21. Tía Muriel tiene un problema
¡Zas!
La fría y afilada hoja del hacha que manejaba muy diestramente George, había vuelto a impactar sobre el frágil tronco de madera, partiéndolo en dos sin ningún tipo de compasión. Había madrugado, era día de compras, pero la chimenea debía estar lista para cuando regresasen a casa. Por ese motivo, el joven se había levantado más temprano que los demás y se encontraba troceando bastos troncos para abastecer el fuego durante aquel día. Se le helaban la nariz y las orejas, y a pesar de tener las manos cubiertas por unos gruesos guantes de piel, percibía el frío a través de ellos. Levantó de nuevo los brazos sujetando el mango del hacha con firmeza, y ¡Zas!, dos nuevas mitades salieron despedidas a cada lado de la peligrosa herramienta.
Ginny también había madrugado, lo sucedido el día anterior —la inesperada visita de Gabrielle—, no le permitió conciliar el sueño durante la noche, y por ello decidió bajar temprano y preparar el desayuno junto a su madre para que cuando los demás fuesen dejando a un lado el país de los sueños, tuviesen algo caliente con que llenarse los estómagos. Preparó café para un regimiento, ayudó a su madre a cocinar las tortitas y trocear el pan para las tostadas, luego vertió un poco de café recién hecho en una taza y salió de la casa envuelta en una gruesa manta con la bebida calentita en una de sus manos. Atravesó el enfangado camino que conducía al establo, y allí, muy cerca de una de las paredes laterales, se encontraba George junto a un buen montón de leña cortada.
—Pensé que una buena taza de café caliente te vendría bien.
George se giró con el hacha en la mano. Su hermana torció el gesto y el joven apoyó la herramienta en el viejo tronco sobre el que troceaba la leña, y sonriéndole se despojó de los gruesos guantes notando de inmediato el intenso frío del invierno británico. Ginny le acercó la taza de porcelana que George asió de inmediato, llevándose a los labios y notando como el paso de aquella bebida caliente a través de su garganta comenzaba a reconfortarlo. Su hermana se arrebujó en la manta cubriéndose todo lo que pudo, aun así, su nariz había empezado a helarse.
—Llevas mucha leña cortada, deberías dejarlo ya —le recomendó dejando escapar a través de su boca un ligero vaho que se esparcía por el aire.
—Solo trocearé algunos más y habré terminado —concluyó el joven volviendo a tomar otro sorbo de café.
Ginny dejó la mirada perdida en el horizonte grisáceo y nebuloso. A pesar de la bruma, el cielo mostraba débiles tonos rojizos y amarillentos dando una leve pista de que tal vez luciría el sol en gran parte de la jornada.
—Llevo tanto tiempo en Londres que a veces me olvido lo hermoso que es este lugar. Allí apenas tienes tiempo para pensar o recordar —miró de reojo a su hermano. George, no era el George que conocía. Desde la muerte de Fred había cambiado, había dejado de ser el tipo divertido, bromista y dicharachero de siempre. Sin embargo continuó conservando parte de ese carácter extrovertido que lo caracterizaba; pero Ginny era una mujer muy observadora, y desde su regreso a Ottery había notado a su hermano mucho más apagado de lo normal. Apenas hablaba, y cuando alguien le decía algo, él se limitaba a sonreír o a asentir con la cabeza. Entendía que la muerte de su gemelo era algo que nunca podría olvidar, y que estas fechas tan señaladas hacía más presente ese recuerdo, sin embargo, Ginny intuía que había algo más. Algo que le preocupaba, que no conseguía apartar de su mente; de ahí su aspecto taciturno y melancólico tan impropio en él. La joven entresacó una de sus manos de la manta que la cubría y la dejó caer sobre el hombro de su hermano, a la vez que le preguntaba entonando su voz más dulce y conciliadora—. George, ¿te encuentras bien?
—Claro que sí, ¿por qué me preguntas eso? —inquirió sin mirarla.
—Porque te conozco y estás… raro. Además, ¿dónde está Angelina? Llevamos varios días aquí y no ha pasado a saludarnos. Me resulta extraño, ¿no habréis discutido?
George giró la cabeza hacia su hermana clavando su mirada azul en los castaños ojos de ella. Su mandíbula se había tensado y su voz tembló un poco al contestar.
—Está fuera de Ottery. Y no, no hemos discutido, pero he pensado que tal vez no fue buena idea que trabajase conmigo.
—¿Por qué? Después de Ron, nadie mejor que ella conoce la tienda…
—Ginny, no quiero hablar de eso. No fue buena idea, punto.
Tras zanjar el tema, George apuró de un trago el líquido que quedaba en la taza, se la entregó a su hermana y volvió a enfundarse los gruesos guantes de piel. Unos segundos después un nuevo ¡Zas! Le dejó muy claro a Ginny que debía regresar a la casa con algunas preguntas sin contestar.
Hermione dio una vuelta más en su estrecha cama. Tenía todas las sábanas revueltas porque si no había girado sobre ellas durante aquella interminable noche más de cien veces, no habían sido menos. No pudo dormir, y durante su desesperante vigilia no dejó de pensar en Ron; ni en él y ni en aquella joven que dormía a pocos metros de ella. A pesar de que su novio le había dejado muy claro que ya no sentía nada por Gabrielle, la presencia de la joven francesa no le gustaba; era demasiado, bella y estaba sola ¿Por qué estaba sola? Esa pregunta golpeaba su mente tan fuertemente que ni contando todas las ovejas del mundo habría logrado conciliar el sueño. Notó de nuevo como le cosquilleaban los pies de impaciencia y supo que ya no debía seguir ni un segundo más metida en aquella cama. Por ello se levantó rápidamente, como si tuviese un resorte en el trasero, y tras sacar del armario lo que llevaría puesto durante el frío día, echó una ojeada a las dos mujeres que compartían la habitación con ella. Una roncaba, tan fuerte que parecía querer aspirar las paredes por la nariz; la otra mujer respiraba pausadamente, envuelta tal vez en algún sueño dulce y reparador. Hermione entrecerró sus castaños ojos con recelo sin apartarlos de Gabrielle, como si quisiese entrar en la mente y en los sueños de la joven, y solo deseó que fuese lo que fuese lo que lograba curvar sus labios en una sonrisa mientras dormía, no tuviese nada que ver con algún joven alto, de cabello rojo y ojos azules, y al que un día se atrevió a romperle el corazón; corazón que Hermione consiguió reparar, y que ahora era suyo, suyo y de nadie más.
Abrió la puerta de la habitación con sigilo, no deseaba despertar a nadie con alguna imprudencia. Había sido una noche complicada, sabiendo que su novia y su antiguo amor compartían el mismo dormitorio. Lentamente se aproximó hacia la puerta cerrada donde descansaba Hermione, y apoyó la oreja sobre ella; no pudo escuchar nada más que los ruidosos ronquidos de tía Muriel. De repente la puerta se abrió y Ron dio un traspiés hacia delante cayendo sin intención sobre Hermione.
—Ron… —susurró la joven apartando con suavidad el cuerpo de Ron del suyo— ¿Qué haces aquí?... ¿espiando?
—No espiaba, estaba preocupado por ti —contestó él con el rostro muy serio.
