*o*O*o*

Te permito que me engañes,

Que llenes mis oídos con mentiras,

Que ilusiones mi corazón enamorado, con palabras que no sientes.

Miénteme, endulzando mis oídos con frases amorosas,

Profanando mi boca con tus fríos labios,

No me importa que todo sea parte de tus teatros.

Mírame, como solo tú puedes hacerlo,

Ocultándome tus infames y reales sentimientos,

Envolviéndome con falsos miramiento,

Te permito que tus caricias aturdan mis sentidos

Y tus manos tan expertas me descubran un mundo de nuevas sensaciones.

Miénteme si es necesario hasta tal punto que mi mente lógica se empañe,

Que mi corazón me engañe y lata tan fuerte que ensordezca la realidad asfixiante.

Te permito que me engañes,

Prometo que como una ciega seguiré tus pasos,

Y devotamente creeré en tus palabras,

Abandonándome por completo a tus mentiras,

Para creer que me amas.

Aunque en el fondo sepa que yo soy quien se engaña,

Al pretender que no me importan saber que al final todo son mentiras.

HG.

*O*

Decidió permanecer un poco mas en su balcón contemplando la hermosa luna llena que le sonreía, o al menos, eso parecía. Después de haber tenido un maravilloso día al lado de quien fuese su captor, su verdugo, el ser mas despreciable sobre la tierra que la privó de su libertad se sentía más confundida que de costumbre. Sin embargo, estaba más tranquila que otros días llenos de tensión por lo relacionado al contrato.

Sabía de antemano que esa tranquilidad que sentía era solo momentánea, no podía mantener su vida sustentada en ilusiones, era demasiado racional para ignorar que estaba llena de dudas que poco a poco la estaban enloqueciendo.

Se encontraba bebiendo un poco de Weaskey; bebida que se encontraba en la charola de plata junto a la chimenea, donde su actual esposo acostumbraba acudir para servirse mas de un vaso a la vez, como si ese liquido no fuera más que agua corriente y no un licor tan fuerte, aunque delicioso.

No era muy afecta a la bebida, marcaba siempre su límite en las reuniones familiares y sociales puntualizando que el alcohol y ella simplemente no se llevaban. No obstante, ahora todo era tan distinto a tal grado de desconocerse.

Incluso alguien como ella necesitaba de vez en cuando tomar una copa para intentar nublar su entendimiento al menos por un momento o incluso tratar de esclarecer en algo ese cumulo de sentimientos que estaban desquiciándola.

Daba un pequeño sorbo, alisaba su cabello sin despegar sus ojos de aquel astro natural que lograba bañar cada centímetro de su piel como si se tratara de felicidad pura. ¿Aquella era una luna diferente?, ¿Mas hermosa tal vez?, no lo sabía, y no se molestaría en averiguarlo. Vivió tanto tiempo en la espera de ser capturada, asesinada y perseguida que no se había detenido a pensar, ni apreciar la magnificencia que ahora la madre naturaleza le regalaba con tanto cariño.

A veces dudaba que esa hermosa luna fuera la misma que la acompañara en sus noches de vigilia durante la guerra. En aquel entonces le había parecido lúgubre y solitaria, incluso en ocasiones le provocaba una sensación de vacío tan profunda que tenía que contenerse de llorar amargamente mordiéndose la lengua para no contagiar su pesadumbre a sus compañeros de aventura, sin embargo, ahora era diferente, incluso ella misma ya no era la chiquilla asustada de aquel entonces. Así que tal vez esa luna fuera la misma y en realidad quien había cambiado era ella.

Colocaba su copa en medio de sus rodillas sin soltarla, apretaba sus labios fijando la mirada en el líquido ámbar que fuertemente entraba a su garganta en sesiones cortas y periódicas, lo meneaba constantemente para tener por lo menos un distractor a todo ese mar de sentimientos encontrados generados en tiempo corto.

Se sentía culpable, por primera vez en su vida le tocaba decidir entre dos amores de los cuales desconocía la medida; sin embargo, su corazón, su cuerpo e incluso su más oscura perversión respondía con el solo hecho de contemplar un par de ojos grises, y a su vez, otro par de orbes azul aguamarina.

Podía sentir un calor envolvente surgir de sus entrañas, trepando suavemente por su piel erizando sus vellos, quemándola de la misma manera en que el Weaskey quemaba su garganta con cada trago, aturdiéndola de a poco hasta hacer que olvidar sus dudas, sus miedos, incluso esa conciencia que pugnaba a gritos ser escuchada y que ahora que pensaba en los hombres de su vida no era más que un susurro molesto.

¿Qué decidir?, Se preguntaba, pero la respuesta no llegaba a su cerebro como tantas otras en el colegio Hogwarts donde sin pestañear siquiera, lograba impactar hasta el mas exigente y estricto de sus profesores.

No, aquello no tenía respuesta, y de tenerla sería mucho más complicada y abstracta de lo que se imaginaba. Ahora tendría que aprobar el examen más duro… Su vida misma, y le aterraba equivocarse, que esos sentimientos ilógicos que surgían de su interior entorpecieran su juicio.

Desviaba la mirada ante tal descubrimiento, se extrañaba un poco al no tener algún indicio, una primicia con la cual comenzar a investigar sobre ese hombre del cual se había enamorado perdidamente.

Una parte de su subconsciente le indicaba con claridad que Damon Salvatore no era una persona de fiar… Ni siquiera, una persona en estricta extensión de la palabra… pero a veces algo en su interior se sacudía con una fuerza sísmica y una sensación de haber olvidado algo importante se apoderaba de ella con tal ímpetu que podría jurar conocer a ese vampiro mucho mejor de lo que se conocía ella misma.

Era agobiante no poder verbalizar con palabras lo que sentía en ese momento, era tanto como si un diccionario completo no bastara para darle un nombre a todo lo que se juntaba en su interior, a veces creía que era algo bueno y otras tantas estaba convencida que no debía serlo tanto si la culpa en ocasiones le robaba completamente el aliento.

Cerraba sus párpados al sentir que su corazón se afligía, se llenaba un poco de tristeza al llegar a pensar que ese hombre la utilizaba para un fin puramente malévolo y siniestro; sin embargo, algo en su mirada, sus ojos, sus acciones describían a un hombre totalmente diferente a comparación de los primeros días.

¿Por qué ella?, ¿Por qué precisamente ella?

La respuesta, de nuevo jamás llegó a sus labios, pero hacia mella en su corazón. Podía suponer muchas cosas, incluso deseaba que detrás de ese hombre no hubiera mas motivos que lo movieran que el amarla, pero sería muy ingenia dadas las circunstancias.

Bebió un poco más del licor para adormecer solo un poco sus sentidos, necesitaba estar completamente segura de sus sentimientos, no podía estar jugando al gato y al ratón con aquellos dos hombres que en realidad demostraban quererla. Se levantó recargando sus palmas en el barandal exhalando cansadamente al tratar de revelar el enigma; sin embargo, concluía que las cosas se complicaban más de la cuenta al tratar de descifrar a ese par de "cabrones".

—No existen vidas complicadas, solo seres humanos que la complican.

Susurraba en voz alta, intentaba responderse un poco saciando así la curiosidad que llegaba a su mente, pero todas y cada una de las conjeturas extraídas, desembocaban en un solo enunciado tan contundente que ni ella misma podía refutar.

Estaba enamorada de Draco, y a su vez lo estaba perdidamente de Damon.

