"El amanecer es siempre una esperanza para los hombres."

"Diecisiete"

Capítulo XXI


Tras una primavera larga, cuyas frescas temperaturas duraron hasta bien entrado el mes de junio, inició el primer verano de Ruby en el Royal Nature Park. Y con la benevolencia del clima y el sol abrasador del mes de julio, comenzaron a llegar los primeros turistas.

Casi a diario llegaba algún autobús cargado de gente con cámaras fotográficas, preparados para inmortalizar la belleza del Parque, algunos vistiendo ropas de colores chillones, otros acompañados de niños que gritaban y lloraban, parejas que discutían… La tranquilidad de aquel remanso de paz que era la Central para Ruby, desapareció.

Ruby huía de aquellas súbitas aglomeraciones de gente, y Diecisiete, por su parte, volvió a dejar bien claro al Jefe, como cada año, que seguía sin intención alguna de hacer de guía turístico, pese a que el trabajo de los Rangers no era tal, si no el de vigilar el comportamiento de los visitantes y protegerles de las amenazas de la fauna salvaje.

Pero, por suerte, el cuadrante de Diecisiete estaba marcado como zona protegida por el Departamento de Conservación y el acceso a los turistas estaba muy restringido.

Ambos trataban de aparecer lo mínimo por la oficina de los Rangers, aunque a Diecisiete no le quedaba más remedio que hacerlo cuando le llamaban o cuando tenía que dejar en la oficina a algún detenido, ya fuera furtivo o no. Él se encargaba de abastecer de combustible el generador que tenían en casa, y ella, aparecía por la Central una vez por semana, a lo sumo, normalmente coincidiendo con la llegada del camión refrigerado que traía alimentos frescos hasta la taberna de Yunpei.

Aquel día había amanecido caluroso y seco. Ruby había despertado al alba al escuchar el llamado de la Central a todos los efectivos, y a Diecisiete respondiendo casi de inmediato, en voz baja, para no despertarla.

Era increíble que tras la fría fachada de Diecisiete se escondiera tal consideración hacia ella.

Pero él se marchó antes de que Ruby se desperezara apenas. Y ella escuchó el lamento de Tristan segundos más tarde de que Diecisiete abandonara la casa.

Los párpados le pesaban muchísimo y tardó como veinte minutos en encontrar fuerzas y valor para salir de entre las sábanas. Y, al hacerlo, el enorme cachorro irrumpió en la habitación, moviendo la cola.

—Hola… —murmuró ella, apartando la cara para evitar que Tristan la lamiera, sin éxito.

Acarició sus enormes y suaves orejas y le besó en la cabeza.

El lobo, de seis meses de edad, pesaba ahora alrededor de 35 kilos. El crecimiento de los lobos grises era muy rápido y a esa edad su altura ya era casi la que tendría de adulto.

Tristan era afable y algo tontorrón, tenía un carácter muy parecido al de un perro. Sorprendentemente, no le había costado adoptar a Diecisiete como el jefe de la manada. Su temperamento se inhibió al cambiar de hogar. Ya no estaba en su territorio, si no en el de Diecisiete, y el androide no tardó en enseñarle quién mandaba allí. Tanto era así, que Tristan obedecía cada orden que Diecisiete le daba y, además, le acompañaba casi siempre a patrullar el parque. Además Diecisiete tenía el aliciente de disfrutar viendo el miedo que congelaba a los cazadores furtivos cuando Tristan les gruñía y les enseñaba los dientes siguiendo órdenes suyas.

Pero aquel día, Diecisiete no le había llevado con él, y el pobre animal perseguía a Ruby por toda la casa, quizá para asegurarse de que ella no le dejara allí sólo.

—¿Quieres salir? —dijo. Tristan se levantó del rincón donde había estado tumbado mientras ella se vestía y aseaba y esperó a que Ruby abriera la puerta de la casa, con el hocico pegado a ella. En cuanto se abrió una rendija, el lobo se coló a través de ella como si no hubiera un mañana, empujando a Ruby con brusquedad—. ¡Oye, ten cuidado! ¡No te vayas lejos!