Hermione lo empujó hasta fuera del dormitorio, a continuación cerró muy despacio la puerta, y entonces se giró hacia su novio que continuaba con el rostro adusto. Miró hacia ambos lados del pasillo, todo parecía tranquilo. Volvió a contemplar al hombre que estaba frente a ella, completamente desaliñado, con el cabello despeinado, la barba incipiente y un pijama que le quedaba por los tobillos y que lograba darle un aspecto infantil e irresistible. Hermione se mordió el labio inferior y sonrió; el rostro de Ron cambió súbitamente el gesto austero por uno mucho más relajado.
—Estamos solos —confirmó Hermione.
Ron asintió tontamente con la cabeza y sus azules ojos brillaron igual que los de un niño a punto de realizar una travesura.
—¿Por cuánto tiempo podremos estar solos? —mientras formulaba la pregunta, se acercó a él, elevándose sobre las puntas de sus pies para conseguir emular la altura del joven, pasándole sugerentemente una mano por detrás de su rojo y encrespado cabello.
—No… no lo sé, por eso deberíamos aprovecharlo ¿no crees? —sugirió Ron torpemente.
—Iba a darme una ducha, y viendo tu aspecto creo que tú también deberías hacer lo mismo.
—Podría acompañarte…
—Podrías…
Las grandes y fuertes manos de Ron ceñían la minúscula cintura de Hermione, mientras ella jugueteaba de forma aparentemente inofensiva con el pelo del joven. Demasiados días sin tener un encuentro físico, demasiados días… Ron aproximó a Hermione hacia su cuerpo, las ropas que la joven llevaba en la mano resbalaron quedando esparcidas por el suelo. Ahora nada le impedía asirse al cuello de su novio con ambas manos, y olvidándose por completo de donde se encontraban, ambos se fundieron en un beso apasionado. Era maravillosa esa sensación, Ron deseó que tía Muriel se asfixiase con uno de esos insoportables ronquidos; si ella no estuviese allí, si no durmiese en esa habitación, que distintas iban a ser las mañanas. Hermione no pensaba, no podía pensar mientras Ron la estuviese besando de aquella forma. Él siempre la besaba así, como si fuese la última vez.
Tan abstraídos del mundo se encontraban que no se percataron de la presencia de alguien que tosió levemente para indicar su presencia. Los labios de la pareja se separaron, Ron palideció, y Hermione se puso roja de rabia.
—Buenos días, siento integumpigos pego necesito pasag y bloqueáis el pasillo.
Aborrecía ese acento francés. Ron chasqueó la lengua y gruñó mientras se echaba un poco hacia atrás para dejar paso a Gabrielle. Hermione hizo lo propio, agachándose después a recoger toda la ropa que aún seguía desperdigada por el suelo de madera. La hermana pequeña de Fleur pasó por el medio de la pareja, echó una mirada furtiva a Ron y esta vez, él no apartó la vista. Ella trató de sonreírle pero el gesto de desprecio que reflejaba el pelirrojo en su rostro, la disuadió de hacerlo. Agachando la cabeza recorrió el pasillo y desapareció escaleras abajo.
Hermione se puso en pie, ya había recogido todas las prendas. Observó a Ron; el joven mantenía la mirada fija en la pared que ella tenía a su espalda, tensaba la mandíbula y aún conservaba el gesto desdeñoso en su semblante. Hermione, recelosa, frunció el ceño, pero entonces Ron pestañeó y sus ojos se encontraron de nuevo con los de ella, le sonrió y dijo con voz aterciopelada.
—Hablábamos de darnos un baño juntos, ¿no?
—De eso hablábamos —confirmó Hermione sin dejar a un lado el escepticismo.
—Pues hagámoslo, antes que toda la casa despierte y nos roben nuestro tiempo.
Pudo haberse negado, porque la inoportuna presencia de Gabrielle y la consiguiente reacción de Ron habían mermado sus ansias de pasar un rato más que agradable con él; pero no lo hizo, porque el pelirrojo tiró de ella suavemente, sin dejar de sonreírle, guiándola hacia el único cuarto de baño que poseía aquella vieja casa, y cuando estuvieron dentro, cerró la puerta y echó el pestillo.
Victoire apenas había podido conciliar el sueño durante la noche. No podía dejar de pensar en Lenny y en lo mal que lo había hecho sentir. Además, tío Charlie les había reprendido por dejar entrar a un chico en casa sin el permiso de alguno de ellos, aunque ese chico fuese Lenny Butler. Por suerte el pelirrojo prometió no mencionar el asunto a su hermano mayor, con lo cual, recibió las sonrisas agradecidas de sus dos sobrinas y de la amiga de una de ellas, volviéndose a convertir en el tío Weasley más enrollado.
A Victoire no le gustaba el silencio, Dominique apenas se movía de su cama; solía dormir siempre en el mismo lado y en la misma posición, y generalmente, no la cambiaba durante el transcurso de la noche. Iris también parecía dormir aún, la escuchaba respirar pausadamente. Había salido tras Lenny, en su busca, Iris hizo lo que ella debió hacer. Quiso hablar del tema durante el resto de la tarde con su amiga, pero después de la regañina de tío Charlie, y de la repentina y caótica llegada de tía Gabrielle, no tuvo la oportunidad. La oyó toser un poco, e inmediatamente dio por hecho que su amiga había despertado y salió de su cama como un rayo, sentándose a la orilla de la de Iris.
—¿Estás despierta? —susurró al cogote rubio de Iris.
La joven se movió un poco, y de esa forma Victoire pudo verle la cara. Iris entreabría los ojos perezosamente arrugando el gesto y emitiendo un leve bostezo.
—¿Qué hora es? —preguntó incorporándose un poco.
—Muy temprano —contestó Victoire sin darle importancia. Iris frunció el ceño, tumbándose de nuevo en la cama con intención de volver a dormir. Su amiga le zarandeó con energía el hombro mientras decía—. No, no lo hagas, tengo que hablar contigo.
—Pero es muy temprano, Vic, ya tendremos tiempo durante el día.
—No, no habrá tiempo. Hoy es día de compras… ¡Iris! —exclamó al ver como su amiga trataba de acurrucarse nuevamente entre las mantas—. Quiero que me cuentes cómo estaba Lenny y qué fue lo que te dijo.
Iris volvió a incorporarse, esta vez hasta que se halló sentada sobre la cama. De golpe se le había quitado todo el sueño.
—Pues, no estaba bien, se veía dolido y…
—¿Enfadado? —hizo aquella pregunta acercándose mucho a Iris con sus claros ojos muy abiertos.
—No, no estaba enfadado, estaba resignado.
Victoire se sintió mal y resopló con fuerza. Ella nunca había deseado hacerle daño.
—¿Crees que me perdonará?
Iris sonrió y, alargando la mano, acaricio con dulzura el cabello de su amiga tratando de infundirle alivio.
—Creo que ya te perdonó. Lenny lo comprende, entiende que sois diferentes, pero no puede evitar sentir lo que siente por ti. Dale tiempo, solo necesita tiempo.
Victoire esbozó un amagó de sonrisa y luego se quedó sumida en sus pensamientos, esos que se desvanecieron de golpe al escuchar de nuevo la voz de su amiga.
—Es un buen chico, y guapo… nunca me dijiste que fuese tan atractivo.
—Nunca te dije que no lo fuese —replicó mirando a Iris con recelo.
—Lo había imaginado diferente, y me quedé muy sorprendida cuando supe quién era —se apresuró a aclararle al ver la mirada de Victoire.
