Ranma no me pertenece.
Advertencia: El pan engorda. Siempre. Aunque sea integral.
Lo siento.
Fantasy Fiction Estudios presenta:
S S Detectives
Por el futuro de una nación
Parte 8
Ryoga Hibiki cayó dando tumbos sobre una mesa. Al detenerse de espaldas lanzó un doloroso quejido, levantando y arqueando el cuerpo. Trató de girar poniéndose de costado, dando resoplidos, apoyando el brazo con fuerza en el piso. Toranosuke Itō se limpió la sangre que caía por la comisura de su labio con el reverso de la mano y avanzó hasta el joven, cubriéndolo con su sombra.
—Tú… —susurró Ryoga, a pesar de encontrarse de rodillas, con una mirada de desafío.
Trató de levantar el cuerpo sin éxito. Itō lo detuvo lanzando una feroz patada directo al costado del muchacho, que lo lanzó rodando otro par de metros, quedando tendido.
—¿Eso es todo lo que tienes, soldado? —preguntó Toranosuke, en un tono que revelaba más que alegría, su desilusión—. Se supone que perteneces a la brigada de Narashino, eres lo mejor de lo mejor que nuestra nación puede crear… ¡¿Y así dices proteger a Japón?!
El joven Hibiki volvió a levantar el cuerpo, jadeando, poco a poco consiguió apoyar una rodilla, luego un pie, después los dos, hasta ponerse de pie con los brazos caídos. Su mirada de odio era imperturbable.
—Las Fuerzas… de Autodefensa… de Japón… existimos… para…
—¿Proteger la paz y la seguridad de nuestros ciudadanos? —Toranosuke Itō lanzó una risotada—. Esa manera de pensar es la que nos ha vuelto débiles… Tan débiles como tú.
—¡Cállate! —gritó Ryoga.
Aunando las pocas fuerzas que consiguió en ese mínimo respiro, Ryoga corrió con la mano empuñada al costado de su cuerpo, lanzándose contra Toranosuke, el que lo esperó con calma, separando las piernas un poco y extendiendo los brazos.
El puñetazo de Ryoga sacudió el suelo, cuando impacto en la palma de la mano de Toranosuke, que lo detuvo con firmeza. Al momento Ryoga lanzó una patada directa al pecho. El ruido del golpe fue más estremecedor que antes.
—¡¿Qué?!... —preguntó Ryoga, incrédulo.
Su pierna se había detenido en el pecho de Toranosuke, el que se mantuvo firme con las manos empuñadas y las venas marcadas a lo largo de su cuerpo, desde las manos, subiendo por el cuello hasta las sienes. Pero no se había movido ni un centímetro, absorbiendo con los músculos de sus pectorales toda la fuerza del impacto y de la ira de Ryoga.
—No es posible… —Ryoga exclamó—. ¡Ah!
Retrocedió la pierna y se agachó a tiempo, justo para esquivar una patada de Toranosuke que cortó el aire sobre su cabeza. Dio un brinco para esquivar una segunda patada recta y en diagonal que Toranosuke lanzó por abajo, que levantó los escombros del piso con la fuerza del viento que produjo. Ryoga, al caer, contraatacó con un par de rápidos puñetazos en los costados, pero sus puños dieron contra una piel y músculos que parecían de concreto. Itō respondió con un recto puñetazo que dio en el rostro de Ryoga, y la cabeza del muchacho giró tan rápido que poco faltó para romperse el cuello. Sangrando, Ryoga volvió el rostro al frente para lanzar otra serie de puñetazos sobre el cuerpo de Toranosuke, dio un pequeño brinco y giró en el aire, conectándole un codazo en la cabeza.
La cabeza de Toranosuke fue la que ahora giró con la violencia de un pistón, para devolverla al frente con sangre en la sien, lanzando otro puñetazo del que Ryoga se cubrió con ambos brazos. Los pies de Ryoga se arrastraron por el piso tras recibir el golpe, deteniéndose con el talón se lanzó de nuevo al frente, saltó la patada que le lanzó Itō, apoyando una mano en el enorme tobillo justo cuando pasó sobre la pierna, y se impulsó para extender su propia pierna lanzando otra poderosa patada que dio en todo el rostro de Toranosuke.
