Disclaimer: No me pertenece ningún elemento de FFVII. Esta historia es escrita por placer y sin ánimo de lucro.
El porqué de las cosas
Capítulo 21
"El mal latente"
Por Lady Yomi
Zack despertó al oír un grito desgarrador a mitad de la noche y se levantó a los tumbos del lugar que ocupaba en el suelo, junto al sillón en el que Sadie dormía profundamente.
El comedor de la casa estaba a oscuras y parecía ser el único que había despertado de tal manera, ya que la joven seguía dormida; acurrucada bajo los cobertores que la señora Fair le había puesto encima sin que lo notara.
Se llevó una mano a la frente, observando el área alrededor mientras trataba de calmarse. Todo parecía en orden... la sala se veía oscura y tranquila, confirmando que el grito sólo había sido producto de un mal sueño. No era de extrañarse dada la ansiedad que lo carcomía desde que se enteró que tendría que esperar a la mañana siguiente para abandonar Gongaga.
Fue su padre quien le recordó que el tren sólo pasaba una vez al día y se maldijo a sí mismo por no poder ir al rescate de Aerith en ese mismo instante. Por más grande que fuera su frustración... el tren no llegaría antes ni después; sino cuando era debido.
Pensó que no iba a lograr conciliar el sueño en toda la noche, mas al parecer en algún momento de la misma lo había vencido el cansancio sin que se diera cuenta.
Estaba descalzo, y se le hizo extraño no escuchar el golpeteo sordo de sus botas contra el suelo al desplazarse a través de la habitación. Lo último que recordaba (o quizá lo primero, si se ponía a pensar en sí mismo como alguien que fue creado en un laboratorio), de la vida como Soldado era la interminable huida de las tropas de Shinra.
Un año entero, viviendo en la incertidumbre de no saber cuando iba a respirar por última vez... o cuando iba a hacerlo Cloud. Jamás había tiempo para dormir. El buscar satisfacer cualquier necesidad podía resultar en la decisión que los condenara para siempre. Sea a la muerte... o al laboratorio infernal del que tanto les costó escapar.
Se masajeó las sienes mientras soltaba un largo suspiro. Al final sus ansias de recuperar el amor de Aerith habían sido las que consiguieron echar por tierra sus probabilidades de salir con vida. Y arruinado quizá... las de su mejor amigo también. Dejó de pensar con claridad por tan sólo un instante y todo por lo que había peleado se fue al traste en cuestión de minutos.
Ahora aquella que adoraba se encontraba presa entre los colmillos filosos de la corporación maldita, a punto de ser devorada como ellos dos lo fueron... ¿qué destino horrible le esperaría si no podían rescatarla a tiempo? El sólo pensar en verla pasar por un décimo de las penurias que él recordaba le hizo enfermar al instante... Aerith y Cloud estaban perdidos... Angeal muerto... y quizá-
Pasos.
Escuchó pasos detrás suyo, provenientes de la escalera que llevaba a la segunda planta: en donde se encontraba el dormitorio de sus padres. Pero no eran los viejos zapatos de cuero de Pavel Fair, ni los suecos de la señora del hogar los que martillaban lentamente en los oídos del ex Soldado: eran botas. Botas como las que él mismo siempre llevaba encima.
Volteó lo más rápido que pudo, poniéndose en guardia con los sentidos soltando chispazos como solían hacerlo cuando la adrenalina interactuaba con el mako de su sangre. Pero al llevar las manos a la espalda notó que las dos pistolas que llevaba en la parte trasera de su correaje habían desaparecido.
—No te molestes. —Musitó la voz de quien bajaba las escaleras, acercándose más y más a la tenue luz de luna que iluminaba débilmente el comedor—. Mi espada cortaría los cañones aún antes de que llegaras a apretar el gatillo.
Zack abrió la boca un palmo y su mirada se clavó en ese rostro que conocía de memoria. —¡No... No puede ser!
