este cap contiene altas dosis de lemmon

los personajes no son mios

La reacción de Lilly ante las noticias fue de una sorprendente calma. Mientras los tres permanecían sentados en el salón privado de los Masen y Emmett le contaba la noticia de su compromiso, además de la causa que lo motivaba, el rostro de la mujer palideció, pero no pronunció palabra alguna. Durante el breve silencio que siguió a la concisa explicación de Emmett, Lilly le clavó la vista sin parpadear y dijo con cautela:

—Ya que Rosalie no tiene padre que la defienda, señor McCarty, recae sobre mí toda la responsabilidad de obtener de usted ciertas garantías. Por supuesto, toda madre desea que su hija sea tratada con respeto y amabilidad... y coincidirá conmigo en que las circunstancias...

—Comprendo—dijo Emmett. Impactada por su sobriedad, Rosalie lo observó sin perder detalle mientras él centraba toda su atención en Lilly—. Tiene mi palabra de honor de que su hija no tendrá jamás motivo de queja.

En el rostro de Lilly apareció una breve expresión de recelo, ante lo cual Rosalie se mordió el labio, ya que sabía lo que venía a continuación.

—Sospecho que ya tiene plena conciencia, señor McCarty —murmuró su madre—, de que Rosalie no posee dote.

—Sí —replicó Emmett de, modo conciso.

— Y ese hecho no supone ningún problema para usted —dejó caer Lilly con un asomo de interrogación en la voz.

—En absoluto. Tengo la fortuna de poder desentenderme de la cuestión financiera a la hora de elegir esposa. Me importa un bledo si Rosalie se casa conmigo sin un solo chelín en el bolsillo. Es más tengo la intención de facilitar las cosas para su familia: asumir deudas, hacerme cargo de las facturas y los acreedores, de las matriculas de la escuela y todo ese tipo de cosas; lo que sea necesario para que vivan con total comodidad.

Rosalie pudo distinguir la palidez de los dedos de Lilly, que se apretaban sobre su regazo, y la indescifrable trepidación de la voz de su madre, que bien podía deberse al nerviosismo, al alivio, a la vergüenza, o una combinación de las tres cosas.

—Muchas gracias, señor McCarty. Debe comprender que si el señor Hale estuviera todavía vivo, las cosas serían muy diferentes

—Sí, por supuesto.

Lilly reflexionó en silencio antes de musitar:

—Por supuesto, sin la dote, Rosalie no dispondrá de dinero para los pequeños gastos...

—Pienso abrir una cuenta a su nombre en Barings —dijo, McCarty sucintamente—. Estableceremos una cifra inicial de, digamos... ¿cinco mil libras? Y repondré el saldo cada cierto tiempo cuando sea necesario. Por supuesto, yo correré con los gastos del mantenimiento de un carruaje y los caballos, además de la ropa, las joyas..., y Rosalie dispondrá de crédito en todas las tiendas de Londres.

La reacción de Lilly ante sus palabras pasó desapercibido para Rosalie, cuya cabeza comenzó a dar vueltas como, una peonza. La mera idea de disponer de cinco mil libras, toda una fortuna, se le antojaba casi irreal. Su asombro se mezclaba con una pizca de anticipación. Tras años de penurias, podría acudir a las mejores, comprarle un caballo a Jeremy y redecorar la casa de su familia con muebles y el más exquisito de los menajes. No obstante, el hecho de discutir las cuestiones económicas de un modo tan franco justo después de recibir una proposición de matrimonio le producía la inquietante sensación de haberse vendido a cambio de dinero. Dirigió a Emmett una mirada cautelosa y vio que sus ojos habían adquirido ese brillo burlón tan familiar. La comprendía demasiado bien, pensó al tiempo que un indeseado rubor le coloreaba las mejillas.

Permaneció en silencio mientras la conversación giraba en torno a los abogados, contratos y estipulaciones, lo que la llevó a descubrir que su madre poseía la perseverancia de un bull terrier en lo referente a negociaciones matrimoniales. Toda esa discusión, que se parecía mucho a una reunión de negocios, no podía calificarse de ninguna de las maneras como romántica. De hecho, no había pasado por alto que su madre no le había preguntado a McCarty si la amaba, y que tampoco él había afirmado hacerlo.

Una vez que Emmett McCarty se hubo marchado, Rosalie siguió a su madre hasta la habitación que ocupaban, donde, sin duda alguna, le esperaba otra charla. Preocupada por la tranquilidad tan poco habitual que demostraba Lilly, Rosalie cerró la puerta y trató de pensar algo que decirle, preguntándose si su madre guardaba alguna reserva acerca de la idea de tener a Emmett McCarty como yerno.

Tan pronto como estuvieron a solas, Lilly se acercó a la ventana y clavó la vista en el cielo de la tarde, para luego cubrirse los ojos con una mano. Alarmada, Rosalie escuchó el sonido apagado de un sollozo.

