Flashback.
Bulma despertó sola de nuevo. A pesar de sus reclamos y todos los sermones que le había regalado a Vegeta, este se había ido de nuevo a entrenar. No le quedaba de otra más que aceptarlo e intentar mejorar la cámara de gravedad para que eso no volviera a pasar. Ya no tenía dudas respecto a ese asunto. Estaba decidida a darle un espacio de la Corporación Cápsula, como símbolo de su completa confianza. Después de haber compartido tanto junto a él, no tenía duda alguna sobre lo que el saiyajin sentía por ella, aunque él no lo demostrara muy a menudo. Se aceptaban mutuamente, estaban cómodos el uno con el otro. Eran una pareja y estaban felices con esa idea, o eso era lo que a la chica le gustaba pensar.
En el momento en el que puso los pies en el suelo, sintió un ligero mareo que le impidió levantarse de la cama. Se quedó sentada un momento más, con las manos en la frente, intentando controlarse. Su mirada se había nublado un poco y comenzaba a retumbarle la cabeza. Después de un par de minutos así, por fin pudo incorporarse. No le dio mucha importancia y continuó con su rutina matutina. En la cocina se encontró con sus padres, que no paraban de parlotear acerca de una reunión a la que irían esa misma tarde; estaban tan absortos en la conversación que no se dieron cuenta de que su hija casi devuelve el poco alimento que pudo ser capaz de ingerir.
—¿A dónde vas, Bulma? —se interesó su padre, en el momento en que escuchó el sonido de la silla al recorrerse. La chica se había levantado, con cuidado, para no marearse de nuevo, y se disponía a salir de ahí. Fue en ese momento cuando el Dr. Brief se dio cuenta de que el plato de Bulma estaba prácticamente intacto. —No has comido nada...
—No tengo hambre —respondió sin mirarlo—. Tengo muchas cosas qué hacer, así que por favor no me molesten.
Salió de la cocina a paso lento. Podía sentir las miradas de sus padres a su espalda, pero no tenía intención de quedarse más ahí. Ni siquiera sabía por qué se sentía de esa manera, como si algo le molestara; o como si algo le hiciera falta...
Cambió su atuendo por algo más cómodo, fue al laboratorio principal por las herramientas que necesitaría y se dirigió a la cámara de gravedad, decidida a terminarla de una vez por todas. No había pasado ni una hora desde que comenzó con su trabajo, cuando los mareos la atacaron de nuevo. Pero esta vez parecían ser más fuertes y en poco tiempo ya no pudo mantenerse de pie. Su vista se nubló por completo y perdió el conocimiento.
...
—Bulma... —escuchaba que la llamaban a lo lejos. No podía identificar la voz, pero de pronto pensó que quizá se trataba de él. Su tono era preocupado. Le encantaba la idea de que Vegeta estuviera apurado por ella. Las llamadas comenzaron a volverse más desesperadas, más cercanas, hasta que lo escuchó justo a su lado, fuerte y claro. Alguien estaba gritando su nombre y no era quien ella deseaba.
Abrió los ojos despacio y poco a poco fue distinguiendo el alegre rostro de su madre. El Dr. Brief estaba a su lado, arrugando las cejas en un gesto de preocupación.
—Bulma —repitió, esta vez en un tono más bajo. Era tan extraño escuchar su voz preocupada pero ver su expresión alegre al mismo tiempo—. ¿Te encuentras bien, cariño?
—Sí —susurró mientras se incorporaba sobre la cama. Se dio cuenta de inmediato de que se encontraba en su habitación—. ¿Qué fue lo que pasó?
—Te encontramos desmayada en la cámara de gravedad —le informó su padre en tono tranquilo—. Llamamos a un Doctor para que te revisara...
Las expresiones de ambos se tornaron extrañas, como si tuvieran miedo de su posible reacción.
—¿Qué pasa? —preguntó Bulma—. ¿Es algo grave?