El extraño bajó unos escalones más, dejando ver la sonrisa que coronaba un prolijo uniforme de Soldado que acompañaba a su dueño en cada paso que daba. —Siempre supiste que eras una copia. ¿Por qué sería tan impensable que el verdadero se pasara a saludar?
No podía negar que algo en su interior le había advertido que eso era más que posible. Pero verse a sí mismo, de pie a escasos centímetros suyo y sonriendo de la misma forma que él lo hacía... era tan bizarro como aterrador. Zack retrocedió un paso, y soltó una risa nerviosa al notar que la Buster Sword; la espada de Angeal, reposaba sobre la espalda de su misterioso gemelo:
—¿De dónde sacaste esa cosa? No puedes llevarla contigo...
El otro fingió sorpresa, sin borrar la sonrisa confidente de su rostro al hacerlo:
—¿Hmm? ¿Por qué no habría de tenerla? Es la espada de mi mentor.
Zack frunció el ceño, sin saber si sentirse fastidiado o furioso. —Porque se la dí a Cloud antes de morir, idiota.
—Ah —el recién llegado sonrió de lado, sus labios arqueándose en una mueca maliciosa que le provocó un escalofrío a su interlocutor—. Tú no hiciste nada, copia. Yo lo hice. Y como fue mi decisión creo que tengo autoridad para retractarme de ella ¿eh?
—¿De qué hablas?
—La recuperé. Cómo debía ser. Ahora que estoy vivo no tiene sentido que ese recluta bueno para nada sea mi legado —se cruzó de brazos mientras reía con ganas—. Cloud Strife no tiene a donde volver. Sus sueños y su honor se quemaron junto con ese pequeño pueblucho suyo.
—CIERRA LA MALDITA BOCA... —oprimió los dedos dentro de los puños, haciendo crujir sus dientes entre sí mientras buscaba una manera de romper la guardia del tipejo... cosa que se le hacía harto difícil al estar desarmado en presencia de alguien que portaba una espada de dos metros de largo por medio de ancho.
—¿O qué? —chasqueó la lengua, cerrando la distancia entre ambos con tres pasos firmes—. Si una copia ataca al original... ¿no es justo que sea considerada como un enemigo a derrotar? ¿Cuántas copias de Génesis y Angeal derroté en mis viajes, hmm? ¿Cientos... miles? Apuesto a que tus recuerdos artificiales son más eficientes que mi memoria humana... así que quizá tengas un número más exacto que brindar.
Zack tensó la mandíbula, casi escupiendo las palabras al responder:
—¿Qué es lo que quieres? ¿Qué me largue y te ceda el lugar? ¡Pues bien... eso haré! —le dio la espalda, dispuesto a abandonar la casa para no tener que escuchar nada más, cuando su alter ego soltó una risa jovial:
—¿Cederme el lugar? Cómo si lo hubieras tomado alguna vez... No, copia. No quiero que te vayas sin antes recibir el obsequio que tengo para ti.
—Déjate de juegos retorcidos —lo miró por sobre el hombro, deteniéndose—, no me importa seguir siendo el objeto de tus burlas y provocaciones. ¿Quieres ser Zack? Por mí adelante... —apretó los labios en una línea, demasiado sobrepasado por las emociones como para pelear contra la necesidad de quedarse en ese hogar que sentía como suyo.
—Ah. No creo haber pedido tu permiso ¿o sí? De todos modos... he decidido que no tiene más sentido apegarse a esta forma de ser. Los héroes están muy sobre valorados.
—¿De qué estás hablando?
—Las copias se aferran mucho a la identidad en la que fueron basadas. Pero cuando eres el verdadero... puedes decidir quien quieres ser. Cambiar a tu antojo, una y otra vez. Sin que nadie tenga voz sobre el sendero que decides tomar... —entrecerró los ojos mientras sonreía con una dicha que a Zack se le hacía tan horripilante como macabra—. Puedes convertirte en un asesino y nadie dirá que dejaste de ser Zack Fair. No pensarán que eres un clon, sólo que enloqueciste.
