Hemos perdido aun este crepúsculo.
Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
mientras la noche azul caía sobre el mundo.

He visto desde mi ventana
la fiesta del poniente en los cerros lejanos.

A veces como una moneda
se encendía un pedazo de sol entre mis manos.

Yo te recordaba con el alma apretada
de esa tristeza que tú me conoces.

Entonces, dónde estabas?
Entre qué gentes?
Diciendo qué palabras?
Por qué se me vendrá todo el amor de golpe
cuando me siento triste, y te siento lejana?

Cayó el libro que siempre se toma en el crepúsculo,
y como un perro herido rodó a mis pies mi capa.

Siempre, siempre te alejas en las tardes
hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.

[Pablo Neruda, poema X de Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada]


–¿Qué estás diciendo? Eso es imposible –murmuró Hermione caminando hasta quedar al lado del pelirrojo.

–Me gustaría creer lo mismo –aseveró Neville con voz tensa ingresando a la sala al tiempo que el cuadro se cerraba tras él.

–¿Los viste? –preguntó Dean Thomas con voz entrecortada.

–No, yo no. Un chico que venía corriendo de abajo me lo dijo.

–¡Ron! ¡Qué haces! –exclamó Hermione viendo como el pelirrojo se apresuraba hacia la salida– ¡Ron!

–No voy a quedarme aquí sin hacer nada. Ginny está allí afuera –dijo señalando hacia la puerta– y no es la única.

Se hizo silencio.

–Entonces voy contigo –anunció Hermione caminando hacia él.

–No necesito que…

–Ella tiene razón –terció Neville–, no puedes ir solo.

Ron apretó la mandíbula murmurando un "bien" entre dientes mientras Neville se acercaba a él también.

–¿Alguien más se une?


Ya que al salir se habían encontrado con Ginny, lograron convencer a Ron de que bajar al epicentro del problema no era lo más sensato. Así que la casi unánime decisión final fue hacer guardia en las dos escaleras que conducían al séptimo piso –no sabían en que nivel del castillo se encontraban los mortífagos– y así, al menos, intentar impedirles que siguiesen subiendo, si es que era eso lo que pretendían.

Hermione y Ginny se parapetaron tras una columna mientras que Ron y Neville hacían lo mismo bajo la protección de una armadura. En la otra escalera se encontraban Bertrand Rumsfeld, Craig Lemacks y Aretha Lawrence, los tres alumnos de séptimo que habían decidido acompañarlos. Hermione conseguía verlos escondidos en lo alto de la otra escalera si se inclinaba un poco hacia adelante. En la sala común se habían quedado otros alumnos de cursos menores, a quien Hermione, en su condición de prefecta, les había prohibido terminantemente salir oyeran lo que oyeran. No era lo que se dice un plan brillante, de hecho, ni siquiera era un plan quedarse a esperar escondidos a que los mortífagos probablemente se les ocurriese subir hasta ellos. Pero no había nada mejor por hacer.

Mientras esperaban, varita en mano, ponían sentir en el aire la creciente tensión que la ansiedad estaba creando. Parecía que en cualquier momento alguien aparecería en una de las esquinas del piso inferior, o que oirían las pisadas de los mortífagos acercándose. Pero eso era algo que aun no lograba entrar en la cabeza de Hermione ¿Cómo se suponía que habían entrado? Hogwarts estaba muy bien protegido; de hecho es posible que fuese uno de los lugares más seguros del mundo mágico. Era imposible que seguidores de Voldemort hubiesen entrado por la puerta principal así como así. No es que no creyese en la palabra de Neville, en absoluto, estaba segura de que a ni él, ni a nadie –a menos que fuese de Slytherin– se le ocurriría bromear con…

–¡Por Merlín! –Se le escapó sin querer.

–¡Chst! –Ginny le dio un leve empujón en el hombro al tiempo que Ron y Neville se giraban hacia ellas– Se supone que estamos ocultándonos ¿No te dice nada eso? –le susurró apresuradamente.

Pero Hermione hizo caso omiso a sus palabras.

–Neville –murmuró lo más bajo que pudo aprovechando que el chico aun tenía su atención– ¿Quién fue el que te dijo que…?

–¡Silencio! Alguien viene –la detuvo Ron señalando hacia abajo.

En efecto, dos sombras se proyectaban ya fuera del pasillo, sin develar aun a sus poseedores. Todos apretaron sus varitas con fuerza intentando ocultarse lo más posible sin dejar de observar. Hermione aguzó el oído y creyó oír los susurros de una conversación. Apenas salieron del perímetro que les impedía ver sus rostros, supo de inmediato que no se trataba de ningún profesor, pero lo segundo que notó fue que no iban encapuchados y se dirigían a su escalera. Comenzaron a ascender, sin embargo debido a la escasa iluminación del castillo a esas horas, no podía distinguir más que sus siluetas, agregando a esto que ambos conversaban con la cabeza ligeramente gacha. Pero de pronto uno de ellos retiró el rostro hacía atrás con un gesto de cansancio y, gracias a su relativa cercanía, Hermione lo identificó de inmediato.