—Lenny tiene muchas cualidades, y cualquier chica que lo conozca solo un poco podría enamorarse perdidamente de él. Es buena persona, es atractivo y posee valores que tal vez otros no tengan. Yo nunca dije que no fuese así, pero no es la persona que ayudaría a caminar en la vida. Le falta chispa, y yo necesito que me sorprendan cada día. Lenny no lograría eso, es fácil saber lo que piensa, te mira y entonces no hay secretos, no hay sorpresa.
—Eso es cierto —musitó Iris, mientras venía a su memoria la mirada transparente de aquel muchacho.
—¿Quieres seguir durmiendo?
—No, ya no tengo sueño… ahora tengo hambre.
Victoire lanzó una carcajada, y abandonando la orilla de la cama de su amiga, dijo con contundencia.
—Solo llevas un par de días conviviendo con los Weasley y ya piensas como nosotros.
Diciendo eso, la joven agarró una bata de felpa que tenía sobre su cama, se arropó con ella y salió del dormitorio. Dominique balbuceó algo entre sueños, luego se giró y siguió dormida. Iris había dejado la mirada perdida en el hueco de la puerta por donde había desaparecido Victoire, seguía pensando en Lenny, en la sinceridad de sus palabras, y en sus diáfanos y tristes ojos.
Nadie pudo sospechar a qué se debía la enorme y satisfactoria sonrisa que Hermione lució en su rostro durante el familiar desayuno. Solo Ron tenía todos los claves y el mérito de aquella mueca en los labios de su novia, porque él lucía una incluso más grande que la de ella. Había sido fabuloso ese momento de intimidad en aquel baño, a pesar de lo apresurado, había merecido la pena volver a sentirse el uno al otro. Ron miró a Hermione y su sonrisa se acrecentó, aún percibía un agradable cosquilleo en las yemas de sus dedos, una sensación que le recordaba lo maravilloso que era acariciar la piel tersa y bronceada de su chica. Recorrer con su tacto cada parte de la anatomía de Hermione, se conocía aquel cuerpo como si fuese el suyo propio. Cada curva, cada recoveco, cada aroma y sabor, se evocaban en su mente cuando sus ojos se encontraban con los de ella.
En un rincón de la mesa, tratando de pasar inadvertida, los claros ojos de Gabrielle observaban con interés las miradas, y gestos de complicidad que la pareja se prodigaban constantemente, sin percatarse de que alguien no le quitaba la vista de encima a ella; Ginny estudiaba cada movimiento de la joven francesa, todo ello sin suprimir la abnegada atención a su travieso hijo. James no paraba ni un instante quieto, era incansable, y Ginny no se sentía demasiado bien. Tal vez se debiera a la falta de sueño, o al hecho de haber madrugado aquel día, o a la presencia de Gabrielle entre los suyos, fuese el motivo que fuese, lo cierto que es que sentía nauseas; muchas, tantas que disculpándose tuvo que abandonar la mesa antes que los demás. Harry, se levantó y la siguió.
Una vez acabado el desayuno, cada miembro se dedicó a ultimarlo todo para la salida hacia el pueblo, que se sucedería en pocos minutos, una vez que Bill y su familia llegasen a la Madriguera. Hermione, ante la falta de Ginny, ayudó a Molly, y a George a recoger un poco todos los restos de la comida. La matriarca Weasley no estuvo de acuerdo en un principio, ordenando a Charlie o a Ron que ocupasen el lugar de Ginny, pero Hermione insistió, alegando que a pesar de ser una invitada, ella deseaba hacer cosas con la familia. Molly terminó cediendo a regañadientes. Charlie, aliviado de ser excluido finalmente de la tarea y a sabiendas que de todos era el que más retrasado iba, huyó escaleras arriba y se metió en la habitación que compartía con sus hermanos. Ron se quedó un poco rezagado, observando desde el umbral de la cocina como su novia se afanaba y trataba de ser útil. Tan ensimismado se encontraba que no se percató de la presencia de Gabrielle junto a él hasta que la joven susurró con aquel inconfundible acento francés.
—Necesito hablag contigo, Gon.
Todo el optimismo y buen humor de Ron se esfumaron de un plumazo, se giró hacia la joven mirándola con dureza. Tensó la mandíbula antes de espetarle.
—Yo no necesito escucharte.
Sin apartarle la mirada, y sin suavizarla ni siquiera un poco, Ron se dio la vuelta y comenzó a ascender por las mismas escaleras por las que Charlie había subido velozmente unos minutos antes. Gabrielle se quedó sola en aquel cálido pasillo de madera. No iba a ser tarea fácil que aquel terco y resentido joven le prestase un poco de atención. De todas formas, ella no se rendía tan fácilmente así que sin resignarse, decidió esperar un poco más, darle algo de tiempo y después volvería a atacar. Necesitaba hablar con él, y lo haría a costa de lo que fuese. Comenzó a subir los peldaños de la escalera con dejadez, parecía que le habían metido plomo dentro de las botas de piel. Cuando llegó al fin al primer piso, vio a Harry apoyado sobre la puerta del cuarto de baño.
—Ginny, ¿te encuentras bien? Nena, déjame pasar.
Su esposa debió decirle algo desde dentro que Gabrielle no alcanzó a oír, pero aquello dejó más tranquilo al hombre. Miró de reojo a Harry cuando pasaba junto a él y continuó caminando hacia el dormitorio.
Fue una suerte enorme que aquella horrible anciana con pinta de hurraca no se encontrase en ella. Era insufrible, ella y sus ronquidos, no entendía cómo podía pertenecer a los Weasley, era tan distinta. Se acercó a su maleta, aún estaba a medio deshacer, sacó de entre el revoltijo de ropas, una bufanda de lana de color beige y unos guantes a juego. Enrolló la bufanda alrededor de su estilizado cuello y metió uno a uno los dedos dentro de los guantes. Ya estaba lista, debía bajar para cuando Fleur y Bill llegasen con sus padres y los niños. Se giró para salir pero la repentina entrada de Ginny, ojerosa y pálida, la retuvo.
—¿Puedo hablar contigo un minuto?
—No tienes buen aspecto, Ginny.
La pelirroja no hizo caso a la observación de Gabrielle pero notando la necesidad de sentarse, se acercó hasta la cama de Hermione y se dejó caer en ella. Gabrielle no se movió del lugar donde se había detenido, simplemente giró su hermoso cuerpo hacia la desmejorada Ginny.
—Sé que es lo que quieges que hablemos… o más bien de quién.
—¿Qué estás haciendo aquí? —inquirió Ginny notando como regresaban las incontrolables nauseas.
—¿Piensas que lo he planeado todo, vegdad? Pues te equivocas, ni siquiega sé que hago aquí.
—Ron está tranquilo, al fin… después de tanto tiempo vuelvo a verlo feliz e ilusionado. No vayas estropearlo, Gaby, no tienes nada que hacer con él —el tono de voz de Ginny, a pesar de las náuseas, se endureció, volviéndose amenazante.
—Lo sé, ni quiego teneg nada con Gon. Mi histogia con él es pasado.
La frase de Gabrielle desconcertó a Ginny, tirando por tierra todo el argumento que había construido a raíz de la llegada de la joven francesa.
—Entonces, no lo entiendo… ¿Qué quieres? ¿Dónde está Baptiste?