Silencio. Se permitió abrir la boca un palmo, mientras su corazón se encogía sobre sí mismo ante la revelación que aparecía en el fondo de su mente. El otro sonrió suavemente al ver la reacción, bajando la voz para hacer sus palabras más íntimas, más personales:
—No todos los gritos pertenecen a tus pesadillas, mi querida marioneta... algunos son tan reales como esa identidad que jamás llegarás a tener...
—¡¿Qué les hiciste?! —el sonido del desgarrador grito femenino que había oído al despertar hizo eco en su interior y sus ojos se movieron rápidamente al piso superior—. ¡Mis padres-
—No son tus padres. No lo han sido jamás... —el extraño llevó la mano al mango de su espada, elevándola en el aire y dejando ver la sangre que salpicaba el acero en toda su extensión—. Y ahora tampoco son los míos. Porque así lo he decidido. Si estás muerto... no puedes ser el padre de nadie ¿hmm?
—¡BASTARDO! —se arrojó hacia él sin pensar, y el golpe que le propinó la espada de su oponente lo mandó a volar directo hacia la estufa, contra la que dio un golpe sordo que le arrancó el aire de los pulmones. Se puso de pie tras el impacto inicial, mientras su pecho subía y bajaba rápidamente a causa de su respiración agitada—. ¡¿QUÉ HAS HECHO?!
—Los mandé a donde pertenecen —le sonrió mientras una luminosidad diabólica pintaba sus facciones, haciéndolas cada vez más distintas de las suyas y más parecidas a las de alguien que no lograba distinguir con claridad—; al planeta... un lugar que una copia nunca pisará...
Zack se llevó las manos al estómago al sentir un dolor agudo en el mismo, bajó la mirada y notó que un río de sangre fluía entre ambas, escapando de su cuerpo como aquella funesta tarde en la que recordaba haber perdido la vida. Algo dentro de la cabeza le empezó a martillear el cráneo sin cesar y no pudo evitar retroceder a los tumbos, tratando en vano de mantener el equilibrio:
—¡¿Qué es todo esto?! ¡¿Por... por qué-
—Porque puedo. —Su sonrisa felina se desvaneció por completo, mientras le arrojaba al rostro la sangre que había pertenecido a quienes creía sus padres, con una sacudida breve y eficiente de su espada—. Eso te pasa por dormirte, copia.
—¡Cá... llate! —trató de ponerse de pie, pero ya no conseguía sentir sus extremidades. Las veía moverse, mas no respondían a sus pensamientos.
El perder el control sobre su cuerpo le hizo recordar a las interminables drogas paralizantes, las camillas del laboratorio, el cautiverio insoportable del que había sido esclavo... y eso acabó por quebrarlo. Dejándolo a merced del extraño que se acercó a su rostro hasta que sus narices casi se tocaban, sus pupilas filosas penetrando la mirada aterrada de la copia que había perdido toda autonomía sobre sus propias acciones.
—Tu voluntad fue más fácil de quebrar que la de Angeal... mucho... más... fácil. —Elevó las comisuras con delicia, observando a su derecha a través de su larga, sedosa cabellera blanquecina—. Oh, parece que dije la palabra clave...
Zack se esforzó por seguir con sus ojos la mirada del monstruo, y descubrió que hasta moverlos le costaba trabajo. Sadie estaba de pie frente a ellos, su rostro parecía puro e ingenuo debajo de la pálida luz de la luna que se colaba por la ventana.
Se preguntó por qué no estaba sorprendida, ¡porqué no reaccionaba ante lo que veía! Y su sorpresa se convirtió en terror cuando la vio pasar entre él y su atacante, como si el último fuera invisible para ella. Quiso hablar, pero la voz se le atragantó a media garganta y no pudo ni siquiera controlar a donde veía. La fuerza que el monstruo tenía sobre él dejó sus ojos fijos en los de Sadie, quien se arrodillaba frente a él con una expresión amable en los suyos:
—Zack... ¿has tenido otra pesadilla?