Dividida entre el gris y el azul de sus miradas, entre el corazón magico de un mago sangre pura y el frio corazón de atractivo vampiro.

—¿Qué quieres de mi?—De nuevo regresaba la paranoia, la inseguridad, los celos, la incertidumbre. Sentimientos mezclados que serían el ingrediente perfecto para crear una bomba poderosa y autodestructiva.

En esos momentos, cada pensamiento era equivalente a provocarse daño.

—Quiero todo de ti. –Fue la respuesta que llego a sus oídos.

Una voz lograba sacarla de esa ensoñación, regresarla a la tierra tan abruptamente que la sobresalto un poco, dejándola por un momento sin gravedad alguna. Pasó saliva con dificultad sintiendo su espacio invadido, su privacidad truncada ante la llegada de aquel hombre que comenzaba a ser dueño de sus pensamientos, pero también responsable de sus dudas. Al paso de los segundos, un par de brazos rodeaban su cintura como si se tratara de ramas blandas en su cuerpo; aquello era cálido y a la vez frio, el límite entre la muerte y la vida, la delgada línea entre la cordura y la pasión prohibida.

Sintió estremecerse, cada poro de su piel reaccionaba de manera automática al simple toque de ese vampiro desalmado quien la privó de su libertad, de sus sueños; ese captor del que ahora difícilmente podría desprenderse. Cerró sus ojos por un par de segundos más aspirando su aroma a bosque, a viñedo, a humedad… a hombre.

—Damon…

—No me esperabas ¿Verdad?

—No, a decir verdad pensé que irías con Stefan—Respondía con total intención de mostrarse calmada, sin embargo aquel hombre era todo un experto en la lectura corporal, por lo que el latir constante de su corazón le indicaba que su ahora esposa estaba preocupada, asustada e incluso nerviosa.

—Iré en un rato más—Admitió deleitándose con la cercanía de su mujer.

—¿Quieres que vaya contigo?—Se sorprendió de si misma ante tal declaración, desvió la mirada un poco sintiéndose ligeramente avergonzada por lo fácil que era reaccionar como lo haría una pareja normal.

—¡Me encantaría!—Le acarició la mejilla y al instante tomaba su rostro con ambas manos regalándole un beso en la frente. –Pero ya es tarde, recuerda que los humanos no son muy afectos a dormir hasta tarde, así que como buena niña, debes tomar tu leche, tus galletitas y a dormir.

Hermione sintió unas ganas tremendas de soltar una carcajada a causa de lo dicho, sin embargo, aquel hombre continuaba frenando ciertas actitudes arrebatadas. No sabía con exactitud si todo aquello comenzaba a ruborizarla, concluía que su actual marido era todo un experto en hacer pequeñas bromas respecto a la situación y a su entorno para desviar la atención de temas más importantes.

Tomó las manos de Damon entrelazándolas con las suyas, por algunos instantes pudo sentir que todo se evaporaba con el solo hecho de mirar sus ojos, contemplar su cabello oscuro ondeando al viento y engalanado con esa camisa ajustada a su cuerpo como si se tratara de un hermoso ángel bajado del cielo… Un atractivo, colmilludo y travieso ángel negro.

—Entonces debes irte ya, manda saludos de mi parte a Stefan y dile que debería visitarnos más a menudo. — Al escuchar esto, Damon enarcó una ceja un tanto contrariado.

—¿Te está empezando a interesar mi hermanito? –Pregunto con evidente enfado, sin poder ocultar los celos.

—¡No!—La castaña contestó al instante. –Es solo que no lo hemos visto mucho por aquí y me gustaría también conocerlo más, después de todo es tu hermano, son familia. —Acercó una de sus manos a la mejilla del vampiro para sonreí con dulzura. Pudo comprender que un arrebato de celos brotaba de los ojos azules de ese hombre; no podía dar crédito a su inseguridad a pesar de ser mucho más atractivo que su hermano.

—Stefy es un traga libros por naturaleza—Hermione agrandaba los ojos. –No te ofendas linda, es solo que ese cabronazo es como los gusanos que se comen las páginas de los libreros.

—¿Me acabas de llamar gusano? –pregunto en un todo de fingida molestia.

—No, no no—Damon se sorprendía sin dejar un momento su sonrisa. –Bueno, si lo fueras tu serías uno lindo… con ojos de miel y muy jugoso…

—¡Damon!, ese no es un cumplido—La castaña lo miraba severamente.

—Para mi si lo es, además no tengo la culpa que seas levemente susceptible a ciertas palabras cariño.

—Llamarme gusano no es una palabra bonita que digamos Damon.

—Llamarme asqueroso vampiro tampoco lo es.

—Yo no…

Damon la miraba con seguridad rodando los ojos esbozando a su vez una típica sonrisa de triunfo, Hermione había sido delatada con ese silencio. En mas de una ocasión recordó haberle dado ese calificativo pensando ingenuamente que no la escuchaba a pesar de estar en la privacidad de su habitación e incluso de su bañera. No comprendía con exactitud la naturaleza vampirica, pero de ahora en adelante estudiaría el tema como si se tratara de una materia más en el colegio de Hechicería.

Estaba ruborizada, avergonzada por aquel hecho y sobre todo al sentirse tan expuesta ante la mirada acusadora de aquel hombre pelinegro quien cruzaba los brazos esperando una réplica de su parte. Introdujo sus manos en las bolsas del pantalón intentando fijar su atención en otro punto diferente.

—En mi defensa, estaba muy enojada, además—Lo miraba con determinación. –Tu…

— ¿Yo?

— ¡Si tú!

— ¿Algo que quieras compartir con la clase Hermione Granger?, tal vez te ganes puntos para Graysgold

— ¡Es Gryffindor!

— Ok.. Gryffindor… ¿Entonces?

—Tu—hacía una pausa, no podía creer que ese hombre detuviera su completa honestidad con tan solo esa mirada, pero no, tenía que ser mucho más fuerte si deseaba confrontarlo. –No me has dicho que es lo que quieres de mí.

Damon borraba su sonrisa, una penumbra silenciosa se hacía presente en aquellos dos al escuchar esa última declaración, un abismo profundo comenzaba a formarse entre sus pies separándolos de manera tajante. El pelinegro suspiraba, exhalaba bruscamente empuñando las manos como clara muestra de un enojo que emergía desde lo más profundo de su ser, se pasó los dedos por su cabello sin tener contacto con el rostro de la chica.

La tranquila familiaridad que había imperado entre ambos se disolvió para ser sustituida de manera abrupta por una tensión que les recorrió el cuerpo a los dos como una sensación peligrosa.

— ¿Acaso no te he dado la respuesta?—Replicaba. –Lo que pasó entre nosotros…—La miraba. -¿No significó nada?

Una furia iracunda tomo vida propia en el cuerpo frio del vampiro como si estuvieran vertiendo acido en sus entrañas.

Aquellos ojos aguamarina taladraban su cuerpo, un ligero escalofrío se hacía mas progresivo ante tal actitud defensiva. Damon Salvatore estaba enojado, molesto, su mirada irradiaba furia como si el mar de sus orbes estuviese hirviendo, simplemente el contacto visual entre ambos ahora se intensificaba. Mientras tanto, la castaña pensaba en responderle, debía sacar el valor y la casta de su alma matter a la cual pertenecía, si bien estuvo jugándose la vida en la segunda guerra mágica, tendría que tener aquellas cualidades para luchar por su propia supervivencia o de lo contario las consecuencias serían devastadoras.

