Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la trama está basada en uno de mis libros favoritos, "La Doncella de Piedra" de Susan King. Es una adaptación en la cual, los personajes de King fueron reemplazados por los de Meyer, pero la trama sigue siendo exactamente la misma. A pesar de ser una adaptación, sigue siendo una historia original, por lo cual, queda prohibida su copia parcial o total sin permiso.
Capítulo 20
—Ach, Emily querida, ¿le has sacudido el polvo de piedra del pelo? —dijo Sarah. Se separó del brillante brasero con una toalla de lino caliente en las manos—. ¿Has usado el jabón de lavanda, ése tan suave que compramos en el mercado de verano, que provenía de Francia?
—Sí, sí —contestó Emily, eficiente, y vertió un cubo de agua por encima de la cabeza de Isabella. Cuando el agua le chorreó por encima, ésta escondió la cara entre las rodillas levantadas.
En la última hora, las mujeres apenas le habían dado tiempo para hablar ni incluso para bañarse sola. La habían sacado a toda prisa de su taller, donde estuvo trabajando desde mucho antes de que amaneciera, pues era incapaz de dormir. Conducida hasta su dormitorio por sus improvisadas doncellas, fue introducida a toda prisa en una bañera de agua caliente y frotada vigorosamente como si fuera una niña.
—Emily ha gastado todo el jabón —gruñó Molly, recogiendo el pote vacío—. Y también los pétalos de rosa que quedaban.
—Una novia merece lo mejor el día de su boda —dijo Rosalie desde su asiento en el borde de la cama, donde estaba ocupada con aguja e hilo y el vestido de lana azul oscura de Isabella—. Y una boda celebrada en Nochebuena trae mucha suerte. —Sonrió.
—Es una unión por las manos —escupió Isabella al tiempo que le arrojaban más agua por la cabeza—. Va a ser una unión por el rito de las manos, no una boda. No soy una novia.
—Oh, claro que sí —replicó Emily—. Os he observado a ti y a tu Edward. Entre vosotros dos hay algo más que una orden del rey, puedo jurarlo.
—No es más que la necesidad mutua de obedecer —dijo Isabella—. Ninguno de los dos desea esto.
—Si ese hombre no te desea, es que yo estoy ciega —espetó Molly—. Y si tú no lo deseas a él, entonces la ciega eres tú.
—Desde luego —convino Sarah, y Rosalie rió.
—Y como la unión por las manos dura un año y un día, la próxima Navidad podremos tener una boda completa —añadió Molly—. ¡Oh! ¡Eso va a traer la mejor suerte del mundo al clan entero!
Isabella frunció el ceño mientras Emily le escurría el agua del pelo.
—Eso es —dijo Emily—. ¿Cómo se te ocurre pasar sin dormir la noche antes de casarte, para trabajar con esas piedras? Tienes el pelo lleno de polvo y esquirlas. Y estás tan cansada que tienes ojeras.
—Tengo mucho trabajo que hacer.
—Y mucho que soñar acerca del buen marido con el que te vas a casar hoy —dijo Molly sonriendo.
—No es más que una unión por las manos —insistió Isabella.
—Sea lo que sea, hemos de darnos prisa. Hay mucho que hacer —dijo Sarah—. Rosalie está arreglando el desgarrón del bordado de tu hermoso vestido. Daría mala suerte que hoy llevases algo roto o imperfecto, y nuestro clan no puede permitirse malos presagios. Este año, la Navidad trae nuevas bendiciones para todos. —Sarah sonreía abiertamente al tiempo que sostenía la toalla para Isabella.
Isabella se levantó y se envolvió en ella. Después salió de la bañera y se secó; el pelo se lo frotó con otra toalla de lino.
—En mi opinión, la unión por las manos es tan buena como una boda —dijo Molly—. Quil y yo pasamos nuestro primer año unidos por el rito del apretón de manos. Para nosotros fue un buen comienzo, y también lo será para ti.
