Summary: Reconstruir una nación requiere de sacrificios. Sabiendo que la Nación del fuego no aceptará a una Maestra Agua, Katara se hace a un lado de su incipiente relación con Zuko y lo incita a buscar la grandeza de la nación junto a la noble de la Nación del Fuego Mai. Zutara
Ritmo de lluvia
Capítulo Veintiuno
Por DamageCtrl
Disclaimer: No soy dueña de Avatar: El último Maestro Aire ni nada relacionado con él.
N/T: Yo no soy dueña del argumento, sino que pertenece a DamageCtrl, yo sólo me limito a traducir lo que ella escribió en inglés, con su autorización por supuesto.
El sol despuntaba en el horizonte y se apresuró. Azula se iría en el primer navío hacia el Reino Tierra esa misma mañana y tenía que irse con ella. Sus dedos dentro de los guantes de seda negra se apretaron sobre la gruesa bata oscura de la Nación del Fuego sobre los hombros mientras corría como una flecha por los callejones detrás de los edificios de hielo en su camino al muelle.
Su corazón estaba acelerado. Nunca había hecho algo tan insensato en toda su vida. Ella no era insensata. Era precisa. Al objetivo. Insensata era Ty Lee con temerarios saltos y un corazón apasionado del que cualquier noble de la Nación del Fuego podía estar orgulloso. Pero ella no era así. Las pequeñas armas que había aceptado de su "amiga" estaban metidas dentro de pequeños bolsillos en el interior de sus guantes. En cualquier momento y lugar, ella podía hacer volar uno.
Eso, si hubiera estado prestando atención.
Perdida en una niebla llena de adrenalina, su corazón martillaba en su pecho y su mente luchaba por procesar lo que estaba haciendo; se deslizó por una esquina y chocó contra un cuerpo sólido. Su primer instinto fue atacar y cortar al obstáculo. La navaja de una cuchilla ya estaba presionando sus insensibles manos. Alzó sus ojos grises y se encontró con una sonrisa acogedora y vergonzosa.
-Ey, lo siento de verdad, no te vi –replicó inclinando la cabeza. El maestro tierra que era amigo de la maestra agua. ¿Cómo era su nombre? Lo había oído el día que él se les unió en el almuerzo cuando llegaron. ¿Hana? ¿Horu? ¡Haru! Se enderezó y levantó la mirada. Agrandó sus ojos ámbar-. ¡Ah! ¡Mi lady! ¡Perdóneme! –jadeó dándose cuenta repentinamente de quien era. De inmediato inclinó su cabeza una vez más y empezó a murmurar una disculpa.
Mai arrugó los ojos. La había reconocido. Eso no era nada bueno. Llevó la mirada hacia el palacio y el cielo sobre sus cabezas. El cielo oscuro estaba clareando. No tenía tiempo para hacerlo callar, tenía que llegar al puerto.
-Está bien –aseguró con severidad con voz inexpresiva-. No hay daño alguno –hizo retroceder el cuchillo en su guante y empezó a pasar de él con rapidez.
-Espere, Señorita Mai –la llamó Haru. Se encogió ante el tratamiento. Realmente sabía quién era. Empezó a debatirse si debía callarlo o no y cubrir sus huellas… al menos quería creer que su vacilación estaba causada por eso-. Debería tener cuidado. ¡Algo pasó esta mañana en el palacio y escuché que hay un criminal suelto!
Ella le daba la espalda y no pudo ver su expresión de sorpresa. Así que ya lo sabía toda la ciudad. Sus hombros se tensaron.
-Estoy segura que está bien. Solo voy a dar un pequeño paseo –mintió.
El joven parecía genuinamente preocupado por su seguridad.
-Aún así, Señorita Mai, estoy seguro que sería mejor si regresase al palacio. Oí que el Jefe Arnook fue hallado muerto esta mañana. Quien fuera que estaba tras él puede estar tras otra de la realeza visitante. Estoy seguro que el Señor del Fuego Zuko se sentiría mejor si regresara a palacio.
Cerró con fuerza los puños a los lados. ¿Ese mocoso tenía la audacia de tratarla como una niñita inútil? ¿Acaso sabía quién era ella y lo que podía hacer? ¿Cómo se atrevía a mencionar el título de Zuko como si conociera al hombre? Cómo si Zuko se preocupara por ella. Los ojos grises de Mai se entornaron en unas rendijas férreas. Se volvió y lo fulminó con la mirada.
-Soy perfectamente capaz de cuidarme a mí misma –exclamó Mai en voz baja-. Y el Señor del Fuego Zuko no me extrañará, te lo aseguro –obviamente no había escuchado lo otro; Zuko estaba bajo arresto.
-Por supuesto que sí –contestó Haru, como si estuviese completamente seguro de su respuesta. Es su prometido. Se preocupa por ti.
Quería reír. Arrugó los ojos.
-Nuestro compromiso –prosiguió con frialdad-. Es uno de conveniencia. No tiene nada que ver con "preocupación", campesinos como tú no entenderían eso.
-Por lo que escuché del Señor del Fuego, estoy seguro que es mucho más…
-¿Crees que conoces más sobre mi prometido que yo? –Siseó Mai-. Te lo dejaré claro, sé exactamente que clase de hombre es –no podía continuar reteniendo ese nuevo resentimiento a pesar de sus esfuerzos. Haru se echó hacia atrás.
Bajó la mirada y miró sus manos enguantadas con nerviosismo.
-Señorita Mai, es peligroso aquí afuera –afirmó nerviosamente-. Puede que no sea de mucha ayuda, pero con mucho agrado la acompañaré hasta el palacio. Puede haber un asesino en algún lado. Katara y los otros me han ayudado demasiado, lo menos que puedo hacer es ayudar…
-¡No te pedí tu ayuda! –rebatió Mai, disgustada por su balbuceo sin sentido. Katara… él mencionó su nombre y Mai resopló. Ella había visto al maestro tierra cerca de Katara y de repente, quiso partir al chico en dos.
Haru miró el suelo y se rascó la nuca.
-Si le sirve para algo, entiendo como se siente –ofreció Haru alejándose despacio-. Con Katara y Zuko… eres una mujer bastante fuerte para amar tanto a tu país como para hacer lo que estás haciendo. No podría estar con ella… ella… ella no me ama.
Mai agrandó los ojos ligeramente.
-¿De qué estás hablando? –preguntó, tratando de sonar aburrida.
-¡De nada! –negó Haru, todavía alejándose-. No importa –inclinó su cabeza una vez más y echó a correr al dar vuelta la esquina. Mai frunció el ceño y echó un vistazo al cielo. El sol empezaba a verse y arrugó el entrecejo con enfado. Girando ágilmente sobre sus talones, Mai hizo una loca carrera hacia el puerto.
Tres pisos más arriba de dónde Haru y Mai habían chocado, apoyado junto a la pared de una ventana parcialmente abierta, un joven masticaba un pedazo de heno y se frotaba la barbilla. Sus ojos se dirigieron a la mesa donde un viejo reloj de madera se imponía. Se empujó a si mismo de la pared y tomó su abrigo marchando hacia la puerta. A favor de la joven que había cambiado su vida, tenía algo que investigar.
-¡Aquí estoy! –patinó para detenerse en una habitación de hielo y presurosamente empezó a quitarse sus abrigados guantes azules.