Tras mirarle brevemente husmear el territorio cercano a la cabaña, Ruby optó por dejarle la puerta abierta y preparar su desayuno. El día amenazaba caluroso, de nuevo. Sólo eran las 8 de la mañana y las cigarras rugían ya en los árboles cercanos.

Ruby entró en la cocina, puso en marcha la cafetera y abrió el refrigerador para sacar la leche.

—¡Puaj! —exclamó, apartando la cara del interior de la nevera—. ¿A qué huele aquí? —preguntó para ella.

Con la mano sobre su boca y nariz, Ruby oteó en el interior para encontrar lo que fuera que olía a vinagre, pero no había nada en mal estado o caducado. Era raro, pero a veces los olores los generaban los mismos aparatos. Ya tenía una tarea más para más tarde: limpiar el refrigerador.

Lo cerró y se preparó café. Preparó unas tostadas con las últimas rebanadas de pan que le quedaban y comenzó a apuntar en un papel todo lo que debía comprar.

Definitivamente, aquel iba a ser el día de ir a la Central, y Ruby tenía que asegurarse de no olvidar nada de lo que debía hacer. Mientras masticaba un buen trozo de pan, guardó en su mochila un pendrive con documentos que debía mandar por email al Departamento, informes sobre la composición del agua, contaminación aérea, etc. Aprovecharía para enviarlos desde la oficina de los Rangers, algo que acostumbraba a hacer a menudo ya que en el Observatorio no había cobertura telefónica, y por tanto, tampoco llegaba señal de internet.

Suspiró. Entre las compras, llenar el depósito del coche, charlar con Yunpei, Martha y los demás y las tareas administrativas, Ruby calculaba que pasaría allí hasta la hora del almuerzo.

Apuró su café y tomó el walkie del estante donde solían dejarlos ella y Diecisiete. Activó la clavija y pulsó el botón.

—Hola Alec.

Llamó. Entre ellos dos no funcionaban las normas de comunicación por radiofrecuencia. Era como si mantuvieran simples conversaciones telefónicas.

Buenos días, cielo —Contestó su ayudante, en tono amable. Ella sonrió. Alec siempre sonreía cuando hablaba con ella por walkie, Ruby reconocía ese gesto en su voz, y era inevitable corresponderle.

—Voy a ir a la oficina esta mañana. Enviaré algunos emails y compraré comida. ¿Necesitas algo?

Mmmh… Pues ya que te ofreces…

Alec enumeró las cosas que necesitaba y Ruby apuntó todo en su lista. Aquel día iba a traer el maletero cargado…

Tras cortar la comunicación con su compañero, Ruby agarró su mochila y el walkie y llamó a Tristan tras cerrar la puerta de la antes cabaña y ahora casa del cortafuegos.

El lobo emergió de entre unos arbustos y se acercó trotando hacia ella. Ambos entraron en el coche y Ruby puso rumbo a la Central de los Rangers.

...

Aquel día Ruby había tenido suerte. No había turistas en la Central. Se había declarado un incendio en la parte este del Parque, la más concurrida. Casi todos los efectivos de los Rangers estaban realizando tareas de control de carreteras y accesos al parque, sincronizando su trabajo con el de los bomberos.

Cada año por aquellas fechas era lo normal. Pese a las quemas controladas que los bomberos llevaban a cabo en invierno, no se podían evitar los incendios fortuitos. La inmensa extensión del Parque lo impedía.

Ruby oía el helicóptero de extinción de incendios pasando cada cierto tiempo por encima de la Central, en su ruta hacia la laguna en la que llenaba el depósito de agua, y de vuelta de nuevo a la zona cero. Y cada vez que lo oía, Tristan salía de debajo del escritorio en el que Ruby trabajaba y aullaba. Menos mal que la oficina estaba desierta, a excepción del técnico de Radio y el Jefe, a quienes no parecía importarles los arranques del joven lobo.

Yunpei entró en la oficina abriendo la puerta como acostumbraba, con el pie. Siempre que entraba allí llevaba una bandeja con cafés y otros pedidos de los oficiales y aquel día no era diferente.

