TERESA

Capítulo 21

Viernes, 27 de diciembre de 1963

- Ya no puedo más. Estoy destrozada. Iré directa a la cama. - declaró Manolita, estirando los brazos.

- Sí, es tarde. - Miró el reloj. Marcaba las diez y media de la noche.

- ¿No te vas a casa? - preguntó Manolita, mientras se ponía el abrigo.

- Aún no. Debo acabar esto.

- Eso lo puedes dejar para mañana.

- Lo sé. Pero prefiero tenerlo listo.

- En fin, tú mandas. Hasta mañana, Teresa. Y no tardes mucho. - dijo antes de salir del despacho.

- Adiós.

Retomó la tarea. Pero tras unos cinco minutos tratando de leer infructuosamente entre líneas, se rindió y se dejó reposar sobre el respaldo de la silla. Cerró los ojos, permitiéndose un pequeño descanso a su vista castigada. Estiró la espalda, aliviando la rigidez debido a su postura inalterable durante horas, sentada.

No deseaba volver a su casa. No quería sentir el peso de la soledad cargándose pesadamente sobre sus hombros. En una casa vacía se sentía pequeña, desprotegida, indefensa. Sin nadie que la meciera en sus brazos. No recordaba la última vez que se quedó sola en casa.

Pensó en sus padres quienes viajaron el día anterior al pueblo donde residían las hermanas de su madre. Sabía muy bien que sólo era un pretexto para darle unos días reavivando la llama con Héctor. Lo gracioso de todo era que los planes tramados por su madre no comenzaban con buen pie, puesto que Héctor tuvo que viajar a primera hora en compañía de su colega a Barcelona para cerrar un negocio. En fin, todavía les quedaba la semana siguiente, pensó.

La idea de pasar sola la noche le resultaba terrorífico. A solas con la oscuridad que la engulliría tarde o temprano, obligándola a saborear la agria ausencia del calor y, al mismo tiempo, sometiéndola a un duro juicio de la propia conciencia.

Reviviría sus peores pesadillas. Sus traiciones no confesadas. Sus emociones prohibidas.

Enfrentándose a sí misma.

Casi al borde de la ansiedad, sacudió la cabeza expulsando los oscuros pensamientos. Instantáneamente, registró un vago sonido. En un principio, asumió que se trataba del vigilante. Pero el ruido se hizo más fuerte, reverberando unos continuos clics. Asemejaba a un sonido del taconeo. Se extrañó. Sabía que no podía pertenecer a Manolita, cuyos pasos eran nerviosos y más cortos. No eran las horas para vagabundear, pensó. Se levantó de la silla y salió del despacho, sumergiéndose en la oscuridad que invadía el pasillo. Al fondo, observó un pequeño halo brillante, indicando que alguien estaba ahí. No tenía la constancia de que hubiera alguien más aparte de ella y del vigilante. Miró por ambos lados, intentando encontrarlo en vano. Exhaló un largo suspiro, antes de andar hacia el origen de la débil luz. En ese momento, no interceptó ningún sonido.

Dobló la esquina. Enarcó las cejas al ver la luz filtrando por la ranura inferior de puerta. Cogió la manilla y empujó, procurando no hacer ruido para no espantar.

Sin éxito.

La persona, que se hallaba en el interior, soltó un pequeño grito, apenas ahogado con la mano.

- ¡Dios! Teresa, me has dado un gran susto. - Ana puso una mano sobre su corazón agitado.

- Lo siento, Ana. No sabía que estabas aquí. Oí un ruido. Estaba en mi despacho acabando la tarea.

- Ah, fui al aseo. - agitó ausentemente la mano. Rodeó la mesa, hasta desplomarse en la silla con la espalda hundida en el respaldo.

Teresa todavía no se había movido de la puerta, con la mano en el pomo.

- Es tarde. ¿Por qué no estás en casa? - Ana interrogó en tono de reproche, con los codos apoyados sobre los reposabrazos y los manos entrelazadas sobre el vientre.

- Porque debo acabar un informe. - explicó, dando dos pasos adelante y cerrándose la puerta tras sí. Cogió uno de dos asientos ante la mesa y se sentó.

- Dios, te recuerdo que el informe no será entregado hasta el lunes. Te estarán esperando en casa. - Ana acentuó las últimas palabras con cierta resignación.

- No me espera nadie. - Soltó de sopetón sin pensarlo. Ana la miró con una mezcla a partes iguales de sorpresa y confusión. Teresa añadió rápidamente. - Quiero decir que mis padres están de viaje a Toledo, donde nació mi madre. Sus hermanas viven ahí.

- Ah...No lo sabía. - murmuró Ana, antes de quedarse de nuevo en silencio.

Teresa echó un vistazo en la mesa. Habitualmente organizada, había un cierto desorden. Carpetas no alineadas. Hojas sueltas. Bolso abierto. Pero había tres detalles que atrajeron su atención.

Una botella. Una copa medio vacía. Un marco puesto bocabajo.

Ese objeto último le hizo recordar de pronto el día anterior. Levantó la vista. Observó detenidamente a su amiga. Detectó unas pequeñas líneas de tensión en las comisuras de los labios. Hombros caídos. Ojos cerrados. Ritmo suave del pecho. Manos sobre el vientre.

Ana Rivas parecía abatida.

- Volverá. - susurró gentilmente Teresa.

- Lo sé. - respondió secamente, todavía con los ojos cerrados. Ana exhaló un largo suspiro antes de pronunciar con tristeza. - Sólo que la echo de menos.

Comprendió a la perfección el sentimiento de Ana, dado que lo compartía. En ese instante, brillaba la ausencia de Alicia que se marchó con su padre para disfrutar unas vacaciones navideñas. Una criatura angelical cuya mera presencia les alegraba el día. Con su jovialidad. Imaginación. Picardía.

Alicia no sólo se fue, sino también se había llevado consigo la luz que iluminaba sus vidas grises.

- También la echo de menos.

