Observó su armario y chasqueó la lengua. Myranda se había llevado todos sus buenos vestidos, dejando únicamente los viejos y desgastados. Lyanna tuvo que limitarse a utilizar uno color verde musgo que tenía una enorme mancha blanca-amarillenta a la altura de los muslos, producto de un descuido de Arya al dejarlo cerca del fuego. Tansy le había peinado el cabello por la mañana y trenzado los costados, para evitar que estos cayesen y molestasen.

Era un nuevo día y seguía sin tener noticias de Hediondo; Lyanna se había pasado la noche entera en vela, a la espera de ver al caballo negro ingresar por la puerta principal del castillo. Pero cada día que se consumía, cada noche que desperdiciaba, era en vano. Ningún caballo ingresaba o salía. Pensó que Fuerte Terror no estaba tan lejos de Invernalia, pero los últimos días había llovido, tal vez los caminos eran complicados de transitar y Hediondo había tenido que utilizar otros caminos para llegar…

Salió de la torre, acompañada de su escolta habitual. Los hombres del Hierro la flanquearon como dos inmensas columnas de mármol, silenciosas y hoscas como siempre pero carentes de la belleza helada que poseía el mármol. La mañana estaba fría y pesadas gotas frías caían copiosamente desde los tejados, formando charcos marrones en el patio. Lyanna contempló que el establo estaba abarrotado de caballos.

– ¿Quién ha venido? – preguntó, pero los dos hombres que tenía a su lado no respondieron, sólo la empujaron con sus lanzas hacia el interior del salón.

Las puertas se abrieron con pesadez y rápidamente apreció el cálido abrazo de las hogueras ardiendo. Había olor a arenques ahumados, panes calientes, salchichas en salsa agridulce y huevos revueltos; Lyanna sintió un fuerte temblor en el estómago, parecido al rugido de un animal hambriento.

– ¡Y ahí está el personaje del día! – la escolta se disolvió en cuanto las puertas volvieron a cerrarse a sus espaldas, dejando la lluvia y el patio embarrado atrás.

Lyanna se retiró la capa húmeda de los hombros y la dejó colgando en el respaldar de una de las altas sillas. Sus dedos acariciaron la madera tallada, y por un momento la pintoresca imagen de un desayuno familiar la asaltó como un recuerdo surgido en lo más recóndito de su memoria. Pero al parpadear, la escena se disolvió ante sus ojos, descubriendo la triste realidad.

– Estaba empezando a temer que la habías encerrado, hermano. – Yara Greyjoy se encontraba sentada en el trono de Ned Stark, con una copa entre sus dedos, rodeada por sus hombres.

– Y yo estaba empezando a creer que la tierra se había extendido o que se había perdido el puerto. Había creído que no vendrían– los pasos de Lyanna retumbaron por el comedor, a medida que se acercaba a la punta de la mesa. Theon sonrió junto a su hermana, aunque su semblante era pálido y sudoroso, como si hubiese pasado días sin dormir, sin comer o sin vivir.

– Y uno cree que las septas están para educar a niñas como ella. – rebuznó Myranda, con aires de grandeza, luciendo el último vestido que Catelyn Tully había confeccionado hacia menos de un año.

Yara bebió de su copa y luego la posicionó sobre la mesa; se limpió con el dorso de la mano y sonrió, revelando dientes amarillentos.

– No vayas tan rápido, cariño – murmuró – o podrías terminar ahogándote con tus propias aspiraciones. – Myranda dejó caer el tenedor con falta de sutileza y la observó, con sonrisa forzada.

– ¿Por qué no te retiras? – sugirió Greyjoy, aunque más sugerencia sonaba más a una orden directa. Myranda observo a Theon espantada, como si este la hubiese insultado de la peor manera. Luego empujó la pesada silla hacia atrás y se puso de pie, agitando su larga cabellera negra y haciendo oscilar su vestido. Lyanna observó la infantil actuación hasta que Myranda salió del salón, golpeando las grandes puertas.