—Mamá —susurró con vacilación mientras contemplaba la rígida espalda de su madre—. Lo siento, yo...

—Gracias a Dios —murmuró Lilly con voz temblorosa, que al parecer no había escuchado a su hija—Gracias a Dios.

A pesar de haber jurado que no asistiría a la boda de Emmett, lord Cullen llegó a Londres con una quincena de adelanto para acudir a la ceremonia. Con semblante sobrio pero cortés, incluso se ofreció a entregar a la novia y asumir así el papel de su difunto padre. La tentación de rechazarlo fue muy fuerte, pero su madre se mostró tan contenta que Rosalie se vio obligada a aceptar. Incluso sintió un perverso placer al obligar al conde a tomar un papel destacado en una ceremonia a la que tanto se oponía. Lo único que había llevado a Edward a Londres era la lealtad que sentía hacia Emmett, lo que revelaba que el lazo de amistad entre los dos hombres era mucho más fuerte de lo que Rosalie hubiera esperado.

Bella, Alice y su madre también asistieron a la ceremonia religiosa privada, aunque su presencia sólo se debió a la asistencia de lord Cullen. La señora Swan jamás habría permitido que sus hijas acudieran a la boda de una joven que no se casaba con un aristócrata y que, además, era una influencia tan perniciosa. Sin embargo, había que aprovechar cualquier oportunidad de estar cerca del soltero más codiciado de toda Inglaterra. El hecho de que Edward reaccionara con absoluta indiferencia hacía su hija menor y que desdeñara abiertamente a la mayor era un inconveniente sin importancia que la señora Swan estaba segura de poder sortear.

Por desgracia, la tía Hiulen y el resto de su familia materna le habían prohibido a Nessie que asistiera.

En su lugar, esta envió a Rosalie una larga y afectuosa carta, así cómo un juego de té de porcelana de Sevres pintado con flores rosas y doradas como regalo de boda. El resto de la pequeña congregación estaba compuesta por los padres y hermanos de Emmett, que eran más o menos como Rosalie había esperado. Su madre poseía un rostro de facciones toscas y una constitución recia, pero era una mujer amable que parecía inclinada a pensar lo mejor de Rosalie a menos que hubiese algo que la hiciera cambiar de opinión. Su padre era un hombre de gran tamaño y huesos prominentes que no sonrió ni una sola vez durante la ceremonia, a pesar de que las profundas arrugas que rodeaba sus ojos indicaban su tendencia al buen humor. Ninguno de los progenitores era particularmente guapo, pero tenían cinco hijos notables, todos altos y de pelo negro.

Ojalá Jeremy hubiera podido asistir a la boda..., pero se encentraba en el colegio, y tanto ella como

Lilly habían decidido que sería mejor para él que terminara el semestre y que acudiera a Londres una vez que Emmett y ella hubieran regresado de su luna de miel. Rosalie no estaba muy segura de cuál sería la reacción de su hermano ante la idea de tener a Emmett como cuñado. A pesar de que a Jeremy parecía caerle bien, llevaba mucho tiempo acostumbrado a ser el único varó de la familia y siempre existía la posibilidad de que se molestara por cualquier restricción que Emmett quisiera imponerle. A ese respecto, a Rosalie tampoco le hacía mucha gracia la idea de acatar los deseos de un hombre a quien, en realidad, apenas conocía.

Aquel hecho acudió a la mente de Rosalie en su noche de bodas, mientras esperaba a su esposo en una habitación del hotel Rutledge. Puesto que había asumido que Emmett vivía en una de esas casas adosadas con terraza, como muchos solteros, se sorprendió bastante al comprobar que ocupaba una suite de hotel.

—¿ Y por qué no? —le había preguntado Emmett pocos días antes, divertido ante su evidente asombro.

—Bueno, porque... vivir en un hotel proporciona tan poca intimidad…..

—Siento no estar de acuerdo. Aquí puedo ir y venir a mi antojo sin una horda de criados que esparzan rumores acerca de mis hábitos y mis modales. Por lo que he podido comprobar, vivir en un hotel bien dirigido es mucho más cómodo que establecerse en una mansión llena de corrientes de aire.

—Sí, pero un hombre de tu posición debe tener a su servicio el número adecuado de criados para demostrar su éxito a los demás...

—Disculpa —la interrumpió Emmett—, pero siempre creí que se debían contratar criados cuando fuese necesario su trabajo. El beneficio de mostrar a los empleados como meros adornos se me había pasado por alto hasta este momento.

—¡No se les puede considerar mano de obra esclava, Emmett!

—Por el salario que se le paga a la mayoría de los criados, esa afirmación es más que discutible.

—Nos veremos en la necesidad de contratar a un buen número sirvientes si vamos a vivir en la casa adecuada —dijo Rosalie con descaro—. A menos que tengas planeado ponerme de rodillas para que friegue los suelos y limpie las chimeneas.