-Katara –llamó Yugoda haciéndole señas a la joven. Había varias otras mujeres, todas maestras aguas curanderas, deslizando agua sobre el Jefe que yacía en una bañera de hielo llena hasta el tope con agua. Su rostro no estaba sumergido y era sostenido por una abrazadera para que respirara. Cada mujer estaba hasta los codos en el agua, sosteniendo sus manos sobre la carne quemada mientras el agua brillaba y lentamente rejuvenecía el cuerpo herido-. Rápido, ayúdame con el tronco. Lo que sea que lo quemó era poderoso.
Obedientemente, Katara se sacó la parka y la arrojó a un lado atravesando la habitación. Agrandó los ojos cuando finalmente vio el daño del cuerpo del Jefe Arnook. Su piel estaba más que solo quemada. Parecía como si hubiera sido casi cocinado. En algunas partes de su cuerpo la ropa estaba adherida a su carne, y Katara no podía mirarlo sin contener las nauseas. Pero era una sanadora, así como una guerrera, y éste era su campo de batalla. Ignorando la horripilante imagen frente a ella, se paró frente a Yugoda y metió sus manos en el agua caliente. En segundos, el agua alrededor de sus manos brillaba con un suave color blanco azulado y pasó la mano sobre su estómago.
Nunca había visto a nadie tan quemado antes. El daño era intenso, pero como no estaba muerto, no había podido haber sucedido hace mucho tiempo. Arrugó los ojos. Durante todo el rato que corrió por el palacio, no había preguntado que había pasado. Katara sacudió la cabeza. Antes que indagar demasiado en lo sucedido, tenía algo que resolver entre manos. La vida de un hombre estaba en peligro y, si el negro presentimiento en la boca de su estómago era correcto, el atacante era de la Nación del Fuego, lo necesitaban vivo y en condiciones para que les dijera quien había sido el monstruo que le había hecho eso.
En la celda revestida de acero, Zuko se paseaba por el pequeño espacio peligrosamente. En su rostro había un profundo ceño y tenía la mandíbula apretada. Sus ojos estaban entornados con furia y abría y cerraba los puños a los costados. Al otro lado de las barras de hierro, Iroh estaba sentado en una silla, mirando a su sobrino con preocupación. Zuko se asemejaba a nada más que a un gato salvaje enjaulado conspirando la muerte de sus captores.
El viejo general había sido despertado por unos desesperados golpes a su puerta. Cuando la abrió, se encontró con la abuela de Katara mirándolo ceñuda.
-Iroh, tenemos un problema –afirmó sin rodeos.
Habló rápidamente y al grano. El Jefe Arnook había sido encontrado varias horas antes, casi quemado vivo en sus recamaras. Su esposa lo había hallado y llamado a los guardias. Una docena de Guerreros de la Tribu Agua se apuraron en la escena. Uno de ellos había corrido a buscar a Yugoda; así fue como Kana se había enterado. Después de inspeccionar la habitación, descubrieron que nada más se había incendiado. De hecho, las llamas de la fogata no eran más que brasas resplandecientes.
Llegaron a la conclusión de que alguien debió haber quemado al Jefe. Y como ninguno en la Tribu Agua tenía ese poder, eso llevó a los sospechosos más probables: los invitados de la Nación del Fuego. Los hombres del barco de Zuko no habían bajado a la ciudad esa noche y los Guerreros apostados en el muro interior confirmaron que ninguno había dejado el buque. Mai y Ty Lee no eran maestros fuego. Eso dejaba al Señor del Fuego y al Dragón del Oeste. Iroh quedó descartado ya que aproximadamente al mismo tiempo que Arnook era atacado, él estaba cantando una interpretación de sus Cuatro Estaciones, Cuatro amores con un achispado Pakku.
Dejando que el único maestro fuego que podía haberlo hecho era Zuko. Él no había estado en la celebración… y nadie sabía dónde había estado. Iroh vio como Zuko levantaba la cabeza y se frotaba la frente.
-Tío… explícame de vuelta… que diablos está pasando –no era un pedido. Era una orden. Todavía estaba tratando de encontrarle sentido a lo que sucedía a pesar de haber oído la historia varias veces tanto de los guardias como de su Tío.
Iroh respiró hondo.
-El Jefe Arnook fue encontrado casi muerto por severas quemaduras hace unas horas –declaró Iroh una vez más-. Nada más en el cuarto, mostraba señal de fuego. Sabes lo que eso significa.
-El Jefe Arnook pudo haberse prendido fuego solo –Zuko frunció el ceño-. Él pudo haberse acercado demasiado a la fogata y sus ropas pudieron haberse incendiado.
-En un cuarto hecho de hielo y decorado con piletas de agua, ¿crees que se hubiera dejado quemar vivo? –preguntó Iroh. Zuko apretó los dientes. Su Tío tenía razón. Si hubiera sido un accidente, podía fácilmente arrojarse en la pileta más cercana. Cada habitación tenía una fogata y una pileta de agua. Incluso los cuartos de huéspedes-. Hubiera tenido tiempo para detenerlo. Ambos sabemos que el fuego no incinera las pieles de animales tan rápido como para que fuese consumido en solo segundos.
-¡Pero no pudo haber sido un maestro fuego! –Insistió Zuko corriendo hacia delante y aferrándose a las frías rejas-. ¡Los únicos maestros fuegos aquí, somos tú, yo y cinco hombres de mi tripulación! ¡Y mi tripulación no dejó el barco!
-Ya lo tuvieron en cuenta y lo verificaron –agregó Iroh- . Dejándonos a ti y a mí.
Zuko arrugó el entrecejo y enfrentó la mirada de su anciano Tío.
-Te oyes como si les creyeras –lo acusó en voz baja-. Que sí fue un maestro fuego.
Iroh arrugó los ojos. Sabía que era un maestro fuego. Y el sospechaba quien podía ser. Sin embargo, no quería decirlo hasta que estuviera seguro de que era quien temía.
-Estaba en la celebración en el momento en que se supone quemaron al Jefe Arnook. Cuando su esposa lo siguió a la cama, habían pasado cerca de dos horas desde que se había ido. Durante ese tiempo, yo todavía estaba en la fiesta. Es por eso que no me acusaron. Testigos pueden responder por mí.
-¿Pero por qué yo? –Zuko arrugó el entrecejo- Tío, ¡Tú sabes que no lo hice! ¡Que me retire temprano esa noche!
-Sí –respondió Iroh lentamente-. ¿Pero te quedaste en tu cuarto toda la noche? –Zuko se congeló. Los ojos perspicaces de su Tío estudiaron de arriba abajo-. No pareces estar usando ropa de dormir, sobrino –indicó. Zuko cerró los ojos y volteó la cabeza-. ¿Dónde estuviste anoche?
Las manos de Zuko se ciñeron con fuerza alrededor de las rejas de metal que estaba sosteniendo. Su pecho subía y bajaba con esfuerzo debatiéndose mentalmente si debía admitir o no su encuentro de la noche anterior. Por un lado, era inocente. Por el otro, era culpable de otra cosa.
-No fui yo… -se empujó de las rejas y se sumergió de vuelta en su celda, cruzándose de brazos y dándole la espalda a su Tío.
-Lo sé –admitió Iroh, completamente convencido-. Porque sé con quién estabas anoche.
Los hombros de su sobrino se tensaron inmediatamente. Se detuvo a medio andar, su cuerpo entero incapaz de moverse por las palabras de su Tío. ¿Cómo podría saber? ¡Estuvo en la celebración toda la noche! Bien, él no pudo haberme visto con… su rostro empezó a acalorarse, sin saber si sentirse humillado o perturbado ante la posibilidad de que su Tío los hubiera visto.
