Bergine
- Buenas tardes Bergine, ¿cómo estás? – me saludó mi hermana con una leve sonrisa - ¡vaaaaya! ¡pero como está de mayor el hombrecito más popular de la Corte! – exclamó refiriéndose a mi hijo cogiéndolo en brazos
Eché un vistazo circular al interior de la casa arrugando la nariz. Desde la última vez que había venido parecía que la decoración había mejorado un poco, pero la pared de la sala se estaba agrietando y el jardín de alrededor se encontraba en un estado deplorable. Aquella vez le ofrecí a mi hermana una buena cantidad de dinero para costear los arreglos pero ella lo había rechazado con un gesto de seriedad.
- No me ofendas Bergine… es cierto que Toma no gana mucho y que yo trabajo esporádicamente cuando buenamente puedo, pero créeme que a nuestra hija no le falta de nada y somos muy felices.
Yo no quise discutir sobre aquello y aunque no pensábamos lo mismo aun así respeté su opinión. ¡Pero qué triste tenía que ser vivir de esa forma siendo la hermana de la reina!… yo la habría podido ayudar de buena gana y sacarlas de una maldita vez de esa sencillez y esa mediocridad que les rodeaba…
Mi hermana sonreía a Vegeta diciéndole lo guapo que estaba mientras él la miraba desde abajo medio de reojo con un gesto cohibido en el rostro. Apenas conocía a Raina de un par de veces y todavía le costaba coger confianza a los desconocidos. Sin embargo cuando vio aparecer a su prima Kauri por la puerta se le iluminó la mirada, estaba claro que las personas de su tamaño le inspiraban más seguridad. La niña llevaba el pelo oscuro recogido en dos pequeños moños a ambos lados de la cabeza y se veía la mar de adorable vestida con un conjunto amarillo de pantalón corto y camisa de manga larga sin cuellos.
Vegeta bregó entre los brazos de mi hermana para que le dejase en el suelo y se puso de pie muy erguido con los brazos cruzados mirando a la niña con un gesto de soberbia.
- ¡Hola! – le saludó ella con su voz cantarina - ¿cuántos años tienes?
- ¡Jajaja Kauri pero si ya le has preguntado lo mismo la última vez que vinimos hace unas semanas…!
Al parecer me había dicho Raina que estaba aprendiendo a contar y en estos momentos le llamaba mucho la atención todo lo relacionado con las edades y los números.
- Un año y diez meses – respondió él muy seguro
- Ni más, ni menos – puntualicé yo poniendo una mano detrás de la cabeza
Kauri se quedó pensativa y contó con los dedos durante unos segundos con cara de máxima concentración
- Yo tengo casi tres… eres pequeño todavía
Aquella afirmación no pareció agradarle mucho a Vegeta porque frunció el ceño y miró a su prima con rabia mientras soltaba un leve "¡humph!"
- Vamos, vamos niños… - dijo mi hermana haciendo un gesto con la mano – cariño… ¿por qué no le enseñas a tu primo lo que te ha traído el tío Bardock?
La pequeña cogió a mi hijo de la mano con toda la naturalidad del mundo y se lo llevó a su habitación mientras él la seguía con un gesto de confusión en el rostro y mirándome a mí.
Estaba claro que a Vegeta le hacía bien relacionarse con otros niños de su edad, no quería que por estar todo el día rodeado de adultos cuando creciese un poco se volviera un chico raro o especial.
-Tu niña es un amor Raina… se le ve tan inocente… ¡cómo me gustaría tener una así como ella…! – suspiré con nostalgia acordándome de mi hijita que no había llegado si quiera a respirar.
- Pues todavía estás más que a tiempo Bergine – dijo ella con una carcajada – me imagino que al rey también le hará ilusión tener más hijos
- Sí… bueno, supongo…
Últimamente sentía a Vegeta mucho más distante conmigo. En ocasiones volvía a comportarse como antes y nos volvía a envolver la pasión de antaño cuando estábamos juntos en la cama. Pero parecía que solo era en esos momentos cuando me mostraba el cien por cien de sí mismo y luego se encerraba otra vez en su mundo de preocupaciones y asuntos del reino.
A mí me seguía pareciendo incluso más apuesto y excitante que el primer día, pero la "discusión" tan fuerte que habíamos tenido hace unos meses me había dejado un poco temerosa. ¿Hasta cuándo iba a durar aquella tranquilidad? Sí que es cierto que a los pocos días de aquello una noche entró en la habitación y me tomó en brazos dándome el mayor placer que había sentido jamás. Después se acurrucó contra mi pecho y se durmió entre mis brazos mientras yo le acariciaba el pelo como cuando se lo hacía a mi hijo tras haber tenido una pesadilla.
Por mucho que lo desease no me había vuelto a quedar embarazada, pero daba gracias a Dios en todo momento por haberme permitido ser la madre de un niño tan perfecto como el que ya tenía. Si al final resultaba que volvía a quedar encinta otra vez, bienvenido sería, pero esta vez no me iba a obsesionar más con el tema.
- Y dime Bergine… ¿has venido sola?
- No, uno de los guardias de palacio me acompañó hasta aquí. Me dijo que tenía que comprar no sé qué hierbas para unas medicinas en el mercado de aquí al lado así que supongo que estará allí.
- ¿Y no te sientes un poco rara… digo… todo el día custodiada para tener que ir a cualquier lugar cuando tú eres ya muy fuerte como para poder defenderte bien…?
Solté una carcajada ante ese comentario. Aquella pregunta quizás me habría molestado y puesto a la defensiva hace unos años y más viniendo de mi hermana mayor, pero entendía perfectamente lo que quería decir.
- Pues al principio sí que se me hacía extraño… pero ahora y sobre todo cuando salgo con mi hijo me siento mucho más segura sí me acompaña algún guerrero fuerte que nos pueda proteger.
