XXI. When you come undone
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A regañadientes Zephyr aceptó permanecer ahí, aun cuando su propio orgullo le decía que no.
Lo hicieron en cada rincón, en ese santuario utópico de amor que entre los dos se habían creado: desde el elevador hasta las escaleras, contra la puerta, en el piso, en el comedor, en la cocina, en la sala, en la terraza, en cada lugar dejaron huella.
Las dudas referentes a su amante le carcomían el cerebro, más de una vez trató de seguirlo, a discreción, tras sus pasos, espiando su camino, pero a veces lo perdía, y otras se arrepentía regresando lo que ya había andado.
Se enojaba consigo mismo, quería respetar sus secretos pero también quería ser dueño de todo lo que Arnau significaba: lo bueno y lo malo.
Lo increpó muchas veces obteniendo siempre la misma respuesta.
Una vez incluso tuvo la buena puntada de correrlo de su propio penthouse.
—¡Lárgate, te digo! —Aulló Zephyr.
—¡Coño, Zephyr! Estás de broma ¿No?
—¡NO! ¿Te parece que esté jugando? ¡Lárgate a tu maldito Santuario o base militar o lo que sea! —Finalizó colérico.