–¡Profesor Lupin!

Lo que no esperaba por respuesta era un rayo de luz que le hubiese dado en el rostro de no ser porque Ginny la había empujado hacia un lado.

–¿Quién está ahí? –preguntó el mago sin bajar la varita.

–Espera, creo que… –¿Y esa voz? ¿Tonks?

–¡Somos nosotros! –Ron salió de su escondite iluminándose el rostro con la varita.

–¿Ronald? ¿Qué se supone qué…?

Neville salió también y les hizo una rápida señal a los que estaban en la otra escalera, indicándoles que todo estaba bien.

–Lo siento, debí asustarlo –se disculpó Hermione al tiempo que se incorporaba y salía tras la columna junto a Ginny.

–Definitivamente –aseveró Tonks mirando al mago casi divertida.

–¿Y qué hacen ustedes en Hogwarts? –preguntó Ron mirando de reojo hacia abajo.

–Nada importante. Dumbledore nos pidió que viniéramos hoy para reforzar las rondas nocturnas –respondió Tonks encogiéndose de hombros.

Hermione se sintió aliviada, pero aun tenía que preguntarle a Neville si…

–Ustedes no deberían estar aquí, ¿no se supone que estén en su sala común, o mejor aun, durmiendo a estas horas? –preguntó Lupin con tono severo.

–Oímos la explosión… –comenzó a explicar Hermione.

–… las explosiones, querrás decir –acotó Neville.

–Como sea, estábamos en la Sala Común cuando ocurrió. Entonces llegó Neville y nos dijo que... que los mortífagos estaban en el castillo –concluyó la castaña.

–Entonces decidieron venir a investigar ¿no? –dijo el mago con un dejo de irritación– Nosotros venimos de abajo y, créanme, si hubiese algún mortífago nos habríamos dado cuenta. Y aunque así fuese, ustedes deberían haber permanecido en su Sala Común; no por nada hay encargados de…

–¿No hay ningún mortífago entonces? –preguntó Ron interrumpiendo.

–Eso es lo que acabo de dec…

–¿Pero Neville tu nos dijiste que…?

–Espera, Ron, espera –lo cortó Hermione–. Neville, ¿quién fue el que te dijo que había mortífagos en Hogwarts?

–¿Quién? Pues… no… no recuerdo… El chico iba corriendo y…

–¿De qué casa era? –preguntó Hermione con urgencia.

–No podría estar seguro…

–Neville, esto es importante –recalcó la chica–. Si era de Slytherin podría tratarse sencillamente de una broma o…

Justo en ese momento el sonido de una risa estruendosa sumado al silbido de un hechizo potente, interrumpieron su razonamiento.

–…de una pista falsa –concluyó Ginny con la respiración contenida.

Tonks y Lupin intercambiaron una mirada fugaz y sus rostros se tensaron.

–Vino de la torre de Astronomía, o algún lugar cercano –dijo el licántropo apresuradamente.

La metamorfomaga se llevó una mano a la boca sin poder evitar que un suave pero audible "Bill" se escapase de sus labios.

–¿Bi-bill? ¿Mi hermano…? –preguntó el pelirrojo palideciendo levemente.

–Escuchen, deben ir a su Sala Común inmediatamente y no saldrán de ahí hasta que alguien, preferencialmente un profesor, vaya a anunciarles que todo esta seguro aquí afuera ¿entendido? –anunció Lupin subiendo los dos últimos escalones que le quedaban para luego correr pasillo adentro seguido de Tonks.

Los cuatro se quedaron en silencio durante unos pocos segundos hasta que Neville se decidió a hablar.

–¿De verdad nos vamos a quedar en la Sala Común?

–No.

–De ningún modo.


Avanzaron con todo el sigilo y la rapidez posibles. Mientras la distancia se acortaba, más claramente les parecía oír el agudo susurro de hechizos cortando el aire y algunas voces entrecortadas.

Hermione podía sentir como la tensión se apoderaba de sus músculos y como el corazón le latía cada vez más aprisa. Estaba completamente segura de que a los demás les ocurría exactamente lo mismo, bastaba con mirar sus rostros crispados y los nudillos blancos por sostener la varita con demasiada fuerza. En su cabeza solamente un hilo de pensamiento se entremezclaba martilleándole las sienes. ¿Sería posible? ¿Estaban realmente los mortífagos en Hogwarts? Solo quedaba una posibilidad entonces: las explosiones habían sido una trampa. Alguien o un grupo de personas los habían ayudado entrar y ellos mismos habían ido hasta el piso de abajo para atraer la atención hasta ese lugar. Pero si era así, ¿cómo habían entrado los mortífagos? ¿por una ventana? Ridículo.