La sugerencia hizo que los ojos café oscuro de McCarty se iluminaran con un brillo perverso que ella no entendió.

—Tengo intención de ponerte de rodillas, querida, pero te garantizo que no será para fregar.—Se rió quedamente al advertir la confusión de ella. La acercó a él y le dio un beso breve pero intenso.

Ella intentó zafarse de su abrazo.

—Emmett... Suéltame, mi madre no aprobaría vernos en esta situación….

—¿ De veras? Ahora podría hacer lo que quisiera contigo y ella no pondría objeción alguna.

Ceñuda, Rosalie consiguió interponer los brazos entre ambos

—Eres un arrogante... ¡No, lo digo en serio, Emmett! Quiero que resolvamos este asunto. ¿Vamos a vivir en un hotel para siempre o comprarás una casa?

Le robó otro besó y, acto seguido, se echó a reír al ver la expresión de ella.

—Te compraré la casa que quieras, cariño. Mejor aún, te construiré una nueva, ya que me he acostumbrado a las comodidades de la buena iluminación y a las cañerías modernas.

Rosalie dejó de forcejear y le miró embobada.

—¿De verdad? ¿Dónde?

—Creo que podría adquirir una buena extensión de terreno cerca de Bloomsbury o de

Knightsbridge...

—¿Qué te parece Mayfair?

Emmett sonrió como si hubiera estado esperando esa sugerencia

—No me digas que quieres vivir en una plaza como Grosvenor o St. James, atestada de edificios, para contemplar desde la ventana a los pomposos aristócratas mientras se pasean tras las verjas de sus pequeños patios...

—¡Sí, sí! Eso sería absolutamente perfecto —dijo con entusiasmo, lo que arrancó una carcajada a Emmett.

—Muy bien, conseguiremos algo en Mayfair y que Dios me ayude. También puedes contratar a cuantos criados quieras. Y que conste que no he dicho «necesites», ya que eso parece totalmente irrelevante. Mientras tanto ¿crees que podrás tolerar unos cuantos meses en el Rutledge?

Mientras recordaba la conversación, Rosalie investigaba las inmensas habitaciones de la suite, decoradas suntuosamente con terciopelos, cuero y brillante madera de caoba. Tenía que admitirlo, el

Rutledge conseguía que una persona cambiara las ideas preconcebidas que pudiera tener acerca de un hotel. Era un enorme edificio que ocupaba las cinco manzanas que había entre el Teatro Capitol y el Embankment. Peculiaridades tales como su construcción a prueba de incendios, el servicio de habitaciones y los baños privados en cada suite, por no mencionar su famoso restaurante, habían contribuido a que el Rutledge se convirtiera en un lugar de moda entre los americanos y los europeos más ricos. Para deleite de Rosalie, las Swan ocupaban cinco de las cien suites de lujo que poseía el hotel, lo que significaba que tendrían muchas oportunidades para verse cuando regresara de su luna de miel.

Dado que nunca había salido de Inglaterra, Rosalie se había entusiasmado al descubrir que

Emmett tenía la intención de llevarla a París y pasar allí dos semanas. Pertrechada con una lista de modistas, sombrererías y perfumerías confeccionada por las Swan, que habían visitado París anteriormente en compañía de su madre, Rosalie ya anticipaba con ansiedad lo que sería su primer vistazo a la Ciudad de la Luz. No obstante, antes de partir por la mañana, tendría que pasar por la noche de bodas.

Ataviada con un camisón adornado con abundantes metros de encaje blanco que colgaban del corpiño y las mangas, Rosalie caminaba nerviosa por la habitación. Se sentó junto a la cama y cogió un cepillo del tocador. Con pasadas metódicas, comenzó a cepillarse el pelo mientras se preguntaba si todas las novias pasaban por aquel momento de aprensión, preguntándose con inquietud si las siguientes horas les depararían miedo o alegría. En ese instante, la llave giró en la cerradura y la oscura y esbelta figura de Emmett entró en la suite.

Un escalofrío recorrió la columna de Rosalie, pero se obligó a continuar cepillándose el pelo con movimientos tranquilos, a pesar de que apretaba el mango con demasiada fuerza y de que le temblaban los dedos. La mirada de Emmett vagó por las capas de encaje y muselina que cubrían su cuerpo. Todavía vestido con el traje negro de etiqueta que había llevado en la boda, se acercó despacio y se colocó frente a ella mientras Rosalie permanecía sentada. Para su sorpresa, se arrodilló hasta que sus caras quedaron al mismo nivel y sus muslos le rodearon las esbeltas pantorrillas. Acto seguido, alzó una de esas grandes manos hacia su cabello, que estaba suelto y brillaba a su alrededor, y peinó las hebras con los dedos, observando con fascinación cómo los mechones color miel se deslizaban entre sus nudillos.

