XX
El que no arriesga…
Harry, Draco y Hermione aparecieron en el bosque de Dean con un estampido que espantó a las aves y los animales cercanos. Draco en particular, no lucía muy complacido con el lugar en el que se encontraba. Difícilmente podía catalogarse como estéril.
—¿Por qué mierda estamos en medio de un bosque?
—Es el único lugar que se me ocurrió —dijo Hermione, revolviendo en su bolsa y Harry le ayudó a extraer la carpa que tan útil le había sido durante la búsqueda de los Horrocruxes—. Además, no creo que a Caleb Wilson se le ocurra venir aquí.
—En eso estás equivocada —dijo Harry de repente, ayudando a Hermione a montar la carpa—. Caleb Wilson leyó mi expediente. Allí aparece documentado todo. Recuerda que fue aquí donde los carroñeros nos capturaron. Seguramente alguien dio el chivatazo al Ministerio e hizo esa anotación. Créeme. Sé como funciona esto.
—¿Y adónde más podríamos ir? —preguntó Hermione, clavando los anclajes que mantenían de pie la carpa—. Si Caleb leyó todo sobre ti, entonces conoce todos los lugares donde podríamos estar. Pero le tomará tiempo darse cuenta que estamos aquí, tiempo que puedo usar para encontrar una cura.
—¿Y qué hay de la salubridad? —intervino Draco, luciendo irritado—. Este lugar está lleno de bichos y mugre.
—No seas tonto, Draco —espetó Hermione de mal humor—. Estarás dentro de la carpa. Allí no te pasará nada.
—Si tú lo dices…
Después de la breve intervención de Draco, Harry y Hermione continuaron preparando la carpa, ordenando el interior de ésta y distribuyendo el espacio, de forma que la carpa pudiera acomodar a los tres sin problemas. De común acuerdo entre los dos, se decidió que Draco tendría la habitación más grande, pues era el paciente. El aludido lucía complacido por la decisión.
—Harry, ¿podrías realizar los encantamientos defensivos, por favor?
—No hay problema —repuso él, saliendo de la carpa, blandiendo su varita y poniéndose a trabajar. Por otro lado, Hermione trasladó a Draco a base de hechizo y lo recostó sobre la cama, tapándolo con las sábanas, a sabiendas que el bosque no se caracterizaba por su calidez.
—¿Estás cómodo?
—El piso es irregular —dijo Draco, moviendo su cuerpo para ilustrar cómo la cama se mecía levemente. Hermione comprobó lo que Draco había dicho y, con un encantamiento simple, removió las patas y el armazón de la cama, de modo que el colchón tocara el suelo.
—¿Mejor?
—Bastante —dijo Draco, acomodándose en la cama—. Gracias.
—De nada —repuso Hermione educadamente y se aseguró que la habitación estuviera decentemente iluminada—. ¿Necesitas algo más? Porque no podrás contar con la comida de antes. Tendrás que conformarte con lo que podamos cazar o recolectar, pero ten por seguro que haremos todo lo posible para que no tengas problemas con la alimentación.
Draco arqueó una ceja.
—¿Desde cuándo que estás tan solícita?
—Desde que me di cuenta que… bueno… te lo diré en otra ocasión. Lo que importa en este momento es que estés seguro y bien cuidado.
—¿Te gusto?
La pregunta de Draco fue tan directa que Hermione sintió un nudo en su estómago. No estaba segura de si debía responder con la verdad, o si debía hacerlo en absoluto. Al final, escogió el silencio, dejando que él lo interpretara como quisiese. De todas formas, tenía la impresión que Draco ya sabía lo que le estaba pasando con él.
—¿Te duele algo?
—No, pero creo que la fiebre está volviendo.
—Descuida, traje los ingredientes para hacer más poción. La que tenía ya debe haber perdido su efecto. Tuve que encantar el caldero para que durara más tiempo de lo normal.
—No debes darme explicaciones, Granger —dijo Draco, quien no lucía irritado, sino más bien, educado—. Obviamente sabes lo que haces, así que no digas nada y hazlo. La fiebre no espera por nadie.