- Ya, claro… supongo que tienes razón… tu niño no es una persona cualquiera, el heredero al trono claramente es lo más valioso y preciado para el reino. Debes estar muy orgullosa de él…
-¡Por supuesto… Vegeta es mi mayor tesoro! No sé qué haría ahora sin él – contesté con los ojos brillantes de la emoción
- Estás… diferente Bergine… observo que tener un hijo te ha cambiado… para bien - dijo mi hermana con una sonrisa al ver que me sonrojaba y bajaba la mirada – cuando aparece alguien que depende enteramente de ti… te cambia la vida para siempre… es algo raro pero hermoso a la vez. Solamente las mujeres somos capaces de percibir esas cosas…
Así era como realmente me sentía yo… como si mi pequeño fuese el principal motivo por el que seguir luchando, mejorando, y viviendo el día a día con tanta intensidad.
En esos momentos me acordé de mi madre… ¡qué feliz estaría al verse rodeada por sus nietos! A ella siempre le habían gustado mucho los niños, y estaba segura que tanto mi hijo como Kauri le habrían robado el corazón. Volvía a sentir aquel terrible sentimiento de culpa en mi interior y agité la cabeza intentando ahuyentar esos funestos pensamientos.
- ¡Holaaaaa, ya estamos en casa!
Creí escuchar la voz de Toma a la vez que se abría la puerta de la entrada. Raina sonrió y yo giré la cabeza sentada desde una banqueta que había en la sala.
El Saiyan saludó con la mano dejando unas bolsas de papel marrón en el suelo seguido de Bardock y de un desgarbado y muy cambiado Raditz.
Al parecer venían de comprar comida en el puesto de carne donde trabajaba la mujer de mi amigo y tanto él como su hijo habían decidido pasarse a saludar a mi hermana después.
Ella se levantó de la silla y se acercó a Toma frotando la mejilla contra la suya mientras recogía las bolsas y se las llevaba a la zona trasera de la casa donde había una alacena con varias estanterías para almacenar la comida.
- ¿Qué tal estás Bergine? No sabía que habías venido tú también de visita, hacía tiempo que no te veía… - me saludó Bardock apretándome el hombro con un gesto protector
- ¡Tienes razón, ya sé que no te gusta mucho pasarte por la Corte pero…no puedes abandonar de esa forma a los amigos – le reprendí bromeando - y hablando de ese…! ¿este muchacho tan alto es Raditz? ¡madre mía es increíble! ¡pero qué grande estás!
Di un silbido sorprendida por el gran cambio que había dado el muchacho. Era ya casi de la misma estatura que su padre y ya no le quedaba nada del redondo rostro infantil que recordaba la última vez que le había visto. Ahora tendría unos trece o catorce años y se notaba que había entrado de lleno en la temible etapa llamada adolescencia.
Se notaba que los entrenamientos estaban dando sus frutos, se veía mucho más desarrollado y los músculos del pecho y de los brazos se le marcaban debajo de la ajustada camiseta negra de manga larga que llevaba.
- Estás guapísimo Raditz – le alabé acercándome a él para darle un abrazo – seguro que tienes a todas las chicas loquitas detrás de ti.
Le hice un gesto de complicidad guiñándole un ojo y él se sonrojó apartando la mirada hacia el suelo. Resultaba adorable verlo tan nervioso a pesar de su tamaño, en el fondo aún seguía siendo un niño.
- Bu… buenas tardes Majestad – balbuceó enroscando la cola alrededor de la cintura y haciendo una leve reverencia.
- ¿Pero que son esas formalidades muchacho? ¡si tú y yo nos conocemos ya desde hace tiempo! – me puse de puntillas para darle un sonoro beso en la mejilla y pellizcarle suavemente el lóbulo de la oreja - ¡ayyyy quien tuviera unos años menos…!
- ¡Jajajaja! ¡eres increíble! ¡otra pobre víctima de tus encantos Bergine! – Bardock soltó una carcajada al ver el azoramiento del chico al escuchar mis palabras
-¡Papáaaa! – exclamó él completamente rojo apretando los puños muerto de la vergüenza
Los tres adultos nos echamos a reír y el muchacho se puso tan nervioso que no sabía dónde meterse.
- ¡Dejad en paz ya al pobre chico! ¡mira que sois mala gente! – mi hermana apareció por la puerta en defensa del adolescente mientras secaba un plato con un trapo de tela – de lo contrario no va a querer venir más a esta casa… ven cariño ayúdame un momento con esto por favor.
No hacía falta que se lo dijeran dos veces… el joven Saiyan salió de la sala como alma que lleva el diablo con el rostro completamente encendido. En esos momentos daba igual lo que le ordenasen hacer con tal de marcharse de allí de una vez.
- ¡Ayyyy Dios… días de gloria que nos está dando a su madre y a mí…! – masculló Bardock dejándose caer en la butaca pasándose la mano por el rostro – todo está muy tranquilo cuando está fuera de misión, pero cuando regresa… es como convivir con un terremoto lleno de hormonas…
- ¡Vaaaamos… no será para tanto! – me reí sentándome a su lado en el reposabrazos de terciopelo
- Esperad a que vuestro hijos lleguen a esa edad… ya me contaréis…
- ¡No nos metas ese miedo en el cuerpo Bardock! – dijo Toma con una sonrisa nerviosa – cuando mi hija crezca un poco voy a tener que estar apartando a todos los moscones para evitar que revoloteen a su alrededor…
Justo en ese momento un chillido de la niña nos sobresaltó a todos. Su llanto infantil cada vez fue elevándose más y nos asomamos a su habitación para ver qué había ocurrido.
La pequeña estaba de rodillas en el suelo toda despeinada y con el dorso de las manos tapándose los ojos mientras lloriqueaba desconsolada.