– Sigues buscando chiquillas huecas. – comentó Yara, sirviéndose salchichas.

– Raro sonará, pero estoy de acuerdo con tu hermana. – dijo Lyanna, sentándose en el lugar donde antes había estado la hija del encargado de las perreras.

Lyanna tomó la bandeja de los huevos, dejando caer una generosa porción sobre su plato; estaba hambrienta y su estómago no paraba de demandarle algo para saciar aquella sensación. Una muchacha se acercó a la mesa y sirvió vino en las tres copas, pero al llegar a ella retiró la copa usada por Myranda y pidió cambiarla por una nueva. Lyanna se lo agradeció, sintiendo la atenta mirada de los Greyjoy.

– Bonita corona. – murmuró, relamiéndose los dedos y sonriéndole a Theon.

Theon se irguió en su asiento, portando su corona con orgullo, aunque su hermana lo veía como si se tratase de un bufón. La corona era deforme y fea, pero él era un rey y como todo monarca, debía portar una. Lyanna creyó que Mikken podía haber hecho mejor trabajo, pero el herrero estaba enterrado en camposanto y su reemplazo apenas valía para hacer clavos y herraduras.

– He visto que ha reemplazado a mi escolta. – continuó, recogiendo el huevo con el tenedor. – ¿Dónde están los otros? –

–Ocupados. – gruñó Theon. Pero Lyanna sabía que, al igual que Mikken, cinco de los hombres de hierro estaban enterrados y fuera de servicio. Ella no aprobaba aquello, pero no podía negarle a la gente de Invernalia vengar a sus príncipes.

Lyanna movió la cabeza hacia los costados, observando a los hombres que se encontraban en la estancia; los viejos, aquellos que habían llegado con Theon, hablaban con los nuevos, pero seguían siendo pocos.

– ¿Dónde están los demás? – preguntó Theon, tal vez adivinando lo que ella estaba pensando. El salón era enorme y sin duda había espacio para muchísimas más personas allí dentro. – ¿Cuántos más has traído? –inquirió, volviéndose a su hermana, pero esta estaba más interesada en comer sus salchichas y la carne de capón.

–A ojo, parecen veinte. – respondió Lyanna, bebiendo un traguito de vino.

– Tranquilo, príncipe de Invernalia. – lanzó un hueso a uno de los perros que olisqueaba debajo de la mesa. – ¿O debería llamarte príncipe de los Idiotas? –se lamió la grasa de los dedos mientras un mechón rizado de cabello negro le caía sobre los ojos.

Sus hombres pedían a gritos más pan y tocino, y Lyanna pensó que para ser tan pocos hacían demasiado escándalo. Y por encima de los gritos y demandas, Theon dejó escapar una carcajada nerviosa.

– La envidia es una cualidad propia de una dama. –

– ¿Envidia? – repitió Yara.

– ¿Qué otra cosa puede ser? Con treinta hombres, capturé Invernalia en una noche. A ti te hicieron falta un millar y un mes para tomar Bosquespeso. –

–Tal vez no soy un gran guerrero como tú, hermano. –Yara bebió un trago largo de un cuerno de cerveza y se volvió a limpiar la boca con el dorso de la mano. – Ya he visto las cabezas clavadas sobre tus puertas. Dime la verdad, y sin ofenderla, lady Stark, ¿Cuál de los dos opuso más resistencia, el tullido o el bebé? –Lyanna dejó caer sus cubiertos tan estrepitosamente como Myranda. Yara la miró durante unos segundos y luego volvió a centrarse en su hermano.

A Theon se le agolpó la sangre en la cara. Aquellas cabezas no le proporcionaban la menor alegría, como tampoco se la proporcionó el hecho de exhibir los cuerpos decapitados ante todo el castillo. Quienes habían visto nacer y crecer a los príncipes, no daban crédito a lo que habían visto aquella tarde lluviosa. Muchos intentaron atacar a Theon, pero ninguno lo logró. El único que había tenido el valor de acercarse había sido el maestre Luwin, quien le suplicó que le permitiera coser las cabezas de los niños a los cuerpos, para que pudieran descansar en las criptas junto a los otros Stark fallecidos. Pero Theon se había negado.