La sola mención de aquel nombre hizo palidecer el terso y rosado rostro de Gabrielle y sus ojos brillaron un instante. Por fin se movió de su lugar, caminó un poco deteniéndose cerca de la cama donde Ginny estaba descansando, y tras pensarlo un poco, se sentó junto a ella.
—Baptiste no va a venig. Quiege sepagse de mí y yo no hallo la fogma de impediglo. Después de tantos años, supo de las cagtas que Gon me envió… debí deshacegme de ellas, pero no lo hice y luego simplemente, las olvidé.
—Sigo sin entender qué diablos haces aquí —insistió Ginny cada vez más desorientada, sus nauseas comenzaban a desvanecerse.
—Gon y yo vivimos algo muy bonito, aquel vegano. Yo tenía diecinueve años, y un novio lejos, y al que no estaba seguga de amag. Cuando llegué aquí, él hizo que me sintiega viva. Me hacìa songeig, y pensé que tal vez Gon ega el chico de mi vida. Con esa idea en la cabeza volví a Pagís, deseando llegag y contagle a Baptiste mi decisión de dejaglo pog Gon. Pego cuando lo vi en el aegopuegto, con aquel gamo de floges, me sugiegon dudas, y decidí no tomag decisiones de las que después podía agepentigme. Luego llegagon las cagtas de Gon, y entendí lo muy enamogado que estaba de mí. Entonces supe que no había pensado bien las cosas, es ciegto que la posición de Baptiste es mucho más desahogada que la de Gon, pego no fue eso lo que me llevó a la conclusión que tomé. Baptiste se deshacía en atenciones hacia mí, coincidíamos en gustos, ideas, planes; con Gon nunca hablé de esas cosas. Baptiste empezó a seg muy impogtante paga mí. Me enamogé de él, y entonces tuve miedo a que supiese lo de Gon y aquel vegano, y sabiendo de mi egog, me dejase. Oculté las cagtas de Gon, ni siquiega las leía, y no las contesté pensando que tal vez, si no lo hacía, dejagia de mandagmelas; y así fue. Pog fin dejé de ver en peligro mi gelación. Amaba a Baptiste con toda el alma, y deseaba pasag el gesto de mi vida junto a él. Y vi mi sueño hecho realidad unos años después cuando nos casamos. He sido muy feliz, hasta que hace poco menos de un mes, en medio de una mudanza, las cagtas de Gon saliegon a la luz. Intenté explicaglo, pego él no me dejó; había leído su contenido y decía que con eso ya tenía bastante. Baptiste se sintió engañado, me acusó de habegle mentido todos esos años. Ese mismo día no volvió a casa y dugmió en un hotel. Su decepción era enogme. Es una buena pegsona y yo… —hizo una leve pausa, durante la cual sus ojos brillaron aún más y se humedecieron. Luego se aclaró sutilmente la garganta y prosiguió, ante la atenta e interesada mirada de Ginny—. No supe de él dugante días. Fue una pesadilla. Al comienzo de esta semana, me telefoneó. Oíg su voz fue un bálsamo paga mi angustiado cogazón, pero lo que dijo a continuación me lo dejo hecho añicos; añadió que tal vez no debegia volveg a confiag en mí, y que lo mejog paga los dos era sepagagnos. Después de esa hogible noticia, no supe que haceg. Mamá y papá pensagon que tal vez cambiag de aiges me igía bien, y pog eso estoy aquí. Pego no ha sido buena idea, Gon me odia, y esto no me está haciendo ningún bien.
—No podías esperar otra cosa, le prometiste que volverías —el reproche de Ginny se oyó contundente y frío.
—Y así lo pensé, pego no conté con que no ega Gon sino Baptiste del que finalmente acabagia enamogada.
Hermione había terminado de ayudar a Molly y a George, por eso pensó que antes de salir de compras no sería mala idea, asearse y ponerse algo más de abrigo. Se acercó a la habitación para coger su neceser pero voces femeninas en su interior la detuvieron a escasos milímetros de la puerta. Ésta se hallaba cerrada, Hermione pudo distinguir la voz de Ginny, y luego un sugestivo acento francés que le erizó la piel. No alcanzaba a saber de qué hablaban, y su curiosidad comenzó a hacer mella en su buena educación. Por ello, rindiéndose a sus instintos, se aseguró que no había nadie en el pasillo del primer piso, ni que descendían del ático, y luego giró con cautela el pomo de la puerta abriéndola, dejando una pequeña rendija, lo suficiente como para que aquellas voces femeninas, y las palabras que las adornaban, se distinguieran con más claridad.
—Ya estás separada, ¿qué piensas hacer?
La frase y la consiguiente pregunta de Ginny consiguieron que el corazón de Hermione diese un vuelco brusco dentro de su pecho.
—Quiego gecupegaglo, cueste lo que me cueste. No sé vivig sin él, necesito que lo entienda, que me pegdone. No puede olvidag todo lo que nos hemos amado, yo no voy a gendigme, no pienso haceglo. Voy a enmendag mi egog; no pagagé hasta que me escuche, y entonces, sé que lo que sentimos segá mas fuegte, consegigé que deje a un lado su desconfianza hacia mí, y volvegemos a estag juntos.
Pero fueron las palabras de Gabrielle las que consiguieron que aquel órgano vital que había volcado súbitamente en el pecho de Hermione comenzase a latir desorbitadamente… ¿Qué demonios estaba diciendo aquella rubia descerebrada? Hermione trataba de unir las frases "quiero recuperarlo", "No sé vivir sin él", y "volveremos a estar juntos" para que no sonasen tan mal, pero sonaban horrible. Pensó que Gabrielle hablaba de Ron y no de Baptiste, y unos celos y un temor desconocidos hasta entonces comenzaron a crecer en su interior. Tuvo la intención de abrir aquella puerta de golpe y gritarle a esa engreída destroza corazones, que su tiempo había acabado y que si estaba allí con la intención de confundir a Ron, embaucarlo nuevamente con sus sucias artes de seducción gala y regresar a Francia de su mano, estaba muy, pero que muy equivocada. Ella no iba a consentirlo, de ninguna forma dejaría que le robase lo único que le importaba en la vida. Volvió a sentir miedo, un miedo atroz a perder a Ron. Le temblaron las piernas; y su determinación de irrumpir en aquella habitación quedó arrastrada por el suelo. Trago saliva, no, no debía dejarse vencer, tenía que dejarle a esa intrusa las cosas claras desde el primer momento. Temblorosa la mano se posó sobre la superficie áspera de la puerta con intención de empujarla, pero la voz de Ron lo impidió.
—¿Todavía estás así?
Hermione se giró violentamente. Ron percibió el malestar en el rostro de su novia, y acercándose a ella preguntó con voz suave.
—¿Te encuentras bien, Hermione? ¿Estás indispuesta?
Ella lo miraba, absorta, como si lo observase a metros de distancia. Desvió levemente la vista hacia la rendija de la puerta antes de responder de forma ausente.
—No te preocupes, estoy bien, sentí frio y pensé en coger algo de más abrigo, pero creo que con la ropa que tengo colgada en el perchero de la entrada estará bien… estará bien.
Terminó la frase tratando de adornarla con una forzada sonrisa. Ron entrecerró un poco los ojos con recelo pero Hermione lo distrajo pasando sus dedos por los de su novio y tirando de él hacia la escalera, mientras volvía a decir, ahora con más serenidad.
—Estoy bien. Vamos no hagamos esperar a tu familia.