Los ojos de Ana abrieron. Se separó del respaldo y cruzaron los brazos sobre la mesa. Miraba fijamente a Teresa con una débil sonrisa mientras asentía con la cabeza. Sin palabras se entendieron.

- ¿Por qué no te vas a casa? Debes descansar. - dijo preocupada, puesto que Ana tenía un mal aspecto como si no hubiera conciliado el sueño la noche anterior.

Ana soltó un suspiro que sonó más bien como un gruñido de exasperación, apartando la vista del rostro de Teresa.

- Es el último lugar donde quiero estar. - contestó malhumorada. Las cejas de Teresa arquearon ante la respuesta. Ana continuó, algo abstraída. - Quiero decir... bueno... ya sabes cómo es mi madre. - De su garganta salió una risa amarga.

Teresa se abstuvo de decir nada. Sobraban palabras. Para bien o para mal sabía muy bien cómo era doña Encarna. Podía intuir que lo último que necesitaba Ana era que su madre le atosigara recordando que mientras era acogida bajo su techo debía seguir a rajatabla sus reglas. Un lugar donde le era imposible gozar paz. La presencia de doña Encarna solía ser harto asfixiante.

Fue entonces cuando se le surgió una idea brillante para animar a su decaída amiga. Su boca dibujó una sonrisa de oreja a oreja. Cuando sus ojos toparon con los de Ana, vio que su amiga la miraba entre recelosa y curiosa.

Teresa se levantó de un salto y habló:

- Anda, coge el abrigo. - Levantó la mano al ver que Ana hacía el ademán de abrir la boca. - No acepto un no. - Se inclinó sobre la mesa, acercando la boca al oído de Ana. - Es la noche de mujeres.

Sin darle tiempo de reaccionar, se apartó bruscamente de la mesa y anduvo rápidamente. Abrió la puerta. Antes de salir, se giró y miró a una Ana boquiabierta. No pudo evitar de reprimir una risita.

- Despierta. Que la noche no espera. Voy a coger el abrigo. Búscame y salimos.

Dicho esto, cerró tras sí la puerta. Caminó a lo largo del pasillo. No podía parar de sonreír como una maníaca. Tenía la plena certeza de que si alguien la viera en ese mismo instante pensaría que había perdido por completo el juicio.

Jamás se había sentido tan viva. Tan aterrada. Tan feliz. Tan insegura.

Tan libre.

Y no tan sola.

- Entra. Déjame cogerte el abrigo.

Sujetó el cuello de la prenda mientras Ana se lo quitaba murmurando un "gracias". Teresa colgó el abrigo en el perchero. Hizo lo mismo con el suyo. Una vez libres de todo complemento, se adentraron en el salón. Acto seguido Teresa se metió en la cocina a fin de hacer una pequeña comprobación.

Una vez satisfecha, regresó al salón donde Ana, de pie, estudiaba silenciosamente todo a su alrededor.

- Ya sé que no es nada lujoso como los que estás acostumbrada de ver. - sonrió, nada molesta.

Ana pegó un brinco, como si acabara de recordar que no estaba sola. Contestó algo inquieta, con un ligero rubor en las mejillas.

- No es eso. - Ana apartó la vista, repasando de nuevo la decoración. Tras unos segundos en mutismo, los ojos de ambas mujeres se encontraron por segunda vez. Ana habló casi a modo de disculpa. - Simplemente me doy cuenta de que es la primera vez que piso tu casa. - Teresa sintió un ramalazo de culpabilidad y se disponía a abrir la boca para formular una disculpa pero Ana la interrumpió, pareciendo leer sus intenciones. - Es sencillo pero muy cálido. Nada que ver con los que estoy tan acostumbrada de "aburrirme". - Hizo una cómica mueca de aburrimiento junto con un entrecierre de los ojos que hizo reír a Teresa.

- Gracias. Es un cumplido, y más viniendo de ti. - agradeció.

No sólo por el halago sino por el cambio de tema que habría resultado en sí violento para ambas. Tristemente habían acciones por parte de ambas que ni siquiera podían justificarse. En fin, no había tiempo para arrepentirse de lo que ya estaba hecho. Lo importante era que, por el bien de Alicia, en las últimas semanas ambas habían trabajado mucho para rebajar la tensión que estuvo a punto de causar daños irreparables en los lazos familiares.

Debían dejar atrás el pasado si querían dar un entorno sano y estable a Alicia.

- Siéntate, por favor. Voy a poner la mesa.

- Eso sí que no. Déjame ayudarte. Es lo mínimo que puedo hacer. - Ana insistió vehementemente.

- ¿Quieres que me enfade? - Teresa amenazó poniendo toda la seriedad en su voz, pese a que en su fuero interno se estaba divirtiendo a lo grande viendo cómo el rostro bello de su amiga adoptaba una actitud derrotista.

- Valeeeee, tú mandas. Pero te hago saber que no estoy de acuerdo. No quiero abusar de tu amabilidad.

- Eres mi invitada. Y no se admite ninguna réplica. - Puso énfasis en la última palabra, haciéndose la ofendida. Rió cuando Ana hacía un puchero. Se acercó y tamborileó con el dedo índice bajo el mentón de Ana. - Abúsate todo lo que quieras de mí. Si te portas bien, igual te ganas un premio.- insinuó.

Rompió a carcajadas al observar la expresión totalmente pasmada de Ana. Una vocecilla le decía "Te estás comportando como una cría estúpida." La ignoró por completo, decidiendo que esa noche no era para arrepentirse, ni para cuestionar sus propias acciones que probablemente estaban fuera del lugar. Sólo deseaba tener unas horas para olvidar de todos y de todo. En especial, para disfrutar de la recuperada amistad con Ana Rivas... y no tener como compañera la sofocante soledad.

Transcurrió una hora y media cuando acabaron el postre. Entre plato y plato, estuvieron conversando de cualquier cosa que se les ocurría. Especialmente, anécdotas divertidas que les hicieron reír tanto que casi rompían sus mandíbulas. Pese a estar muy cómodas la una con la otra, no se le escapó un detalle: entre ellas había una norma no escrita que era no hablar de aquel verano en que se conocieron. Francamente, ella todavía no estaba lista para sacar el tema. Y supuso que Ana tampoco lo estaba, y más cuando había un tercero inevitable: su ex marido que acababa de llevarse a su hija.

