CAPÍTULO XXI

Sepan disculpar los errores en la lectura.

Darien pov

La vi, desde mi lugar, siendo acicalada por las esclavas. Tan altanera, tan fría, tan orgullosa de si misma, con sus garras sobre su abultado vientre, lugar donde se alojaba mí futuro medio hermano, heredero de mí reino y quién sería reconocido tan injustamente como hijo mío.

Esmeralda, la princesa que eligio mi padre y que recibió la aprobación de mí pueblo, pero que nunca obtendrá mí corazón.

La mujer que elegí para mí, la niña que yo amaba, a la que pude tener y que por mala fortuna fue apartada de mí lado, ahora es la esposa de Diamante y aquello de modo inevitable despierta en mi los resquemores más dolorosos en mi interior, tanteando entre los celos, el rencor y el desamor por esa jovencita, que en algún momento será reina de Troya y con la cual tendré que enfrentarme.

-Darien... -me llamó mi legalmente esposa.

La miré con desgano.

-¿Qué tanto piensas? -me preguntó sin ocultar su curiosidad, a fin de cuentas para Esmeralda soy un enigma.

Aparté mis ojos de ella y no le respondí.

-Siempre tan indiferente... -musitó cansada de mí actitud-, vas a tener que cambiar, ¡soy tu esposa y estaremos por siempre juntos! -enfatizó con timbre autoritario.

Contuve el aire en mis pulmones, encarcelando un gran suspiro de tristeza y deseando morirme en el mismo instante que dijo aquello.

¡Qué destino desdichado el mío!

Seré toda mi vida la marioneta de un reino en que el actuaré como un Rey pero si tener el poder de un Dios, en el que estaré casado con una mujer a la que nunca amaré y dentro de un matrimonio desdichado que jamás engendrará hijos.

Aunque sé...

Lo sé desde lo más profundo de mi alma que soy padre de una niña.

La noticia ha llegado hasta mi reino con demasiada velocidad. No pongo en duda, bajo ningún punto de vista, que la hija a la que dio a luz Serena es mía. Las fechas coinciden, por más que Diamante quiera dárselas como padre troyano del año. Lo sé, lo supe, lo intuí y a fin de cuentas terminé cumpliendo mi meta, aunque con un resultado inesperado: mi peor enemigo resultará ser por siempre el padre adoptivo de mi vástaga.

¿Y yo cómo me siento respecto a esto?

No lo sé.

Aunque veces mi mente en silencio busca dibujar su rostro... ¿cómo son sus facciones y sus colores?, ¿acaso ella se parece a mí o a su madre?

Nunca llego a la respuesta porque el miedo bloquea todo intento de imaginarmela. Tal vez preferiría nunca conocerla...

Es más, algo dentro de mi me dice que no quiero verla ni a ella ni a Serena por el resto que me queda de vida, siendo mí antigua concubina la culpable de las emociones que me atormentan y desvelan día a día: estoy devastado y solo, como ido, como si no fuera yo. Tan solo me veo como un cadáver buscando al menos un rayo de luz en la oscuridad, una maldita razón que me empuje a continuar viviendo.

¿Acaso el amor que sentía hacia Serena era solo parte de una maldición?, ¿por eso no puedo olvidarme de ella?

Aquella duda ha estado impertinente en mi mente, generando escalofríos dentro de mí alma y he estado buscando una cura para esta enfermedad que me aqueja: el estar enamorado de un amor imposible.

La única solución que encuentro es ir directo hacia donde todo esto comenzó. Buscaré a Beryl para que me entregue el antídoto para dejar de amar a Serena y también quiero encontrar una cura para la enfermedad que aqueja a mi padre.

Quiero olvidarme de Serena y cuando finalmente lo logre: conquistaré Troya, aboliendo toda esclavitud y convirtiendo a Élide en el más grande de todos los imperios y en la más avanzada civilización...

Era entrada la madrugada y me hallaba en el antiguo dormitorio de Serena, que queda pegado a mí dormitorio matrimonial. No duermo con Esmeralda, principalmente porque la detesto y esa es razón suficiente para no querer compartir mi lecho con ella.

