Toyotomi Hideyoshi en persona había conducido las pesquisas junto a Matsunaga Hisahide, para encontrarse ambos con dos mansiones desiertas. Uno había ido a la casa de Takeda, y el otro a la de Date. Toyotomi trató de ver el lado bueno del asunto al encontrar la casa vacía; al menos así no habría nadie para entorpecer sus planes.

Matsunaga, en casa de Masamune, lamentaba profundamente el no haber encontrado el preciado tesoro de Date Terumune, que había pasado en su familia de generación en generación: una hermosa colección de espadas japonesas, que probablemente el joven yondaime se habría llevado consigo.

El hombre dejó la casa, con la ardiente tentación de quemarla hasta los cimientos; pero eso se habría visto mal, y aunque a él le diera igual, no podía molestar a Toyotomi.

Decenas de patrullas abandonaban las dos mansiones cuando Honda Tadakatsu, el fiel sirviente de los Tokugawa, recorría la ciudad regresando a la mansión Sekigahara. Habiendo terminado sus labores fuera de la ciudad, el mayordomo había decidido volver a la casona por si lo necesitaban, en vez de retirarse a su propio hogar.

Observó con curiosidad la conmoción en los diferentres barrios que transitó, pero nada lo preparó para lo que vio cuando ingresó al hall de la mansión de los Tokugawa.

Varios de los criados, a los que él conocía desde hacía años y a los que incluso había entrenado, yacían desmembrados, cubiertos de sangre, en el suelo brillante de la entrada. La sala de estar, cuyas puertas estaban entreabiertas, se veía en total desorden.

Preso del pánico, el hombretón empujó las hojas de la puerta y echó una mirada alrededor. El anciano Kiyoyasu se hallaba en el suelo, cortado a la mitad, rodeado de muebles destrozados.

–Hirotada-sama... ¡Ieyasu-sama! –exclamó, buscándolos con la mirada–. ¡Amos!

–¡Tadakatsu! –escuchó, desde algún lugar alejado, y corrió hacia donde provenía la voz.

Escondidos en el jardín trasero estaban sus señores. El hijo trataba de entender lo que acababa de pasar, abrazado al pecho de su padre.

–¡Tadakatsu! –exclamó el muchacho, saliendo de su escondite bajo una enorme planta y corriendo a abrazar a su sirviente.

–Gracias al cielo... eres tú... –sollozó Hirotada, aferrándose igualmente a su mayordomo.

–Hirotada-sama... Ieyasu-sama... ¿Qué ocurrió? –preguntó Honda, incapaz de disimular el temblor de su voz–. ¡Mitsunari-sama! ¿Dónde está? –añadió, con el miedo instalado en sus ojos, pues no lo veía a salvo con los otros.

El menor de los Tokugawa bajó la vista, sintiendo el tremendo vacío de su partida, de su traición.

–Tadakatsu... –Hirotada lo soltó despacio–. Mitsunari... Mitsunari nos ha traicionado...

Entre lágrimas contó a su sirviente lo que había pasado, lo que el jovencito había dicho, lo de la traición de su padre.

El siempre fiel acompañante de la familia Tokugawa escuchó atentamente, tratando de no desmoronarse por lo sucedido. Al final del relato, y conectando mentalmente varias cosas que recordó de los últimos meses y lo que había presenciado antes de llegar a la mansión, llegó a una muy dolorosa suposición.

–Mi señor... Parece que la detención de Uesugi Kenshin no fue sólo un golpe de suerte... Están deshaciéndose de todos... Y si el objetivo de Takenaka siempre fue su familia, entonces...

–¿Crees que hayan matado a los Date, Takeda y Mouri? –preguntó Hirotada, parpadeando varias veces.

–No, por los Mouri no podría hablar, Aki no estaba en mi camino... Pero nos detuvieron por varios minutos al pasar por el barrio de Takeda... Registraban su casa, al parecer estaba vacía...–Tadakatsu pausó unos instantes para recordar y agregó–: Creo que lo mismo pasé con los Date...

Hirotada permaneció en silencio, con los labios apretados.

–Tadakatsu, esto sólo puede significar una cosa... Matsunaga...

–Los traicionó a todos... –cayendo en cuenta de quién era prácticamente el "pilar" del funcionamiento de las cuatro familias, el mayordomo abrió ampliamente los ojos con preocupación–. Mi señor, debo sacarlos de aquí...