- ¡Soy el príncipe de los Saiyans! - mi hijo estaba muy erguido con las piernas separadas y señalándola con el dedo mientras repetía todo el rato las mismas palabras - ¡es una orden, es una orden!
- ¡Pero bueno! ¿se puede saber qué es lo que está pasando aquí Vegeta? – le reñí acercándome a él y cogiéndolo en brazos - ¿qué les has hecho a tu prima? – le quité de las manos las gomas del pelo que eran de Kauri y se las devolví a mi hermana que entró por la puerta en esos momentos.
La niña poco a poco había dejado de llorar y corrió a refugiarse detrás de las piernas de Toma. Miraba a Vegeta con una mezcla de miedo y enfado pero no dijo nada. Raditz apareció detrás de Raina y miró a ambos niños con una sonrisa divertida.
- No me quería dejar los cubos de construir… - aseguró enfurruñado mi hijo – y yo los quería…
- ¡Pero es que estábamos jugando los dos! – gritó la niña sin salir de la seguridad que le proporcionaba su padre – ¡y luego me empujó!
- ¿Es eso cierto? – le pregunté al niño con el ceño fruncido
- ¡Y después me tiró del pelo!
- ¡Calla Kauri… tú no pinches más! – le dijo su madre
Raditz se dio la vuelta y le empezó a entrar la risa tapándose la boca con las manos. Bardock entrecerró los ojos y le dio un tirón de uno de los mechones de pelo haciendo que se callase.
- Vegeta, no te puedes comportar así… el juego es de tu prima y tienes que aprender a compartir.
- ¡No! – dijo cruzándose de brazos – soy el príncipe de los Saiyans
La palabra "príncipe" apenas la pronunciaba correctamente y aunque en mi fuero interno me hiciese gracia no podía darle a entender que lo que había hecho no tenía importancia. Me agaché al lado de la niña acariciándole la cabeza a modo de disculpa y llevé a mi hijo a la sala para hablar con él seriamente.
Parecía que por mucho que le intentase explicar no iba a dar su brazo a torcer, no conseguí que le pidiese perdón a su prima porque según él, si quería el juego ella debía dárselo sin rechistar. Si seguía así lo único que iba a conseguir era que se convirtiese en un pequeño tirano y debía corregir ese tipo de comportamiento desde ese mismo momento. Seguramente el rey se habría reído al escucharle dar órdenes siendo aún tan joven, pero a mí no me hacia ninguna gracia. Estaba claro que esa frase se la había oído a su padre cientos de veces y Vegeta casi siempre intentaba imitar lo que hacía él. Para mi hijo el rey era una especie de Dios incuestionable, que siempre tenía la razón y todo lo hacía bien. Cada vez tenía más claro que el niño debía pasar más tiempo con otros críos de su edad… pues las damas que le cuidaban accedían a todos sus caprichos y lo mimaban demasiado. Iba a tener que hablar con Kale y las demás sobre ese tema, ya que a mi marido solo parecía importarle que Vegeta creciese de una vez para poder llevárselo de misión.
Estaba claro que tendría que ser yo quien personalmente se encargase de su educación si no quería que creciera convirtiéndose en un niño déspota y egoísta.
Gracias a Dios Raditz se había llevado a Vegeta de la mano otra vez a la habitación de Kauri y a los poco minutos estaban los tres jugando en el suelo tan tranquilos como si no hubiese pasado nada. Estaba claro que al muchacho se le daba muy bien hacer de mediador. La niña estaba sentada en su regazo mirándolo con ojos de adoración mientras él les construía una enorme torre con aquellas piezas motivo de la anterior discusión.
Me enternecí al ver aquella escena tan familiar. Veía a Vegeta mucho más relajado y feliz que cuando estaba siendo vigilado por las damas en el palacio, estaba claro que estar con ellos le beneficiaba para suavizar su fuerte carácter.
- No te preocupes tanto por él Bergine - me tranquilizó Bardock apareciendo por detrás – aunque ahora sea como un dolor de cabeza tu hijo será un gran rey algún día ya lo verás… todavía es muy pequeño y no son más que discusiones tontas entre críos.
- No lo sé… quizás le esté consintiendo demasiado…
- Eso mismo pensaba yo cuando Raditz era más pequeño, nosotros fuimos padres siendo muy jóvenes y créeme que su madre no lo dejaba en paz ni a sol ni a sombra.
- Pero tu hijo es un chico estupendo, Bardock
- Naaaa… tiene sus momentos – sonrió quitándole importancia – pero el tuyo está claro que bastante carácter ha sacado de tí…
Las carcajadas de Kauri resonaban por toda la casa cuando Vegeta destrozaba la torre tirando todas las piezas al suelo y el joven adolescente la volvía a construir una y otra vez con mucha paciencia. Podría haberme quedado allí observándolos embobada durante horas y en ese momento me sentí muy feliz, no sabría cómo explicarlo… quizás sería por estar rodeada de los míos, segura, protegida… y en casa…
Turles
Realicé los últimos estiramientos antes de salir de la sala de entrenamiento en la que llevaba más de una hora. Hoy había optado por ir a una de las exteriores que aunque eran algo más pequeñas que las demás por lo menos podría estar solo y tranquilo.
Aquellas salas era de un estructura circular de color blanco con un tejado en forma de cúpula y unas ventanas redondas de un cristal rosáceo y resistente a los golpes. Se encontraban diseminadas alrededor de la zona norte del palacio y era necesario reservarlas con antelación.
Justo en el exterior y casi pegada a una de sus paredes había una fuente rectangular con varios grifos y agaché la cabeza para poder beber un poco de agua. La verdad es que estaba bastante sediento después de haber hecho tanto esfuerzo hoy. Me sentía muy animado ya que notaba que cada vez más mejoraba en los entrenamientos, había conseguido derrotar a un grupo de Saibaimans literalmente con los ojos cerrados sin hacerme ni un rasguño y casi sin sudar.