La habitación estaba tal cual como la dejó Serena, con todo en su lugar. Solo de vez en cuando le destendia las sábanas de la cama porque yo dormía allí, donde su aroma todavía se hallaba impregnado.

Y así, como todos los días, me hallaba acostado, tapado hasta los hombros y abrazado a una de sus antiguas muñecas.

¡Qué imagen más ridícula y deshonrosa!

Buscando consuelo en un pedazo de trapo sin vida, que me recordaba tenuemente a ella...

Definitivamente estoy hecho pedazos y a veces lo reconozco y en otras ocasiones tan solo actúo como un maldito bastardo sin emociones.

¿Por qué no la puedo olvidar?, ¿acaso el maldito hechizo que me lanzó Beryl es tan potente?

Debe serlo porque siento que no soy nada sin Serena...

Parece como si me hubiera robado las ganas de vivir, de sonreír... Tengo todo, pero al mismo tiempo no tengo nada dentro de este reino.

Mirando el reflejo de luz de la luna sobre el suelo, poco a poco fui dejándome vencer por el sueño y como todas las noches la recordé...

Era mágico verla rodeada por las luces de las luciérnagas, con su cabello largo y suelto moviéndose al ritmo de sus gráciles e infantiles movimientos. Serena iba de un lado a otro, no se paraba quieta, típico de su personalidad acelerada. Reía, juntaba flores, las lanzaba al cielo y coo sqa ntinuaba tarareando canciones infantiles y danzando con sus pies de princesa, dentro de un lluvia de pétalos de colores. Yo me hallaba encantando por su vivaz jovialidad, mientras la analizaba desde mi ubicación contra el grueso tronco de un árbol.

De repente corrió hacía mí, agachándose de golpe ante mi figura. Me miró seria. Parpadeé ante su repentino cambio de humor.

-Darien... -susurró con g,memlas mejillas encendidas sin dejar de mirar directo a mis ojos.

-¿Qué? -pregunté alzando mis cejas.

-¿Qué quieres ser cuando seas grande...? -cuestionó con tono misterioso.

Parpadeé. Ella se inclinó un poco más cerca de mí.

-¿Cuándo sea grande?...-repetí pensativo, al fin y al cabo, ya tengo veintiocho años y mi destino siempre ha estado prescrito por mi linaje, de todas formas decidí responderle-, quiero ser emperador.

Sólo se escucharon los grillos en los alrededores.

-¿Qué sucede Serena? -inquerí ante el incomodo silencio.

Ella me miró un instante y de repente se levantó con un salto del suelo.

-A mi me gustaría ser una paloma -respondió decidida con sus manos sobre sus caderas, tan semejantes a las de un muchacho.

-¿Una paloma? -pregunté sin entender.

Ella asintió con una sonrisa, extendiendo sus brazos.

-Son bonitas, pueden volar por todo el mundo, y son libres.

-Sí lo dices así se escucha muy agradable... -comenté como si nada, sin ánimo de analizar sobre lo que ella consideraba como "libertad."

-Claro, lo es. Ahora dime tú un animal que te gustaría ser -indicó.

-Ah, yo quiero ser un águila.

Ella parpadeó. Yo sonreí con inocencia.

-¿Por qué?

-Porque vuelan, son libres y comen palomas...

Abrió los ojos como platos y su pequeño cuerpo se crispó. Reí suavemente ante su reacción. Ella se mantuvo mirándome unos instantes, hasta que finalmente una ancha sonrisa iluminó su precioso rostro. Se inclinó hacia mi posición y beso fugazmente una de mis mejillas. Rió con picardía cuando mi pasmada mirada tomó contacto con la suya. Yo podría ser un águila rapaz y cruel, pero Serena era una paloma pura y muy inteligente, capaz de dominarme porque, aunque me costará admitirlo exteriormente, mi libertad estaba atada al naciente amor que sentía por ella...

Una luciérnaga voló sobre nosotros y Serena la atrapó entre el hueco de sus manos puras y frágiles. Desde un espacio diminuto la observó con curiosidad.