Huye.
—Parecía que habían matado a alguien —hizo un mohín mientras sonreía con picardía, su voz se le hizo muy parecida a la de su propia madre. —¿Acaso estás buscando excusas para no ayudar con la granja?
¡Vete!
Tembló bajo la fuerza de una voluntad invisible que movía su mano hacia la cintura de Sadie, que le ordenaba a sus dedos enroscarse en torno a la empuñadura de la pistola que la joven llevaba siempre consigo. ¡Y ella seguía sin darse cuenta de nada! ¡Sin notar lo que pasaba ni por un momento!
La frustración que lo invadió le humedeció los ojos, dificultándole la visión.
Parpadeó dos veces... y se terminó. En la primera vio aparecer el arma entre su rostro y el de la mujer. En la segunda... su rostro despedazado detrás de la explosión del cañón.
—¡NOOO...! —se desgarró la garganta en un grito, incorporándose del suelo en medio de un enredo de cobertores que amenazaba por estrangularlo. Miró alrededor con los ojos desorbitados, encontrándose con las manos de Sadie sobre sus hombros, quien lo sujetaba aún más sorprendida que él:
—¡Zack, Zack! ¡Ha sido un sueño, calma, calma!
—¡¿Un... q, qué...?!
—¡Estabas teniendo una pesadilla...! —le acarició un hombro lentamente, sin despegar su mirada de la suya—Estabas soñando, tranquilo.
—Un sueño... —se quedó viendo ese rostro que acababa de ver desaparecer apenas unos segundos atrás, mientras trataba de regular su respiración.
—Sí. Me despertaste... estabas diciendo algo acerca de que alguien se fuera —apretó los labios en una línea, sin soltarle los hombros—. Pero era tu cabeza nada más. Estás bien, estamos bien.
—Diablos... —se pasó una mano por la frente, dejando caer la cabeza entre los hombros— ... lo siento. Parecía... muy real.
—No, no —dejó caer ambos brazos a ambos lados del cuerpo, sentada frente a él—. Sé que lo era. No te disculpes... —frunció las cejas mientras suspiraba por lo bajo—: ¿Fue muy malo?
—Horripilante. —Se abrazó a sus propias rodillas, escondiendo el rostro sobre estas—. Han pasado tantas cosas últimamente que... bien podría haber ocurrido.
Silencio. Sadie se lo quedó viendo mientras trataba de disimular su consternación. Sabía de sobra que no le gustaba que le tuvieran lástima pero... era desolador verlo lidiar con los años de abuso y mentiras de una forma tan solitaria y desgarradora.
—Pensé que venir a casa cambiaría un poco las cosas —murmuró el ex Soldado por lo bajo—, pero parece que me traje los demonios conmigo.
—Ven —se puso de pie y le extendió la mano—. Te prepararé un café.
Zack asintió, aceptando la oferta al entender que nada que hiciera podría mejorar su situación. Si trataba de conciliar el sueño en ese estado, no haría sino invitar al engendro de pálida cabellera a visitar su mente una vez más.
—Todavía falta un poco para que amanezca —Sadie lo miró por sobre el hombro mientras encendía la cafetera—. Tienes suerte de que tus padres ya se hayan puesto en pie, de lo contrario los habrías asustado con ese grito...
—Oh... es cierto, están con las cabras ¿verdad? —se sentó a la mesa mientras se sostenía la cabeza con ambas manos.
—Sí. Tu madre dijo que iban a llevarlas a pastar. —Esbozó una sonrisa casi imperceptible—. Es bonito que madruguen juntos para hacer algo así después de tantos años... —lo miró inquisitivamente, atenta a su estado emocional.
—Sí... parece que nada ha cambiado excepto la... la ubicación del pueblo.
—¿Negro?
—¿Eh? —elevó la mirada, confuso.
Sadie sonrió. —Que si bebes el café negro.