—No utilices lo de anoche como excusa Damon. –Dijo tajante sin dejar de mirarlo con fijeza, no escondería su mirada, ni se tragaría sus palabras para no perturbar la santa paz de ese hombre que aun no conocía por completo.

—¿Excusa?, ¡Vaya!, la brujita cada día me sorprende más.—Se alejaba un poco mirándola con algo de ira -¿Qué sigue?, ¿Me convertirás en sapo?

Su lejanía repentina la tomo por sorpresa, tanto, que por un momento su decepción fue tal que le causo una desagradable sensación de pérdida.

—Ganas no me faltan si a eso te refieres. –Fijaba su vista en aquellos ojos que la enloquecían, empuñaba sus manos con la firme intención de mostrarse entera ante él y no claudicar a sus encantos. –Si tan solo fueras honesto conmigo… no habría necesidad de…

—¿De qué Hermione?—El pelinegro la tomaba de las manos mirándola con intensidad, como si aquella respuesta pudiera provocar lo más parecido a una guerra nuclear.

—¡De fingir!

Damon se quedaba pasmado, contrariado por aquello último como si se tratara de un baldazo de agua helada. Relajaba sus músculos, toda la tensión que se había generado en ese momento se evaporaba para concentrarse en sus palabras. A paso lento volvía a la habitación sin dirigir siquiera una mirada, a decir verdad no deseaba verla. La castaña tuvo que tragarse aquella rabia y esa incertidumbre sobre aquel sentimiento que nacía en su interior, apretaba sus puños deseando terminar con todo de una vez y encontrar la forma de liberarse.

—Asi que todo este tiempo… estuviste fingiendo—La voz del pelinegro sonaba taciturna, automática, un pensamiento enunciado en voz alta que deseaba guardarse para si mismo; sin embargo, emergía desde lo más profundo de sus entrañas.

Hermione no contestó, decidió silenciarse para evitar propiciar de nuevo una discusión que no llegaría a una respuesta satisfactoria, al menos no para ambos. Lo miró de espaldas, tan solo observaba sus anchos hombros untados con esa camisa oscura y un pantalón que marcaba a la perfección su masculinidad, su hombría, pues cada musculo en ese hombre era tan perfecto como aquellos modelos griegos que los grandes pensadores acostumbraban adquirir para inspirarse en sus grandes obras.

Se mordió la lengua para no gritarle a la cara que estaba equivocado en sus suposiciones, quería decirle que estaba cansada de fingir no sus sentimientos hacia él, sino mantener una mentira sobre que no le importaban las razones que tenia para haberla obligado a casarse por la fuerza.

Si tan solo fuera sincero con ella y consigo mismo no habría necesidad de fingir que toda su relación estaba cimentada en verdades a medias, en mentiras tintadas de pasionales encuentros que no sabía si eran reales o parte de ese invento que se estaba creando a su alrededor, sustentado en misterios que no hacían más que mortificarla sobre el desenlace que tendría toda esa mierda cuando todo se viniera abajo.

—Soy un imbécil—Respondía sin mirarla. –Un estúpido, pero no más…

No sabía que le dolía mas a Hermione si no poderle explicar sus razones o comprobar que Damon la creía capaz de ser tan ruin como para fingir lo que había sentido en sus encuentros. Cómo era posible que creyera que todos los besos y las caricias que le dio eran parte de una farsa ¡Por todos los demonios! Le entrego todo de ella.

—Damon…

—¡Soy un imbécil Carajo!—Sus ojos negros por fin la enfrentaban, su bestialidad salida a la luz intimidaba hasta el más valiente de los hombres y en el caso de Hermione Granger, le aterraba un poco. Damon estaba molesto.

—Será… mejor que vayas con Stefan, no quiero discutir—Tampoco la castaña se atrevía a observarlo, detestaba sobremanera aquel estado vampírico cuando aquel hombre no podía controlar sus impulsos. Caminó a prisa intentando salir de la habitación sintiendo a los pocos segundos el agarre abrupto de una mano contra su muñeca.

Hermione cerró los ojos esperando que no le gritara, pues si lo hacía, ella tenía su forma particular de protegerse. No iba a permitir que un hombre la intimidara.

—¡Suéltame Damon! –Exigió con voz modulada tratando de ocultar sus emociones.

—No. –Se negó en rotundo sosteniéndola con firmeza. Sacudido por la incertidumbre de que fuera cierto que ella hubiera fingido en la cama mientras hacían el amor.

—Suéltame… Por favor—Hermione desviaba la mirada sin elevar su tono apacible y sereno, tratando de mantenerse tranquila para no empeorar mas las cosas.

-He dicho que no. –Se negaba de nuevo a liberarla de su agarres, esperando una respuesta satisfactoria que alejara sus inseguridades, que le hiciera saber que todo lo que vivieron en sus encuentros era real.

—¿Entonces qué es lo que quieres?—Ella por fin lo encaraba. –Si no estás dispuesto a contestar una simple pregunta entonces no tenemos nada de qué hablar, así que si me disculpas ire a leer un poco si no te molesta.

—No— Dijo monótono aun con la mirada oscurecida y la rabia presente en esa simple silaba.

—¿Solo eso vas a decir?—Puntualizaba. –No, no, no, ¿No?

—No—Damon le sonreía con picardía sin dejar aquella bestialidad que lo definía, divertido al hacerla que se rompiera esa mascara indiferente para ser sustituida por una molestia clara.

Hermione Granger concluía que aquel hombre era más complicado que una serie de preguntas en los exámenes EXTASIS, más abstracto que un cuadro de Rembrandt recién pintado y mas enredoso que el mapa del merodeador mostrando a todos sus estudiantes. Respiraba hondo, no deseaba perder la calma ante su evidente falta de paciencia con aquel vampiro, mordía su labio inferior mitigando los deseos de discutir regresándole una mirada firme.

—Si no tienes nada bueno que decir, es mejor que me sueltes y acudas con tu hermano.

—No— El respondía.

—¡Ya deja de darme negativas carajo!—La castaña instintivamente se cubría los labios sorprendiéndose de aquella manera en que se expresaba, en cambio el vampiro le señalaba con el dedo índice como clara señal de haberla pillado.

—Dijiste una mala palabra—El pelinegro se acercaba lentamente casi rosando sus labios. –Hermione nunca dice malas palabras.

—Tu como sabes…-Ella no deseaba mirarlo, sin embargo era inevitable dada la cercanía tan próxima.

De nuevo sintió arder cada fibra de su cuerpo, cada poro reclamando el toque suave de ese hombre, experimentar de nuevo el filo de la muerte, el peligro, la perversidad. Sus manos comenzaban a temblar, sus piernas se convertían en gelatina al aspirar tan cerca su aroma tan dulce, boscoso y afrutado. Observaba detenidamente sus labios carnosos entreabrirse con cada palabra, reconocía el sabor de su saliva, el licor mezclado en ella, y poco a poco cerraba sus ojos dejándose llevar otra vez por las garras de aquel desalmado vampiro sanguinario.

— ¡Suéltame!…

— He dicho que no—Susurraba suave, lo hacía contra sus labios, no apartaba su agarre de la muñeca como si se tratara de otra extensión misma de su cuerpo. Mientras tanto ella sabía que debía preguntar, tenía que hacerlo o de lo contario continuaría formando castillos en el aire que bien podían derrumbarse con cualquier ventarrón ligero, cualquier palabra, cualquier malentendido, cualquier mentira.

