Capítulo 20.

―¿Dices que lo has intentado todo? ―escuché que preguntaba Stear.

Los señores Cornwell y el resto de su familia sabían la clase de riesgos a los que mi creativo amigo solía enfrentarse, por ello, su recámara tenía todo tipo de equipo de primeros auxilios y contención de incendios imaginables; me tomó un poco de tiempo curiosear y localizar el kit de emergencias que necesitaba entre las muchas cajas médicas que tenía y cuando por fin encontré lo que buscaba regresé a donde había dejado a mis boxeadores amateurs.

―No necesitas siquiera preguntar, Stear. Sé que revisaste mi expediente y sabes todo lo que he hecho ―Stear no se disculpó por hacerlo―. Seguramente, con lo que leíste, sabes más de mí que yo mismo.

Escucharlos conversar con tranquilidad me hizo decidir esperar un poco antes de volver a su lado y atender las heridas de las manos de Albert.

―Sé lo que está en los reportes oficiales, sí, pero desconozco lo que has hecho por cuenta propia ―Albert rió por la desfachatez de mi amigo.

―He intentado con medicina alopática, homeopatía, terapia alternativa, acupuntura…

―Golpes ―Albert sonrió.

―Sí, eso también. Estuve incluso tentado a intentar con algunos, llamémoslos, medicamentos no aprobados y ligeramente ilegales.

―¿Drogas? ―la palabra no tenía ningún tinte de prejuicio.

―No me siento orgulloso de ello, Stear, pero estaba desesperado.

―¿Qué te hizo dejarlas?

―Jamás llegué a consumirlas. El hijo del duque tiene una precisión perfecta para aparecer cuando estoy haciendo estupideces y generalmente solucionamos las cosas entre conversaciones y risas ―sonrió―. En aquella ocasión resolvimos todo con un poco de whisky y algunos golpes. Aún no decido cuál de los dos métodos me gusta más.

―Encantador ―bromeó Stear.

―Divino ―respondió Albert riendo.

―Ese hermano tuyo suena como una persona interesante. Me encantaría conocerlo.

―Estoy seguro de que serían buenos amigos. Lo sacarías completamente de sus casillas si decides ponerlo a prueba como hiciste conmigo, pero después de enfurruñarse y amenazar con molerte a golpes o con demandarte por poner en riesgo su fuente de trabajo, terminaría apreciando la hilaridad de las cosas ―ahora el que rió fue Stear.

―¿Por qué nunca dices su nombre? ―pregunté saliendo de mi escondite.

―Porque Richard y él así me lo han pedido, y si la discreción es el precio que tengo que pagar por su protección, amistad y cariño, estoy dispuesto a no pronunciar su nombre jamás.

El silencio se hizo presente y yo aproveché para comenzar a curar las heridas de sus dedos.

―¿Has probado algún tipo de medicina experimental? ―preguntó Stear volviendo a su conversación.

―¿Pruebas clínicas? ―sonó vacilante la voz de Albert.

―Manos limpias ―intervine―. Y no tienes ningún signo de contusión.

Sostuve por un momento su cabeza entre mis manos para obligarlo a seguir mis movimientos con los ojos, después miré a Stear con intensidad para reprocharle los golpes a la cabeza del príncipe, él sonrió.

―Los rasguños de tus brazos también están curados y supongo que eso es todo.

―Gracias señorita White, ahora creo que deberías revisarlo a él ―dijo Albert con sorna―. Sus costillas y abdomen deben estar magullados.

―Yo no tengo nada ―respondió Stear imitando el tono socarrón de Albert―. Soy mucho más fuerte de lo que parece.

Golpeó él mismo su estómago como para demostrar que era duro como la roca, pero debió tocar algún punto sensible e hizo una mueca de dolor. Volteó a ver a Albert, ligeramente avergonzado y ambos rompieron a reír con ganas.

¿Cómo podían dos personas atacarse con furia en un momento y después bromear y reír uno al lado del otro al instante siguiente?

―Pero no me has respondido, Albert ―insistió Stear―. ¿Has intentado entrar a algún estudio de prueba? Tu caso debe ser especial, seguramente algún médico se interesaría por estudiarte.

―¿Estudiarlo? ―«si no es un ratón de laboratorio. Es blanquito y bonito, pero hasta ahí llegan las semejanzas» pensé.

―Cuando tenía como un año en Inglaterra intenté buscar investigadores que estuvieran dispuestos a tenerme como su conejillo de indias, pero son pocas las cosas que se hacen respecto a la amnesia. Mi caso es interesante, sí, pero supongo que no lo suficiente.