Al parecer, después de toda circunstancia, así era la naturaleza humana. No había mucha diferencia entre Serena y yo. Nos gustaba encarcelar aquello que veíamos bonito y libre, aunque claro, ella lo hacía inconcientemente y yo lo hacía con toda la conciencia y satisfacción del mundo.

-Sueltala Serena -ordené con la voz aterciopelada-, por favor... -agregué con suavidad para denostar la fragilidad de mi requerimiento.

Ella me miró con los ojos ingenuos.

-Pero es muy linda y no le e6stoy haciendo daño -respondió inocente.

Le sonreí con suavidad.

-Serena, no le gusta estar escondida. Déjala ir con las demás luciérnagas.. -respondí con sensatez.

Sus labios se cernieron en una débil "o" y los pómulos se le enrojecieron. Me miró tímidamente por un instante y finalmente abrió sus frágiles dedos, dejándola libre.

Miramos como la aturdida luciérnaga volaba de un lado hacia otro, hasta finalmente unirse al grupo de sus demás compañeras.

-Darien, ¿de qué se alimentan las luciérnagas? -preguntó repentinamente.

Sonreí por inercia ya que mis conocimientos sobre insectos no eran muy bastos. Entonces simplemente le respondí:

-Se alimentan de deseos...

Serena abrió los ojos como platos.

-¿De verdad?

Asentí.

-Claro, por eso brillan tanto...

-Darien, ¿qué es lo que más deseas en este mundo?

-Ser emperador y conquistar el mediterráneo...

-¿Pero acaso tú ya no tienes suficientes cosas?, ¿para qué quieres extender más tus tierras?

-Tienes razón Serena, pero siendo mortal lo más cerca que estaré en convertirme en Dios será conquistando tierras...

Ella parpadeó suavemente.

-¿Sabes qué deseo yo? -musitó con una débil sonrisa.

-¿Qué deseas?

-Que este lindo momento juntos nunca se acabe...

Mis mejillas se encendieron y no sé porque me senti avergonzado.

-Serena, eres mas de vivir el presente, ¿no? Por eso no eres tan codiciosa...

-Si, es así. La baja casta en la que me crié me han enseñado a vivir así. Los campesinos mueren porque son explotados por los nobles. Los pobres son mas propensos a cojer enfermedades raras... He visto mucha gente morir desde que era niña..

-... y sigues sonriendo a pesar de todo.

Movió sus hombros.

-A veces lloro pero, ¿sabes? Es mejor sonreír... Mi madre decía que uno nunca sabe cuando alguien puede enamorarse de tu sonrisa...

Serena me sonrió abiertamente.

Reí levemente, colocando mi mano sobre su cabeza rubia.

-Serena, comienza a desear más en alto...-indiqué con suavidad y besé con cariño su frente.

-Ah, entonces deseo...-se miró las manos y de repente me observó con sus ojos iluminados-. Deseo tener todo el conocimiento del mundo sin necesidad de estudiar...

Alcé mis cejas y parpadeé. Ella rió espontáneamente ante mi reacción.

-Eso es soñar muy en alto...

-Lo sé -admitió-, pero lo único que no me gusta de estar contigo es que me haces estudiar mucho. Me encanta aprender cosas nuevas pero estudiar me da mucha pereza... -dijo frotándose uno de sus ojitos.

-Pero siempre te doy caramelos y postres...

-Y yo te doy besos.

-Besos muy dulces...

-Darien, ¿qué sientes cuando te beso?

Oh, pregunta peligrosa. ¿Debía ser sincero con mi sentir o no?, ¿a qué se refería?, ¿a una emoción o al "efecto" físico que me ocasionaban sus besos?

-Felicidad -respondió yendo a lo fácil.

Pero al parecer aquella no fue la respuesta indicada.

-Darien, ¿tú me ves como una niña?

-¿Acaso no lo eres?

-Sí, lo soy pero a lo que me refiero a si me ves como una mujer...

-¿Cómo una mujer?

