Capítulo 21:
Hasta la llegada al Templo de la Virgen, la ascensión por las Doce Casas de Auva y Hefesto fue tranquila, en un silencio sepulcral. El Dios no dijo nada acerca de los templos vacíos, ni Auva se molestó en comentarlo. Además, por si fuera poco, no era necesario dar explicación alguna a los Santos que sí que estaban allí, pues todos habían escuchado la voz de La de los Ojos Grises.
Ayax de Tauro les dejó pasar con los brazos cruzados, aunque estaba tranquilo, mientras murmuraba algo como "qué remedio". El Templo de los Gemelos, por su parte, estaba sospechosamente silencioso, pero no hubo ninguna clase de trampa en su interior; Anteo de Géminis no estaba allí. En cuanto a la cuarta casa, Timur de Cáncer y Zagreo de Cuervo, que se encontraban allí, observaron a los recién llegados sin decir tampoco nada. Seguramente, habían llegado hacía tan poco rato desde la Colina del Hades que no debieron escuchar a Atenea, mas seguramente se lo imaginaban. Y si Cáncer no pedía explicaciones, Auva no se las iba a dar.
Fue así como, finalmente, Dios y Santo llegaron a los pies de la escalinata que llevaba a la entrada del Templo de la Virgen. Y precisamente allí mismo les esperaba su guardián, con los brazos cruzados. La pose de Gildor de Virgo era bastante parecida a la que había mostrado Ayax en la Casa de Tauro, por ello Hefesto siguió adelante sin prestarle atención. Mas Auva conocía demasiado bien a Gildor como para darse cuenta que su mirada distaba mucho de la resignación, como la del protector de la segunda casa, así que decidió hablar por primera vez desde que dejó solo a Hamal en el Templo del Carnero Blanco.
- Son órdenes. Ya sabes que si por mí fuera Hefesto- el aludido arqueó una ceja- no estaría aquí.
Por toda respuesta, Gildor asintió. Auva sonrió, pero al ver que su amigo no le devolvía la sonrisa supuso ahora que el de cabellos castaños diría algo.
- Yo también voy- Auva sonrió de oreja a oreja, sabía que Gildor diría eso.
Hefesto bufó. "Lo que faltaba", parecía decir con la mirada.
- No creo que a Atenea le importe- murmuró Cruz del Sur.
- No- confirmó Gildor-. Le molestan otras cosas- miró de reojo a Hefesto. El Dios no se dio por aludido y avanzó, dispuesto a llegar cuanto antes al Templo de la Balanza.
Al verle marchar, Gildor y Auva se miraron y se encogieron de hombros. Segundos después, salieron también de la Casa de Virgo.
No sabía cuanto tiempo había transcurrido desde que Auva de Cruz del Sur se marchó con el dios Hefesto. Hamal de Aries permanecía serio, asimilando todo lo sucedido. Con la tranquilidad de su soledad pudo pensar mejor. Ahora que las cosas estaban en frío, quizá Atenea no se enfadaba tanto con él, a fin de cuentas no era el único al que le debía haber pasado tal cosa.
Así que decidió que haría algo para ayudar. Usó su cosmos para tratar de averiguar la posición de los luchadores, alegrándose de que sólo había una baja mortal en el bando de la diosa de la sabiduría.
Siempre con el cosmos, a uno de ellos le localizó en los bosques, en baja forma, quizás estaba descansando; a otro le halló inconsciente en un área de lucha devastadora, debió ser un combate muy duro; al tercero, un muchacho de bronce, le halló dolido, pues junto a él estaba el único muerto; a la única mujer la encontró en el lugar donde ellas estaban, todavía peleando; a Auva no hacía falta localizarle; y, por último, quedaba uno, al que no encontró. Por más que lo intentó, no consiguió dar con ese Santo de Plata.