- ¡Dios! Está todo rico. Mañana no me podré levantar. Por todo el peso que me he ganado. - Ana palmeó el vientre.

- ¡Qué exagerada! Si hasta te puedo levantar con un dedo. No como yo. - Se miró con angustia.

- Déjame pensar un momento. - Ana se frotó el mentón con los dedos, meditando. Teresa enarcó las cejas observando cómo Ana repasaba momentáneamente su cuerpo antes de hablar en tono afectado. - Me temo que en tu caso no te puedo levantar con un dedo.

- ¿Quéeeeeeee? - Exclamó un tanto ofendida, con la mandíbula rebotando contra el suelo. Cogió la servilleta y la tiró en plena cara a una Ana doblada en carcajadas. - ¡Ya te vale! ¡Para si no quieres que te eche a pataditas de aquí! - Pese a la amenaza, su voz se quebró, incapaz de reprimir las irresistibles risas que vibraban en la garganta.

- ¡Madre mía! Tu cara no tiene precio. - Masculló, haciendo casi impronunciables sus palabras debido a las risas.

Teresa emitió unos gruñidos cómicos a la vez que con la servilleta le golpeaba repetidas veces en el brazo de su cuñada.

- Vale, vale, ya paro. - Ana levantó los brazos delgados en señal de rendición. Tras recuperar el aliento, bebió agua a grandes sorbos. Hizo un largo suspiro de alivio antes de hablar. - Es broma. Ahora en serio, estás maravillosamente fantástica. Cocinas fabulosamente. Soportas impresionantemente la mala compañía que soy yo. - Se señaló a sí misma con una sonrisa juguetona. - Conversas magníficamente bien. Pese a que de vez en cuando gruñes adorablemente. En resumen, una anfitriona exquisitamente deliciosa que no tiene nada que envidiar a esas mujeres estiradas.

- ¡Virgen santa, suenas como Rosa! - Soltó antes de que pudiera detenerse. Al ver la mirada perpleja de Ana, se explicó rápidamente. - Acabas de usar cuatro o cinco "mente". - Muy a duras penas contuvo el impulso irrefrenable de fruncir la nariz a modo de disgusto ante la imagen de Rosa pronunciando camelosamente los adjetivos acabados en -mente.

Teresa y Ana se miraron en silencio, todavía desconcertadas por el giro espontáneo de tema. De pronto, estallaron en carcajadas. Trataron de sofocarlas tanto como podían dado que no eran las horas para molestar a los vecinos.

Al cabo de cinco minutos, se quedaron sin aliento.

- Tienes razón. Es tan propio de ella. Ays... creo que he bebido tanto vino. - Ana se frotó la frente, dando muestras de cansancio.

- Ni hablar. Aún no ha acabado la fiesta. - Entornó los ojos de forma misteriosa. Se acercó casi a tocar la nariz de Ana. - Tengo guardado un licor ahí. Nadie lo sabe. Vayamos a celebrar. - Se levantó precipitadamente de la silla. Rió para adentros cuando vio a su amiga terriblemente descolocada por la repentina separación.

- Oh, oh, oh. Me apunto, pero debes ayudarme porque estoy segurísima de que si me levanto, me caeré en plancha. - Se hizo la pensativa antes de continuar. - Claro que para ti no supone ningún problema ya que me puedes levantar con un dedo.

- ¡Ana! - Le pegó un bofetón en el brazo de Ana. - ¡No me recuerdes de que no hace nada me acababas de llamar gorda! - Le echó una mirada asesina cuando vio los labios de Ana curvando peligrosamente. - Pórtate bien, si no quieres quedarte sin premio. - Aquello hizo disuadir toda idea de risas que tenía Ana.

- Oh, prometo portarme bien. - dijo Ana, levantándose y caminando hasta detenerse ante el sofá. - Y sólo quiero remarcar que en ningún momento la palabra gorda salió de mi boca. Sólo dije que no podría levantarte con un dedo. Las leyes de física me apoyan. - Habló con aire de suficiencia.

- ¡Ahí va tu premio, sabihonda! - gruñó Teresa, propinándole un empujón no lo bastante fuerte pero sí lo suficiente para hacerle caer sobre el sofá.

Pero la mujer cometió el error de infravalorar los excelentes reflejos de Ana, cuando unos brazos la agarraron. Ambas cayeron en el sofá, con Teresa encima de su amiga. De la boca de Ana salió una exclamación que sonó como un "pluff", debido el peso de su cuerpo que aplastó el torso de su amiga cortándole la respiración.

- Vaya, no me puedo quejar del premio... - Ana dijo entre risas antes de entrar en un silencio cómodo.

Pese a que Ana no la podía ver, Teresa sonrió. Absorta en la suavidad debajo de su cuerpo, envolviéndola. Cerró los ojos, intensificando el resto de los sentidos. Lamió sus propios labios. Tocó el brazo sedoso de su amiga. Escuchó las rítmicas palpitaciones del corazón. Adentró la nariz en el cuello esbelto, inhalando el aroma que reconocía en cualquier parte del mundo.

De la nada resonaron en su mente las palabras que pronunció Rosa unos días atrás: "Ponte perfume donde quieres que te besen". El recordatorio hizo que su cuerpo comenzara a temblar. El temblor se agravó cuando unos brazos la rodearon gentilmente. Se agravó porque aquellas palabras de la actriz eran la "gasolina" que junto con la "cerilla", que eran los brazos de Ana, prendió fuego... del deseo.

- ¿Estás bien? Estás temblando.

Su corazón palpitaba como un loco y el pulso lo tenía desbocado. Notó cómo comenzaba a someterse al deseo, por encima de la razón. Pero el lado razonable no dio su brazo a torcer, por lo que le asaltó un pensamiento que le sentó como una bofetada en plena cara: "Estás en su casa. No sólo la tuya sino también la de Héctor".

