AN: Gracias Mary! Sí, Alec el rarito jajaja. Pobre… De nada, responderé todas las dudas que tengas, siempre que no echen a perder la sorpresa sobre lo que viene.

Gracias Claudia Zavaleta. Carlisle es bien chistoso cuando quiere. Si no se tomara las cosas con humor se volvería loco y se daría por vencido (al menos en esta historia). En "No juegues en el bosque", en los capítulos contados desde el punto de vista de él, se ve que a pesar de ser una persona seria tiene un buen sentido del humor.

Gracias MC. Sí, pobre Alec… Lo ha pasado pésimo el pobre, en las diferentes etapas de su existencia. En lo que queda de esta historia no habrá flash–backs de él a su época con los Vulturis. Daniela siente algo por Franco principalmente porque él mostró interés en ella. En su vida, los jóvenes nunca la miran ni le hacen caso, y el hecho de que uno se comience a interesar en ella hace que se sienta inclinada a quererlo al menos un poquito. Pero no es amor realmente… Es un interés circunstancial y pasajero.

Espero que disfruten este capítulo, y que me perdonen los errores que se me puedan colar. :)

Capítulo 21: Tensión

Pasé un fin de semana diferente, fondeada en mi cuarto la mayor parte del tiempo. Carlisle y Esme parecían entender, y no intentaron abducirme. Avancé muchísimo el rompecabezas, y a medida que iba completándolo me iba siendo más fácil localizar dónde iban las piezas restantes.

La madrugada del lunes, Carlisle llamó a mi puerta.

–¿Puedo pasar? –Me preguntó.

–Bueno –le dije, ya que si le decía que no se preocuparía y comenzaría a hacer preguntas.

Entró, y se acercó a armar el rompecabezas conmigo. Se sentó en la otra silla.

–Pronto lo terminarás –notó contento.

–Ya era hora –le dije riendo–. Lleva aquí dos años.

–Bueno, pasaste una temporada fuera de casa –me recordó.

–No me lo recuerdes…

Seguimos armando el rompecabezas en silencio, hasta que Carlisle volvió a hablar.

–¿Cómo te sientes? –Preguntó sin mirarme.

–Bien –murmuré, un poco incómoda, ya que imaginé que se refería a mi relación con Alec.

–¿Quieres salir a dar una vuelta?

–No, quiero terminar el rompecabezas –inventé, ya que no quería cruzarme con las risitas de Emmett, o con la fingida indiferencia de los otros.

–Bueno, te ayudaré entonces –respondió.

Se quedó conmigo otro rato, hasta que afuera comenzó a salir el sol y fue hora de que se fuera a trabajar. El puzle estaba casi terminado.

–Lástima –comentó, parándose–. Me hubiera gustado terminar el rompecabezas contigo.

–Lo terminamos cuando llegues –le dije contenta, parándome también–. Dibujaré un rato.

–¿No prefieres ir a jugar SIM–In? –Preguntó, intentando tentarme a salir.

–No…

–¿No quieres salir un rato de tu cuarto? –Insistió.

–No papá –murmuré.

Carlisle me abrazó.

–En un rato será hora de estudiar –me recordó–. No quiero que le des guerra a Esme para salir de aquí, ¿entendido?

–Bueno.

–¿Me quieres acompañar al portón? –Ofreció.

–No Carlisle, me quedaré aquí hasta que oiga a los demás ir a la sala –insistí.

–Bueno, como quieras. Pero esta tarde quiero que salgamos juntos, los dos. ¿Está bien?

–Ok –le dije, con algo más de entusiasmo, ya que yo casi nunca salía sola con él.

Carlisle se fue, y me volví a quedar sola. Miré el rompecabezas con ganas, pero le había prometido que esperaría para que lo termináramos juntos.

Me puse a dibujar, pero no conseguí hacer nada decente. Mi mente seguía bloqueada, pensando en todo lo que habíamos hablado y hecho con Alec. Pensé en todo eso de la masturbación, y evalué la posibilidad de hacerlo sola por primera vez. Alec había parecido sorprendido de que yo nunca lo hubiera intentado, así que asumí que lo normal sería que lo intentara. ¿O no?

Sintiéndome incómoda, me toqué la entrepierna sobre los pantalones. Me froté un poco, pero no sentí nada. Intenté pensar en Alec, pero seguía sin sentir nada. ¿Cómo lo hacían los demás?