Ruby tecleaba, concentrada en la pantalla de la computadora que le habían prestado, y Yunpei puso junto a su teclado un vaso desechable lleno del café de Martha. La científica le sonrió y murmuró un "gracias" antes de darle el primer tiento.

Y casi lo escupió. Su cara se torció en una mueca de desagrado mientras miraba el contenido del vaso con sospecha. Normalmente los cafés de Martha eran dinamita, pero aquel podría despertar a un elefante muerto.

—¿Habéis cambiado de marca de café? —preguntó, abriendo otro sobre de azúcar y arrojando el contenido en el vaso.

—No —respondió Yunpei, sin prestarle mucha atención, mientras repartía el resto de vasos por la oficina.

Ruby miró al tabernero. Estaba claro, por su monosílabo, Martha había preparado el café como siempre, pero a Ruby le había sabido más a rayos que nunca. La joven hizo un gesto de negación con la cabeza y se centró en la pantalla, de nuevo.

La puerta de la oficina se abrió, entonces, y un grupo de guardabosques irrumpió en el espacio. Acababan de llegar en uno de los vehículos especiales de los Rangers de la zona más cercana al fuego.

Tristan se levantó y los husmeó, buscando a Diecisiete. Y tras llevarse el chasco de no hallarle, regresó junto a Ruby con ojitos tristes.

—La cosa se puso fea por un momento… —explicaba Mot, serio, dando cuenta de una botella de agua—. Cambió la dirección del viento y por poco nos envuelven las llamas. Es increíble lo rápido que el fuego se come el bosque.

—Y sobretodo esa zona, la resina de los pinos arde como la gasolina...

Ruby escuchaba la conversación, sin intervenir, mientras terminaba de enviar algunos documentos. Cuando se disponía a apagar la máquina, comenzaron a hablar de algo que le interesaba.

—Yo estoy molido… —confesó Mot—. Bueno, yo y todos los del turno. Ha sido duro… Y Diecisiete se ha quedado allí, voluntariamente, para doblar turno.

El Jefe se acercó a ellos en aquel momento.

—Debería tener unas palabras con él, una cosa es que sea joven y resistente, y otra que se exponga de ese modo al peligro…

—¿Exponerse, Jefe? —le interrumpió Mot—, el chico está fresco como una lechuga —aclaró—. Ese muchacho es una especie de máquina incansable.

Ruby contuvo una carcajada que finalmente sonó como una tos. Le sorprendía lo agudo que podía llegar a ser Mot a veces.

Su reacción llamó la atención del Jefe.

—Ruby —la llamó—, no sabemos cuánto tardarán en apagar el fuego. Mientras la zona no esté fría, estaremos haciendo turnos…

Era su forma de avisarle que la situación podía alargarse incluso durante días.

Ruby miró rápidamente a los presentes. Por su aspecto estaba claro que aquella situación iba ser difícil, y Diecisiete también debería estar agotado si fuera una persona normal. Y Ella debería mostrar preocupación si ese fuera el caso.

—Está bien —respondió, urdiendo algo, deprisa—. De todas formas, ¿podéis decirle a Diecisiete que me contacte? —preguntó, fingiendo preocupación—. Cuando se enfrasca mucho en el trabajo no se acuerda de hacerlo… Si la situación se alarga, estaré esperando despierta, por lo menos hasta que me llame… No podré dormir hasta que hable con él —comentó con una sonrisa tímida.

—¡Claro Ruby! —dijo el Jefe, tratando de hablarle en el tono más tranquilizador posible—. ¡Eso es una inyección de energía para cualquiera!

—¡Gracias! —contestó ella, sonriendo.

Ruby recogió sus cosas y salió de la oficina con Tristan pegado a sus rodillas.

Mot negó con la cabeza, mientras la veía marcharse.

—No me explico la suerte que tiene ese niñato…

Y la situación se alargó, finalmente. Y pese a que estaba segura de que el Jefe le había hecho llegar su petición, Diecisiete no la contactó.

