- Alice, soy yo, abre.
La chica se levantó de la cama al escuchar los suaves golpes en la puerta y la voz de su novio y abrió, un poco preocupada.
- Frank, ¿pasa algo?
- Déjame entrar, ahora te cuento. – Le pidió.
- Claro, entra.
Él entró en el dormitorio y ella volvió a cerrar la puerta con cuidado. Por suerte estaba sola. No había muchas mujeres que se atrevieran a ser auror y, mucho menos, cuando una guerra se avecinaba. Ella era de las pocas valientes y, por ello, tenía la suerte de tener una habitación individual, al contrario que Frank que compartía con un antiguo compañero de Hogwarts.
- Cuéntame. – Le volvió a pedir, sentándose en la cama.
- Me han escrito una carta desde el Cuartel General. – Empezó a decir finalmente, andando por la habitación de forma nerviosa.
- ¿Y qué te han dicho?
- Ha habido un ataque y tienen que marcharse, nos informarán dentro de poco de la nueva ubicación.
- ¿Un ataque directo? – Se llevó una mano a la boca. – ¡Frank, eso es horrible! ¿Alguien ha resultado herido?
- Algunos, pero por suerte no tenemos que lamentar pérdidas. – Suspiró y se acercó a la cama donde estaba la chica. La cogió de la mano y se la besó antes de sentarse. – Están preparados para luchar, no te preocupes.
- Ya pero, aún así, creí que el cuartel era un lugar seguro. ¿Y si hay un topo o algo así?
- Lo encontrarán.
- Qué desastre, Frank…
- Tranquila. – La besó con delicadeza. – Todo saldrá bien.
- Me gustaría poder ayudar más, aquí me siento inútil, apenas podemos hacer nada.
- Ya sabes lo que dijeron los Prewett: primero debemos prepararnos. Además, aquí también somos útiles.
- Sí, claro, porque cotillear conversaciones ajenas en el comedor y entre prácticas es súper práctico. – Replicó ella.
- Alice…
- No quiero que se salgan con la suya, Frank. No puedo permitirlo.
- Ya lo sé. – La besó lentamente y ella se relajó. – Tienes un corazón que no te cabe en el pecho y eres la persona más valiente que he conocido jamás.
- No exageres. – Suspiró y enterró la cabeza en su pecho. – ¿Por qué no te quedas a dormir? No tengo ganas de estar sola ahora mismo.
- No pensaba volver a mi cuarto, tranquila.
Ambos empezaron a reír sin poder evitarlo olvidando por unos instantes todo lo que estaba sucediendo fuera, toda la impotencia que sentían al no poder salvar a todos los inocentes que morían a manos de los mortífagos. Solo esperaban poder llegar a tiempo para impedir que el mal triunfase.
- Por favor, Bella, tienes que decirme qué ha pasado. – Le pidió Narcissa por decimocuarta vez. La agarró de la túnica, pero su hermana negó con la cabeza e hizo que se soltara. – ¿Por qué Lucius no puede volver hoy a casa?
- Está en una misión, solo puedo decirte esto. – Negó con la cabeza. ¿Cuándo se daría cuenta que aquello era una causa mayor y más importante? El heredero de los Malfoy estaba donde debía estar en ese momento, no podía perder el tiempo retozando con ella.
- Bellatrix, lleva una semana sin venir a casa, si le ha pasado algo…
- No le ha pasado nada, ya te lo he dicho.
Desde que habían atacado el Cuartel General de la Orden del Fénix todos estaban hasta arriba de trabajo. Esos desgraciados habían logrado huir, el Lord estaba bastante enfadado con ellos por su error y ahora era su deber buscarlos. Ella misma había pasado varios días fuera de su casa, buscando de forma desesperada a algunos, pero su búsqueda no había dado resultados. Esperaba que su cuñado tuviera más suerte, especialmente porque su hermana la estaba desquiciando completamente. Quería mucho a Narcissa, pero no entendía la gravedad de la situación. Seguía siendo muy inmadura o, peor aún, se comportaba simplemente como el resto de chicas sangre pura. Eso la decepcionaba un poco, siempre había sabido que no sería una mortífaga, pero esperaba que tuviera más sangre en las venas.
- Bella…
- Narcissa, si vuelves a preguntarme te juro por nuestra familia que te lanzaré un desmaius. – La cortó. – Son asuntos confidenciales.
- Pero eres mi hermana y él mi marido.