-Hay cabellos castaños en tu ropa –explicó Iroh como si nada-. Y manchas de pasto en tus pantalones. Y hay un solo lugar que tiene pasto. Sin mencionar que yo mismo vi a mi embajadora favorita dirigirse allí durante la celebración.
Zuko soltó un suspiro de alivio. Así que Iroh no los había visto. Solo había visto las pistas y sacó una conclusión. Zuko se volvió y miró a su Tío.
-Tuvimos una pequeña… sesión de ejercicio.
-¿En serio? –preguntó Iroh, arqueando levemente una ceja. ¿Eso es todo? La marca en la base de tu cuello dice otra cosa…-. ¿Y cómo fue la sesión de ejercicio?
-Nada que no pudiera manejar –replicó, sin darle importancia-. Fui, sin embargo, capaz de mostrarle el relámpago azul que pude evocar hace poco sonaba como un niño que le mostraba a la chica que le gustaba como podía trepar un árbol realmente rápido solo para impresionarlo. Solo que esto era mucho más peligroso.
Inmediatamente, Iroh frunció el ceño.
-Zuko te dije que no usaras el relámpago tan despreocupadamente hasta que lo controles apropiadamente.
-No fue nada –indicó Zuko-. Solo una pequeña chispa, nada fuerte.
-¿Y cómo respondió ella?
-Lo bloqueó con hielo. El relámpago chocó con el hielo, lo hizo pedazos, luego ella trasformó los pedazos de nuevo en agua –le contó-. Aparentemente, se ha estado preparando en caso de que de alguna forma Azula regrese a escena –Zuko arrugó el entrecejo.
Iroh quedó estático en su lugar al oír el nombre de la joven. Entornó los ojos. Pero cómo podía haber llegado allí si ningún otro barco de la Nación del Fuego había arribado. Él mismo había revisado el buque de Zuko de arriba abajo cada noche después de haber oído la confesión de Mai. A menos que llegase antes… cerró los ojos, incapaz de creer que había olvidado algo tan crucial.
-Tío –la voz de Zuko interrumpido sus pensamientos y lentamente levantó la cabeza. Zuko lo miraba fijamente y fruncía el entrecejo con enfado-. ¿Tío, me estás escuchando?
-Ah… lo siento, Zuko. Me perdí en algunos pensamientos –afirmó el viejo general con inocencia-. ¿Qué estabas diciendo?
-No puedo usar mi coartada. No puedo decirles que estuve con Katara anoche –expresó con determinación. Iroh arrugó el ceño.
-¿Y por qué no? –presionó-. Estoy seguro que Katara estará feliz de…
-¡Se supone que no debemos tener contacto! –gritó Zuko repentinamente. Iroh hizo su cabeza hacia atrás ligeramente y observó a su sobrino con curiosidad-. ¿Olvidas que estoy comprometido con Mai?
-¿Pero qué son unos inocentes momentos con una vieja amiga? –rebatió Iroh consoladoramente. No le estaba pidiendo al chico que confesara a toda la Tribu Agua, la cual tenía reglas bastante estrictas de cortejo y matrimonio e indudablemente sobre sexo, que había hecho cosas con la mujer más poderosa y mejor respetada de su Tribu.
Zuko negó con la cabeza.
-No… No, Mai quedaría devastada si se enterara. No puedo dejar que lo sepa… -Zuko bajó la cabeza y quedó mirando el suelo-. No de esta forma…
Iroh cerró los ojos. "Ejercicio" no era lo único que esos dos habían estado haciendo. Debió haberlo sabido. Dos adolescentes, dolorosamente enamorados… separados por un país y sus creencias. Solo tenían una noche juntos y nadie lo sabría… ¿Cómo podían no hacerlo? Zuko… que desastre…
El joven Señor del Fuego lentamente se dirigió al banco congelado cubierto de metal que había a un lado de su celda de acero y se sentó. Sus hombros cayeron hacia delante y cerró los ojos.
-Tío… necesito algo de tiempo para pensar… -pidió Zuko-. Por favor, ve a ver a Mai y Ty Lee.
Iroh captó la indirecta. Se levantó despacio y le dedicó una ligera reverencia al monarca encarcelado.
-Regresaré pronto, Señor del Fuego Zuko –el joven dentro de la celda asintió en silencio. Iroh lo miró por última vez, apenas capaz de contener el dolor que sentía por el joven al que veía como su propio hijo. Las cosas nunca habían sido fáciles para el chico… peleó por su honor, peleó por su trono, peleaba por su amor y su vida. Con calma, Iroh ascendió los escalones hasta el piso superior.
-¿Cómo está? –una voz reacia le preguntó cuando salió. Vio al Avatar a unos pasos de la entrada custodiada hacia la celda de detención.
Iroh sacudió la cabeza.
-No estoy seguro… pero lo está tomando con bastante tranquilidad. Me alegra ver que no está haciendo nada para empeorar aún más su situación.
-¿Hay algo que yo pueda hacer? –Averiguó Aang-. Sé que Zuko no lo hizo.
-Lo sé –asintió Iroh-. Pero al menos que puedas testificar lo que estaba haciendo cuando el Jefe Arnook fue emboscado, me temo que no es mucho lo que puedes hacer, joven Avatar.
Para su ligera sorpresa, el monje calvo se sonrojó y rápidamente apartó la mirada.
-En realidad… -dejó de hablar mientras Iroh se acercaba-. Vi su… umm… cinturón en el Oasis anoche cuando estábamos… eh… buscando a Katara.
Iroh resistió el impulso de sonreírle al avergonzado monje. Solo esperaba que el cinturón hubiera sido todo lo que el chico hubiese visto.
-Incluso aunque tiene una coartada, no quiera revelarla.
-¿Por qué no? –saltó Aang, enderezándose-. ¡Eso lo sacaría de la cárcel!
-Pero devastaría a su prometida si ella se enterase –replicó Iroh-. Zuko, aunque la ha deshonrado estando con alguien más, no continuarádeshonrándola si puede.
-Oh… -Aang bajó la mirada una vez más.
-¿Cómo está el Jefe Arnook? –inquirió Iroh. Empezaban a andar hacia el palacio-. Kana me dijo que todavía respiraba cuando lo encontraron.
-Yugoda lo está cuidando ahora mismo con algunas de las mejores curanderas en la ciudad. Sokka y Suki fueron a buscar a Katara para que ella también ayudara –explicó Aang.
-Ya veo… -musitó el general retirado-. De verdad espero que logren revivirlo.
-Lo sé –acordó Iroh-. Entonces podrá decir lo que le pasó y Zuko no será acusado de intento de asesinato.
Iroh cabeceó.
-Y él podrá decirnos exactamente quién lo hizo –indicó el anciano al mismo tiempo que ingresaban en el palacio. Y confirmar mis sospechas.
-¿Vas a ver al Jefe Arnook? –indagó Aang. Iroh negó con la cabeza.
-No –respondió el anciano-. Zuko me pidió que viera a Mai y Ty Lee y me asegurara de que estuvieran bien.
-Ya veo… -asintió Aang-. Voy a ver si hay algo que pueda hacer para ayudar al Jefe –Iroh asintió y el joven Avatar se perdió en un pasillo diferente.
Iroh lentamente empezaba a abrirse camino hacia el corredor de huéspedes, donde su cuarto, así como el de Zuko, el de Mai y el de Ty Lee estaban ubicados. Al doblar en la primera esquina, escuchó unas pisadas acercándose a gran velocidad. Al volverse, se encontró con la acróbata que cargaba con una expresión preocupada y confundida corriendo por el pasillo. Tan pronto lo vio, pegó un respingo y corrió hacia delante.