Pero Ruby ya lo esperaba y no le sorprendió.

Pasó la tarde en el Observatorio, procesando algunas muestras de tejido de un jabalí que hallaron muerto unos días atrás, y se retiró a casa al anochecer tras rechazar varias veces la invitación de Alec de quedarse a cenar con él.

Pese a todo, quería estar en casa cuando él regresara.

Una vez en casa, Ruby trató de entretenerse mientras le esperaba. Cenó a solas, y luchó de nuevo contra el desagradable aroma del refrigerador mientras lo limpiaba. Recogió la cocina y se entretuvo en guardar algunos cacharros, tras lo cual, se cepilló los dientes y regresó a la amplia estantería de compartimentos cuadrados algunos libros que había desperdigados sobre una mesita baja junto al sofá, entre ellos, uno que Diecisiete, curiosamente, había estado ojeando desde hacía días: "El arte de la guerra".

Se cepilló los dientes, mientras sonaba algo de música de su Mp3, que descansaba en un pequeño soporte con altavoces en la misma estantería. Curiosamente a él la música no le molestaba. Es más, incluso había mostrado sus preferencias por algunos estilos musicales más que por otros. Ella lo sabía porque a veces Diecisiete apagaba el Mp3 y a veces no...

Ruby se vistió con un pijama que sacó de una cajonera y, al hacerlo, aprovechó para reorganizar un poco su ropa.

Y sin nada más que hacer, Ruby se sentó en el sofá, delante de la chimenea apagada, con un libro en las manos.

Pese a no haber recibido ni una sola palabra de Diecisiete, ella estaba dispuesta a cumplir su parte y esperar su regreso.

Pero tenía mucho sueño y los ojos se le cerraban. Se envolvió en una fina manta de punto y se acomodó en el sofá lo mejor que pudo…

...

Ruby se despertó con un sonido metálico.

Tristan movía la cola y caminaba nervioso alrededor de Diecisiete, que acababa de llegar. El repiqueteo de sus uñas contra el suelo era lo que había despertado a Ruby.

Diecisiete estaba de espaldas a ella, descargando la escopeta lo más silenciosamente que podía, antes de dejarla en el soporte de las armas.

Ruby estaba recostada de lado en el sofá. El libro que había estado leyendo estaba abierto, en el suelo. Se irguió y lo recogió.

Miró el reloj, eran más de las 3 de la madrugada.

—Hola… —dijo con voz quebrada. Diecisiete se giró y la miró, mientras se despojaba del brazalete. Ella sonrió—. ¿Habéis extinguido el incendio?

El asintió.

Tristan trotó hasta a la cocina para beber agua.

Ruby se estiró con pereza y él sonrió al verla.

—¿Qué pasa, "Bichóloga"? ¿Hay opiliones en la habitación? —preguntó con voz grave, tomándole el pelo.

Diecisiete dramatizó aún más su broma cruzándose de brazos y negando con la cabeza. Ella sacó la lengua, ignorando sus ironías.

—No. Quería esperarte despierta, pero no pude… —admitió, sonriendo.

—No tienes buena cara… —Y tras decir esto se fue al dormitorio directamente.

Ruby rodó los ojos. ¡Por supuesto que no tenía buena cara! ¿Qué esperaba? Había estado durmiendo en el sofá hasta las 3 de la mañana, esperando que volviera.

A pesar de la frustración, ella sonrió.

Diecisiete seguía igual de hermético que de costumbre, en casa, en el trabajo, con los compañeros... Eso no había cambiado. Pero tenía muchos momentos... ¿Cómo decirlo? Dulces, tiernos, y en todos ellos estaba Ruby, aunque no duraran más que unos segundos. Lo suficiente para que a ella se le parara el corazón.

Esos momentos eran como auténticos tesoros para ella, por lo cortos y lo especiales. Y normalmente, él solía echarlos a perder, seguidamente, con un surtido de palabrería digna de su bocaza.

Así era su Diecisiete.

Ruby amplió la sonrisa, con malicia. Se le acababa de ocurrir una cosa.

