21. Revelaciones —


La última vez que los ojos esmeralda de Candy se habían encontrado con aquellos orbes aceituna, la sensación tan escabrosa que recordaba haberla recorrido de pies a cabeza, le había parecido extraña y ajena; después de todo, Neil Legan podía ser un abogado extravagante y un antiguo compañero de escuela, pero Candy no tenía motivos para sospechar algún comportamiento peligroso en su persona.

Y sin embargo, frente a frente con el abogado que la había asesorado a ella y a su familia en el caso del robo y consciente finalmente de las acciones de Neil como abogado para con el caso de Terry, Candy no creía más, que los escalofríos en su columna fueran parte de una reacción exagerada. No, por como la rubia podía sentirlo, era mejor mantener distancias con el abogado y continuar con su vida alejada de él y pese a todo, la duda sobre el qué hacía su mejor amiga junto a este, la carcomía por dentro tal como los escalofríos que le helaban la sangre.

A su costado, Susana la miraba con amargura y las palabras venenosas que antes habían escapado de sus labios, todavía se repetían en su cabeza sin sentido alguno porque, bueno, llevaba años conociendo a la rubia y si algo sabía Candy era que pese a su fachada frívola y cortante, Susana Marlowe era realmente —o al menos lo pretendía— una amiga devota y una persona meramente humana. Maldad y envidida eran términos que no iban con su idea sobre la personalidad de su amiga y pese a todo, Candy no podía evitar pensar en esos momentos que la Susana que había tomado asiento a la misma mesa que Neil, no era más, la amiga que ella conocía.

¿Qué parecido guardaban aquellos dos, para ser amigos? Si bien recordaba, Susana había sido la que le sugiriera visitar a los Legan y también, era la rubia que había callado con sólo una mirada de parte del castaño. Una mirada que más pareció una silenciosa orden, cómo si de una mascota obediente pudiera tratarse. Lo que más le sorprendió, fue el hecho de corroborar que de hecho, era Neil el amo en aquella relación y una pizca de pena le tocó el corazón, al apreciar la forma en que Susana se cohibía frente al abogado.

— ¿Y bueno? ¿Qué se supone que significa esto?— cuestionó Neil, entonces, con esa sonrisa ladina que solía llevar en los labios y dejando caer sobre la pecosa todo el peso de su mirada. Frente a él, Candy pegó un respingo y sujetando la carta que había dispuesto para los clientes, comenzó a extenderla hasta dejarla en la mesa, cuando bien pudo apreciar, que Neil no la tomaría.

— Esto... ¿no desea ver la carta?— preguntó sin saber, porque realmente, no comprendía ni la mirada del abogado ni la sonrisa que bailaba en sus labios. Con un gesto sútil, Neil negó con la cabeza.

— ¿Para qué querría yo, ver la carta?— Oh, no sé, para pedir algo, ¿tal vez? pensó la rubia — A lo que me refería, era a qué no me has explicado que se supone que haces tú aquí. ¿Por qué la esposa de un Grandchester viste de mesera y atiende en un café de quinta?— cuestionó por fin y la punzada que tocó su cuerpo ante la clara denigración a su puesto, la hizo sentir, al menos por un minuto, un ser completamente inferior a esos dos que aguardaban frente a ella.

— ¿Qué hace un respetable abogado en un café de quinta como este? Existen muchos más y mejores, señor Legan — le confrontó, porque tal vez, la imagen de los hermanos Brower le había llegado a la cabeza y lo que había aprendido de ellos, junto a ella.

Porque ni Tony ni Annie se avergonzaban jamás de lo que hacían o lo que sabían, el rubio jamás dudaba al hablar de su labor como mesero o al enseñarle tanto a ella como a Terry a lavar los trastos de la cocina. Lo mismo, Annie nunca se había sentido menos al enseñarle a lavar baños y Candy no pretendía sentirse inferior por ser mesera, tal y como los Brower le habían enseñado. Y es que, tal vez Candy y Terry al fin habían comprendido que ser pobre, no era sinónimo de ser escoria o completos inutiles. Contrario a lo que los de clase alta llegaban a pensar, ser pobre era ser mucho más útil, inteligente y sagaz que personas como Legan o Marlowe y Candy, no iba a dejarse humillar después de lo aprendido.