―Pero hay muchos estudios y pruebas clínicas que se enfocan e intentan comprender el funcionamiento del cerebro y su deterioro por Alzheimer o incluso la demencia senil.

―Gracias por lo de «senil» ―bromeó el rubio.

―Lo que quiero decir, es que…, sé que la zona del cerebro que se deteriora con los problemas de demencia no es la misma que se afecta cuando hay amnesia, pero las dos tienen que ver con recuerdos. Las dos tienen que ver con el cerebro. Supongo que algo podrán hacer por ti.

―No lo había pensado de esa forma.

―Porque el genio soy yo ―dijo radiante Stear―. ¿Sabes? Hace algún tiempo conocí a un médico, el Dr. Martin, que pertenece a la Asociación Americana de Alzheimer. Si quieres puedo ponerte en contacto con él.

―Recuerda que no puedo salir de Inglaterra.

―Quizá en su próxima visita a nuestra base, si me lo permites y te interesa, puedo hablarle acerca de ti. No sé si él pueda atender a pacientes civiles y no estadounidenses, pero tal vez pueda recomendarte a algún médico de la Asociación Británica de Alzheimer y Demencia.

―Creo que quienes se pueden interesar por mi caso son los especialistas en lesiones cerebrales, y estoy seguro que conozco a todos los que existen en Inglaterra.

―¡Hombre de poca fe! ―dijo teatralmente―. Algo se podrá hacer, Albert. Recuerda que somos polvo de estrellas.

―¿A través de la adversidad? ―respondió él aludiendo al lema de la RAF. Ambos sonrieron.

―Albert no va a ponerse de alfiletero de doctores que están dispuestos a experimentar con él ―dije molesta.

―Si estuvo dispuesto a ponerse de saco de box, no veo cuál pueda ser la diferencia ―Albert soltó una carcajada ante la ocurrencia de Stear, pero a mí no me causó gracia.

―Te otorgo mi permiso, Stear. Puedes hablarle de mí al doctor Martin. Si él cree que hay algo que pueda hacer que aún no haya intentado estaré feliz de probar.

―Pero, Albert… ―intenté.

―Sorpresa, Candy, aún no te he dado tu sorpresa.

Stear supo siempre cómo distraerme y esa no fue la excepción. En el momento mismo que dijo la palabra sorpresa, se puso en pie y nos tendió ambas manos a Albert y a mí para que lo acompañáramos, y comenzó a correr como niño chiquito hacia su taller. Llegó, abrió un gran portón y con entusiasmo y emoción señaló una cortina sucia.

―¡Tarán!

Su sonrisa radiante y arrebolada tenía el poder de hacerte olvidar cualquier asomo de enojo o molestia que tuvieras en su contra.

―¿Tarán, una cortina? ―pregunté confundida―. Vaya, qué linda. Es…, antigua.

Albert rió detrás de nosotros.

―Candy, Candy, Candy ―respondió Stear con un brillo apasionado resplandeciendo en sus ojos, colocando sus manos sobre mis hombros y mirándome con ímpetu―. Después de tantos años aún no aprendes. La sorpresa está detrás de la cortina.

―¿Puedo? ―pregunté emocionada, tomando una punta del telón. Mi sorpresa debía ser enorme si estaba oculta detrás de ese gigante pedazo de tela vieja.

―Es tu sorpresa ―sonrió él―. Albert, ven. Toma tú este lado ―le indicó―. Vamos, ¿qué esperan?

La sorpresa era para mí, pero era Stear el más emocionado de todos. Abrimos la cortina, una nube espesa de polvo se levantó y después de toser un poco frente a nosotros apareció una avioneta envejecida que no se veía precisamente bien conservada.

―¡Tarán! ―volvió a decir.

―Guau, Stear, una avioneta… vintage ―dije cuidando mis palabras para no ofenderlo.

Él estaba tan contento que no se dio cuenta de que no entendía qué tenía que ver su emoción conmigo.

―¿Una Nieuport 17? ―preguntó Albert y la reacción de Stear fue la cosa más maravillosa que vi durante el día.

Completamente sorprendido al darse cuenta de que el rubio conocía de aeronaves viejas, sonrió de oreja a oreja y corrió a abrazarlo.

―Finalmente alguien que sabe hablar mi idioma ―Albert rió algo incómodo.

―Es una belleza, Stear. Y es una pieza histórica. Tengo entendido que las dejaron de producir en 1918, ¿cierto?

Stear se llevó, dramáticamente, una mano al pecho.