De pronto todos comenzaron a disminuir la velocidad hasta que sus pasos se vieron opacados por el ruido de la batalla. Avanzaron casi en puntillas hasta el final del pasillo y se asomaron por una esquina. A Hermione se le cortó el aire. El techo del rellano de la escalera caracol que conducía a la torre de astronomía estaba casi completamente en el suelo, rodeando aun con una nube de polvo a quienes luchaban en sus cercanías. A los pies de la escalera se encontraba Lupin, quien claramente tenía intenciones de subir pero estaba demasiado ocupado defendiéndose de dos mortífagos que lanzaban una maldición tras otra. Un poco más lejos distinguieron a la profesora McGonagall y a Tonks, que luchaban con un mortífago cada una. No les costaba diferenciar quien llevaba la ventaja.

–Tenemos que ir –murmuró Ginny dando un paso fuera, pero una mano la detuvo.

–No, tú te quedas aquí.

–Estás loco si crees que haré lo que me dices, Ron. Mientras más ayuda tengan, mejor.

Hermione, conociendo a la pelirroja, supo que no la harían cambiar de opinión.

–No la convencerás, Ron –sentenció en un susurro– Además tiene razón, somos muy pocos y apostaría a que hay más mortífagos en la cima de la torre.

El pelirrojo apretó la mandíbula y soltó con reticencia a su hermana.

–Como quieran.

Se deslizaron lentamente, pegados a los muros de piedra y ayudados por el polvo que se levantaba una y otra vez. Cuando no podían avanzar más sin ser descubiertos y estuvieron a suficiente distancia para que sus hechizos tuvieran alcance, Neville dio el primer paso.

¡Impedimenta!

El rayo luminoso alcanzó a uno de los contrincantes del licántropo enviándolo a chocar contra el suelo unos metros más allá.

–¡Llegó la caballería! –rugió con sorna el mortífago que seguía en pie dividiendo sus esfuerzos en dos direcciones.

¡Desmaius!

¡Crucio!

–¡Creí haberles dicho que…! –Lupin se vio interrumpido por una maldición que pasó rozándole un hombro para luego impactar con el muro a sus espaldas, trizándolo en el acto.

–¡Pero no creyó que lo haríamos! ¿Verdad? –bramó Ron para hacerse oír mientras interceptaba un hechizo del mortífago que Neville había derribado al comienzo.

Mientras tanto un Petrificus lanzado por Hermione pasaba casi tocando al corpulento mago que tenía arrinconada contra la pared a su jefa de casa. Con un bramido el hombre se dio media vuelta y un rayo de luz por poco alcanza a la castaña de no ser porque Ginny se lanzó sobre ella cayendo ambas al suelo.

–Es ya segunda vez… –murmuró la pelirroja poniéndose de pie apresuradamente y corriendo hacia Tonks, que esquivaba a penas las maldiciones de su contrincante, las cuales rebotaban con estruendo en murallas, piso y ventanas.

Hermione se levantó también y en poco tiempo tenían al corpulento mortífago dos contra uno.

¡Everte Statum!

¡Crucio!

¡Protego!

¡Destructo!

¡Incarcero!

¡Stupefy!

¡Bombarda!

El rayo de luz impactó con un muro lejano, derribándolo de inmediato y lanzando trozos de piedra en todas direcciones, haciendo que por un segundo todos tuviesen que agacharse para proteger sus cabezas. En ese momento el licántropo aprovechó para intercambiar unas rápidas palabras con quien luchaba a su lado.

–Neville, sube la escalera, rápido…

–Pero…

–¡Hazlo, ahora!

Sin decir nada más, el Gryffindor apretó su varita y saltando unos escombros alcanzó los primeros escalones justo cuando un Cruciatus pasaba rozándole el cabello. Antes de seguir subiendo alcanzó a escuchar como se reanudaba la batalla.

Con el corazón en la garganta avanzó, varita en ristre, hasta que la visión de cuerpo tirado en los escalones lo hizo quedar casi paralizado.

¿Era ese el hermano de Ron? ¿Bill Weasley?

Haciendo indecibles esfuerzos por mantener la compostura se acuclilló al lado del joven pelirrojo y comprobó, con alivio, que respiraba. Pero tenía la ropa desgarrada y el rostro estaba cubierto de arañazos, como si lo hubiese atacado un gato muy grande. De inmediato reparó en una profunda herida que tenía en el cuello y de la cual manaba espesa sangre. Espesa, roja y abundante, demasiado abundante. En ese momento cayó en cuenta de que tal vez esa era la razón por la que el profesor… ex-profesor Lupin le había ordenado subir. Seguramente sabía que él estaba herido y no había tenido oportunidad de subir él mismo para socorrerlo. El gran problema es que él tampoco tenía idea de cómo hacerlo, lo único en lo que podía pensar era que debía llevarlo a la enfermería.

¿Pero como…?

Tenía que intentarlo, como fuese.

Mobilicorpus –susurró, y Bill Weasley se elevó suavemente del suelo.