Algo frustrada, abandoné mi intento y seguí dibujando. Que mierda…

–.–

Cuando Esme llamó a la puerta me resigné y salí. Sabía que no les podía seguir haciendo el quite, y le había prometido a Carlisle que no le daría problemas a su esposa.

Esme no comentó nada, y sólo me rascó ligeramente la cabeza cuando caminó junto a mí hacia la sala. Cuando entré, ninguno levantó la cabeza ni me miró. Ni siquiera Alec. Supuse que lo hacían para que no me sintiera incómoda.

Al abrir el libro de alemán en el que iba me llevé una sorpresa. Había un papelito. Lo abrí discretamente. Era de Alec.

"Hola amor, no pongas cara de nada por favor. Fíjate en los ejercicios del libro, te dejé una sorpresa. Pero actúa con prudencia y discreción, por el amor de Dios, y destruye este mensaje apenas puedas, ya que no quiero que nos reten. Te quiero mucho (¡aunque sea gay!)."

Me guardé el papelito en el bolsillo y lo miré discretamente. Él me sonrió, me guiñó un ojo, e hizo un gesto en dirección a mi libro.

Me fui a la unidad que me tocaba ese día, y no vi nada raro. Miré a Alec, sin entender. El hizo otra mueca indicándome que me fijara bien, por lo que volví a mirar la página. Y ahí lo noté. Había escritura en el papel, manuscrita, con letra muy pequeña y casi sin presionar el lápiz. ¡Alec había escrito las respuestas a todos los ejercicios! Giré la página, y vi que en las siguientes también estaban todos los ejercicios resueltos, incluso había textos enteros en los que exigían redactar. Guau… Sonreí de oreja a oreja.

Me giré hacia él, y le dije "gracias" sin pronunciar. Era un regalo maravilloso.

Entusiasmada, me puse a completar la unidad en mi cuaderno con esa nueva ayuda. Avancé lento, para disimular, ya que no quería llamar la atención de Esme terminando demasiado rápido. Incluso, inspirada, me equivoqué a propósito un par de veces.

Comencé a hacer los dibujos a la hora habitual, y disfruté esa actividad. Incluso, por primera vez, me atreví a escoger algunas palabras que representaran conceptos más abstractos. Dibujé una cara sorprendida para la palabra "überraschung" (sorpresa), y en otra hoja dibujé un monito con una sonrisa de oreja a oreja para la palabra "glückseligkeit" (felicidad).

Esme se molestó un poco cuando me hizo un par de preguntas y yo no recordaba bien las respuestas, pero sonrió al ver los dibujos. Al final me dejó ir, que era lo importante.

Alec estaba en el pasillo, esperándome. Se llevó un dedo rápido a los labios y, cuando Esme salió detrás de mí, ya había cambiado su cara a una de perfecta normalidad.

–¿Puedo llevar a Daniela a dar una vuelta al bosque? –Le preguntó.

–Bueno, pero yo iré con ustedes –dijo Esme.

–Esme no… –Le rogué.

–Si quieren salir solos, entonces quédense dentro de los muros del castillo –concedió.

–Está bien. Gracias Esme –le dijo Alec, tomándome la mano y tirando. Lo seguí, feliz.

Cuando ya estuvimos abajo me reí.

–¿De verdad pensabas que nos dejarían ir al bosque solos? –Me burlé.

–No, claro que no. Además, no quiero ir al bosque –dijo burlón.

–¿Por qué? –Pregunté.

–Porque los otros seis están ahí –dijo como si fuera obvio–. Aparte de Esme, tenemos el castillo para nosotros solos Daniela.

–Ah. ¿O sea que no iremos a las torres?

–No. Estaba pensando en otra cosa –dijo, con una sonrisa torcida.

–¿Qué cosa? –Le pregunté, entusiasta.

–Lo haremos en cada habitación, como los demás hicieron hace años –dijo.

–¿Supiste de esa estúpida competencia? –Pregunté, riendo.

–Sí, claro. Tengo oídos Daniela.

–Nunca supe quién ganó –me burlé.

–Esme y Carlisle.

–¿Ellos participaron? –Pregunté extrañada.

–Sí. Y fueron los primeros en terminar de bautizar el castillo entero –explicó riendo.