A pesar de estar impecablemente vestido, se evidenciaban señales de desarreglo que llamaron la atención de Rosalie: los cortos mechones de cabello que caían sobre su frente, el nudo flojo de la corbata de seda gris... Dejó caer el cepillo al suelo y utilizó los dedos para peinarle el cabello con pasadas indecisas. Las oscuras hebras eran gruesas y brillantes, y se rizaban por propia voluntad entre sus dedos. Emmett permaneció inmóvil mientras ella le desataba la corbata, cuya seda aún guardaba la calidez de su piel. En los ojos del hombre se leía una expresión que le provocó un cosquilleo en el estómago.

—Cada vez que te miro —murmuró—, creo que es imposible que puedas estar más hermosa..., pero siempre consigues demostrar lo equivocado que estoy.

Rosalie dejó que la corbata colgara a ambos lados de su cuello y sonrió ante el cumplido. Cuando sintió que las manos de él se cerraban sobre las suyas, dio un pequeño respingo en la silla. La boca de Emmett se curvó ligeramente mientras la estudiaba con una mirada curiosa.

—¿Estás nerviosa?

Rosalie asintió mientras él le sostenía las manos y le acariciaba los dedos. Emmett le habló muy despacio, como si estuviera, eligiendo las palabras con más tiento del habitual.

—Cariño, supongo que tus experiencias con lord King no han resultado placenteras, pero espero que confíes en mí cuando te digo que no tiene por qué ser así. Sean cuales sean tus miedos…

—Emmett —lo interrumpió con voz ronca y temerosa, antes de aclararse la garganta—. Eso es muy amable de tu parte. Y... y el hecho de que estés dispuesto a ser tan comprensivo acerca de...Bueno… aprecio tu gesto. Sin embargo..., me temo que no fui del todo sincera contigo acerca de mi relación con

Royce King. — Al percatarse de la súbita y extraña inmovilidad de su marido y de la forma en que su expresión se había vaciado de emociones, Rosalie inspiró con fuerza—. La verdad es que sí,

King frecuentaba nuestra casa algunas noches, y sí, pagó nuestras facturas a cambio de… de…—Se detuvo al descubrir que se le había formado un nudo en la garganta que hacía difícil pronunciar las palabras—. Pero... no era a mí a quien iba a visitar.

Las pupilas de Emmett se dilataron de forma apenas perceptible.

—¿ Cómo dices?

—Nunca me acosté con él—admitió—. Mantenía relaciones con mi madre.

Emmett la miró de hito en hito.

—Por todos los santos —masculló entre dientes.

Empezó hace cosa de un año—explicó, un poco a la defensiva. —Nos encontrábamos en una situación desesperada. Teníamos una lista interminable de facturas pendientes y ninguna manera de pagarlas. Los ingresos provenientes de la herencia de mi padre habían mermado a causa de una mala inversión. Lord King llevaba persiguiendo a mi madre cierto tiempo. No sé con seguridad cuándo se iniciaron sus visitas nocturnas, pero comencé a ver su sombrero y su bastón en la entrada a horas desacostumbradas justo cuando las deudas empezaron a disminuir un poco. Me di cuenta de lo que pasaba, pero nunca dije nada. Y debería haberlo hecho. —Suspiró y se frotó las sienes—. En la fiesta,

King dejó muy claro que se había cansado de mi madre y que quería que yo ocupara su lugar. Amenazó con revelar el secreto... «con los adornos suficientes», dijo, lo que causaría nuestra ruina. Lo rechace y, de alguna manera, mi madre consiguió que mantuviera la boca cerrada.

—¿Por qué me permitiste creer que eras tú quien se acostaba con él?

Rosalie se encogió de hombros con cierta incomodidad.

—Lo habías dado por sentado... y no parecía haber razón alguna para corregirte, ya que jamás se me pasó por la cabeza que pudiéramos acabar así. Después, me propusiste matrimonio de todas maneras, lo que me hizo llegar a la conclusión de que no te importaba mucho si era virgen o no.

—Y no me importaba —murmuró Emmett, cuya voz sonaba extraña—. Te deseaba a pesar de todo. Pero ahora que sé... —Se detuvo y sacudió la cabeza con incredulidad—. Rosalie para que no haya malentendidos, ¿me estás diciendo que nunca te has acostado con un hombre?

Intentó retirar las manos, ya que el apretón de Emmett resultaba casi doloroso en esos momentos.

—Bueno, sí.

—¿Sí, sí te has acostado con alguien o no, no lo has hecho?

—Nunca me he acostado con nadie —dijo Rosalie con firmeza al tiempo que le dirigía una mirada interrogante— ¿estas enfadado porque no te lo dije antes? Lo siento. Pero no es algo que se pueda comentar mientras se toma el té o en el vestíbulo de entrada: «Aquí tienes tu sombrero y, de paso, que sepas que soy virgen»…

No estoy enfadado.— La mirada de Emmett la recorrió con aire pensativo—. Sólo me pregunto qué demonios voy a hacer contigo.