Era muy extraño, si era capaz de averiguar como se encontraba el lugar de una pelea, ¿por qué no localizaba a ese chico? De cualquier modo ya le encontraría, ahora no era tiempo de pensar en eso. Su preocupación residía ahora en los demás. Tenía que hacer algo, claro que primero debía asegurarse de que ya no habría más ataques. ¿Pero cómo?
- ¡Maestro!
Hamal arqueó una ceja mientras miraba al lugar de donde procedía la voz. Al poco se produjo una especie de destello, acompañado de un chasquido, y un par de figuras salieron en medio del aire, hasta estrellarse contra el suelo. Eran dos niños, de aproximadamente diez años cada uno. Hamal puso los ojos en blanco al verles, mientras se cruzaba de brazos.
Teletransportación. Algo que, por mucho que se entrenase, por mucho que usara el poder de las estrellas para atacar, nunca podría lograrlo. No era uno de ellos, no era muviano.
- Te tengo dicho cientos de veces que no hagas eso. Y menos con Nejc de por medio, Sheratan.
Uno de los niños, un muviano, se echó a reír, olvidando por completo cualquier daño. A su lado el otro, Nejc, todavía se sobaba la cabeza del golpe que se había dado, dejando escapar un tímido "au".
- Ahora por reír te ha tocado- el niño dejó de reír-. Vas a aprovechar ese don para recorrer el lugar lo más rápido que puedas en busca de indicios de enemigos y para informarme del estado de los Santos.
- Pero si yo no puedo hacer eso- ahora fue Nejc quien rió-. Maestro, usted me lo prohibió.
- Muy agudo, Sheratan- sonrió Hamal-. Venga, vete, que sino no saldrás de Jamir.
- Puedo salir con un teletransporte- Hamal se mordió el labio, pero con una pequeña sonrisa merced a la agudeza del moreno-. Vale, ya voy- dijo casi al instante, al ver la mirada de su maestro.
Apenas desapareció del lugar, Hamal suspiró resignado.
- Nejc- el pequeño, de grandes ojos violetas miró a su maestro con la duda pintada en el rostro- , ¿qué estabais haciendo?
Nejc dudó.
- Pues...
- Nejc, no tengo todo el día.
- Creo que lo que pasa es que esos niños que tienes por alumnos te han salido algo cotillas.
Hamal rió al reconocer al instante el dueño de aquella grave voz.
- Suerte que no tienen un maestro desobediente- ahora fue el recién llegado quien rió, pues sabía que aquel comentario iba por él-. A ver, Ayax, ¿puedo saber por qué no estás en el Toro Dorado?
Ayax se encogió de hombros.
- ¿Para qué? No creo que sea necesario- entonces se dirigió al niño-. Hola. Nejc, ¿verdad?- no esperó respuesta, así que continuó-. Qué Maestro, ¿no? No le hagas caso, es Aries. No saben relajarse y son algo impulsivos.
Nejc rió.
- Sheratan también es Aries- Ayax rió con fuerza-. Y yo- Ayax calló de golpe, haciendo una mueca. Había metido la pata.
Ahora fue Hamal quien rió.
- A ver cómo sales de ésta.
- Pan comido- anunció, arrodillándose junto a Nejc para estar a su altura-. Pero no eres muviano, Nejc- el niño iba a replicar, pero Ayax no le dejó-. Ni tienes complejo de serlo- finalizó, lanzando una mirada mordaz a su compañero dorado. Hamal, completamente serio, se cruzó de brazos.
El pequeño Nejc se echó a reír. Satisfecho, Tauro se puso en pie. Mirando a Hamal, iba a decir algo, pero el de pelo celeste se le adelantó.
- No tengo complejo de muviano.
Ayax sonrió.
- Sí, Hamal, tienes razón- le dijo, pero rápidamente volvió a mirar a Nejc y le guiñó un ojo. El niño rió por lo bajo-. Si que lo tiene- le susurró. Nejc dejó escapar una risita.