—Quizá nosotros no queramos un buen comienzo —dijo Isabella. Levantó los brazos para que Emily le pasara una suave y ligera camisa de lino por la cabeza. Dejó caer la toalla mojada al suelo y la apartó a un lado de una patada, y a continuación se sentó en una banqueta baja para ponerse las medias de lana que Una le entregó.
— ¡Tcha! —Sarah sacudió la cabeza negativamente, con las manos en las caderas—. Limítate a aceptar el matrimonio, como ya ha hecho todo el mundo.
—Edward también me dice que lo acepte —contestó ella, atándose las cintas por encima de las rodillas para sujetar la media.
—Es juicioso además de guapo y valiente, y deberías escucharlo —dijo Rosalie—. Será un buen marido.
—Puede que no sea un marido en absoluto —replicó Isabella—. Tiene pensado abandonarme y regresar a Bretaña en cuanto pueda.
Sarah soltó una exclamación.
— ¡No puede abandonarte antes del año y un día que dura la unión por las manos! Supongo que ya se lo habrás dicho.
—Ni siquiera lo sabía yo. ¿Qué quieres decir? —Isabella se puso de pie y alzó los brazos para deslizarse en la túnica de lana marrón que le tendió Sarah. Emily la tomó de los hombros para darle la vuelta y empezó a trabajar con su pelo mojado y enredado.
—Una vez que se hayan dicho los votos de la unión por las manos, el hombre y la mujer no pueden pasar más de tres noches separados, durante ese año y un día, o de lo contrario la unión queda anulada —dijo Emily.
Isabella la miró sorprendida.
— ¿Antes del año?
—En cuanto se produzca una separación larga —dijo Emily—. Si él se va a Bretaña y no te lleva consigo, la unión ya no será válida. Si se va a otra parte, incluso de cacería o a hacer una visita a la corte del rey, y está ausente más de tres noches, la unión queda anulada. Y también será nulo cualquier contrato nupcial que hayas firmado con él. ¿No te explicó todo esto el padre Padruig?
Isabella negó con la cabeza.
—Sólo dijo que si él actuaba de testigo de nuestros votos, eso sería una boda y no una unión por las manos. Por eso dijo que vendría a última hora de hoy, sólo para el banquete, sin asistir a la ceremonia.
—Si tu caballero normando se marcha a Bretaña, debe llevarte con él —dijo Emily, pasando el peine por la densa cabellera mojada de Isabella.
—Yo no pienso irme de Kinlochan, y él no piensa quedarse aquí. Tiene en Bretaña un hijo de corta edad que vive con... unos amigos que últimamente se han visto en apuros. Edward está muy preocupado por todos ellos.
— ¡Un hijo pequeño! —Sarah sonrió abiertamente—. ¡Vaya, ya ha comenzado la suerte! ¡Pronto habrá un niño en Kinlochan!
—Edward quiere que el niño se quede en su tierra —dijo Isabella—. No puede quedarse en Escocia a causa de su hijo, y yo no pienso marcharme de aquí.
—Ach —dijo Sarah, sacudiendo la cabeza en un gesto negativo—. Cuánto orgullo.
—Y cuánta lealtad siente cada uno para con los suyos —comentó Emily—. Ha de haber un modo de solucionar esto.
—Di a tu caballero que no te deje aquí—dijo Sarah—. Bien podrías acompañarlo por mar a Bretaña.
—Tardará mucho tiempo en volver —dijo Isabella.
—Molly, coge la túnica de Isabella y sacúdela por la ventana, por favor —instruyó Sarah—. Está llena de polvo de piedra. Y también tenemos que sacudir los zapatos. ¿Tenemos flores para el pelo? ¡Hay tanto que hacer y tan poco tiempo, con la ceremonia antes del banquete!
—Tranquilízate, Sarah —dijo Emily—. Sue está ya trabajando en la cocina, y Molly y yo iremos enseguida a ayudarla. Hemos puesto a secar unas ramitas de brezo para trenzar una guirnalda para Isabella. Necesitamos más enebro para decorar el salón y para quemar, para que el humo aleje la mala suerte. Isabella puede ir a buscarlo cuando se le haya secado el pelo.
Molly fue hasta la ventana, abrió la contraventana y sacudió la prenda en el aire como si fuese una bandera.