—¡Oye tú, muñequito de hojalata! —gritó, irrumpiendo en el dormitorio. Sus palabras congelaron a Diecisiete a media tarea de deshacerse de aquella ropa que llevaba puesta, llena de restos de ceniza. El androide arrojó su camisa al suelo, miró a Ruby y frunció el ceño.

—¿Qué me has llamado? —preguntó con voz muy suave.

Ella le ignoró y le retó con la cabeza bien alta.

—No he estado durmiendo en el sofá, esperándote hasta las 3 de la madrugada para que tú me ignores así ahora.

—Será mejor que retires ahora mismo lo que me has dicho —dijo él, esbozando una sonrisa amenazadora.

—¡Oblígame! —espetó ella.

Diecisiete no pudo evitar una carcajada y ella se cruzó de brazos, mostrándose impasible.

—¿Tienes ganas de jugar? —preguntó él. Una diabólica sonrisa apareció en su rostro y dio un paso hacia Ruby—. Yo conozco un juego muy divertido…

No le vio venir. En menos de un segundo, Ruby se encontró tumbada sobre la cama, explotando en risas, y con Diecisiete encima suyo sujetándole las muñecas por encima de la cabeza, con manos de acero

—Te lo volveré a preguntar… —siseó él, su vista clavada sobre la de Ruby—. ¿QUÉ me has llamado?

—Muñequito de hojalata —repitió ella rápidamente, luchando con todas sus fuerzas por no desternillarse.

—Tienes agallas, "Bichóloga". Siempre lo he pensado —admitió él. Ella trató de soltarse de su agarre pero Diecisiete aún ejerció más presión. No sólo no podía soltarse, si no que no podía moverse en absoluto. Resopló.

—Eres horrible, Diecisiete— gruñió, rindiéndose.

—Y tú una impertinente… —replicó él, en tono bajo. Deslizó una mano por debajo de su camisa y ella sintió un escalofrío—…. Y en ningún momento dije que el juego hubiera acabado...

Ella se puso roja y ahogó un suspiro, sorprendida.

—Esto no son cosquillas precisamente… —murmuró, nerviosa.

Él sonrió de medio lado.

—Nunca dije en qué consistía el juego...

—… ¡Auch! —la espalda de ella se arqueó al notar un ligero pellizco en su pecho—. Diecisiete, no juegas limpio…

—Pues claro que no, ¿con quién te crees que estás tratando?— masculló él. Diecisiete frunció el ceño y susurró— Pero, en realidad... te gustan los chicos malos… —susurró.

Había algo diferente en sus ojos. Sus ojos gélidos estaban rebosantes de vida. Y Ruby negó con energía.

—Sólo me gustas tú —afirmó.

Él entornó la mirada y la observó intensamente. Sus pellizcos cesaron.

Y ella no necesitaba más palabras. Había aprendido a leer las señales de Diecisiete. Y en aquel momento su mirada de color aguamarina era una declaración de amor. El máximo "te quiero" que Ruby podía esperar de él. Y eso la hacía feliz.

Diecisiete no era inmune a Ruby. Ella lo sabía, aunque él no lo expresara con palabras. Y su dificultad para expresarse le confirmaba que nada era casual, ni simple simpatía. Lo que sus "señales" le mostraban a través de gestos o miradas era pura verdad.

Y ella aceptaba cada parte de él. Cada paso adelante y cada bloqueo, cada esfuerzo y cada torpeza. Cada sonrisa y cada silencio. Incluso su lado más vil era atractivo, a su manera.

Le quería tal y como era.

Entonces el agarre de Diecisiete desapareció y ambos se miraron un tiempo más, sin decir palabra. Sin rastro de amenaza en los ojos de él.

Ruby rodeó su cuello con los brazos y le atrajo hacia ella. Entonces arrugó la nariz.

—¡Cómo hueles a barbacoa…!

Diecisiete atrapó sus labios antes de que pudiera volver a quejarse.

La luz del alba iluminó la mecedora vacía en el porche de la casa del cortafuegos. Era lo único que se veía deteriorado. Incluso el revestimiento exterior de la casa había sido reformado.

