a petiicion jeje aki les dejo el new cap jejeje
recuerden de ke nada me pertenece
Capítulo 21
Alice había tenido un día horrible. Cansada y enfadada con todo el mundo, entró en palacio por la puerta este. Solo los amigos y los miembros de la familia real utilizaban la pequeña entrada del jardín, casi escondida. Alice solía entrar por la puerta principal, pero, en ese momento, no quería ver ni hablar con nadie.
Su director tenía los nervios de punta, y se notaba. Sus actores acusaban la tensión y se pinchaban los unos a los otros con la misma frecuencia con la que se comían sus líneas.
Como productora, Alice podía delegar gran parte de los problemas en el director de escena. Pero, a fin de cuentas, aquella era su compañía. Ella la había concebido, la había levantado, y no estaba dispuesta a dejarla a la deriva.
De ahí que se hubiera pasado dos horas reunida con el reparto y el equipo técnico, intentando airear las riñas y los malentendidos.
Los miembros de la compañía se habían apaciguado. Ella estaba agotada.
«Afróntalo», se dijo mientras cerraba la hermosa puerta labrada a su espalda. «Llevas semanas con los nervios a flor de piel, y no por culpa de la compañía».
Jasper la estaba volviendo loca. ¿Cómo era posible que continuara con su vida día tras día, noche tras noche, como si nada hubiera pasado entre ellos? ¿Cómo era posible que siguiera con su rutina, aparentemente sin pestañear siquiera, mientras ella se pasaba las noches en vela, pensando en una llamada anónima?
El plazo había concluido, pensó, frotándose las sienes palpitantes. Aro seguía en prisión y allí permanecería. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que la amenaza se cumpliera?
Recordaba vivamente la imagen de Emmett tendido en el suelo de la terraza, derramando su sangre sobre la oscura piedra. Le costaba poco esfuerzo imaginarse a Jasper del mismo modo.
Podía perderlo. Aunque sabía que no era suyo, que nunca lo había sido, el peligro de perderlo le encogía los músculos del estómago. Aunque él no la amara, aunque no confiara en ella, ni la respetara, Alice quería que siguiera vivo, sano y salvo.
Y las cuarenta y ocho horas habían pasado.
Quizá hubiera sido tan solo una amenaza. Cediendo a la fatiga y al nerviosismo, Alice se recostó contra la fresca madera de la puerta y cerró los ojos. Los Cullen no parecían tomárselo en serio. Si así fuera, ¿no habrían reforzado la vigilancia en las puertas? Alice se había informado de que Carlisle estaba en Cordina, reunido con el Consejo de la Corona. El resto de la familia real seguía cumpliendo sus compromisos oficiales, como de costumbre.
Y las cuarenta y ocho horas habían pasado.
Podía ocurrir cualquier cosa. ¿Por qué parecía ser ella la única que se angustiaba?
La realeza, pensó, apartándose de la puerta. ¿Acaso pensaban que porque su sangre era azul no podía ser derramada? ¿Creían que sus títulos actuaban como invisibles escudos antibalas? Hasta Emmett se negaba a escucharla. En realidad, ni siquiera quería hablar del asunto con ella. Era de esperar que se aliaran, formando una piña. Y ella no dejaba de ver en ello la imagen de un grupo de carretas formando un círculo para defenderse del ataque de los indios.
«Ya basta», se advirtió. Estaba harta de desvelarse por ellos, por todos ellos. Tenía que dirigir su compañía. Tenía que poner en escena cuatro obras de teatro. Dejaría que los Cullen gobernaran sus vidas y su país.
Entonces oyó pasos, susurros. Y se quedó paralizada.
Su primera intención fue instantánea y primitiva. Correr. Pero enseguida surgió otra. Protegerse.
Alice se pegó a la pared, respirando profundamente. Con las piernas abiertas, las rodillas flexionadas, giró el cuerpo ligeramente y alzó los brazos un poco para completar la postura de defensa. Los guerreros la habían utilizado durante siglos cuando se enfrentaban a un enemigo sin más armas que el cuerpo y el ingenio.
Mientras los pasos se acercaban, echó el brazo derecho hacia atrás y cuadró los hombros. Dio un paso hacia adelante, abriéndose paso con la mano abierta, tensa. Su respiración siseaba suavemente. Se detuvo a medio centímetro de la recta y aristocrática nariz de Emmett.