Sin que la fingida calma de Hermione le terminase de convencer, Ron la siguió, y en pocos segundos ambos bajaban peldaño a peldaño la vieja y chirriante escalera de madera hacia donde ya estaban casi todos los Weasley.
Ginny se encontraba mucho mejor, la improvisada y reveladora conversación con Gabrielle había conseguido que sus nauseas no solo pasaran a un segundo plano sino que finalmente terminasen por desaparecer por completo. La hermana de Fleur se había quedado callada, parecía pensativa y su aspecto taciturno y abatido logro enternecer el corazón de Ginny solo por un instante, porque enseguida volvió a pensar en Ron, y por eso prosiguió con sus preguntas en el mismo tono frío e impasible.
—Y Ron, ¿no puedes pretender que deje de odiarte de la noche a la mañana?
—No pienso eso, pego tengo que hablag con él. megece sabeg lo sucedido antes de que me magche de aquí; y es imposible, no quiege escuchagme. No aspigo que me pegdone, ni siquiega se si necesito que lo haga. Yo no actué de mala fe, lo que más lamento es habegle hecho daño, pogque Gon es magavilloso, y no megecia lo mal que me pogté con él. No tiene pog qué entendeg ni aceptag mis motivos, mas no me gustagia volver a Pagís sin contagle todo. He visto como miga a esa chica, Hermione —sonrió levemente—. No oculta lo que siente pog ella, se le nota a leguas, eso es algo que continuamente he admigado de él, que es límpido como el agua. Y me contenta que sea feliz de nuevo. No voy a seg yo quién se lo impida, no obstante, no me gusta que me tenga tanta iga, no es bueno guagdag viejos gencoges, eso no te deja gozag de lo que tienes al cien pog cien. Gon tiene que escuchagme, sé que si lo hace, conseguigá desquitagse, y así libegaga al fin el gencog que guagda en su cogazón.
—Si me cuentas todo esto para que te ayude a tener un encuentro con él, estás equivocada Gabrielle. Si Ron no desea saber de ti, ni siquiera para escuchar tus excusas, entonces yo no pienso influir en él —diciendo eso, Ginny se puso en pie. Se sentía mejor de su indisposición y ya iba siendo hora de dar por finalizada aquella charla. Ya sabía todo lo que debía saber—. Ahora será mejor que termines de arreglarte puesto que ya todos deben estar impacientes por salir de aquí.
Gabrielle resopló resignada mientras observaba como la melena rizada y pelirroja de Ginny se esfumaba tras la puerta. No esperaba menos, en ningún momento pensó que aquella mujer se pondría de su parte, o le ayudaría, pero no perdía nada con intentarlo. Pasaría el día de Navidad en Ottery y luego regresaría a París con una única meta, reconquistar el corazón y la confianza de Baptiste, pero antes debía hablar con Ron, debía hacerlo por el bien de los dos.
Salieron todos, unidos, repartidos entre los diferentes coches. Iban como sardinas en latas, pero felices, dispuestos a pasar un día de esos que se consideran inolvidables. El plan era el siguiente, primero cada cual iría por su lado, tratando de comprar los regalos en el menor tiempo posible; después, sobre el medio día, quedarían todos para almorzar en el mismo lugar: un restaurante de comida casera propiedad de Aberforth Dumbledore, un buen amigo de la familia.
Llegaron más pronto de lo esperado, con lo cual rápidamente se dispusieron en grupos. Hermione se unió al grupo que formaban Ron, George y Charlie, y pronto se perdieron por entre las tiendas que conformaban la avenida principal, dejando a los demás grupos atrás. Ron estaba feliz, se le notaba en la forma en que le brillaba los ojos, o en como bromeaba con sus hermanos.
Como estaba previsto, el sol hizo acto de presencia y con más intensidad de la que nadie podía esperar. Las temperaturas seguían siendo muy bajas, no pudiendo prescindir de los guantes, gorros y bufandas, pero lucía el sol, en pleno diciembre, y eso era motivo de júbilo. Sin embargo, Hermione no se sentía contagiada por el buen ánimo de su novio. Aún retumbaban en su cabeza las palabras que había escuchado de boca de Gabrielle antes de abandonar la Madriguera. Trató de disimular su inquietud delante de Ron y pareció lograrlo puesto que su novio no notó en ningún momento la angustia que había comenzado a oprimir el corazón de Hermione.
Hicieron las compras, y pronto llegó el mediodía. Los cuatro se encaminaron hacia el restaurante de Aberforth. Cuando llegaron, ya Molly, Arthur y Tía Muriel se encontraban allí, sentados en una larga mesa. La mujer hizo señas a sus hijos para que se acercasen, indicándole los lugares que debían ocupar.
—¿Qué tal lo estás pasando, Hermione? —preguntó Ron una vez que se hubieron sentado.
—Muy bien —contesto ella escuetamente.
Ron le sonrió, bastándole esa pequeña frase.
Apenas llevaban unos minutos en el restaurante cuando los demás comenzaron a hacer acto de presencia. Harry, Ginny y el pequeño James fueron los siguientes. El niño entró alborotando y sacando de sus casillas a su padre, que con el rostro cansado y enfurruñado, se despojó bruscamente de su enorme abrigo, se arremangó las mangas del jersey de lana, y sentó a James muy cerca de él para tenerlo bien vigilado en todo momento. Ginny había recuperado el color en sus mejilla, mientras contaba a su madre todo lo que habían visto y lo difícil que había sido elegir los regalos. Los últimos en cruzar el umbral del agradable local fueron Bill, y su familia, incluyendo en ella a sus suegros, a Iris y por supuesto a Gabrielle. Todos fueron tomando asiento alrededor de la enorme mesa, con tan mala fortuna que la hermana de Fleur fue la última en sentarse haciéndolo en el único lugar que quedaba vacío, junto a Ron. Hermione se percató de la situación de inmediato sintiendo como una enorme rabia comenzaba a nublar su razón. El pelirrojo se dio cuenta un poco después, cuando oyó la afrancesada voz de la chica demasiado cerca. Notó como creció la furia en su interior, pero entonces recordó que Hermione estaba a su lado, y que lo único que le importaba era que ella se sintiese a gusto en un día tan importante para la familia, así que decidió que, solo durante aquella comida, trataría de ser un poco más condescendiente con Gabrielle, eso sí, tratando de hablar lo menos posible con ella y manteniendo las distancias.
Aberforth les atendió en persona. Se alegró mucho al volver a ver a Arthur y a Molly, ellos fueron los que pidieron los platos de cada uno de los que se sentaban en la mesa para poder llevar un orden. La única que pareció no estar de acuerdo con esa decisión fue tía Muriel, siendo ella misma la que ordenó su comida.
Una vez que los platos estuvieron en la mesa, el ambiente se volvió más distendido. Todos hablaban con todos, y comían, y bebían, y soltaban risas de vez en cuando. Entonces la voz de Ron se oyó por encima de las demás haciendo una observación.
—Un momento, no estamos todos. No puedo creer que no me haya dado cuenta hasta ahora… George, ¿dónde está Angelina?
Ginny desvió velozmente sus castaños ojos hacia su hermano. George no había levantado la vista del plato y su rostro parecía palidecer por momentos.
—No está —contestó con premura Ginny tratando de aliviar de esa forma a su hermano.
—Eso ya lo vi… pero, ¿por qué no está? —insistió Ron.