—¿Lo mismo que ibas a hacer antes de que te lo contara? — le preguntó esperanzada.

Emmett se puso en pie y la obligó a hacer lo mismo antes de abrazarla con suavidad, como si temiera que pudiera romperse si la apretaba con demasiada fuerza. Presionó la cara contra su melena e inhaló con fuerza.

—Créeme, todo llegará a su debido tiempo— dijo con voz risueña—. Pero parece que antes debo preguntarte algunas cosas.

Rosalie introdujo los brazos bajo la parte delantera de su chaqueta y los deslizó sobre su pecho para rodear su duro y suave torso. El calor de su cuerpo se filtraba por el fino tejido de la camisa y Rosalie tembló de placer al sumergirse en la calidez masculina de su abrazo.

— ¿Qué cosas?— inquirió.

Hasta ese momento, siempre había visto a Emmett manejarse con fluidez durante cualquier conversación..., pero cuando habló, su voz resultó estar afectada por una inesperada indecisión, como si se tratara de una clase de discusión que no se había visto obligado a mantener con anterioridad.

—Tienes alguna idea de lo que va a pasar? ¿Tienes toda la… esto... la información necesaria?

—Eso creo —replicó Rosalie, que sonrió al descubrir, no sin cierta sorpresa, la rapidez con la que latía el corazón de Emmett contra su mejilla—. Mi madre y yo mantuvimos una charla hace muy poco..., tras la cual me sentí muy tentada de pedir una anulación.

De repente, él dejó escapar una risa ahogada.

—En ese caso, será mejor que reclame mis derechos maritales sin dilación. —Le tomó los dedos en un suave y cálido apretón y se los llevó a los labios. Su aliento parecía vapor—. ¿Qué te contó? — murmuró contra las yemas de sus dedos.

— Después de informarme de los detalles básicos, me señaló que debía permitirte hacer cuanto quisieras y que no debía quejarme si algo no me gustaba. También sugirió que si se volvía demasiado desagradable, podía pensar en la increíble cuenta bancaria que abriste a mi nombre.

Rosalie se arrepintió de esas palabras tan pronto como salieron de sus labios, temiendo que Emmett pudiera sentirse ofendido por semejante despliegue de franqueza. Sin embargo, él comenzó a reírse con voz ronca.

—Es un cambio refrescante si se lo compara con lo de pensar en la patria. —Echó la cabeza hacia atrás para mirarla—. ¿Significa eso que debo conquistarte con susurros acerca de transferencias bancarias y tasas de interés?

Rosalie giró la mano dentro de la de él y trazó con los dedos la superficie de sus labios, acariciando sus bordes aterciopelados antes de descender hacia la barbilla, que comenzaba a mostrar señales de barba.

No será necesario. Basta con que me digas las palabras habituales.

No..., las palabras habituales no sirven en tu caso.

Emmett le colocó un mechón de cabello tras la oreja y acunó su mejilla en la palma de la mano al tiempo que se inclinaba hacia ella. La convenció con su boca para que separara los labios, mientras sus manos encontraban los contornos de su cuerpo ocultos tras las amplias capas del encaje. Sin corsé que le oprimiera las costillas, podía sentir sus manos a través del fino velo que suponía el camisón. Las caricias de Emmett en sus costados le provocaron temblores y las puntas de sus pechos se tornaron exquisitamente sensibles. La palma de una mano recorrió despacio su cuerpo hasta alcanzar la redondez de uno de sus senos y lo acunó con gentileza entre los dedos antes de alzar la delicada came.

Rosalie dejó de respirar un instante cuando el pezón se endureció por las delicadas caricias de su pulgar.

—La primera vez suele ser dolorosa para una mujer —murmuró.

—Sí, lo sé.

—No quiero causarte dolor.

Semejante admisión la conmovió y sorprendió a la vez.

—Mi madre dice que no dura mucho —le dijo

— ¿El dolor?

—No, lo que sigue —dijo y, por alguna razón, su respuesta volvió a arrancarle otra carcajada.

—Rosalie... —Deslizó los labios por su garganta—. Te he deseado desde el primer momento en que te vi, allí, en el exterior del auditorio, mientras buscabas unas monedas en tu bolso. No pude apartar la vista de ti. Apenas podía creer que fueras real.

—No me quitaste la vista de encima durante todo el espectáculo —le dijo y emitió un jadeo cuando él atrapó el sedoso lóbulo de su oreja—. Dudo que hubieras aprendido nada sobre la caída del Imperio romano.

—Aprendí que tienes los labios más dulces que jamás he besado

—Tienes una manera muy original de presentarte.

Él se rió

—No pude evitarlo. —Su mano se movía arriba y abajo por el costado de Rosalie en una suave caricia—. Estar junto a ti en la oscuridad fue la tentación más insoportable que he experimentado jamás. No podía pensar más que en lo adorable que eras y en cuanto te deseaba. Cuando las luces se apagaron del todo no pude reprimirme más. —Un dejo de satisfacción masculina se filtró en su voz cuando añadió—: Y tu no me apartaste.