―Ahora entiendo porqué Candy te quiere ―soltó. Yo me sonrojé inmediatamente y Albert fingió no haber escuchado nada―. Esta es de 1917. La encontré hace como quince años en la Villa Escocesa de la familia y después de muchos intentos logré hacer que el Abuelo William me diera permiso para repararla. Durante varios años, los veranos en Escocia los pasaba entre el lago y el hangar. Luego pasó lo del abuelo y la tía Elroy nos prohibió a todos tocar cualquiera de sus pertenencias, pero el año pasado, cuando regresé a Chicago y le mostré por enésima vez la carta que el Abuelo William me había enviado, en la que me daba su autorización para hacerme cargo de la avioneta, milagrosamente la tía me dijo que podía hacer lo que quisiera con la Nieuport. Le pidió a George que le consiguiera los documentos de propiedad y contactara a Anthony para hacerme una cesión provisional de derechos.

―¿Anthony?

―Mi primo, el heredero oficial de la familia. La tía Elroy y George me dijeron que siendo una antigüedad y una herencia pasada de generación en generación, la aeronave forma parte de la colección de arte privada del abuelo, pero hasta que él no aparezca el dueño oficial es Anthony. Me suplicaron no destruirla y me dijeron que si lograba repararla debía comunicarme con ellos, para que la diéramos prestada al Museo de la RAF.

―¿La reparaste? ―pregunté.

―Sí ―dijo radiante―. Y eso no es lo mejor de todo. Cuando la estaba limpiando encontré su número de identificación, miren ―dijo llevándonos a la parte de la cola―, aquí ―señaló―. A6733 ―Albert y yo nos miramos sin entender―. Aún debo corroborarlo con un experto, pero si el número es original, esta belleza ―acarició el metal de la nave― es la primera que piloteó Mick Mannock, la que usó cuando volaba con el escuadrón 40, en Francia.

―¿Mannock? ―dijo Albert―. El famoso piloto inglés de la Primera Guerra Mundial.

―El mismo, condecorado y todo. Candy, tu novio es impresionante.

―Albert no es mi… ―pero él no me estaba escuchando.

―Por eso no quise tocar la pintura. Me dediqué a hacerlo volar. Y cuando lo logré me puse en contacto con el Museo para que envíen a sus restauradores y se ocupen del resto.

―¿Y mi sorpresa es que hiciste volar una avioneta antigua que la familia donará a un museo?

―Candy, Candy, Candy ―dijo él―. La sorpresa es que serás la primera persona que volará conmigo.

―¿En una avioneta que tiene como cien años y que tú reparaste? ―¿por qué no podía sorprenderme con dulces y flores como cualquier otra persona?

―¿Se te ocurre algo mejor?

―¡Chocolates! ―casi grité y ambos rieron.

―¿La has probado antes? ―preguntó Albert demostrando tener más de tacto y diplomacia que yo.

―La traje desde Francia. La reparé en la base, con ayuda de mis compañeros de escuadrón. Me permitieron traerla de vuelta a casa hace un par de meses.

―¿Entonces es segura? ―pregunté yo.

―¡Claro que es segura! Candy, soy un piloto muy bueno y jamás me arriesgaría a hacerte volar conmigo si dudara del buen funcionamiento de mi avión ―separó su vista de mí―. Muchas veces he deseado hacerte ver lo hermoso que es el mundo desde las alturas. Surcar el cielo es mágico, Candy. La vida no me dio las alas de un ave para recorrer el firmamento, pero la ciencia me regaló unas alas de acero para cumplir mi sueño ―volvió a verme―. Siendo un soldado no puedo llevarte en mi avión de combate, pero ahora, el tío abuelo me dio la oportunidad de compartir contigo la más grande pasión de mi vida.

―¿Significa tanto para ti? ―él asintió―. Entonces vamos.

Su sonrisa volvió a salir a la luz con todo su esplendor. Caminó hacia el otro lado de la avioneta y de una mesa cercana jaló un par de mochilas, y algunas otras cosas.

―Albert, ¿puedes acercar aquella escalerilla mientras me encargo de Candy? ―el rubio sonrió―. Tenemos que vestirnos de acuerdo a la ocasión.

Las mochilas resultaron ser paracaídas, y las otras cosas que llevaba, eran bufandas blancas, lentes de piloto (tipo goggles) y unos gorros de piel café muy chistosos. Nos veíamos fabulosos.

Albert regresó con la escalerilla y una fotografía.

―¿Quién es ella, Stear? ―preguntó. Stear tomó la foto.

―Es la tía Rose.

―Tiene una sonrisa muy linda ―dijo el rubio viendo a la mujer de la imagen. Yo, sintiendo un pinchazo de celos, me acerqué a observar.