- Maldita sea, Alice, no sabía que estuvieras tan enfadada porque esté saliendo con una de tus actrices.
- ¡Emmett! -con los músculos flojos de repente, Alice se dejó caer contra la pared. Se había quedado blanca con una sábana. Emmett sonrió-. Podría haberte hecho daño.
- Lo dudo. Pero ¿qué hacías ahí, escondida?
- No estaba escondida. Acabo de llegar -su mirada se posó sobre la joven pelirroja-. Hola, Kate.
- Hola, señorita Brandon.
Alice irguió los hombros y, levemente azorada, se quitó un hilito de los vaqueros.
- Emmett, un poco más y te parto la mandíbula. ¿Por qué andas merodeando por ahí?
- Yo no estaba... -de pronto, Emmett se sorprendió a punto de justificar su presencia en su propia casa. Sacudió la cabeza, pensando asombrado que Jasper hubiera podido confundir su relación con Alice con una atracción sexual-. Parece que hoy nadie se acuerda de que vivo aquí. En cualquier caso, mi mandíbula está a salvo. Estoy enseñándole a Kate el palacio antes de cenar.
- Eso está bien -murmuró ella, sintiendo que los nervios volvían a apoderarse de ella-. ¿Están todos los demás en casa?
- Sí -percibiendo su angustia, Emmett le acarició el pelo-. Todos estamos bien. Bueno, Jasper está un poco trastornado, pero...
- ¿Qué ha pasado? -preguntó ella, alarmada, agarrándolo por la pechera-. ¿Lo han herido?
- Jasper está bien. Por el amor de Dios, suéltame la camia -si le hubiera quedado alguna duda acerca de los sentimientos de Alice hacia su hermano, aquella reacción las habría disipado todas-. Lo vi hace una hora -continuó mientras ella soltaba la camisa de seda recién planchada-. Estaba un poco enfadado conmigo por... esto... por lucir una flor delante de otra. Si tú me entiendes.
Ella le entendía y sus ojos se achicaron.
- Idiota.
- Sí, bueno... -para no reírse de su hermano delante de Kate, Emmett se tapó la boca con la mano y fingió que tosía-. Pero se lo aclaré todo. Así que el problema está resulto -sonrió encantadoramente, satisfecho consigo mismo por haberles hecho a ambos un favor.
- ¿Qué se lo aclaraste todo, dices? -los ojos de Alice se habían convertido en dos sombrías y amenazadoras qué piensas que tienes derecho a hablar por mí?
- No, por mí mismo -Emmett alzó una mano con la palma hacia arriba, intentando aplacarla-. Simplemente le expliqué que... -lanzó una rápida mirada a Kate, que estaba callada pero no perdía palabra-. Esto... que nunca ha pasado... bueno, nada -se removió, inquieto-. Y pareció darse por satisfecho.
- ¿Ah, sí? ¿No es encantador? -nerviosa, Alice se metió las manos en los bolsillos-. En el futuro, seré yo quien dé las explicaciones que considere oportunas, gracias -dijo en tono agridulce-. ¿Dónde está?
Emmett sonrió, aliviado porque la ira que veía en sus ojos fuera a encauzarse en otra dirección. Lo único que lamentaba era no poder ver el resultado.
- Como llevaba el traje de esgrima, me imagino que estará en el gimnasio, con su compañero.
- Gracias -Alice dio tres pasos, luego se detuvo, y mirando hacia atrás dijo-. El ensayo es a las nueve en punto, Kate. Y te quiero bien descansada.
A Alice siempre le había gustado la parte del ala oriental del palacio, que los Cullen habían convertido en gimnasio. Ella era una deportista. Una deportista que sabía apreciar la belleza y el contraste de una estancia con altos techos artesonados, llena de máquinas de acero y pesas. Allí no olía a mar, ni a flores recién cortadas, pero las ventanas de cristal emplomado eran hermosas y antiguas.
Atravesó la sala de ejercicios. En otras circunstancias, se habría detenido a admirar el equipamiento y las instalaciones de primera calidad. Pero, en ese momento, se limitó a echar un vistazo a su alrededor para comprobar que la sala está vacía.