- Lucius no es solo tu marido, es un mortífago y tienes que ir entendiéndolo. – Negó con la cabeza. – Si quieres llorarle a alguien vete con mamá o con alguna de tus amigas, pero a mí no me vengas con estas tonterías.
- Esto no es justo.
- No he dicho lo que sea.
- Tengo derecho a saber dónde está. – Insistió, dedicándole una mirada decidida que demostraba que ella no le tenía ningún miedo. – ¿Qué habéis hecho? ¿Por qué tenéis que cumplir estas misiones imposibles de repente?
- Márchate a casa.
- No pienso hacerlo.
- ¿Por qué eres tan cabezota?
- ¡Mira quién habló!
En ese momento, Bellatrix tuvo que corregirse a sí misma: a Narcissa no le faltaba sangre, solo motivación. A ella la movía solo la familia, no la pureza de sangre. Solo esperaba que el Lord nunca se enterara de eso porque podría meter a toda la familia en un buen lío.
- Bellatrix.
Ambas hermanas se giraron al escuchar aquella voz y la mayor abrió mucho los ojos, sorprendida. ¿Qué hacía el mismísimo Lord Voldemort en su casa?
- Mi señor. – Se dirigió hacia él con paso apresurado. – Qué sorpresa, por favor, pasad. ¿Qué os trae hasta aquí? ¿Tengo que encargarme de alguna nueva misión?
- Así es, Bellatrix. – Asintió pero, en lugar de mirarla a ella, dirigió su vista hacia la menor de las Black, que seguía quieta en aquel pasillo, con la cabeza alta y una mirada desafiante. Sintió una pequeña punzada de celos. Ella siempre había sido lo que había atraído las miradas de todos, era imposible no quererla. – Pero me gustaría poder conversar en privado contigo.
- Por supuesto, mi hermana ya se marchaba. – La miró con la advertencia pintada en los ojos, tratando de indicarle que aquello no era un juego y que no debía desobedecer a aquel hombre. Por suerte, la rubia ya tenía la lección bien aprendida.
- Sí, mis suegros me esperan para cenar. – Contestó con firmeza.
- Puedes decirles que su hijo está bien si les preocupa y que en pocos días lo tendrán de vuelta en casa. – Dijo, consciente de que era lo que quería saber y el principal motivo por el que aún no se había marchado.
- Se lo comunicaré. – Hizo un asentimiento cortés con la cabeza y les dedicó una última sonrisa. – Un placer poder veros y, Bella, nos vemos pronto. Ten cuidado.
- Tranquila, lo tendré.
Dicho esto, Narcissa se desapareció y Bellatrix condujo al hombre hasta el despacho privado de Rodolphus. Su marido también estaba en una misión así que tardaría en volver y allí podrían charlar con más tranquilidad. Ambos tomaron asiento y ella, expectante y algo nerviosa, por fin se atrevió a preguntar.
- ¿Y bien, mi señor? ¿Qué debo hacer ahora?
Regulus llevaba todo el día dándole vueltas a aquello. Sabía que no era buena idea ir detrás de Dorcas como un perrito faldero, pero no podía quitarse de la cabeza la mirada de la chica. Sabía que era un monstruo, se había dado cuenta de ello y, desde entonces, la marca de su antebrazo le quemaba más que nunca. Lo único que quería era arrancarse la piel, borrar aquel siniestro símbolo y esconderse donde nadie pudiera volver a juzgarlo. Pero, como no podía hacerlo, lo único que le quedaba era intentar hablar con la chica. Los días que habían pasado haciendo aquel trabajo habían sido los mejores que recordaba en Hogwarts y no podía permitir que lo odiara. No después de tantos avances que, aunque eran vanos, le permitían mantener una cierta esperanza. Dorcas se había convertido en su faro en medio de la oscuridad.
Así que se tragó todo su orgullo Black y, en cuanto la vio salir del comedor, inventó una excusa, que sus compañeros creyeron sin dudar porque, ¿quién iba a pensar que el gran Regulus Arcturus Black iba a correr a suplicar perdón a la hija de dos sangre sucia?, y la siguió. Caminó tras ella a través de unos cuantos pasillos, consciente de que ella sabía que estaba ahí, y no se detuvo hasta que la castaña lo hizo.
- ¿Qué quieres, Regulus? – Le preguntó, dándose la vuelta para poder encararlo. En sus ojos estaba presente la decepción y él sintió cómo su estómago se encogía. – ¿Por qué me sigues?
- Quería… quería hablar de lo que ha pasado esta mañana. – Murmuró finalmente, tras dudar unos instantes. Estaba empezando a creer que aquello no era buena idea.