—El apuesto Doctor dijo que tienes síntomas de embarazo.
—¡¿Qué?! —gritó.
Sus padres no supieron identificar si su rostro delataba felicidad o sufrimiento. Era una mezcla extraña de sentimientos.
—Te compramos una prueba...
La chica de cabello azul no dejó terminar la frase a su madre. Se levantó de la cama y le arrebató de las manos la prueba para salir corriendo directo al cuarto de baño.
...
El resultado estaba frente a ella. Durante el proceso sus manos no paraban de temblar y no sabía si era de nervios, miedo o alegría, pero en el momento en que apareció la marca sintió como si una calma extraña invadiera su cuerpo de golpe. Dejó la prueba en una repisa de cristal, cerca del espejo de pared y se quedó mirando su reflejo.
—Esto era lo que querías, ¿no es así? —se dijo a sí misma. Inevitablemente, pudo ver cómo sus labios se curvaban en una sonrisa. Estaba feliz.
Jamás, en toda su vida, había estado en sus planes convertirse en madre. Siempre se vio a sí misma, en el presente y el futuro, joven, hermosa, a cargo de la C.C y disfrutando de todos los placeres que la vida pudiera otorgarle. Quizá, en algún momento, se visualizó junto a Yamcha, pero nunca pudo verse a sí misma como madre. Todo era diferente ahora. Desde el momento en que el saiyajin puso un pie en su casa, las cosas cambiaron por completo. La idea de llevar dentro de ella un ser que, de cierta manera, los contenía a él y a ella, le parecía la idea más bella del universo.
—Vegeta, estoy embarazada —pronunció, saboreando cada una de las palabras. Pero su sabor no fue tan dulce como esperaba—. No creo que ser padre esté en sus planes...
Su cabeza era un lío enorme en ese momento. Se sentía feliz pero al mismo tiempo temerosa. La calma que había sentido momentos antes iba disminuyendo poco a poco.
—¿Cómo se le dice a un saiyajin que va a ser padre? —se quedó en silencio un momento, pensando en la respuesta, sin apartar su mirada de sus propios ojos azules—. ¡Ya sé!
¿Cómo no se le había ocurrido antes? Tenía la solución y un buen consejo a unos kilometros de ahí, en una casita sobre una montaña. Iría inmediatamente a hacerle una visita a su eterna amiga y rival: Milk.
Salió disparada del cuarto de baño, topándose de frente con su madre.
—¿Voy a ser abuela? —preguntó, feliz.
—¡Saldré un momento! —anunció, ignorándola por completo.
La Sra. Brief buscó de inmediato la prueba de embarazo y al verla, un par de lágrimas comenzaron a brotar de sus alegres ojos.
—¡Está embarazada!
...
La mesa estaba hecha un desastre, pero ella no le dio importancia. Cualquier otro día se hubiera levantado a prisa para poner todo en orden y cumplir el papel de la esposa ejemplar, pero había algo en la expresión de su rostro que no le permitía apartar la vista de él. Goku aún devoraba varios platillos con pinta exquisita ante la mirada atenta de su esposa.
—Tu comida es la mejor —la elogió, sin preocuparse de pasar el bocado que estaba masticando en ese momento.
Milk sonrió ante sus palabras. Eran extrañas las ocasiones en que el guerrero de cabello alborotado se daba un momento para agradecerle por su esfuerzo con alguna frase bonita. Mantenía su rostro apoyado sobre su mano, son los codos encima de la mesa. No eran buenos modales, pero esa tarde eso tampoco importaba. Se sentía extrañamente feliz y relajada.
—¿Solo la comida? —preguntó sin apartar la vista de él.
—Tú —las mejillas del saiyajin se enrojecieron ligeramente—. Eres la mejor, Milk.
