Parece que estos capítulos cada vez se espacian más... ¡Lo siento! Tengo poca inspiración para esta historia, aunque cuando escribí Violencia sí que lo hice del tirón. Ha sido el aftermath lo que me ha estado matando, y el hecho de que nos acercamos al final, y hay que empezar a cerrar la historia... ¡Empieza a darme pena Darcy, pena de verdad! Porque aunque Loki sea tan atractivo y todo eso, es un sádico bastante perturbado... Y si ella fuera feliz encerrada en su prisión, tendría síndrome de Estocolmo... y no es el caso. O no del todo...
La primera mitad de este capítulo ha sido inspirada por la canción What the fuck is wrong with you, de Combichrist. Y dejo caer una advertencia: este capítulo contiene escenas de sexo explícito. Leedlo bajo vuestra responsabilidad.
¡Gracias por vuestros reviews, anónimos o no! Me esforzaré para que este fanfic no sea un churro. Como me pasa siempre que me acerco al final de uno, ya estoy pensando en el siguiente. ¡Sí, también de Loki y Darcy!
Disclaimer: Thor, sus personajes y ubicaciones no me pertenecen a mí, sino a Marvel y a Disney
21. Violencia
A pesar de ser el rey de Asgard, Loki no besaba como los príncipes de los cuentos. Sus labios eran violentos y exigentes, y su pasión parecía furia, pero aun así Darcy se vio arrastrada por ella, y correspondió al beso con idéntica fiereza, mordiendo los finos labios de Loki, pugnando por expulsar su lengua de su boca para invadírsela ella con la suya. Ella ya estaba prácticamente desnuda, y esta vez, no pensaba permitir que Loki permaneciese vestido ni un segundo más. Tiró con violencia de sus ropas, aprovechando que él no lucía su armadura, y él ahogó un gutural gruñido de excitación cuando la gruesa tela de color verde comenzó a desgarrarse por sus costuras. Sabía que debía actuar de otra manera, que debía inmovilizar a Darcy para demostrarle quién mandaba, pero en aquél no era un momento en que el peso de la lógica determinase sus acciones, y antes de darse cuenta, imitaba a Darcy despojándose de lo que quedaba de sus ropajes sin dejar de besarla con furia. Aun sin verle, la joven supo cuándo el torso del rey de Asgard estuvo al descubierto, pues sentía, sin llegar a tocarla, la cercanía de su piel desnuda. Se separó de él unos centímetros para mirarle a los ojos con determinación y sisear:
-Yo también puedo marcarte, aunque no tenga tinta.
Y entonces, Darcy le clavó las uñas en aquella espalda pálida e inmaculada. Loki echó la cabeza hacia atrás y gimió. Sí, gimió: fue el sonido más masculino y sexy que Darcy había oído en su vida, y un escalofrío le erizó la piel de la espalda. Cuando él bajó la mirada para clavar sus ojos en la midgardiana, aquellos ojos siempre tan fríos estaban oscurecidos. Las pupilas de Loki se habían dilatado, y Darcy supo leer en ellos un deseo que escapaba a cualquier clase de restricción. Se descubrió respirando pesadamente ante la evidencia: "Quiere hacérmelo como un animal, hasta quedarnos sin aliento."
Se dio cuenta de que, aunque el rey se mostraba siempre despiadado, medía siempre su actitud, era todo concención. Ahora sus inhibiciones habían desaparecido; era puro instinto. Darcy echó un pie atrás, sin saber siquiera el por qué de dicha reacción, pero antes de que llegara a alejarse, Loki la sostuvo con sus brazos y volvió a besarla con fuerza, inundando su boca con la suya.
Y Darcy volvió a corresponder a su beso, combativa, mientras se daba cuenta de que su ropa interior estaba empapada y que su piel vibraba de deseo. Debería estar horrorizada, pues era consciente de que sus principios volvían a abandonarla cuando Loki estaba dispuesto a todo. Había olvidado su rabia, había perdido la cabeza y en aquel momento sólo quería sexo.
Tiró de Loki, jadeante, sin dejar apenas de besarle. Los labios de ambos estaban hinchados y enrojecidos, pero no era suficiente. Claro que no era suficiente. Darcy le deseaba dentro de ella.
El rey de Asgard terminó de deshacerse de la poca ropa que tenía aún encima para quedarse completamente desnudo. Podría decirse que aquello de visitar el dormitorio de Darcy con el único propósito de fastidiarla se le había ido un poco de las manos, pero en el punto en el que se encontraban, le daba igual. Necesitaba aquello. Necesitaba que fuese duro, intenso, que superase con creces la primera vez, que sirviese como válvula de escape a toda la frustración que reprimía: la frustración de haber dejado de ser un prisionero de su inferioridad para serlo de su superioridad.
Estaba dispuesto a hacer de aquella sesión de sexo algo memorable. Evitó deliberadamente la cama y arrinconó a Darcy ante el tocador. No dejaban de besarse, las manos de Loki, avasalladoras, recorrían las vertiginosas curvas de la midgardiana, tocando en todos los puntos donde sabía que a ella le gustaba recibir caricias. Le arrancó las braguitas de un tirón y la acarició entre las piernas, como había hecho otras veces; Darcy se retorció con un gemido de placer y volvió a arañarle la espalda. Él jamás había sospechado que algo así le excitaría tanto, pero dudaba que hubiese otra mujer en los Nueve Reinos a la que le permitiese hacer algo así.