El dueño de Sekigahara volteó hacia su hijo.

–No, Tadakatsu –dijo, compungido–. Es Ieyasu a quien debemos poner a salvo.

–¿Qué? –preguntó el adolescente, abriendo mucho sus ojos oscuros–. No, papá... ¡No!

Su padre lo miró con una sonrisa triste, llena de dolor.

–En el mejor de los casos, iremos a prisión, pero con lo que pasó hoy... –inhaló pesadamente–. No quiero perderte a ti también...

El adolescente se abrazó a su padre, no queriendo aceptar su decisión, pero los otros dos no le dieron opción.

–Tadakatsu, pon a salvo a Ieyasu... Sé qué Shimazu Yoshihiro podra ayudarnos en nombre de nuestra vieja amistad –pidió Hirotada suavemente, acariciando el cabello de su hijo.

–¿Y usted, amo...? –preguntó el hombre, retorciéndose las manos.

–Me quedare aquí... Les dare tiempo de huir, si encuentran el lugar vacío... No quiero imaginar lo que puedan hacernos.

Lleno de amargura, Honda Tadakatsu cogió al joven sobre su hombro y se marchó rápidamente.

–¡No! ¡Tadakatsu, bájame! ¡Papá! ¡Papá, quiero quedarme contigo! –gritaba el jovencito, llorando a mares.

–Es por su bien, Ieyasu-sama... –repetía el mayordomo, cuando lo metió en el auto.

Hirotada, de pie en la puerta de su mansión, necesitó de toda su entereza para contener sus sollozos al ver cómo su único hijo se alejaba de él.

Durante el trayecto hasta el centro, el joven Tokugawa no pudo evitar seguir derramando lágrimas, apretado contra la puerta. A Tadakatsu le rompía el corazón ver así al muchacho, pero el gobernador confiaba en él tanto como para entregarle la vida de su hijo y no iba a defraudarlo.

Shimazu recibió al enorme Honda con cierta actitud de recelo. No se le había escapado nada de lo que había sucedido, pero Motochika se había comunicado con él para asegurarle que estaba a salvo.

–¿Quiere que yo me quede con este mocoso? –cuestionó al mayordomo, observando al chiquillo de arriba abajo–. ¿Y de qué me va a servir?

El sirviente no entendía esa amistad. El anciano prepotente siempre estaba fuera de lugar y no sabía cómo actuar con él, pero la desesperación por volver con su señor era enorme.

–Es una petición en nombre de mi amo –se inclinó en una reverencia apretada, casi al punto de llanto–. Por favor... No lo deje desamparado.

Shimazu le echó otra mirada al muchachito de ojos apagados.

–¡Musashi! –gritó, llamando la atención de su nieto, que peleaba en el rincón–. Atiende el bar mientras le enseño al muchacho cómo funcionan las cosas.

Ieyasu observó con ojos aterrados ese nuevo mundo al que lo arrojaban. Acostumbrado a una vida llena de lujos y atenciones, aquel agujero lleno de suciedad y ebrios no parecía ser muy prometedor.

–Ieyasu-sama, por favor, cuídese mucho y obedezca a Shimazu-dono en todo –pidió Tadakatsu, abrazándolo–. Yo... debo regresar con su padre...

Tokugawa ahogó un sollozo para aferrarse con fuerza a la espalda del sirviente.

–No dejes que nada malo le pase a papá... –rogó, con los labios pegoteados.

–¡Se lo prometo! –aseguró, separándose de él suavemente, para luego dedicar otra enorme reverencia a Yoshihiro–. Se lo agradezco con todo mi ser...

–Ya, ya –el viejo sacudió una mano–. Vaya, antes de que alguien lo pesque aquí.

Mientras el coche de Tadakatsu se alejaba, el viejo Demonio tomó al joven Tokugawa por el brazo y lo metió dentro del sucucho.

–Niño –le dijo, sentándolo en una silla–, las cosas se van a poner feas de ahora en adelante.

Musashi se encargó de atender el bar mientras el viejo ponía a Ieyasu al tanto de los "bajos labores" de su padre, pues cerrar el Saikyou sólo atraería miradas innecesarias.

–Por qué... ¿Por qué permitiría mi padre que esos hombres...? –Ieyasu se detuvo, temiendo por sí mismo al no saber exactamente qué papel jugaba Yoshihiro en todo aquello.

