XXI

Tal vez y solo por molestar a todos los demás, House siempre hacía rugir su motocicleta cuando llegaba al parqueadero del hospital. Unas cuantas revoluciones más que alcanzaban el nivel justo de decibeles para hacer que todos giraran la cabeza. A pesar de que eran ya casi las once de la mañana, House repitió el ritual antes de apagar la motocicleta. Se bajó lentamente y con un gesto propio para una espada samurai, sacó el bastón de su morral y cojeó despacio hacia la entrada del Princeton Plainsboro. Con la chaqueta de cuero, los lentes de sol, los zapatos deportivos y los vaqueros, parecía más una estrella de rock que uno de los galenos del hospital. Después de pasar las puertas automáticas se detuvo un momento antes de seguir. Adentro, el ajetreo era el mismo de todos los días, batas blancas se movían de un lado a otro, enfermeras, personas en sillas de ruedas, y ese devenir intenso e imparable propio de un día en el Princeton. Se dirigió hacia el ascensor, oprimió el botón de espera con la punta del bastón y se quedó de pie, allí esperando. Alguien pasó hacia la salida y un movimiento airado de un cabello rubio atrajo su atención. House se quedó helado. Caminando hacia la puerta, como si nada, iba Allison Cameron. Sostuvo la respiración por un instante, desconcertado. Cientos de cosas pasaban por su cabeza, tan velozmente que no se detuvo en analizarlas. Sin pensarlo, caminó tras ella tan rápido como su bastón y su pierna le permitieron. Desde el umbral pudo observar como ella se detuvo a saludar a alguien fuera de su campo visual. Traspasó de nuevo las puertas del hall y salió a la calle.

Wilson se acercó a Cameron, hubo sonrisas y abrazos, charla animada. House agachó ligeramente la cabeza y los siguió observando mientras se les acercaba, con la ira creciendo dentro de su pecho a medida que los minutos pasaban.

- Mira Greg…te dije que tenía razón- Dijo Wilson cuando lo vió, y esgrimió una sonrisa de oreja a oreja.

La expresión de House era totalmente impenetrable, y tras los lentes oscuros no se podía saber ni siquiera hacia dónde miraba.

Cameron se acercó, también sonriente. Sintió como su corazón se aceleraba.

- Hola…- dijo con voz titubeante, y las mejillas sonrosadas.

- Viniste a cobrarme? – repuso House con voz seca. La sonrisa se fue desdibujando gradualmente en el rostro de James Wilson.

- Espera House, no vayas a … - Empezó a decir tratando de detener a su amigo.

- De qué hablas? – Cameron estaba confundida. Nunca iba a estar segura de lo que cruzaba por el cerebro de Gregory House. Este se quitó las gafas y las sostuvo entre sus dedos. Los ojos azules refulgían con un brillo desconcertante. Se buscó entre los bolsillos de los vaqueros y sacó varios billetes de veinte dólares. Lo levantó y lo puso frente al rostro de Cameron.

- Espero que esto cubra lo de la otra noche…verás, no me gusta quedarle debiendo a prostitutas- Dijo House con sorna y sacudió los billetes. Cameron lo miraba sin comprender. Creyó estar como en un sueño. Este no era el hombre con el que había estado, el que la había casi hecho llorar de placer y alegría. Este era un monstruo iracundo y desconocido.

- Detente House – alcanzó a decirle un perplejo y asombrado Wilson en medio de la confusión.

House estaba muy quieto, frente y muy cerca de Cameron. Vió como sus ojos verdes se anegaron, como el color desapareció del rostro de ella. Por un breve momento quiso abrazarla, besarla y hundirse en ese dulce olor de su cuerpo. Se maldijo por su debilidad y dio un paso atrás.

- Qué pasa¿no quieres el dinero?¿es muy poco? No creo que Chase te pagara más que esto..- House la miró con la cabeza medio agachada.

¡PLAF! El golpe resonó en la cabeza de House, que por un momento olvidó hasta su propio nombre, se tambaleó y cayó al suelo aparatosamente. Miró hacia arriba y se encontró con Jimmy, de pie frente a él, la mano derecha empuñada y levantada.

- Por Dios House, te dije que te detuvieras. – Le dijo Wilson entre dientes.

Cameron miró alternadamente a Wilson y a House. Dio la vuelta y empezó a correr por el parqueadero.

- Jimmy no sabía que tuvieras ese derechazo- murmuró House, sentado sobre el pavimento, mientras se tocaba la mandíbula adolorida.

- Eres un maldito estúpido, House. ¿Cómo se te ocurrió decirle eso a Cameron?- Wilson sacudió la cabeza exasperado.

House se levantó antes de responderle.

- Eso es un tema cerrado Wilson.- dijo y le dio la espalda.

- Sabes que estaba haciendo aquí?- gritó Wilson cuando House se alejó.

- Cobrando el dinero de su liquidación? – House respondió también en voz alta.

- Le estaba pidiendo trabajo a Cuddy. – fue todo cuanto respondió Wilson.

El bastón de House se detuvo en el aire. Levantó la cabeza y miró a Wilson que seguía parado en mitad del parqueadero. El viento corrió y arrastró consigo los billetes que habían quedado olvidados en el pavimento.


Corrió hasta que el pecho estuvo a punto de estallarle. Los pies le dolían, atrapados en sus zapatos de tacón, los ojos le ardían, enrojecidos de llorar, y toda ella temblaba. Se percató de dónde se encontraba, trató de recobrar la compostura, así que esperó un momento, parada en la acera. No sabía qué había hecho mal. Repitió en su mente las escenas de una hora antes y repasó cada hecho. Se preguntó dónde estaba el hombre que había dejado dormido en su cama, menos de cuarenta y ocho horas atrás. Sin encontrar respuestas, y ya sin lágrimas que llorar, se ajustó el abrigo, se alisó el cabello alborotado y empezó a caminar hacia su departamento.


La oficina estaba en penumbras, y era exactamente así como la quería. Sentado en silencio, deslizaba una moneda entre sus dedos, en un ir y venir constante y fluido que le ayudaba a pensar. La confirmación de la información que le dio Cuddy, que Cameron trabajaría en emergencias, y que había renunciado al trabajo en Boston, no eran lo que había esperado. Cómo era posible que entendiera el que "hoy estaré en Boston" quería decir que volvería y que lo quería. Las mujeres debían venir con un manual de instrucciones, y si ese tal Dios existía, debió haber pensado en dárselo a Adán durante la creación. Pero no, todo debía ser adivinado e intuído.¿ Era posible que esa mujer estuviera en verdad enamorada de él? Como lo había podido merecer si nunca había tratado de ser gentil con ella, siempre acosándola, criticándola, tratando de que cambiara esa idea infantil del mundo y de la bondad y de toda esa chorrada de tonterías?

House se preguntó una y otra vez en qué momento esa dulce chica había derrumbado su muralla, construida con tanto empeño y resentimiento. Y la quiso cerca, y se odió por decir lo que había dicho, y recordó cada milímetro de su cara antes de que echara a correr. Arrugó la frente con la imagen. Era ahora tarde, como siempre, para lamentarse, y peor aún para remediarlo, porque para hombres como él, creyó que nunca habría segundas oportunidades. O sí?