Puede que hubiese nacido siendo un Saiyan de clase baja pero yo no me iba a quedar estancado como otros, mi esfuerzo me había costado llegar hasta donde estaba, y no tenía intención de rendirme jamás. Pronto tendría mi escuadrón completo para poder registrarlo como un grupo de mi propiedad, donde yo evidentemente figuraría como "el jefe".
Metí la cabeza debajo del grifo y me froté el cuello con al agua fría para espabilarme un poco. Me sequé la cara con una pequeña toalla que llevaba encima de los hombros y escuché unos golpes en una de las salas cercanas.
Volé hacia la ventana más cercana y observé a una muchacha dando patadas a un enorme saco negro con mucha rapidez mientras desaparecía y aparecía en diferentes lados del mismo.
Cuando levantó el rostro vi que se trataba de Corya, la hermana pequeña de Paragus. Ella pareció percatarse de que había alguien observándola y alzó los ojos sonriendo cuando me vio saludarla con la mano desde arriba.
Me abrió la puerta de la sala con gesto amistoso para que entrase y me preguntó que qué estaba haciendo por allí.
- Yo también he venido a entrenar un poco… llevo bastante rato justo al lado, ¡qué casualidad!
- Sí, es cierto, me han dicho que tenemos programada una misión para dentro de unos meses y nos ha vuelto a tocar juntos en el mismo escuadrón – se apartó un mechón de flequillo del rostro y suspiró con el rostro sonrojado por el esfuerzo.
La verdad es que aquella niña era una monada. No se parecía en nada al resto de mujeres Saiyans que había conocido, tan ariscas y seguras de sí mismas. Corya parecía una cría asustada y tímida con ese rostro infantil de piel pálida como la porcelana, en contraste con la tez morena de su hermano. Ciertamente no se parecían en nada, ni en el físico y mucho menos en el carácter.
A pesar de que ya habíamos coincidido varias veces y hablado otras tantas seguía mostrándose tan cauta como el primer día… desde luego era una chiquilla desconcertante.
- ¿Y cómo vas… ya sabes…? ¿cómo te encuentras…?
No me atreví directamente a preguntarle si había tenido algún otro encuentro "desagradable" con ese hombre que la había golpeado los días antes de aquella misión en la que participamos juntos. Sin embargo ella pareció darse cuenta de a qué me refería y bajó los ojos apesadumbrada.
- Bueno… sí… estoy mejor pero… bueno – tartamudeó mientras se frotaba la palma de las manos nerviosa sin levantar la vista - no quiero tener que ocultártelo pero… me imagino que ya sabrás que la persona que me había agredido es… Paragus
- ¡Lo sabía! ¡maldito bastardo…! Después de todo yo estaba en lo correcto… los rumores que corrían por la Corte eran completamente ciertos.
- Pues… algo había oído… - le mentí a medias – ¡pero me parece increíble que tu propio hermano sea capaz de llegar a tanto! ¿pero por qué te hace eso? ¡si sois familia!
- ¡Eso a él no le importa! – exclamó de pronto con pasión – ¡mi hermano odia a todas las mujeres solo porque nuestra madre lo trataba muy mal cuando éramos pequeños…!
- Muy bien pero… traumas infantiles a parte… eso no le da derecho a tratarte como te trata… ¿qué culpa tienes tú de eso?
- Ya lo sé que ninguna… pero… piensa que todas somos igual de arrastradas, de… promiscuas… ¡pero bien que él luego mira a…! bueno… no tiene importancia… - dijo desviando la mirada
- ¿El qué? ¿a quién mira tu hermano?
- A… la reina… a la reina Bergine. Estoy segura de que la desea con todas sus fuerzas, cada vez que la ve noto como le cambia el gesto de la cara. Nunca había visto a nadie observar a alguien con tanta intensidad, pero no me extraña… la reina Bergine es tan hermosa que es lógico que todos la miren…
- ¡Tú no tienes nada que envidiarle! – le dije muy seguro de mí mismo – cierto que poseéis bellezas diferentes, pero créeme… tú eres una muchacha muy bonita también.
Ella se sonrojó apartando los ojos con una sonrisa tímida en los labios.
- Eso me lo dices para hacerme sentir mejor y te lo agradezco – dijo levantando el rostro para mirarme a la cara – pero yo estoy bien así como estoy… si los hombres se girasen para verme tanto como a ella, seguro me pondría muy nerviosa y hasta me costaría salir de mi habitación.
De repente y sin saber cómo, la agarré por los hombros y me agaché un poco para estar a su altura besándola en los labios. Ella se mostró tremendamente sorprendida y abrió los ojos como platos soltando un gemido de asombro.
¿Pero qué demonios estaba haciendo? Hace unos meses había sentido unas ganas enormes de besar a Bergine cuando la había visto tan triste por lo sucedido con el rey, y ahora eso mismo lo estaba haciendo con Corya al notar esa sensación de desasosiego en sus palabras. ¿Acaso me consideraba un salvador de las damiselas en apuros o qué…?
Apreté su pequeño cuerpo contra el mío y casi pude escuchar los latidos de su corazón contra mi pecho. Me rodeó el cuello con los brazos y noté como correspondía a mi beso, que cada vez se volvía más y más intenso mientras le bajaba uno de los tirantes de la camiseta.
Sin embargo a los pocos segundos la sentí temblando contra mí y arqueé la ceja extrañado separándome de ella. Cuando vi su rostro observé que estaba completamente blanca y que tenía una mirada de terror en sus ojos mientras se llevaba las manos juntas sobre el pecho como si se estuviese intentando proteger de algo.
- Corya… - dije en su susurro poniendo una mano sobre su hombro - ¿qué es lo que te sucede?