El nombre de su esposo despertó una avalancha de sentimientos que casi la asfixió.

Engaño. Traición. Fracaso. Debilidad. Desesperación.

Entre todos, primaba un sentimiento.

Seis letras.

Letra tras letra se imprimía con fuego en su corazón. PECADO.

Se separó violentamente del cuerpo de su amiga, levantándose. Mirando cualquier cosa salvo a Ana. Teresa necesitaba fervientemente la distancia como un alcohólico necesitaba a su botella. Anduvo a toda prisa, sin destino. Cuando su vista se resbaló sobre el mueble bar, su cuerpo suspiró de alivio como si acabara de encontrar un salvavidas. Se dirigió hacia allí. Abrió la puerta del mueble y, acuclillada, sus ojos se perdían en el interior pese a que realmente no veía nada.

Su mente estaba a kilómetros de dónde se encontraba.

Se sentía terriblemente confusa. Y aterrorizada. Tanto que su eficaz recurso de ignorar había dejado de serle de utilidad.

Cerró los ojos.

Ese verano impronunciable.

Abandonada bajo la penumbra lunar. Nariz aristócrata. Piel perfumada. Mejillas sonrojadas. Lunar insinuante. Sonrisa sensual. Rizos tentadores. Ojos avellana en los que perdería hasta el fin de los días... y...

Esa sed.

La sed que la hizo enloquecer, besándola, queriéndola, amándola, abrazándola, acariciándola... ¿Unos segundos? o ¿unos minutos? o ¿unas horas? Perdió el sentido de tiempo. Del espacio. Del cuerpo. Sólo sabía que se moría lenta pero gustosamente para después resucitarse con más fuerza que nunca.

Sólo para descubrir que no era un sueño. Se despertó en una pesadilla. Una pesadilla donde esos deseos eran censurables, pecaminosos, impuros y enfermizos...

Abrió los ojos, con la vista ofuscada por las lágrimas. Agarró con la mano el pecho donde su corazón aulló de desesperación por la esclavitud de los sentimientos a la vez que rugía de victoria por la libertad de la verdad.

La verdad en mayúsculas había despojado la venda de los ojos reticentes de Teresa.

La verdad que había estado evadiendo durante tanto tiempo. Tantos años.

Ocultar la verdad había sido su muerte lenta y agónica.

Liberar la verdad había sido su mayor miedo y su mayor anhelo.

Su muerte y su resurgir.

Atacada por unas fuertes náuseas, agarró con la mano libre la puerta del mueble. Respiró casi a jadeos, al comprender que... lo que que sintió en aquel verano y lo que sentía en ese instante por Ana Rivas Llanos no era ni afecto ni camaradería.

No, no lo eran.

No era estúpida. Diablos, las cuñadas no tenían por hábito desearse físicamente... por muy profunda que fuera su estima.

Pero no era lo peor. No, lo peor de todo era que se le cruzó por una milésima de segundo el pensamiento de perderse en la pasión. Con todas sus consecuencias.

Y no era sólo la pasión.

"Todos los secretos acaban saliendo tarde o temprano. Ríndete a mí.", le atacaba sin tregua voz de la verdad en su cabeza.

Apretó los puños, no pudiendo digerir la revelación. Su alma sangró cuando recibió otra revelación.

El beso accidental que hizo en aquella noche fatídica del verano no era tan accidental.

Las fuerzas de la naturaleza la condujeron a ese estado de locura, ahogando la razón "engañosa" y "políticamente correcta" para dejar al desnudo los verdaderos sentimientos -o falsos, insistía la "razón" que aún se rebelaba contra la verdad-.

Pero de nuevo, ganó implacablemente la verdad. "Que, sin tu conocimiento, ese verano te enamoraste perdidamente de Ana Rivas Llanos. Hizo falta su regreso para abrirte los ojos. Ríndete a mí." Declaró solemnemente la voz de la verdad.

"No, no, perdiste la razón por unos deseos reprimidos que enfocaste erróneamente a Ana en vez de a Héctor que estuvo impedido durante unos días." Gruñía la batallosa razón.

"Tu amor hacia Ana se ha mantenido puro, intacto e inalterable. Tras todos estos años. Ríndete a mí." Le desafió la voz de la verdad.

"¡No, no puedes! ¡Es una mujer! ¡Irás al infierno si te rindes!" Rebatió la razón con desesperación, sintiendo perder la batalla.

Apretó los ojos, no pudiendo soportar más la vertiginosa lucha en su conciencia. Pero las voces en su mente persistían.

"Ríndete a mí." Repitió la portentosa voz de la verdad.

¡No! ¡No! No hay tal verdad. Sólo mentiras creadas por mi sentimiento de culpabilidad.

"Ríndete a mí. Ríndete a tu corazón."

Teresa bajó la cabeza, quedándose sin argumentos.

Se rindió. A la verdad. A su corazón.

"La quiero."

"Irremediablemente."

Esa verdad no le produjo ningún consuelo. Todo lo contrario. Su corazón sangró sabiendo que esa verdad no era mutua.

Una verdad que no era de doble sentido. Una verdad unilateral. Una verdad no correspondida.

Lo supo entonces en el verano. Cómo explicaría que una chica provinciana como ella iniciara el beso.

Su amiga y cuñada. Su dulce Ana. Pese a su abierto liberalismo, no experimentó sus sentimientos pecaminosos. No los censuró pero tampoco no los correspondió. No, sólo dijo que era una muestra de afecto...

Y para ella... era algo más. Algo más poderoso. Más letal. Más irresistible.

Como la manzana que tentó a Eva a darle un mordisco.

Ambas cayeron en la tentación. Sin esperanza. Sin futuro. Sin salvación.

Ambas quienes una vez fueron jóvenes y vivarachas comenzaron a experimentar una rabia ciega e irracional.

Hacia sí mismas. Odiándose. Culpándose. Martirizándose.