Toranosuke dio un paso atrás acusando el golpe, su cabeza retrocedió lanzando una explosión carmesí de su nariz rota, enterrando el talón en los restos de una mesa. Los ojos de Itō se nublaron de ira, y devolvió la cabeza al frente, junto con todo su cuerpo. Ryoga ya lanzaba otro par de golpes que chocaron contra el abdomen de acero de Toranosuke, para terminar arrojando un puñetazo directo a la cabeza. Toranosuke detuvo el puño con una mano, aprisionándola con fuerza; Ryoga lanzó un puñetazo con la otra mano, que también fue detenida y atrapada por la otra mano de Itō.
—Eres un pequeño imbécil —dijo Toranosuke, gruñendo entre dientes—, ¡ya me tienes harto!
Jalando a Ryoga de las manos, Toranosuke le dio un poderoso cabezazo, que hizo temblar el aire y que sacudió el sudor de ambos de sus rostros como una lluvia que los envolvió. Itō lo soltó y Ryoga se tambaleó un poco aturdido.
El joven Hibiki, viendo todo borroso, intentó lanzar dos golpes al aire. Toranosuke Itō lo observó, y con las manos se arrancó la camisa militar y la camiseta que ya estaban hecha girones por los cortantes golpes del muchacho, quedando su musculoso torso al desnudo, cubierto de cicatrices y moretones, brillante por el sudor, reflejándose en la piel los focos de fuego que todavía estaban encendidos sobre los escombros.
—Pudiste haberte rendido —dijo, bofeteando con desprecio el puño del aturdido Ryoga que casi lo alcanzó—, te di la oportunidad de recapacitaras —con otra bofetada se sacó un segundo puñetazo de encima—. Pero insistes en defender a este gobierno corrupto y débil… Por eso tú eres débil, tan débil, porque tu corazón se alimentó de las raíces podridas de este país de perdedores. ¡Este no es el Japón que queremos!
—¡No quiero escucharte! —gritó Ryoga, ya más centrado, lanzando otro golpe en el que reunió todas sus fuerzas.
El puñetazo dio en el costado de Toranosuke. Su torso desnudo se estremeció, toda la piel se hundió alrededor del puño y se arrugó y hundió como un cráter. Ryoga, con el puño todavía enterrado en el cuerpo de su rival, alzó la cabeza. Toranosuke lo observaba, como un adulto a un niño ignorante, lleno de ira.
Ryoga no pudo escapar cuando el enorme Toranosuke le dio un fuerte puñetazo en el rostro. Ryoga trató de responder, pero apenas enderezó la cabeza, le llegó otro golpe tan o más fuerte que el anterior. Sus piernas temblaron, pero las endureció para impulsarse hacia un lado y probar otro ataque… Ni siquiera pudo intentarlo, recibiendo otro puñetazo más, tan fuerte como si un tronco hubiera aplastado su cráneo. No alcanzó a enderezar el rostro esta vez, y otro puñetazo de Toranosuke lo hizo por él, azotándole la cabeza en la otra dirección. El rostro de Ryoga perdió todo gesto y sus pupilas se dilataron. A pesar de ello se aferró a la conciencia, apretó los dientes y aunque ya no veía con claridad quiso golpearlo de vuelta…
Otro puñetazo de Toranosuke detuvo toda intención y pensamiento de Ryoga. Los brazos del joven cayeron sin fuerzas y sus piernas temblaron al punto de doblarse. Pero Toranosuke no había acabado con él, y lo atrapó por la cabeza, rodeando el pequeño cráneo con una de sus enormes manos, manteniéndolo erguido ante él. Y como si fuera un monigote de entrenamiento, con el otro puño Toranosuke comenzó a darle más y más puñetazos en el abdomen a Ryoga, doblándolo en dos con cada impacto, como si fuera a partirse por la mitad.