—Si no me dices lo que deseas… lo que deseas de mi, difícilmente podría ayudarte Damon—Le daba miedo la respuesta que pudiera obtener pero no podía seguir fingiendo que la duda no la estaba matando lentamente.

Cerraba sus ojos, esperaba que en cualquier momento estrellara su palma contra la pared o incluso gruñera de manera hostil y despiadada; sin embargo, aquello nunca llegó. Sin perder la cercanía, aquel hombre acariciaba su mejilla con demasiada ternura, con fervor, como si en realidad aquella chica significara para el un tesoro preciado e invaluable. De nueva cuenta se sintió confundida, contrariada, más que de costumbre regresando al mismo punto de partida.

Sintió sus labios pasar por su cuello, por sus mejillas, estaba preparada para recibir otra mordida como la anterior, y otra anterior a esa; sin embargo se equivocaba. Aquella boca se dirigía a su oído para hablar despacio, esta vez calmando cualquier impulso vampírico.

—Si te lo digo, el contrato se destruirá—Hacía una pausa. –Te irás de mi lado para siempre, no volveré a verte, no volveré a tocarte, no volveré a acercarme a ti.

En ese instante, algo en la castaña se movía, un profundo sentimiento desesperado emergió desde lo más interno, sus manos comenzaron a temblar al ritmo que sus labios lo hacían, su corazón volvía a latir tamborileando contra su pecho. Hermione comenzó a sentir angustia, miedo, temor, e incluso pavor por todo aquello que estaba escuchando.

¿Acaso no era lo que deseaba? ¿Acaso no era lo que tanto añoraba desde su falso matrimonio?

Lo miró con intensidad experimentando una rara y peligrosa mezcla de sentimientos encontrados como una poción que difícilmente comprendía. Volteaba de un lado a otro resumiendo que aquella respuesta a su libertad estaba siendo casi concedida, casi otorgada. Debía estar feliz, contenta, sentirse triunfadora al conocer un indicio más amplio sobre la forma de abolir el contrato, la deuda adquirida con su tatarabuelo, pero sin duda el sentimiento más fuerte que se apodero de ella en ese momento era el miedo.

—Entonces, si te ayudo, ¿Podre liberarme?

Las palabras se atoraron en su garganta antes de salir, mas se obligo a ser firme al formular esa pregunta que era decisiva para su futuro.

—¿Tanto deseas correr a los brazos de Malfoy?—Damon por fin abría los ojos, se daba cuenta que aquella declaración dictaminaba una derrota para si mismo.

Le dolía profundamente constatar que su Hermione deseaba librarse de él, lo más pronto posible, quería desecharlo de su vida para hacer de cuenta que nunca existió.

Hace algún tiempo cuando tuvo que enfrentarse al rechazo de Elena y que esta escogiera a su hermano en su lugar, había experimentado una gran decepción, que aun asi en nada se comparaba con la que estaba sintiendo en ese momento.

De nuevo había jugado al amor y terminaba perdiendo, siempre perdiendo, siendo la segunda opción que todas rechazan. Recibía migajas de un amor que nunca podía ser suyo, que no le pertenecía porque era otro el dueño.

—No es eso, no estamos hablando de eso.

—Pero lo amas. —Hermione desviaba la mirada, no deseaba responder de manera obvia, sin embargo aquel silencio prolongado se la concedía, era una respuesta por si misma.

El pelinegro se alejaba poco a poco de ella, la observaba como si en verdad le hubiesen clavado una estaca al corazón y quemado brutalmente. Sus ojos aguamarina se nublaban, pues las lágrimas comenzaban a traicionar sus sentimientos de manera inesperada. Se secó bruscamente con uno de sus puños esbozando de nuevo su triunfal sonrisa, pero en cambio la chica no lo miraba.

Eso era lo que de verdad significaba querer a alguien, amar era abrazarse al miedo y sobreponerse a la destrucción que deja entregar todo con el riesgo de quedarse vacio.

—Debo ir con Stefan, te recomiendo que no salgas de la casa. –Dijo ocultando sus reales sentimientos, no tenia caso mostrarle cuanto le destruía saber que volvía a ser un hombre de segunda para alguien.

Como nunca le faltaban a Hermione las palabras, para explicarse a si misma por que se sentía que la partían en dos, ¿Cómo explicarle a Damon? que lo ama a el, pero que de la misma manera también ama a Draco y que se sentía despreciables por ello.

No quería mentirle, pero tampoco podía mentirse a si misma negando que eso era lo que realmente pasaba estaba enamorada de dos hombres distintos. Los amaba como nunca hubiera imaginado que podía querer a alguien, al punto de sentirse perdida cuando no los tenía a su lado y al mismo tiempo tan culpable sabiendo que no era correcto amarles a ambos.

Sintió un ventarrón de aire cerrar su puerta de golpe, aquel vampiro salió disparado a casa de su hermano dejándola con un centenar de preguntas, en el punto de partida donde difícilmente podría dar un paso. Pasó saliva con dificultad como si se tratara de hiel pura convenciéndose que cualquier intento de conversación con ese hombre era equivalente a entablarla con la pared. De nuevo llegaba la frustración, el enojo, la molestia, la rabia contra si misma por no saber luchar como se debía claudicando como un títere ante sus encantos.

Con las mejillas enrojecidas, los puños apretados y los ojos llenos de impotencia se dirigía a tomar de nuevo el libro para investigar mas sobre los acontecimientos de Mystic Falls. Si bien aquel carcelero no estaba dispuesto a otorgarle con claridad una respuesta, ella misma la encontraría incluso por debajo de las piedras, las tumbas o cualquier resquicio histórico que albergaba ese pequeño pueblo que escondía más que ruinas.

Había leído una historia relacionada con la diosa de la luna, aquella que relataba claramente el momento que entregaba su corazón a un semidios llamado Endimion. Al principio no comprendió la correlación que pudiera tener con el pueblo, con esa tal Katherine Pierce o incluso con los hermanos Salvatore; sin embargo, cada línea, cada palabra escrita provocaba en ella cierta inquietud logrando así que la simple lectura le atrapara de forma considerable. Había leído anteriormente algo relacionado con la mitología griega, la tiranía religiosa de aquellos años donde las creencias orillaban a los humanos a adorar a esas deidades tan imponentes, pero ninguna de ellas lograba acaparar su atención como esa. Era como si en realidad aquella pareja le provocara nostalgia, tristeza, una opresión en el pecho difícil de descifrar.

Descartó aquel manuscrito colocándolo en su bolso extensible, no consideraba prudente dejarlos a la vista de su marido. Decidió que no era conveniente permanecer en la habitación, necesitaba aire fresco, salir de esa maldita prisión y tener contacto con la naturaleza; siempre le gustaba despejarse y aclarar su mente para dedicar toda la concentración en sus tareas. Así era ella, y esta no sería la excepción. Tomó los libros dirigiéndose a pasos agigantados a la salida de la casa caminando hacia el jardín, observó la fuente de cantera acercándose lo suficiente para tomar asiento y dejarlos sobre la pila seca para comenzar a seleccionar el siguiente en su lista.

