¿Una actualización? ¿Tan pronto? Pues sí. Y tengo otra noticia: Finalmente pude abrir una cuenta de Buy me a Coffee, esto es un sitio de donaciones para apoyar a creadores freelance, el chiste de esto es que se dona lo equivalente a un café. Si les gusta lo que hago y tienen algún billetito que les ande estorbando, pueden encontrarme en la página de ko-fi punto com /azulalvarez

Muchas gracias por su apoyo.

Yenapa: Ahora lo sabes jaja.


LIBRO TRES

XX

Ascenso

Un par de meses muy provechosos era lo que habían ganado los miembros del Gremio de Ladrones. Poco a poco habían ido recobrando el respeto de la gente de Skyrim y sus negocios habían comenzado a fluir bastante mejor que antes, había un par de personas interesadas en convertirse en los nuevos miembros, el Jarro Ajado cada vez lucía mejor y el interior de la cámara que resguardaban los tres líderes del Gremio se llenaba poco a poco con las riquezas que habían estado acumulando. Después de un año, Sirion se había adaptado bien a liderar y Brynjolf y Delvin le habían enseñado a llevar parte de la administración del Gremio.

A pesar de la bonanza y de lo cómodo que se sentía entre todas esas personas, el corazón de Sirion seguía escapando de vez en cuando tras Isildë. Le enviaba cartas con mensajeros de su confianza de vez en cuando, pero ella nunca respondía. Tampoco es que Sirion esperara que lo hiciera, la conocía demasiado bien, pero eso no significaba que la entendiera mejor. Brynjolf insistía en que debía tener sus motivos para no salir de Hibernalia, pero ni él mismo parecía convencido de eso y cuando Sirion le cuestionaba, él simplemente se encogía de hombros y continuaba con sus asuntos.

Karliah, tal como había dicho, se había marchado al Salón de los Ruiseñores. Sirion se paraba por ahí de vez en cuando, había dejado de tener ese hueco en el estómago cada vez que la veía y se sentía cómodo en su presencia. La elfa le había estado enseñando las técnicas que ella misma usaba con el arco, también sus conocimientos sobre alquimia y algunos trucos más para pasar desapercibido entre las multitudes y los guardias. Con el entrenamiento, la espalda del khajita se había ensanchado y en su mirada difícilmente se notaba algún atisbo de duda. Era un líder eficaz, asertivo y práctico, cualidades que llevaba también en su vida diaria y personal. Los esfuerzos de Karliah finalmente habían rendido frutos cuando Sirion por fin accedió a contarle más sobre Isildë. Sólo guardó para sí los detalles sensibles y su nombre, para Karliah sería conocida como Silver simplemente y su curiosidad no hacía sino crecer, quería conocer a aquella persona en algún momento.

Sirion estaba sentado a una de las mesas del Jarro Ajado, uno de los ladrones reclutas estaba fumando cerca y el olorcillo le recordaba a Isildë y su malsana obsesión con el tabaco. Sonrió para sí. Una risa estruendosa de Brynjolf lo trajo de vuelta de su ensimismamiento y le rió la gracia también para después tomar una cucharada más del estofado que tenía en frente. Dejó la cuchara de vuelta en el cuenco cuando el techo retumbó dejando caer algunos guijarros al agua. Boom. Se puso de pie. Boom. Un sonido como un trueno que hacía temblar los cimientos de la ciudad. Un rugido. Un dragón.

-¡Bryn, conmigo!- le gritó al pelirrojo mientras salía disparado al atajo que daba al cementerio de Riften.

-¡Te sigo!- le respondió él.

Fuera, la gente gritaba y buscaba ponerse a cubierto dentro de las casas mientras los guardias gritaban órdenes e intentaban no entrar en pánico. Una coraza plateada y azulada cubría a la mole que se dedicaba a lanzar una brisa helada que destruía las frágiles estructuras de madera que se cruzaban a su paso. Sirion miró a Brynjolf.

-¡Que se pongan todos a cubierto! Si vuelve, que te ayuden a llevar a la gente a la Ratonera.- y echó a correr de nuevo.