—¡Necio!... ¡pudiste!... ¡ser!... ¡parte! —Toranosuke le gritó por cada golpe que le daba, cada uno tan fuerte que parecía que lo iba a partir en dos—… ¡del!... ¡futuro!... ¡Ah!
Gritó levantando la mano, alzando al muchacho mucho más arriba, y luego bajó el brazo con fuerza, arrastrando a Ryoga con su mano.
Y lo clavó de cabeza contra el piso.
Todo el suelo se hundió y agrietó alrededor de la cabeza del joven Hibiki. Una mancha de sangre comenzó a crecer alrededor de su cabeza. Toranosuke lo soltó y el cuerpo cayó inerte, quedando de bruces.
—Tú te lo buscaste, pero debo reconocer que fuiste muy valiente —Toranosuke Itō juntó las piernas y alzó la mano en un saludo militar, dedicado al valiente muchacho—. Lo lamento, soldado.
Le dio la espalda al cadáver de Ryoga y caminó directo hacia la salida. Todavía debía alcanzar a su jefe Saigo.
Takamori abrió los ojos sorprendido y su boca se entreabrió como si quisiera decir algo más, pero la cerró mordiéndose el labio inferior. Volvió a tomar la pistola con firmeza.
—Lo siento —insistió Nodoka, inclinando la cabeza con sumo recato—, lo siento mucho, señor Saigo.
—No te disculpes —respondió Saigo, con una gravedad que hizo aún más profunda su voz ronca—, porque ni siquiera te das cuenta de lo que me obligarás a hacer… y a lo que me condenarás por ello, Nodoka Torii.
La mujer abrió los labios sorprendida. Saigo la llamó por su nombre de soltera por primera vez desde que lo conoció, su ahora verdadero nombre, recuperado desde que se había divorciado años atrás; aunque había seguido utilizando el apellido Saotome en su peligroso trabajo, para proteger a su hijo.
—Señor Saigo —los labios de Nodoka temblaron.
Takamori Saigo tensó el dedo en el gatillo. Ante la mira tenía a Nodoka. En su mano estaban los sueños e ideales de una nación. En sus ojos un inconfesado anhelo. En su pecho el dolor de la existencia y la contradicción de una pequeña y egoísta alma humana. Ella no lo sabía, ¡ella no podía saberlo, siquiera imaginar lo que estaba en juego!... y lo mucho que lo estaba torturando con su necia resistencia.
Debió reconoció lo que esa mujer significaba para él.
—Eres una tonta —dijo Saigo, y una leve sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios.
—¡¿Ah?! —Nodoka abrió los ojos, no sabiendo si sentirse sorprendida o indignada.
Jamás había escuchado a Takamori hablar de esa manera tan… relajada.
Pero ninguno de los dos notó que en el fondo, en el gran ventanal que daba al patio, un resplandor carmesí levantó una estela de polvo en su brusca maniobra al girar. Y como un caballo salvaje y embravecido, el Ferrari avanzó hacia los ventanales.
El sonido fue atronador, el Ferrari dio un brinco al traspasar los ventanales haciéndolos estallar en miles de fragmentos. Cayó derrapando las ruedas, como si fuera a perder el control, balanceando la punta de lado a lado, arrollando mesas y estantes. Los trozos de madera y vidrio rodaron sobre la pulida superficie de la carrocería.
Y frenando bruscamente se detuvo entre Nodoka y Saigo.
—¡Saigo! —bramó el joven Ranma, estirando el brazo, apuntando su arma a través de la ventana abierta de la puerta del copiloto.
—¡Ranma! —respondió Saigo, que con su arma todavía en alto, la empuñó con firmeza y sin dudar descargó rápidos disparos.
Ranma también disparó.