Ella se apartó bruscamente pidiéndome disculpas e intentó salir corriendo. La retuve sujetándola por la muñeca y cuando se dio la vuelta tenía las mejillas llenas de lágrimas.
- Lo… lo siento… no es culpa tuya… - temblaba tanto que no sabía cómo debía actuar en esos momentos, era como si se hubiese quedado bloqueada durante unos minutos y no fuese capaz de reaccionar.
La saqué fuera de la sala llevándola de la mano como si fuera una niña y nos sentamos en un banco de madera que había justo allí cerca. Ya era casi de noche pero realmente hacia una temperatura muy agradable en el exterior. Estuvimos allí sentados durante un tiempo y parecía que poco a poco se iba tranquilizando, aunque aún seguía sin poder mirarme a los ojos.
- Cuando yo tenía… trece años… - empezó a contarme a pesar de que yo no le había dicho nada – un… hombre abusó de mí cuando estaba volviendo a la pequeña casa en la que vivía con mi hermano…
Abrí los ojos tan sorprendido por aquella revelación que ni siquiera me salían las palabras de la boca. ¡Me parecía inconcebible que alguien fuese capaz de hacer algo así a una mujer!… ¡qué digo mujer… a una niña…!
- Ni siquiera… recuerdo bien su rostro… - prosiguió apretando los puños encima de las rodillas - estaba muy oscuro y al parecer había salido de una taberna cercana a la zona por la que yo pasaba. Quizás debería haber tenido más cuidado y haber sido más lista…
- Pero Corya… ¡aquello no ha sido culpa tuya! ¡ese desgraciado es el único monstruo de esta historia! – me puse de pie con tanta rabia que sentí que me ardía el cuerpo solo de pensar en el sufrimiento de la muchacha en aquellos momentos - ¿y tú hermano… no se lo contaste?
- ¡No podía! ¡ni siquiera me iba a creer! - sollozó al recordar aquello y cerró los ojos con fuerza mientras bajaba la cabeza hasta casi tocar los muslos con la barbilla - ¡seguramente me diría que había sido yo la que le había provocado y que me lo tenía merecido!
No daba crédito a lo que estaba oyendo… pero desde luego ella conocía mejor a Paragus que yo… y si así lo pensaba es que así sería.
- A los… tres meses descubrí que estaba embarazada… me di cuenta en un entrenamiento al sentir un horrible dolor en el vientre. Esa misma noche tuve un aborto. Quizá fuese mejor así… no sabría qué hacer con un bebé siendo yo una niña, y si Paragus se hubiese enterado… probablemente lo habría matado aun estando en mi interior dándome una paliza. Si hubiese traído a mi hijo a este mundo el pobre bebé al final habría sufrido mucho más que yo…
Me tapé el rostro con las manos al escuchar tan escabrosa historia. Aquella mujer había pasado lo indecible, y allí estaba… mostrando una entereza y una fuerza algo fuera de lo normal para ser tan joven. Me sentí como un auténtico estúpido por haberla besado.
- Y cuando tú me… ya sabes… - dijo poniéndose colorada – me puse muy nerviosa al acordarme de todo aquello y no pude seguir… lo siento…
- No tienes por qué disculparte, yo soy el tonto aquí no tú… no debería haber intentado nada, he ido demasiado rápido…
Escuché la alborotadora voz de Bergine en mi cabeza haciendo uno de sus monólogos sobre los hombres como si yo no fuera uno de ellos echando chispas por los ojos con un gesto de indignación.
- "¿Es que los chicos os pensáis que porque una mujer os corresponda a un beso significa que la tenéis que desnudar para penetrarla o qué? ¡sois todos iguales os odioooo!"
- "Mejor aprendías a hablar como una señora casada en vez de como una tabernera…"
Pero pensándolo fríamente tenía razón… que Corya me hubiese devuelto el beso no significaba que por eso tenía que meterla en mi cama… ¡maldita Bergine…!
- Yo… me siento muy cómoda cuando estoy contigo, Turles – me confesó casi en un murmullo – la verdad que muy poca gente me transmite esa confianza que tú me das…
- Bueno… eso es porque soy alguien único en mi especie… - dije con humor para intentar distraerla – pero ya sabes que puedes contar conmigo para lo que sea, yo te guardaré el secreto y si algún imbécil intentara molestarte o propasarse contigo créeme… deseará no haber nacido…
Ella asintió con una sonrisa mirándome a los ojos y apoyando las manos sobre el asiento del banco. La brisa de la noche movió sus cabellos y nos envolvió con una estela de silencio y de paz.
Nunca pensé que le diría a alguien una frase tan sincera como aquella. Yo siempre había sido una persona despreocupada que vivía la vida a su aire sin muchas complicaciones porque solo quería divertirme, pero el haber conocido a Corya al parecer estaba haciendo cambiar mi forma de ser. Tampoco me había involucrado más de lo necesario con ninguna mujer porque sencillamente no me apetecía demasiado el tener que estar preocupándome por otra persona que no fuese yo.
Bergine me diría que quizá es porque estaba madurando… no lo sé con seguridad…
Bergine
- ¿Dónde te habías metido mujer? No te he visto desde por la mañana – me preguntó el rey con un tono demasiado inquisidor levantándose de la silla.
Había traído a la habitación unos documentos de las próximas misiones que se iban a realizar y los estaba ordenando encima de la mesa. Lo que no entendía es por qué eso no lo hacía en el despacho en vez de en nuestro cuarto… no sé por qué pero me daba la impresión de que estaba esperando a ver el tiempo que tardaba yo en llegar para así poder recriminarme con alguna excusa… aunque quizás era yo la que estaba demasiado paranoica últimamente…
- Pero si ya te lo había dicho ayer Vegeta… que esta tarde iba a ir con el niño a visitar a mi hermana y a mi sobrina. Puedes preguntarle a Zorn, ese soldado tuyo en el que tanto confías… él ha sido quien me ha acompañado hasta allí – le dije molesta al ver su gesto de duda en el rostro.