Ella asintió levemente mirando apenada el suelo.

-Si te resulto atractiva como mujer...

La miré con más atención. Para ser sincero su cuerpo escuálido no era lo que se dice especialmente hermoso. Era pálida como la nieve, muy delgada y con formas tímidas, pero en mi despertaba cierto deseo o curiosidad, dependiendo el caso. Claro, su rostro era precioso y tenía una mirada vivaz y unos labios deliciosos que me encantaban atiborrar a besos, cuando ella me lo permitía.

-Todavía eres muy niña... -admití con aplastante sinceridad.

Ella alzó sus frágiles dedos y con un leve barbullo comenzó a contar con paciencia.

-Creo que dentro de poco cumpliré los quince años...

-¿Cómo lo sabes?

Era curioso. La gran mayoría de esclavos no sabia su fecha de nacimiento pero ella al parecer si.

-Porque mis padres me dijeron que nací en primavera y las flores comienzan a verse diferentes...

-¿Eres cómo Perséfone? -cuestioné con ironía, haciendo alusión a la diosa de la primavera griega.

Serena me sonrió.

-Mamá solía decirme que fui un milagro que cayó del cielo.

Reí suavemente ante su comentario.

Al parecer se había ahorrado la explicación de cómo la habían concebido.

-Que sabía explicación...

-Es verdad.

-¿Tú madre alguna vez te explico específicamente cómo se conciben los bebes?

-No, ya sabes que no pecó de ingenua, por algo estuve en un harem -dijo alzando la quijada de modo orgulloso. Alcé mis cejas y la miré incrédulo. Ella espero porque yo dijera algo más pero supo interpretar mi silencio, como siempre lo hacía, y continuó hablando. Alzó uno de sus dedos y comenzó:-. Primero, se necesitan un hombre y una mujer. El hombre tiene una semillita dentro del cuerpo y esa semillita la tiene que poner dentro de la mujer, y para que eso suceda el hombre debe colocar su pen...

-Serena yo ya sé como se hacen los bebes...

Ella entrecerró los ojos.

-Que sepas como se hace no quiere decir que lo estés haciendo bien...

Entrecerré los ojos.

-¿Qué estás tratando de decirme?

Las mejillas se le acaloraron pero no dejo de lado su temple sabiondo e intelectual.

-Bueno, mírate... -hizo una pausa y me miró de reojo de arriba abajo. Me incliné un poco más hacia ella-. Eres un príncipe... y ya tienes casi choposientos años y todavía no te has casado y tampoco has tenido hijos...

Sonreí de medio lado.

-Que para los de tu clase sea común reproducirse desde temprana edad como conejos no es mi problema. Yo tengo mis tiempos.

Entonces ella respiró hondo y suavemente susurró mirando hacia cualquier punto al azar, dijo:

-Darien, ¿por qué no me dejas dormir contigo en la misma cama?

Porque todas las mañanas vas a despertar con algo duro entre tus piernas, quise decirle con aplastante sinceridad pero ante todo soy un caballero.

-Me gusta dormir solo y tú tienes tu dormitorio.

Me miró de reojo.

-Pero somos novios...

Yo nunca le había dicho que éramos pareja, sin embargo es realista que ella suponga que es así.

Mi plan principal había sido embarazarla en la primer oportunidad, pero no sé porque no me atrevo a concretar algo sexualmente.

-¿No te gustó tanto?

-Claro que me gustas.

-¿Entonces por qué la otra noche regresaste tan entrada la madrugada?

¿Acaso yo debía darle explicaciones?

-Tuve que atender algunos asuntos de mi palacio -mentí, aunque la realidad había sido que regresé a una hora en la que intuí que ella estaba dormida. A veces sólo necesitaba mis tiempos a solas para pensar.

-Está bien sino me quieres decir -musitó con los ojos tristes y el corazón se me comprimió por dentro.

Luego de unos segundos de incómodo silencio, revelé:

-Estuve solo en la sala de reuniones, contemplando el cielo desde allí.