—Oh, no... ¿tú sí?
—Claro, el azúcar es un lujo en los suburbios. —Volvió la atención a la cafetera—. ¿Cómo lo beben en el campo?
—Cortado con leche, a veces con vainilla también.
Sadie no pudo evitar soltar una risita, a lo que Zack respondió con un mohín. —¿De qué tanto te estás riendo, mujer?
—No pensé que fueras de los que toman latte de vainilla... —lo miró por sobre el hombro, frunciendo los labios con malicia—. Es más bien la opción de una chica rica de la placa superior.
Zack sonrió con nostalgia, meneando la cabeza lentamente a los lados. —No te las cobres conmigo. No me hago responsable de nada de lo que te dijo el Zack original.
—No empieces... —se inclinó para buscar leche en la despensa—. Tú recuerdas haberme llamado así antes, y eso es suficiente para hacerte pagar —lo miró con picardía mientras destapaba la botella que almacenaba el líquido—. Un día te darás cuenta de que eres el mismo pedazo de basura de siempre, y entonces aprenderás a dormir sin matar del susto a tus camaradas.
—¿Pedazo de basura...? —se mordió el labio sin dejar de sonreír, apoyando ambos antebrazos en la mesa de madera—. Cuánto amor...
—Tú no necesitas mi amor —extrajo la jarra de la cafetera y procedió a llenar dos tazas, sonriendo al ver los nombres de los padres de Zack grabados en cada una de ellas—. Ya tienes kilos de cariño de parte de otras personas, y acabarás por torcerte si no te toca un poco de disciplina de parte de alguno de nosotros. —le puso su respectivo tazón entre las manos mientras tomaba asiento a su lado.
—Diablos, ¿te he dicho que te pareces mucho a él?
—¿Eh? ¿A quién?
—Ya sabes...
—Oh... —hizo una pausa, tomando aire— ¿Angeal?
—Si, a él.
Sadie esbozó una sonrisa triste al recibir el mensaje. —Lo echo tanto de menos...
—Perdona por mencionarlo es que-
—No, no —asintió mientras empequeñecía los ojos detrás del borde de la taza—. No pude hablar sobre él durante mucho tiempo. Nadie... lo conocía tanto como tú. Y se me hacía muy difícil... pues expresar lo que siento respecto a lo que pasó.
—Sí... —Zack asintió, llenándose los pulmones con el aroma a vainilla mientras dejaba caer las oscuras cejas sobre los ojos—. Desearía recordarte mejor... así podría consolarte de una forma mejor que esta... —la miró largamente, apretando los labios—. Daría cualquier cosa por que fuera él y no yo quien estuviera aquí.
—Zack, no. —Negó, estrujando la taza caliente con la yema de los dedos—. Él no hubiera querido eso.
—Sí, pero tú sí...
—¡¿Eh?! —abrió los ojos en su máxima extensión, parpadeando con rapidez—: ¡No digas eso!
—Es la verdad... —observó su reflejo distorsionado sobre la superficie lechosa del café—. Y te juro que si con eso pudiera hacerte feliz, lo haría. Te debo tanto... sin ti no estaría aquí, en casa de má y pá otra vez... —le dirigió una mirada profunda, mientras asentía para sí mismo—. Sé que harías lo mismo por mí, Sad. Si pudieras cambiar de lugares con Ae... lo harías sin pensarlo dos veces.
La joven asintió a su vez, cerrando los ojos ante el doloroso recuerdo del reciente secuestro de su amiga:
—Sin dudarlo, claro que sí.
—¿Ya lo ves? —sonrió mientras bebía el contenido de la taza casi por completo—. No puedes culparme por querer pagarte el favor.
—Déjate de tonterías —cerró los ojos, bebiendo a la vez—. No tienes ninguna deuda conmigo.
—¿Y qué es lo que quieres?
—¿Eh...? ¿Cómo que, qué es lo que quiero?