–Guau… Yo no sabía siquiera que ellos también…

Imaginar a mis padres haciéndolo en cada puta habitación del castillo me dio nervio, de modo que alejé el pensamiento de mi mente.

–¿Aprendiste mucho alemán hoy? –Se burló Alec. Me reí.

–Casi nada. Gracias. Es el mejor regalo que me han hecho en toda mi vida –le dije contenta.

–No sabía qué regalarte, hasta que recordé lo mucho que te deprimía estudiar. Completé ése y los otros dos libros que te quedan.

–¿Y cómo hiciste eso sin que se dieran cuenta? –Pregunté asombrada.

–Bueno, asumo que Edward y Alice lo saben –confesó–. Pero no me han dicho nada, y supongo que si no me acusaron durante el fin de semana ya no lo harán en el futuro.

–Que generoso de parte de ellos –comenté.

–Sí, muy decente. Yo creo que también se alegran por ti.

–Espero que Carlisle y Esme no se enteren.

–Tienes que ser discreta, por favor Daniela –me recordó.

Nos detuvimos. Yo lo había seguido por el castillo sin notar por dónde íbamos, y me fijé que estábamos en la sala junto al vestíbulo, donde bebíamos la sangre.

–¿Qué te gustaría hacer? –Me dijo Alec, abrazándome y dándome un besito en el cuello.

–¿Aquí? –Pregunté nerviosa.

–Sí –me dijo, con tono cómplice–. Quiero verte la cara este viernes, cuando volvamos y te acuerdes –se burló.

–¡Qué malvado eres, Alec Cullen!

–¿No quieres? –Me preguntó, y sin esperar que le respondiera comenzó a besarme en la boca, suavecito.

Supuse que, si quería, podía salir de ahí y cambiar los planes. Pero cuando comenzó a besarme se sentía rico y, como siempre, se me olvidó todo lo demás.

–.–

Alec se esmeró, y me hizo quedar loquita y relajada dos veces esa tarde. Yo también lo toqué como sabía que a él le gustaba, en su culito, e incluso lo hice gemir más amenazándolo con meter un segundo dedo si gemía demasiado fuerte. Eso lo entusiasmó, noté, pero me dio miedo hacerle daño por lo que solo acerqué el segundo dedo a la entrada, como amenazante, pero sin entrar. Y, aunque no me pidió que le pegara, le di una palmadita de broma, muy suave. Pareció contento de todas formas y, cuando él finalmente quedó lacio, me sentí muy satisfecha.

Yo tenía ganas de probar algo diferente, pero nuevamente no me atreví a sugerirlo. Él nunca me pedía que le tocara su pene, pero yo tenía deseos, un día, de probar frotarme ahí en vez de contra su mano.

Pero Alec era gay, así que supuse que si sugería eso lo haría sentirse incómodo. Y no quería que se sintiera presionado a hacer algo que no le gustara.

Cuando oímos los pasos de Carlisle en el parque, acercándose al portón, nos sobresaltamos. Se nos había pasado la hora. Alec me levantó de su regazo, donde me había estado haciendo cariño a mí en las nalgas, me subió los calzones rápido, y me cerró el pantalón. Eso me dio mucha risa.

–¿De qué te ríes? –Me retó, como en broma, dándome una palmadita en el trasero.

–De la ironía –le dije–. Fue en este sillón que le dieron la tunda a Franco, y recordé que él también estuvo aquí mismo donde estoy parada yo, con el trasero al aire.

Alec puso cara de circunstancia, y noté que se retorcía un poco.

–¿Te excita pensar en eso? –Le pregunté, riendo.

–Cambiemos de tema –me dijo con urgencia, parándose. Noté que su delantera volvía a estar tiesa.

–Hay un baño cruzando el vestíbulo –le recordé–. Si corres alcanzas a encerrarte ahí antes de que Carlisle entre.

El hizo exactamente eso, y yo corrí hacia la cocina, ya que pronto empezaría el turno de limpieza. Decidí esperar a Alec en el patio, adelantando nuestro trabajo.

–.–

Ya tenía gran parte del lado este del patio barrido cuando Alec hizo su aparición. Noté que su bulto se había aliviado. Le sonreí. El hizo su sonrisa torcida, y puso los ojos en blanco.

–¿Mejor? –Me burlé.

–Sí –confesó, tomando la pala y la escoba que había dejado a un lado para él.