Ya estaba más que harta de su actitud hacia mí, desde hacía meses controlaba casi todas mis salidas, preguntándome a donde iba y con quien. Turles se había ofrecido a acompañarme pero preferí que no lo hiciera… no quería añadir más desconfianza a la atormentada obsesión de Vegeta respecto a los hombres con los que me codeaba. Si se hubiese enterado de que Bardock también había estado en la casa a lo mejor se enfadaba conmigo y no me apetecía otra discusión más… o quizás algún que otro golpe.
Me desvestí con un gesto de enfado en el rostro mientras guardaba el vestido en el interior del armario doblado perfectamente. De pronto sentí los musculosos brazos del rey alrededor de mi estrecha cintura y su barba me hizo cosquillas en el cuello pero yo seguí desvistiéndome como si nada. Me quité las botas sin poder evitar echar un poco la cadera hacia atrás y noté para mi sorpresa su dura erección contra mis nalgas.
Cuando giré la cabeza frunciendo los labios en un gesto de rabia su boca se juntó con la mía e inevitablemente solté un jadeo de deseo. Pero no iba a rendirme tan fácilmente esta vez… quería que se diera cuenta de que su forma de comportarse conmigo últimamente me molestaba y me agobiaba. Coloqué las manos sobre su pecho y le aparté un poco dirigiéndome al baño, sin embargo él me lo impidió agarrándome por la muñeca y atrayéndome de nuevo hacia él.
- Deja ya de hacerte la interesante… Bergine - su cálido aliento me rozó la nariz y le miré a los ojos sin pestañear mientras mi corazón palpitaba a mil por hora – no vas a dejarme "así" como estoy…
- ¡Oh, siento mucho que se le haya puesto dura y quiera metérmela, su Majestad… pero las cosas no funcionan así!
- ¡Ahh por favor mujer…! ¡no me digas esas cosas que me provocas aún más! – soltó un gemido gutural y me llevó la mano hacia su mentada entrepierna que desprendía un calor excitante y provocador.
¡Cómo lo deseaba maldita sea!... ese cuerpo tan grande y fuerte me hacía sentir insignificante y vulnerable a su lado, tanto… que me mareaba solo con mirarle. Su mano descendió hasta la parte baja de mi cintura y me acarició la base de la cola con suavidad haciendo que me temblasen las piernas atrayéndome con fuerza hacia él para que sintiera toda su dureza contra mi estómago. ¡Cómo odiaba que me hiciese eso… él sabía perfectamente lo que ese simple gesto producía en mí y se aprovechaba de ello!
No… no debía caer tan fácilmente… si accedía a sus caprichos le estaría dando a entender que podía hacer conmigo lo que quisiera y a tratarme tan posesivamente a todas horas.
- Si de mí dependiese mujer… te haría el amor todas las noches de mi vida… hueles tan bien… - me recorrió el cuello con pequeños mordiscos hasta llegar a la clavícula y jugueteó con el fino tirante blanco de mi camiseta interior.
Apenas me llegaba por debajo de los glúteos y me sentí nerviosa y tremendamente excitada a la vez ante sus caricias. De repente me dio la vuelta sujetándome por los hombros y de un solo tirón me rasgó la ropa en dos mitades dejándola caer al suelo quedándome completamente expuesta y desnuda ante él. Ahogué un gemido de sorpresa cuando se agachó un poco y me mordió un pecho con fuerza a la vez que atraía mi cuerpo hacia el suyo. Mis manos se movieron solas sobre su nuca para apretarle más contra mí y notar su calor. Tenía el rostro completamente ruborizado y no quería que parara pero al mismo tiempo tenía que hacerme la fuerte y posponer aquel encuentro.
- Basta… Vegeta… para – balbucee a duras penas – tengo que hablar contigo de una cosa…
- ¿Y no puede ser después mujer? – se arrodilló ante mí besándome en el triángulo que conducía a mi zona del placer y deslizó su lengua sobre él.
La excitación me recorrió el cuerpo como un rayo y por poco me tiene que sostener para evitar que me cayese al suelo. Conseguí apartarme del rey a duras penas y me tapé rápidamente con una fina bata de seda verde que había encima del galán cerrándomela con un lazo con las manos temblorosas.
Mi gesto no le hizo ninguna gracia por la cara que puso. Frunció el ceño y se levantó mientras me miraba de arriba abajo con los ojos entrecerrados pensando Dios sabe qué.
- Escúchame, por favor – le pedí estirando los brazos con las palmas de las manos hacia él para que no se acercase – tengo que decirte algo sobre Vegeta
Pareció que mencionarle al niño había hecho que al menos me prestase más atención. Me gustaba saber que al menos se preocupaba por él como un buen padre.
- ¿Qué es lo que le ocurre a mi hijo? – dijo cruzándose de brazos.
Intenté evitar mirar cómo se le marcaban los músculos de los pectorales cuando hacia ese gesto. El muy condenado tenía un cuerpo de infarto y odiaba darme cuenta lo que me afectaba tenerle tan cerca vestido solo con el pantalón y la camiseta negra ajustada. Parecía la encarnación del mismísimo diablo que había surgido de los infiernos solo para tentarme y hacerme caer.
Negué con la cabeza intentando alejar aquellas sensaciones de mi cuerpo y de mi mente y me centré en lo que para mí era importante en aquel momento.
- Ve… Vegeta se ha portado mal hoy en casa de mi hermana – dije carraspeando aclarando mi garganta – le ha pegado a su prima y le ha tirado del pelo dándole ordenes como un pequeño niño mimado. No me gusta que muestre esa actitud desde una edad tan temprana, si sigue así se va a terminar convirtiendo en un déspota.