Fue en ese momento que uno de los encuadernados no coincidía con la forma o textura de los otros. Enarcó una ceja poniendo especial cuidado en aquel que tenía empastado de piel de ternera. Hermione conocía los libros, todos y cada uno de ellos habían pasado por sus manos al grado de conocer su aroma, su grosor, cada rasgo que lo hacía distinto a los demás; sin embargo el que ahora sostenía era peculiar, incluso podría catalogarlo como informal debido a su tamaño. Aquel no era un libro, era un diario.

—¿Un diario… en una librería?—Se sorprendía al echar un vistazo rápido a todas las páginas que claramente estaban escritas con puño y letra de su dueño. Dentro de él existían anotaciones, leyendas, citas, fechas, cada memoria transcrita en esos trozos de papel redactando cada paso y vivencia.

Se dirigió al inicio tocando con su dedo el rugoso papel marquilla que en aquel entonces; era usado para fabricar esas singulares y antiguas piezas. La caligrafía databa del siglo XVIII, a mediados de la época victoriana, pues cada trazo se intercalaba a los otros formando oraciones largas y un tanto extensas. Sin embargo para Hermione era lo equivalente a leer un menú de restaurante; ese mismo estilo de escritura era idéntico al de todos los libros de la biblioteca en Hogwarts.

—Jhonatan Gilbert—Se detuvo un momento en el nombre del autor. –Gilbert, Gilbert…

—Elena—Se llevaba una mano a la boca comprendiendo que debía tratarse de uno de sus antepasados.

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Septiembre 5 de 1864

Mi corazón esta abatido, confundido a niveles que ni yo mismo alcanzo a comprender, ¿Acaso hice mal en entregarla como si nada ante el consejo?, no… Hice bien. Su rostro, sus ojos llenos de miedo y tristeza al saberse descubierta aún me persiguen, sin embargo creo que una parte de mi sigue fascinado con su belleza, con su efímera y diabólica belleza.

No debo rendirme, mi deber con mi pueblo, con mi gente es atraparlos a todos, llevarlos a rastras a cumplir la peor condena del ser humano, pues no somos nadie para juzgar, pero él si lo hará, él es quien decidirá el destino sobre esas torturadas almas que han sabido mezclarse como seres normales. ¿Cómo es que salen a la luz del dia?

He visto a Pearl, a su hija Annabelle caminar por este pueblo mientras el sol las bañaba con su calor, ¿Evolución?, ¿Un apocalipsis?, ¡Maldigo la hora en que entregué mi corazón aun ser impío!, merecedor de nada. Me arrepiento ser como aquel cordero que tan ingenuo se dirige a los aposentos del lobo hambriento, del depredador más sanguinario… Del depredador más hermoso que en toda mi vida habían contemplado mis ojos.

Hoy será distinto, Giusseppe y sus hijos se nos unirán a la causa. Los Salvatore son sin duda alguna los más fieles seguidores que este consejo jamás ha tenido.

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Hermione detenía su lectura, concluía que ese tal Jhonathan Gilbert además de ser el antepasado de Elena, también conoció a los hermanos Salvatore. Tenía que remarcar el dato para analizarlo cuidadosamente y como siempre armar el rompecabezas; eso mismo había servido en el pasado al descubrir las propiedades de la espada de Godric Gryffindor así como la influencia en la aniquilación de los Horrocruxes. Tomó un bolígrafo subrayando aquellas frases, nombres relevantes que podrían servirle continuando con su lectura.

Por primera vez desde que empezaba su búsqueda encontraba un dato relevante para su investigación y eso la animaba, su corazón comenzaba a latir con fuerza renovada, dividida entre la alegría y el miedo de descubrir los secretos que guardaba tan celosamente Damon Salvadore.

Sospechaba que no era casualidad que ese diario terminara en sus manos, tampoco lo consideraba un golpe de suerte, estaba segura que todo había sido premeditado, aunque no conocía a ciencia cierta al dueño de la librería algo en su interior le decía que tendría que agradecerle su hallazgo y preguntarle si el sabia más de lo que pretendía de todo ese asunto de locos.

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Noviembre 8 de 1984

Por fin logramos darles caza a todos los vampiros, fue una ardua labor; sin embargo aún pienso que nuestro trabajo todavía no está hecho. ¿Quién iba a pensar que Damon y Stefan sucumbieran ante los diabólicos encantos de Katherine Pierce? He observado el rostro triste y abatido de Giussepe, está inconsolable, sufre a su manera, siempre escapando gracias a un buen licor por las tardes, aunque si puedo decirlo… Sus niveles poco convencionales de beber provocarán en el una prematura muerte.

Tengo en mis manos aquel invento que logré crear gracias mi ingenio, ¿Quién diría que una simple brújula pudiese darme la identidad de los chupasangre?, Gracias a esto puedo no solo alertar a mi pueblo de futuras amenazas, sino prevenir a otros de posible ataques de los vampiros.

Hoy tuvimos junta plenaria en el consejo, Forbes, Lockwood e incluso Giussepe acudieron a la minuta; no obstante tenemos nuestras dudas. Esperemos que ningún vampiro pueda huir de las cenizas y de su maldito destino.

Por otro lado, no se encontraron los cuerpos de Damon y Stefan, me siento culpable al observar la forma en que su padre les disparó a ambos a sangre fría. Creo que si hubiese sido mi caso no permitiría que ninguno de mis hijos estuviera del lado de los chupasangre… Pero son mis hijos, yo no tendría las entrañas que tuvo Giussepe.

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La castaña ahogaba un grito, la última vez que conversó con Stefan al respecto había omitido el detalle sobre su padre. Apretaba un poco mas el manuscrito escuchando a su alrededor el chirrido constante de los grillos, el viento soplando en su oreja y la penumbra envolviendo el jardín de aquella casa. Sintió que su corazón se apretaba, una lagrima se deslizaba por su mejilla al darse cuenta que los padres podían tener intenciones buenas y con eso dañar profundamente a los que amaban.

Podía comprender las razones que tenia Stefan para no revelar como su propio padre los había "asesinado" a sangre fría, era algo demasiado duro y terrible, tan devastador para quien escuchara esa terrible historia y suponía que sería aun peor para los protagonistas.

—Maldita Katherine…- Alcanzó a decir en voz baja volviendo a tomar el diario para leer otra de las páginas, tratando de aplacar la rabia que sentía al pronunciar el nombre de aquella mujer que había arruinado la vida de los Salvadore.

. . . . .

Febrero 6 de 1865

Los cuerpos de Damon y Stefan siguen sin aparecer, cada que toco el tema con Giussepe siempre resulta con evasivas. Probablemente su etapa de negación y de culpa lo obligue a recordar que alguna vez tuvo hijos… Conocí a su esposa Madelaine, mi mujer ayudó con el parto de Damon; aún recuerdo sus palabras al mirarlo.

"Mi pequeño cielo azul"

Aun me siento culpable al presenciar su asesinato.

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La castaña decidió cambiar de página en busca de más hallazgos, ahora comprendía que la razón por la que los cuerpos no fueron encontrados, fue por convertirse en vampiros. Respiró un momento volviendo a recordar las palabras de Stefan; al principio le costaba trabajo enlazar todas las conjeturas, pero ahora podía tener una primicia mas concreta de la situación. Se colocaba una mano en el mentón mirando a ambos lados del jardín esperando a que nadie llegara de improviso para continuar con su lectura.

No quería no imaginar cómo se pondría Damon si descubría que ella por sus propios medio estaba esclareciendo al menos una pequeña parte de todo ese misterio.