—Además de salvar al planeta y vengarte de Shinra... ¿qué es lo que quieres hacer después de que todo termine?
Silencio. Sadie se quedó boquiabierta y se humedeció los labios con la lengua mientras trataba de encontrar una respuesta. —En verdad no sé que decirte...
—¿No lo has pensado?
—¿Lo has hecho tú?
—Es complicado... —dejó la taza a un lado, tomando aire—. Luego de enterarme de todo lo que sucedía con Shinra... sólo quise volver con Ae, poner un negocio... y olvidarme de toda la mierda que pasaba en el mundo. Pero ahora... no puedo hacer ninguna de esas cosas. —Soltó una risa cargada de fastidio—. Bueno... esos ni siquiera son mis deseos después de todo. Son los del tipo que murió.
—Zack... —Sadie extendió una mano débilmente, insegura acerca de si era correcto tratar de alcanzar la de su camarada en una situación tan vulnerable como la que estaba pasando— ...no te hagas más daño, te estás volviendo tu peor enemigo. —Volvió la mano a su propio regazo, temerosa de establecer cualquier tipo de contacto físico—. Y nadie puede pelear consigo mismo todo el tiempo.
El ex Soldado se quedó con la mirada fija en los torpes intentos de su compañera de sujetar su mano y no pudo evitar sonreír ante su actitud, cosa que la hizo soltar un gruñido grave de fastidio:
—¡¿De... de qué te estás riendo, Zack Fair?!
—Oh, oh... ¡de nada! —se llevó la taza a los labios, sin que las arrugas que se habían formado en su rostro a causa de la risa se suavizaran ni un poco—. Sólo pensaba... que sería bueno si no actuaras como si mi mano fuera una planta carnívora. Eso ayudaría muchísimo a hacerme sentir más humano.
—¡Ah! —la joven se ruborizó al ser descubierta, cruzando ambos brazos sobre el pecho mientras empequeñecía los ojos de forma exagerada—. ¡Vaya desfachatez! ¡No estoy haciendo... ni voy a hacer... nada con tus estúpidas manos!
Zack soltó una carcajada, la primera que Sadie le escuchara desde que se enteró de lo ocurrido en Midgar:
—Bueno, que me queda el resto del cuerpo si prefieres dejarlas fuera...
—¡Oh! —se puso de pie de un golpe, arrojándole un paño que había sobre la mesa en el rostro—. ¡Si serás... idiota!
—¡Vamos... Sadie! ¡Sólo fue una broma entre amigos! —no podía dejar de reír y eso no ayudaba a su caso para nada—. ¡De terapeuta a paciente!
La joven salió de la cocina a pasos largos, mostrándole el dedo del medio con saña al atravesar el bonito marco de madera que separaba la sala del lugar. Zack siguió sonriendo, y se sorprendió al notar que continuaba haciéndolo aún minutos después de haberse quedado sólo.
Sadie había conseguido ayudarlo a alejar la sensación opresiva que el mal sueño le había dejado... era la segunda vez que lo recibía al final de una pesadilla. Y esta vez, afortunadamente, no había acabado por darle un golpe en la cara como agradecimiento.
Posó la mirada en la ventana y sus ojos quedaron fijos en el horizonte. Donde los rayos del sol naciente empezaban a teñir el campo de dorado. Le dio un último sorbo a su café mientras contemplaba el paisaje en el que sus padres aparecieron instantes después, seguidos de un pequeño grupo de cabritas saltarinas.
Esas eran las cosas que quería proteger. Su mundo... su hogar... su familia, los seres amados. No importaba quien fuera él al final; si un ser humano o una copia. Aquello que era importante para él lo sería siempre. En este cuerpo y en cualquiera que viniera después.
Su identidad vivía en todo aquello que su corazón atesoraba y moriría por defender... una y mil veces más.
Nota de autor:
Soñar con Sephiroth no es moco de pavo, estuve demasiado tentada a ponerle "Freddy Krueger" a este episodio.