Sonrío al darse cuenta cómo los ojos y todo el bonito rostro de su esposa se iluminaron de pronto. Aún le costaba creer que con tan solo un par de palabras pudiera causar ese extraño efecto en ella, pero cada que le decía ese tipo de cosas era porque de verdad lo sentía y además, le gustaba deleitarse un momento con los cambios que surgían en su dulce rostro. Estaba por terminar con el último plato cuando sintió un débil ki muy conocido acercándose rápidamente.
—¡Bulma! —el repentino sonido de su voz hizo que Milk casi cayera de la silla—. Se está acercando.
La chica frunció el entrecejo. No era que Bulma le desagradara, simplemente no le gustaba mucho verla cerca de su Goku. Eran amigas pero al mismo tiempo siempre había existido cierta tensión entre ellas.
—El ki de Vegeta está en ese lugar otra vez —pensó en voz alta—. Seguramente están teniendo problemas. ¡Tengo que hacer algo!
Ni siquiera dejó que Milk abriera la boca para hablar. Puso dos dedos sobre su frente, se concentró un segundo y desapareció sin decir más.
—Goku... —le dijo a la nada.
A Milk le hubiera gustado tener su casa impecable para cuando llegara Bulma, pero no era tan rápida como para lograr semejante hazaña. Después de que Goku pasaba por la cocina, todo se volvía un desastre que solo ella tenía que acomodar. Una pila enorme de platos sucios aún descansaban en el fregador, en espera de su turno para volver a estar relucientes, cuando la chica de cabello negro escuchó que llamaban a la puerta con insistencia.
—Debe ser Bulma —pensó mientras se secaba las manos en su mandil morado.
Los pocos segundos que tardó para desplazarse de la cocina hasta la puerta le bastaron a Bulma para volverse loca de la desesperación. La situación le estaba afectando más de lo que debería.
—Si sigues golpeando de esa manera terminarás por tumbar la puerta —le dijo a modo de saludo. Milk se encontró cara a cara con una Bulma despeinada, sin maquillaje y con ropa muy extraña, como si viniera de algún lugar secreto para hacer experimentos. Tenía, pensó, cara de demencia—. ¿Te encuentras bien, Bulma?
La chica negó con la cabeza e instantáneamente comenzó a llorar, tapándose la cara con ambas manos. Milk sintió pena. Nunca la había visto de esa manera... Tal vez su Goku tenía razón y las cosas entre ella y Vegeta no estaban bien. La tomó de los hombros y la hizo entrar a la casa despacio.
—Discúlpame por esto —le dijo, mirando la pila de platos sin lavar—. Hace unos momentos Goku terminó de comer.
—No te preocupes por eso, Milk —la tranquilizó su amiga—. Discúlpame tú a mí, por llegar de esta manera y sin avisar.
—¿Ocurrió algo malo? —preguntó temerosa.
—No sé cómo decirle a Vegeta que estoy embarazada.
Las palabras de la chica dejaron atónita a Milk. De todo lo que pensó que podría haber ocurrido, eso jamás le pasó por la cabeza.
—Yo no quería ser madre —soltó de pronto—. Pero el día en que conocí a ese chico que vino del futuro, las cosas cambiaron por completo. Sentí algo extraño... como si quisiera protegerlo aunque él no se encontrara en peligro y después, la idea de tener un hijo no se me salía de la cabeza. Pero ahora que está aquí —se tocó el vientre—. No sé qué voy a hacer. Ayúdame, Milk.
Milk apretó su mandil con ambas manos, como si eso fuera a ayudarle a tener las palabras correctas para reconfortar a su amiga. En silencio y sin mirarla, se puso de pie lentamente y se dirigió al fregador. Tal vez, pensaba ella, si se ponía a lavar los trastes su mente se aclararía un poco y podría decirle algo a Bulma que pudiera servir.
—¿Milk? —susurró la chica peli-azul al ver cómo su amiga se levantaba y se alejaba sin decirle nada.