Apartó todos los frascos y utensilios que descansaban sobre el tocador con un violento manotazo, y el estrépito del cristal rompiéndose y el metal rebotando sobre el suelo de mármol no impidieron que Loki asiese a Darcy por la cintura y la encaramase al tablero del tocador. Así sentada, la joven separó las piernas, y sin más dilación, bruscamente, Loki entró en ella.
Darcy envolvió sus piernas en torno a las caderas del jotun al mismo tiempo que él tomaba una de sus corvas en la mano derecha y se apoyaba en la pared que había tras el tocador con la izquierda. La joven parpadeó antes de cerrar los ojos con fuerza: era completamente distinto a la primera vez, cuando Loki utilizó aquel deseo irrefrenable para reafirmar su poder sobre ella; esta vez, ambos anhelaban lo mismo y estaban dispuestos a entregar lo mismo. No importaba que él fuera un dios y ella una humana: en aquel momento, eran iguales.
A Loki se le ocurrió que, de no haber encargado su secuestro personalmente, habría jurado que Darcy había sido diseñada y puesta en aquel Reino para él. Lo había atisbado la primera vez que se acostó con ella, cuando experimentó sensaciones que ninguna amante le había provocado jamás, y aquella segunda vez, sobre el tocador, el rey de Asgard tuvo la certeza de que no habían sido imaginaciones suyas.
La primera vez que embistió, sólo buscaba prolongar aquel placer indescriptible, y al hacerlo, el espejo del tocador golpeó la pared. No tuvo muy claro si fue eso o la fricción del miembro de Loki en su interior, pero una ola eléctrica recorrió a Darcy, desde la base de su espalda hacia arriba y hacia abajo, hasta llenar su cerebro de chispas y hacerle fruncir los dedos de los pies. Hundió el rostro en el cuello de Loki y jadeó:
-Sí… ¡sí!
Él repitió el movimiento, y otra vez, y otra. Y cada vez, el espejo daba golpes secos y rítmicos en la pared del dormitorio, y cada uno de ellos parecía marcar la cercanía de aquel glorioso orgasmo que ya casi podían saborear. Darcy seguía asiéndose con fuerza a la espalda de Loki, pero antes de llegar al clímax, el rey la separó de sí lo bastante como para tomar su rostro entre las manos y mirarla fijamente. No hizo falta que hablara, porque ella entendió que él quería ver su rostro cuando llegara. Y aunque la expresión de Loki parecía tan analítica como siempre, Darcy se dio cuenta de que podía percibir en él señales invisibles, señales que a otras personas le habrían pasado desapercibidas, que marcaban la diferencia entre este Loki y el que contemplaba a sus súbditos con prepotencia.
Y a pesar de la pasión salvaje del momento, Darcy tuvo un instante de lucidez en que la comprensión del hecho de que estaba llegando a conocer a Loki, el rey de Asgard, la inundó.
Él explotó dentro de ella, y Darcy gritó al alcanzar aquel clímax, arqueando la espalda, aunque Loki todavía le sostenía el rostro. Se miraron a los ojos mientras el cuerpo de ella se convulsionaba de placer. Él llegó unos instantes después, y bajo la atenta mirada de la midgardiana, el rey resolló, tratando de contenerse, y cerró los ojos. Ella, que apenas un rato antes le había odiado y despreciado con todas sus fuerzas, se sintió casi aturdida ante aquella expresión tan… tan… vulnerable.
Loki salió de ella y retrocedió hasta tomar asiento en la cama. Todavía respiraba con dificultad, como la propia Darcy, que echó un vistazo al cuarto mientras las pulsaciones de su corazón recuperaban un ritmo normal y la temperatura candente de su piel descendía lentamente a medida que se atemperaba. Parecía que había habido una brutal pelea en el dormitorio, con las ropas de ambos desparramadas en el suelo, las de ella como un montón informe de tela blanca y las de él hechas trizas, jirones oscuros esparcidos por toda la habitación. A los pies del mismo, los frascos de cristal yacían hechos añicos, y entre ellos el cepillo de plata se ennegrecía al contacto con los ungüentos que se extendían sobre las baldosas de piedra. Una nube de polvos de maquillaje comenzaba a asentarse sobre todo aquel desastre. La propia borla aplicadora estaba empapada sobre un charco de perfume. En su recorrido, la mirada de la joven recayó sobre Loki, que tenía la cabeza entre las manos, y se preguntó si se sentía tan desconcertada como él, si después de aquel arranque de violencia que había acabado de aquella forma, sentía el mismo desarraigo que ella.
Porque Darcy sabía que Loki podía sentir, aunque él insistiera en actuar como si no fuese así. Acababa de comprobarlo, de hecho.
Sin embargo, estaba segura de que él jamás lo admitiría, y en aquel momento menos que en ningún otro. La vez anterior, él se ajustó la ropa y se marchó; esta vez, ella no se lo permitiría. Así que se bajó del tocador, cruzó de una zancada el corto espacio que mediaba entre éste y la cama y se sentó en el regazo de Loki. Él, sorprendido, alzó la mirada con expresión interrogante, pero antes de que tuviera tiempo de recomponerse y decirle algo desagradable, Darcy le besó en los labios, y esta vez le transmitió con sus labios algo parecido a la ternura.
-Ni siquiera se te ocurra pensar en escabullirte –advirtió la joven, con voz ronca.
El jotun le sostuvo la mirada, y no había frialdad ni desafío en sus ojos. Le devolvió el beso con idéntica dulzura y se deslizó hacia atrás lentamente, dejando que ella le siguiera, hasta que ambos estuvieron tumbados transversalmente sobre la cama, con sus cuerpos desnudos entrelazados, pero ya no se besaban. Sólo había silencio, sólo se oían respirar.
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