-¡General Iroh! ¡General Iroh! –Jadeó Ty Lee sacudiendo la cabeza-. ¡General Iroh, fui al cuarto de Mai cuando desperté para verla y ella no estaba ahí!
Iroh sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Su voz se volvió seria.
-¿Qué quieres decir? ¿Tal vez se fue a desayunar?
-No –Ty Lee negó con la cabeza con desesperación-. No, ¡nunca va a desayunar sin mí! Incluso fui a ver allí y ella no estaba. ¡Nadie la ha visto! ¡Me fijé en su baño y todo!
El anciano entornó los ojos.
-Deberíamos verificar su habitación de nuevo –aseveró. Ty Lee simplemente asintió y siguió al hombre al cuarto de su amiga. Abrieron la puerta y se apuraron al interior.
Ty Lee saltó dentro del cuarto y oteó alrededor. La cama de Mai estaba bruscamente hecha. Su ropa todavía estaba en su maleta. No parecía que ella se había cambiado de ropa para dormir.
-Cuando entré por primera vez, la ventana estaba abierta. Y parecía que el fuego se había extinguido muy temprano. Y las cosas de Mai todavía están aquí ¿ve? –indicó señalando el baúl marcada con la insignia de la Nación del Fuego que habían llevado a su cuarto.
Iroh frunció el ceño. Algo no estaba bien. Caminó hasta el baúl y lo abrió. Como se imaginó, la ropa de viaje no estaba. Se incorporó y escudriñó la habitación. Una cajita lacarada de madera descansaba en la mesa junto a la cama. Mientras Ty Lee buscaba en el baño anexo una vez más, Iroh fue hasta la mesa. Con cuidado, levantó la caja rojo oscuro y marrón y la abrió.
Su nariz captó la ligera esencia del hierro. Permaneció mirando fijamente a los cuidadosos nichos de la caja. Cuchillos. Navajas. Agujas. Pero las armas de Mai habían sido confiscadas y destruidas.
-¿Ty Lee, Mai tenía otro juego de armas?
La joven acróbata salió del baño y negó con la cabeza.
-No sé –admitió. Nunca había puesto mucha atención a eso. Se acercó al anciano y miró la caja-. ¿Es un joyero? Yo también tengo uno, que luce igual que ese. Azula me lo dio por mi cumpleaños un año.
Su corazón por poco se detuvo. Esto confirmaba todo. Azula… realmente estás aquí…
-¿General Iroh? –llamó Ty Lee curiosamente-. General Iroh, ¿se siente bien?
-Ty Lee –respondió Iroh-,tenemos que contarselo a Zuko inmediatamente.
Le tomó un segundo a la joven acróbata darse cuenta exactamente de lo que estaba hablando. Agrandó los ojos y retrocedió tropezando.
-¡No puedo! ¡Le prometí a Mai que no diría nada!
-Fue arrestado por intento de asesinato –rebatió Iroh con severidad-. El Jefe Arnook fue encontrado casi muerto esta mañana –Ty Lee empalideció y sus ojos se inundaron de lágrimas. Azula había cumplido su palabra. Había regresado. La dura realidad la golpeó y sacudió la cabeza con incredulidad. Sin embargo, con la caja en sus manos, su amiga desaparecida y el repentino ataque a un hombre inocente… sabía que a lo que el General apuntaba era verdad.
Azula había regresado.
Habían pasado horas. Katara no estaba segura de cuantas exactamente, pero podía sentir la mella que horas sin parar de curación habían hecho en su cuerpo. Las otras mujeres lentamente habían empezado a tomar descansos y a alternarse, solo para mantener las fuerzas. Arnook todavía estaba inconsciente, pero mucha de su piel ya había sido sanada. En verdad, Katara no sabía que eso hubiese sido posible considerando como se veía cuando llegó. Pero esas mujeres habían dedicados sus vidas a curar. Tenían mucha habilidad.
-Katara –llamó suavemente Yugoda. La joven solo levantó las cejas para darle reconocer a su mayor, todavía con los ojos fijos en su trabajo-. Katara, deberías descansar.
-Estoy bien, Yugoda –porfió Katara parpadeando y tratando de mantener la vista centrada-. Puedo hacerlo.
-Sé que puedes, Katara, pero has estado parada y curando por varias horas – insistió la anciana-. Necesitas descansar.
-Yugoda, estoy bien.
-Katara, escúchame –la anciana dijo colocando su arrugada mano oscura sobre el hombro de Katara-. Puede que hayas desdeñado la idea de curar desde el principio; queriendo aprender a pelear en vez de eso. Pero tienes que aceptar que curar es en cierta forma como pelear. Un montón de energía es empleada y eso puede agotar a una persona, incluso al sanador más experimentado. Y como en una batalla, tienes que descansar o estarás demasiado fatigada para continuar.
Katara cerró los ojos. Sabía que su vieja maestra tenía razón y cabeceó comprensivamente. A regañadientes, sacó las manos del agua y se alejó de la tina. Yugoda le alcanzó una toalla y la guió hasta una de las sillas junto a la pared.
-Yugoda –empezó Katara despacio, tomando asiento-. ¿Lo logrará?
La anciana asintió lentamente. Miró de vuelta a la pileta donde varias mujeres continuaban su trabajo, curando despacio las zonas más complicadas con dedicación.
-Su respiración se ha normalizado –comentó Yugoda con calma-. Los latidos se estabilizaron. Creo que lo logrará.
Katara cerró los ojos y soltó un suspiro de alivio.
-Me alegro… -susurró. Levantó la mirada cansinamente-. ¿Qué le pasó?
Yugoda pareció dudar en contestar. La anciana desvió la vista. Tal vez hubiera sido más fácil explicarle a Katara las presuntas actividades de no haber sabido la conexión que tenía la joven con la Nación del Fuego.
-El Jefe Arnook fue atacado por un… -soltó un hondo suspiro y miró a Katara con ojos tristes-, maestro fuego.
Katara se levantó de su asiento con sus ojos azules abiertos como platos.
-¿Qué? ¡No, eso es imposible! Iroh y Zuko jamás harían…
-Katara, cálmate –le pidió Yugoda levantando las manos y apoyándolas suavemente en los hombros de la joven. Con suavidad empujó a Katara de vuelta a su asiento y sacudió la cabeza-. Tuvo que haber sido un maestro fuego, Katara. Alguien poderoso, capaz de incinerar a un hombre en segundos. Las quemaduras del Jefe Arnook no son un accidente.
Aún así, Katara se negaba a creerlo. Iroh nunca haría una cosa como esa. Y Zuko no le haría nada a la Tribu Agua, estaba segura de ello. Las lágrimas se agolparon en sus ojos y negó con la cabeza desaforadamente.
-No, ellos no pudieron haberlo hecho –persistió.
-Queremos creerlo, Katara, de verdad –replicó Yugoda-. Pero hasta que el Jefe Arnook no despierte y pueda hablar, no hay forma que pensemos otra cosa.
Katara entornó los ojos. Sus manos apretaron con fuerza la tela de sus pantalones.
-¿Dónde están? Iroh y Zuko. ¿Dónde están? –demandó.
Yugoda negó con la cabeza.
-No lo sé –respondió sinceramente-. Tan pronto nos enteramos de la situación del Jefe Arnook, hemos estado aquí y no sabemos nada de lo que les paso a ellos.
Katara se incorporó.
-Necesito encontrarlos.