—Está bien —dijo Hermione, mirándolo significativamente antes de salir de la habitación y preparar la pócima. Sin embargo, sabía que una de las prioridades era descubrir qué andaba mal con la sangre de Draco, y había traído las probetas con los coágulos en la bolsa encantada.
Estuvo varios minutos preparando la pócima y, cuando la tuvo lista, la vertió en un frasco sellado mágicamente al vacío para preservar el líquido el mayor tiempo posible. El encantamiento de vacío era tan sencillo que cualquier mago podía hacerlo, pero como aquello era malo para el negocio (y los sanadores recibían un bono por la cantidad de poción empleada), aquello no se hacía, al menos no en San Mungo. Pero Hermione necesitaba que la pócima durara lo más posible.
—Ya acabé con los encantamientos defensivos —dijo Harry, guardando la varita, luciendo complacido—. Hasta Caleb Wilson tardará en hallarnos si es que llega aquí.
—Eso es bueno —dijo Hermione, luciendo aliviada—. Eso nos hará ganar el tiempo necesario. Debería ponerme a trabajar de inmediato.
—Yo hare guardia —dijo Harry, tomando asiento en el suelo, escrutando las cercanías, buscando cualquier indicio de amenaza, mientras que Hermione entró en la carpa, se dirigió a su habitación y se puso a trabajar en el misterio de los coágulos.
No sabía por qué, pero algo le decía que no iba a encontrar nada bueno.
En Londres, Isaías Harrington había hecho el trabajo de reconocimiento y estaba preparado para penetrar en la zona de cuarentena. Había conseguido el uniforme de un soldado que hacía un patrullaje por el cordón externo y ocultado el cuerpo en un callejón cercano. Como medida de precaución, también cogió la mascarilla que usaba el soldado, con tal de disminuir las probabilidades de contagio. Sin embargo, Isaías no sabía comportarse como un militar, por lo que debió improvisar.
Cuando llegó a la unidad a la que el soldado pertenecía, se dio cuenta que se había organizado una misión para averiguar el origen del brote. El equipo estaba compuesto por médicos, biólogos y un puñado de soldados a modo de escolta. Isaías se ofreció de voluntario para la escolta y el encargado de la cuarentena aceptó sin cuestionamientos.
Tratando de pretender que no le incomodaba el rifle de asalto que cargaba en sus brazos, Isaías localizó la oficina del alcaide, donde se suponía que estaba el documento que necesitaba. En lo que después consideró un riesgo innecesario, Isaías sugirió que examinaran la oficina del alcaide, pues él había sido uno de los primeros afectados por el virus. El jefe de la escolta taladró con la mirada a Isaías, pero uno de los biólogos le dio la razón y el grupo enfiló en esa dirección.
Respirando con un poco más de calma, Isaías siguió a la comitiva hasta la oficina del alcaide y el jefe del equipo indicó a todos que registraran cada gabinete, mueble, vaso, taza, cualquier cosa que pudiera esconder el virus. Isaías se dirigió al escritorio del alcaide y, a plena vista, se encontraba el bendito documento. Se trataba del original, por lo que no habría lugar para pensar que se trataba de una falsificación. Cuando nadie estuviera mirando, cogió el papel y se lo guardó en un bolsillo. Sin embargo, en su apuro, dejó caer el rifle, lo que captó la atención de todo el mundo.
—¿Podrías tener más cuidado? —ladró el jefe de la escolta e Isaías recogió el arma, lo que hizo que el papel se asomara un poco. Por desgracia, el mismo jefe se dio cuenta que el papel llevaba el logo de la prisión.
—¿Qué mierda estás haciendo? —ladró el jefe de escolta, acercándose a Isaías con brusquedad—. ¿Robando propiedad de la prisión, verdad? Deja ese documento donde estaba, pelmazo. ¡Podría tener trazas del maldito virus!