Comenzó a descender con dificultad, procurando que el cuerpo inerte del mago no se golpease con las murallas ni se agitase en exceso. Finalmente el incremento del ruido sumado al resplandor de los hechizos le hizo saber que no quedaba mucho para terminar de bajar la escalera. Sin descuidar su carga y mirando insistentemente hacia atrás para comprobar que seguía allí, se asomó hacía abajo notando, felizmente, que Ron y el –ex– profesor Lupin combatían ahora unos metros más allá del rellano de la escalera, dejándole el paso libre hasta el pasillo por donde ellos habían llegado.

Tomó una gran bocanada de aire antes de salir disparado hacia abajo llevando al pelirrojo por delante.

–¡El chico! ¡Escapa! –bramó un el mortífago que luchaba con Lupin desviando como un poseso la vista entre él y Neville.

Pero el licántropo no le permitió desviar su atención por mucho tiempo más, comenzado a lanzar hechizos como si se le fuese la vida en ello. Aunque en realidad, podría decirse que así era.

Contra todo pronóstico en pocos segundos Neville se encontraba corriendo, y a salvo, hacia la enfermería, llevando aun a Bill Weasley consigo.

A pesar de que estaban en desventaja numérica los mortífagos a penas retrocedían y no se dejaban amedrentar, limitándose a lanzar imperdonables y maldiciones por doquier. Hermione de pronto se vio nuevamente cegada por una nube de polvo provocada al estallar una muralla a pocos metros de distancia, producto de un hechizo lanzado por quizá quien sabe quien. A esas alturas las voces y los sonidos se mezclaban en su cabeza con su corazón, que bombeaba sangre furiosamente en medio de su pecho. Pero en medio toda esa algarabía y una sarta de hechizos defensivos que lanzó tentativamente al haber perdido la ubicación –no conseguía ver nada–, creyó distinguir el sonido de unos pasos descendiendo apresuradamente por la escalera caracol, a pesar de que esta se encontraba bastante distante.

Atribuyó esto al estruendo de otra maldición hasta que una voz áspera, burlona y conocida, cortó el ambiente con el filo de una navaja.

–¡Vaya! ¡Pero qué diversión me estaba perdiendo!

¿Bellatrix Lestrange? ¿Cómo…? ¿De donde?

No pudo detenerse en eso por mucho tiempo más, por que el polvo había comenzado a dispersarse permitiéndole distinguir a un nuevo contrincante parado frente a ella, confirmándole que más mortífagos habían llegado, seguramente desde la torre.

Sin demora la mujer –gruesa, encorvada y de facciones duras– comenzó a atacarla obligándola a defenderse sin dejarle espacio para atacar. Metros a su izquierda, donde supuestamente estaban Ginny y Tonks, creyó distinguir nuevas voces lanzando hechizos, aumentando su preocupación y miedo ¿Cuánto tiempo estarían así?

Casi como respuesta a su pregunta, escuchó una voz que habría distinguido aun de estar en el mismísimo infierno.

–¡Ya está! ¡Nos vamos!

¿Severus?

Al borde de la histeria intentó localizarlo con la mirada, pero entre el polvo, la lejanía y los escombros a penas distinguió un conjunto de capas negras ondeando y alejándose en la distancia, notando solo entonces que había dejado de defenderse, cosa que tenía una sola explicación: los mortífagos estaban plantando retirada.

No se dio cuenta de que había comenzado a avanzar hasta que escuchó una voz a sus espaldas.

–¡Señorita Granger! ¡Hermione! ¿Dónde cree que va? –dijo Minerva McGonagall con la respiración entrecortada.

Pero Hermione no le prestó atención. Siguió apresurando el paso mientras esquivaba y saltaba los escombros y trozos de muralla –o de techo, no sabía y en realidad poco le importaba– sin fijarse nada más que en el pasillo por el que habían doblado.

–¡Remus! ¿Estás bien?

–Si, si… yo solo…

–¿Hermione? ¿Dónde est…? ¡Hermione!

–¡Ginny! ¡¿Dónde demonios te metiste?

–¡Acá! ¿Pero dónd…?

–¿Están todos bien?

–¿Y Neville?

Mientras se adentraba en el pasillo, ya corriendo, las voces comenzaban a apagarse y perderse a sus espaldas. Solo podía pensar en una cosa: tenía que alcanzarlo. Si él había dicho esas palabras antes de que todos comenzaran a irse, era porque se iba también con ellos. Un presentimiento amargo le revolvía el estómago impidiéndole respirar bien.

Con el corazón partiéndole el pecho siguió corriendo, llegando al final al rellano de una escalera. Al descender vio las sombras del grupo de mortífagos proyectándose fuera del pasillo y por el sonido acompasado y rápido de sus pasos estuvo segura de que tenían prisa. Saltó los últimos tres escalones y estuvo a punto de caer cuando alcanzó a oír que alguien la seguía. Recuperó el equilibrio y siguió corriendo, hasta que oyó una voz a sus espaldas.

–¿Hermione?

¿Era Harry? ¿Cómo? ¿En qué momento había llegado?