- Ayax, por favor- pidió Aries-. No digas cosas que no son. "Además, podrías hacerle sentir mal, ya que no es muviano"- añadió vía cosmos, para evitar que el niño le oyese.
- "Bobadas"- respondió el de Tauro-. Tú a éste, ni caso- dijo entonces, por supuesto, a Nejc.
Hamal suspiró, dándose por vencido, mientras Nejc volvía a reír.
- Cambiando de tema- Hamal se sorprendió del cambio de tono del de cabello violeta-, ¿viste lo buena que está Afrodita?
Hamal abrió los ojos como platos.
- ¡Ayax!- el aludido se echó a reír-. No le veo la gracia.
- Pues yo sí. Vamos, Hamal, no vayas a decirme que Afrodita no está buena.
- Pues...
- ¿Afrodita? ¿La diosa del amor?- intervino Nejc inocentemente.
Los dos adultos le miraron sorprendidos. ¡Habían olvidado que el niño seguía allí!
Sin entender nada, Nejc miró a su maestro buscando una respuesta, pero como no la obtuvo, probó fortuna en Ayax, ese santo que tan divertido le había resultado. Mas Tauro tampoco le dio respuesta alguna, así que Nejc bajó la cabeza, apesadumbrado.
- Nejc- oyó la voz de su maestro, mas no alzó la cabeza-, ve al Templo- en su tono de voz no había enfado, ni tampoco sonó a orden, sino más bien a una petición.
Nejc volvió a mirar a Ayax, quien a pesar de que le sonrió, le hizo un gesto para que obedeciera. Sin mediar palabra, el niño se alejó, triste. Si hubiera sido Sheratan, el muviano habría insistido sin parar hasta saber, por lo menos, qué pasaba con Afrodita. Pero Nejc no era así. Bastante más introvertido, lo que su maestro decía era lo único que valía.
- Es muy dependiente- comentó Hamal viéndole marchar.
- No- replicó Ayax-. Es sólo un niño.
- Entonces ya me dirás qué es Sheratan.
Ayax rió.
- ¿Es hiperactivo?- Hamal hizo una mueca-. Ya veo. Creo que Nejc se parece a ti.
- ¿Qué dices?- inquirió Hamal, arqueando una ceja.
- Que sí. No físicamente, ni que tuvieras hijos- Hamal miró a otro lado, mas Tauro no le prestó atención-. Quiero decir de carácter, que sois iguales.
- Ah. Ya, bueno. Supongo.
Ayax sonrió. Definitivamente sí que eran iguales.
- Oye- añadió Tauro poco después-, perdona si te molestó lo de antes.
Hamal sonrió.
- No te preocupes- hizo una pausa tras la cual suspiró y siguió hablando-. Sí, Afrodita es muy guapa- Ayax abrió los ojos como platos-. ¿Qué pasa? Yo también soy humano- se defendió Aries.
- Es que- murmuró Ayax- me sorprende oírte decirlo. Eso es todo.
- Ya, supongo...
Tauro sonrió para sí. A veces era un chico raro, Hamal. Pero otras muchas dejaba entrever que era un humano más, con sentimientos. A veces Ayax dudaba de que el tranquilo muchacho que tenía por vecino fuera aries, habida cuenta de lo que se decía de ellos, como le había contado a Nejc segundos atrás. Y otras muchas excusaba mentalmente a su compañero por su carácter, simplemente con un "es aries". Era, definitivamente, un tipo raro.
Pero igualmente a Ayax le caía muy bien el santo de origen chino.
- No me lo puedo creer.
A su llegada al antes llamado Templo del Patriarca, ahora de Atenea, aquella frase cargada de resignación y mezclada con la sorpresa, fue lo único que salió en boca de Uxor de Libra al verles. Afrodita lucía una sonrisa de oreja a oreja, como si creyese que ya había vencido; en cambio, los dos Santos que la acompañaban parecían ambos dos figuras hieráticas, uno por la seriedad, la otra por la máscara.