— Oh, no creas que hemos venido aquí por ti, preciosa — sonrió Neil, con burla contenida — Es simplemente que hemos visto el sitio y nos ha resultado interesante — mintió — Pero, hey, venga, dime ¿comó está nuestro querido Terry? ¿Qué hace ahora que es un hombre casado? Lo cierto es, que corren rumores por los sitios de prestigio que nuestras familias frecuentan y...

— Lo que Terry haga en su vida es completamente asunto suyo, señor Legan— le cortó la rubia, harta completamente de la forma tan burlesca que el chico estaba adoptando al referirse a su marido — Ahora, sino le importa, su presencia en este lugar se debe al consumo, si no pretende ordenar, sea tan amable de...

— ¿Te atreves a tratar a un chico de su categoría de esa forma? — la interrumpió Susana, completamente escandalizada, Candy ahogó el impulso de rodar los ojos — Qué no se te olvide querida, que sólo eres una mesera y hablarle de ese modo a un Legan es...

— Cállate ya, Susy —le cortó Neil, harto de la vocecilla chillona que escapaba de la rubia, sin más, ordenando dos cafés y dejando a Candy marchar a la barra, el silencio pronto se instauró. Minutos más tarde, la pecosa volvió, con la charola del café y los condimentos necesarios que terminó por depositar en sus sitios, no sin antes, escuchar el comentario que Neil dejó escapar.

— Es una pena, si fueras mi pareja, yo podría darte cosas mucho mejores que un trabajo en un sitio cómo este, por supuesto, me aseguraría también de no vestirte con esas ropas vulgares y pobres que el idiota de tu marido paga— lo siguiente, fue una maldición muda que Candy expresó al girarse y volver a la barra, porque pese a tener una respuesta perfecta para aquel estúpido argumento, su papel como mesera en aquel lugar, era lo primero y seguramente, al gerente no le agradaría escuchar que golpeó a un cliente. Mucho menos, a uno de la talla de Neil.

Los recuerdos de sus días en Nueva York la asaltaron al instante en que se apoyaba contra la madera de la barra y la forma con que a veces se dirigió a sus inferiores, le resultó escabrosa. Ya en alguna ocasión, Candy también había denigrado en sus palabras el oficio y el vestir de trabajadores como ella o como Yuri. ¿Y no había asegurado alguna vez a Albert cuán mal se pondría si alguna vez ella tuviera que tocar el inodoro para lavarlo? Por supuesto, su padre siempre había intentado que no fuera de ese modo y que al menos, guardara para sí aquellos comentarios, y sin embargo, tuvo que ir a perderlo todo y acabar ahí, para comprender el coraje y el dolor que personas como ella, generaban a personas puras y de buen corazón como Tony o como Annie.

El estruendo de una taza al romper contra el suelo la mandó llamar y la misma Yuri surgió de la cocina, sorprendida por el sonido. Varios clientes, giraron la mirada y acto seguido, la vista de la pecosa viajó hasta donde parada en todo el esplendor que una dama de su clase podía despedir, Susana la miraba iracunda, con la taza de café rota a sus pies y el líquido manchando el suelo. Sin pensarlo, sin buscar un motivo para sus acciones o una explicación de parte de su amiga, Candy echó a correr y en la bodega de la cafetería encontró pronto una fregona. En menos de lo que su gerente apareció, Candy ya se hallaba tumbaba en el suelo, con la fregona entre las manos y recogiendo con cuidado los pedazos de una taza de café.

Neil, completamente mareado con aquella imagen de la que en su mente, denominaba como su mujer, se levatntó escandalizado y miró a Susana cómo si de un simple insecto se tratara.