No importa, no importa, ya lo averiguarás más tarde…

Siguió corriendo, pero, o sería que ella estaba muy cansada o su amigo tenía más prisa, porque al poco podía escucharlo con total claridad a sus espaldas.

–¡Hermione! ¡Espera!

Finalmente se detuvo al lado de una columna.

–¡¿Qué? –preguntó con histeria, a punto de echar a correr de nuevo. No podía perderlo de vista, ya a penas los oía. Si se iba… si se iba…

–Tranquila, tranquila… ¿Por qué escapas? –dijo Harry llegando al fin a su lado, con una extraña expresión en el rostro, algo que oscilaba entre confusión y dolor.

–Yo no… no estoy escapando… es que Severus… –dijo con la voz entrecortada por su agitada respiración, a penas notando que se le había escapado el nombre de pila del mago. Justo en ese momento se cortó en seco, porque el rostro de su amigo se desfiguró.

Y no fue por sorpresa. Fue por odio. Una mezcla de asco y furia tan potente que era casi palpable. Hermione sintió que el miedo le atenazaba el pecho.

Cuando Harry oyó su nombre, pronunciado con tanta preocupación, con tanta inocencia desde los labios de su amiga, recordó por qué estaba corriendo. Estaba persiguiéndolo a él, no a Hermione. Luego de bajar como un bólido la escalera caracol y al pasar corriendo entre Tonks, Lupin, Ron, y otras personas cuyos rostros no había alcanzado a identificar, tenía muy claro su objetivo: Snape. Solo podía pensar en llegar hasta ese miserable y hacer lo que sea, lo que fuera para hacerlo sentir una parte de su dolor, para que pagara por todo. Por traidor. Por cobarde. Pero cuando, luego de doblar en una esquina, había distinguido la cabellera castaña y desordenada de su amiga agitándose contra el aire, todo se le había ido fuera de foco. Hasta que ella dijo su nombre.

–Harry…. Harry ¿qué ocurre? –preguntó con un hilo de voz, no muy segura de querer oír la respuesta.

Y cuando el aludido respondió obviamente estaba aun demasiado cegado por la ira como para pensar en el efecto que tendrían sus palabras, de otro modo, seguramente las habría pronunciado en otro momento, con otra entonación.

–Snape… Snape mató a Dumbledore –Practicamente escupió las palabras sin darse cuenta que la expresión de su amiga se había demudado.

–¿Qué… qué estás dicien…?

–Eso, Hermione, lo que oíste. Ese bastardo mató… mató a Dumbledore, maldición.

Y, olvidándose de todo, estuvo a punto de echar a correr de nuevo y dejar a su amiga ahí, sola y con cemento pesándole sobre la espalda. Pero ella fue más rápida y atrapó su brazo antes de que diese un paso.

–No puede ser cierto –murmuró.

–Lo vi ¿entiendes? Vi como le lanzaba el Avada y no pude hacer nada. No hice nada.

–No… n-no… él no… él no podría…

–¿Crees que yo bromearía con algo así? ¿Por qué mentir de este modo? –bramó al borde de la histeria y pronto a reanudar su carrera.

Pero justo en ese momento algo muy parecido a un sollozo escapó de la garganta de Hermione y fue como si le diesen una bofetada de realidad. Solo entonces alcanzó a percatarse de la expresión de su amiga, de su mirada, del modo en que se plegaban sus labios. Nunca había visto tanto dolor en sus facciones. Y allí supo que a la persona que menos le podía dar esa noticia así, tan abruptamente, era a ella. Pero ya lo había hecho.

–Hermione yo…

No alcanzó a decir nada más, porque ella lo soltó y volvió a correr. Escuchó sus pasos golpeando acompasadamente los escalones de la escalera más cercana. Quiso seguirla, pero ya no se sentía capaz de moverse. Era como si su rabia se hubiese replegado momentáneamente al ver el dolor en Hermione.

–¡¿Harry?

Se giró hacia el interior del pasillo y vio una silueta alta recortándose en la distancia. A los pocos segundos, jadeando, Ron llegó a su lado. Tenía la piel sudorosa y sucia de polvo, al igual que su ropa, rasgada en un costado. Su rostro estaba arañado por la lluvia de escombros que habían caído intermitentemente y su mejilla lucía un corte superficial. Harry pensó que seguramente él estaba igual de desgreñado, y eso le hizo recordar todo lo que había pasado antes de que llegara, con Dumbledore, hasta la torre de astronomía.

–Hola –murmuró sintiendo que un nudo le cerraba la garganta.

–Hola… –respondió el pelirrojo con una sonrisa amarga– ¿Estás bien?

–Algo así…

–Igual yo… ¿Viste… viste pasar a Hermione? Estaba allá con el resto pero de pronto salió corriendo, luego llegaste tu e hiciste lo mismo… ¿la estabas siguiendo o…?

–No, ambos seguíamos a la misma persona.

El pelirrojo, recuperando el aliento, lo miró con extrañeza.

–Snape.

–Oh, si… recuerdo que lo vi pasar…. Iba con Malfoy y… No lo se, había mucho polvo, yo no… ¿Pero por qué lo seguías?