Un olor a agua clorada y caliente la asaltó al entrar en el solario, dominado por un estanque de fibra de vidrio. El vapor se alzaba de la piscina, y el sol se derramaba sobre ella. A través de las ventanas se veía el cielo y retazos del mar, de un azul más profundo. En otra ocasión, Alice habría sentido la tentación de aliviar sus músculos tensos en la piscina. Pero de nuevo pasó por allí sin dedicarle más que una mirada. Y, al abrir la siguiente puerta, oyó un entrechocar de espadas.
La tarima de la alta sala sin ventanas estaba cubierta con la piste, la estera de linóleo que se utilizaba en esgrima. A un lado, a lo largo de la pared, había un gran espejo corrido y una barra de ballet. El espejo reflejaba la imagen de dos hombres vestidos de blanco que se movían al unísono, con las rodillas ligeramente flexionadas, la espalda erguida y el brazo izquierdo hacia atrás, curvado hacia arriba.
Ambos hombres eran altos, delgados y uno de pelo negro y el otro rubio. Máscaras de malla ocultaban y protegían sus rostros de las estocadas. Sin embargo, a Alice no le costó reconocer a Jasper.
Era el modo en que se movía. Majestuosamente, pensó, cruzando los brazos sobre el pecho mientras intentaba refrenar un súbito arrebato de deseo. Aquel deseo siempre estaría allí, cada vez que lo viera. Tenía que reconocerlo, aceptarlo y seguir adelante.
En la sala resonaba el entrechocar de los floretes. Los hombres permanecían en silencio, pero respiraban fatigosamente. Formaban una excelente pareja de duelistas, pensó Alice observando y analizando sus estilos y movimientos. Jasper nunca habría elegido a un esgrimista inferior como compañero. Le gustaban los desafíos. Alice sintió que se le erizaba la piel.
En otro tiempo, en otra vida, Jasper habría defendido su país con la espada, empuñándola en el combate para salvaguardar su país, su derecho de nacimiento y a su pueblo.
Aún podía utilizarla, pensó Alice mientras él se movía elegantemente hacia delante, tomando la ofensiva. Más de una vez, Alice lo vio bajar la guardia para atacar, deteniendo las estocadas de su oponente justo antes de que el puntero de seguridad tocara su cuerpo.
¿Lucharía tan agresivamente, se preguntaba Alice, si las puntas fueran de acero? Sintió que otro escalofrío la atravesaba y que en el estómago se le formaba un nudo al contestar a aquella pregunta.
En aquel duelo, Jasper demostraba una agresividad que nunca se permitía en los asuntos de estado. Su deleite consistía en un derroche físico, que ella podía comprender, y en la sensación de peligro, que no entendía.
Una y otra vez, Jasper retaba a su oponente. Las espadas se cruzaban; el metal de las hojas silbaba al friccionarse. Al fin, con dos hábiles giros de muñeca, Jasper sorprendió a su oponente, apretando ligeramente el puntero del florete contra su corazón.
- Excelente, señor -el derrotado se quitó la máscara. Alice vio inmediatamente que era más mayor de lo que había creído y que le resultaba vagamente familiar. Tenía un rostro afilado e interesante, leves arrugas alrededor de los ojos y un fino bigote. Sus ojos, de un gris sumamente pálido, se encontraron con los de Alice al mirar por encima del hombro de Jasper-. Tenemos visita, Alteza.
Jasper se dio la vuelta y vio a través de la malla de acero a Alice de pie, muy erguida, junto a la puerta. Percibió la ira que brillaba en sus ojos y crispaba sus hombros. Intrigado, se quitó la máscara. Sus ojos, oscuros y aún encendidos por la excitación del triunfo, se encontraron con los de ella sin ningún obstáculo. Y entonces vio, mezclada con la ira, enaltecida por ella, la pasión. La necesidad. El deseo.
Lentamente, sin dejar de mirarla, se colocó la máscara bajo el brazo.
- Gracias por el encuentro, Germaine.
- Ha sido un placer, Alteza -los labios de Germaine se curvaron bajo el bigote. Era francés, y no le costaba ningún esfuerzo reconocer la pasión cuando la veía. Renunciaría a su habitual vino de después del encuentro con su amigo y pupilo-. Hasta la semana que viene.