Recordó su propia reacción cuando Rosa le insinuó que tuvo algo con Ana más allá de la amistad. Casi se moría al oír "Breve pero intenso". Aquella idea le resultó un tanto prohibido.

De lo contrario, ¡¿cómo podría justificar los celos enfermizos hacia Rosa?

No podía concebir que hubiera otra mujer en la vida de Ana.

Emitió un débil gemido al tomar conciencia de numerosas contradicciones en su razonamiento.

Pero no podía evitarlo.

Su alma se reducía a dos sentimientos: Pecado y pureza del amor.

En ese instante, sintió una furia desesperada contra su Dios Todopedoroso, no entendiendo cómo permitía ese amor cuando era una herejía a los ojos de la Iglesia y de la sociedad.

Su Dios estaba siendo cruel con ella.

Sintió un quemazón en los ojos, humedeciéndolos a punto de formar lágrimas. Apretó los ojos, evitándolas.

Se sobresaltó cuando una mano posó sobre su hombro.

- ¿Estás bien? - preguntó una Ana sinceramente preocupada.

Regresó a la realidad, recordándose que estaba ahí para sacar su licor secreto. Como una autómata, alargó el brazo en el interior y sacó la botella que se encontraba en el rincón más oculto. Con la botella agarrada, se levantó y se giró. Sacó todas las fuerzas de flaqueza para poner una sonrisa que enseñaba su blanca dentadura.

- ¡Aquí está el licor!

Ana parecía estar desprevenida, pasando la mirada de la botella a Teresa y viceversa. Una vez recuperada de la sorpresa, los rasgos de la alta mujer se ensombrecieron. Su propio muro que empezaba a levantar a duras penas volvió a derrumbarse cuando percibió una ligera tristeza en los ojos avellana de su amiga. Quería abrazarla pero no podía permitirse otro momento de debilidad. No a costa de arruinar todo.

No soportando más la cercanía física, se movió pasando junto a Ana, ocupando de nuevo el sofá. Sentada, se agachó para abrir la puerta de un pequeño mueble al lado del sofá. Cogió dos pequeñas copas. Sin esperar a que su amiga se sentara, llenó de aguardiente las copas. Extendió una copa a Ana, todavía de pie.

- ¿A qué esperas? Bien, voy a emborracharme sola. - bromeó a medias. En realidad, era su intención. Todavía estaba digiriendo la verdad. - Aunque, si no te unes, te quedarás sin premio. - advirtió, mostrando la botella de aguardiente.

Por fin sus esfuerzos dieron frutos al ver sonreír a su amiga, cuya cabeza meneaba con una mezcla de diversión y resignación. "¡Dios Santo, sus sonrisas me hacen derretir!" Concluyó con amargura mientras un escalofrío de placer recorría la espina dorsal.

"La quiero irremediablemente." Quería llorar. Quería gritar. Quería huir.

Ya era demasiado tarde. Ya no había ninguna salida. La verdad la había atrapado.

Queriendo ahogar esos pensamientos, vació en un solo trago su copa, ignorando las protestas de su amiga por no esperarla a beber con ella. Sintió cómo el potente y ardiente líquido bajaba agradablemente por la garganta hasta el estómago, otorgando calor a su alma atormentada y anestesiando su mente revolucionado. Pero el efecto vigorizador sólo duró un momento cuando los ojos toparon con los labios de su amiga lamiéndose, provocando la resurrección de unas cuantas emociones olvidadas en su cuerpo. Por segunda vez, llenó su copa y tomó otro largo trago. No le importó que a la cabeza le diera vueltas. Dios, era una sensación poderosa desconectarse de la mente, dejando el mando al cuerpo.

- ¡Madre mía, creí que no hablabas en serio! ¡Quieres emborracharte de veras! - exclamó Ana, verdaderamente sorprendida.

Obviando los mensajes de alerta que la mente trataba de enviarle, Teresa esbozó una sonrisa que no avecinaba nada bueno. Sus ojos marrón oscuro centelleaban.

- Seré yo la gorda, pero tú eres la vieja marchita que no es capaz de beber más de una copa. - desafió. - ¡Qué decepción!

- No sé si sabes que acabas de insultarte también. - se mofó. - Gordilla, tengo el deber de corregirte en una cosa. Soy una fantástica bebedora. - habló despacio, enfatizando las sílabas.

- ¡Ja! Demuéstralo. - se cachondeó, contemplando cómo Ana tragó de golpe el aguardiente antes de alargar el brazo para que Teresa lo llenara de nuevo.

Una hora después, ambas mujeres se troncharon de risa mientras Ana explicaba atropelladamente un suceso que le ocurrió en su juventud. Teresa se inclinó hacia delante y alargó el brazo a fin de coger la botella. Pero sus reflejos estaban un tanto narcotizados, que ni siquiera atinó, más bien la volcó hacia la falda de su amiga. Ana, guiada por instinto, trató de evitar el derrame que nunca se produjo. Teresa murmuró varias disculpas mientras con una servilleta intentaba limpiar la falda. Trató de aclarar su vista ofuscada, buscando la mancha líquida. No notó ningún empapamiento.

- Ostras, sí que se ha secado rápido. ¡Quién pensaría que el aguardiente es el perfecto remedio contra las manchas! - balbuceaba embriagada.

- Cariño, si te fijas bien, no hay ninguna mancha. La botella está vacía. - Ana, con la mente algo más clara, habló entre risas, mientras agarraba las manos de Teresa que persistían en su empeño de limpiar su falda limpia.

- Oh, es bueno saberlo. Me apenaría mucho no poder beber sólo para limpiar las manchas... - Divagó mientras intentaba levantarse. A causa de la embriaguez, perdió el equilibro cayéndose de bruces sobre el torso de Ana. Debido el peso de la caída, la espalda de su amiga se hundió atrás en el respaldo del sofá con los brazos colgados en los costados.

- ¡Teresa! - exclamó sorprendida por la caída repentina. - ¿Por qué acabamos siempre en esta postura? - bromeó. Pero Teresa no le prestó atención, más preocupada por la falta del alcohol.