Brynjolf asintió y empezó a gritar órdenes a la gente. Sirion se colocó dentro del campo de visión del dragón. La criatura lo miró y sus ojos parecieron encenderse con un fulgor dorado.

-Dovahkiin...- gruñó.

-¡¿Vienes por mí, no?! ¡No creo que puedas alcanzarme!- gritó Sirion con tono burlón y corrió hacia las puertas de la ciudad.

El dragón rugió con mayor ímpetu y alzó el vuelo, pero Sirion se mantenía bajo los techos, junto a los muros y zigzagueaba de modo que al dragón le costaba seguirle con la mirada. Sirion alcanzó las puertas, le hizo una seña a los guardias para que lo siguieran y los guió hacia el bosque.

-¡Quiero a los arqueros en perímetro, intenten darle en las alas! ¡Que no vuele! ¡Espadas y mandobles conmigo, procuren que no los golpeen!- indicó Sirion mientras desenvainaba las dos espadas de ébano que llevaba. Nadie cuestionó en medio del calor del momento.

El dragón sobrevoló la arboleda y los guardias se pusieron a cubierto en los troncos de los árboles. Los arqueros disparaban sin tregua hasta que lograron hacer que se viera obligado a aterrizar.

-¡Ahora!- gritó Sirion corriendo hacia él.

La bestia dio un coletazo llevándose en el golpe a varios guardias, Sirion y un par más lograron esquivarlo y se colocaron a la altura de su pecho, el resto lo rodeó e intentaban distraerlo, con algo de éxito. La coraza hacía vibrar las espadas con cada golpe pero algunas escamas se desprendían cada vez. Sirion encontró un punto en medio del pecho donde se caían con mayor facilidad, usó la punta de la espada intentando hacer una palanca y soltó una bastante grande, dejando un espacio blando y en carne viva. El dragón rugió con furia, retrocedió y lanzó a Sirion y a los guardias con un zarpazo. La espalda del khajita golpeó contra el suelo, las espadas salieron volando, su caja torácica retumbó y sintió que le faltaba el aire. Con la vista nublada retrocedió, le llevó unos segundos recuperarse, localizó una de sus espadas y se lanzó hacia ella para recuperarla. Esperó el momento, los guardias hicieron que el dragón perdiera de vista a Sirion y él aprovechó para correr y hundir la espada en el punto blando que había abierto antes. La sangre cálida le cubrió el brazo, el dragón volvió a rugir y trató de retroceder pero Sirion empujó con mayor fuerza hundiendo la espada casi hasta la empuñadura. Las patas del dragón fueron perdiendo fuerza y cayó sobre un costado mientras los guardias se alejaban para evitar quedar atrapados bajo su peso.

Un sonido extraño, casi un murmullo se expandió por el aire y un destello de luces purpúreas salía del dragón y le atravesaba el pecho, haciéndole sentir una calidez interna que le era familiar pero distante. Las luces se detuvieron cuando del dragón fue reducido a huesos. Sirion recogió su espada del suelo y la otra de entre los restos. Los guardias lo felicitaron y un par más lo miraban con una mezcla de miedo y respeto bien disimulado, varios comenzaron a buscar las partes de los huesos que pudieran vender.

Sirion volvió solo a Riften, respirando agitadamente. En la ciudad, había escombros, varios de los negocios ambulantes habían sido una pérdida total, los vidrios de las casas estaban esparcidos por los suelos y había puertas que habían quedado temporalmente inutilizadas por la congelación. También la fragua había sufrido daños graves y escuchó decir al herrero con angustia que le llevaría un tiempo volver a ponerla en funcionamiento.

Brynjolf lo recibió en la cisterna.

-¿Refugiaron a alguien?- preguntó Sirion.

-No, no hubo pérdidas humanas.

-Menos mal.

-¿Y el dragón?

-Muerto. La guardia cooperó.- Sirion se sentó en una de las camas mientras se frotaba el costado que aún le dolía. Algunos de los reclutas que había alrededor lo escuchaban con atención.- Quiero que le den al herrero y al resto de comerciantes lo que necesiten para reconstruir sus negocios...-comenzó el khajita.

-¡No tenemos porqué regalar el fruto de nuestro trabajo!- protestó un muchacho alto elfo recién llegado al Gremio.