-Katara… -Yugoda quería que se quedara. Su mirada lentamente fue a parar a la tina de agua donde las mujeres todavía estaban inclinadas sobre él tratando desesperadamente de curarlo. Katara era necesitada entre ellas ahora.
La joven siguió la mirada de Yugoda. Entendía la gravedad de la situación. Se mordió el labio inferior y tomó aire.
-Sanaré al Jefe Arnook lo mejor que pueda primero –aseveró en voz baja. El hombre estaba peleando por su vida. No podía ignorar eso a pesar de la presión creciente en su pecho.
Yugoda le dedicó una inclinación agradecida.
-Descansa unos momentos más antes de volver a curar –aconsejó mientras Katara se sentaba. Yugoda le sonrió tristemente y se inclinó sobre ella, apartando algunos cabellos de Katara de su rostro-. Enviaré alguien a preguntar sobre tu Señor del Fuego.
Había estado inmerso en sus pensamientos desde que su Tío se había ido. No estaba preocupado por haber sido arrestado. Tan pronto el Jefe estuviese curado y pudiese hablar, aclararía que no había sido Zuko quien lo había atacado. Lo que preocupaba al Señor del Fuego eran Mai y Katara. Mientras Katara podía presentarse y revelar que la noche anterior habían estado juntos, Zuko no quería que Mai se enterara.
Por nadie más que de él. Ella merecía la verdad de su boca y solo de su boca. Incluso si la lastimaba, sería un hombre y le diría lo que había pasado. Le estaría faltando el respeto de cualquier otra forma… y ya la había irrespetado lo suficiente. Levantó las manos y se frotó las sienes, sintiendo otra jaqueca aproximándose. Había empezado a padecerlas después de que Katara se marchara y una parte de él se preguntaba si eran causadas por la presión de que ella lo había abandonado.
Un ruido resonó en el lugar. El joven Señor del Fuego escuchó voces en la cima de la escalera y se incorporó en instinto para ver quien era. Una sombra cayó sobre su celda mientras Iroh descendía por las escaleras, con el ceño fruncido.
-¿Tío, dónde está Mai? –Preguntó Zuko corriendo al frente de la celda-. ¡Necesito hablar con ella de inmediato! –Iroh parecía reticente a contarle algo y sabía que no eran buenas noticias. Zuko arrugó los ojos-. Tío… -su voz se hizo más grave-. ¿Qué está pasando?
El general retirado levantó la cabeza y encaró la mirada de su sobrino.
-Me temo que no puedes ver a Mai –afirmó Iroh.
Zuko frunció aún más el ceño.
-Por qué no –exigió entre dientes y en voz baja.
-Porque… -comenzó una voz queda detrás del robusto general. Un cuerpo pequeño salió de detrás de él y Zuko agrandó los ojos. Ty Lee, la acróbata eternamente sonriente, llevaba una expresión de pavor en su rostro-. No podemos encontrarla.
Sus manos se aferraron a las rejas con fuerza.
-¿Qué quieren decir con que no pueden encontrarla? –farfulló.
-Zuko –llamó Iroh con calma-. Buscamos en su cuarto y pasamos las últimas horas revisando el palacio en su busca. Nadie la ha visto.
Esto no le gustaba. Algo no estaba bien.
-A dónde fue.
-No estamos seguros…
-¡Tío, dime a donde se fue! –gritó Zuko. Los guardias en el planta baja oyeron el ruido y bajaron unos cuantos escalones, con las armas listas. Iroh alzó las manos y meneó la cabeza para despacharlos.
-Zuko, no sabemos a donde fue. Todo lo que sabemos es que ella ya no está en el palacio.
-Mai no es una chica espontánea –recordó Zuko-. Ella no se levanta y se va sin decirle nada a nadie. ¡Y especialmente sin llevarse a Ty Lee con ella!
Ante eso, la acróbata vestida de rosa dejó caer la cabeza. Él tenía razón. La habían dejado atrás. No entendía por qué. ¿Por qué de repente había sido dejada de lado? Siempre habían sido las tres. Ella, Azula y Mai. Repentinamente, solo eran Azula y Mai… y la habían dejado de lado. Sin ni una invitación o siquiera un adiós. Dolía.
-¡Zuko! –la voz de Iroh cortó el silencio y le dedicó una mirada reprobadora a su sobrino. Movió la cabeza hacia Ty Lee, que se mordía el labio inferior lastimosamente. Obviamente ella también estaba desconcertada.
El joven Señor del Fuego la miró, dándose cuenta del dolor en su usual sonriente rostro. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y la ponzoña del abandono se notaba en su cuerpo. Su mirada se suavizó.
-Ty Lee… lo siento.
Ella negó con la cabeza.
-No –contestó despacito-. Debí habértelo dicho –afirmó convencida. Iroh agrandó los ojos.
Zuko ladeó la cabeza ligeramente.
-¿Decirme qué? –preguntó, casi receloso. Iroh levantó la mano y se la pasó por la frente. Esto no iba a ser agradable.
Ty Lee alzó la mirada, culpable.
-Antes de que nos fuéramos de la Nación del Fuego, Mai estaba en el mercado y Azula se apareció…
Ella no necesito terminar. Al oír el nombre de su hermana, Zuko explotó.
-Pronto recobrará la conciencia –determinó Yugoda alejando a Katara del Jefe Arnook. Había aún muchas quemaduras atravesando su cuerpo, pero la mayoría de su piel había sido regenerada. Su respiración era ahora menos forzada e uniforme. Ella había ayudado a Yugoda con el daño interno de sus órganos heridos-. Tendrá que permanecer en el agua por algún tiempo, pero recobrará la conciencia. El tiempo y sus ganas de vivir nos dirán cuando lo hará.
Katara cabeceó con solemnidad. Sus piernas le temblaban levemente. Había estado de pie por varias horas más y su cuerpo estaba completamente agotado. Su cabeza estaba un poco mareada por toda la energía que había concentrado en sanar.
-Ven, Katara –llamó Gran-Gran al encontrar a su nieta en la puerta-. Debes ir a tu cuarto y descansar.
-No… -rebatió Katara débilmente apartando las manos de Gran-Gran. Sacudió la cabeza con terquedad-. Necesito ver a Zuko…
-Katara –dijo la otra mujer reacia-. Estás demasiado cansada como para verlo ahora mismo. Solo descansa unos minutos.
Katara negó con la cabeza. Ella sabía que si se iba a su cuarto ahora y "descansaba", dormiría hasta la mañana siguiente. Y ella no sabía lo que sucedería en ese lapso de tiempo.
-Gran-Gran… ¿Dónde están Sokka y Suki? ¿O Aang? Ellos saben dónde está.
El corazón de la anciana dolió por su nieta. ¿Cómo lo tomaría cuando se enterase que había sido arrestado?
-Katara –empezó Gran-Gran avanzando por los corredores-. Tal vez debas sentarte primero.
-Gran-Gran, estoy bien –mintió. Con cada paso la visión se le hacía borrosa y su mundo temblaba. Pero no lo admitiría. No cuando tenía otra cosa en mente-. Solo necesito hablar con él… ¿y dónde están los demás? Yugoda dijo que uno de ellos vendría a avisarme cuando terminara.
La anciana tomó la mano de su nieta con un movimiento seguro. No sería la última vez que buscara darles consuelo. Antes de que Gran-Gran pudiera abrir su boca una vez más, Katara se apartó y tropezó hacia delante. Sus ojos estaban fijos en un joven recién llegado parado junto a la puerta y la joven de verde a su lado.