–Traté a Bran y a Rickon con toda generosidad – dijo a su hermana. – Ellos mismos se labraron su destino. Y honestamente espero que tú, querida Lyanna, aprendas de los errores de tus hermanos y aceptes desposarme sin tantos berrinches; sería una lástima tener que colgar tu cabeza junto a la de ellos.

–Todos labramos nuestro destino, hermanito. – repuso Yara.

– ¿Cómo pretendes que defienda Invernalia si solo me traes veinte hombres? – cuestionó Theon, perdiendo la paciencia.

– Diez. – corrigió su hermana. –Los otros volverán conmigo…a menos que pretendas que me enfrente a los peligros que acechan los bosques sin la escolta apropiada. He oído que los huargos merodean en la oscuridad.

Yara se acomodó en el trono y bajó las piernas del gran asiento de piedra, poniéndose de pie.

– Hablemos en otro lugar, necesitamos privacidad. – ordenó, lanzando un último hueso a los perros.

– ¡Lyanna! – pareció gritar Theon, casi sin voz y más rojo que antes. – Ven conmigo.

Su hermana lo observó con una ceja en alto.

– Deberías dejarla que haga lo que quiera. Tal vez la niña quiere ir a hacer alguna labor de costura y tú aquí, pidiéndole que se involucre en temas de guerra.

Theon la asó por el brazo, teniéndola cerca como si temiese perderla entre las tantas habitaciones del castillo.

– Conociendo mujeres como ustedes, he entendido que las labores de damas son las menores de sus preocupaciones. – Yara rodó los ojos.

Theon las condujo hasta los aposentos de Ned Stark, donde lanzó a Lyanna a la cama, obligándola a permanecer allí en silencio. Su hermana, por otro lado, se recostó en el lado del colchón que pertenecía a Catelyn con las botas embarradas y la ropa oliendo a sal.

–Dagmer ha perdido el combate en la Ciudadela de Torrhen... –soltó bruscamente Theon, situándose junto a la apagada chimenea. – El antiguo castellano rompió su asedio. – añadió con calma y las cenizas de la esperanza comenzaron a brotar en el interior de Lyanna, como resurgir de un dragón adormecido.

– ¿Y qué pensabas? El tal Ser Rodrik conoce el terreno a la perfección, a diferencia de Barbarrota, y muchos de los norteños iban a caballo. A los hijos del hierro les falta la disciplina necesaria para resistir una carga de caballería. Dagmer sigue vivo, ya puedes darle las gracias. – contrarrestó Yara con calma. – Se dirige con los sobrevivientes de vuelta hacia Costa Pedragosa.

Lyanna, en su silencio expectante, se dedicó a observar las expresiones de los hermanos Greyjoy. Yara se mostraba relajada, como si todo fuese parte de un juego de mesa; Theon, por otro lado, burbujeaba de ira. Su hermana sabía cosas que él desconocía y claramente tenía una alta ventaja sobre él.

–La victoria le ha dado valor a Leobald Tallhart para salir de detrás de sus muros y unirse a las fuerzas de Ser Rodrik. Y según los informes que he recibido, Lord Manderly ha enviado rio arriba una docena de barcazas con caballeros, caballos y máquinas de asedio. Por si fuera poco, los Umber se están reagrupando más allá del Último. Antes de que cambie la luna tendré un ejército entero ante mis puertas, ¡y tú solo me traes diez hombres! – prorrumpió Theon.

– No tendría que haberte traído ninguno. –manifestó su hermana.

Theon apretó los dientes y se volvió hacia la cama, sujetándose de los postes y casi lanzándose sobre Yara.