Isaías se maldijo para sus adentros, no solamente porque había sido pillado, sino también por lo que debía hacer a continuación. Sacando su varita en un movimiento rápido y fluido, ejecutó un maleficio explosivo que envió al resto de la comitiva contra la pared, quedando inconscientes. Acto seguido, modificó la memoria de todos los presentes y salió por el acceso principal de la prisión a toda marcha, notando que varios soldados habían escuchado la explosión y corrían a toda velocidad hacia el recinto.
—¿Qué diablos ocurrió allá? —preguntó uno de los soldados a Isaías, sabiendo que él se había ofrecido como voluntario para ingresar a la prisión—. Escuché una explosión.
—Un cilindro de gas estalló —dijo Isaías, tratando de recuperar el aliento—. Había una fuga sin atender desde que la prisión fue evacuada. Tuve suerte de escapar. Podrían reportar esto al encargado de la cuarentena.
—Lo haré —dijo el soldado y se alejó de Isaías. Él esperó a que estuviera a una buena distancia, y se alejó del cordón, refugiándose en un callejón vacío, el mismo donde había escondido al soldado al que pretendía imitar. Usando magia, intercambió atuendos y dejó el pesado rifle junto al cuerpo. No podía creer que los muggles pudieran ser capaces de matarse entre ellos con esos aparatos. Era como si combatiera con un perro pequeño a cuestas.
Después de descansar por un par de minutos, Isaías usó la desaparición para trasladarse al Ministerio de la Magia, entrar por el acceso de visitas, dirigiéndose directamente a la corte en la que estaba teniendo lugar el juicio. Por fortuna, los alegatos de la parte acusadora habían comenzado hace poco. Al parecer, el receso había durado más de lo que había anticipado. El juez Aynesworth se quedó mirando a Isaías por un buen rato antes de poner más atención al juicio.
Isaías tomó asiento en su puesto, mirando cómo Artemisa Fowle le hacía preguntas bastante incisivas a Malcolm Jordan. Era obvio que ya no había más testigos que interrogar y la parte acusadora buscaba hacer que el principal acusado admitiera haber diseminado el virus en la prisión de Blackpool. Isaías juzgó que aquello podía ser algo bueno, pues sabía que decir la verdad era mucho más fácil que mentir (3). Solamente esperaba que nada inesperado ocurriera, tal como había pasado durante el interrogatorio de Caius Wellington.
Había caído la noche y Hermione aún no acababa de analizar todos los coágulos. No obstante, no había escuchado ninguna queja por parte de Draco, por lo que asumió que se encontraba bien, dentro de todo lo que le había pasado. Pero había trabajado tanto en el asunto de los coágulos que comenzó a dolerle la cabeza. Necesitaba relajarse, salir un poco a la intemperie y respirar aire fresco.
Cuando estuvo afuera, vio que Harry aún hacía guardia, los ojos bien abiertos y una taza bien cargada de café a su lado.
—Sé que los magos detestan el café —dijo Harry, notando que Hermione miraba la taza con curiosidad—, pero no saben lo que se pierden.
—Los magos siempre dicen que las cosas muggle son más arcaicas y simples —dijo Hermione, tomando asiento junto a su mejor amigo—. A nosotros nos basta con un encantamiento estimulante o una poción, pero no es lo mismo. Hay algo… reconfortante en el café, algo que una pócima no puede imitar.
—Dile eso a un mago —dijo Harry con una risita—. Por cierto, ¿se lo vas a decir?
Hermione arqueó una ceja.
—¿De qué hablas?
—Hablo de lo que sientes por Draco —repuso Harry sin sonar crítico o acusador, pero Hermione se sintió como si lo hubiera hecho.
—¿Yo? ¿Sentir algo por él?
Harry soltó una carcajada sonora. Hermione arrugó la cara en señal de fastidio.
—Eres igual a él —dijo Harry cuando se le hubo pasado la risa—. Es obvio que te sientes atraída por Draco, pero no lo quieres admitir. Tu orgullo no te lo permite.
—¿Y por qué piensas esas tonterías?
—Puede que mi relación con Ginny no haya durado lo que me habría gustado, pero saqué un par de lecciones, entre ellas, cómo leer a la gente. No te pones colorada cuando hablas de él o estás con él, pero tu actitud hacia él ha cambiado bastante desde que hablaron sobre esa noche que te acostaste con él. Perdóname, pero creo que algo más pasó, aparte de que fueron sinceros sobre ese momento.