- Oh... ahora que lo pienso... no es tan bueno que se haya acabado, ya no podemos beber... - dijo tristemente.

- ¡No me hables más de beber! Sólo de pensarlo me da vueltas. - Habló entre dientes. - Hasta veo elefantes rosas. No es ningún mito... Pero jamás se lo diré a Alicia...

- Nunca, nunca, nunca debe saber que somos peores que ella. - prometió solemnemente. - ¡Me encanta cómo hueles! - aspiró profundamente el perfume que llevaba. Ana se limitó a reír por las divagaciones sin sentido de Teresa.

- Gracias. Tampoco hueles mal. - Concedió.

Ambas quedaron en silencio, disfrutando la cercanía física. Tras unos minutos, Ana habló en voz baja.

- ¿Sabes qué? Más de una vez pensé en mudarme. Quiero a mamá... pero es tan difícil vivir con ella.

- ¿Por qué no lo haces? - preguntó sin prestar mucha atención. Estaba abstraída en su mundo. Donde tenía abrazada a su amiga, la olía, la saboreaba, la tocaba. Sin muros en medio. Era un sueño increíble, se decía. Ni siquiera se percató de que Ana meditaba la preguntaba con una expresión grave.

- Ya es tarde porque no es per... - se detuvo. - ¿Estás durmiendo?

- ¿Qué?

- Ya veo que no. - suspiró.

- ¿Qué me decías?

- Nada importante. Cariño, creo que es hora de irme. - dijo algo resentida.

- No. Estoy cómoda. - refunfuñó.

- Pero...

- Cállate. - Ordenó tajantemente, queriendo continuar en su dulce sueño. - ¿Sabes qué dice Coco Chanel de tu perfume? - Una sacudida del cuerpo de Ana le hizo saber que no lo sabía. Teresa se separó ligeramente del cuerpo con el rostro a la altura del de su amiga. Miró directamente a los ojos algo adormilados pero atentos de Ana. Oyó muy vagamente la insistencia en el interior de la mente pero hizo caso omiso de ello. - "Ponte perfume donde quieres que te besen". - pronunció en voz baja pero cargada de intensidad.

No podía apartar la mirada, embelesada con los rasgos aristocráticos de su amiga. Cabello rizoso. Sensuales pestañas. Larga nariz. Labios pintados de carmín rojo. Cuello esbelto. Sintió una dolorosa punzada de deseo en su alma, ofuscando el poco juicio que le quedaba.

Recordó la sorprendente descripción de su sobrina acerca de los placeres gustativos de Ana. Se la imaginó meticulosa con perseguir el placer y torpe con gozarlo.

Trazó una línea imaginaria de salsa recorriendo el largo cuello de Ana, tentándola a lamerlo. La imagen que evocó la hizo enloquecer, vibrándose de lujuria y de deseo. La parte anatómica hermosamente esculpida parecía incitarle a tantear su terreno. Teresa aceptó la invitación, acercándose lentamente. Observó con fascinación los músculos del cuello tensándose. Cerró los ojos. Selló los labios en el punto de la garganta donde latía el pulso del corazón. No conforme, rozó ligeramente con la punta de la lengua la piel. El sabor salado y dulce al mismo tiempo la hizo estar en la gloria. Notó cómo Ana vibraba bajo la garganta. El pulso de la garganta se intensificó sobre los mismos labios de Teresa al tiempo que el cuello articulaba unos sonidos que sonaron a sus oídos tan excitantes y tan exquisitos.

Se separó con los ojos todavía cerrados, imprimiendo todas las sensaciones experimentadas en los labios, en su cuerpo, en su mente y en su corazón. No sabía cuánto rato había permanecido en ese trance. Cuando abrió los ojos, creyó estar sufriendo una alucinación. Consideró que jamás había contemplado una cara tan hermosa como la de Ana Rivas. Una cara capaz de transmitirle al mismo tiempo belleza, agonía, ternura, resignación, plenitud y vacío. Conmocionada por lo que acababa de ver, su mente parecía haber recobrado pequeños atisbos de claridad. Pero la embriaguez continuaba ganando la batalla, dejando rienda suelta a sus deseos.

Se moría de ganas de besarla.

Sin despegarse de la mirada aterrada de Ana, se acercó despaciosamente hasta que notó el aliento en los labios de su amiga, casi rozándolos.

Por primera vez, sintió pánico. Y anticipación por lo que vendría a continuación.

Cerró los ojos, a punto de clausurar la casi inexistente distancia.

Inexplicablemente, en unas milésimas de segundo, esa distancia, en vez de acortarse, se acrecentó. Se encontró a sí misma. Al otro lado del sofá.

Ana acababa de propinarle un empujón que lo lanzó al otro lado, causando un pequeño golpe en la nuca.

- Oh, Teresa, ¿estás bien? - preguntó entre alarmada y aliviada. - Lo siento pero debes levantarte. Alguien está llamando a la puerta.

- ¿Có...mo? - Tartamudeó, desorientada por el giro de los acontecimientos.

- Ya voy yo. - Suspiró Ana, levantándose del sofá.

En una postura incómoda, Teresa no podía hacer nada más que mirarla caminando precariamente hacia la puerta. Aguzó el oído, captando unos insistentes golpes en la puerta. La sorpresa dio paso a una furia incontrolable por la interrupción. Trató de levantarse pero se desplomó, de nuevo en el sofá. Estaba mareada. Se acomodó mientras los dedos apretaban sus ojos, intentando apaciguar la sensación del vértigo (y furia).

Oyó la voz afable de su amiga llamando por su nombre. Levantó la vista con el ceño fruncido.

- ¿Qué? - bufó.

- Ha venido un hombre quien dice conocerte. - explicó Ana, con los brazos cruzados. Parecía ligeramente inquieta.

- ¿Cómo? - preguntó confundida. Miró la hora. Eran las tres de madrugada. "Nadie en su sano juicio llama a la puerta de la casa a estas horas".