–Ahora ya sé qué hacer para molestarte –le dije, dándome importancia–. Si me cabreas te recordaré a Franco trasero al aire, siendo…

–¡Calla! –Me rogó–. ¿Acaso quieres que tenga que volver a esconderme al baño?

–Si no fueras un vampiro, probaría ponerte alcohol como su papá hizo con él –le dije con descaro–. Creo que esa idea te excita mucho ¿no?

No me contestó, pero puso cara de dolor y corrió de vuelta a la casa. Me sentí incómoda, y decidí dejar de provocarlo de ahí en adelante.

–.–

No tuvimos ocasión de volver a hacer cositas ricas con Alec después del aseo, ya que Carlisle me secuestró cuando ni siquiera terminábamos de regar.

–Hola hijos –nos saludó, caminando hacia nosotros con decisión, y dándonos besos en la cabeza cuando llegó a nuestro lado–. ¿Cómo están?

–Bien –le contesté.

–Bien Carlisle. Gracias. ¿Y tú? –Preguntó Alec.

–Bien, Alec, bien –dijo él–. Te quitaré a Daniela por un rato. ¿Puedes terminar tú aquí por favor?

–Claro, no hay problema –respondió.

Carlisle me tomó en brazos, y eso me extrañó ya que hacía tiempo que no lo hacía.

–Puedo caminar –le dije burlona.

–Sí sé –me dijo, yendo hacia el garaje–. Pero tengo ganas de cargarte yo.

–Ok… Date el gusto –le dije riendo.

Cuando llegamos al portón él lo abrió, y yo me quedé ahí para que no se cerrara mientras él sacaba el auto.

–¿No invitaste a Esme? –Le pregunté, al subirme junto a él.

–No, ella iba a ver una serie con tus hermanas –dijo con gesto vago.

–¿Y adónde me llevarás? –Le pregunté entusiasta.

–A una juguetería –me dijo contento–. Necesitas un nuevo rompecabezas ¿recuerdas?

–Sí, claro. De hecho lo dejé intacto cuando te fuiste, esta mañana, para que pudiéramos terminarlo juntos.

–Cuando volvamos, sin falta –prometió.

–¿Cuántos fantasmas viste hoy? –Pregunté para hacer conversación.

–Montones, como siempre –me dijo riendo.

–¿Y te han mandado más cara–pálidas? –Me burlé.

–Eso rara vez ocurre, tesoro –explicó–. Que vieras eso fue una coincidencia.

–Ah. De todas formas creo que deberías invitar a Alec al próximo día de padres e hijos –le dije.

Carlisle no me respondió de inmediato, y de pronto me di cuenta de que el comentario podría haber sonado raro, luego del de los cara–pálidas.

–Me refiero a que le divertiría ver tu trabajo, los aviones, los uniformes, y todo eso… –Agregué, incómoda.

Carlisle me pasó una mano por la cabeza.

–Sí hija, tienes razón. Lo invitaré. ¿Quieres ir también?

–No sé… –Le dije–. ¿Crees que me dejarán entrar después de todo lo que hice?

–Sí, tesoro. Ya cumpliste tu condena. Puedes ir a mi trabajo sin problema –aseguró.

–De todas formas creo que es mejor que lleves sólo a Alec –insistí–. Así podrás pasar tiempo con él, y yo de paso evito cruzarme con Franco.

–¿No quieres volver a ver a Franco? –Preguntó con cautela.

–Sí, me gustaría verlo –confesé–. Pero sería desagradable. Si sigue enojado conmigo me sentiría mal. Y si ya no sigue enojado de todas formas me sentiría mal, porque es humano y muy chico. Es un caso perdido.

–Tienes razón, hija –me dijo, empático–. Pero me alegro de que lo comprendas.

Ya habíamos llegado a la ciudad, y no dijimos nada hasta que Carlisle se estacionó frente a la juguetería. Era la misma donde habíamos comprado el regalo de Carlota años antes, con Esme. Pensé, no sé por qué, en que tener una juguetería debía ser un buen negocio con el explosivo aumento en la natalidad.

–Hija… –Me dijo Carlisle, interrumpiendo el silencio, sin salir del auto–. Mi jefe me comentó que el siete de agosto celebrarán el cumpleaños de su nieta Lilie, y comentó que si quieres ir serías bienvenida.