—Harry, solamente me di cuenta que tenías razón sobre Draco. Eso no significa que, de golpe y porrazo, mi corazón lata más rápido cuando estoy con él.
—Estoy seguro que no —admitió Harry, encogiéndose de hombros—. Eres demasiado madura para reaccionar como una colegiala cuando te gusta alguien. Pero, si fuiste honesta con Draco cuando hablaron de esa noche, seguramente llegaste a la conclusión que si tuviste sexo con él, entonces debe hacer alguna clase de atracción, ¿o me equivoco?
Hermione miró a Harry con descortés incredulidad.
—¿Cómo diablos sabes eso?
—Ginny me enseñó una o dos cosas sobre las mujeres —repuso Harry con una sonrisa—. ¿Recuerdas que yo era un cero a la izquierda con ellas?
—Ron era un cero a la izquierda. A ti te faltaba práctica.
—Como sea, el punto es que Ginny me explicó en una ocasión que las mujeres deciden lo que sienten en función de lo que hacen, en contraposición a nosotros, que decidimos lo que hacemos en función de lo que sentimos (4).
—Eso no tiene sentido —dijo Hermione, luciendo perdida—. ¿Cómo podemos escoger cómo sentirnos en base a lo que hacemos?
—Tú misma lo admitiste —dijo Harry, volviendo a encogerse de hombros—. Si tuviste sexo con Draco, entonces debe haber atracción. Me diste la razón. Además, son muy pocas las mujeres que están al tanto de esto. Ustedes lo hacen de forma inconsciente. Pero me estoy desviando del tema. El punto es que no quieres admitir que te sientes atraída por Draco, tal como él no quiere hacerlo contigo, claro que nosotros los hombres no podemos ocultarlo de ninguna forma.
—Sí, me di cuenta —dijo Hermione sarcásticamente, recordando la "torre" de Draco.
—¿Por qué no quieres admitirlo?
—Porque… no sé… no lo sé, en realidad. Podría decir que no quiero fraternizar demasiado con mi paciente porque sería poco profesional, pero me estaría engañando a mí misma.
—¿Y qué es lo que realmente piensas?
—Es que me da miedo admitir que me gusta Draco —dijo Hermione, bajando la cabeza—. Tal vez se comporta así ahora que está enfermo, pero podría no mantenerse de ese modo si curo su enfermedad. Tal vez vuelva a ser el mismo idiota pedante de siempre, el mismo pelafustán que me trata como poco menos que una puta.
—Y tu atracción no estaría justificada —completó Harry, entendiendo a la perfección cuáles eran los temores de Hermione—. Sin embargo, ¿cómo diablos lo vas a saber si no lo intentas? Como dice el refrán, el que no arriesga, no cruza el río.
—Es que…
—Hermione —dijo Harry en un tono tranquilizador—, ¿qué es lo peor que puede pasar? Sí, te vas a sentir mal en caso que las cosas no salgan como quieres, pero, ¿es eso diferente a lo que tuviste que pasar cuando supiste que tu ex marido te estaba engañando con otra mujer?
—Es que ese es el punto —repuso Hermione, perdiendo un poco la calma—. No quiero pasar por eso otra vez. Ya bastante sufrí por eso.
—Pero en esta oportunidad, estarás preparada —dijo Harry, tratando de animar a su amiga—. En mi experiencia, el dolor no solamente sirve para que trates de evitar la experiencia que te lo causó, sino que también para saber qué hacer en caso que lo haga. Y, hasta donde puedo ver, lo enfrentaste bastante bien. No te vi tomando hasta quedar debajo de la mesa o bebiendo trago tras trago de pócimas para dormir. Lo único que hiciste fue acostarte con Draco, y de forma consciente más encima.