-El tener el favor de la gente y el comercio funcionando mantiene al Imperio fuera de nuestros asuntos, nos mantiene ocultos. No expongas como bandera tu estupidez.- le espetó Sirion sin mirarlo. El jovencito se ruborizó y buscó mezclarse con el resto de la gente a su alrededor.

-Se hará.- respondió Brynjolf a la orden anterior.

-Todos los demás vuelvan a sus asuntos.- alzó la voz Sirion.

Brynjolf miró alrededor con una sonrisa burlona y esperó a que se dispersaran, después se sentó junto a Sirion, quien ya se había quitado las botas y se había recostado en el catre.

-Muy rudo.- sonrió Brynjolf.

-Si pierdo su respeto, perderé la autoridad.- dijo el khajita con los ojos cerrados, después lo miró.- Eso me lo enseñaste tú.

-Sí, lo recuerdo… No recuerdo haberte enseñado a matar un dragón.- le sonrió con una ceja alzada.

-Isildë me ayudó a matar al primer dragón con el que me topé, aprendí qué hacer ese día.- sonrió el también.

-Ya…

-¿Crees que esté bien?- suspiró Sirion.

-Sí.

-¿Seguro?

-Creo que podría defenderse perfectamente bien de cosas más pequeñas que un dragón.

-Mmhh…

El silencio de los siguientes minutos estuvo interrumpido por el murmullo de las demás conversaciones de la gente en la cisterna.

-Los Barbas Grises me llamaron hace tiempo.

-Lo sé.

-Tal vez si hubiera ido en ese entonces habría podido evitar muchos ataques de dragones…

-Si hubieras ido antes te habría destripado un oso. Isildë dijo que eras un debilucho sin remedio cuando te trajo aquí.

Sirion alzó una ceja con una media sonrisa.

-Estoy seguro de que no dijo nada así.

-No, pero seguro que lo pensaba.- río Brynjolf, luego miró la expresión en el rostro de Sirion.- No te culpes, no sirve de nada. Solamente haz lo que debas y deja de preocuparte.

Sirion asintió con desgana. Brynjolf le dio una palmada en la pierna y se levantó para comenzar con las tareas de reconstrucción del mercado. Sirion suspiró, sabía lo que debía hacer.


Isildë había pasado un año más en Hibernalia y con el tiempo había forjado nuevas costumbres y ademanes junto a Ancano, quien ahora se encontraba presente casi siempre que ella necesitaba ayuda contra alguna sierpe. La elfa seguía considerando el clima demasiado frío pero se había acostumbrado después de tanto tiempo, al caminar fuera del castillo simplemente se aferraba más a la capa y se concentraba en decodificar los sonidos que le viento le traía.

-Llegas tarde de nuevo.- le espetó Ancano cuando la vio acercarse lentamente al monumento de Talos en el que se habían estado viendo los últimos meses.

-Podrías haberme esperado.- respondió ella quitándose la venda y sentándose a su lado en la escalera.

-Sabes que no.

-Es un secreto a voces, ¿de veras hace falta tanto secretismo?

-Absolutamente.

Isildë se encogió de hombros restándole importancia al asunto, sacó su pipa y comenzó a fumar. No se encontraban lejos de Hibernalia, sólo un poco al suroeste. Ancano suspiró con hastío.

-Es el único lugar, Ancano.- sonrió ella de lado.

-No es que la vista sea muy agradable, sin embargo.- respondió mirando con una mueca la estatua del séptimo dios.

-Podrías simplemente mirar al frente.

-Sí… supongo.- resopló.

Ella lo miró de reojo. A pesar de sus quejas constantes, su semblante parecía relajado. Ella entrelazó sus dedos con los de él y se acomodó en su hombro. El elfo dejó descansar su mejilla en la coronilla de ella.