El rey lanzó un resoplido e hizo un gesto con la mano como restándole importancia. No me extrañó para nada ya que me imaginaba que reaccionaría así… para él aquellas discusiones no eran más que cosas de críos y que se peleasen de vez en cuando no hacía más que endurecer su carácter.
- ¡Ese no es el punto… lo peor de todo es que ni siquiera se mostraba arrepentido por lo que había hecho… creo que pasa demasiado tiempo entre adultos y eso no es bueno! Todos le contemplan sin miramientos y a él en el fondo le encanta porque sabe que puede engatusar a cualquiera solo con abrir la boca. Menos mal que el hijo de Bardock habló con ellos y los distrajo jugando un poco antes de que a Vegeta le entrase una pataleta…
- ¿Y ese tal Bardock… también estaba allí…? – me preguntó el rey con la ceja arqueada cruzándose de brazos
- ¡Siií! ¡también estaba en la casa maldita sea, pero esa no es la cuestión!
Ya estaba hasta las narices de los comentarios velados que me hacía refiriéndose a mis amistades masculinas… ahora no era el momento de discutir por eso…
- ¡Solo es un niño mujer… no tienes por qué exagerar tanto… él es el príncipe del planeta y le deben un respeto!
- Pero por ser el príncipe no tiene derecho a hacer todo lo que le venga en gana… cuando llegan a estas edades tienen que aprender a lidiar con la frustración… su pequeña prima solamente quería jugar con él y Vegeta se puso como loco intentando quitarle el juego para utilizarlo solo él. Creo que en ciertos aspectos se parece demasiado a ti…
Dije esto último bajando el tono de voz y desviando la mirada. Desde mi punto de vista el niño ya había visto varias veces la furia de su padre contra algún súbdito o trabajador por no haber hecho bien sus quehaceres. Sin ir más lejos el otro día estábamos paseando con el pequeño por los jardines de palacio y llegó un Saiyan de los encargados de la sala de mandos comunicando que las naves de la misión programada para ese día iban a retrasarse un poco en su salida por un fallo técnico. El rey le dio un golpe tan fuerte que lo tiró al suelo llamándolo inútil y yo cogí al niño en brazos como un acto reflejo ante aquel susto, sin embargo el príncipe se quedó observándolo todo con los ojos bien abiertos registrando ese momento en su pequeña cabeza.
- ¿Me estás queriendo decir que él niño hace eso porque me imita? – me preguntó apretando los labios
- ¡Pues sí! – le dije intentando no sentirme intimidada – a veces creo que eres demasiado violento Vegeta… y no me gusta que nuestro hijo presencie eso desde tan joven…
- La violencia forma parte de nuestra raza Saiyan mujer… a ver si te enteras y lo asumes de una buena vez… ¡no quiero que el mocoso crezca siendo una nenaza!
Sentí que la conversación se estaba volviendo peligrosa, y la verdad no me estaba gustando nada la actitud del rey hacia mis comentarios….
- Muy bien… no me dejaba otra opción…
Me di la vuelta y me cubrí el rostro con las manos empezando a sollozar con desconsuelo. Observé que él se quedaba perplejo ante mi inesperada reacción y dio unos pasos hacia mí intentando tocarme el hombro.
Yo me zafé de él y fui rápidamente hacia la cama tirándome boca abajo de forma dramática. Apreté el rostro contra la mullida almohada y me hice un ovillo tapándome con una suave manta de pelo de animal hasta la cintura. Ya estaba más que harta de que nunca me hiciese caso en lo referente a nuestro hijo, de que despreciara todas mis opiniones y de que lo único que pretendiese del niño era convertirlo en un maldito bloque de hielo como él.
Ya lo entrenaría y lo convertiría en una máquina de matar perfecta cuando fuese más mayor… pero ahora yo quería desfrutar de mi niño todo el tiempo posible antes de que creciese y se apartase de mi lado. Bastante me estaba costando asumir que mi hijo nunca sería un muchacho corriente como los demás como para que encima siendo pequeño se convirtiese en un malcriado.
- Ya está bien mujer… déjate de tanto teatro – me dijo el rey poniendo los ojos en blanco acercándose a la cama.
- ¡No es teatro! – grité sin despegar la cara de la almohada – solo quiero que mi hijo crezca siendo una persona ejemplar eso es todo… y siento que estoy sola en esto porque tú no me apoyas nunca en nada.
Seguí llorando con más fuerza y sentí que una mano me acariciaba el nacimiento del pecho con suavidad.
- ¡¿Vegeta?! – exclamé sorprendida arrastrando la última silaba de su nombre incorporándome sobresaltada - ¿pero se puede saber qué te pasa?
- Es que… se te había abierto la bata y… no me pude contener – dijo como si le hubiese pillado en un renuncio.
Me entraron unas enormes de ponerme a gritar hasta quedarme sin voz. En esos momentos me sentía la mujer más incomprendida del planeta… ¿pero es que lo hombres solamente podían pensar en una cosa? Estaba más que claro que el rey era un Saiyan difícil de saciar, pero aquello ya rayaba en la obsesión. Quizás tendría que haber sacado el tema después cuando ya estuviese cansado de tanto fornicarme, como decía él. A veces podía comportarse como un maldito bruto.
- Da igual… no importa… - decidí dejar aquello como imposible, estaba claro que por mucho que lo intentase no me iba a hacer ni caso.
Me di la vuelta abrazando la almohada con el ceño fruncido y cerré los ojos. Lo único que me apetecía en esos momentos era dormir… mañana ya sería otro día.
- De acuerdo Bergine… tú ganas… hablaré con el niño si esos comportamientos no te gustan.