— ¡Mirad! —exclamó, asomándose—. ¡Esto sí que debe de ser un buen presagio para la boda!
—No es una boda. ¡Ay! —musitó Isabella cuando Emily le empujó la cabeza hacia delante para vencer un nudo difícil.
—Déjame ver —dijo Sarah, yendo hacia la ventana—. ¡Ah, sí que es una buena señal!
Rosalie dejó la labor y la siguió.
— ¿Qué es? —Emily se levantó para reunirse con las otras ante la estrecha abertura que iluminaba el pequeño dormitorio de Isabella, de paredes cubiertas con madera—. Se parece a Aenghus mac Og o a algún héroe guerrero sacado de un cuento —dijo Molly, admirativa.
—Ah, ya lo creo que sí —convino Emily con un suspiro.
Isabella se pasó el peine por el pelo.
— ¿Qué estáis mirando?
—A tu hombre —respondió Sarah—. Ven a verlo.
Isabella se acercó a la ventana y miró más allá de la empalizada y el lago, al prado donde se erguía la Doncella de Piedra, un sereno gigante a la luz de la mañana.
Un gigante con su propio guardia. Edward giraba alrededor del enorme pilar blandiendo su nueva espada, atacando, retrocediendo. Estaba concentrado en su ejercicio, su cabello brillaba con un color dorado y la hoja de la espada lanzaba destellos a cada movimiento.
—Es un gran portento ver al novio guardando a nuestra Doncella en la mañana de su casamiento. Unión por las manos —se apresuró a añadir Molly.
—Está dando vueltas deiseil*, en el sentido del sol. Eso indica definitivamente buena suerte —dijo Sarah—. Isabella, ¿te he dicho que no debes olvidarte de dar varias vueltas alrededor de él en el sentido del sol antes de la ceremonia?
—Sí, me lo has dicho —dijo ella mientras observaba a Edward moverse alrededor de la Doncella como si la estuviera protegiendo. Alzó la espada y la sostuvo en alto, de cara a la piedra. La luz arrancó destellos al acero antes de que él abatiera la hoja y se diera la vuelta para recoger su capa y su escudo alargado, pintado de azul y cuya insignia apenas era visible.
Aunque de lejos no lo veía con claridad, Isabella conocía bien el dibujo; una sola flecha blanca contra un fondo azul. La había visto en poder del caballero en la realidad, y también en su sueño, aunque por aquel entonces no conocía a Edward le Bret.
El dorado guerrero de su sueño existía de verdad, pensó. Incluso en aquel momento se acercaba andando hacia Kinlochan, encaminándose a celebrar con ella el rito del apretón de manos. Un escalofrío le recorrió la espalda y le aceleró le corazón.
De repente deseó que aquel bretón pudiera estar con ella para siempre, que adoptase su apellido y aceptase su clan como su propia familia. En muchos aspectos, él era el paladín de su sueño.
Pero él no quería ser ese paladín; se alegraría de saber que su viaje a Bretaña anularía la unión de ambos por las manos.
Suspiró entristecida y se apartó de la ventana.
.
Edward aguardaba solo en el centro del salón, sintiendo el calor del fuego que crepitaba a su espalda. Llevaba puesta su sobreveste verde oscura ribeteada de plata encima de la túnica marrón, y se había colocado el tartán verde oscuro sobre los hombros a modo de manto. Se aclaró la garganta, nervioso.
Los demás formaban un amplio círculo iluminado por el resplandor del fuego alrededor de él. Cuando se abrió la puerta, lo único que oyó de pronto fue el latir de su propia sangre retumbando en los oídos.
Isabella entró sola, vestida tal como la vio por primera vez, en el salón del rey. El borde de su vestido de color azul noche, que centelleaba con un bordado en rojo y oro, iba rozando los juncos del suelo al avanzar hacia él. Llevaba el pelo suelto en cascada hasta la cintura como una nube en el crepúsculo, de un color deslumbrante que enmarcaba su pálido rostro y el escote. No llevaba tartán, y la elegante caída del vestido resaltaba las firmes curvas de su figura. Una estrecha guirnalda de ramitas de brezo secas coronaba su cabeza. Bajo aquella delicada diadema, sus ojos se veían intensamente chocolates.