–Lilie es una pesada –me quejé–. No quiero. Es la que trató de echarme la culpa a mí cuando ella se cayó sobre Franco.

–Lo sé –me dijo–. Pero eso fue hace dos años, y para tu cumpleaños fue amable contigo ¿no?

–No quiero ir a más cumpleaños, Carlisle –le rogué.

–Está bien, tesoro. No te voy a obligar. Pero, por si cambias de opinión, es de este domingo al otro. ¿Ok?

–Información registrada –le dije, cabreada–. Pero no cambiaré de opinión.

–¿Es sólo porque ella te cae mal que no quieres ir? –Preguntó.

–No me gustan los humanos. No me gustan los cumpleaños. Y no me gusta Lilie en particular –expliqué.

–¿No es por lo de Franco? –Insistió.

–Bueno, eso también influye –murmuré.

–¿Influye mucho, o influye poco? –preguntó.

–No sé –le respondí, cansada–. No quiero ir y ya. Déjame.

–Bueno, vamos –me dijo, quitando el seguro de las puertas.

Nos fuimos directamente a la sección de rompecabezas, y eso me entusiasmó. Había muchísimos, era como un sueño hecho realidad.

–¿Te gusta éste? –Me preguntó, mostrándome uno vertical, un dibujo de un barco con muchos animalitos adentro.

–Es como infantil, ¿no? –Le pregunté.

–Es bonito –comentó Carlisle, mirándolo nuevamente–. Y tiene muchas áreas con dibujos y colores diferentes. Será más fácil de armar –razonó.

–¿Y este? –Le pregunté, mostrándole uno de una pintura al óleo, que tenía gente en pelota. No se les veía el pene, pero a un tipo se le veían unas nalgas abultaditas como las de Alec. Pensé que, cuando lo terminara, lo podría enmarcar y regalárselo a Alec para que lo pusiera en su cuarto. Me imaginé las pajas que se haría mirándolo, y sonreí.

–¿Te gustan los de pinturas? –Me preguntó.

–Eh… Sí. Está bonito ¿no? –Pregunté, algo avergonzada. ¿Se habría dado cuenta Carlisle de que me gustaba por las nalgas del tipo?

–Dejémoslo como una posibilidad –sugirió–. Tal vez encontremos alguno más bonito que ése.

Vi varios que me gustaban, incluido uno de unos caballos en un establo que me pareció muy agradable. Pero tenía mucha área oscura y sería como el de las nebulosas. Deseaba variar un poco.

–¿Y este? –Preguntó Carlisle, entusiasta.

Era uno gigante, de nada menos que diez mil piezas, que representaba el mapamundi. Era una imagen muy antigua, y tenía un montón de grabados de gente en los continentes, y en las esquinas. Estaban casi todos en pelota, incluidos unos ángeles, aunque eran tan chiquititos que no se les veía nada. Además, globalmente, el mapa era todo en colores sepia.

–Es muy monocromático –expliqué–. Sería un infierno armarlo. Además, no creo que quepa en mi mesa.

Carlisle se fijó en la información de la tapa.

–Tienes razón –dijo, riendo–. Es más grande que tu mesa. Aunque, si te gusta, te podemos hacer otra mesa –razonó.

–No, no me gusta. La gente se ve demasiado chiquita además –expliqué.

–¿Y eso es malo? –Preguntó.

–No. Pero sería enredado armarlo –inventé.

–Ok… –Dijo, volviendo a ponerlo en la estantería.

Buscamos otro rato, y me gustó uno que tenía muchos pajaritos. Pero el fondo era un follaje muy monótono, y sería aburrido armarlo. También me gustó uno de un barco, e imaginé que ése le podría gustar a Alec. Salían unos marineros con pelo al viento, e incluso había uno sin ropa de la cintura para arriba, sólo con un pañuelo rojo en el cuello, y su pecho se veía muy musculoso. No estaba segura de sí a Alec le entusiasmaban los hombres vistos así, pero supuse que también podría ser un buen regalo para él cuando lo terminara.

–¿Piratas? –Preguntó Carlisle, mirando por sobre mi hombro.

–Es lindo el barco –dije, para disimular.

–Es de sólo tres mil piezas –comentó Carlisle.

–Sí, demasiado pequeño. Tienes razón –respondí, volviendo a ponerlo en la estantería.