Ginny no supo qué responder, George había zanjado ese tema aquella misma mañana y su curiosidad no se vio satisfecha.
—Está fuera de Ottery.
Fue una escueta frase la que pronunció George. Ron dio por contestada su pregunta, en realidad su cabeza tenía cosas más importantes de las que ocuparse.
—De todas formas, estará con nosotros en nochebuena, ¿verdad, hijo? Me lo prometió y sé que cumplirá su palabra —expresó la señora Weasley mirando a George con afecto, el joven le regaló una sonrisa que a Ginny no le pareció del todo convincente, cada vez tenía más claro que su hermano ocultaba algo.
Tras la pequeña interrupción que indigestó a George y a Ginny, los Weasley continuaron con su agradable degustación. Y después de la comida, los postres. Aquel fue en momento más esperado por James, que pidió sin vacilar, una tarta de tres tipos distintos de chocolate. Fue ese el instante en que Ron estaba mas relajado y de mejor humor, tenía el estómago lleno, y había bebido más cervezas de lo habitual. Gabrielle lo sabía, debía intentar hablar con él, si no lo conseguía ahora, no lo conseguiría nunca. Con disimulo aproximó más su silla a la del pelirrojo y una vez estuvo lo suficientemente cerca, dijo nombre susurrando.
Él no la escuchó, quizás demasiado ruido, demasiada cerveza.
—Gon… —insistió, pero sin éxito. El pelirrojo seguía sin oírla, o tal vez lo hacía intencionadamente, siguiendo en su testarudez de ignorarla.
Gabrielle perdía la paciencia. De acuerdo, ella no actuó bien, y sí, era horrible que él hubiese sufrido tanto durante aquellos años, pero no podía estar eternamente enfadado, eran prácticamente familia. Compartían sobrinos y tendrían que verse en más de una ocasión, no era justo que su trato fuese tan frío, tan impersonal, y mucho menos después de lo que ambos vivieron aquel verano. Tal vez ella y Ron jamás llegarían a ser buenos amigos, ni siquiera solo amigos, pero de ahí a ese odio… Ahora que él había conseguido encauzar su vida con aquella joven de ciudad, debía ser más condescendiente, el rencor no es bueno para nadie.
—Gon… —lo llamó una vez más, y esta vez Ron la miró de soslayo, haciéndole de menos nuevamente. Entonces Gabrielle se dio cuenta que el joven no le respondía simplemente por terco.
Se enojó mucho, aquella fue la gota que colmó el vaso. Si aquel joven obcecado no le daba la oportunidad de disculparse, ella no seguiría humillándose ante él. Tenía asuntos más importantes que arreglar, como su vida o su matrimonio. Ron no era importante, hacía tiempo que dejó de serlo, si es que algún día lo fue. No era la indulgencia de Ron lo que realmente necesitaba, solo el perdón de Baptiste volvería a hacerla feliz.
Luna apagó su ordenador, aquel iba a ser el último día del año que pisaría GAC. Todos estaban de vacaciones, incluso Rolf se había marchado a pasar aquellas fiestas con sus abuelos. Iban a ser unas Navidades muy aburridas, solo su padre y ella, y por supuesto Narggle, como olvidarse de aquel perro testarudo. Faltaban solo dos días para nochebuena, y aún no había comprado todos los regalos, faltaban dos personas; una era James, el pequeño hijo de Ginny, y el otro el mismo Rolf. Su amiga le prometió llamarla informándole sobre qué juguete le haría más ilusión a su hijo, así que esperaba ansiosa la llamada. Sin embargo, años atrás, el regalo de Rolf era uno de los que solía comprar en primer lugar. Conocía su aroma, así que generalmente buscaba su perfume favorito y listo, pero aquel año quería que fuese especial. Habían pasado muchas cosas y de repente Rolf se había convertido en alguien imprescindible para ella. No debía ser así, solo hubo una persona que llegó a significar tanto en su vida y terminó traicionándola. Se prometió a sí misma no volver a caer en lo mismo, no volver a pensar en nadie mucho más que en los demás. No obstante, a pesar de esa promesa, Rolf era especial, y ella debía admitirlo. Lo echaba de menos, se había marchado esa misma mañana, despidiéndose de ella la tarde anterior, y ya lo echaba de menos, mucho… tal vez demasiado. Solo hacía unas horas que no lo veía y ya deseaba con todas sus ganas que pasase rápido el día de Navidad, y llegase el veintiséis de Diciembre para volver a escuchar su voz y ver de nuevo su rostro.
La pantalla se había fundido en negro. Cerró la tapa de su portátil, colocó el bolso sobre el hombro y apagó las luces del estudio dispuesta a no volver a él durante algunos días.
El pasillo estaba en silencio, solo en el despacho de Harry quedaban Cho y Neville acabando el balance del año, para cuando llegase Hermione poder presentarle el informe de ganancias y pérdidas terminado. Pasó por la puerta sin despedirse, ellos estaban ocupados, y ella tenía ganas de salir de allí.
—Felices fiestas, señorita Lovegood.
Parvati la miraba con una sonrisa sentada como siempre cerca del despacho de Hermione, con la mesa llena de carpetas y documentos.
—Felices fiestas, Parv.
Las puertas del ascensor se abrieron y Luna entró en él.
Nevaba, llevaba toda la semana nevando y hacía frío. El gélido clima no conseguía mejorar su estado de ánimo. Debía estar feliz, a Luna le encantaban las navidades, era una fecha entrañable. Adoraba comprar regalos para todos, y a pesar de que aquel año tendría que entregarlos mucho después de Navidad, no tuvo pereza al comprarlos, y lo hizo como si los fuese a dar ese mismo día. Papá había sido muy difícil, otro libro, uno de esos sobre algún animal extraño, o sobre un invento que posiblemente no sirva para nada, tal vez sobre una especie de planta extraterrestre con la que al hacer una infusión para que puedas atravesar paredes. Ya casi no había nada escrito sobre cosas tan excéntricas y absurdas como esas, y el señor Lovegood poseía una inmensa colección de ellas.
Luna elevó con desdén una mano y un taxi que pasaba cerca de ella se detuvo.
—A Carnaby Street, por favor.
El taxista asintió y se puso en marcha.
Carnaby Street, era una famosa y pintoresca calle de Londres, cercana a Regent y a Oxford Street. Al ser peatonal, y con sus casas bajas, el paseo entre los escaparates era muy placentero. En ella se podían ver boutiques de moda alternativa, salpicada de cafeterías y bares de música "undergroud". Un lugar lleno de encanto donde los Rollings Stone o los Beatles habían hecho sus compras en los años sesenta, y donde a pesar del tiempo transcurrido, seguía conservando ese aire rebelde y atrevido de entonces. Por todo lo mencionado, Luna consideraba aquel lugar como uno de sus favoritos en la ciudad.
Se sintió mucho mejor cuando cruzó aquel arco dándole la bienvenida a Carnaby Street. Pronto se vio metida entre un barullo de gente, que al igual que ella, buscaba el regalo perfecto para la persona perfecta. Anduvo escrutando escaparate por escaparate y todo le parecía tan superficial; camisas, perfumes, corbatas. No, corbatas no, Rolf no las usaba nunca. Su teléfono móvil sonó muy bajito en medio de todo aquel alboroto. Se trataba de Ginny para informarle de aquel juguete que deseaba James. Luna tomó nota y tras desearle felices fiestas, colgó.