Se abrió la puerta y, como siempre, primero salió Tristan y seguidamente, Diecisiete.

—Tienes tres segundos para mear —masculló el androide.

Tristan husmeaba ya con fruición cada matorral que rodeaba la explanada frente a la casa, como si le hubiera, y Diecisiete caminó hacia el 4x4. Tras colocar escopeta y walkie, cada uno en su soporte, esperó unos minutos apoyado en el lateral del vehículo a que el lobo terminara su ritual de cada mañana.

Cuando consideró que el animal ya había hecho sus necesidades, lo llamó y Tristan entró en el coche de un salto, sentándose obedientemente en el asiento del copiloto.

Diecisiete ocupó su lugar y arrancó el coche.

El sonido del 4x4 alejándose de la casa despertó a Ruby.

—Mmmh… —fue lo único que consiguió emitir—. Jodida persiana —gruñó, al notar sobre los párpados los finos rayos de sol que se colaban entre algunos huecos de la vieja persiana. Ya comenzaba a hablar como él.

Se sentó en la cama. Entre lo poco que había dormido y los "juegos" de Diecisiete, se sentía como si la hubiera atropellado un camión…

Se levantó y se duchó aún con su cerebro a medio gas. Se vistió con unos jeans y un hoodie de manga corta y entró en la cocina.

Tenía tanto sueño que sólo pensar en café le revolvía el estómago. Tomó sólo té y se preparó un bocadillo antes de salir hacia el Observatorio.

Iba a ser un día largo, sentía su cuerpo como si estuviera pasando la mayor resaca de su vida.

Al llegar al refugio, encontró a Alec en mitad de su desayuno, enfrascado en una novela gráfica romántica a la que llevaba enganchado desde hacía varios días.

—Hola —dijo, soltando su mochila sobre la mesa de trabajo. Alec no le contestó y ella le miró, intrigada.

Se acercó hasta él rodeando la mesa que utilizaban para comer y echó un vistazo por encima de su hombro. Al cabo de un minuto frunció el ceño.

—¿Cómo puede alguien perder el equilibrio de repente, si no está enfermo y no se marea? —preguntó, en un murmullo— ¿No es un poco estúpida la protagonista?

Alec salió de su trance por primera vez y rodó los ojos.

—¡Aaagh! ¡Noooooo! —respondió con énfasis—. Es un tópico de estas historias: ella pierde el equilibrio y antes de que se dé de bruces contra el suelo, él la sujeta en sus brazos y ella nota la esencia de su perfume y se miran ambos y….

—¿Y eso la gente lo compra? —le interrumpió ella. Definitivamente comenzaba a parecerse a Diecisiete.

—Ruby, ¿no te gustan las historias románticas? —preguntó Alec, algo sorprendido.

Ella se encogió de hombros y se sentó a su lado.

—No es que no me gusten… Es que…. ¿Caerse sin más? —repitió ella—. ¿Cómo puedes caerte así? ¿Por qué? ¿Qué finalidad tiene eso para la trama?

Alec rodó los ojos.

—Ahora eres crítica literaria…

—¡No! Sólo tengo sentido común… —se defendió ella, inocentemente. Chasqueó la lengua y se levantó.

Aquel día tenían un montón de trabajo atrasado. Debían documentar la composición del agua de las muestras de varios puntos del río y el lago, tras procesarlas. Una vez hubieran terminado tendrían una mayor perspectiva de cómo iba a presentarse la próxima remontada de salmones.

Habían estado trabajando en eso, casi sin descanso, durante un mes, en el que no habían podido centrarse en buscar la zona de nidificación del águila dorada. Apenas habían registrado un par de avistamientos más pero eso había sido todo.

Sobre las 11 fue que Ruby apartó los ojos de la pantalla de su laptop tras dos horas de teclear sin parar. Veía borroso y tenía sed. Necesitaba aire fresco, la ventana abierta no era suficiente.

Se levantó dispuesta a beber un vaso de agua, y tuvo que sentarse de nuevo. Miles de destellos brillantes nublaban su vista y las piernas le temblaban.