–Si te gusta llevamos ése.

–No, es muy chico. No duraría nada.

–¿Te gusta este? –Preguntó.

Me pasó una caja pesada. La imagen era una caricatura, con muchísima gente muy chiquita apretujada. Era de ésas "Buscando a Wally".

–Ya encontré a Wally –comenté.

–¿Dónde? –Preguntó divertido.

–Ahí –dije, apuntando con el dedo–. Junto al perro con el hueso.

–No, ése no es Wally –me dijo, riendo–. Está vestido igual, pero el verdadero Wally no tiene esas cejas.

Me piqué un poco al ver que tenía razón, y me fijé mejor. ¡Había muchos pseudo–Wally!

–¿Te gusta este? –Preguntó Carlisle.

–Sí, está entretenido.

–¿Aunque tenga mucha gente chica? –Preguntó.

Su pregunta me recordó mi comentario de un rato antes, y me dio vergüenza.

–Este me gusta –le dije, sin contestar–. Tiene colores alegres. Llevémoslo.

–¿Quieres llevar otro? –Ofreció.

–No, sólo puedo armar uno a la vez –razoné.

–¿Quieres llevar uno para Alec? –Insistió.

Pensé en el que me había gustado al principio, el de la pintura, pero me dio vergüenza confesar que ése le gustaría a Alec.

–No, con éste está bien –murmuré–. Gracias.

–Si quieres podemos llevar otro para ti, el de la pintura por ejemplo –razonó, como adivinando lo que yo pensaba.

No contesté, y él finalmente me dio un besito en la cabeza.

–No hay nada de malo en ese rompecabezas –me dijo–. No te preocupes. Llevaremos ése para Alec y el de Wally para ti.

–Ok –murmuré.

Cuando ya íbamos hacia las cajas Carlisle volvió a la carga.

–Deberíamos aprovechar de comprar un regalo para Lilie –comentó.

–No iré al cumpleaños –le recordé.

–No. Pero dado que mi jefe me invitó, lo mínimo que puedo hacer es enviarle un regalo –razonó.

–¿Irás? –Pregunté.

–Sí, supongo que iré –contestó en forma algo evasiva.

–¿Con Esme? –Pregunté.

–Tal vez invite también a Alec. Él es como de la edad apropiada, y podría pasarlo bien.

–¿Lo estás diciendo para que me pique y decida ir? –Pregunté cabreada.

–No tesoro. Tú querías saber con quién iría.

–Bueno, de todas formas no quiero ir. Puedes llevar a quien quieras –murmuré bajito.

–¿Me ayudarías a escoger un regalo, por favor? –Preguntó con amabilidad.

–Es una idiota. Cómprale un vestidito –gruñí.

–Estamos en una juguetería Daniela –razonó–. Aquí no venden ropa.

–Cómprale una muñeca –sugerí–. Su hermanita Claudia escogió una para mí cuando fueron a mi cumpleaños.

–Ok. Una muñeca. Vamos –me dijo.

Nos metimos al pasillo en cuestión, y fue como entrar al manicomio. Desde todas las cajas nos contemplaban rostros sonrientes de miradas vacías.

–¿Cuál te gusta? –Preguntó Carlisle.

–A mí personalmente, ninguna –contesté con franqueza–. Pero supongo que cualquiera de éstas podría gustarle.

–¿No puedes sugerir alguna que te disguste menos al menos? –Preguntó riendo.

–No me gusta ninguna –insistí.

–Ok… Pero, sólo por curiosidad, ¿Cuál es la que menos te gusta de todas?

Levanté la vista, a ver cuál era la más fea. Noté que había de varios colores de piel, de varios colores de pelo, de varios colores de ojo… Pero todas tenían los mismos rasgos, que se podrían definir como "cara de muñeca". Ninguna se parecía a mí.

–¿No tienen Barbies? –Pregunté.

–No hija –respondió Carlisle–. Ésas las dejaron de fabricar durante la guerra.

–¿Quebró la fábrica? –Pregunté.

–No… Fue más bien un cambio de moda –comentó bajito. Luego agarró una caja grandota, con una muñeca muy grande que traía accesorios como de veterinaria–. Ésta se ve simpática. ¿Te gusta?

–La miré, y no tenía nada demasiado diferente de las demás. Aunque el color de su pelo y el castaño de sus ojos eran muy bonitos.