Suki se enderezó y tiró del brazo de Sokka cuando vio a Katara. El guerrero se incorporó y siguió la mano de su prometida hacia su hermana.
-¡Katara! –exclamó al verla caminar tambaleante. Inmediatamente, Sokka corrió hacia ella y la agarró del brazo antes de que sus piernas cedieran y cayera al suelo-. ¿Katara, qué tienes? ¡Suki! ¡Abre la puerta y prepara su cama!
Cuando la joven de verde agarró el picaporte del cuarto de Katara, Katara gruñó y apartó a Sokka débilmente de un empujón
-¿Dónde está Zuko?
Aparentemente, esto no era lo que su hermano quería oír. Los ojos de Sokka automáticamente se desviaron y Katara supo que no le iba a gustar la respuesta.
-Katara… debes descansar.
Entornó los ojos y el aire a su alrededor se volvió más frío. ¡Ella no quería escuchar eso! ¡Todo el mundo le decía lo mismo! ¿Acaso no entendían que había algo más importante que "descansar"? ¿Por qué de repente todo el mundo estaba tratando de mantenerla lejos de él? ¿Por qué todo el mundo evitaba contestar su pregunta? ¡Ella sabía que ellos sabían dónde estaba!
-¡Sokka, contéstame! ¡Acabo de pasar horas sanando al Jefe Arnook; sé que fue quemado! ¡Sé que culpan a un maestro fuego! ¡Y sé que Zuko es un sospechoso porque es uno! Así que dime, ¿dónde está? –masculló Katara furiosamente manteniendo el equilibrio.
Sokka abrió la boca, pero no dijo nada. la sangre le hervía a Katara y redirigió su mirada a Suki. La guerrera de cabello castaño cerró los ojos y exhaló profundamente.
-Yo quería decírtelo –confesó suavemente-. Pero te necesitaban para curar al Jefe Arnook.
Katara sintió que se le cerraba el estómago con un sentimiento de terror.
-Suki… -su voz era un susurro ronco-. ¿Dónde está?
-Zuko fue arrestado por intento de homicidio –respondió Suki rápidamente. Katara agrandó los ojos conmocionada-. ¡Está detenido! –se adelantó y agarró la mano de Katara. La maestra agua de ojos azules alzó la vista y vio la determinación y la comprensión en los ojos de Suki. Un pensamiento titiló la cabeza de Katara; Suki entendía como se sentía-. Ven. ¡Vamos a verlo!
Katara asintió, con determinación en su rostro, deshaciéndose del agotamiento y del dolor de cabeza mientras ella y Suki marchaban por el corredor.
-¡Suki! –llamó sofocadamente Sokka y se estiró, pero Suki ya estaba alejándose como una exhalación con Katara tratando de mantenerla con ella. Soltó un gruñido y estaba a punto de ir tras ellas cuando su abuela se interpuso en el camino-. Gran-Gran…
-Déjala ir a él –le dijo con severidad la anciana-. Se que quieres protegerla, Sokka, pero ella iba a saberlo tarde o temprano.
-Pero está cansada… ¡y agotada! –jadeó, señalando débilmente al pasillo por el que su prometida y su hermanita habían desaparecido-. Necesita descansar… -calló sin saber que más decir.
-Puede descansar después de que lo vea por sí misma –le aseguró Gran-Gran-. No te preocupes.
Sokka cerró los ojos y sacudió la cabeza. Él era su hermano mayor. Desde el momento en que Katara nació, había empezado a preocuparse.
-Katara, ¿necesitas ayuda? –preguntó Suki al mirar a la muchacha que le daba la mano. La maestra de ojos azules negó con la cabeza, con la parte superior de su cuerpo en picada y presionándose la cabeza con la otra mano.
-Estoy bien –porfió Katara. Bajó su mano libre y se enderezó-. ¿Ya casi llegamos?
Suki asintió y miró a la entrada de la celda de detención. Dos guardias de la Tribu Agua estaban apostados a cada lado de la entrada rectangular. Katara frunció el ceño levemente. ¿Habían pensado que dos miserables guardias bastarían para detenerlo? El hombre era el Señor del Fuego. ¡Seguramente, su gente hubiera ubicado más de dos de su propia guardia para un sospechoso de asesinato!
En una parte confusa de su mente, se preguntó si Zuko se sentiría insultado de ver solo dos guardias custodiándolo. Un pequeño tirón de su mano sacó a Katara de sus divagaciones mentales y la regresó al problema. Cabeceó y prosiguió a seguir corriendo por el piso congelado hasta la entrada de la prisión.
Al acercarse, comenzaron a oír furiosos gritos desde dentro de la celda. Antes de que Katara echara a correr por la escalera, Suki la retuvo.
-¿Qué está pasando? –averiguó la ex guerrera Kyoshi a los guardias. Quería saber la situación antes de que Katara bajara como un bólido.
De no haber estado con Katara, Suki dudaba que los guardias le dijeran algo. Sin embargo, uno miró a la embajadora y otro cabeceó con aprobación.
-El Señor del Fuego le está gritando al General Iroh y a una joven de rosa –informó uno de los guardias obedientemente-. No sabemos por qué.
Los ojos de Katara se redirigieron a la puerta. Era la voz de Zuko. Podía reconocerla como si la hubiera estado escuchando toda su vida. Sin vacilar, se soltó de la mano de Suki y empezó a bajar al lugar de detención. Mientras descendía por la estrecha escalera, podía oír la voz de Zuko con claridad.
-¿Azula está aquí? –rugía furioso. El corazón de Katara dejó de latir y se aferró con una mano a la pared de hielo-. ¿Por qué ninguno de ustedes me lo dijo?
-¡Mai tenía miedo de contarte! –Le respondió una voz, sonaba aterrada-. ¡Me hizo prometer que no se lo diría a nadie!
-¿Entonces por qué lo sabe mi Tío? –continuó Zuko.
-Las escuché hablando…
-¿Y por qué no me lo dijiste? –Demandó Zuko-. ¡De haber sabido que Azula se había encontrado con Mai, hubiera tomado su amenaza en serio!
-Mai no sabia si Azula decía la verdad o no –añadió Ty Lee-. Y el General Iroh dijo que ningún barco de la Nación del Fuego zarpaba hacia el Polo Norte hasta el día después de que nos fuéramos de aquí.
-Ella no tenía que tomar un barco de la Nación del Fuego –gruñó Zuko-. ¡Pudo haber tomado un buque del Reino Tierra o quizás incluso meterse de polizón en el nuestro! ¡Ahora no sabemos donde esta ella o Mai! ¡Ni siquiera sé si se fue con mi hermana por voluntad o la secuestraron!
Ty Lee desvió la mirada, avergonzada.
-Mai temía que la acusaras de traición, así que no quería decirte nada…
Zuko entornó los ojos.
-¿Ella qué? –escupió, disgustado. ¿Cómo pudo siquiera haber pensado que la acusaría de tal cosa? Después de todo el tiempo que habían pasado juntos, después de todo el esfuerzo que había hecho tratando de que se adaptara al palacio… ¿ella le temía? No quería que la mujer con la que se casara le temiera.
-Tenía sus razones, Zuko –replicó Iroh con severidad-. Tenía miedo de perderte. Sabes por qué –añadió para aclarar su punto. Zuko bajó la mirada.