Harry tragó saliva mirando hacia el lugar por donde había desaparecido su amiga hace no mucho tiempo.

–Snape mató a Dumbledore, Ron.

Y ahí estaba de nuevo: la rabia. Casi palpable.

–¿Qué?

–Arriba, en la torre. Yo tenía un Petrificus encima y no pude hacer nada.

–Merlín… ¿estás… estás seguro?

–Lo vi, Ron, claro que estoy seguro.

–¿Y Hermione, lo seguía por eso también?

–No, no, ella no sabía… es decir… No se por qué lo seguía en un comienzo, pero luego la alcancé, se lo dije y…

–¿Qué hiciste qué?

–…y luego siguió corriendo.

–¿Y la dejaste ir?

–Yo…

–Maldición, Harry.

Y sin darle más tiempo, echó a correr. Harry, con las palabras en la garganta, empezó a seguirlo.

–¿No pensaste que… quizás… dado los… sentimientos que tiene… Hermione hacia ese adefesio… podría cometer una insensatez? –preguntó entrecortadamente el pelirrojo, sin dejar de correr.

–¿Y tu crees que me encuentro en condiciones de pensar?

Ron bufó y ambos bajaron las escaleras como un rayo. A ese paso, necesitarían un atajo.


Hermione sentía una punzada constante bajo el pecho. Le faltaba el aire. Le faltaba todo, en realidad. Por un lado sabía que ya no daba más, que en cualquier momento sus piernas se convertirían en gelatina y caería al suelo completamente inerte, pero por otro tenía claro no se detendría hasta alcanzarlo, hasta verlo, hasta mirarlo a los ojos y preguntarle si era cierto lo que Harry había dicho.

Pero no podía ser cierto. No podía.

No supo como pero finalmente volvió a oír el ruido de los pasos apresurados del grupo de mortífagos a cierta distancia. Iban lejos, pero al menos no los había perdido. Sus piernas seguían moviéndose, rápidas y seguras, a pesar de todo.

De pronto se encontró bajando las escaleras principales, y era como si todo el camino que había corrido hasta allí hubiese sido un sueño, como si hubiese saltado el tiempo desde que se había encontrado con Harry hasta ese lugar. Pisó el césped y lo sintió resbaloso, húmedo. Recuperó el equilibrio y siguió corriendo, dándose fuerzas al ver unas siluetas oscuras recortándose a la distancia, dirigiéndose al camino que conducía a la ladera de la casa de Hagrid y que posteriormente los llevaría a la entrada principal. Corrió con todas sus fuerzas, corrió con todo porque sabía, sentía que si no le hablaba ahora, no lo haría en mucho tiempo más.

Cruzó el terreno abierto y bajó una pendiente suave sin disminuir la velocidad. A un lado, el bosque prohibido se alzaba con imponencia, recortando la noche con los picos de los árboles más altos; al otro, Hogwarts permanecía quieto e imperturbable, como si ninguna batalla se hubiese liberado en su interior, como si las mortífagos nunca hubiesen entrado como traídos por el viento.

Estaba segura de que lo perdería de vista; seguía corriendo, pero a penas, porque comenzó a sentir un dolor muy fuerte en un costado. Con desesperación pensó en llamarlo, gritar su nombre. Pero eso obviamente no era sensato. Quedó claro entonces que no estaba pensando razonablemente.

De pronto sintió una fuerte punzada al respirar, se le nubló la visión unos momentos y sus pies se enredaron, haciéndola caer. Un grito huyó de sus labios, no supo si de miedo, dolor o desesperación, pero gracias a eso uno de los mortífagos que cerraban las filas se volteó y aun en la distancia la distinguió tirada en la tierra, sola, lejos del castillo. Y el hombre sonrió macabramente comenzando a acercarse hacia ella mientras la veía ponerse de pie.

Hermione se paralizó al verlo acercarse. Obviamente no era Severus. A espaldas del desconocido, el grupo comenzaba a dispersarse en diferentes direcciones a medida que se alejaban ¿Qué debía hacer? ¿Cómo seguir corriendo con ese mortífago en su camino? No se sentía capaz de luchar de nuevo, en lo único que podía pensar era en correr hacia adelante y encontrarlo. Encontrarlo y nada más.

–¿Te perdiste? –dijo el mago elevando la voz para que lo oyera.

La castaña empuño la varita con determinación y dio unos pasos vacilantes hacia adelante. No iba a detenerse.

–Te crees muy valiente ¿Eh?

Ella avanzaba, pero él también. No parecía muy preocupado por huir, o al menos no le importaba tanto como al resto. Un pensamiento fugaz atravesó la mente de Hermione: los mortífagos no tenían mucho que perder. Sus vidas, pero nada más importante. El dinero y el status de algunos era harina de otro costal.

De pronto el hombre agitó su varita contra el aire como si estuviese empuñando un látigo, sin decir palabra, y en menos de un segundo, sin alcanzar a defenderse, Hermione sintió un golpe agudo en medio del abdomen que la hizo gritar y luego caer.