Normalmente, buscaban cualquier hueco en sus actividades para intercambiar un par de palabras y durante la noche, era una costumbre casi religiosa el encontrarse en la habitación de ella. Ancano siempre la despertaba con suavidad para avisar que era hora de que comenzaran a atender sus obligaciones y se despedía, no sin antes asegurarse de que ella se había quedado despierta. Poco a poco, ella había ido recuperando sus fuerzas y se había habituado a estar en un sólo sitio, ya no la aprisionaba tanto la sensación de claustrofobia que se apoderaba de ella por momentos anteriormente. Ancano había dejado de hablar sobre sí mismo con ella y, en cambio, había comenzado a contarle acerca de su pasado. El apellido de su familia tenía una posición de renombre en la Isla de Estivalia, eran personas respetadas y temidas. Tenía una hermana que se había casado con alguien de la nobleza y había ''desperdiciado su vida atendiendo a su desagradecido marido''. Él había pasado gran parte de su juventud estudiando largas horas entre los maestros de la magia más exigentes que había en toda la Isla, cuando los thalmor comenzaron a reclutar personas, él terminó uniéndose porque era una oportunidad de salir de su lugar de nacimiento y de los sueños de honra y conquista de sus padres, sin embargo, tampoco hablaba con mucho entusiasmo de esto. Pero la magia y los poderes de creación y destrucción que traía consigo lo hacía apasionarse como pocas cosas lo hacían. Isildë sonreía y de vez en cuando se preguntaba cómo habría sido si ella hubiera tenido una sirvienta que se hubiera encargado de lavar la ropa por ella cuando era una muchacha. Conversación tras conversación, el hueco que sentía en el estómago se hacía más grande.

Una noche, durante sus escapadas a la posada junto a Enthir, había escuchado que un héroe khajita había comenzado a asesinar dragones por toda Skyrim. Supo que se trataba de Sirion casi de inmediato, él era la única persona a la que le había la manera de acabar con las bestias de forma efectiva y rápida… Pero eso no logró cambiar la expresión adusta de su rostro. Enthir le palmeaba el hombro y le aseguraba que el chico podría arreglárselas solo. Ella sonreía y asentía.

Eventualmente, Ancano aceptó caminar junto a ella cuando salían hacia la estatua de Talos. De vez en cuando los pocos niños que quedaban en Hibernalia pasaban corriendo y riendo cerca de ellos, el elfo apretaba, inconscientemente, un poco más fuerte la mano de Isildë. Ella nunca comentaba nada al respecto. De vez en cuando, cuando estaban solos, hundía la cara en el cuello de ella, aspirando su aroma o ella misma lo obligaba a dejar de lado lo que sea que estuviera leyendo y recostarse en su pecho mientras ella acariciaba su cabello. Generalmente, él se quedaba dormido poco después y la mente de ella viajaba de vuelta al khajita.

Cada vez se escuchaban más rumores y más frecuentes. Lo siguiente que escuchó fue por parte de Ancano.

-Han atacado la Embajada.

-¿Atacado?- Isildë cambió de página en el libro que sostenía sin alzar la vista.

-Bueno, alguien se infiltró y han asesinado a varios Thalmor por el camino y se descubrió que uno de los empleados de la cocina era un doble agente. Aparentemente buscaban a un prisionero en específico.

-¿A quién?

-Etienne Rarnis, solía ser un miembro del Gremio de Ladrones.

El corazón de Isildë dio un vuelco.

-¿Por qué estaba encerrado en primer lugar?

-¿Además de pertenecer a una organización criminal?- rió Ancano pero se detuvo al ver la seriedad de la elfa.- Tenía relación con un ex miembro de los Cuchillas, alguien que podría darles problemas después.

-¿Lo están buscando?

-No tiene importancia.- aseguró el elfo alzando una ceja y cambiando de tema. Isildë no preguntó más.

Con los meses, Isildë se inquietaba cada vez más y sus visitas a las posadas cercanas eran cada vez más frecuentes, escuchaba con atención y pescaba cada rumor relacionado con muertes extrañas, ataques de dragones y del Sangre de Dragón. Mientras tanto, Ancano había dejado de contarle detalles importantes y se mostraba cada vez más receloso cuando ella salía de Hibernalia.

Cuando Isildë escuchó que aparentemente los Cuchillas habían vuelto y estaban buscando reclutar más adeptos, comenzó a considerar seriamente el viajar a Riften para hablar con Bynjolf o Sirion, si era posible. Estaba meditando esto en la azotea del Colegio mientras anochecía cuando escuchó a Ancano acercarse.