— ¿Estás loca? Vuelvete al carro, Susana, hablaremos de esto más tarde— le ordeno y altiva y venenosa incluso mientras caminaba, Susana obedeció, porque sí, ya hablarían de ello y cuando lo hicieran, dejaría muy en claro quién era la mujer de Neil, después de todo, aunque eso quisiera él, Candy jamás llegaría a mirarle y eso, eso era tal vez lo que la rubia más aborrecía de su amiga.

— ¿Qué mierda haces? Levántate inmediatamente, Candy Andrey— le riñó y la sujetó con fuerza del brazo hasta hacerla levantar, en el acto, la pieza de porcelana rota que había recogido le resbaló entre los dedos y dejando un corte del que pronto manó la sangre, la pecosa se quejó, mientras intentaba con todas sus fuerzas zafarse de aquel brusco agarre.

— Suélteme, joven Legan, me está lastimando...— murmuró, sin deseos de armar un escándalo, con la mirada fija en la fregona que todavía debía pasar el piso y la humillación que le escocía en rostro ante las miradas de los demás clientes.

— Tú me lastimas a mí, Candy. Humillandote de esta forma... Déjalo, por favor, deja de una jodida vez a Grandchester. Ven a mí... yo... podría... por ti...— unos firmes brazos sujetaron a la rubia y acto seguido la apartaron del abogado. Frente a él, Cartwright, el gerente y dueño de la cafetería, le miró ceñudo y dejando a su empleada a espalda suya, se acomodó el corbatín antes de hablar:

— Señor, espero que esté al tanto del número que su pareja y usted están montando en mi establecimiento. Si le parece conveniente, dejaré pasar el mobiliario roto y la humillación a mi empleada, si se marcha en este momento y renuncia a pisar mi cafetería una vez más. Si insiste en continuar, me temo de verdad que tendré que llamar una patrulla y levantarle un comunicado por agresión a esta mujer. En lo personal, me bastaría una disculpa a Candy de su parte por este trato y como dije, su completa ausencia en este establecimiento— los ojos aceituna de Neil, irradiaban fuego ante aquella intervención y contrario a lo que Candy creyó que ocurría, bastó una sonrisa amarga y una media vuelta para que sin mediar palabra, Neil saliera del lugar.

En cuanto la campanilla de la entrada sonó y Neil se marchó, Yuri salió de la barra y puso manos a la obra con el desatre que —todos sabían— Susana había creado. Un segundo después, los cálidos brazos del gerente la guiaron con cuidado hasta su oficina, dónde un momento más tarde, María, su esposa hizo acto de presencia.

— Déjame curar tu mano, pequeña —sonrió la dama y Candy asintió con la cabeza en completo silencio. La mirada del gerente sobre ella, la acosaba a cada instante y la seguridad de que con aquel show, había perdido el empleo, la hacía querer llorar.

— La próxima vez que uno de esos tipos, aparezca por aquí — comenzó Cartwright — No le atiendas, ¿de acuerdo? No tienes porque lidiar con imbéciles como ese y preferiría tenerte intacta, antes que lastimada como ahora. Por lo de antes, no te preocupes pequeña, toma tus cosas por hoy y ve a casa, estoy seguro que a tu marido le agradará demasiado verte y consolarte— sonrió y antes de marcharse, se aseguró de que nada más que mano estuviera herida. Frente a ella, María sonrió con complicidad y trató su cuerpo como una madre haría.

— Él tiene razón cielo, tú marido querrá verte. Aguarda aquí un rato mientras me aseguro que ese idiota se marchó de verdad, igual, me aseguraré de ayudar a Yuri en tu ausencia. No te sientas mal... ¿Conocías a ese tipo?

— La chica con él, era mi mejor amiga... —suspiró la pecosa, con pesar en la voz. María, sonrió apenas.