Fue hacia él y después caminó en círculo a su alrededor, pasando por detrás, luego por delante, dos veces más, hasta que finalmente se detuvo frente a él.
Edward extendió las manos y ella le ofreció las suyas. Juntaron izquierda con izquierda, derecha con derecha, de modo que sus brazos formasen un lazo cruzado, como un dibujo entrelazado. Los dos permanecieron inmóviles, con las miradas fijas el uno en el otro. Las manos de Isabella eran suaves pero fuertes. Edward le dio un suave apretón, e Isabella respondió de la misma manera, en silenciosa aceptación para que continuara.
Edward cerró los ojos por un instante para recordar las instrucciones de Billy. Este le había enseñado pacientemente unos versos que debía recitar y le había aconsejado sobre cómo pronunciar los votos, los cuales, le dijo, debían salirle libremente del corazón.
Pero cuando miró a Isabella, lo que tenía pensado decir se le borró de la mente igual que la niebla bajo el sol. Estaba radiante a la luz del fuego y le brillaban los ojos. Edward percibió el leve temblor que la agitaba como si pulsara la cuerda de un arpa.
Isabella se aferró de sus manos, aspiró profundamente y comenzó:
Una sombra eres tú en verano
Un refugio eres tú en invierno
Una roca eres tú
Una fortaleza eres tú
Un escudo para mí
Te amaré
Te ayudaré
Te estrecharé en mis brazos
Te doy mi promesa
Isabella hizo una pausa y luego prosiguió:
—Te tomo a ti, Edward le Bret —dijo con suavidad— como mi esposo por el rito de las manos hasta que ambos aceptemos, en paz, en alegría, en la gracia de la promesa. —Y apretó con sus dedos trémulos los de él.
Edward sintió en aquel temblor brillar el alma de Isabella; era la fuerza suavizada por el donaire*. Lo que ella le ofrecía era algo preciado y genuino. Respiró hondo, abrumado por un respeto reverencial.
Sabía lo que tenía que decir, pero hasta aquel momento no había sabido que lo diría con tanta convicción.
—Yo te tomo a ti, Isabella MacLaren —musitó— como mi esposa por el rito de las manos, en paz y en alegría, en la gracia de la promesa. —Apretó los dedos y cerró los ojos. El poema que surgió de pronto en su mente no era el que Billy le había enseñado aquella mañana, sino uno que el bardo había recitado días atrás. Por alguna razón le pareció perfecto.
Hallé en el jardín
Mi joya, mi amor.
Sus ojos son como estrellas,
Sus labios son fruta madura,
Su voz es música celestial.
Hallé entre la hierba
Una doncella de mirada limpia.
Sus ojos son como estrellas,
Sus mejillas como rosas,
Sus besos como la miel.
Unas primeras lágrimas brillaron en los ojos de Edward. Atrajo a Isabella hacia él, sin soltarle las manos.
—Ya está —susurró—. Que así sea.
—Y así comenzará —murmuró ella al tiempo que inclinaba el rostro hacia Edward con los ojos semicerrados. Él le rozó ligeramente los labios con los suyos en un beso de paz entre ambos. Encontró los labios de Isabella suaves, cálidos y flexibles.
Sintió que el corazón comenzaba a latir de modo distinto en su pecho, y entonces supo que estaba definitivamente atrapado en su ritmo sin fin.
Deiseil – En el sentido del sol
Donaire: Gracia en lo que se dice o hace.
**Definiciones de la RAE**
Awwwww. ¡YA SE CASARON! :D ¡YAY! Soy feliz. Amo a este par mucho mucho mucho. Obvio, los originales Edward y Bella son increíbles pero amé mucho a Sebastien y a Alainna cuando los conocí por primera vez y vi todo como Edward y Bella... Me encantan. :D
Aquí está el tercero. Espero les haya gustado. ¿Cómo creen que les irán en la celebración?
Un beso y un abrazo,
Dani.