Casi sentí mayor angustia todavía al oír sus palabras… lo que yo pretendía era que ÉL se diera cuenta de que esa forma de actuar de Vegeta no era la correcta, no que le riñera por el simple hecho de contentarme a mí. Pero bueno… al menos había conseguido algo con aquella discusión. Lo otro (espero) ya vendría con el tiempo.
- Gracias… - contesté secamente sin darme la vuelta.
De repente sentí un tirón en el pelo que me hizo echar la cabeza hacia atrás.
- ¡Aaaay Vegeta qué pasa cont…!
Me silenció con un beso y me atrajo hacia él manoseándome con impaciencia los glúteos por debajo de la fina bata de seda. Apenas me llegaba por encima de la rodilla y estando tumbada aún menos. Se puso encima de mí y sentí el calor de su cuerpo desnudo sobre mis muslos. ¿En qué momento demonios se había quitado los pantalones?. Introdujo la lengua en mi boca y saboreé sus labios a la vez que mi cadera se arqueaba buscándolo, deseando que me tomara rápido y de una maldita vez.
Me abrió la bata sin quitármela del todo y bajó la cabeza lamiendo mis pechos y mordisqueando mis pezones. Me humedecí al instante con solo notar el contacto de sus dientes sobre ellos y lancé un grito de sorpresa al sentir su enorme dureza contra la cara interna de mis muslos intentando entrar dentro de mí.
Era increíble la reacción física que producía ese hombre sobre mi cuerpo… ni siquiera se había quitado la parte de arriba del ajustado traje de combate lo que daba una sensación de urgencia, de que me deseaba con la misma intensidad que yo a él, de que tenía tal prisa por poseerme que no se había molestado en desnudarse por completo.
Cogió su erección con una mano y se deslizó en mi interior con un solo golpe de cadera. Sentí que las lágrimas asomaban por mis ojos del placer que sentía en ese momento. Me aferré a él con fuerza mientras nuestros jadeos se entremezclaban con las embestidas de su cuerpo sobre el mío. Aquella unión entre nosotros era tan perfecta que sentí que podía tocar el cielo con las manos.
- Me volvéis loca… Majestad – susurré devorándole los labios mientras le atraía hacia mí poniendo las manos sobre sus firmes y perfectas nalgas – quiero que me sigáis cabalgando así toda la noche hasta caer rendidos.
Un sonido ronco, gutural y sensual emergió de su garganta y aceleró el ritmo al escuchar mis palabras. Con un rápido movimiento se puso boca arriba colocándome a mí encima de sus caderas sin despegarnos ni un centímetro el uno del otro. Sonreí al percibir que aquellos comentarios le embrutecían de tal forma que no podía resistirse a ellos excitándose aún más.
- No quiero que os vengáis pronto… mi Señor… yo también quiero disfrutar… - me incliné sobre él mordiéndole el lóbulo de la oreja y escuché un gruñido de rabia en mi oído.
- Ca… cállate… mujer, ¡maldita sea! – casi no le salían las palabras de lo sobresaltado que estaba y solté una risilla al ver como cerraba los ojos intentando pensar en otra cosa que no fuera mi precioso y suave cuerpo.
Me agarró por las muñecas cruzando mis brazos uno sobre otro y se incorporó mordiéndome la curva de los pechos que me sobresalían por la bata abierta al estar en esa posición.
Sus manos me sujetaron las caderas apretándome con mucha fuerza contra él mientras yo le abrazaba la cabeza apoyándola contra mi torso. Aumentó el ritmo y en unos segundos sentí como explotaba intensamente en mi interior dejando salir un gemido de placer levemente ahogado por mi abrazo.
Se dejó caer en la cama quedándose durante unos segundos con los ojos cerrados intentando normalizar su respiración y yo me incliné sobre él escuchando los fuertes latidos de su corazón. Que perfecto se veía así tumbado a medio desvestir con su fornido pecho subiendo y bajando. Le quité la camiseta y él me ayudó levantando los brazos para facilitarme la tarea sin ni siquiera abrir los ojos y la arrojé al suelo de cualquier manera tumbándome a su lado.
- En unas semanas… me voy… de misión – anunció de pronto entre jadeos rodeando mi cintura con el brazo.
Sentí una punzada de desolación cuando dijo aquello. No me gustaba estar mucho tiempo separada de él, y a lo mejor la conquista era de un planeta demasiado peligroso, aunque él era un Saiyan muy fuerte nunca me quedaba tranquila cuando se marchaba a combatir.
- Quiero ir contigo… Vegeta se puede quedar al cuidado de mis damas y de Nappa, ya sé que confías en él más que en nadie de este mundo.
Él abrió los ojos sorprendido y me miró como si estuviese diciendo una locura. No era muy habitual que las parejas fuesen juntas a las misiones, pero nosotros éramos los reyes, no teníamos por qué seguir las costumbres de los simples mortales.
- Está bien… – una sonrisa iluminó mi rostro cuando escuché su respuesta – pero date cuenta de que en el campo de batalla somos compañeros, no marido y mujer, deberás ser lo suficientemente fuerte como para valerte por ti misma, yo no puedo estar todo el rato pendiente y no me puedes distraer.
- ¡Sí, de acuerdo! – asentí con los ojos brillantes - te lo prometo
Nunca antes tuve la oportunidad de combatir al lado de Vegeta y tenía muchas ganas de descubrir aquella faceta suya que no había visto nunca, seguro que era el guerrero implacable y temible como todos comentaban. Verlo en los entrenamientos no era lo mismo que en plena lucha a muerte, y sentí un escalofrío de excitación por la batalla que se avecinaba. Ante todo también quería medirme a mí misma y de paso poder demostrarle mi potencial.
- Y por favor… cuando vayamos a la misión me gustaría que llevases un uniforme de cuello alto y pantalón largo… no me gustaría que me matasen por estar observando tus preciosas curvas…