—¡Estaba demasiado sorprendida!

— ¿ Ésa fue la única razón por la que no pusiste objeciones?

—No —admitió Rosalie, que inclinó la cabeza para que su mejilla se frotara contra la de él—. Me gustó tu beso. Y lo sabes.

Él sonrió ante ese comentario.

—Albergaba la esperanza de que no me hubiese sucedido solo a mí. —La miró a los ojos; estaba tan cerca de ella que sus narices casi se tocaban—. Ven a la cama conmigo —susurró con un imperceptible matiz interrogante en la voz.

Rosalie asintió con un tembloroso suspiro y permitió que, la guiara hasta la enorme cama de cuatro postes, cubierta con una colcha de gruesa seda de Borgoña. Tras apartar el cobertor, Emmett deposito a Rosalie entre las inmaculadas sábanas, y ella se apartó a un lado para dejarle espacio. Él permaneció junto a la cama mientras se quitaba lo que restaba de su traje de etiqueta. El contraste entre el corte elegante de la ropa y el primitivo poder masculino que emanaba del cuerpo que ésta cubría resultaba desconcertante. Tal y como Rosalie había anticipado, su marido poseía un torso inusualmente atlético: los músculos de la espalda y los hombros estaban bastante desarrollados, al igual que los del estómago, que formaban una serie de surcos muy marcados. A la luz de la lámpara, su atezada piel quedaba bañada por un tinte dorado, y la superficie de sus hombros brillaba con el tono rico y firme de un busto de bronceado. Ni siquiera el vello oscuro que le cubría el pecho suavizaba la poderosa estructura conformada por músculos y huesos. Rosalie dudaba de que existiera un hombre de aspecto más sano y más vigoroso. Tal vez, Emmett no encajara con el ideal que marcaba la moda: un aristócrata de piel pálida y estructura delgada..., pero a ella le parecía espléndido en toda su magnitud.

Sintió unos pinchazos de ansiedad y nerviosismo en el estómago cuando se reunió con ella en la cama.

—Emmett —dijo con la respiración agitada mientras él la abrazaba—, mi madre no me dijo si... si esta noche yo tendría que hacerte algo...

La mano de él comenzó a jugar con sus cabellos y a masajearle la cabeza de tal modo que la espalda de Rosalie se estremeció con un ardiente cosquilleo.

—No tienes que hacer nada esta noche. Sólo deja que te abrace.., que te toque..., que descubra lo que te da placer...

La mano de Emmett encontró los botones de nácar que cerraban el camisón en la espalda. Rosalie cerró los ojos al sentir que la liviana capa de encaje fruncido se desprendía de sus hombros.

—¿Te acuerdas de aquella noche en la sala de música? —susurró entre jadeos cuando, sintió que

Emmett le bajaba el camisón por los pechos—. ¿Cuando me besaste en el recoveco de la sala de música?

—Recuerdo cada abrasador segundo—respondió también en un susurro, al tiempo que la ayudaba a sacados brazos de las amplias mangas—. ¿Por qué, lo preguntas?

—No he podido dejar de pensar en ese momento —confesó. Se retorció para facilitarle la tarea de quitarle el camisón, a pesar de que el rubor teñía cada trozo de piel expuesta.

—Yo tampoco —admitió él. Su mano se deslizó por un pecho y cubrió la tersa redondez hasta que el pezón adquirió un color rosado y se irguió contra su palma—. Parece que la nuestra, es una mezcla inflamable... Más incluso de lo que había anticipado.

—Entonces ¿no es siempre así? —preguntó Rosalie, que había dejado que sus dedos exploraran el profundo surco de la columna de su marido y los duros músculos que la flanqueaban.

Aquella caricia, tan inocente como era, alteró el ritmo de la respiración de Emmett cuando se inclinó sobre ella.

—No —murmuró él, colocando una pierna sobre los muslos que Rosalie mantenía unidos con fuerza—. Casi nunca.

— ¿Por qué...? —Rosalie comenzó la pregunta, pero se detuvo con un débil gemido cuando Emmett trazó la curva de un pecho con el pulgar.

Al instante, apresó su estrecha cintura entre las manos y se inclinó hacia ella. Sus labios tenían un tacto ardiente y suave cuando se abrieron con delicadeza sobre el duro pezón. Rosalie dejó escapar un jadeo al sentir la suave succión que la boca de Emmett ejercía sobre la sensible zona mientras su lengua continuaba acariciándola, hasta que llegó un momento en que no pudo permanece inmóvil bajo él.