- ¿Qué haces aquí?- preguntó Shaula.
Saliendo de su asombro, Uxor se puso serio y examinó detenidamente a Afrodita, antes de responder.
- Atenea me mandó llamar- explicó-. Pero basta de cháchara- prosiguió casi al instante-. Mi Señora te espera, Afrodita.
La Diosa del amor suspiró con resignación. ¿Sería capaz alguien de tratarla con el respeto que merecía? Afrodita estaba segura que si no fuera por Atenea, esos guerreros la respetarían. Pobre infeliz, la Diosa creía firmemente que el mundo giraba a su alrededor.
Así pues, caminando con gracia, pasó por uno de los lados del Santo de Libra, quien no se movió, mientras ella le miraba por encima del hombro. Pudo oír como Uxor tragaba saliva y sonrió con descaro.
- Idiota- murmuró Shaula, pero sólo Anteo la escuchó.
- Vamos- intervino el de cabellos verdes con voz autoritaria.
Uxor asintió y desafió con la mirada a Afrodita, quien no dejaba de sonreír.
- Sí, Anteo- dijo, mas seguía mirando a la diosa.
- Si sigues así le darás más motivos para creerse superior- Shaula acompañó sus palabras al mismo tiempo que empujaba a Uxor hacia dentro.
Uxor bufó.
- Mira quién fue a hablar- protestó, empezando a caminar, con Anteo y Afrodita bien cerca.
- Es que hay una diferencia- le susurró la escorpina confidencialmente-: ella no se llama Shaula- Uxor hizo una mueca.
Sin darle tiempo a Libra de replicar, llegaron hasta una gran puerta. Tras ella, sabían, estaba Atenea.
Y Uxor no tuvo oportunidad de replicar porque Shaula no esperó a nadie y, tras hacer una seña a los guardias para que se apartasen, abrió la puerta de par en par y entró.
Al fondo de la sala, sentada en el trono, esperaba Atenea, con las piernas cruzadas y el semblante serio, impaciente. Al ver venir a Shaula se puso en pie, pero su gesto no cambió un ápice, al menos hasta que la guardiana del octavo templo llegó a su altura.
- Bienvenida, Shaula- sonrió dulcemente-. Bienvenido, Anteo- añadió al verle entrar junto a los demás. Ambos Santos hicieron sendas reverencias al escuchar sus nombres.
Rápidamente desapareció el tono amable de la diosa de la guerra para recuperar la seriedad. Sus ojos grises relampaguearon al posarlos sobre Afrodita.
- Tú- masculló, haciendo aparecer el sagrado báculo de Niké y señalando con él a la Diosa del amor-. ¡Eres una maldita sinvergüenza!
Todos los presentes se quedaron con la boca abierta, salvo Afrodita. La diosa del amor ocultó todo el asombro que pudo sentir bajo una amplia sonrisa. Ver a Atenea, siempre tan serena, tan tranquila y tan buena, perder los estribos así, era motivo más que suficiente de alegría.
Por ello se rió con ganas, como si nunca lo hubiera hecho antes.
Al verla reír de ese modo, la diosa Atenea apretó los dientes, irritada. Mas su ágil mente pronto dio con el origen de las risas y se sintió avergonzada de haber sido la causante. Tomó aire para serenarse, mientras Afrodita seguía riendo, sin darse cuenta de que aquella que según unos mitos era su hermana, en otros la hija de su sobrino(1), la miraba severamente, sin un atisbo de furia en sus ojos grises.
La dorada escorpina Shaula, quien como sus dos compañeros se había dado perfecta cuenta de la reacción final de su señora, decidió que era hora de acabar con aquel espectáculo. ¿Y qué mejor forma para hacerlo, que dándole a Afrodita donde más le dolía?
- No creo que sea motivo de risa el hablar de unos cuantos guerreros caídos- lejos de apaciguar, al recordar aquellos hechos, Afrodita rió con más ganas, si cabe.