–No sabes nada, niño, "esos hombres" son los que permitieron que tú y otros puedan andar tranquilamente sin encontrarse con una guerra en cada esquina.

El jovencito parpadeó varias veces, con el ceño fruncido y expresión de desconcierto.

–Antes de que se estableciera el orden de las cuatro familias, la lucha de poderes era demasiado grande –dijo el viejo, fastidiado. Hacía mucho que no trataba esos temas con un niño, y ciertamente el último ya venía maleado–. Todos buscaban un lugar, dominar sobre el otro, había muertos aquí y allá, pero ellos... lograron ponerlos bajo una bandera.

Rió para sí mismo, un tanto divertido, antes de susurrar:

–Esos idiotas no saben lo que se les viene encima con todos fuera...

–Pero... –se atrevió a contrariar nuevamente Ieyasu–. No lo entiendo... Las familias han caído... ¿Y usted?

–Yo no tengo nada que ver con ellos, desde hace mucho soy neutral a sus acuerdos... –Yoshihiro hizo una pausa, viendo la cara de confusión del muchacho–. Si acepté cuidarte por ahora es porque fui amigo de tu abuelo alguna vez, antes de...

Shimazu recordó, con cierta nostalgia divertida, los días en que había servido a Kiyoyasu, lo mucho que había aprendido entre sus filas. Jamás lo diría en público, pero el anciano Tokugawa le había enseñado a beber, le había traído a los mejores para que pulieran su inabarcable talento para la lucha... Le había dado motivaciones y algo en qué ocupar su mente juvenil y ociosa. Y había pagado con creces aquellas atenciones; tanto, que al momento de abandonar la égida de Kiyoyasu, éste lo había inmunizado de cualquier cosa que pudiera suceder. Meterse con Shimazu era meterse con el sistema, era algo que nadie, ni siquiera el más valiente arrojo de Takenaka Hanbei, se atrevería a hacer.

–¿Qué va a pasar conmigo...? –preguntó Tokugawa, muy triste, tratando de borrar la imagen de su abuelo cercenado.

–Te tendremos aquí un tiempo... ¿Qué sabes hacer? –preguntó Yoshihiro, aunque ya estaba convencido de que el muchacho era un inútil sin remedio.

–Soy bueno en el combate cuerpo a cuerpo... –los días de sus grandes logros en la lucha ahora parecían un sueño lejano.

El viejo lo miró, desconfiado.

–Oh, ¿en verdad? –hizo una breve pausa, poniéndose el trapo grasiento sobre el hombro–. Bueno, vamos a comprobarlo... ¡Musashi-yo! ¡Al rincón! –bramó, llamando a su nieto. Sujetó fuertemente por el brazo a Ieyasu y lo llevó hasta la mesita sucia.

El joven Tokugawa se sentó entonces frente a otro muchachito que probablemente tenía su misma edad, pero que lucía bastante más descuidado y dejado.

Sus brazos eran por mucho más delgados y le sorprendió la sonrisa confiada que mostraba cuando apoyo el codo en la mesa, esperando a que aceptara el reto.

Ieyasu apoyó el codo sobre la madera, dudando por unos instantes antes de tomar la mano de Musashi. Si algo había aprendido, no sólo en sus años de entrenamiento sino con la reciente traición de Mitsunari, era que las personas podían ser algo muy diferente de lo que aparentaban. Ante los gritos que los aclamaban, apretó los labios y sujetó la mano del muchacho de la bandana, mirándolo fijamente.

Cuando Shimazu dio la señal, ocurrió algo que nadie esperaba. Si bien no olvidaban la efímera derrota de Musashi a manos de Motochika y nadie más había podido vencerlo luego de eso, incluso el cantinero debió inclinarse para mirar mejor cuando, en menos de tres segundos, la mano de Ieyasu apretaba la de Musashi fuertemente contra la mesa.

Ni siquiera habían forcejeado. Ni siquiera una miserable vena se había hinchado en la muñeca de Tokugawa. Parecía tener una fuerza de otro planeta.

Shimazu sonrió complacido con la demostración mientras los ebrios del lugar vitoreaban la derrota del jovencito castaño. Al parecer, Ieyasu tenía más opciones que sólo quedarse ahí hasta que le fuera posible huir.