La fotografía consistía en una mujer rubia, joven y muy hermosa, que tirando la mano de un hombre a quién no lograba hacer entrar a la imagen, sonreía de una forma genuina y radiante, que te contagiaba y que me recordaba a…

―Se le hacen los mismos hoyuelos y las mismas líneas alrededor de los ojos que a ti, Albert ―dije observando la foto.

―Es muy hermosa ―susurró el aludido.

―Lo era ―respondió Stear―, y cuando te sonreía de esa manera lograba hacer que incluso el peor de tus días se tornara lindo ―«conozco la sensación», pensé recordando la sonrisa del príncipe―. Anthony heredó esa cualidad. Lo odio un poco por eso ―bromeó―. La tía Elroy dice que era un rasgo familiar. Muchas veces la he escuchado mencionar que fue gracias a una sonrisa como esta que consintió muchas de las más intrépidas y peligrosas aventuras del abuelo William.

―¿Qué pasó con Rose y el abuelo?

Albert estaba muy interesado por la tía Rose.

Stear suspiró profundamente.

―La Tía Rose falleció cuando yo aún era pequeño. No sé bien por qué y nunca tuve el valor para hablar con Anthony al respecto. Lo único que sé es que enfermó y poco a poco su vida se fue apagando hasta que una mañana de otoño no despertó más.

―Lo lamento mucho ―la voz de Albert sonaba verdaderamente apesadumbrada.

―Fue ya hace mucho tiempo, pero gracias.

―¿Y el señor William?

―Desapareció hace casi diez años. Lo último que supimos de él fue que estaba trabajando aquí, en Londres, y luego nadie supo más nada de él.

―Creí que le habían perdido la pista en África ―intervine.

―¿África? ¿De dónde sacas eso, Candy?

―De la carta que me envió para decirme que mi adopción estaba tomando más tiempo del planeado porque no había previsto lo difícil que sería hacer que la gente entendiera que no era peligroso que un hombre soltero se hiciera cargo de una muchacha de quince años. Escribió que sus abogados estaban intentando cambiar el enfoque de los documentos para hacer que él fuera mi tutor pero que fuera la familia Ardlay la que me adoptara. Se disculpó por no haber podido agilizar las cosas y me decía que tenía programado un viaje a la sabana africana que le era imposible cancelar; que seguramente cuando yo leyera su carta ya estaría jugando con cachorros de leones y elefantes; pero prometía volver a tiempo para poder firmar los documentos finales y hacer una enorme fiesta en la que él personalmente me presentaría ante el mundo como miembro de su familia.

―¿Por qué nunca me lo dijiste?

―Pensé que lo había hecho.

―No, no lo hiciste. Y quizá esto pueda ayudar en algo. Esta noche hablaré con George para decírselo.

―¿Dijiste que tu primo y otro hombre aún lo buscan?

―Así es. Te decía que de un día para otro nadie supo más de él. Hasta el año pasado yo creía que Anthony, George y la Tía Elroy aún confiaban en poder encontrarlo, pero cuando la tía me permitió tener la avioneta entendí que su esperanza había muerto.

―Diez años es mucho tiempo para mantener la esperanza con vida ―murmuró Albert.

―¿Cómo era el abuelo? ―pregunté para distraer a Albert de la melancolía.

―No lo sé. Nunca lo conocí. Y para ser completamente honestos, jamás lo vi.

―¿Ni siquiera en fotografías?

―No. Y eso es verdaderamente extraño. Supongo que el abuelo tenía alguna especie de deformidad que lo hacía esconderse, o era terriblemente feo ―sonrió―. Las fotos que he visto de él consisten en una mano, un hombre de espaldas o algo completamente fuera de foco.

―¿Y cómo han hecho para buscarlo entonces?

―George lo conocía. Él es el que se ha encargado de coordinar su búsqueda desde el inicio. Supongo que se ha encargado de describirlo a todas las personas que ha encontrado. Lo único que yo sé de él es que era rubio, de ojos azules, y muy parecido a Anthony.

―¿Era muy viejo?

―No lo sé tampoco. Pero si era un abuelo debería haber tenido al menos unos cincuenta años cuando se extravió.

―¿Y quién es Bert? ―preguntó el príncipe viendo la foto de nuevo.

―¿Cómo dices?

―Bert, la dedicatoria de la foto dice: «Rosy, eres mucho más bonita cuando ríes. Te quiero. Bert».

―Supongo que fue algún pretendiente de la tía. Imagino que es suya la mano que sale en la imagen.

―¿Por qué tienes tú esta foto?