—Joder… —murmuró. Su queja pasó desapercibida para Alec, que trabajaba en el procesador de muestras escuchando música con auriculares—. Qué calor más asqueroso…

Se recompuso y salió al porche, botella de agua en mano. Pero la temperatura que subía desde el suelo cimentado la hizo reconsiderar la idea. Empezaba a encontrarse realmente mal.

Ruby regresó adentro y tocó el hombro de Alec para llamar su atención. Él se giró a mirarla mientras se quitaba los auriculares.

—Oye, me voy a casa…

—¿Qué te pasa?

—No he pasado una buena noche y este calor me está matando… —confesó ella—. Allí se está más fresco. Continuaré trabajando desde allí, ¿vale?

—Claro, nena. Haz lo que creas mejor. Pero si sigues encontrándote mal duerme un rato, no te fuerces a trabajar Ruby, llevas con esos documentos muchos días —dijo Alec, preocupado.

—Gracias —musitó ella, esbozando una sonrisa.

—Ruby…

Ella abrió los ojos con dificultad al oír a Diecisiete pronunciar su nombre. Se incorporó notando un dolor horroroso en sus cervicales.

—Uf… —se lamentó—. ¿Qué…? —dijo, pero al darse cuenta de dónde estaba no finalizó la frase.

Se había quedado dormida sobre la mesa del comedor mientras trabajaba en casa, con su laptop. Suspiró y miró a Diecisiete. Estaba inclinado sobre ella, mirándola inquisitivamente, mientras sujetaba a Tristan por el pescuezo para que no se arrojara sobre Ruby como acostumbraba.

Ruby desvió la vista al reloj de la pantalla. Pero no vió la hora. El sistema se había bloqueado tras haber pasado las últimas horas con la tecla "b" pulsada.

—Son las nueve, Ruby… —dijo Diecisiete, como si hubiera leído su pensamiento.

—¿Las nueve? —preguntó ella, sorprendida.

Recordaba haber luchado contra una sensación de cansancio terrible tras el almuerzo que tomó sobre la una del mediodía. Había dormido durante casi ocho horas.

—¿Estás bien? —susurró él. Y colocó algunos cabellos tras la oreja de Ruby.

Ella le miró, aún atontada. Tragó saliva, tenía gusto a metal en la boca. Lógico, tras pasar el día durmiendo. Asintió y se levantó de la silla, despacio.

—Anoche no dormí casi nada, pasé una noche terrible…

Diecisiete le sonrió con sorna y soltó a Tristan, que esperaba el momento para saludar efusivamente a su dueña. Ruby tuvo que sujetarse a la mesa para evitar caer al suelo con el ímpetu del animal.

—¿Terrible? Los gritos que dabas no eran de tortura precisamente… —musitó Diecisiete, dispuesto a molestarla.

Ruby cerró los ojos. No se sentía ni con fuerzas ni con el humor necesario para devolverle la ironía.

—Me voy a dormir… —murmuró. Apartó a Diecisiete de su camino y entró en el dormitorio.

—Pero si llevas durmiendo todo el día… —dijo él.

Punto para el androide. Pero no había otra cosa que Ruby deseara más que enterrarse en la comodidad de su cama y desconectarse hasta el día siguiente.

Pero cuando despertó por la mañana, después de que Diecisiete hubiera salido ya a patrullar, Ruby no se encontraba aún en plenas condiciones. El cuerpo le pesaba toneladas y, al ducharse y vestirse, sus movimientos eran torpes y lentos.

No se molestó ni en entrar en la cocina; no tenía ganas ni de prepararse un té.

Entró en su coche sintiéndose tremendamente débil. Lógico, llevaba muchas horas sin comer nada. Arrancó y puso rumbo al Observatorio.

Por el camino abrió las ventanas y se recogió el cabello en un improvisado moño alto. Condujo mientras se abanicaba con unos folletos del Parque que encontró en la guantera.

Pero antes de llegar al cruce de caminos, paró el coche bruscamente, con tiempo apenas de poner el freno de mano y precipitarse fuera del coche.