— ¿En serio? Porque por lo que vimos, esa chica puede serlo de todo, menos de amiga. ¿No habrá alguien mejor para ocupar ese sitio? Mira que las amistades, deben obtenerse como si de joyas se tratara. Esa de ahí, es bella como una, pero su actitud la vuelve la más burda de las réplicas. Amistades como esa, no te harán bien, cielo... — y mientras María se marchaba, la brillante sonrisa de Annie le llegó de golpe a la cabeza. Sí, en tan poco tiempo, Susana había perdido título y con ese episodio le había corroborado, que una verdadera amistad, no tenía en cuenta posición o dinero, tampoco familia ni apellidos, simplemente, apoyo, cariño y un calor especial. ¿Quién habría dicho que todo ello, lo encontró por fin cuando conoció a los Brower? ¿Quién habría dicho que obtuvo un hogar propio al enamorarse de Terry?

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— Señorito Cornwall...— llamó la secretaría desde la puerta, con esa sonrisa fina que mostraba cada día desde que su jefe ponía empeño en el trabajo y las manos repletas de papeletas que muy seguramente le ofrecerian un grave y conflictuoso dolor de cabeza. Desde su sitio tras el escritorio, Archie sonrió y la animó a pasar.

Llevaba toda la tarde encerrado en su despacho, luego de que las clases terminaran y su mente se viera absorta en los recuerdos de aquel día. El encuentro con Annie lo había dejado anonadado, más que nada, porque tras el encuentro con el chico de los Walker, la preciosa chica que había conocido una tarde cuando buscaba el hogar de Terry, le había sonreído con bastante timidez, antes de echar a correr lejos de él, sin palabra que alguna que pudiera esclarecerle lo que en sus actos había hecho mal. Porque por más vueltas que Archie le daba al asunto era claro lo que Annie había hecho: huído de su persona como si de una enfermedad mortal se pudiera tratar, asustada y aferrada a una creencia que él no comprendía. ¿Qué había hecho mal para asustarla de ese modo?

— Maggie — llamó a su empleada, con la voz baja, recibiendo los papeles y tumbandolos en el mueble, frente a él, la secretaría lo miró curiosa y aguardó a que continuara— Esto... yo... ¿te puedo preguntar algo? Algo... personal.

— Ya... claro señorito Cornwall, ¿qué desea saber? — cedió la chica, un momento después de meditar la cuestión, desde su lugar, Archie inhaló profundo antes de abrir de la boca.

— Si estás en un aprieto y un tío guapo y amable llega a salvarte y te saca de él. Cuando os quedáis solos, ¿qué haces?

— Bueno, eso depende...— sonrió Maggie, tras comprender el asunto. Archie casi brinca de su sitio al recibir aquella respuesta.

— ¿De qué, exactamente?

— De qué clase de chica salvó de un aprieto y después tuvo a solas—

— Eso... bueno... ¿a qué te refieres con clase? Porque físicamente ella es espectacular. Personalmente, bueno, no parece alguien que se deje humillar y pega fuerte, eso lo aprecié — sonrió como tonto — Socialmente... tal vez deba ser sincero y decir que no creo que venga de una familia con status social, pero... pero eso no quiere decir que sea una mala chica, ¿cierto?

— No, señor, no quiere decir eso. Si me lo permite, tal vez sea la mejor chica que ha conocido desde que yo le conozco y ¿cuántas damas a frecuentado desde entonces? Porque trabajo para su familia desde que usted cumplió los 15 y han sido...

— ¡Yah! Pero no he salido con nadie desde que tomé el puesto, ¿recuerdas?— exclamó el castaño, visiblemente cohibido, frente a él, la secretaría rompió en risas. Con trayectoria y edad, Maggie había aprendido rápido a tratarle y a reñirle cuando lo merecía y la mitad de las cosas que había logrado en beneficio para su trabajo, Archie debía admitir, se debían a ella. Sin Maggie, tal vez ni siquiera habría sabido dónde quedaba su despacho.