Arqueando levemente una ceja, Atenea observó a su guerrera. Podía intuir una sarcástica sonrisa en el cubierto rostro de la de pelo calabaza, así fue como supo que la intervención de la guardiana del octavo templo no acababa ahí.
Y la intuición de La de los Ojos Grises pocas veces fallaba.
- Sí podríamos reír, sin embargo, de las inútiles muertes de los estúpidos Guerreros de Hefesto- Afrodita calló. Shaula se acercó a las diosas a la par que culminaba la puñalada-. O bien podríamos hablar largo y tendido de una inútil llamada Harmonía que sólo supo estorbar.
Afrodita recordó pues el origen de su llegada y la rabia la inundó.
- Desgraciada- susurró, en un murmullo apenas audible.
Habría hecho algo, pero Atenea alzó la mano que le quedaba libre, mientras seguía sujetando el sagrado báculo de Niké con la otra, con la intención de detener una batalla que ni siquiera había empezado.
- Eso lo explica todo- dijo. Sin mediar más palabra, dio la espalda a Afrodita y regresó con paso firme hacia el enorme sillón del trono. Los ojos de Afrodita brillaban, en una extraña mezcla de furia y llanto, de rabia y frustración, sin embargo la diosa joven no le hizo caso. Con la yema de los dedos repasó el relieve del reposabrazos del sillón. Finalmente, desvió nuevamente la mirada hacia Afrodita. Sus ojos volaron del rostro de la diosa al enorme cinturón que se ceñía a su cintura. Tras un prolongado suspiro, retomó la palabra-. Me das pena, Afrodita- la aludida abrió la boca sorprendida, mas no emitió sonido alguno-. La venganza no es propia de ti. ¿Tanto apego sentías por Harmonía?
Afrodita apretó los puños. ¿Cómo se atrevía a preguntar algo así? ¿Acaso no resultaba obvio? ¡Era su madre!
- Soy su madre- murmuró entre dientes.
- "Eras"- corrigió Anteo, de brazos cruzados. Shaula rió, Uxor se limitó a asentir, con una leve sonrisa. El de Géminis se mantuvo serio.
- Una diosa como tú no sabe lo que es el amor- prosiguió Atenea. Le habría gustado sentarse en el trono, pero seguía manteniendo un cierto respeto hacia otra diosa olímpica, así que no lo hizo, por mucho que estuviera junto al mueble en cuestión-. Se dice que eres la diosa del amor- prosiguió casi al instante, para evitar que nadie la interrumpiera-, pero en realidad no es así. Ése es el desempeño de Eros(2). Tú sólo eres la diosa del amor carnal, y tu cometido como diosa en este mundo es única y exclusivamente el de la lujuria. Ni siquiera puedes hacer algo tan sencillo como tejer en un telar(3). No sabes lo que es el amor- concluyó.
Sintiéndose vacía, la diosa miró alrededor. Ella era una mujer fría, distante, y también altiva y arrogante; sin embargo todo aquello no era más que una coraza con la que se protegía de su debilidad, no ser capaz de hacer nada. Su belleza era un refuerzo más de aquella auto-defensa, aunque también le servía para disfrutar con mayor facilidad de los placeres para los que ella existía.
Finalmente posó sus ojos esmeralda en Atenea, aunque tenía la mirada perdida. Podría decir tantas cosas, podría usar tantas excusas, podría replicar aquel argumento... podría decir que sí sabía lo que era el amor, que lo sentía por sus hijos, aún cuando hubieran nacido todos como su verdadero padre, y que por ello sentía un gran dolor tras la muerte de Harmonía y que por ello quería la venganza. Pero sencillamente, no fue capaz. Su mente quedó en blanco.
Afortunadamente para ella, llegó el ansiado refuerzo. La ayuda que en su más profundo ser estaba esperando, aunque nunca sería capaz de admitirlo.