- ¿De por qué tu hermano te ha estampado contra una pared mientras decía que habías atacado a Marlene?
- Yo no le hice nada. – Dijo.
- Regulus, no soy tonta, sé en lo que te convertirás en cuanto salgas de aquí, ¿cómo sé que no me estás mintiendo?
Él no supo qué contestar a eso. Le había sorprendido su sinceridad, no se esperaba que ella le dijera aquello de forma tan directa. Siempre supo que no sería fácil, pero jamás imaginó que fuera misión imposible.
- Escúchame, deja de pensar en mi apellido, tú dijiste que tenías fe en mí y eres la única persona en este maldito mundo que la tiene. – Consiguió decir al final. – No puedo dejar que la pierdas, no puedo permitir que la única persona que cree que hay algo bueno en mí, deje de pensarlo. Me conoces, te juro que he sido completamente sincero contigo todo el tiempo, que las risas han sido reales, las palabras de ánimo también. Dorcas, no quiero que me odies.
- No te odio, yo no odio a nadie, no tengo esa capacidad. – Susurró ella. Bajó la mirada y negó con la cabeza. Quería creerlo, pero no podía. – Regulus, no quiero perder la fe, pero no me queda más remedio. Lo de Marlene…
- Marlene está bien. Te prometo que está bien y que nadie va a volver a hacerle daño mientras yo pueda evitarlo. Ni a ella, ni a nadie.
- ¿Y cuánto tiempo vas a poder evitarlo? – Sus miradas volvieron a encontrarse y la castaña se encogió de hombros. – ¿Cuántas veces vas a poder negarte a hacer algo sin que tus amigos sospechen?
Se quedó de nuevo sin palabras. Solo ella tenía la habilidad de desarmarlo por completo, de volverlo vulnerable.
- Lo que yo decía… - Suspiró. – Me voy a mi Sala Común, no me sigas más, Regulus. No podemos ser amigos, esto acabaría muy mal. Sirius tiene razón: acabarías haciéndome daño. Y yo no puedo permitirlo.
Se dio la vuelta y retomó su camino. Pero el pelinegro no pudo contenerse más. No podía dejarla marchar así. Y, por primera vez en su vida, dejó que sus impulsos lo guiaran. Acalló las voces de su cabeza que le gritaban que estaba loco y estaba a punto de convertirse en un traidor que acabaría muerto; alejó la imagen de su madre quemando su cara del árbol familiar; impidió que la imagen de Sirius lanzando una carcajada y diciendo que "el niño bonito de la familia" era como él lo detuviera. Corrió hacia Dorcas, la agarró del brazo para poder girarla y la besó. Unió sus labios con pasión y fuerza, pero también con cariño. Ella, sorprendida, abrió mucho los ojos y se alejó de él sin dejarlo profundizar el beso.
- ¿Pero qué…? – No supo qué decir. Notaba su cara arder y el corazón a punto de salírsele del pecho.
- No quiero hacerte daño. – Murmuró, todavía sujetando su brazo con delicadeza.
- No sé a qué estás jugando… - Su voz sonó frágil y asustada.
- A nada. Solo quiero demostrarte que no te dañaré y que me importas. – Le aseguró él.
- Yo…
Se soltó y salió corriendo. Tenía la cabeza hecha un lío en ese momento. ¿Por qué Regulus había hecho eso? ¡Ella era la antítesis de todo lo que se suponía que él creía! Sabía que no era como aparentaba ser, pero también que jamás se atrevería a ser como realmente era. No se detuvo hasta llegar a la puerta de su Sala Común. Golpeó los barriles, entró y subió corriendo a su dormitorio. Por suerte sus compañeras todavía no habían llegado. Se tumbó en la cama y se acarició los labios, sin poder evitar que una sonrisa tonta se dibujara en su rostro. Por mucho que le costara admitirlo, aquel beso no había estado nada mal.
Regulus, que todavía no se había movido de aquel pasillo, sonreía como un idiota y también se acariciaba los labios. Por fin lo había hecho, por fin se había atrevido a besar a Dorcas y, por su reacción, estaba casi seguro de que le había gustado (si no lo hubiera hecho, le habría abofeteado o quizás lo habría vuelto a mirar con desprecio antes de pedirle que se alejara de ella, pero no había hecho nada de eso, simplemente se había asustado y eso se debía, probablemente, a que temía sentir cosas por él por su situación). Amplió su sonrisa sin poder evitarlo. Tenía una posibilidad y pensaba aprovecharla. Aquello solo era el principio.