— Estoy segura que no ha hecho nada malo, si es piensa. Tal vez... por la posición de la señorita, la haya intimidado sin decirlo. Su rostro es conocido en las revistas por el apellido de su familia y uno que otro escandalito personal, recuérdelo. Quizás, la dama en cuestión, lo ha reconocido y se ha sentido aplastada por la situación en que la halló y el apellido que lleva a cuestas. Si se presta la oportunidad y puede demostrar que no es el fanfarrón que pretende ser, estoy segura, que ella dejará de correr — sonrió y ante la meditación personal que Archie estaba por realizar, la secretaría se despidió y estaba por salir, cuando el chico volvió a llamarla:

— ¿Sí, señorito?

— ¿Esto... qué es?— señaló el castaño con la cabeza, apuntando a los papeles que acababa de recibir. Maggie, apretó los labios.

— Son los papeles que me pidió recabar respecto a George Brown y la labor de Albert Andrey, señor— y sin más, Maggie salió dejando a su jefe analizando el gran fraude que ella había descubierto tras todo lo que su jefe le dijo y le pidió buscar. No fue una sorpresa para ella, observar al chico con abrigo en mano y móvil al oído, corriendo oficina fuera rumbo dónde Terry Grandchester. Sólo esperba, no fuera tarde.

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Según su última llamada, Candy y Annie les esperaban en el apartamento, con la comida lista y mucho que contar, para la hora del descanso y la última mitad de la jornada en la tienda, a sus espaldas, Anthony terminaba ya de despachar a unas clientas y sin mucho que hacer para ayudar, el castaño bonito aguardaba en la bodega a por la aparición de un Archie que hacía sólo unos minutos le había marcado para pedirle que le esperara por aquel favorcillo que Terry había pedido semanas atrás y que finalmente parecía tener solución. Karen, no había encontrado regristros aún de su familia política pero sabía por sus llamadas que estaba en ello y que pronto tendrían noticias.

— ¡Hey, Terry!— le llamó Tony desde la tienda y al emerger de la bodega, el castaño se sorprendió porque en la entrada, aguardaban no sólo su amigo sino también su hermana y ambos, lucían preocupados.

— ¿Qué pasa? ¿Han venido juntos?— preguntó y obvio de momento la mirada curiosa que Anthony le lanzó con respecto a la castaña ahí presente.

— No, nos encontramos afuera al bajar de los autos— respondió Karen — Por favor Archie, habla rápido, luego de lo que diré dudo que quiera quedarse a escucharte— sin preguntar por sus palabras, Archie asintió con la cabeza y acercandose al mostrador, dónde abrió la carpeta que Maggie le había entregado, instó a Terry a acercarse y quedar junto a Tony.

— ¿Qué es esto?— preguntó Terry apenas advertir el contenido de los papeles, pero sin leerlos a conciencia.

— Esto, amigo mío, es la prueba que buscabas. Maggie buscó mucho mientras yo iba a la escuela y finalmente, encontramos detalles bastante interesante. Hace casi dos años, la empresa de Brown sufrió una perdida terrible y en su afán por protegerla, el jefe de tu suegro pidió préstamos ilegales que logró hacer pasar por limpios frente a su propio contador. Las ayudas que recibía continuaron a nombre de un prestador anónimo y la cuenta era rastreable aunque llevaba a un sitio en blanco en un banco Suizo. Ni Albert ni nadie sabían de estos tratos y George era muy discreto al llevarlos a cabo, además, los utilizaba para financiar los nuevos equipos de su empresa y también destinaba mucho a las fundaciones de su mujer, que ayudan a la caridad— explicó Archie

— ¿Y? ¿Eso explica el porqué del despido de mi suegro?— cuestionó Archie, sorprendiendo de momento a su amigo rubio al lado que veía en él, por primera vez al aristócrata que Terry llevaba dentro y al yerno devoto que nadie creería que era si no le viera. Archie asintió con la cabeza.