- ¿A cuántos más matarás tú y los tuyos?- Atenea miró hacia la puerta. Hacía rato que le esperaba-. Por fin he llegado, ¿me esperabas?- anunció Hefesto, sonriendo de oreja a oreja.
- Gildor- se sorprendió Shaula al verle junto a Auva y Hefesto. Como los demás, sabía que Auva estaría allí, pero no que viniera con Virgo. Auva, por su parte, se sorprendió de encontrarse allí con los tres santos dorados. Aunque se lo pudo imaginar, al no haberles visto durante la ascensión, pero se sorprendió igualmente.
- Hola- saludó Gildor. Aún en momentos así, el joven guardián de la sexta casa seguía siendo respetuoso para con los demás.
En su saludo sonrió a todos los presentes, pero a Shaula ni la miró. Todavía no le perdonaba lo de Zaki. La escorpina simplemente hizo oídos sordos y se limitó a observar a Hefesto. Era un hombre horrible, tremendamente feo, le daba hasta asco. Con la libertad de la máscara que llevaba, pudo hacer una mueca, para desviar la mirada hacia Afrodita. No podía entender como una diosa como ella era capaz de estar con alguien así, por mucho que se lo hubieran impuesto. Por mucho que la obligasen, ella nunca se casaría con un hombre así... si es que se casaba.
Entonces desvió la mirada hacia el suelo. Se dio cuenta de un pequeño detalle, mientras repasaba mentalmente la frase lapidaria de Atenea que había hecho a Afrodita quedar en silencio.
Se había dado cuenta de que ella, Shaula de Escorpio, era idéntica a Afrodita. Había variantes, claro está, pero en el fondo eran iguales. Fue entonces que supo qué le había hecho horas atrás la diosa. Sonrió para sí, podía estar hasta bien y todo.
- Te esperábamos, sí- Atenea apretó con fuerza el báculo. Necesitaba más que nunca el apoyo de Niké.
- Pues aquí me tienes- gruñó Hefesto.
Era hora de poner las cosas en su sitio. Atenea no iba a permitir que por culpa de los caprichos de una, de las venganzas milenarias del otro, más santos cayeran. Suficientes habían muerto ya. Teniendo además en cuenta que era tiempo de luchas inútiles, de batallas preparatorias, para la auténtica guerra, mucho más importante que la que durante siglos mantuvo contra su tío.
- Se acabó- anunció.
Continuará...
N.A: Aquí tenéis un nuevo capítulo, espero que os haya gustado.
(1). Los dos mitos más conocidos del origen de Afrodita dan dos versiones distintas. En una, la más popular (y la que apoyo), se dice que Afrodita (llamada Afrodita Urania) surgió de la espuma del mar, a partir de los genitales de Urano que Cronos cortó durante la Titanomaquia y arrojó. Otros dicen, sin embargo, que es hija de Zeus y Díone (llamada Afrodita Pandemos), de ahí eso de "según unos mitos era su hermana, en otros la hija de su sobrino".
(2). Afrodita es la diosa del amor carnal, Eros es el dios del amor propiamente dicho. Es el Cupido griego, para que nos entendamos.
(3). Una pequeña referencia a un mito un tanto curioso, que siempre me ha hecho gracia: Las Parcas asignaron a Afrodita un único deber divino, a saber, hacer el amor. Pero un día Atenea la sorprendió trabajando en secreto en un telar y se quejó de que se habían infringido sus prerrogrativas, amenazando con dejarlas por completo. Afrodita se disculpó profundamente y desde entonces no volvió a realizar un solo trabajo manual. Lo leí en el libro "Los mitos griegos", de Robert Graves, en el capítulo "Naturaleza y hechos de Afrodita", del primero de los dos volúmenes que componen dicho libro.
Todo comentario, sugerencia, críticas o tomates serán bienvenidos. ¡Hasta la próxima!