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Agosto 9 de 1865

No sé qué es lo que pasa en este lugar, Forbes ha muerto y considero que ahora van por Lockwood. No podemos alarmar a todo el pueblo diciendo que los vampiros han vuelto. Sabía que era imposible erradicarlos a todos a pesar de la caza que les dimos el año pasado; sin embargo tengo algunas conjeturas, espero que mis suposiciones no sean ciertas y que los hijos de Giussepe no sean lo que más odiamos.

Hoy discretamente intente con la brújula descubrirlos pero no dio resultado, la punta no se movía de su lugar; por otro lado Emily Bennet se mostró interesada en aquel artefacto, mencionaba que siempre era bueno purificarlo de auras malignas. Muchos decían que ella era una bruja, pero no daba crédito a esas cosas, simplemente la quema de mujeres inocentes en Salem se debió sencillamente al temor que se tenía sobre las denominadas… "Sirvientes del mal".

Emily era la doncella de Katherine, y no comprendo la razón por la que resultó ilesa de los colmillos; siempre se ha distinguido por ser reservada aunque enigmática, nunca hablaba de si misma ni de su antigua señora.

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—Emily Bennet, una bruja—Hermione salía de su concentración tratando de encontrar a alguien descendiente de esa mujer, tenía que descubrir su árbol genealógico y de esa manera desenredar el misterio que envolvía a Katherine.

Dejaba la lectura por un momento volviendo a la pregunta principal que llevaba haciéndose desde el instante que contrajo nupcias con ese vampiro. Se levantó de la pileta encaminándose de nuevo a la casa escondiendo debidamente los manuscritos en su bolso extensible, se alisó el cabello dando un largo suspiro sintiéndose más tranquila al saber más cosas relacionadas con los vampiros de Mystic Falls. Sabía que Damon no le diría frescamente sus intenciones, pero le quedaba claro que ahora se convertía en una chica indispensable para sus planes; y ahora solo le quedaba hilar todo lo que había descubierto con su objetivo principal.

La razón por la que Damon la necesitaba.

"Si te lo digo… te irás de mi lado y no quiero eso"

Quería que se quedara por que la amaba, solo porque necesitaba utilizarla para sus fines o un poco de ambas cosas, el problema sería cual era la razón de mayor peso, la mas poderosa; el amor o el interés.

"Mis intenciones contigo las sabrás a su debido tiempo"

Se sabía utilizada y eso le dolía, mas se aferraba a la esperanza de que quisiera mas de ella que solo emplearla para sus fines, fueran cual fueran estos.

"Tu tatarabuelo decidió venderte, y resultas bastante útil para mis planes"

A veces sospechaba que incluso el había diseñado sus planes desde antes de esa venta, que de hecho el había propiciado que su Tatarabuelo se viera en la necesidad de comprometerse a tal punto que no le quedara más remedio que vender a su primera descendiente mujer.

— ¡Que carajos quieres de mi!—Lograba exasperarse dando grandes zancadas a la sala donde una chimenea cálida la esperaba. Comprendía que aún seguía obsesionado con Katherine Pierce pero era imposible, de acuerdo a lo ya leído aquella vampira estaba hecha polvo, había sido capturada por los miembros del consejo fundador del pueblo como parte de la redada general en aquel entonces.

Se sirvió una copa generosa de licor dirigiéndose a la charola, fijaba su mirada en la chimenea escuchando el crujir de la madera calcinada y junto a ella, todas las ideas que revoloteaban en su cabeza como si trataran de confundirla. Recargó sus manos en la mesa recordando un hecho parecido en el colegio Hogwarts; siempre que lograba sentirse de aquella manera tan idéntica decidía escribir sus ideas en trozos de papel para formar pequeños pajaritos, de esa forma podía tomar uno por uno para resolverlo y así aminorar sus dificultades.

Ahora la situación era mucho más complicada que tratar de aprobar sus exámenes TIMO.

*o*O*o*

Amar, es perder antes que ganar,

Es entregar antes que pedir,

Es sufrir antes que ser feliz.

Amar, es abrazar al miedo y sobreponerte a la destrucción,

Es abandonarte a la incertidumbre de los afectos,

Aferrarte a la esperanza aun en la oscuridad de las dudas,

Es atreverte a dejar caer las defensas,

Es estar dispuesto a morir o matar.

HG

*O*

Decidió no tomar el camino corto, necesitaba calmarse un poco, pero sobre todo pensar en la mejor manera de sobrellevar la situación. Se internó en el espeso bosque de Fells Church que conducía al nuevo paradero de su hermano. El crujir de hojas lograba escucharse en algunos metros a la redonda como parte de la oscuridad y la penumbra que ahora lo cubría todo.

Daba gracias a su misma suerte que no hubiese luna llena, no le agradaba la idea de sugestionarse con la presencia de algunos hombres lobos. Su mirada se fijaba en la nada y a la vez en aquel camino rocoso que transitaba, sus pensamientos estaban dirigidos a su casa donde una castaña lo esperaba con una respuesta, una muy concreta; sin embargo él no se la daría ya que tendría sus razones para privarla de ella.

Sabía con exactitud qué pasaría si llegaba a contarle sobre sus intenciones y el resultado no seria para nada agradable para ninguno de los dos, pero especialmente para el, la perdería definitivamente. Hermione amaba a otro hombre, en cuanto no hubiera contrato de por medio terminaría siendo solo un mal recuerdo en la vida de la castaña.

Escuchó a lo lejos el caer de las imponentes cascadas, aquel sonido lo atrajo como si se tratara de un cantico de sirenas que lo llamaba. Se acercó a paso lento, no tenía prisa aún de llegar con Stefan y observar la mirada acusatoria de Elena Gilbert sobre su matrimonio con Hermione; no obstante, estaba preparado para el mar de preguntas que le harían una vez llegando de visita.

Le venía bien un momento a solas para retomar sus fuerzas y volver a construirse esa mascara llena de sarcasmos tras las cual ocultaba sus verdaderos sentimientos.

Cruzó sus brazos, fijó su mirada en el agua cristalina que ahora reflejaba el brillo de la luna. Siempre que su corazón se afligía le encantaba acudir a ese sitio para sentarse en la orilla junto a una botella de Weaskey, y si era acompañado de una suculenta presa de medidas proporcionadas… Mucho mejor. Esta vez permaneció de pie, sus ojos azules contemplaban la quietud del lago envidiándolo un poco, deseaba tener la misma tranquilidad y serenidad que ahora le faltaban.

No dejaba de pensar en la tumba, y por alguna razón recordó esa noche en que murió su humanidad, aquella misma en que su amada Katherine fue apresada cruelmente para seguramente asesinarla. Se acuclillaba tomando una pequeña roca y lanzarla al acantilado donde una siniestra agua la esperaba. Dio un largo suspiro pensando en su padre, comprendió finalmente que había hecho lo correcto; al menos, eso le gustaba pensar.

Escuchó las pisadas de otra persona acercándose al mismo punto donde se encontraba, por instinto volteaba rápidamente para darse cuenta que detrás suyo estaba la persona que competía por su amor con la castaña. Un rubio vestido con unos jeans, una camisa de color gris y unos zapatos deportivos había hecho acto de presencia. No le agradaba en lo absoluto, lo consideraba un estorbo, un enemigo más a su interminable lista; sin embargo decidió esbozar una sonrisa fingiendo sorpresa.