-Entiendo... -susurró con una sonrisa apacible. Se acercó más a mí y, sin esperarmelo, recostó su cabeza sobre mi falda. Mi corazón latió fuertemente y me hallé anonado observando su hermoso rostro de niña, que resaltaba en la oscuridad. Le acaricie la mejilla y ella entrelazó sus dedos sobre los míos.

-Ahora tú eres mi familia... -musitó-, nunca más volverás a estar solo...

Y desperté de golpe, dándome de lleno contra la dura realidad.

Miré los alrededores. Todavía no había amanecido y el silencio en el dormitorio casi rozaba lo fúnebre.

Por más que ella ya no estuviera a mi lado, todavía la sentía y eso dolía como la peor de las heridas. Fui vencido por ella.

Serena literalmente me mato.

De repente en el marco de la ventana se posó una paloma y por más que fuera de noche y que todas las palomas fueran iguales, la reconocí. Aquella ave había sido la que habíamos curado con Serena. Me levanté de mí lugar y caminé apacible hasta ella, sin ánimo de asustarla. Me dejó acariciar su pequeña cabecita y luego se subió a mí antebrazo.

Miré el escritorio y el pergamino sobre la mesa y no lo pensé dos veces.

A los días siguientes nació el heredero de Élide, bautizado como Helios, en honor al dios del sol... aunque siempre me ha gustado más la luna.

Lo divisé dentro de su fastuosa cuna. Era igual a un troyano, con su pelo plateado tan característico a su tío Diamante. Lo detesté, era tan solo un bebé, pero algo dentro de mí me decía que sería un dolor de cabeza en el futuro. Algo no me gustaba de ese crío, pero iba más allá de su estirpe o de que no fuera mi hijo.

Le di una última mirada rozando casi la indiferencia. Mi curiosidad por verlo ya había sido apaleada. Ahora lo siguiente era ir a ver a mi padre, porque ya había llegado el momento de irme de Élide en busca de Beryl...

SERENA POV

La recosté en su cuna, después de lo mucho que me había costado hacerla dormir. Definitivamente yo no me entendía con mí pequeña hija y aquello me frustraba de sobremanera.

Cuando la amamantaba me mordía y eso me dolía, y cuando la acunaba en mis brazos se desvivia en sollozos. Es como si la conexión que alguna vez habíamos tenido se hubiera cortado junto con el cordón umbilical. Mí hija parecía no quererme y yo... yo nunca la quise...

...o al menos, eso es lo que aparento frente a Diamante y los demás integrantes de este reino. ¿Por qué lo hago? Tal vez sea por el traumático miedo que tengo de que la alejen de mi lado, tal como lo hicieron con Darien. No quiero encariñarme aunque es algo innato...

En ocasiones, cuando estábamos a solas ella y yo, mis ojos se volcaban apacibles sobre su pequeña y frágil figura. La observaba, tan parecida a mi aunque también veía pequeños rasgos de Darien en sus ademanes, aunque ella fuera tan solo una beba de pocos meses.

De repente una paloma se posó sobre el barandal de la cuna. La miré sorprendida y después de unos instantes finalmente la reconocí como aquella ave que habíamos curado con Darien hacía algunos cuántos meses atrás.

En una de sus patas llevaba colgado un muy pequeño pergamino. Extendí mí palma para que ella se posará y luego le quite el papiro de su pata, desenrollandolo y poniéndome a leerlo con apuro.

"Llegaste, lo hiciste y yo te deseé ardientemente

y helaste mi corazón, encendido en deseo...

D."

Mis emociones se dispararon y me sentí viva por primera vez dentro de Troya. Coloqué el pequeño trozo contra mí pecho y sollocé, aunque una sonrisa se escapaba de mis labios.

CONTINUARÁ ...

La parte en la que Darien recuerda a Serena es un descarte de la historia que tenía escrito desde comienzo de año. Se ubica antes del capítulo que Rei golpea a Serena. Lo encontré por ahí, en un documento olvidado y decidí agregarlo.

La nota de Darien, es un estracto de un poema de Safo, antigua poetisa griega.