Abrió las piernas de forma inconsciente y Emmett no perdió la oportunidad de introducir un muslo, de tacto mas áspero por el vello que lo cubría, en el hueco que ella había dejado. Mientras sus manos y su boca se paseaban por el cuerpo de Rosalie, ella alzó los brazos, le asió la cabeza con las manos y dejó que los abundantes mechones se deslizaran entre sus dedos como siempre había deseado. Emmett besó la delicada piel de sus muñecas, la cara interna de los codos y las depresiones que se formaban entre las costillas hasta que no quedó un centímetro de la piel de Rosalie sin explorar. Ella se lo permitió todo, estremeciéndose cada vez que sentía el cosquilleo de su incipiente barba en contraste con la suave y abrasadora humedad de su boca. Sin embargo, cuando alcanzó su ombligo y sintió que la punta de su lengua se hundía en el pequeño hueco, se apartó de él con un jadeo escandalizado.

—No... Emmett, yo… Por favor…

De inmediato, él se incorporó para estrechada entre sus brazos y observó con una sonrisa el ruborizado rostro de su esposa.

—¿Es demasiado? — preguntó con voz ronca—. Lo siento... Por un momento olvidé que todo esto es nuevo para ti. Deja que te abrace. No tienes miedo, ¿verdad?

Antes de que pudiera responder, la boca de Emmett ya apresaba la suya y se movía con destreza. El vello que le cubría el pecho rozaba sus senos como si de un tosco terciopelo se tratase y sus pezones se restregaban contra él con cada respiración. La garganta de Rosalie vibraba al compás de sus graves gemidos, que expresaban el placer que comenzaba a resquebrajar su recato. Al sentir que Emmett deslizaba los dedos por su vientre y, hacía presión con la rodilla que había introducido entre sus muslos,

Rosalie jadeó con fuerza. En cuanto consiguió que ella separara las piernas un poco mas, deslizó los dedos por los suaves y femeninos rizos, explorando los hinchados pliegues. Tras separarlos, descubrió el sedoso botón que empezó a palpitar bajo su contacto y comenzó a acariciar la parte superior con un ritmo suave y ligero.

Rosalie volvió a jadear contra su boca al sentir que su cuerpo se derretía. La pasión hizo que el rubor tiñera su piel y moteara su palidez con un profundo tono rosado. Emmett buscó la entrada de su cuerpo e introdujo apenas un dedo en la húmeda y amoldable abertura. Rosalie sentía el corazón desbocado y el cuerpo tenso a causa del creciente placer. Se apartó de Emmett con una exclamación ahogada y lo miró con los ojos abiertos de par en par.

Él yacía de costado, apoyado sobre uno de los codos; tenía el oscuro cabello alborotado y la mirada brillante por la pasión, aunque también se percibía un destello de diversión. Parecía comprender lo que ella había comenzado a sentir y su inocente desconcierto lo tenía fascinado.

—No te vayas —murmuró con una sonrisa—. No querrás perderte lo mejor. —Muy despacio, volvió a colocarla bajo su cuerpo, ajustando su postura con las caricias de sus manos—. Cariño, no voy a hacerte daño —susurró contra su mejilla—. Deja que te dé placer ... Deja que entre en ti…

Siguió musitándole palabras tiernas mientras sus labios dejaban un rastro de besos y caricias que lo conducía, sin que ella apenas se diera cuenta, de vuelta hacia la parte baja de su cuerpo. Cuando su cabeza llegó al valle en sombras que había entre los muslos de Rosalie, ella ya gemía sin cesar. La exploró con la boca, más allá de los delicados rizos y de los sedosos pliegues de piel rosada, y comenzó a deslizar su lengua en movimientos circulares. Movida por la timidez, Rosalie trató de apartarse, pero él la aferró de las caderas y prosiguió con su implacable exploración, pasando la lengua por cada pliegue y por cada recoveco.

La imagen de aquella cabeza morena entre sus muslos fue todo un asalto a sus sentidos. La habitación se convirtió en algo borroso y Rosalie tuvo la sensación de que flotaba entre la luz y la sombra de las velas, ajena a todo salvo a aquel exquisito placer. No podía esconderle nada, no le quedaba más remedio que rendirse a esa boca ansiosa que ofrecía a su excitado cuerpo un placer indescriptible. Emmett concentró sus caricias en el botón que coronaba su sexo y lo lamió con suavidad y sin reservas hasta que ella no fue paz de soportarlo más y sus caderas se alzaron por voluntad propia, temblando contra su boca mientras la pasión abrasaba sus miembros torturados por el éxtasis. Tras dar un último y placentero lametón a su ya saciada carne, Emmett ascendió por el cuerpo de Rosalie. Los muslos de su esposa no ofrecieron resistencia alguna cuando él los separó y la cabeza de su miembro se introdujo ligeramente en ella. Bajó la mirada hacia el aturdido rostro de Rosalie y, le apartó los mechones de cabello que le habían caído sobre la frente.

Al mirarlo, los labios de Rosalie se curvaron con una sonrisa trémula.

—Me temo que me he olvidado por completo de la cuenta bancaria —dijo, ante lo que él dejó escapar una suave carcajada.