—¿Un disfraz de Bob Esponja? —Luna torció el gesto, a veces dudaba que James fuese hijo de Ginny.
Sin embargo, si el niño quería aquel disfraz, ella se encargaría de que la noche de Navidad, Santa Claus lo dejase bajo el árbol para cuando el pequeño regresara a Londres pudiese tener su ansiado regalo.
—Una preocupación menos —musitó volviendo a guardar el teléfono móvil en su bolso—. Ahora solo me falta Rolf.
Resopló con fuerza y volvió a perderse entre la multitud de londinenses y turistas que deambulaban por Carnaby Street. Después de mucho caminar seguía sin encontrar nada para Rolf, todo era mucho más fácil cuando él no era tan especial, cuando no sabía lo que era echarlo de menos. Abatida, sintió hambre, había un carrito de perritos calientes apostado en una esquina y allí mismo pidió uno de esos bocadillos, y se sentó en un banco para degustarlo mientras veía pasar a la gente delante de sus narices. Pronto cerrarían las tiendas y ella seguía igual que cuando llegó. Mordió con avidez el blando pan, y entonces vio un establecimiento en el que no había reparado hasta ese momento, a pesar de que se había recorrido la calle más de tres veces. Una lucecita se encendió en su rubia cabecita y de la euforia se puso en pie de golpe ¡Había encontrado el regalo perfecto para Rolf!
Agotados, exhaustos y felices regresaron los Weasley a la Madriguera, y su dicha fue en aumento porque nadie esperaba que la casa estuviese ocupada a su llegada. Percy, el tercer hijo de Arthur y Molly había llegado junto a su familia; su esposa Audrey y su pequeña hija de dos años, Molly, llamada así como su abuela materna. Todos se quedaron muy sorprendidos al verlos allí, ya que supuestamente Percy y los suyos no llegarían hasta el mismo día de nochebuena. El asombro fue en aumento cuando vieron el vestido holgado que lucía Audrey, como si quisiera tratar de disimular una panza redonda y sospechosamente abultada. Molly se acercó a ellos, y señalando hacia el vientre de la joven, inquirió.
—¿Es eso lo que estoy pensando que es?
Audrey sonrió abiertamente mirando con complicidad a su esposo, que hinchó el pecho orgulloso, mientras decía.
—Es otra niña, mamá, y se llamará Lucy.
La señora Weasley corrió a abrazar a su hijo con efusividad, y luego hizo lo propio con su nuera, aunque con ella tuvo más cautela. La pareja explicó que no les habían contado nada porque deseaban darles la noticia una vez que estuviesen todos juntos en la Madriguera, y que, durante aquellos meses, les había sido muy difícil ocultar la feliz noticia.
Percy Weasley trabajaba para el gobierno en York, una ciudad que se encontraba a más de trescientas millas de Ottery, y eso suponía unas cinco horas de viaje en coche, por lo que las visitas de Percy a la Madriguera solo eran en contadas ocasiones. De todas formas, él aspiraba a volver a su pueblo natal cuando pasasen algunos años más; años en que su carrera política le diese la experiencia suficiente como para optar a un cargo importante, como por ejemplo, se elegido alcalde de Ottery.
La presencia de Percy en casa fue el colmo de felicidad para Molly, y aunque ninguno de sus hijos vivos podría suplir a aquel que los dejó de aquella forma tan trágica, siempre era motivo de alegría volver a reunirlos a todos, como cuando eran pequeños.
Por supuesto la única que pareció estar molesta con aquella situación era tía Muriel que por más que le daba vueltas a su octogenaria cabeza, no entendía cómo podía caber tanta gente entre aquellas viejas y chirriantes paredes de madera. Pero esta vez no dijo nada, no hizo ninguna observación malintencionada, ni dejó ver hasta qué punto aquello le sobrepasaba, puesto que la visita de Percy no era algo inesperado, y todo estaba dispuesto para cuando él y su familia llegasen.
—Hijo, ¿cómo es que habéis llegado hoy?, no os esperábamos hasta pasado mañana —preguntó Arthur mientras se acercaba a su hijo y lo abrazaba afectuosamente.
—Molly merecía pasar unos días más con sus abuelos y sus primos, por ello hablé con mi superior y le pedí adelantar mis vacaciones. Tengo una hoja intachable, así que no tuvo objeciones y por eso estamos aquí. No avisamos para daros una sorpresa, pero la sorpresa fue nuestra cuando llegamos y encontramos la casa vacía; luego recordé que hoy era día de compras de Navidad.
Mientras explicaba el motivo de aquella llegada tan repentina, Percy se había fijado en Hermione. La joven, aún con las manos llenas de bolsas y paquetes envueltos con cintas de colores, le sonrió, y luego miró a Ron a espera de que fuese presentada por su novio al nuevo miembro Weasley que acababa de conocer. Ron así lo hizo y las dudas de Percy pronto se vieron disipadas.
—¡Vaya! Me alegro por ti Ron, pero… —desvió sus azules ojos de nuevo hacia Hermione— pareces una chica inteligente ¿Estas segura de querer estar con él?
Algunos de los allí presentes rieron, dando por hecho que Percy había gastado una
Broma —algo, por otro lado, bastante inusual en él—, incluso a tía Muriel se le escapó una risita chillona y extraña. Sin embargo a Ron no le hizo ninguna gracia el comentario de su hermano, y como los demás no le dieron importancia y Hermione pareció divertirse también, decidió pasárselo por alto, pero solo por esa vez, a la próxima se las vería con él.
Una vez que se liberaron del peso de las compras, prepararon entre todos algo ligero para cenar y compartieron juntos la mesa. Percy se despachó a gusto, eso de ser el recién llegado le daba toda la prioridad de hablar más que ningún otro. No aparecer durante meses por la Madriguera debía tener algún tipo de privilegio, y contar sus aventuras y desventuras dentro del mundo de la política era algo que entusiasmaba a muy pocos y aburría al resto.
Cuando dieron por finalizada la cena, la mayoría de losallí presentes, agotados tras el largo día de ajetreo, decidieron que era mejor irse a la cama temprano. Ron y Hermione fueron de los pocos que se quedaron. Se hallaban sentados en el sofá, a la luz de la lumbre de la chimenea. Hermione dormitaba sobre el hombro de su novio, y éste la rodeaba con su brazo largo y confortable. En uno de los butacones, Charlie daba cabezadas, y en el otro, lo hacía su padre. Molly organizaba algo en la cocina, aquella mujer era incansable. Unos pasos perezosos hicieron crujir la madera de la escalera. Gabrielle entró en la cocina donde se encontraba afanada Molly, habló brevemente algo con ella, y luego ambas se dirigieron hacia el salón.
—Ron, ¿estás dormido? —preguntó la mujer acercándose a su hijo.
El pelirrojo giró la cabeza a modo de respuesta y pudo ver a la joven francesa junto a su madre.
—Gracias al cielo, Charlie y tu padre duermen, y los demás también. Tía Muriel tiene un problema y necesita ayuda.
—¿A estas horas?
—A mandado a Gabrielle a decirme que necesita que uno de vosotros suba a su dormitorio —explicó Molly con voz susurrante.
—¿Qué diablos quiera ahora ese vejestorio? —Ron estaba muy a gusto, notando como el calor de las brasas del fuego de la chimenea caldeaba su rostro, y el del cuerpo de Hermione enardecía su alma, como para permitir que nadie estropease aquel placentero momento.