Hermione se quedó en silencio, ponderando todo lo que Harry le había dicho. Todo aquello era cierto. No había incurrido en ninguna conducta adictiva mientras el dolor perduró en su interior, pero había derramado un mar de lágrimas. Ella no era de llorar mucho, pero esa experiencia había sido traumática. Las discusiones, las excusas violentas, todo para ocultar que su marido estaba teniendo una aventura con otra mujer (5). Además, había sido él quien había solicitado el divorcio, no ella. Claro, había sido su error, pues había escogido acostarse con Draco en lugar de seguir la cadena lógica de acontecimientos, pero eso no quitaba que había sufrido bastante, tanto por los errores de su ex marido como por los de ella. Fue cuando entendió que Harry volvía a tener razón. Su experiencia le había enseñado cómo reaccionar correctamente frente a una situación similar y que ese era el punto del sufrimiento.
—Te lo voy a decir otra vez, Harry. A veces no sé si estoy hablando con Dumbledore o contigo.
—Te lo voy a decir otra vez, Hermione. Pasar tiempo con él te cambia. Además, ahora soy lo suficientemente maduro para apreciar lo que me enseñó.
—¿Recuerdas cuando Ron pensaba que había algo entre nosotros? —dijo Hermione, alzando la cabeza y mostrando una sonrisa de reminiscencia—. ¿Mientras buscábamos los Horrocruxes?
—Ron pensaba así porque llevó ese relicario demasiado tiempo colgando de su cuello.
—Eso le hacía más susceptible a expresar sus miedos y frustraciones —puntualizó Hermione y Harry se mordió el labio—. Como sea, me alegro que realmente no haya nada entre nosotros.
—¿Y por qué lo dices?
—Porque eres mi mejor amigo —explicó Hermione y Harry entendió a lo que se estaba refiriendo—. Si fueses algo más, no estarías dándome tan buenos consejos. Estarías más ocupado besándome, diciéndome cosas bonitas o haciéndome el amor. Agradezco los buenos consejos.
—¿Y por qué haría esas cosas contigo? —preguntó Harry, luciendo incómodo—. ¿Hacer el amor contigo? Me sentiría como si estuviera cometiendo un crimen, así que lamento decepcionarte, pero no lo haré. Jamás.
—Es bueno oír eso. Aunque no niego que sería una buena experiencia.
—¿Podrías callarte?
—¿Qué? Lo digo porque claramente tú eres más atento que otros hombres. Me sentiría cómoda.
—Hermione… —murmuró Harry entre dientes.
—¡De acuerdo, de acuerdo! No hablaré más del tema.
Hubo un breve momento de silencio, durante el cual se podía escuchar el cantar de las aves y la suave brisa mecer los árboles, haciendo susurrar a las hojas.
—¿Y qué harás a propósito de Draco?
—¿Te refieres a si le digo la verdad o no sobre cómo me siento?
—¿De qué otra cosa podría estar hablando?
Hermione se quedó en silencio por un momento, tratando de despejar su mente y pensar en las consecuencias de sus palabras y sus acciones. No quería que Draco pensara que ella se comportaba como una quinceañera frente al chico que le gusta. Necesitaba que el creyera que era la mujer que él pensaba que era.
—Se lo voy a decir —dijo Hermione al cabo de un rato y Harry notó la determinación en sus ojos—. No quiero quedarme con esto en mi cabeza. Y estoy segura que él también llegará a la misma conclusión.
(3) De acuerdo a los estudios médicos, mentir es un proceso muy creativo que requiere de múltiples zonas del cerebro. En contraparte, decir la verdad implica una actividad cerebral relativamente baja.
(4) Hay estudios que afirman esta tesis, que la mujer decide lo que siente de acuerdo a lo que hace. Esto explicaría muchos de sus comportamientos, aparentemente contradictorios. Esto, se teoriza, forma parte de su estrategia reproductiva, más selectiva que la del hombre.
(5) Dejaré al arbitrio del lector si el ex marido de Hermione es Ron o no. Pero que conste que no mostré su nombre porque no falta el que piensa que es un comportamiento muy cliché (de Ron) en los fics, así, le doy a los lectores la opción de pensar que el ex marido de Hermione no es Ron.