Emmett le acarició la frente con el pulgar, justo donde la piel tersa daba lugar al nacimiento del cabello.

—Pobre Rosalie... —La presión entre sus piernas aumentó, causando la primera punzada de dolor—. Me temo que esta parte no será tan placentera. Al menos, para ti.

—No me importa... Me...me alegro mucho de que seas tú.

No había duda de que aquél era un comentario extraño para una novia en su noche de bodas, pero lo hizo sonreír. Emmett inclinó la cabeza y comenzó a susurrarle palabras al oído, y no dejó de hacerlo mientras tensaba las caderas para penetrar en su carne inocente. Rosalie se obligó a permanecer quieta, a pesar de que el instinto le dictaba que se alejara de la intrusión.

—Cariño... —Emmett comenzó a jadear y, cuando ya estuvo dentro de ella, se detuvo en lo que pareció ser un intento por recuperar el control—. Sí, eso es... Un poco más... —La penetró un poco más, con mucho cuidado, antes de volver a detenerse—. Y un poquito mas... —Profundizó sus movimientos poco a poco, persuadiendo con delicadeza al cuerpo de Rosalie para que lo aceptara—. Más...

—¿Cuánto más? —jadeó ella.

El cuerpo de Emmett estaba demasiado duro y la presión que ejercía sobre ella resultaba demasiado intensa; además, Rosalie no podía dejar de preguntarse con cierta inquietud si era posible que aquello resultara agradable alguna vez.

El tremendo esfuerzo de mantenerse inmóvil provocó que las mandíbulas de Emmett se tensaran.

—Estoy a la mitad —consiguió decir con un cierto tono de disculpa en la voz.

—La mitad... —Rosalie comenzó a protestar con una risa temblorosa y se tensó por el dolor cuando

Emmett volvió a moverse —. Es imposible, no puedo, no puedo...

Sin embargo, Emmett continuó con su avance al tiempo que intentaba mitigar su dolor con la boca y las manos. Poco a poco, la sensación fue mejorando y el dolor se transformó en una vaga y continua molestia. Rosalie dejó escapar un largo suspiro cuando sintió que su cuerpo se amoldaba a él y que su carne virginal se abría ante la realidad inevitable de la posesión de su marido. La espalda de Emmett era una masa de músculos contraídos y su estómago resultaba tan duro como el palisandro tallado. Una vez que estuvo hundido profundamente en ella, se detuvo durante un instante y emitió un gemido al tiempo que un estremecimiento recorría sus hombros.

—Eres tan estrecha —dijo con voz ronca.

—Lo—lo siento...

—No, no—consiguió decir—.No lo sientas. Dios mío

Arrastraba las palabras, como si estuviera embriagado de placer.

Ambos se estudiaron como en silencio; una mirada saciada y otra cargada de anhelo. El asombro embargó a Rosalie al darse cuenta del modo en que Emmett había logrado dar la vuelta a todas sus expectativas. Había estado segura de que él aprovecharía aquella oportunidad para demostrarle quién era el amo... Sin embargo, se había acercado a ella con infinita paciencia. Movida por la gratitud le rodeó el cuello con los brazos y lo besó, dejando que su lengua se introdujera en su boca al tiempo que le deslizaba las manos pos la espalda hasta encontrar el contorno de sus nalgas. Le dio un tímido apretón para animarlo a moverse, a entrar más profundamente en ella. La caricia pareció acabar con el último resquicio de su control. Con un gemido hambriento, Emmett comenzó a moverse ritmicamente dentro de ella, temblando por el esfuerzo que le suponía mostrarse considerado.

La fuerza de su liberación lo hizo estremecerse de la cabeza a los pies y apretar los dientes cuando el placer se convirtió en un éxtasis cegador. Enterró el rostro en el cuello de Rosalie y se dejó empapar por la húmeda y resbaladiz calidez de su cuerpo. Pasó bastante tiempo antes de que la tensión abandonara sus músculos y dejara escapar un largo suspiro. Cuando se tiró con cuidado del cuerpo de su esposa, ésta compuso una mueca de dolor. Al darse cuenta de su incomodidad, Emmett le acarició la cadera para reconfortarla.

—Creo que no voy a dejar nunca esta cama —musitó al tiempo que la acomodaba en el hueco de su brazo.

—Vaya, te aseguro que lo harás —le contestó ella adormilada—. Vas a llevarme a París mañana. No me vas a negar la luna de miel que me prometiste.

Emmett restregó la nariz contra esa mata de rizos alborotados y replicó con un asomo de diversión en la voz:

—No, mi dulce esposa..., nadie va a negarte nada.

me encantan las bodas, y mas lo que viene despues

Emmett es un autentico cielo y Rose se ha soltado mucho con el

ambos han conseguido lo que querian, no?

parece que todo va a ir bn...pero ningun matrimonio es perfecto.

seguid leyendo, esto no hace más que mejorar

un besito: Masen1309 :)