- Sí -murmuró Jasper sin dejar de mirar a Alice.
Reprimiendo una sonrisa, Germaine colocó el florete y la máscara en un armario antes de acercarse a la puerta.
- Bonsoir, mademoiselle-
- Bonsoir -Alice se humedeció los labios cuando oyó que la puerta se cerraba tras ella. Juntando las manos, inclinó la cabeza-. Su forma es excelente, Alteza.
La suavidad de su tono no consiguió engañar a Jasper. Alice estaba furiosa y excitada, a pesar de sí misma. Con una sonrisa altanera, la saludó alzando la espada.
- Permítame devolverle el cumplido, mademoiselle.
Ella asintió lentamente.
- No he venido aquí a escuchar cumplidos.
- Eso me parecía.
- Acabo de ver a Emmett -refrenaría su ira, se prometió Alice. La estrangularía y derrotaría a Jasper con palabras frías, cuidadosamente elegidas-. Al parecer, habéis tenido una conversación -se adentró unos pasos en la sala, acercándose al armario donde se guardaba el equipo de esgrima-. Una conversación a propósito de mí.
- Una conversación que no habría sido necesaria si hubieras sido sincera conmigo.
- ¿Sincera? -preguntó ella, asombrada-. Nunca te he mentido. No tenía razones para mentirte.
- Me dejaste creer que mi hermano y tú erais amantes, a pesar del sufrimiento que ello me causaría.
- Fuiste tú quien se sacó esa idea de la manga -¿sufrimiento? ¿Qué quería decir con eso? Pero no lo preguntaría. Alice observó las finas y relucientes espadas y se prometió que nunca se lo preguntaría-. No lo negué porque me pareció, y sigue pareciéndomelo, que no era asunto tuyo.
- ¿Qué no era asunto mío, cuando he sentido cómo te derretías y ardías en mis brazos? -él examino la hoja de su florete-. ¿Qué no es asunto mío, cuando me he pasado las noches en vela, soñando contigo y odiándome por desear lo que creía que pertenecía a mi hermano?
- Lo que creías -se acercó a él, y la suavidad que habían despertado en ella las primeras palabras de Jasper se desvaneció por completo-. Qué, ni siquiera quién. Me considerabas propiedad de Emmett, y ahora que sabes que no es así, ¿acaso crees que puedes hacerme tuya?
- Te haré mía, Alice.
Algo en su tono suave y firme hizo que a ella le recorriera un escalofrío por la espalda.
- Ni lo sueñes. Yo me pertenezco a mí misma y a nadie más. Ahora que crees tener el camino libre, ¿crees que caeré rendida a tus pies? Yo no me rindo ante nadie, Jasper -ella tomó un florete del armero-. Te crees superior a mí porque eres un hombre, y porque además tienes sangre real.
Alice recordó las veces en que él la había abrazado y la había dejado marchar. Porque creía que era la amante de su hermano. Ni una sola vez, pensó amargamente, ni una sola vez le había preguntado por sus sentimientos, por sus deseos.
- En América, consideramos a las personas por lo que son, y creemos que cosas como el respeto, la admiración y el afecto hay que ganárselas -cortó el aire con la finísima espada, probando su peso. Jasper alzó las cejas, sorprendido ante la destreza con que parecía manejarla-. Si quisiera meterme en tu cama, lo haría -bajó la espada describiendo un arco, y la hoja silbó suavemente-. Y ni siquiera tendría que arte explicaciones -Alteza.
Jasper sintió una oleada de deseo que tensó sus músculos. Ella permanecía de pie, vestida de negro, con el pelo recogido hacia atrás, la cara despejada y una reluciente espada en la mano derecha. Desafiándolo.
Ya antes la deseaba. Pero, en ese instante, sintiendo que la boca se le secaba, le pareció que su ansia se volvía insaciable. El orgullo de ambos hacía restallar el aire.
- Aún no te he invitado a mi cama.
Los ojos de Alice eran tan sombríos y peligrosos como el mar. Por primera vez desde que entrar en la sala, sonrió. Y aquella sola sonrisa habría podido doblegar a un hombre.
