XXI

A unos kilómetros de distancia, un águila apresaba entre sus garras a un murciélago que revoloteaba ciego ante la luz matinal y se metía a toda velocidad en una pequeña y oscura cueva.

Leil se volvió a transformar en una esbelta joven y se abrazó al cuerpo que yacía inconsciente y medio quemado sobre la dura roca. Gruesas lágrimas se desprendieron de sus ojos al comprobar el lamentable estado de Dana: Su pálida piel había adquirido un todo negruzco y seco, lleno de arrugas que parecían profundos surcos. Sus ropas, se habían desprendido casi por completo de su perfecta figura, rasgadas y quemadas. Y en los ojos llenos de lágrimas de sangre a punto de desbordarse, solo era capaz de ver odio.

Leil intentó explicarse mediante un murmullo balbuceante… Mas la expresión de Dana no cambió un solo ápice. Leil rogó, se disculpó, lloró, gritó, la abrazó, volvió a llorar, e incluso se arrojó a sus pies… En balde.

Al cabo de unas horas, el murciélago se adentró silenciosamente en lo más profundo de la cueva, buscando soledad. Y Leil no tubo más remedio que desistir y marcharse.


Para cuando los chicos se dieron cuenta de que faltaba Dana,, ya estaban embarcados en aquél viejo barco que olía a pescado podrido, y no tenían posibilidad de retroceder. Visto lo cual, decidieron esperar a Dana en su propio castillo. Pero todos ellos eran pozos de nerviosismo y preocupación. Sobre todo, el que menos cabía de esperar, Dick.

Se pasaba noches enteras en un gran ventanal del castillo de Beningrand con la vista puesta en el camino o en el cielo, esperando que de pronto, apareciera una esbelta figura de la nada. O, que un pequeño murciélago apareciera revoloteando graciosamente ante sus narices.

Pero no sucedía. Y, día tras día los tres amigos estaban cada vez más desesperados. Estaban atacados de los nervios y muy irritables. Hasta tal punto que una vez Jix y Dick casi se pegaron por una mísera discusión sobre fútbol.

En aquellos preocupantes días, Dick tuvo la oportunidad de contarles a sus amigos lo que le había pasado la mañana que se habían marchado de Dinamarca:

Por lo visto, andaba ocioso rondando por los pasillos del castillo, esperando a que sucediera algo que le sacara de aquel tedio, cuando escucho unos gritos que provenían de la habitación de al lado. Posó el oído en la puerta con la intención de enterarse de algo, mas únicamente pudo escuchar el ruido de cristales rompiéndose y la histérica risa de Zenobia.

De golpe, la puerta en la que se apoyaba se abrió con la fuerza de cien vendavales y Dick se vio volar por los aires hasta chocar con fuerza contra la gruesa pared de roca. Zenobia salió de la estancia echa una furia, con el pelo agitándose cómo al viento y con una esfera de fuego que rodeaba su cuerpo que poco a poco iba intensificando su poder. La bruja paró frente al licántropo y apuntándolo con el dedo lo alzó en el aire. Lo hizo volar por todo el pasillo, chocando contra las paredes con fuerza, como si se tratara de una marioneta rota, hasta que al final, se decidió por arrojarlo por lo alto de la escalera.


Leil volvió al cabo de unas pocas semanas, sola, y con muy mal aspecto. Ojerosa y demacrada, pálida y débil, con unos jirones de tela que pretendían ser una camiseta, y unos raídos vaqueros adheridos a su delgado cuerpo.

Nada más verla, sus compañeros se abalanzaron a abrazarla, pero ella, por su parte, no demostró sentimiento alguno. Se quedó quieta, con los ojos fijos en un punto lejano, mientras miles de lágrimas caían sobre su regazo.

A los pocos minutos, se desprendió de sus amigos con un gesto bastante violento y se encaminó al último piso del castillo. Dick, la siguió sin que ella se diera cuenta. Y pudo ver, como Leil, en vez de entrar en su habitación, se metía en la cama de Dana, sin siquiera preocuparse de cerrar la puerta. Cuando Dick lo hizo, pudo ver cómo la joven se arrebujaba en las mantas mientras las olía y lloraba.