– ¡Te ordené… -

– Nuestro padre es el único que me da órdenes. – replicó Yara, poniéndose de pie para enfrentarlo. – Me ordenó que tomara Bosquespeso. Nunca me dijo de rescatar a mi hermanito.

– ¡Que los Otros se lleven Bosquespeso! – gritó Theon. – No es más que una letrina de madera en la cima de una colina. Invernalia es el corazón de estas tierras; tengo a una Stark casi en el altar, ¿pero cómo la defenderé sin una guarnición? –

– Tendrías que haberlo pensado antes de tomar la fortaleza. – repuso su hermana, recostándose de nuevo. – No niego que fue una estratagema de lo más astuta. Si hubieras tenido suficiente sentido común para arrasar el castillo y llevarte a los príncipes como rehenes a Pyke, habrías ganado la guerra y te habrías casado todo de un plumazo.

– Eso es lo que tú querrías: ver mi trofeo reducido a ruinas y cenizas.

– Este trofeo va a ser tu perdición. Los Kraken surgen del mar, Theon, del mar, ¿lo olvidaste en los años que pasaste entre los lobos? Nuestra fuerza son los barcoluengos. Mi letrina de madera está cerca del mar; eso me permitirá recibir provisiones y refuerzos siempre que los necesite. Pero Invernalia está a ciento de leguas tierra adentro, rodeada de bosques, castillos y fortalezas. Y no te equivoques; en miles de leguas a la redonda no hay un hombre que no sea tu enemigo. Tú mismo lo has conseguido al clavar esas cabezas en las puertas del castillo. No te sorprendas si en tu noche de bodas, bebido y casi al borde del desmayo, tu esposa de apuñale en señal de venganza. – Yara sacudió la cabeza. – ¿Cómo pudiste ser tan idiota? Mira que matar a niños…

– ¡Se atrevieron a desafiarme! – gritó Theon. – Además, esto ha sido sangre por sangre, dos hijos de Eddard Stark para pagar por Rodrik y Maron. – Lyanna creyó que aquello fue improvisado, que Theon jamás había pensado en sus difuntos hermanos al momento de colgar las cabezas. – Finalmente le he dado descanso a los fantasmas de mis hermanos.

– De nuestros hermanos —le recordó Yara con un atisbo de sonrisa—. ¿Te has traído sus fantasmas desde Pyke? Anda, y yo que pensaba que sólo perseguían a nuestro padre.

Yara soltó una carcajada y se hundió aún más en el colchón.

– ¿No has pensado que tal vez Ser Rodrik sienta la misma necesidad? Aunque te comportes como un imbécil, eres mi hermano. – se puso de pie nuevamente. – En nombre de nuestra madre, vuelve a Bosquespeso conmigo. Has que Invernalia arda y sal de aquí ahora mismo; llévate a tu doncella lobo y a tu mujerzuela perro si quieres, pero vete, aun tienes tiempo. –

– No – dijo Theon ajustándose la corona. –He tomado este castillo y lo voy a defender.

– Lo defenderás, sí – dijo su hermana después de mirarlo largo rato. – El resto de tu vida. –dejó escapar un suspiro. –Me parece una locura, pero ¿Qué sabe de estas cosas una tímida doncella? – le dedicó una sonrisa burlona antes de dirigirse a la puerta. –Por cierto. Tu corona es horrible, ¿la has hecho tú mismo? – Yara soltó una carcajada y salió de la habitación, dejando a Theon hecho una rabia.

– Vete. – le gruñó a Lyanna, mientras sus manos se aferraban al marco de la ventana. Pero ella se puso de pie, situándose detrás de él.

– Sólo un necio declinaría una propuesta que indudablemente le salvaría el pellejo. – murmuró.

– Me gane este castillo luchando, no lo abandonaré sólo porque mi hermana quiso cumplir su rol de hermana mayor por una vez en su vida.

Lyanna posicionó una mano sobre el hombro de Theon, sintiendo la tensión en sus músculos.