Los tiros se cruzaron, como relámpagos batallando en una tormenta. Algunos dieron en la carrocería del Ferrari sacando chispas al rebotar en el nuevo blindaje, solo dejando más marcas en la ya raspada pintura. Una bala entró por la ventana abierta y rebotó en el vidrio cerrado de la otra puerta rozando la cabeza de Ranma. Los disparos de Ranma rozaron el cuerpo de Saigo y uno rasgó el costado de su uniforme, arrancándole un doloroso quejido. Takamori Saigo se lanzó al piso de espaldas, sin dejar de disparar, y rodó su cuerpo de costado cubriéndose tras un mueble. Hincándose tras el mueble rápidamente jaló de su cinturón una granada que lanzó hacia atrás por sobre su cobertura.
La granada cayó girando en el suelo y al momento estalló lanzando un chorro de humo, formando una densa cortina. Ranma abrió la puerta del Ferrari y salió con su arma apuntando por sobre el techo. Disparó un par de veces a ciegas contra la cortina de humo sin suerte.
—¡Maldición! —bramó Ranma al no poder ver nada más allá de la densa cortina.
Pero una bala sacó chispas en el techo del Ferrari cerca de su rostro, obligándolo a agacharse, y al pararse para apuntar de nuevo, pudo ver a través del humo que comenzaba a disiparse a la distancia, la silueta de Saigo cargando con el hombro contra la puerta de entrada a la sala de exhibición, disparando otra vez. Ranma tuvo que cubrirse de nuevo no teniendo tiempo de contraatacar, al levantar la cabeza, Saigo ya había desaparecido.
Giró el rostro, nervioso y enfurecido.
—Mamá, ¿estás bien? —preguntó atropelladamente.
Nodoka solo asintió, paralizada ante lo sucedido siquiera se había cubierto, quedándose allí quieta con el arma colgando de su mano todo el tiempo.
—¿Y los demás? —insistió el joven—, ¿están bien?
Su madre le respondió apenas con otro gesto de cabeza, haciendo una lenta afirmación. Ranma dio una rápida mirada en la sala de exhibición y comprendió lo sucedido. Dio un golpe sobre el techo del deportivo.
—¡Se suponía que yo lo enfrentaría, teníamos un plan! —Ranma evitó a su madre, no quería mirarla a los ojos, no en ese preciso momento—. ¿Por qué demonios lo atrajiste al extremo opuesto del edificio?
—Ranma, no maldigas… —Nodoka intentó hablar con seguridad, pero su voz suave y débil se quebró—, soy… recuerda que soy tu madre.
El joven empuñó la mano, miró a su madre… desvió otra vez los ojos y los cerró con fuerza. Su mente quiso decirle lo que sucedía, pero su corazón se cerró a las puertas de la razón. Más grande era su odio, mucho más su deseo de venganza, con el rostro de Akane en el momento que la creyó muerta grabado con fuego en su mente, tan vívida imagen de esa pesadilla que la podía ver aún con los ojos abiertos.
Apretó los dientes.
—Lo lamento —murmuró Ranma, con un tono ausente de todo afecto.
Se metió de nuevo en el Ferrari y cerró la puerta con fuerza. Movió la palanca de cambios y hundió los pies en los pedales. El deportivo rugió furioso, tanto como el acelerado pecho del muchacho.
—Ra-Ranma… ¡Ranma, espera! —suplicó Nodoka, reaccionando—. ¡Ranma, hijo, no…!
Pero no la escuchó. El Ferrari retrocedió virando, aplastando y empujando otros muebles, para después detenerse y arrancar rápidamente, acelerando y doblando en sentido opuesto, de regreso hacia los ventanales, arrollando lo poco que había quedado en pie en su camino.
—¡Ranma! —gritó Nodoka, y cubrió su rostro con la mano, sintiendo en sus dedos la cálida humedad de sus lágrimas.
Toranosuke Itō recogió la radio que estaba tirada con los restos de su camisa y el arnés. En el momento en que recibió una llamada:
Itō, dirígete al cobertizo tres —escuchó la voz clara, firme, pero con una extraña vibración, llena de pasión, que desconoció en su jefe Saigo—. Es hora de ejecutar el plan Orochi.