—Discúlpame, Bulma —habló de repente. Estando de espaldas a ella, sintió más confianza de decirle lo que en verdad pasaba por su cabeza en ese momento—. Pero en lo único en lo que puedo pensar ahora es en que me alegro que vayas a tener un hijo con Vegeta porque así tengo la seguridad de que no estás enamorada de mi Goku.
—¡¿Qué?! —el llanto paró de golpe. No podía creer que a Milk se le ocurriera decirle semejante cosa en un momento como ese.
La menuda chica de cabello largo y negro se dio media vuelta para mirarla.
—Me alegro por tu embarazo —le dijo, apenada—. Ahora podemos ser amigas.
—Pensé que ya lo éramos... —respondió Bulma, sorprendida.
Ambas mujeres se quedaron mirándose fijamente por unos instantes y después comenzaron a reír. La tensión se había esfumado y ni siquiera sabían cómo había sido exactamente.
—¿Cómo reaccionó Goku cuando se enteró que iba a tener un hijo?
Bulma se había levantado para ayudarle a su amiga con los platos sucios.
«Le voy a regalar un robot para que le ayude con todo esto. Pobrecita».
—Goku es muy diferente a Vegeta —respondió muy seria—. Él no sabía nada sobre el tema pero le entusiasmaba la idea de ser para alguien lo mismo que su abuelo Gohan era para él.
—No te puedo decir: "Ojalá Vegeta fuera así", porque te estaría mintiendo.
—¿A qué te refieres? —preguntó.
—Lo amo tal y como es, Milk —sonrió al recordarlo—. Creo que en el fondo deseo que reaccione mal porque así seguiría siendo el saiyajin que yo amo.
Milk entendió de pronto y por completo el pesar y conflicto interno de la chica que se encontraba frente a ella.
—Quisieras que su reacción fuera buena pero al mismo tiempo quieres que reaccione como el saiyajin que es él —dijo, sin dirigirse directamente a Bulma—. Creo que puedo comprender cómo te sientes.
—¿Crees que Goku pueda ayudarme en algo?
—No —respondió rotunda—. Y aunque pudiera, no se encuentra. Desapareció de repente —le informó con un tono de enojo y preocupación en su voz—. Esa técnica de la teletransportación es un fastidio.
Omitió, por supuesto, el detalle de que su esposo se había ido para tener una conversación con Vegeta. Pensaba que lo más prudente era que Bulma no se enterara de ello.
Las dos mujeres siguieron platicando durante varias horas. Milk le contó sobre la manera en que ella sentía su matrimonio con Goku; era algo similar a lo que sentía Bulma con Vegeta. Lo amaba tal y como era, aunque a veces esas mismas cosas que adoraba la sacaran de quicio y la hicieran odiarlo por momentos. Pero al final, pensaban las dos, de eso trataba el estar enamorado.
A Bulma le hubiera gustado saludar a Gohan, pero su amiga no se lo permitió. El chico se encontraba estudiando en su habitación y no iba a dejar que lo distrajera ni un segundo. Cuando comenzó a oscurecer y Goku seguía sin aparecer, la mujer de cabellos azules decidió que era hora de irse. Comenzaba a sentirse cansada, sucia y con un peso melancólico encima. Necesitaba estar sola.
—Díselo sin rodeos —le dio un último consejo—. Eres la gran Bulma Brief y cualquiera que sea su reacción, podrás con ello.
—Gracias, Milk —le sonrió. Esas pequeñas palabras habían logrado tranquilizarla un poco—. Espero que todo salga bien.
Había disfrutado de la tarde en compañía de la peli-negra pero también sabía que algo como aquello jamás se volvería a repetir. Milk era algo... extraña y especial.
—Ahora concéntrate en cómo le darás la noticia a Vegeta —se dijo a sí misma—. Tú puedes, Bulma.
Se lo repitió todo el camino, hasta que entró a su habitación y se encontró cara a cara con el saiyajin.
Fin del flashback.