Frenó el curso de pensamientos cuando el hombre se presentó en el salón. Con mucho esfuerzo, enfocó su vista. Gritó ahogadamente al reconocerlo. Se quedó en blanco. No estaba segura de que fuera real...

Pero no era ninguna ilusión cuando la voz masculina habló risueñamente:

- ¿No te alegras de ver a tu hermano, mi Teresina? - anunció con los brazos abiertos en espera de ser abrazado.

Sin pensarlo dos veces, se levantó rápidamente ignorando las náuseas. Pero pese a las órdenes de la mente, el cuerpo tardaba a reaccionar, por lo que se topó contra la mesa de centro. Olvidó el dolor fuerte que sintió en la rodilla cuando se vio engullida por los brazos potentes de su hermano mayor.

- ¿Alfonso? - Seguía sin poder creerse que Alfonso estaba ahí, en sus brazos.

- Aquí estoy, sano y a salvo. No como tú. Veo que he llegado tarde a la fiesta. -Entrecerró los ojos en un gesto teatral de fastidio.

Oh, cómo había echado tanto de menos esa voz jovial. Ese amor sin condiciones. Esa seguridad que sólo un hermano podía proporcionar.

- No es ninguna fiesta. Sólo es una cena... - Ana aclaró algo ruborizada.

- Ya veo. Una cena que se ha alargado mucho. - Alfonso burló, sin soltar a Teresa. Y sin quitar la vista de Ana.

- Eh... debo irme. Os dejo. Tenéis muchas cosas que contar. - habló precipitadamente.

- No, no, no. - negó vehemente Teresa a quien no le gustaba la idea de no poder disfrutar más de la compañía de su amiga. - Quédate. - Miró a su hermano instando a que lo confirmara.

- Por mi parte estaría encantado. - asintió Alfonso con una sonrisa carismática, mirando primero a Ana y luego amorosamente a Teresa.

- Gracias... pero... el problema es que debo trabajar mañana. Y es muy tarde. - Ana explicó, casi a modo de disculpa. Teresa no se percató de la inquietud de su amiga.

- No, no, no. Tenemos camas. - Insistió. Se zafó de su hermano y anduvo tan inestablemente que más de una vez estuvo a punto de caerse. Sin previo aviso, echó los brazos al cuello de su amiga sorprendida. La miró intensamente con una amplía sonrisa y llena de adoración. Su cabeza volteó, en dirección a su hermano. - ¿Sabes? Ésa es Ana, mi mejor amiga. La quiero muchísimo.

- Oh, me rompes el corazón. - Chocó un puño contra su pecho. Aquello hizo reír a Teresa. Volvió a centrar su atención en su amiga. Ana la miraba con inquietud.

- Ese bruto es mi hermano Alfonso. Lo quiero tanto. Pero no tanto como a ti. - Habló con intensidad sin despegar de la cara de su amiga. ¡Cúan la quería realmente! Su mente circulaba con tanta lentitud que no se percató del brillo de miedo en los ojos avellanas.

- ¡Eso es jugar sucio, hermanita! - protestó Alfonso. Teresa le sacó la lengua. Rieron los hermanos.

- Eh... Gracias. Pero debo irme. - repitió Ana casi en súplicas, apartando los brazos de Teresa. - Debo llamar un taxi.

- Ah, hablando de taxis. - saltó Alfonso. - Espera un momento. - Anduvo rápidamente hasta posarse junto a la ventana. Descorrió la cortina. Se volteó. - Aún está aquí el taxi con el que he venido. Dame un momento para bajar y decirle que no se vaya.

Sin esperar a la respuesta de Ana, el hombre salió de la casa. Ambas mujeres escucharon los poderosos pasos bajando por las escaleras. Teresa la miraba bobalicona.

- ¡Qué regalo me han hecho! - comenzó con un toque de perplejidad. - Tener a dos personas que más quiero en una sola noche.

- Madre mía, cómo me han cambiado la Teresa... Tan loca... Y tan borracha... - Ana la miró entre divertida e insegura.

- Eh, no estoy borracha. - se negó, sintiéndose insultada. - Te lo puedo demostrar. - Ante la mueca de incredulidad de Ana, estuvo determinada a convencerla. Levantó la rodilla a la vez que se agachó la cabeza. Con el pulgar pegado en la nariz, extendió los dedos para tocar la rodilla. Mejor dicho, lo intentó penosamente. Sin el apoyo de una pierna, perdió por completo el equilibro que si no hubiera sido por los brazos de Ana, se habría caído de bruces al suelo. - Uy, uy... me parece que sí lo estoy. - Concluyó atónita. Ana, sujetándola, reía por lo bajo.

- Teresa, te dejo en el sofá. ¿Vale?

No puso ninguna réplica dado que no podía aguantarse de pie. Con ayuda de Ana, se dejó caer en el sofá.

- Escúchame bien. Mañana no irás al trabajo. - Teresa iba a protestar pero su amiga la silenció. - Sssh, puede que en esta casa mandas pero en el trabajo soy tu jefa.

- ¡Eso no es justo! - Trató de agarrar a su amiga pero ésta consiguió librarse de sus brazos. La vio saliendo del salón para volver luego con el abrigo en el brazo.

Tenía la determinación de retenerla a toda costa. Pero sus planes se fueron al traste cuando su hermano entró anunciando que el taxi la esperaba.

- Muchas gracias. Encantada de conocerle. Ah, una última cosa. Sólo para asegurarme, me gustaría que se lo recordara mañana a Teresa que tiene el día libre. Ya sabe, las cosas que tiene la resaca.

- Y tanto que lo sé. - Declaró entre carcajadas, a la vez que le lanzaba un guiño de complicidad. - Se lo recordaré después de que se tomara unas cuantas aspirinas.

- Buena idea. - asintió con una sonrisa. - Y ahora sí. Me voy. Buenas noches, señor.

- No me llame señor, por favor. Ni me hable de usted. Llámame Alfonso. - extendió la mano.

- Si usted... - al ver la mirada de reproche, se corrigió. - Si lo prefieres así, por mí ningún problema siempre que me llames Ana.

