esta es su carta para vengarse de Haymitch, le ha atinado al gordo. Se ve claramente en su sonrisa de satisfacción.
CONTINUARA…
N/A
Listo mis pequeñas. Azúcar y miel por casi todo el capítulo xD
Espero que les haya gustada y se den el tiempo de hacérmelo saber.
Perdonen lo poco original del título, es que la verdad, en comparación con escribir el capítulo, el titulo me hace cabecearme más de lo normal y no siempre coincide con la historia. xD
Trato de actualizar una vez a la semana y, aunque me atrasé un poquito, creo que está dentro del rango. Les agradezco su paciencia entre un capitulo y otro.
Como siempre un fuerte abrazo a todos aquellos que siguen mi historia.
Nos leemos pronto.
¡Hasta el próximo capítulo!