— De hecho, lo hace. No somos los únicos que lograron dar con esta información y aunque desconozco el motivo, puedo decirte, que Neil Legan entró en acción tan pronto como lo supo. Con ayuda de mi detective, al que por cierto debo horas extra, me acabo de enterar por teléfono que Neil habló con George una tarde antes del despido de Andrey. Según las fuentes de mi detective, Legan pidió a George el despido de tu suegro, con la condición de cubrir por la vía legal estos detalles que acabo de contarte. Por más buenas que las acciones de Brown, fueran con ese dinero, lo cierto es, que el dinero no es limpio—terminó Archie y entre los puños de Terry, los papeles que su amigo había llevado, amenazaban con volverse simples bolas arrrugadas.

— Ese maldito... así que el corte en los ingresos de los Andrey es culpa suya...— gruñó el ojiazul.

— Sigo buscando pero el detective no puede partirse a la mitad para buscar esto también a la par de Elisa Legan, lo que sospecho, es que el robo a las cuentas de tu familia política, de hecho, son parte del plan de Legan también. La pregunta es: ¿por qué? ¿Qué busca Neil con tanta desesperación para hundirlos así? Sabes como yo, que algo quiere, sino...

— Eso lo sé bien— le cortó Terry — El muy bastardo quiere a Candy — aseveró — Ella me dijo hace poco cómo es que familia temrinó pidiendo asesorías con Legan y también, que antes de ello Legan la abordaba. No dudes que ante su rechazo el pedazo de mierda que se dice hombre, buscó la manera en que ella cayera ante él. Si lo que pienso es verdad, Neil debió creer que hundiendo financieramente a Candy, ella iría a sus brazos, pero mucho se sorpendió cuando ella, contra todos sus planes, se casó conmigo.

— ¡Oh, dios! — exclamó Karen, bastante escandalizada — ¿Realmente crees eso? Candy no se habría muerto si...

— Sí lo habría hecho— la cortó su hermano, con la mirada baja — Porque hasta antes de esto, Candy no me amaba ni gustaba de mí. Se casó conmigo por lo que le prometí, dinero. Ella era exactamente igual a mí y cuando mamá me envió aquí, creí que moriría. No dudes que ella sintió ese mismo miedo en su momento. Para gente como nosotros que han vivido siempre en la burbuja que nos forjaron alrededor, caer en la realidad de un mundo donde debes trabajar por alimentarte y mantenerte, es demasiado duro— susurró y el brazo siempre consiliador de Anthony sobre su hombro, lo hizo levantar la mirada.

Apenado, avergonzado, Terry había creído que eso sentiría al mirar a su mejor amiga y a su hermana al hablar del tema y sin embargo, con las muecas orgullosas de ambos reflejando sus sentires hacía él, lo cierto era, que mantener la cara en alto le era más sencillo que nada. Y Anthony a su lado, fungiendo como el principal soporte que había tenido al caer ahí, también le eran de ayuda.

— Apuraré mis trabajos de la universidad y haré un espacio extra en la agenda. Te juro, Terry, de verdad te lo juro, que no voy a descansar hasta demostrar lo que sabemos. Voy a ayudarte a salir de esto y a tu esposa también. Porque si la amas, entonces yo también la cuidaré. Eres un hermano para mí y eso lo sabes, no te voy a dejar caer así...— le aseguró el castaño con una sonrisa y por respuesta, Terry asintió con la cabeza. Ya podía imaginar las muchas buenas nuevas que le daría a la pecosa, cuando le dijera que tal vez, y con ayuda de su hermana su amigo, podrían devolverle el trabajo a su padre, y con mucha suerte, también el dinero que había perdido.

— Avísame cuando encuentres al patán que les robó...—

— Esta misma noche hablaré con el detective pero... ¿y tu suegro? ¿Dónde se supone que están en estos momentos?— cuestionó Archie.