- Trato hecho. - Ambos sellaron el pacto con un apretón de manos, con Teresa como testimonio.

- Teresa, que descanses mucho.

- ¡No es justo! - Teresa protestó nuevamente. - Alfonso, dile algo.

- Es una mujer adulta. - Levantó las manos. - Y no quiero que tu amiga tenga una mala impresión de mí con mis modales de bruto. O como lo diríais vosotras, modales indecorosas. - Hizo una pequeña reverencia a Ana, que rió. Se giró a Teresa. -Mañana me lo agradecerás por no avergonzarte delante de ella.

Teresa refunfuñó, infeliz con su hermano por ponerse de lado de Ana, arruinando sus propósitos. Al ver que Ana se iba, se levantó precipitadamente olvidando su pésimo equilibrio. De milagro no se tropezó ya que entre Ana y Alfonso la sujetaron.

- Oh, qué torpe soy... - Carcajeó. Levantó la vista y contempló a pocos centímetros de su cara los rostros de dos personas que más quería en su vida. - Os quiero. - La alegría de tenerlos desbordó en su pecho. Acto seguido, plantó un beso primero en la mejilla de su hermano y luego a Ana.

- Primero, siempre has sido torpe aunque lo ocultes. - bromeó Alfonso. - Y segundo, también te queremos. - dijo con dulzura.

Teresa sonrió afectuosamente a su hermano antes de desviar la vista hacia Ana. La expresión vacante de su amiga hizo esfumar su sonrisa. Frunció el ceño, volviendo la vista a su hermano quien a su vez la miraba confuso. Alfonso desvió la vista hacia Ana. Teresa lo imitó. Percibió el cuerpo de su hermano tensándose. Enseguida supo por qué. Sucedió que ambos cayeron bajo el encantamiento de Ana. Su respiración se cortó al ver los labios de su amiga curvando para formar una de sus sonrisas tan deslumbrantes que la volvían loca.

- Tiene razón. Te queremos. - confirmó Ana en voz susurrante pero con tal intensidad que la embargaba..

Teresa se olvidó por completo de la presencia de su hermano, perdiéndose en la inmensidad del océano tras esos ojos penetrantes. El embrujo se rompió violentamente cuando Ana se apartó y pasó el brazo de Teresa al hermano. Se despidió de ellos con un adiós.

- Esperamos verte pronto. - gritó Alfonso a la espalda erguida de Ana.

Los dejó solos. Cuando ya no se oyó más el taconeo, Alfonso la caminó con precaución hasta que ambos se sentaron en el sofá.

- ¿Quién es? Tu amiga es realmente interesante. - apreció Alfonso, sin molestarse a disimular su interés hacia la alta mujer.

- Ana Rivas. - contestó sin pensarlo. De pronto estaba tan exhausta que sólo deseaba dormirse. Cerró los ojos, sin cerciorarse de la mirada de perplejidad mayúscula de su hermano.

- ¿Cómo? ¿Ana Rivas? - Teresa asintió con la cabeza. - ¿La hija de los patrones? No, no puede ser. Estás tan borracha que te has confundido de la persona.

- ¡No estoy borracha! - se indignó, clavando con el dedo en el pecho de Alfonso. - Y sí, es la hija.

- ¡Dios mío! No me lo puedo creer. Mamá me lo contó. Pero no me dijo que es tan... tan... guapa. No, guapa es poco.

- ¿Atractiva? ¿Sexy? ¿Carismática? ¿Sensual? - musitó ensimismada.

- ¡Ostras, me has leído la mente! Aunque no la habría descrito tan bien como tú. Sí que la conoces muy bien. - exclamó. - Por cierto, ¿dónde están los padres? - Su hermano miró por todos los lados como si esperara que aparecieran en cualquier momento.

- No están. Están de viaje. - Dios, las pestañas le pesaban. Se durmió pero una sacudida de la mano la sacó violentamente del trance.

- Ah, vaya, esperaba verlos. - dijo desilusionado. - Debí haber avisado, supongo. Pero quería que fuera una sorpresa.

- Oh, me encanta que estés aquí. - Teresa se apretujó contra el pecho de su hermano, cerrando los ojos. - Te he echado tanto de menos.

- Yo también te he encontrado mucho a faltar, mi hermanita. - la voz de Alfonso se quebró por la emoción. Con el brazo estrechó más el cuerpo de Teresa. - ¿Y Héctor?

- De trabajo en Barcelona. El domingo vuelve. - Contó sin emoción.

- ¿Cómo te van las cosas con él? - tanteó con cautela.

- Bien. - Respondió vagamente mientras se emergía en las profundidades del mundo onírico, no resistiendo el abrazo embriagador de Morfeo.

- ¿Sólo bien? - Semiconsciente, Teresa percibió vagamente el esceptismo en el tono de la voz de Alfonso.

- Vamos a tener un hijo. - Anunció, no muy consciente de que su propia garganta emitía palabras. Era como si en la frontera entre el mundo real y el irreal se partiera en dos sin identidad clara.

- ¿Có...mo? - gorjeó. Teresa se notó sacudida por su hermano, obligándola a mirar a los ojos. A su cabeza le daba vueltas, forzándose a abrir los ojos. - ¿Qué quieres decir con esto? Pero yo pensé... - Comprendió de seguida lo que pretendía decir Alfonso.

- No, no puedo. Ni podré tenerlos nunca. Vamos a adoptar un crío. - En un extraño momento de lucidez, susurró ausentemente con voz colmada de tristeza.

- Oh... - sólo pudo decir. La abrazó fuertemente, con el mentón sobre la cabeza de Teresa. - De todos modos, es fantástico. Me alegro mucho por ti.

Teresa no lo escuchó, vencida por el sueño. Se acurrucó en el fuerte pecho, olvidándose de sí misma. No se percató de que fue llevada en brazos a su dormitorio. Ni que su hermano la forzó a despertarse para tomar dos aspirinas junto con agua.

Mecida por la oscuridad.

Sin sueños. Sin memorias. Sin batallas.