¡Protego! –alcanzó a gritar desde el suelo al ver que el hombre comenzaba a realizar el mismo movimiento mientras reía con sorna.

Y de pronto, una voz. Su voz.

–¿Qué crees que estás haciendo? Tenemos que irnos. Ahora.

–Solo me divertía un poco, Snape, nada del otro mundo.

–Puedes dejar tus diversiones para otra ocasión, si es que tu reducido cerebro alcanza a procesar que este no es el momento más apropiado para divertirse.

Mientras escuchaba, Hermione se puso de pie. Y ahí lo vio, metros frente a ella, sin haber reparado aun en su presencia, retando con la mirada al hombre que la había atacado y quien, además, no le había ganado en su duelo de palabras. Con un gruñido gutural dio media vuelta y siguió al resto del grupo, del cual a penas quedaban algunos integrantes a la vista.

En ese momento él giró el rostro hacia ella, y la vio. Sus miradas se encontraron y Hermione estuvo segura de que el tiempo se congeló a su alrededor. El aire se quedó quieto, los sonidos se apagaron.

Snape bajó la varita y ella no alzó la suya. Avanzó como una autómata hasta que solo dos metros los separaron, aunque sentía que esos dos metros eran en realidad un abismo, en especial cuando las palabras de su amigo le martilleaban la cabeza hasta que dolía.

–Dime que no es cierto –murmuró con la voz temblorosa, casi suplicante.

Él permaneció inmóvil, sin decir nada.

–Dime que tú no lo hiciste. Solo dilo –insistió, cada vez más quebrada, cada vez más herida.

Pero él no decía nada. Solo la observaba, en silencio; una mirada infinita que decía todo y nada a la vez. Sin negarlo… cuando era tan fácil. Unas pocas palabras habrían bastado y ella le habría creído, aunque Harry le dijese que lo había visto con sus propios ojos, aunque el mundo gritara lo contrario. Porque en ese momento necesitaba creerle más que cualquier otra cosa. Sin embargo seguía mudo, ajeno, como si no estuviese frente a él, casi suplicándole.

–Severus… Severus por favor… –suplicó al borde de un sollozo.

Y para él fue como un cuchillo enterrándose en una herida abierta. Las mismas palabras dichas por el anciano director antes de morir, antes de ser asesinado por sus manos, pero en la boca de ella. Y ambos suplicaban para salvarse; él, de una muerte dolorosa e indigna; ella, del dolor. Un dolor inminente que ya podía apreciarse en sus ojos castaños, casi negros bajo la noche, un dolor que no podía apaciguar. No si quería mantenerla a salvo. Lo mejor era que ella no se enterara de nada. Nunca. Aunque saber que eso le haría odiarlo, detestarlo, despreciarlo, aunque eso la hiciera sufrir… estaría segura, más segura que a su lado.

Hermione vio como él apretaba la mandíbula, sin decir nada, pero había llegado a conocerlo lo suficiente como para saber todo lo que decía su silencio.

Harry dijo la verdad. Fue él.

y todo ese tiempo… todos esos meses…

mató a Dumbledore. Por Merlín… lo mató, lo mató, lo mató…

no puede ser cierto. NO PUEDE. Él no… tu lo conoces, no sería capaz…

creías conocerlo.

¿…tan tonta? ¿Cómo pudiste?

ciega. Eso fuiste, eso eres, queriendo aun creer en su inocencia.

tenían razón, todo el tiempo… Y Ron… ellos que me decían… que me advertían…

asesino. Asesino. Eso es… lo mató. Él lo hizo.

Él lo hizo.

La verdad fue como lava expandiéndose por su cuerpo, quemando sus entrañas. Quería gritar, quería desaparecer.

–¿Cómo pudiste? –dijo en un susurro a penas audible, avanzando con paso tambaleante– ¡¿Cómo pudiste?

Cuando a penas dos pasos los separaban, gruesas lágrimas cayeron lentamente por sus mejillas, dejando huellas sobre el polvo y el sudor frío que cubría su rostro producto de la batalla. Se las secó con rabia.

–Yo creí en ti –acusó, y con un puño cerrado lo golpeó en el pecho– ¡Creí en ti más que nadie, maldita sea! –Y volvió a golpearlo, como si eso fuese a aliviar su dolor, completamente falta de razón– Todo ese tiempo… ¡No merece nada! ¡Nada! ¡Ni siquiera lástima! –bramó perdiendo el control y sin dejar de dar golpes con sus escasas fuerzas al tiempo que él retrocedía intentando sujetar sus muñecas. Aun mudo. Aun ajeno, consciente de que ella había comenzado, de pronto, a tratarlo de usted– ¿Por qué? ¿Por qué alguien se lo ordenó? ¡Diga algo! ¡Y deje de mirarme como si no me conociera, como si no hubiese pasado nada!