Por supuesto que esto tenía que pasarle a él. Después de una noche apasionada en la que había tocado el cielo con Katara todo tenía que ir mal. Su prometida le tenía miedo y no confiaba en él… y suponía que con por una buena razón. Su propio Tío había vacilado en contarle algo y había mantenido el secreto con Ty Lee, quien ni siquiera había demostrado ser capaz de guardar un secreto. Y lo peor, su hermana… su perfeccionista y temperamental hermana había aparecido y lo había emboscado.
No había nada fuera de lugar. En el momento en que mencionaron a Azula, todo cayó en su lugar. Zuko no era estúpido. Su hermana lo había incriminado por intento de asesinato. Y ahora él estaba tras las rejas, gritándoles a su Tío y a Ty Lee, sin saber donde estaban Azula o Mai y si estaban o no juntas de nuevo. Soltó un bufido, sacando vapor de sus fosas nasales. ¿Cuál diablos es tu plan, Azula…?
En su chispeante silencio, no notó a las sombras que se abrían paso por las escaleras, o la voz silenciosa de una joven que le preguntaba a la otra si necesitaba ayuda. Las pisadas barrían la nieve acumulada en las escaleras e Iroh y Ty Lee se dieron la vuelta.
-¡Katara! –jadeó Iroh, con los ojos como platos y apresurándose hacia delante. La mención de su nombre obligó a Zuko a alzar la vista-. ¿Qué te pasó?
Zuko no podía verla, el cuerpo de su Tío eclipsaba su figura. Todo lo que escuchó fue la cansada voz de la maestra agua asegurándoles que estaba bien, solo cansada. Aún así, cuando su Tío hubo jadeado, su propio corazón había saltado hasta su garganta, con su mente imaginando los peores escenarios posibles. ¿Había habido una pelea? ¿Había sido con Azula? ¿Azula había herido a Katara? Que Agni ayudara a la mocosa de su hermana si lo había hecho…
-Estoy bien, Iroh… de verdad –aseguró Katara y con cuidado hizo a un lado al hombre mayor-. He estado curando por horas, sólo estoy cansada.
Cuando Iroh se apartó, finalmente Katara se volvió visible para la celda. Los ojos de Zuko cayeron sobre ella. no se había cambiado de la ropa de la noche anterior, y eso quería decir que nunca había llegado a su cuarto para hacerlo. Su cabello estaba flojamente atado y la mitad estaba suelto. Sus ojos estaban ligeramente rojos y hundidos… no había dormido nada. y su postura estaba en picada, cansada y rendida.
Katara percibió movimiento delante de ella y miró la celda en penumbras. Zuko se apretó contra las barras, aferrándose a ella con las manos con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Una mirada preocupada cargaba en su rostro y sus ojos parecían buscar en ella cualquier señal de herida física. Ella sonrió apenas. ¿Se había dado cuenta que se había abierto camino a la parte más cercana de la escalera de la celda?
Por un momento, ambos permanecieron en sus lugares, incapaces de moverse. Esta era la primera vez que se veían desde que él la había dejado esa mañana. Era…incómodo. En verdad, no sabían que iban a tener que enfrentarse tan pronto… y especialmente en esas circunstancias. ¿Qué le podía decir ella? ¿Qué podía responder él? Iroh pareció percibir la creciente tensión entre los dos y miró a Ty Lee y a Suki. Las jóvenes estaban mirando a Katara y a Zuko atentamente. Las mejillas de Katara comenzaban a colorearse y Zuko finalmente apartó los ojos de los de ella.
-Suki –comenzó Iroh mirando a la joven que estaba aún en las escaleras-. Ty Lee, ¿me acompañarían afuera? –Zuko por poco pone los ojos en blanco. ¿Podía Iroh ser más directo? –Me temo que tendremos que tener una pequeña reunión para discutir el repentino cambio de sucesos.
Las dos jóvenes asintieron y subieron las escaleras, dejando solos a Katara y a Zuko en lados opuestos de las rejas. Incluso después de que se fueron, los dos permanecieron en donde estaban, inseguros de que decirle al otro después de lo que había pasado la noche anterior. Ella había escuchado sus despotricadas. Mai se había ido. Posiblemente con su hermana. Un escalofrío recorrió su columna al recordar a la Princesa de la Nación del Fuego en todo su furioso fuego azul. Las nubes habían tenido razón.
Zuko la estudió. Así que había estado curando. Y a quién había estado curando era fácil de adivinar. Zuko arrugó los ojos y decidió ir primero
-No ataqué al Jefe Arnook –fue áspero y al grano. Katara enfrentó sus ojos.
-Lo sé –susurró. Tragó saliva con nerviosismo, preguntándose si estaba bien que se acercara. Recelaba de lo que podían hacer. La noche anterior todavía estaba fresca. Los ojos de Zuko ahondaron en los de ella y lentamente dejó caer la guardia.
Era lo que tenía que hacer, se dio cuenta. Katara lo había visto en su momento más vulnerable, cuando no sabía de nada más que de ella… Katara no lo juzgaría. Ella no se enojaría con él. Soltó las rejas, Katara observó como bajaba sus manos y las deslizaba entre los espacios entre el metal y se estiraba hacia ella. Sintió que su cuerpo le respondía antes de que su mente pudiera detenerla. Rozó sus manos con la punta de los dedos cuando cruzaba los dedos entre los de él. Entre los espacios de las rejas, apoyó la cabeza, dejando que Zuko presionara sus labios contra su cabello y envolviera su cuerpo con sus brazos.
-Katara –susurró Zuko broncamente, su voz rebosaba de preocupación. Ella le soltó las manos, buscando calmarlo, deslizando sus propios brazos a través de las rejas, recorriendo sus fuertes brazos hasta su cuello. El agarre que tenía sobre ella se hizo más fuerte y sintió que las duras rejas se presionaban contra su suave cuerpo-. Katara, ella regresó.
Hablaba en voz baja. Levantó la cabeza y lo miró. En lo mas hondo de ella, sabía de quién estaba hablando pero silenciosamente rezó para que no se refiriera a ella. Lo había oído, pero todavía no quería creerlo. No la mujer que casi los mataba numerosas veces antes. Casi había arruinado la vida de sus amigos más leales. Casi mató a su hermano. Katara había orado el día que escuchó que esa mujer había desaparecido para nunca volver a cruzarse en su camino.
Él sintió que su cuerpo se tensaba y en silencio pidió perdón por lo que estaba a punto de contarle. Teniéndola lo más cerca que podía sin inmovilizarla contra la reja, miró los enormes ojos de Katara. Pudo ver su preocupación y terror. De repente, no quería contarle nada.
-Azula –Katara dijo el nombre de su hermana casi vacilando-. De alguna forma, sabía que regresaría.
El viento era helado contra su pálido rostro. Sus dedos delgados y enguantados se perdieron en las mangas gruesas de sus batas mientras permanecía de pie en cubierta. Su caperuza se presionaba contra su cara, sintiendo el viento haciéndola a un lado. Se preguntó, brevemente, si Katara había ido a ver a Zuko en prisión. Su corazón comenzó a doler con el pensamiento. Mai bajó los ojos y los cerró.
Tal vez se merecía que le doliera el corazón. Había traicionado a Zuko primero, después de todo, cuando le escondió su encuentro con Azula. Ella no confiaba lo suficiente en él como para contárselo. La vida de un hombre estaba casi perdida por su miedo a perderlo. ¿Pero cómo podía perderlo cuando nunca lo había tenido para empezar? Abrió sus ojos grises y miró fijamente el agua fría y azul oscura que los rodeaba. Sus pensamientos regresaron a su encuentro con la maestra agua… él la entendía, clamó.