– Siento lastima por ti. – dijo. – ¿Hemos si tan malos contigo para que estés haciéndonos esto? Sé que te alejaron de tu hogar cuando eras un niño, pero tenías la misma edad que Bran y tú lo alejaste a él de su hogar, de su familia. – Theon se volvió hacia ella con los ojos desorbitados. – Me siento como pudo haberse sentido tu madre cuando eso pasó. La compadezco. Pero ni tu ni ellos tuvieron la culpa de lo que pasaba en los campos de guerra. A veces, los niños pagan altos precios por cosas que no entienden.

Theon giró sobre sus talones y rápido como el aleteo de una mosca, la sujetó por el cuello, empujándola contra el poste de la cama. Lyanna dejó escapar un gemido de la sorpresa.

– Ya tengo demasiado fantasmas persiguiéndome. – gruñó Theon, con su nariz rosando la de ella. – Deja de alargar la lista.

– No…no. –ella jadeaba sintiendo que tragar saliva era parecido a intentar digerir una roca. – No mataste a mis hermanos para vengar a los tuyos. – jadeó sintiendo una gran presión sobre su cabeza. – Lo hiciste porque estabas arrinconado, como…como lo estás ahora. – Theon la soltó y su cabeza reposó contra su pecho.

– No soy un animal al que puedan arrinconar. – susurró. – Soy un príncipe, que pronto se convertirá en rey, engendrará príncipes y será recordados por todo como el hombre que logró someter al norte con solo veinte hombres.

– Tus hombres caen como moscas, no creo que ese día llegue. – se aventuró Lyanna, sintiéndose osada de decir todo eso.

– Se quién está matando a mis hombres. – siseó Theon levantando la cabeza con lentitud, como si fuese una serpiente despertando de su largo letargo invernal. Sus ojos estaban cristalizados y la corona en cualquier momento caería. – Creyó que no me había dado cuenta, pero cometió un error.

Lyanna se tensó. ¿Error?

– ¿De qué estás hablando? –

Theon volvió a asirla por el brazo y la arrastró fuera de la habitación. En el pasillo, mientras ella se agitaba para liberarse, él gritaba dando órdenes. Todos debían reunirse en el patio para una ejecución. A Lyanna se le heló la sangre y en aquel momento se arrepintió de no tener a Invierno cerca; su loba jamás hubiera permitido que le hicieran daño. Luego recordó algo aún más grave. Estaba embarazada. Su bebé nunca vería la luz de la vida. Se agitó con más violencia, gritando, rasguñando, pero Theon no la liberó.

Toda Invernalia estaba reunida en el patio, bajo la leve garua. Todos recordaban que había pasado la última vez que los habían congregado a todos allí; había murmullos inquietos. Yara Greyjoy también se había hecho presente a lomos de su caballo.

En el patio, Theon lanzó al suelo a Lyanna haciendo que el lodo salpicase en todas direcciones. Ella lloraba, abrazándose a sí misma mientras que la gente comenzaba a inquietarse cada vez más.

– ¡Se han estado burlando de mí todo este tiempo! – gritó Theon. – ¡Me he convertido en el bufón de todos ustedes, pero ya no más! – desenvainó su espada y señaló a la multitud. – ¡Traigan al encargado de las perreras! – sus hombres rápidamente se movilizaron entre la muchedumbre que se agolpaban entre sí como si se protegiesen mutuamente, pero aun así los hombres del hierro lograron abrirse paso y sacar a Farlen a la rastra.

– ¡Rata traidora! – bramó Theon, apuntándolo con la punta de su espada. – Has sido tú el que aniquilado uno por uno mis hombres desde mi llegada. Pensaste que no me daría cuenta, pero te equivocaste. Con la voluntad que me confiere esta corona, te sentencio a muerte.

Un grito ahogado se escuchó desde el interior de la multitud y Palla salió corriendo. Lyanna, ahogándose en sus propias lágrimas, se puso de pie y la retuvo por los brazos cayendo ambas al fango. Palla lloraba también, pidiendo piedad al ver como los hombres de hierro arrastraban a su padre hacia un tocón de madera, le amarraban las manos y lo colocaban de rodillas.