—No pensé que llegarías a eso, jefe, sacar a la bestia… Ah, cortó —dijo Itō. Pero no se sorprendió, Saigo no solía ser muy hablador, ni siquiera con él, que lo conocía de hace más de veinte años.
—¿Dónde vas? —preguntó Ryoga—. Todavía no termino contigo, imbécil.
Toranosuke abrió los ojos sorprendido. Se volteó rápidamente, incrédulo, sus ojos se abrieron de par en par y su boca quedó entreabierta. Cuando pudo articular palabra, todo lo que salió de sus labios fue una pregunta:
—¡¿No deberías estar muerto?! —exclamó—. ¿De qué demonios estás hecho?
Parado sobre el charco de su propia sangre, con una gruesa franja roja cayendo y empapando el costado de la cabeza y su mejilla también manchada de rojo, como el resto de su camisa casi tiñendo todo el pecho, y una mirada tan furiosa que casi parecía estar fuera de sí, Ryoga Hibiki empuñaba ambas manos con las piernas un poco separadas y el cuerpo algo inclinado, como un animal agazapado y listo para atacar.
—Tú eres el que está muerto —siseó Ryoga, arrastrando las palabras. Movió un pie y el suelo parecía vibrar a su derredor—, traidor…
—Valoro tu osadía, pero ya no tengo tiempo para tratar contigo, soldado —respondió Toranosuke, apenas pudiendo ocultar su preocupación—. Si quieres vivir te dejaré por ahora, en otra ocasión podemos zanjar este asunto…
No lo dejó terminar. Antes que Toranosuke pudiera verlo, Ryoga había corrido casi de dos brincos la distancia que los separaba, y en un tercer salto estaba por encima de su cabeza. Entonces lanzó en el aire una patada que cortó como una espada el aire provocando un fuerte zumbido, que impactó en el costado de la cabeza de Itō. Por una fracción de segundo el enorme terrorista pareció no sentir el ataque, pero al momento su rostro se deformó, como su cabeza al doblarse, recibiendo todo el dolor en un instante. Sus pies se desprendieron del suelo y voló hacia un costado, cayendo y dando tumbos, destrozando todo lo que encontró en su camino, hasta chocar con un pilar de espaldas, que se agrietó en la base con su enorme cuerpo, desplomándose sobre él.
Toranosuke emergió gritando enfurecido, lanzando en una explosión de rocas todos los escombros que habían caído sobre él. Y avanzó hacia Ryoga, haciendo sonar su cuello adolorido, con una horrible marca en la mejilla y un atemorizante moretón que le llegaba hasta el hombro.
—Tuviste tu oportunidad, soldado, ¡ya colmaste mi paciencia!
Ryoga no respondió. Separó las piernas y alzó las manos, con los ojos afilados como cuchillas. Itō se detuvo un momento.
—Ese estilo… ¿Qué es ese estilo? —Itō no reconoció la postura de Ryoga—. No es lo que enseñan en las Fuerzas… ¿Es kempo…?
Otra vez fue interrumpido. Ryoga había avanzado cortándole el aliento. Esta vez Toranosuke quiso detenerlo, pero Ryoga se deslizó entre sus enormes brazos y lanzó un golpe recto hacia arriba con la palma de la mano, que impactó en el mentón. La cabeza de Itō se inclinó violentamente hacia arriba, tronando los huesos de su cuello. Ryoga no se detuvo, sino que giró su cuerpo para ganar impulso y le dio un codazo en el centro del abdomen empujando el brazo con la otra mano sobre el puño para darle más fuerza. El gran cuerpo de Toranosuke se elevó doblándose alrededor del pequeño codo de Ryoga, y cayó de espaldas, dando una voltereta completa por la fuerza, antes de quedar tendido de bruces en el piso.