―La encontré escondida en la avioneta. La tengo aquí porque Anthony vendrá a encargarse de atender a los representantes del Museo. Estoy seguro de que ver una fotografía de su mamá sonriendo así lo hará muy feliz.

―Esa sonrisa logra hacer feliz a cualquiera.

Debo confesar que no me hizo gracia escuchar a Albert decir eso.

―Sí, tienes razón. Pero vamos que si no nos apuramos nos ganará la noche.

Albert devolvió la foto a donde la había encontrado y entre los tres empujamos la avioneta fuera del taller. Una vez en espacio abierto, el príncipe nos ayudó a Stear y a mí a subir para acomodarnos. Nunca había visto a mi amigo tan feliz.

―Richard vendrá pronto por mí así que debo despedirme de ustedes.

―¿Quieres que yo…? ―dije estirando mi mano para tocar la suya como ofreciendo quedarme.

―Será un vuelo corto, Candy ―intervino Stear antes de que yo decidiera bajarme del avión para irme con Albert―. Quiero que veas el atardecer sin que la noche nos atrape. Quiero que vengas conmigo al lugar en el que los sueños nacen y el tiempo jamás se planea.

Albert sonrió y besó mi mano.

―Peter Pan tiene un buen punto ―sonrió―. Quiero que disfrutes el vuelo con Stear, Candy.

Stear se quedó en silencio un momento y después bajó del avión.

―Lamento mucho la forma en la que me comporté contigo, Albert.

―Entiendo por qué lo hiciste, así que no tienes que disculparte por nada.

―Prométeme que cuidarás de ella y no le causarás ningún daño ―alcancé a escuchar que decía aunque con un tono muy bajo.

―Y tú prométeme que le dirás lo que sientes ―creo que susurró Albert.

Extendió una mano en forma de saludo y Stear le respondió con un espontáneo abrazo, porque así era él. Franco, inocente y efusivo.

―Hablaré de ti con el Dr. Martin ―dijo el rey de los inventos de todo el mundo, colocándose de nuevo en el asiento del piloto.

―Gracias ―se dedicaron una sonrisa amistosa y fraternal―. Cuídate mucho, Stear. Y recuerda que la decisión de ser un soldado e ir y actuar al frente es solamente tuya. Estando allá, procura por sobre todas las cosas, no traicionar tus principios y tu manera de pensar. Respétate, ¿quieres? Porque el respeto genera amor en quien lo practica. Y confía en que algún día los seres que te quieren entenderán lo que haces y su aprecio por ti será incluso más grande que ahora. Pero intenta mantenerte a salvo.

―Y tú no pierdas la fe ni la esperanza, y si éstas flaquean, confía en la magia del universo. Acuérdate que estás formado con polvo de estrellas, vives en una enorme piedra azul que flota en el aire y gira alrededor de una gigantesca bola de fuego mientras una esfera que parece un queso mueve todos los días el agua y acompasa el rítmico movimiento de las mareas. Si no fuera por esa magia, yo tendría que mantenerme siempre con los pies bien firmes en la tierra.

Y ahí estaban dos de los hombres a los que yo más quería, tratándose como amigos y aconsejándose para seguir adelante con su camino. Albert sonrió, caminó hacia el frente de la avioneta, se acercó a la hélice y haciéndola girar con un empellón la puso en marcha.

Después se movió hacia a un lado, nos sonrió y deseándonos un buen vuelo, se alejó para ver como la Nieuport comenzaba a levantarse del suelo.

El ruido del motor impidió que Stear y yo intercambiáramos una sola palabra, pero creo que fue ahí, en una avioneta vieja que cruzaba el cielo, cuando lo sentí más cercano a mí; cuando entendí por qué hacía lo que hacía, cuando descubrí por qué siendo él un alma pacífica había decidido arriesgar su vida para pelear una guerra que no era suya.

Desde arriba, el mundo se veía tranquilo y hermoso, y te daba todas las razones necesarias para defenderlo. La magia de la que él hablaba con tanta vehemencia se sentía recorriendo tus venas. Con el atardecer, el firmamento se pintó de colores, el viento nos acarició y yo me sentí libre y completamente feliz.

Y entendí que estando en las alturas, protegido por un cuerpo metálico, Stear lograba escapar de la jaula de oro que tenía en tierra. Su alma se extendía con el poder de sus alas de acero y volaba, volaba libre como siempre había deseado hacerlo y se hacía uno con ese universo que mágicamente lo había creado, a través de la adversidad, a partir del más hermoso y puro polvo de estrellas.


Actualización lista. Sorry por no haber venido la semana pasada pero la vida real a veces no me deja escaparme a este mundo. Gracias por sus comentarios y por seguir leyendo. Lindo fin de semana.