–Hermione…

Y cuando su nombre escapó de los labios pálidos del mago, justo en el momento en que le sujetaba las muñecas, ella despertó ¿Qué clase de espectáculo triste estaba dando? No se merecía ni una palabra. Tal como le había dicho, no se merecía nada. Ni su rabia, ni su dolor. Nada.

–No… no se atreva a decirme así… –masculló retorciendo los brazos hasta que él la hubo soltado– No se lo merece…

Y empezó a retroceder, negando con la cabeza, sintiéndose débil, estúpida, porque no había sido capaz de hacer nada más que gritarle como una posesa una sarta de cosas sin sentido. Debería haberlo atacado, atrapado, lo que fuese para asegurarse de que no escapara. Después de todo había cometido un asesinato. Pero ni siquiera había podido empuñar su varita contra él.

Cuando la distancia a penas le permitía distinguir su rostro, cuando de pronto él dio media vuelta y su figura se perdió en la distancia, Hermione se giró hacía al castillo y empezó a avanzar hacia él a lo más rápido que daban sus piernas.

No sabía si retrocedía o avanzaba. No sabía si estaba dejando algo atrás o iba al encuentro de algo doloroso justo al frente. La tierra y el césped le parecían resbalosos y el camino de regreso le resultó desconocido. Sentía el mundo derrumbarse, prácticamente lo veía, pero tenía que entrar al castillo, al menos.

No le faltaba mucho por llegar pero le dolía tanto el costado que tuvo que detenerse. Se llevó instintivamente una mano hasta el lugar y palpó la ropa rasgada y húmeda de sangre. Estupendo; estaba herida y no lo había notado. Sin dar más se dejó caer de rodillas al suelo, poniendo su varita sobre sus piernas para luego cubrirse la boca, ahogando un sollozo, o tal vez un grito.

Escuchó dos voces gritando su nombre. No sabía si estaban lejos o cerca. Tampoco le importaba, en realidad ¿le importaba algo ya? Pero las voces eran insistentes, claras, y parecían preocupadas. Pero estaba demasiado ocupada controlando su llanto como para responder.

Las voces se acercaban, estaba segura, y de pronto se detuvieron y fueron reemplazadas por pisadas sobre el césped. Mantuvo la cabeza gacha, sin quitar su mano de la boca y la otra de su costado. No quería que nadie viese su rostro surcado de lágrimas; no quería que la compadecieran.

–¿Hermione?

–Por Merlín, Hermione ¿Por qué no respond…?

–¿Qué ocurre? Hermione di algo, por favor…

Eran ellos. Ellos, que en el fondo nunca se habían apartado de su lado. Incluso Ron, que tanto se había enfurecido con ella, hasta gritarle. Meneó la cabeza sin alzarla, intentando apartarlos, intentando no quebrarse.

Los sintió agachándose frente a ella, a su lado.

–Hermione… mírame…

Una mano sobre su hombro la obligó a erguirse levemente, y otra sobre su mentón la hizo mirarlos.

Sin poder aguantar más se dejó caer en sus brazos. No dijeron nada, simplemente la abrazaron, la acogieron… como siempre.

Lloró sin importarle nada. Que la oyeran o que presenciaran su dolor. Lloró sintiendo el alma pesada y el corazón de plomo. Lloró porque el sentido de las cosas había huido con una mirada negra, oscura, y la traición de todo aquello en lo que había creído era insoportable.

–Harry –Era Ron, hablando suave, afligido–. Maldición, Harry, mira.

Se hizo un silencio.

–¿Está herida?

–Eso creo. Tenemos que llevarla dentro.

Entonces, mientras intentaban ponerla de pie, todo se volvió negro. Y el último pensamiento que tuvo fue que ojalá se mantuviese así, oscuro.


Se que aun deben odiarme, porque otra vez tardé una eternidad. Lo sé. Saben que nunca mendigo comentarios pero debo confesar que en el capítulo anterior extrañé las palabras de muchas… en fin, supongo que es un modo de protesta ¿no? Estoy demasiado floja para actualizar. Pagaré mi culpa, en serio.

No haré ningún comentario sobre el capítulo, quiero que se queden con su opinión. Solo les pediré que lean el poema que puse al comienzo porque aparte de ser hermoso tiene relación con esta historia.

Bueno, de aquí en adelante las cosas se pintan bastante difíciles, para los personajes, más que nada. No se si tanto para mí porque, según la votación que ya se hizo tiempo atrás, está historia seguirá la línea original del libro, aunque obviamente tendré que introducir ciertas modificaciones… tampoco crean que las aburriré copiando y pegando todo lo que escribió Rowling.

Espero que hayan pasado unas bonitas fiestas y que este 2011 lo hayan comenzado de la mejor manera. Me atrevo a suponer que no olvidaron el cumpleaños de Severus ¿verdad? ¡El 9 de Enero nuestro mago cumplió 51 años! Bueno, aun pueden cantar el "Happy Birthday" ahahahaha…

No las aburro más.

Ustedes juzguen.

Un abrazo grande, Eyp.