- Yo no necesito invitaciones. Si quisiera, te pondría de rodillas.
Él alzó la cabeza y achicó los ojos. La verdad resultaba demasiado hiriente.
- Si decidiera que ha llegado el momento de estar juntos, no me pondrías de rodillas -se acercó más a ella, deteniéndose a la distancia de la hoja de la espada-. Y tú temblarías.
Para ella, la verdad resultaba tan hiriente como para él.
- El problema es que conoces a demasiadas mujeres sumisas -dejándose llevar por un impulso. Alice tomó una máscara y un chaleco acolchado de esgrima-. Y a muy ocas que se atrevan a tratarte como a su igual -su sonrisa era fría y decidida-. Puede que no te venza, Jasper, pero te haré sudar por la victoria -decidiéndose de repente, se puso el chaleco y la máscara. Se acercó a la piste y se colocó en posición tras la línea de en garde-. Veamos si no te da miedo perder ante una mujer.
Fascinado, él se acercó a la pista.
- Alice, yo llevo años practicando la esgrima.
- Y conseguiste una medalla de plata en los últimos Juegos Olímpicos -dijo ella, sintiendo que la adrenalina fluía suavemente por su cuerpo-. Así pues, será un encuentro interesante. ¡En garde!
Él no sonrió. Alice no estaba bromeando. No le estaba lanzando un desafío desprovisto de intención. Se puso de nuevo la máscara y, cubiertos los rostros, se midieron el uno al otro.
- ¿Qué esperas probar con esto?
Detrás de la máscara, los ojos de Alice refulgieron.
- Que somos iguales, Jasper. Aquí o en cualquier otra parte.
Extendiendo el brazo, Alice hizo que las puntas de sus espadas se tocaran. El acero, fino y frío, relucía en los espejos. Se quedaron quietos un instante. Y luego comenzaron a batirse.
Al principio, se tantearon el uno al otro, refrenaron su energía. Calibraron el estilo y la fuerza de su oponente, pero en esto Alice jugaba con ventaja. Había visto batirse a Jasper otras veces además de ese día. En ese instante, preferiría cortarse la lengua antes que admitir que había empezado a practicar esgrima por la impresión que le produjo Jasper con una espada en la mano. En cada lección, en cada encuentro, se preguntaba si alguna vez se batiría con él. Ahora el momento había llegado y el corazón le latía con fuerza dentro del pecho.
Pero su mente permanecía fría. Él prefería el ataque. Sabiéndolo, Alice se contentó con la defensa.
Era buena. Muy buena. Jasper se sintió anegado de placer y de orgullo al verla defender y rechazar sus lances. La prudencia le aconsejaba no utilizar toda su destreza, pero, aunque procuraba refrenarse, se daba cuenta de que Alice constituía una formidable oponente.
Sus ceñidos pantalones negros lo distraían, despertando en él imágenes del cuerpo que se movía ágilmente bajo la ropa. Sus muñecas eran finas, pero lo suficientemente fuertes y flexibles como para mantenerlo a raya. Él atacó, desafiándola. Las espadas se cruzaron y quedaron trabadas entre sí.
Por un instante, se quedaron quietos, lo bastante cerca como para verse los ojos a través de la malla. Jasper vio en la mirada de Alice la misma pasión encendida que despedían sus ojos.
El deseo se mezclaba con el ansia de triunfo. El perfume de Alice era misterioso y deliciosamente femenino; la mano que cubría la empuñadura de la espada era frágil. Jasper vislumbraba entre la empuñadura el refulgir del oro y los zafiros de su anillo. La deseaba. Allí, en ese preciso instante.
Ella lo notaba. Notaba su pasión, su deseo, sus ensueños. Todo aquello avivaba algo muy dentro de ella. Deseó arrojar la espada a un lado, que se despojaran de las máscaras y rindieran a los deseos que bullían en el interior de ambos. ¿Significaría ello que él habría vencido y que ella había salido derrotada? Alice creía que no y, sin embargo, la sospecha de lo contrario la impulsaba a seguir luchando.
Abandonando sus tácticas defensivas, arremetió contra él con todas sus fuerzas. Sorprendido con la guardia baja, Jasper dio un paso atrás y notó que la suave punta de la espada tocaba su hombro.