Azula había estado molesta con ella por haberse demorado tanto, incluso le preguntó si había decidido echarse atrás a ultimo momento. El barco casi se había ido sin ella. Aún así, Mai no podía pensar en las palabras y acciones del Maestro Tierra. Lo había visto mirando a Katara en maneras que Zuko había tratado desesperadamente de mantener escondidas. Sabía que él estaba enamorado de ella. No era justo, de verdad. Katara tenía dos hombres enamorados de ella… Mai no tenía a ninguno.
Pero en vez de tratar de acaparar a Katara, el maestro tierra la había dejado ir. Katara no lo amaba, él lo sabía. Así como ella sabía que Zuko no la amaba. Y para variar, la noble acción y aparentemente ingenua del maestro tierra lo había salvado de tener el corazón roto del que padecía ella ahora. Inhaló el helado aire y permitió que le quemara los pulmones.
Y ahora estaba de vuelta a la sombra de una joven a la que una vez había considerado como una de sus mejores amigas. Solo que ahora, en vez de tres, eran dos. La tercera había sido dejada atrás sin ni siquiera un simple adiós. Azula no había mencionada a Ty Lee ni una vez en ninguno de sus encuentros con Mai. El hecho había impresionado a Mai. Ty Lee no sentía nada más que afecto por Azula. Incluso ahora, Ty Lee no quería que Azula se metiera en más problemas de los que ya estaba.
Pero tampoco ella era mejor que Azula. Ella también había dejado de lado a Ty Lee. Pero no porque no se preocupara por la muchacha. No, ella tenía sus propias razones. Sus delgados dedos acariciaron los cuchillos escondidos contra sus guantes. Ty Lee no necesitaba verse atrapada de nuevo en los planes de Azula. Mai la protegería esta vez por que Azula había ido a ella primero y se las arreglaría para mantener a Ty Lee alejada de cualquier atrocidad que Azula hubiera planeado.
Cuando aceptó las armas, estaba furiosa y amargada. Llena de odio por el Señor del Fuego y su amante maestra agua e impulsada por la traición y los celos. Pero al tocar el frío metal con sus dedos finos, recordó que ambos habían tratado de pelear contra algo que iba más allá de su control. Habían tratado de combatirlo… ella no había hecho nada contra Azula. Y por ella, alguien casi fue asesinado, su prometido estaba preso y una de sus mejores amigas abandonada. Tendría que redimirse una vez más.
-¿Por qué la tristeza? –su voz alcanzó el oído de Mai como un dulce venenoso-. Finalmente estás libre de ese traicionero hermano mío. Esta recibiendo lo que merece.
Mai simplemente asintió y miró a la joven junto a ella.
-Seguro que sí –respondió con un tono apagado, aun cuando se le retorcía el corazón en el pecho.
Parecía que, la redención nunca era un camino fácil de seguir.
Zuko todavía estaba detenido en su celda. Sin embargo, ahora estaba solo. Todo mundo se había reunido justo delante de la entrada a la celda de detención. Iroh estaba contándoles a todo el que se les había acercado el repentino cambio de eventos. Los ojos de Aang se habían agrandado y el agarre en su planeador se hizo más fuerte. Sokka cerró los ojos y se aferró con más fuerza a Suki, como si temiera perderla. Toph apretó los dientes, cerrando las manos en puños. Katara permaneció en silencio al lado de Ty Lee, con una mano consoladora sobre su hombro. La chica se sentía miserable y había estado culpándose por su estupidez al no decirle a Zuko sobre Azula y Mai en primer lugar.
Sokka entornó sus ojos azules.
-¿Entonces ella todavía está aquí?
-No lo sabemos –admitió Iroh-. Hay una posibilidad de que pueda estar aún aquí. Sin embargo, el ataque sucedió hace casi dos horas. Hay una posibilidad de que se haya ido ya.
-Pero el Maestro Pakku envió una orden para detener a todos los barcos –resaltó Aang-. ¿Creen que se zafó de eso? –inquirió, señalando los escarpados muros que circundaban la ciudad.
-No, Azula es una maestro fuego y Mai una noble. No hubieran tenido oportunidad en el páramo congelado fuera de la ciudad. Y conociendo a Azula, hallaría la manera más confortable de escapar –les aseguró-. ¿Están seguros que ningún bote zarpó?
-Ordené que se cerraran todos los canales al amanecer –les contó Pakku-. Una vez que los canales se cierran, no hay manera de que ningún barco en el puerto pueda salir.
-En realidad, un buque marchó –indicó una voz con total naturalidad detrás del grupo. Suki y Sokka miraron por encima de sus hombros y retrocedieron mientras dos figuras masculinas se acercaban con cautela. Jet estaba junto a Haru, con el ceño fruncido mientras Haru agachaba la mirada-. Había un pequeño navío privado mercante. Se fue antes de que el sol saliera de hoy.
Un frío escalofrío se esparció sobre el grupo. Iroh arrugó los ojos.
-Por casualidad, ninguno de ustedes vio a la Señorita Mai o a una joven alta, delgada con cabello oscuro y ojos dorados, ¿verdad?
Haru asintió despacio.
-Vi a Lady Mai paseando por la ciudad esta mañana. Chocamos.
-¿A dónde iba? –Indagó TY Lee, atravesando casi corriendo al grupo para llegar a Haru-. ¿Te dijo? –el joven negó con la cabeza y Ty Lee bajó la mirada.
-Entonces… -Iroh frunció el ceño-. Sí se fue con Azula…
-¿Cómo sabes que está con Azula? –preguntó Toph.
-Ella quería a Mai con ella. Y lo que sea que Azula quiere –explicó Ty Lee con tristeza-. Siempre lo consigue.
N/A – Creo que he extendido demasiado esta historia. Perdón a todos. :( Si alguna vez escribo otro fic sobre Avatar después de éste, prometo que será más corto y con menos angst. Gracias por seguirlo. :) ¡ABRAZOS!
N/T - Es muy cortito este cap y se hizo esperar mucho y no pasa mucho tampoco, jeje, pero yo alo adoró... Me encanta Iroh y Zuko no deja de comprarme,.. xP Ya me lo veo todo ojeroso y desaliñado y ahhh se me cae la baba. Chan, chan... Mai no se merece a semejante pedazo de hombre... por lo menos no esn este fic ni en los capitulos que vamos hasta ahora. Es delicioso ese tipo... me hace acordar a alguien... jejeje, no importa... me fui de tema como siempre.
El proximo cap es cuando... tiene un Zuatara hermoso, son taaaan hormonales (?) Foo, miren qien habla,... ehh... yo no dije nada... D Es divino, pero gente divina y pacientuda que adoro, amo y admiro nos veremos el sabado. Sean bueno, descorchen la sidra /champagne o lo que se les cante conmigo y bnrinden por los d200 reviews de esta humilde traducción.
I adore you, all. GRACIAS: miriamkinomoto, Yami (por entretenerme por chat :P), xX-Fallen Angel Hikari-Xx, Melian, kata, xxmabelxx, :) (Que se lleva premio, el cáp actualizado ;) Por un dibujo hermoso de la felicidad que le da cuando actualizo! Divina, Gracias por mucho :D), CyllanSDT, Mizuhi-Chan (Gracias por unas hermosas paginas-chantaje, acá está el cáp :D), MaKAkiSs y mi querido GeminiIlion. Azrael (PERDON! Y MUCHAS GRACIAS!) Los quiero mucho. Capaz que nos veamos el sabado, capaz el domingo, pero les aseguro que será antes del lunes.
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