—Malfoy—Se adelantaba un paso. -¿Aprovechando que no estoy en casa para acercarte a mi esposa?

Draco sonreía de la misma manera, aquel platinado no permitiría que nadie le ganara la partida. Se acercó un poco para encararlo cruzándose de brazos de manera despreocupada, dio un largo respiro para después sacar un cigarrillo y encenderlo. Al soltar la primer bocanada lo apuntaba con el dedo índice para responder.

—¿Crees que lo hago?—

—No lo sé, dicen que las ratas son rastreras por naturaleza y acostumbran rondar las viviendas ajenas —Damon colocaba su mano en el pecho fingiendo aflicción. –Perdón, no era mi intención ofender… a las ratas.

—¿Tan alto es tu grado de inseguridad que piensas que en cualquier momento puedo hacerlo?, ¡Vamos hombre!, eso no habla bien del tan famoso Damon Salvatore.

—Así que ya te han hablado de mi—Alzaba los hombros. –Bueno, mi fama me precede, siempre acostumbro dejar huella en los lugares menos inesperados y más… tratándose de mujeres, digamos que tengo un toque especial con ella.

Draco observaba la forma tan petulante que aquel vampiro se enorgullecía de si mismo, consideraba que en algún momento se encontraba hablando con un espejo tan parecido en carácter y personalidad que se cuestionaba sobre la suya propia. Daba otra calada a su cigarrillo demostrando una tranquilidad que en verdad distaba mucho de conservar, pues ahora en ese bosque bien podía ser una presa fácil para aquel desalmado.

—No de todas—El rubio le lanzaba el primer aguijonazo.

—¿A no?

—Exacto Damon—Respondía de inmediato el platinado. –Puede que tus encantos puedan deslumbrar a muchas mujeres pero creo que conoces poco sobre Hermione Granger.

—Y otra vez hablando de ella… ¡Ya supéralo albino!—Damon replicaba con amplio sentido del humor. – Está casada conmigo, te guste o no, así que te recomiendo ir a un crucero de verano donde podrás conocer a otra chica que te haga olvidarla, o bien puedes beber hasta vomitar tus asquerosas entrañas—Se acercaba un poco más a él para observarlo.

—Draco Lucius Malfoy—Levantaba el dedo índice. Mientras tanto aquel rubio enarcaba una ceja al darse cuenta que lo había llamado por su nombre completo.

—Hijo de Lucius Abraxas y Narcissa Malfoy, perteneces a la casa de las serpientes de la cual no me acuerdo del jodido nombre—Reía un poco sin dejar de observarlo, y en aquel instante Draco comenzaba a alarmarse sobremanera, pues era evidente que aquel vampiro sabía mucho más de el.

—Ególatra, petulante, niño mimado, ricachón, y trabajabas para Lord Skeletor...

—¡Cómo carajos...!

—Eso no es todo—Lo interrumpía. –Has pisoteado a todo cabrón que se atreva siquiera a mirarte los bonitos zapatos de charol que papi te compraba y…- Se acercaba a milímetros de su rostro con expresión triunfante, mostraba sus dientes como clara señal de apuntarse una victoria ante aquel rival que tenía en frente. – Has humillado, pisoteado, burlado de aquella a quien precisamente dices amar—Hacía una pausa escuchando la garganta de su adversario pasar saliva con dificultad.

Se sostuvieron la mirada, mas sin duda el color gris en los ojos de Malfoy se había apagado ante la abrazadora verdad, mientras que el azul aguamarina de Damon burbujeaba con una implacable furia y sed de venganza.

—La has llamado Sangre Sucia Inmunda y debo decirte… imbécil rubio de mierda, que Hermione Granger tiene la sangre más dulce, deliciosa, suculenta y excitante que jamás he probado en toda mi vida.

—Cómo es que…

—Hermione Jean Granger… o debo decir, Hermione Salvatore, es la mujer más inteligente, hermosa, suculenta, despampanante y enigmática que podría volver loco a cualquier hombre—Fijaba sus ojos aguamarina en aquellos grises que comenzaban a llenarse de preocupación. –Por eso ahora tiene a un hombre, uno de verdad que verá por ella hasta el final de sus días, así que más te vale largarte de este pueblo o te sacaré las entrañas para fabricarme una puta corbata con ellas… Draco Malfoy, Príncipe de los payasos.

—¿Cómo me llamaste sanguijuela?

—De ningún modo saco de carne.

—Murciélago de cuarta

—Al menos yo si tengo nalgas—Retaba Damon con una sonrisa burlona.

—A Hermione le gustan

—Disto un poco de eso Ricky Ricon

—¿Quién putas es Ricky Ricon?- El rubio enarcaba una ceja, no era la primera vez que le llamaba así y no tenía ni idea a que se refería, aunque parecía que no era nada bueno.

—Goléalo idiota.

Ambos hombres se miraban con ganas de asesinarse, arrancarse la cabeza y arrojarla al vacío del acantilado que tenían a unos metros de distancia. Los ojos de Draco se posaban en el mar siniestro de Salvatore reclamando su territorio, aquel que le fue arrebatado gracias a unas intenciones ocultas y misteriosas. Por otro lado el pelinegro solo lo observaba, muy a su pesar consideraba que aquel chico estaba perdidamente enamorado de su ahora esposa, lo notaba en su mirada, en la forma que empuñaba sus puños como clara señal de impotencia y derrota.

—Te arrepentirás Salvatore—Puntualizaba el rubio. –No permitiré que un maldito vampiro la tenga en sus manos— Se acercaba un poco mas hasta levantar sus cejas sonriendo con descaro y desafío. - ¿Dime que es lo que quieres de ella?

El pelinegro no disminuía la longitud de su sonrisa, seguía contemplando a su rival de amores con demasiada curiosidad. Deseaba saber hasta dónde podía llegar ese petulante hombre para conseguir lo que deseaba, sin embargo, estaba claro en una cosa. El no perdería, y si para eso tendría que sacarle el corazón del pecho, lo haría sin dudar ni un segundo. Relajó sus músculos clavando su mirada ennegrecida en su enemigo, mostraba a la perfección un par de colmillos afilados para responder a tan atrevido argumento.

—Los planes que yo tenga con mi mujer, son asunto mío, asi que te sugiero pelmazo rubio que te alejes de mi territorio o no dudaré en hacerte puré de serpiente, espero que te quede claro, príncipe de los Payasos.

—Yo no amenazaría si fuera tu—Interrumpía el platinado. –Si no te alejas de Hermione, seré yo quien te aniquile. –Damon abría los ojos fingiendo sorpresa.

—-¡Ah si!, ¿Cómo si se puede saber?—Se relamía los labios colocando la punta de su lengua en uno de sus colmillos. –Debo aclararte una cosa bolsa de sangre desabrida—Le apuntaba con el dedo en el pecho haciéndolo retroceder un poco. –Nada me cuesta arrancarte la puta cabeza y ofrecer un festín a los peces.

—Lo mismo digo Damon—Se apartaba un poco de su presencia mirándolo de pies a cabeza. Caminaba lentamente, cada paso que daba le servía para estudiar a su oponente. –Tal vez no lo sepas, o mejor dicho lo ignoras pero… No eres el único con sorpresas aqui. –El pelinegro solo alzaba los hombros al apreciar tal muestra de petulancia.