Esperaría un par de semanas a que se calmaran las cosas o, en su defecto, a que empeoraran y nadie le fuera a prestar atención, para enviarlo a manos de alguien que pudiera adiestrarlo, de personas que posiblemente estuvieran ideando como retomar lo que se les arrebatara.

–Shimazu-dono –dijo de pronto Ieyasu, dejando ir la mano adolorida de su rival.

El aludido lo miró, expectante, sacado de sus pensamientos.

–¿Le molestaría medirse conmigo?

El viejo soltó una carcajada enorme.

–No te creas mucho, niño.

Aunque parecía una negativa, no pudo contra la curiosidad y se enfrentó al joven.

Como era de esperarse, Tokugawa no pudo vencerlo pero era fuerte, muy fuerte. Podía compararlo incluso con Motochika, a quien había vencido hacía poco, y eso que el tuerto tenía casi diez años más, tanto de edad como de experiencia a base de peleas.

La pequeña mano de Ieyasu le había dado bastante más trabajo. Shimazu pensó que sería un desperdicio enviar a ese chico al exilio.

La noche de aquel día complicado iba, gradualmente, llegando a su fin.

El inmenso Toyotomi regresaba con parsimonia al piso elegante que compartía con Takenaka, bastante satisfecho con los resultados del día.

Hanbei se hallaba tendido en el sillón de la sala oscurecida, cuando Hideyoshi ingresó tranquilamente al departamento.

Para haber sido el día que era, el hombre de ojos rojos estaba bastante tranquilo. Se inclinó junto al sofá, observando con ojos amorosos el rostro adormecido de su amante. Tomándolo suavemente en brazos, lo llevó hasta el dormitorio.

El de cabellos blancos despertó, gimiendo ahogadamente sin abrir la boca.

–Hideyoshi-sama... –susurró, al distinguir su rostro en la penumbra.

El aludido le dedicó una sonrisa tranquila, antes de tenderlo delicadamente en la cama.

–Necesitas descansar... –más que una petición, parecía una orden suave. Pero la expresión de furia del delgado hombre le hizo volver su atención, preocupado–. ¿Qué sucede, Hanbei?

–Date... y Takeda...

Se abrazó a Toyotomi, restregando la cara contra su pecho.

–Es un pequeño inconveniente, pero lo podremos solucionar pronto... –sentenció Hideyoshi, acariciando despacio la frágil espalda de su compañero–. Incluso si no los encontramos, si logaron huir... No podrán regresar aquí... No a lo que tenían antes.

Lo separó suavemente para admirar su rostro, pero éste no parecía mejorar su ánimo con aquella afirmación. Lo acarició, delineando todo su contorno hasta la barbilla para comenzar a bajar su titánica mano hasta su pecho, tratando de deshacerse del saco de Takenaka.

Hanbei lo empujó despacio contra el colchón, aflojando la corbata de su amante y abriendo su camisa.

–Sólo te quiero a ti ahora –dijo, con un hilo de voz–. No tengo paz, nunca la he tenido. Pero cuando me tomas entre tus brazos...

Sus labios delicados y perfumados acariciaron el cuello de su gigantesco amante.

Toyotomi se permitió una dulce sonrisa cargada de amor, mientras sentía el tibio aliento de su hermosa mariposa.

–Hanbei... –susurró, tratando empujarlo suavemente para cambiar posiciones.

El cuerpo a medio desvestir del hombre de ojos púrpuras se giró hasta quedar de cara al cielo. Sus dedos delgados fueron hasta sus pantalones y aflojaron el cinturón.

Su vida toda había sido esfuerzo, sufrimiento, sacrificio. Paranoia, miedo, desconfianza; era todo lo que había conocido, incluso cuando ya tenía un nombre y la gente lo respetaba. Jamás había permitido que nadie se le acercara, nunca había abierto ni una sola parte de su alma.

Sin embargo, cuando había conocido a Toyotomi, la luz en el rostro de Takenaka había cambiado. Sólo sentía fascinación por aquel misterioso caballero, por sus largos silencios, por sus actitudes protectoras. Hideyoshi hablaba poco, pero decía muchas cosas, y Hanbei sólo quería saber más y más de él.