-¿Planeando tu huida?- preguntó con voz grave y semblante severo.

-Quiero saber en qué se metió Sirion esta vez.- ella fue al grano, la tensión en el ambiente le advertía acerca de bromear.

-¿Vas a irte ahora? ¿Quién se encargará de los dragones?- llegó a su lado.

-Sólo necesito un par de días.- ella lo miró a los ojos con intensidad.

-¿Qué garantías tiene el Archimago de que volverás?- dijo el elfo, inclinándose para quedar a la altura de su cara y bajando peligrosamente el tono de voz.

-¿El Archimago o tú?- le espetó Isildë sintiéndose herida.- ¿Te he dado motivos para desconfiar de mí?

-No, ¿pero los tengo?- continuó el volviendo a erguirse.

-¿Y eso qué demonios significa?- Isildë trataba de contener la sensación que ascendía por su garganta.

Ancano no respondió, la con expresión insondable y giró sobre sus talones de vuelta a la puerta del Colegio. Isildë dudó unos instantes y trotó para alcanzarlo, lo tomó del brazo.

-Si de verdad quieres que te lo pruebe, me quedaré aquí hasta que consideres que es oportuno que vaya…- la presión de su pecho casi no le permitía hablar.- Lo mismo si decides que no...- terminó en un susurro.

-Lo pensaré.- respondió el recuperando la ligereza de su semblante y la besó en la mejilla. Después le cedió el paso hacia el interior con una reverencia. Isildë se limpió una lágrima discretamente con el dorso de la mano.


-Drem Yol Lok. Saludos, wunduniik. Soy Paarthurnax. ¿Quién eres? ¿Qué te trae a mi strunmah… mi montaña?

Un dragón. Era un maldito dragón. Sirion se quedó en silencio antes de procesar el saludo que había recibido del anciano dragón.

-No esperaba que fueras un dragón.- se le escapó, aunque estaba siendo honesto.

Parthurnaax no parecía ofendido, a pesar de esto. La conversación que tuvieron fue larga y tendida, Parthurnaax hablaba pausadamente, como intentando recordar el significado en lengua humana de las palabras en el idioma de los dragones que se formaban en su mente, de vez en cuando mezclaba una lengua con la otra. Sirion le escuchaba con atención y el idioma de los dragones palpitaba extrañamente en su mente, como un recuerdo vago de algo lejano.

Al preguntar por el Thu'um ''Desgarro de Dragones'', Parthurnaax le contó cómo los ancestros nórdicos habían desterrado a Alduin en el Tiempo y había surgido en el presente, de lo que habían hecho con el Pergamino Antiguo y cómo éste podía ayudarlo a conseguir lo que buscaba.

-Tiid krent. El Tiempo estaba… fragmentado por lo que los nórdicos le hicieron a Alduin. Si traes el Kel… ese Pergamino Antiguo aquí… a la Tiid-Ahraan, la Herida del Tiempo… con el Pergamino Antiguo que fue usado para romper el Tiempo, podrías ser capaz de… enviarte a ti mismo de vuelta. Al otro lado de la ruptura. Podrías aprender el Desgarro de aquellos que lo crearon.- le dijo el dragón.

-¿Sabes dónde puedo encontrarlo?

-Krosis. No. Sé muy poco de lo que ha pasado abajo en los largos años que he vivido aquí. Tú estarías mejor informado que yo.- sacudió la cabeza.

Sirion colocó la mano debajo de la barbilla, reflexionando. Brynjolf le había dicho que Hibernalia tenía una colección enorme de volúmenes extraños y que su guardián conocía cada uno como la palma de su mano. Prácticamente, conocía cada pormenor de la historia, no sólo de Skyrim, sino de Tamriel.

-El Bibliotecario de Hibernalia podría saber…- murmuró más para sí que para su interlocutor.

-Confía en tus instintos, Dovahkiin. Tu sangre te mostrará el camino.- le dijo Parthurnaax mientras estiraba las alas con membranas desgarradas por la vejez y el desuso.

Sirion miró a la lejanía. La silueta del Colegio de Hibernalia apenas y alcanzaba a recortarse contra el horizonte. Se llenó de determinación mientras pensaba en Isildë.