Vomitó el nulo contenido de su estómago, y se quedó unos minutos sentada en el lateral del camino, con los ojos cerrados, esperando recuperarse lo suficiente como para terminar el trayecto hasta el refugio.

¡Qué mierda de día! ¿Qué diablos había comido?

No… No podía ser nada que hubiera ingerido, hacía veinte horas que no le metía nada al estómago.

Con estos pensamientos aparcó el coche junto al edificio del Observatorio y luchó contra las náuseas de nuevo.

Y su cara era un poema cuando abrió la puerta del refugio. Alec se asustó al encontrarla pálida y sudorosa y se precipitó a su lado.

—¡Eh! ¿Estás bien? ¡Oh! Qué pregunta estúpida, claro que no estás bien… Ven aquí…

Alec la guió hasta el sofá y la hizo estirarse allí mientras humedecía un paño en agua fría para colocárselo en su frente. El frescor la alivió casi instantáneamente.

—Gracias —musitó, incorporándose.

—De nada. No me des estos sustos, Ruby —se quejó Alec.

—He vomitado de camino hacia aquí… —confesó ella—. Tengo un sueño terrible desde hace días… Debe ser agotamiento.

Alec compuso una cara de alarma que supo esconder a tiempo antes de que Ruby enfocara su cara con ojos entrecerrados.

—Sí… Eso también es posible —murmuró él. Ella le miró, extrañada, y Alec chasqueó la lengua—. Ruby, ¿te has hecho una prueba?

—¿Una prueba? —Alec rodó los ojos e hizo un gesto envolvente en su propio estómago.

—¿Has tenido el periodo este mes, cielo?

Ruby se puso blanca. Pues claro… ¡Qué estúpida era!

—Llevo dos semanas de retraso… —contestó. Su voz adquirió un matiz agudo que no había estado ahí antes—. Pero nunca he sido muy regular, de hecho siempre se me retrasa un poco…

Alec suspiró y, sin decirle nada, la dejó sola en el sofá, inmersa en sus propias conclusiones, mientras buscaba algo entre el equipo de procesado de muestras.

Ruby se llevó las manos a la cabeza. ¿Cómo podía haber sido tan necia? Tenía todos los síntomas desde hacía varios días: cansancio, percepción diferente del sabor, no soportaba algunos olores, mareos, náuseas… ¿Era necesario que se hiciera una prueba para confirmar lo que le ocurría?

—Ten —dijo Alec. Ni siquiera se había dado cuenta de que había vuelto junto a ella. Su ayudante le tendía una banda reactiva envuelta aún en su plástico protector—. No es un test específico para mujeres, pero hace lo que tiene que hacer, detectar la gonadotropina.

Ruby asintió, pero ya sabía lo que iba a marcar el test. Obedeciendo a Alec, se hizo la prueba y dejó la banda reactiva sobre el lavabo antes de regresar a la confortabilidad del sofá y cerrar los ojos durante diez minutos más. No era capaz ni de plantearse aún en la nueva situación que estaba a punto de hacerse oficial para Diecisiete y para ella.

¿Cómo se le habían podido pasar por alto las señales que le avisaban de su estado?

—¿Vas tú o voy yo? —preguntó Alec, sentado junto a ella. Ruby sólo suspiró antes de levantarse y entrar en el cuarto de baño a recoger el test, cuyo tiempo de espera ya había transcurrido.

La joven salió del baño como un autómata y le tendió la banda reactiva a Alec con la mirada perdida.

Alec miró a Ruby tras comprobar el resultado del test de embarazo, y la contempló justo cuando perdía las fuerzas junto al sofá y era engullida por la esponjosidad del asiento.

—¿No eras tú la que se mofaba ayer de las pérdidas de equilibrio sin motivo? —intentó bromear Alec. Ruby tenía la boca seca y no fue capaz de responder—. Bueno, no deberíamos sorprendernos, ¿verdad?… ¡Enhorabuena!

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Nota de la autora:

O_O


Dragon Ball © Akira Toriyama