Casi no habían esperado para que esa suerte de deslumbramiento se tradujera en roces y caricias. Hanbei lo había invitado una noche a cenar en su departamento, unos seis meses después de haberse conocido. Antes de poder notarlo siquiera, cuando la comida seguía aún intacta en sus platos, Hideyoshi se había acercado y había tomado su rostro con delicadeza, acariciando su piel tersa con sus manos titánicas, besándolo de una forma arrebatadora.

Desde esa primera noche, iniciadora de miles de otras que le siguieron, Hanbei supo que amaba profundamente a ese hombre de ojos rojizos. También supo Toyotomi, desde ese mismo instante, que la vida de su amante sería corta y penosa.

Y por eso mismo fue que decidió que daría su entera existencia por hacer que valiera la pena cada uno de sus minutos en esta vida, lo protegería y se encargaría de cumplir cada uno de sus deseos.

Para Toyotomi Hideyoshi no había límites, haría girar la Tierra al revés si con eso arrancara una sonrisa de su dulce y atormentado compañero.

Como tantas otras veces, los brazos pálidos de Takenaka se cerraron sobre los hombros trigueños de Hideyoshi, acariciando con sus dedos sutiles los poderosos músculos de su espalda.

Entreabrió los ojos cuando sintió que su compañero se detenía. Encontrándose con la intensa mirada rojiza del hombre, hizo un gesto de confusión y, antes de que pudiera preguntar algo, Toyotomi lo detuvo, acariciando sus labios con el dedo pulgar de su mano.

–Hanbei... –susurró una vez más. No hubo más palabras, pero para el aludido fue suficiente para saber que era amado, que cada fibra del ser que lo trataba con tanto cuidado, como si se tratase de una pieza de porcelana, gritaba cuán importante era.

Y con ese solo susurro profundizó la sensación en cada caricia. Lo besó intensamente, desvistiéndose con cuidado sin separar sus labios en ningún momento.

Hanbei respiraba agitado, con los ojos cerrados, presa del deseo, del ardor de saberse anhelado.

–Hideyoshi-sama...

Sin embargo, y como para recordarle que su vida no dejaría de ser mortal, algo se atoró en su garganta, provocando que abriese mucho los ojos y cortando su respiración.

Trató de aguantar, apretando los labios, pero sabía que era inútil. La descarga de sangre inundaba su boca mientras trataba de alejarse de Hideyoshi, en busca de un pañuelo.

El hombre se levantó para darle espacio, dejarle respirar y sacarlo todo. Una expresión de dolor invadía el rostro de ambos, aunque por razones diferentes.

Dejó el cuarto por unos minutos, para regresar con un vaso de agua y un medicamento. Si bien no servía para mejorar la salud del de cabellos blancos, al menos disminuía el dolor que sentía.

Mientras éste tranquilizaba su respiración e intentaba no preocupar más a su pareja, Toyotomi se sentó a su lado, acariciando su espalda y tratando de darle una sensación de seguridad, por mínima que fuera.

–Qué horrible debe ser... –susurró Hanbei, dejando el vaso sobre la mesita de noche y escondiendo el pañuelo ensangrentado en un cajón.

El hombre suspiró suavemente, arrastrándolo en un abrazo protector. El que se hubiera acostumbrado a ver estos ataques no hacía que fuera más fácil aceptar cómo la vida se escapaba de su amado.

–Me asusta... –confesó contra el oído de Takenaka.

–¿No me odias...? –preguntó éste, temblando.

–Hanbei, amo todo lo que eres, pero... –Toyotomi se detuvo, tratando de suprimir el ligero escalofrío que le recorría con la sola idea–. Los ataques se están haciendo más frecuentes... Me asusta pensarlo, despertar un día y ya no encontrarte...

El de cabellos blancos ahogó un gemido.

–Si voy a morir... quiero morir a tu lado...

El gigantesco hombre cerró los ojos con pesar. Deseaba decirle que no pensara esas cosas, que siempre estarían juntos, pero la realidad era otra y, si ése era su deseo, él permanecería a su lado hasta el último segundo.

–No dejes de amarme, no... no me dejes, por favor... –los ojos brillantes y violáceos habían enrojecido y dejaban caer por sus mejillas pálidas un sinfín de tibias lágrimas–. Eres... Eres la única persona que ha visto mi interior...

Toyotomi lo recostó suavemente una vez más, besando el contorno de su rostro y tratando de alejar las lágrimas.