—No me digas—Alzaba un poco sus manos para interrumpir con algo de gracia, se giraba hacia el rubio mostrando de nuevo su triunfante sonrisa.- Fuiste bailarina exótica, no… yo creo que de noche eres Travesti—Soltaba una risotada. – Aunque si te imagino quizá me anime a pagarte una noche.

Draco solo apretaba sus labios aflorando su descontento y su rabia, respiraba profundo para continuar evitando generarse una molestia peor.

—No imbécil, y si lo fuera sería lesbiana. –Proseguía. –Fui un mortífago.

El pelinegro no se inmutaba, conocía esa palabra a la perfección debido al tiempo que estuvo cuidando a la castaña durante la persecución. Más de una vez escuchaba de los labios de su ahora esposa el insistente luchar contra aquellos encapuchados, los cuales le parecían una versión retorcida del Darth Vader en viaje a las estrellas.

—Mira Malfoy, no me importa si fuiste o eres Sarcófago, Mortaja o Travesti, lo que hagas con tu vida y con tu culo me tiene sin cuidado, ahora si me disculpas tengo asuntos que atender, y ni se te ocurra visitar a mi esposa o ya sabes lo que sucederá—El pelinegro se apartaba de su presencia, no deseaba ser el causante de un enojo más por parte de la castaña, le había prometido no dañar a sus amigos y por mucho que le desagradara, Draco Malfoy era uno de ellos.

No había caminado tres pasos cuando sintió un dolor desgarrador en todo su cuerpo, parecía que millares de estacas de madera fueran enterradas en lo más profundo de su carne haciendo círculos destrozando sus entrañas. Cayó de bruces tratando de liberarse, sin embargo aquella tortura lo dejaba fuera de guardia evitando siquiera intentarlo. Deseaba voltear para observar cara a cara a su atacante, no obstante el ardor que sentía en cada poro de su piel interrumpía cualquier defensa de su parte.

—Qué demonios… Malfoy… Maldito hijo de… puta— La bestialidad del vampiro salía a la luz, la negrura de sus ojos trataron de concentrarse y enfocar a su objetivo, pero todo aquello le recordaba a la misma magia que realizaba Bonnie, la amiga de Elena.

—Crucio— Escuchó la voz de Draco recitar de nuevo, y por más que lo intentaba, sus esfuerzos por salir de todo aquello eran inútiles. – Te dije que confesaras por las buenas, pero… No eres un hombre con el que se pueda negociar –El platinado soltaba una carcajada sonora creando otro rayo de luz desde la punta de su varita. Le estaba torturando con aquel maleficio imperdonable que en más de alguna ocasión Damon le tocó presenciar justamente con Hermione en una mansión oscura donde una mujer se daba un festín psicodélico torturándola.

—Me las pagaras… juro que más te vale asesinarme o…

—¡Cállate cabrón!—De nuevo le lanzaba otro rayo.

Un crucio, uno verdaderamente fuerte surgía desde las entrañas, alimentado con el más infinito odio, cuando se conjuraba se sentía correr por la sangre haciéndola hervir, podía percibirse como un calor sofocante e implacable como el fuego maldito, corria con suma velocidad por las venas, la piel y cada fibra sensible del cuerpo hasta que la magia salir despedida en forma de maldición por la punta de la varita.

Cuando explotaba en un rayo de luz que se impactaba de lleno contra su víctima, el calor se convertía en euforia, en un golpe de adrenalina que lo sacudía y podía ser confundida con algo muy similar a la felicidad. Pocos, muy pocos magos y brujas eran capaces de conseguir aquel grado de fuerza en esa maldición, entre esa corta lista estaba Bellatrix y ahora también Draco.

Draco apretaba los dientes con fuerza hasta hacerlos rechinar, estaba furioso con aquel aberrante ser de la noche que le había arrebatado sus sueños de un solo golpe. El rubio no era una persona de naturaleza malvada, había sido llevado a los límites por diversas circunstancias en su vida, ahora se estaba jugando el todo por el todo.

Se había prometido no volver a permitir que los demás rigieran su vida, no toleraría que ningún jodido vampiro con oscuras intensiones le arrebatara lo que más amaba en la vida. Estaba cansado de dejarse llevar por la corriente, era tiempo de ajustar cuentas y lo haria a su manera aunque no fuera de la forma más ortodoxa posible.

El poco sabia del amor, en toda su vida solo ha amado una mujer y por ella estaba dispuesto a morir o matar de ser necesario.

Uno, dos, tres, cuatro veces aplicó el mismo maleficio hasta desquitar cada una de las cosas que le hizo. Odiaba a Damon Salvatore, deseaba borrarlo de la faz de la tierra para demostrarse a si mismo que seguía siendo tan letal como su padre deseaba. Le había quitado a la mujer, a la única a quien entregó su corazón por mucho tiempo en el silencio, y mientras aplicaba la tortura, una sonrisa triunfante se dibujaba en sus labios, disfrutaba deliciosamente el sabor que provocaba vengarse de aquel maldito chupasangre que le robo su tesoro más preciado.

Conjuro maldición tras maldición con rabia, con toda la furia y el odio del que era capaz, ya ni siquiera era necesario conjurar en voz alta, sus labios se apretaban en una mueca de asco y en su mente se formulaba una y otra vez el mismo hechizo…

Crucio…

—Esto es por quitármela— Conjuraba el hechizo con mano firme, con los hombros tensos y el cuerpo erguido. Mostrando todo el orgullo de los Malfoy en su porte.

Crucio…

—Por casarte… con ella. —Sus pupilas dilatadas hacían que sus ojos grises parecieran negros, mucho más al recordar que ese despreciable vampiro se caso con Hermione, era tanto como echar sal a una herida que le escocía como el infierno.

Crucio…

—Esto es por mi—Volvía a aplicar la maldición. –Por que para ella seré un héroe, su caballero… ¡Crucio!

Damon se retorcía de dolor abrazándose a si mismo, su bestialidad no disminuía conforme la tortura transcurría. Reconocía haber subestimado ingenuamente las capacidades letales de su enemigo, y en ese momento recordaba las palabras de alguien importante en su vida, alguien que conoció justamente después de su conversión a vampiro.

"No hay enemigo pequeño"

Aquella frase se grababa en su memoria imprimiéndose mientras sufría, pensaba en lo tonto que había sido imaginar que nada en la vida podía dañarlo, no obstante ahora podría ser su fin a manos de un hombre celoso del cual hasta ese momento consideraba un tanto inferior a él.

Al paso de los minutos no tuvo fuerza suficiente para levantarse, necesitaba sangre para alimentar su cuerpo y difícilmente sus músculos podían responder cualquier orden por más mísera que fuera. Cerraba sus ojos, se juraba a si mismo aniquilara a ese rubio no sin antes hacerlo sufrir de la manera más gloriosa, pues aquella venganza, debía tener el sabor más dulce que la ya mencionada.

Aún en el suelo, escuchaba los pasos tranquilos de Draco acercarse a su cuerpo, así mismo un crujir de madera se hacía presente seguramente al tomar un trozo y cortarlo.

—¡Ahgg!- Aquella vara se incrustaba en su estómago debilitándolo más de la cuenta.

—Ahora vendrás conmigo, espero que esto te sirva para no llamarme… príncipe de los payasos.

La mano del platinado se posaba en su hombro para desaparecer de aquel bosque donde solo quedaba la escenografía del acantilado, el brillo lunar acariciando las aguas del tranquilo lago y así mismo… Un hermano esperándolo. Damon Salvatore no acudiría a la cita.