–Se parece a Bella –comenté.

–Sí, tienes razón –dijo, contento–. Y trae bastantes cosas, incluso un gato y un perro. ¿Piensas que a Lilie le gustaría?

–Seguramente –concedí–. Llévale ésa. Y, si no le gusta, le puedes decir por dónde se puede meter el gato de plástico –agregué con sarcasmo.

Carlisle apoyó la caja de la muñeca en la estantería, y me tiró una oreja.

–Sabes que no debes decir ese tipo de cosas, Daniela –me dijo serio.

–Perdón, se me olvidó –respondí adolorida.

Carlisle me soltó la oreja.

–Procura pensar antes de hablar.

–Ok… –Gruñí. Al menos no me había pegado.

Carlisle suspiró, y me pasó la mano por la cabeza.

–Mejor dejaremos que Esme escoja el regalo para Lilie –comentó finalmente–. Vamos.

No volvimos a hablar en la juguetería, aunque Carlisle me pasó la mano por la espalda y por la cabeza de vez en cuando.

Cuando estuvimos en el auto, Carlisle cerró los ojos unos segundos sin dar el contacto.

–¿Estás bien? –Le pregunté, inquieta.

–Sí tesoro –me dijo, volviendo a abrir los ojos.

–Perdóname por el comentario desubicado por favor –le dije–. Sé que es feo decir esas cosas, pero a veces se me olvida pensar antes de hablar, como tú dices.

–Sí, sé que te cuesta –me dijo con una sonrisa triste–. Y sé que lo intentas, la mayor parte del tiempo al menos.

–Siento haberte hecho pasar un mal rato –insistí, arrepentida.

–Ahora sólo estaba yo a tu lado –explicó–. Pero no debes permitir que se te salgan ese tipo de comentarios en presencia de otras personas.

–¿De los humanos?

–De humanos y vampiros –enfatizó Carlisle.

–Pero, si estuvieran aquí Carmen y Eleazar, por ejemplo, ¿sería tan grave que me oyeran ellos?

–Sí, de todas formas sería problemático –explicó.

–¿Cuándo van a venir ellos? –Pregunté, recordando que iban a ser cuatro años que no los veíamos.

–No lo sé –murmuró Carlisle.

–¿No han llamado?

–No.

–¿Por qué no los llamas tú? –Pregunté.

Carlisle suspiró.

–Están un poco enojados conmigo, tesoro –confesó bajito.

–¿Por ser un colaborador del gobierno? –susurré, lo más bajito que pude.

Carlisle asintió muy poco, y apretó los labios mirándome fijo. Apreté mis labios también, y pestañeé una vez para indicarle que había comprendido.

–¿Vamos a casa? –Propuso al fin.

–Ok, vamos –le dije.

Durante el viaje de vuelta me dediqué a mirar el paisaje, a todos esos humanos que deambulaban. En cada vereda había niños.

–Pensar que en doscientos años más todos éstos estarán muertos, y nosotros seguiremos iguales –comenté, apuntando con la mano hacia afuera.

–Bueno, así es la vida hija –razonó Carlisle.

–Es que cuando pienso en cómo era el mundo cuando yo era humana, y lo comparo al mundo cómo era hace cien años, y lo comparo a cómo es el mundo ahora, me doy cuenta de que todo cambia mucho en sólo un siglo –expliqué–. ¿Cómo crees que será todo en un siglo más?

–¿Por qué tan filosófica? –Me preguntó, riendo.

–No sé…

–Dentro de cien años el mundo seguirá igual que ahora, salvo que con más humanos –dijo Carlisle. Lo miré extrañada, y volvió a apretar los labios. Entendí. Me estaba dando la versión "nuevo orden" del futuro.

–Que tranquilizador… –le dije con una sonrisita hipócrita.

–Daniela… –Murmuró bajito.

–El mundo está tranquilo ahora –le dije con franqueza–. Me encanta –mentí.

–Eso es bueno –me dijo contento, aunque vi que se le formaban unas arruguitas en la frente.

Carlisle no comentó nada más, y no quise ponerlo más nervioso hablando leseras, de modo que saqué el rompecabezas de Wally de la bolsa y me entretuve buscando a Wally. Cuando llegamos al muro, no lo había encontrado. Picada, lo volví a meter a la bolsa y me bajé del auto a abrir el portón.

–.–