— Bueno, eso tal vez también lo sepamos. ¿Encontraste algo, Karen?— la mueca brillante que hasta entonces había mantenido la castaña, por el orgullo de ver a un nuevo Terry reluciendo frente a ella, se apagó al instante y algo en ello, dejó en el chico un mal presentimiento.

— Los he encontrado— sentenció Karen —Se hallan en un pueblo al norte de Londres, sin embargo... Los registros que encontré están difusos, tú suegro fue internado hace semanas en un hospital sin equipo. Terry...—

— Dios... por favor, dime, dime que no tengo que decirle a Candy que su padre murió... por favor, Karen...— súplico el chico y a su lado, tanto Tony como Archie, rogaron por lo mismo. Karen, se plantó firme y decidida.

— No, no tendrás que hacerlo si partimos ahora. Por eso he venido, no tengo parentesco para sacarlo de ahí y el hospital no es parte de nuestros asociados, tendremos que ir allí y traerlo a Londres, en la clínica, te puedo asegurar que lo salvaré. Pero debemos darnos prisa...—

Las manecillas parecieron retumbar en la tienda en ese momento, Anthony fue rápido al buscar las cosas de su amigo y mientras Terry abordaba el auto de su hermana, el rubio le prometió arreglar las cosas en el salón, durante la noche. Archie iría a por Candy para llevarla a la clínica de su familia política y en el proceso, ponerla al tanto de la situación. Grande, sería su sorpresa, al llamar a la puerta y encontrar a su cuñada y a la chica de facultad.

— ¿Qué tan grave está Albert, Karen?— preguntó Terry visiblemente alterado, al tiempo que su hermana ponía tercera velocidad y se unía al tránsito local que pronto, dejaría atrás.

— Tenía diabetes al ingresar, y puedo decirte por lo que vi, que sufrió ataques cardíacos, sin embargo, no puedo determinar la gravedad de su situación ahora, cuando no sé con certeza que tratamientos utilizaron para estabilizarlo. Lo que sí sé, es que de no recibir ayuda en un hospital especializado, no tardará en perder conocimiento y podría entrar en coma.

— ¿Y Elroy? ¿Dónde está la tía de Candy?—

— Bueno, supongo que debe estar con su hermano, pero eso lo descubriremos al llegar. Ajustate el cinturón hermanito, porque no pretendo bajar velocidad hasta llegar a la estación.

— ¿Y quién te dijo que lo hicieras?— sonrió el castaño y por respuesta, Karen volvió a acelerar. Habían encontrado los registros a tiempo y si lo lograban, hallarían a los Andrey antes de que ocurriera alguna desgracia, todo fuera, por no ver caer nuevamente al nuevo hombre que estaba surgiendo en su hermano.


Continuará...


N/A:

¡Bonita noche para todas! ¿Leyeron "Entre letras y café"? Porque yo prometí volver pronto y creo que estoy cumpliendo. Lo cierto, es que tuve un accidente y he estado descansando desde el lunes, escribía de poquito para terminar con el capítulo pero hoy, me saqué la muñequera de la mano y deje mis deditos volar en el teclado. Sorry con los errores ortográficos, prometo editarlos a conciencia cuando esté totalmente recuperada.

¿Y bueno? ¿Les ha gustado esto? Cada día más cerca de dar con Neil y ahora, un pasito más cerca de los Andrey y creanme, puede que esto una aún más a nuestros queridos Mimados, y ¡oh, sí! a Annie y Archie también. A decir verdad, he pensado en hacerles a ellos su propia historia xD pero si hago eso, seguro se me sale la de Tony también. Como sea, hablando de ello, tengo un nuevo proyecto en mente, porque eso de que este mes, cumplo 5 años en la página y ¡no duden en dejarme sus opiniones! Más adelante, estarán viendolo en sus pantallas, aunque por ahora, el anuncio está en mi perfil.

¡Nos leemos en comentarios y nos vemos a la próxima! Saludos y mil gracias por leer.


JulietaG.28