Urzen se situó junto a Theon con una enorme hacha de doble filo en mano. La expresión que adornaba su rostro clamaba a viva voz que quería vengar a sus compañeros caídos y que solo bastaba un simple gesto para saciar su deseo.

– ¡No lo hagas! – suplicó Lyanna. – ¡He sido yo! – dijo, apretando fuertemente a Palla entre sus brazos. – ¡Fui yo la que empezó, fui yo la que mató a esos hombres en la Puerta del Cazador!

– Mátalo. – ordenó Theon sin siquiera volverse para mirarla.

– ¡No! – gritó Lyanna. – ¡Es mi culpa! ¡Castígame a mí, déjalo! – la gente había comenzado a impacientarse y la multitud se movía como una marea de cuerpos. Todos hablaban al mismo tiempo. Todos empujaban. Todos se movían. Pero hubo una sola voz que sobresalió por encima del ruido.

– ¡Cobarde! – había sido Farlen. Con un hacha casi sobre su cuello se había atrevido a desafiar a Theon. – Si vas a matarme, al menos ten la decencia de ser tu quien me ejecute. – vociferó. – ¡No puedes hacerte llamar Lord de Invernalia si otro hará el trabajo sucio por ti!

– ¡Farlen, cállate! – bramó Lyanna. – No lo escuches, Theon. He sido yo. Fui yo. –

Pero Farlen sonrió.

– Hay cosas por las que valen la pena morir, mi lady. – su expresión era tranquila, como si hubiera aceptado su destino. – Si quisieras tomar la vida de un hombre, debes mirarlo a los ojos y escuchar sus últimas palabras. Y si no puedes hacer eso, entonces tal vez el hombre no merece morir. Un gobernante que se esconde tras los verdugos pagados pronto olvida lo que es la muerte... eso decía mi señor Eddard Stark cada vez que debía hacer cumplir la sentencia. Así, muchacho, ármate de valor y córtame la cabeza si es que eres lo suficientemente hombre como para hacerlo.

El silencio, tenso silencio, reinó en el patio. Los hombres que estaban a punto de marcharse se acomodaron en sus caballos, expectantes como todos los que estaban allí presentes. Yara apoyó ambos codos sobre la montura y aguardó por el espectáculo.

Theon ahora tenía toda una responsabilidad encima y su semblante, blanquecino, tembloroso y asustado, no se comparaba ni un palmo con la serenidad y eficacia con la que Lord Eddard portaba una espada. Pero aun así tomó el hacha con ambas manos y la levantó sobre su cabeza. Tenía los dedos sudorosos, por lo que le costó un poco sujetarla con firmeza. En el aire se sintió el silbido de la hoja al caer; Palla dejó escapar un grito de dolor, aferrándose aún más a Lyanna mientras su padre, de rodillas y amarrado, sangraba. Theon temblaba como hoja en otoño y el golpe no había sido preciso, sino que le había asestado entre los hombros.

Farlen rió, aunque adolorido. La sangre le caía por la espalda, mezclándose con la lluvia y el lodo. Palla lloraba en la tensión del momento. Lyanna vio a través del patio a Pym protegiendo a Topo de la vista, llevándolo nuevamente al interior de la torre del Maestre.

– No mires, no mires. – le cubrió los ojos y oídos a Palla en cuanto Theon volvió a levantar el hacha.

El encargado de las perreras murió al segundo golpe, pero tomó uno más desprender la cabeza del resto del cuerpo. Theon soltó el hacha con las manos salpicadas de sangre, al igual que sus ropas y rostro. Nadie se animó a hablar después de eso, estaban demasiado afectados por lo ocurrido.