Toranosuke Itō alzó un brazo apoyando la mano con fuerza, luego la otra, despegó el rostro del piso. Estaba enloquecido de la ira.
—Tú… soldado… cómo te atreves a atacar a un superior… ¡No!...
Ryoga estaba sobre él, con los ojos inyectados de algo que iba más allá de la furia, y le dio una poderosa patada que Toranosuke, de rodillas, tuvo que bloquear cruzando los brazos. Las suelas de sus botas dejaron una marca negra en el piso al deslizarse un metro hacia atrás, pero más sufrieron sus gruesos brazos que se deformaron por un momento al recibir la tremenda fuerza de Ryoga. Itō ya no lo esperó, sino que apenas se detuvo, se impulsó con la potencia de sus enormes y musculosas piernas, lanzando un puñetazo que podría partir como una sandía el cráneo de un hombre. Ryoga se deslizó a un costado, soltándose el cinturón de combate tan rápido que Toranosuke no lo vio, y con la velocidad de un latigazo enrolló la muñeca de Itō con el cinturón. Como si hubiera sido un agarre, Ryoga jaló del cinturón y Toranosuke, por su propia fuerza, salió despedido en el aire, recto hacia el cielo, dando giros como un trompo. Antes de caer de cabeza al piso, Ryoga lo recibió con una patada recta que se hundió en el pecho del enorme Itō, lanzándolo de espaldas contra la pared.
La pared cedió y Toranosuke la traspasó, cayendo sobre los duros muebles de aluminio de la cocina, que deformó como si fueran de papel bajo su peso.
—No puede ser… —Itō se levantó, los escombros rodaron por su cuerpo lastimado—. No es… ¡Argh!
Su gran cuerpo estaba marcado por los moretones, dejando las marcas que los golpes habían dejado en su cuerpo. Sentía que incluso una o dos costillas estaban rotas tras la patada que recibió en su pecho. Sus ojos se abrieron aterrados al ver la sombra de Ryoga acercándose a través del humo que había en la sala, y su cuerpo se sintió frío del sudor.
—Este soldado… este niño… no es humano. ¡No puedes ser humano!
Ryoga se detuvo ante él.
—Comparado con Ranma —dijo Ryoga, con una seriedad que daba a entender que estaba fuera de sí—, tú no eres nada.
Empuñó la mano como si quisiera seguir luchando.
Toranosuke apretó los dientes. Sintió el aroma a gas, probablemente escapándose de alguna cañería que rompió al caer, y al momento sacó una granada de su cinturón.
—¡Vete al infierno, soldado! —gritó, lanzando la granada hacia un costado.
—¿Qué? —Ryoga volvió en sí, confundido al ver lo que hizo Itō, y la manera como se levantó lanzándose hacia la otra salida de la cocina—… ¡Demonios, no!
También saltó hacia atrás.
La enorme explosión, aumentada por el gas, envolvió a toda la cocina, parte de la sala y alcanzó pasillos. El fuego salió como bolsas rojas por el ventanal que daba al patio. Una esfera de fuego salió por el tragaluz del techo. Una ola de fuego explotó en la entrada del edificio, envolviéndolo todo en una cortina de llamas, devorando entre gritos de dolor a los soldados que montaban la seguridad en el frontis, miembros del Ishin shishi disfrazados.
El inspector Muto de la policía se cubrió tras su patrulla. Los demás policías fuera de las rejas de la sede hicieron lo suyo. Los escombros cayeron y rodaron por la calle frente a la prensa. Ni siquiera los periodistas se salvaron de cubrirse, y algunos pocos filmaron por suerte lo sucedido.
Entonces, al levantarse los encargados de la prensa, enterándose recién de lo que estaba sucediendo, el caos mediático comenzó.
Continuará
Nota de autor:
Lo siento, hoy no podré escribirles nada, y se me acabó el tiempo en mi trabajo para hacerlo. Espero les haya gustado y mañana los saludaré a todos como corresponde.
See ya!
Noham Theonaus