Bajó la espada, reconociendo el golpe.
- Tuviste un buen maestro.
- Era una buena alumna.
Jasper se echó a reír, y en su risa resonó algo liberador. Alice sonrió. Luego, se dio cuenta de que rara vez oía aquel sonido. Los labios de Jasper se curvaron tras la máscara cuando volvió a alzar la espada.
- En garde, chérie.
Esta vez, él se dispuso a poner en juego toda su destreza. Alice notó el cambio y esbozó una sonrisa. No quería concesiones.
En la sala restallaba el sonido de las espadas entrechocando. El espejo los reflejaba: la una vestida de negro, el otro de blanco.
Jasper estuvo a punto de desarma a Alice una vez. Ella sintió que el corazón le daba un vuelco y se preparó inmediatamente para el siguiente envite. Su ventaja residía en la velocidad. Estuvo a punto de traspasar la guardia de Jasper de nuevo, pero él detuvo el lance, volvió a colocarse y, tomando nuevamente la iniciativa, la obligó a defenderse.
Ambos respiraban agitadamente. El deseo de ganar los cegaba, mezclándose con un deseo de muy distinta naturaleza. Un hombre, una mujer, batiéndose en duelo. Con o sin palabras, aquello era tan antiguo como el mismo tiempo. La excitación del combate, la emoción del lance, la grandeza del desafío.
Sus espadas chocaron y quedaron trabadas junto a la empuñadura. Sus caras se encontraron a través de la máscara de malla. Con la respiración entrecortada, sujetando las espadas con fuerza, ambos sostuvieron sus posiciones.
Luego, en un movimiento que la dejó desconcertada, Jasper se quitó la máscara. Esta produjo un ruido sordo al chocar contra el suelo. Tenía la cara llena de sudor; su pelo negro se rizaba, húmedo, alrededor de su rostro. Pero fueron sus ojos los que hicieron estremecerse a Alice. Él bajó de nuevo la espada. Después, agarrado a Alice por la muñeca, la obligó a bajar la suya. Retiró la máscara de su cara y la tiró a su espalda.
Cuando la enlazó por la cintura, ella se puso rígida, pero no se apartó. Sin decir una palabra, él la apretó con más fuerza. Sus ojos seguían tendiendo una mirada desafiante. Ella no se rendía. Sus cuerpos se encontraron, y ella alzó la cara al tiempo que él bajaba la suya. Como había hecho con la espada, recibió el envite con idéntica fuerza.
La excitación que había despertado el combate encontró su liberación. La derramaron el uno dentro del otro. Ella alzó la mano hasta el hombro de Jasper y, acariciándolo, la subió hasta su mejilla. Aquel suave movimiento fue acompañado de un rápido y gatuno mordisco en su labio inferior. Él respondió atrayéndola hacia sí. Un gruñido resonó en su garganta al tiempo que sus lenguas se encontraban.
Alice dejó caer la espada. Libre, su mano derecha buscó a Jasper, abriéndose camino bajo su chaqueta para acercarse a su carne. Sintió en la palma el calor que irradiaba su cuerpo y que traspasaba la camisa.
Más. Quería más. Quería sentir su sabor aún más, acariciarlo aún más. Y quería más, mucho más de su corazón. Y más era demasiado.
Se apartó bruscamente de él, de sus deseos imposibles.
- Alice...
- No -ella alzó una mano y se la pasó por la cara-. Aquí no puede haber vencedor, Jasper. Y yo no puedo permitirme perder.
- No te estoy pidiendo que pierdas, sino que aceptes.
- ¿Aceptar qué? -aturdida, ella se dio la vuelta-. ¿Qué te deseo, que estoy a punto de entregarme aun sabiendo que para nosotros no hay futuro posible?
Él sintió la angustia, el miedo.
- ¿Qué es lo que quieres de mí?
Ella cerró los ojos un momento y después dejó escapar un profundo suspiro.
- Si estuvieras dispuesto a darlo, no tendrías que preguntármelo. Por favor, no -dijo al ver que él tendía la mano hacia ella-. Necesito estar sola. Tengo que decidir qué he de hacer.
Salió de allí apresuradamente, antes de rendirse sin condiciones.
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