Tansy se arrodilló en el fango y con su capa cubrió a la pobre Palla, permitiéndole llorar en su hombro. Lyanna aprovechando que estaba libre, se puso de pie y corrió por el patio. Varios hombres intentaron detenerla, pero la voz de Yara se los impidió; luego ella y su sequito de diez hombres abandonaron el castillo por la Puerta del Cazador.

Subió las escaleras al torreón de su padre y se encontró a Theon parado junto a la cama, temblando y más pálido que antes. Lyanna ingresó con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Ambos estaban en terribles condiciones.

– Tengo revuelto el estómago. – murmuró Theon, sentándose. – ¿Sabes cuantos vasos de cervezas he compartido con Farlen? ¿Con Mikken? ¿Con todos los que están allí abajo, odiándome? –

– Theon…

El muchacho cayó sobre sus rodillas, vomitando en el frío suelo de piedra. Lyanna se alejó de la puerta y se hincó para ayudarlo, ofreciéndole circulares masajes en la espalda. Theon estaba frío como un trozo de hielo.

Aquella imagen le sacudió la tierra. Theon había sido la persona más terca, pero segura que ella había conocido en toda su vida; había llegado a quererlo como a un hermano, pero nunca llegó a tener la relación que tenía con sus hermanos, pero aun así había llegado a quererlo. Y verlo en aquellas condiciones, vulnerable, cargado de culpa, de cierta forma le dolía.

– ¿Supongo que ya es tarde para retirarme, verdad?

– Sí, pero aún hay algo que podamos hacer. – el dragón de la esperanza había estirado sus alas y su aliento emanaba consuelo.

– Si visto el negro me matarán de todas maneras. Y si no lo hacen los hermanos juramentado, lo harán mis sueños: ¿sabes lo que he soñado anoche? Soñé con el banquete que tu padre realizó en honor a Robert, pero los invitados eran todos aquellos que ya han muerto: Jory, Tom el gordo, Hullen… todos aquellos que marcharon al sur y nunca regresaron, excepto como fantasmas. No me sorprendería si esta noche sueño con Bran y Rickon, Mikken o Farlen. El sueño acabó con Robb ingresando, cubierto de sangre, casi moribundo, recriminándome haberlo abandonado.

Lyanna se puso de pie, alcanzándole un vaso con agua. Theon bebió con torpeza y luego lanzó el vaso por la habitación, rompiéndolo.

– Es muy tarde para ser perdonado. – murmuró. – Seguiré ensuciándome las manos.

– Déjame ayudarte. –

Theon le sonrió.

– No seas idiota. Me odias más que todos los que viven aquí. Yara tiene razón, me apuñalarías en cuanto tuvieses la oportunidad, no soy tan estúpido como para creer que esta preocupación sale desde lo más profundo de tu corazón.

– Te dije que sentía lastima por ti, pero la lastima a veces puede ser confundida con la compasión. – replicó ella.

– Guarda tu compasión para quien desee recibirla. – objetó él, poniéndose de pie, recobrado mientras la tomaba por el brazo y la llevaba a la salida.

– ¡Espera, espera! – exclamó Lyanna, clavando los talones en el suelo. Theon se detuvo, pero sin soltarla. – Las muertes de Mikken y Farlen no son lo único que te están atormentando. – Theon había abierto la puerta y negándose a responder comenzó a empujarla hacia la salida. – ¡Respóndeme y me iré! – dijo ella, interponiéndose entre la puerta y el marco.

– No lo entenderías.

– Pruébame. – pidió ella, mirándolo a los ojos. – No quieres ayuda para salvar tu alma, al menos ayúdame a aliviar la mía. Contesta ésta pregunta y te dejaré en paz: ¿mataste a mis hermanos? –

Theon la soltó y le sostuvo la mirada tanto como pudo, antes de que el pánico se apoderase de sus manos, haciéndolas temblar. Él intentó esconderlas, llevándolas a su espalda.

– Theon…

– No. – dijo secamente. – No lo hice. – reiteró, empujándola hacia el pasillo y cerrando de un portazo.