—No hables así, te lo he dicho mil veces… —le reprendió Molly consiguiendo que Ron bufase como un mulo y Gabrielle sonriese ante la infantil situación—. Ella te lo explicará, anda levántate y acabemos con esto de una vez.
Ron conocía a su madre lo suficiente para saber que si había un Weasley rematadamente terco, ese era ella. Por eso no discrepó, era una batalla perdida de antemano, y se levantó a regañadientes dejando caer suavemente la somnolienta cabeza de Hermione sobre uno de los cojines del sofá. Luego, maldiciendo y soltando improperios, subió por la escalera precedido por Gabrielle. La joven francesa lo escuchaba despotricar contra todo, pero sabía del carácter enfadadizo y gruñón de Ron, y por ello no le hizo el menor caso.
Cuando llegaron a la habitación, Ron pudo apreciar cual era el problema al que tía Muriel se refería, y todo ello lo dedujo sin necesidad de que le explicase ni una sola palabra. El dedo esquelético, arrugado y blanquecino de la anciana, señalaba hacia una grieta que tenía la madera de la ventana bajo la cual se encontraba su cama.
—¿Quieres que cambie la cama de lugar?
—Así es jovencito, y que tapes esa rendija, es horrible el frío que se cuela por ella. Mientras lo haces, esperaré en el dormitorio de tus padres, ya me he cerciorado de que aún siguen abajo.
No dijo nada más, y pasó por delante de Ron cojeando y dirigiéndole una mirada reprobadora antes de salir definitivamente del dormitorio. Ron miró su reloj de pulsera, eran casi las doce de la noche, y después del agotador día lo que menos le apetecía era estar moviendo muebles de un lado a otro en la habitación de Muriel. Sin embargo sabía que la anciana no le dejaría en paz hasta que lo hiciese, y por ello pensó que cuanto antes terminase con aquel asunto, mucho antes regresaría al cálido y acogedor salón donde le esperaría el grato cuerpo adormecido de su novia.
—¿Quieges que te ayude?
¡Uy! Ese acento, Ron ya no se acordaba que Gabrielle seguía allí.
—No, no lo necesito.
Fue tan fría su forma de decirlo que la joven no insistió y se limitó a observarlo.
Ron arrastró la cama de tía Muriel, pero las de las otras chicas le estorbaban, así que tuvo que mover las tres de forma que ninguna de ellas quedase cerca de la grieta por donde entraba el gélido aire del exterior. Por fin quedaron de la mejor forma posible. Luego salió como un rayo de la habitación y regresó con un trozo de tela y cinta adhesiva. Enrolló la tela y taponó con ella la grieta, luego, ayudándose de sus propios dientes, trató de trocear la cinta adhesiva, pero ésta se pegó con fuerza a sus labios. Ron tiró de ella, y el potente adhesivo se llevó parte de la piel. El pelirrojo dio un grito de dolor alertando a Gabrielle, que prácticamente se había quedado traspuesta por el sueño sentada sobre su cama.
—Quel est le problème?—inquirió acercándose a Ron.
—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Joder! ¡Estoy sangrando!
Efectivamente, Ron sangraba por el labio inferior muy abundantemente.
—No te toques ¿Dónde tiene Molly el botiquín?
—En el baño —contestó Ron con dificultad.
Gabrielle salió de la habitación y regresó a los pocos segundos con un cuenco de agua fría y un pequeño maletín.
—Vamos, quítate la mano de ahí, voy a cugagte.
—No, lo haré yo solo. Tú no te acerques.
Gabrielle le dedicó una mirada de profunda rabia. Ron había interpuesto una de sus grandes manos entre ambos. La joven cansada de la terquedad del pelirrojo apartó la mano que los separaba de un manotazo y espetó.
—Vas a dejag que te cuge, Gonald Weasley. Entiendo que estés enfadado conmigo y que sientas que me odias, pego no puedes seguig con esa actitud infantil. Siento habegte hecho daño, siento habegme compogtado como una niña consentida e inmaduga pego no lo fui entonces mucho más de lo que tú lo estás siendo ahoga. Pensé que me había enamogado de ti aquel vegano, más me equivoqué, y lo lamento. Tuve miedo a pegdeg a Baptiste, y pog eso no contesté a ninguna de tus cagtas, y dejé de la peog fogma posible que te olvidagas de mí. Ha pasado mucho tiempo, imaginé que al gehaceg tu vida, tu odio ya no segía el mismo, pego veo que estaba equivocada. No quiego que me pegdones, no puedo pedigte que lo hagas. Solo quiego que no sigas atogmentándote, lo que pasó fue magavilloso, pego ni yo ega paga ti, ni tú paga mí. Ahoga quédate quieto, ese labio necesita ayuda.
Ron apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió un agudo dolor cerca de los oídos, aun así permitió que Gabrielle colocase sobre la piel dañada de su labio, un poco de agua fresca, y luego algo de antiséptico. Después la joven le entregó una compresa estéril para que lo presionase hasta que la sangre dejase de brotar. Mientras Ron continuaba sin reaccionar, Gabrielle cortó con las tijeras que había dentro del botiquín unos tramos de cinta, y tras enrollar la tela y colocarla taponando la grieta, dispuso los trozos alrededor de ella fijándola a la pared de madera. Luego se giró hacia Ron y le preguntó.
—¿Qué tal va ese labio? Déjame que le eche una ojeada.
El pelirrojo apartó la compresa de su boca. Todavía sangraba, pero lo hacía con menos intensidad. Gabrielle agarró otra compresa, la mojó en el cuenco empapándola de agua fresca, y limpió con ella los restos de sangre que había alrededor de la herida. Desechó la compresa sucia, cogiendo de nuevo otra seca que colocó sobre el labio, después, asió la mano de Ron guiándosela hacia la boca, y le recomendó con voz conciliadora.
—Mantenla ahí dugante un buen gato. Eso cogtagá la hemogagia.
Gabrielle trató de separar su mano de la de Ron pero él se lo impidió.
—¿Por qué has venido sola? ¿Dónde está Baptiste?
—En Pagís. Halló tus cagtas, Gon, sabe que le mentí. Leyó lo que sentías pog mí, y ahoga…
Se oyó un golpe, Gabrielle y Ron desviaron sus ojos hacia la puerta del dormitorio pero solo alcanzaron a ver un trozo de una enmarañada y larga cabellera de color castaño.
Holaaa! bueno esta vez he podido publicar antes, y la verdad es que pienso seguir haciéndolo con frecuencia hasta acabar el fic.
Quiero agradecer a:
fatty73, nahima-chan, AnnieKP, SMaris, JuliaHart, Clyo-potter, Anitikis, mynato namykaze, Kisa Kuchiky, CandyGranger10, emmie Gin, Skinny, VremyaLuny, susy snape, RociRadcliffe, Asuka Potter, Ignorance-Your new best friend, Misses Cullen, Daarsy, Nekiiito, Gelen, y lutrova; gracias por vuestra fidelidad y vuestros buenos deseos, sois maravillosas!
En cuanto a ti, Gelen, eres una chica con suerte, espero que hayas disfrutado de tu experiencia, y te mentiría si te dijese que no sentí algo de envidia -sana, claro- y que me hubiese gustado estar en tu pellejo, espero que me cuentes ok?
Besos, y pronto regreso!