–Dejarte... Es la única cosa que no podría hacer, aunque me lo pidieras... –dio un beso dulce sobre sus labios–. Te amo más allá de esta vida, lo seguiré haciendo cuando te vayas, hasta el día en que me pueda reunir contigo una vez más...

–Te amo... Hideyosh... –un gemido cortó sus palabras, al sentir dentro de sí el poderoso calor de su compañero–. Hideyoshi... sama...

Unieron sus labios una vez más con pasión, con deseo, pero con extrema dulzura y cuidado, al igual que el movimiento que comenzó el de ojos rojos, tratando de provocarle el menor dolor posible. Acarició su figura apenas con las yemas de los dedos, provocándole un delicioso cosquilleo que lo distraía del siempre presente dolor inicial.

Por más que lo estuviera disfrutando o se lo pidiera su compañero, Toyotomi jamás perdía la calma, la cordura en el acto. Temía romper a su hermosa muñeca, y con el tiempo había aprendido a prolongar agónicamente su propio placer para complacer el deseoso cuerpo de Hanbei.

–Haces tanto por mí, siempre, en todos los aspectos –murmuró Hanbei, mordiéndose los labios–. Tú me diste el dinero para los orfanatos y las escuelas, para todos esos niños... Cuidas de mi enfermedad, de mis comidas, de mis medicamentos... Has subordinado incluso tu propia satisfacción por mí...

El otro le sonrió con cariño, mientras lo seguía embistiendo con extrema suavidad.

–Es poco... a cambio de lo que tú me diste... –dijo, llevando las caricias desde la delgada pierna blanca del hombre hasta su deseosa erección, masajeándola a un ritmo que, por sus gemidos, sabía que era el mejor.

Takenaka se contrajo, gimiendo ahogadamente. Todo su cuerpo tembló.

–Qué... ¿Qué es lo que te he dado, Hideyoshi-sama? ¿Qué podría hacer por ti este cuerpo moribundo...?

Sus manos largas se aferraron una vez más a los fuertes hombros de su compañero.

–Una razón... –Hideyoshi se detuvo, cerrando los ojos. Se sentía tan cerca–. Sentido a mi vida entera...

Fue como si esas palabras hubiesen movido algo en el interior de Hanbei. Sentirse tocado por esas manos, besado por esos labios, amado por ese hombre maravilloso, alimentaba su alma y le daba sosiego, descansaba sus nervios siempre alerta, su desesperanza ante la vida.

Sintió que algo se escurría entre sus piernas. La diferencia de tamaño en sus cuerpos jamás había sido un impedimento, sino un delicioso aporte a la forma en que se amaban.

Como siempre, fue el primero en alcanzar el clímax. Hasta eso parecía que pensaba Toyotomi; buscaba la forma de satisfacerlo a él primero.

Tomó poco para que el gigantesco hombre también lo alcanzara. Permaneció sobre él por un minuto entero, recobrando la entereza, admirando el rostro sonrojado de su compañero.

Cuando salió de él, no se alejó mucho; al contrario, lo atrapó en un abrazo posesivo, negándose a dejarlo ir por una noche más... Maldiciendo al destino que se lo quería arrancar.

Acunado en esos brazos siempre fuertes, Hanbei restregó la nariz contra el pecho de Hideyoshi.

–Incluso si todo lo que he planeado no funcionara, si me enfrentase a un hado nefasto... la vida habría valido la pena, sólo por ti...

–Me encargaré de que no sea así... –aseguró Toyotomi, acariciando sus cabellos claros–. Mi hermosa mariposa...

Hanbei sonrió, dejando ir una risa contenida.

–Siempre me ha parecido curioso que me llames "mariposa". ¿Por qué lo haces?

–Eres hermoso, frágil, con una vida fugaz... Audaz, siempre volando hacia el fuego... –contestó su amante con media sonrisa, adormilado por el reciente orgasmo pero sin deseos de perderse esos escasos momentos de tranquilidad.

El de ojos violetas se apretó más contra el cuerpo del otro, deseando que ese momento nunca acabara.

Justo cuando un dulce sueño comenzaba a envolverlos, el insistente celular de Hideyoshi le hizo levantarse a atenderlo; regresando con una sonrisa complacida para su amante.

–Acaban de arrestar al gobernador.

Los ojos purpúreos de Takenaka se abrieron, llenos de una sorpresa que fue transfigurándose en macabro gusto.